La Mano - Hugo Aqueveque

LA MANO
HUGO AQUEVEQUE
Darío venía de la finalización de una fiesta costumbrista en alguna casa cercana. Estaba totalmente borracho, a más de tres mil kilómetros de su hogar, solo y sin ningún céntimo en los bolsillos.
Había sido su opción, no tenía el dinero para hacer ese viaje a Chiloé, nadie lo acompañaría tampoco, pero había estado todo el año planeando la travesía, soñando con el lugar, juntando la plata suficiente —una enfermedad de su madre lo había dejado sin esos ahorros—, y no había obstáculo posible que pudiera impedir el logro de su objetivo. La gran isla de Chiloé era su meta; un lugar mitológico, un santuario para tipos como él, amantes de la magia negra, del heavy metal más místico y pesado, fanáticos de Lovecraft, Machen y Hoffmann, seguidores de dioses nórdicos, devoradores de historias fantásticas y del infierno y del más allá. Un crédulo con alma aventurera.
Tomó algunas de sus cosas, las más necesarias, las metió en una mochila y enfiló hacia la carretera, y por ella, a aventones de conductores voluntariosos llegó a los cuatro días a Chiloé; tierra de supersticiones y tradiciones fabulosas.
Ahora, en ese preciso momento, sumergido en la infinita noche, estaba en la misma carretera —separada apenas por un par de kilómetros de mar del continente—, apenas mantenido en pie a consecuencia de la borrachera, con su mochila cargada a los hombros y una lluvia torrencial cayéndole encima. Caminaba torpemente, arrastrando sus pies en dirección al norte, hacia el albergue donde estaba alojado en Ancud. De cuando en cuando se detenía y miraba hacia atrás buscando algún vehículo que pudiera llevarlo. A través de sus anteojos, traslúcidos por las gotas de agua, veía muy poco, pero le bastaba para descubrir que en la oscuridad que reinaba a sus espaldas no había nada. Durante una hora no había visto ni siquiera una miserable carreta en esa torrencial soledad.
Había estado en la cabaña de unos lugareños rematando la fiesta, el hogar de unos auténticos chilotes, personas hospitalarias y conversadoras como sólo las hay en las localidades rurales, y entre un trago y otro de fuerte "licor de oro" le relataron misteriosas y fantásticas historias de la isla, justo lo que Darío quería oír. El Caleuche, el Trauco, la Pincolla, seres y leyendas mitológicas que lo deslumbraban, que desde niño lo atraían como un imán. "Amigo, aquí nunca hay que andar solo en la noche" le decían los borrachos campesinos, "suceden cosas, se aparece el diablo botando azufre y fuego por el hocico, se cruzan perros y niños con colmillos y ojos rojos, espíritus de mujeres que se vengan de los caminantes solitarios, y brujas come hombres". Pero cada advertencia para Darío fue como un desafío, una invitación a lo desconocido y fascinante.
Mientras caminaba por la orilla de la carretera miraba hacia sus costados. La lluvia producía un ruido extraño sobre el bosque de pinos altos y de matorrales espesos, ruidos en la negrura que lo confundían y le recordaban las historias que los campesinos le habían relatado. Pero él no se amilanaba, al contrario, muy dentro de él se propiciaba el deseo de que ocurriera un contacto con lo desconocido; ésa era la razón por la que estaba en Chiloé. No obstante, anhelaba con fervor que algún vehículo pudiera llevarlo, el frío ya calaba sus huesos, y sus manos congeladas no podía meterlas en los bolsillos del pantalón por el temor a caerse al suelo sin lograr sacarlas de ahí a tiempo. Su estado etílico era lamentable, y ni el chapuzón al que lo sometía la lluvia era capaz de despertarlo de su despreocupado letargo.
Caminaba zigzagueante por la vera de la vía guiado por las marcas blancas en el piso, de lo contrario hubiera podido caminar en mitad de la carretera sin darse cuenta por la ceguera de su miopía, acrecentada notoriamente por los estragos del alcohol y sus anteojos cubiertos de agua. Percibía movimientos vagos en dirección a los árboles, movimientos de algo que se ocultaba de repente asociado a ruidos de ramas crujiendo, Darío no miraba de lleno, lo hacía de reojo, como aparentando no interesarle el asunto, o quizás, no notarlo.
No veía nada concreto. Todo en su visión era un borrón oscuro, un panorama abstracto. La carretera hacia delante apenas era una gruesa línea negra que se perdía en el horizonte de una pendiente, una pendiente que por poco tocaba las grises y densas nubes que cubrían todo el cielo, y por donde los rayos moribundos de la luna atravesaban penosamente. Adelante no se veían casas, máquinas, personas ni animales, y hacia atrás indudablemente no los había. Darío estaba solo en ese paraje gótico, húmedo y bullicioso. Sospechaba que las sombras en movimiento que advertía eran ilusiones por efecto del alcohol y de su fértil imaginación, pero no lograba sacarse de la cabeza esas inquietantes y absorbentes cavilaciones fantasmales que lo iban consumiendo poco a poco.
Los ruidos eran de algo grande, tan grande que se podían escuchar a pesar del sonido escandaloso del aguacero. Darío estaba asustado; se sentía observado. Alguien o algo lo seguía y eso le producía un temor escalofriante. Sus miradas hacia atrás buscando en la carretera una luz salvadora se hicieron más regulares, más constantes, inquietas. Lo que no logró la lluvia lo estaba logrando el miedo, su cuerpo y su mente lentamente se iban desintoxicando, llevándolo a la triste lucidez.
Hubo un ruido sobrecogedor, y el susto que estuvo a punto de matarlo de la impresión lo sintió como a la misma muerte susurrando su nombre al oído. Fue un trueno fulminante que estalló muy cerca de él, y después vinieron otros, cada trueno lo desarmaba más, cada trueno aumentaba sus ganas de orinar, sus latidos del corazón, las inspiraciones y exhalaciones de sus pulmones, y aceleraba sus pasos trémulos sobre el pavimento. La luz de los relámpagos lo hacía ver imágenes tenebrosas a sus costados, formas que se movían y se escondían en un segundo, sombras de entes de otro mundo. Se apuró y miró una vez más hacia atrás, su alegría fue deslumbrante, había una luz muy cercana, dos faros en el tempestuoso mar de penumbras. Un vehículo se acercaba como un sereno buque a rescatar al náufrago…
Darío se detuvo a esperarlo, sus pupilas clavadas en los faroles de ese auto lo tranquilizaron, lo esperó con impaciencia, percutiendo una tonada nerviosa con su pie derecho en el charco de agua bajo sus zapatos. Pero la balsa salvadora no llegaba, se acercaba sí, pero no llegaba, parecía detenida, parecía interminable el trayecto que los distanciaba, en su imaginación le daba la impresión de una embarcación a la deriva en una tempestad perfecta.
Una desesperación ingobernable fue haciendo víctima a sus funciones, se acomodaba el pelo con violencia, se rascaba la cara y el cuerpo sin parar, zapateaba el piso como un loco, la intolerancia lo devoraba, un arrebato de ira lo hacía su esclavo. Y de improviso, un ruido a sus espaldas de unas rápidas pisadas furiosas sobre la hierba lo hicieron estallar. Era como el sonido de un león agazapado lanzándose sobre la presa; Darío dio un alarido potente y lastimero, y salió corriendo en busca de los luceros del auto que venía hacia él. Corrió apenas unas decenas de metros, las luces estaban realmente próximas. Era un automóvil grande y antiguo, de un color muy oscuro. Le hizo señas y el coche que venía muy lentamente se detuvo a su lado. ¡Ya estaba salvado!
Hizo un intento sobrehumano para controlar sus nervios y calmar el impetuoso torrente que pujaba por sus venas, no valía la pena contar lo que había sucedido, era muy posible que no le creyeran y se expondría al ridículo gratuitamente, de cualquier manera ya estaba a resguardo. Se acercó a la ventanilla totalmente opacada por las gotas de lluvia, apenas abierta un centímetro, y habló hacia el interior con su timbre levemente agudizado.
—Bubue… nas noches…, vo… voy a Ancud. ¿Me llevaría?
Se escucharon unas risas burlonas y roncas; una voz muy fuerte contestó:
—Súbase.
Darío abrió la puerta y se sentó en el asiento delantero, cerró la puerta de inmediato y el auto lentamente retomó su marcha. Se sacó los lentes y secándolos con sus ropas mojadas los guardó en un bolsillo de su chaqueta mientras le decía al conductor:
—He estado casi dos horas caminando y no pasó ningún auto, me estaba muriendo de frío… Gracias por llevarme— y miró hacia su potencial interlocutor esperando recibir una respuesta.
Darío no podían creerlo, su pesadilla continuaba, estaba en manos de los designios del infierno, el mismo Satanás jugaba con su vida. No había conductor, no había nadie, el vehículo se gobernaba por sí solo. Por un acto reflejo intentó abrir la puerta para arrojarse, pero ésta no cedió, su espanto lo obligó a levantarse de su asiento y pegar su espalda a la puerta como un gato engrifado, miraba hacia el espacio vacío del chofer con sus ojos reventándose de la impresión, trataba de entender qué pasaba, pero no había explicación alguna, el auto lo conducía sin dudas un ser inmaterial invisible a su vista, un espíritu del reino de las tinieblas, era un auto fantasma así como el Caleuche es un barco con una tripulación de espectros.
Pero su horror no terminó ahí, en un momento, una mano asomándose por la ventanilla del vehículo tomó el volante entre las profundas carcajadas macabras de una voz de ultratumba, la mano pálida como la de un muerto, de dedos larguísimos, huesuda, la mano de un cadáver putrefacto, guió el volante. Darío en un estado de completo pánico se orinó en los pantalones, sentía deseos de gritar, pero la voz no le salía, estaba mudo del terror.
La mano después desapareció. Darío no podía moverse, estaba paralizado en absoluto, su respiración era como la de un indefenso conejo que cae en la cruel trampa de metal de un imfame cazador. Ya con la horrible visión fuera de su vista intentó mirar por el parabrisas hacia donde lo llevaban, por muy siniestro que fuera su destino él necesitaba saberlo. Se colocó los lentes nuevamente, pero nada se veía por la lluvia. Después de unos instantes de nerviosa observación notó la blanca barrera de contención de una curva, y determinó que aún estaba en la carretera, eso lo serenó unos instantes, sólo hasta que la mano volvió a hacer su horripilante aparición sumiendo a Darío en la desesperación más dolorosa que había vivido en sus veintitrés años de existencia. Su vejiga volvió a funcionar descontroladamente mojando sus ropas de un calor urticante. Mientras la extremidad de ultratumba estuvo presente, Darío no movió un músculo y aguantó su respiración con la intención de no llamar la atención del espíritu maligno.
Cuando ésta se hubo retirado, limpiando la nubosidad del vidrio con su manga, trató de mirar por el parabrisas de nuevo, y una luz de esperanza alumbró su alma: al costado derecho de la carretera divisó la preciosa lumbre de una posada… ¡Claro!, la posada la conocía, la había visto al pasar en la mañana. Ésa era su única salida, ésa era su última alternativa de vivir; su salvación estaba en ese restorán caminero.
Intentó una vez más abrir la puerta sin resultados, forzó la manilla sin moverla un milímetro, estaba muy nervioso, sus manos temblaban incapacitando sus movimientos, la excitación hacía estragos en sus pensamientos y en sus inestables reflejos, tenía que salir del vehículo ¡ahora! o moriría ahí mismo. La puerta no tenía el seguro donde él lo buscaba, la tanteó por el costado con sus dedos, buscándolo, la cubierta de cuero era gélida, de una temperatura ártica.
Para desgracia de Darío, la cadavérica mano hizo otra grotesca aparición y esta vez, después de mover el volante, se abalanzó con sus abiertos dedos esqueléticos sobre él justo en el preciso momento en que la puerta cedía. Darío cayó al pavimento golpeándose fuertemente la cabeza y espalda, y dando un grito desgarrador, un alarido que congeló la noche, rodó por una pequeña pendiente sobre la hierba mojada; empapado se levantó y emprendió la huida despavorido, cayendo varias veces al piso entre las burlescas carcajadas de los espíritus, deslizándose en forma patética sobre el agua acumulada, y levantándose nuevamente sin mirar atrás, gateando a veces, arrastrándose también, vomitó todo el excelente curanto del almuerzo antes de entrar corriendo y gritando a la posada.
Los pocos parroquianos en el lugar se quedaron pálidos y rígidos pegados a sus sillas, espantados por el alboroto. Darío, en el centro de la estancia de piso de madera, chillaba frases ininteligibles llorando de terror; un hilillo de sangre se confundía con el agua que mojaba su rostro. El dueño del lugar se acercó y trató de tranquilizarlo, cosa que logró después de dos colmados vasos de pisco puro.
A los minutos, ya más sereno, sentado en una silla alta junto al mesón de atención, rodeado de todos los presentes, que en total sumaban doce personas, Darío contó su escalofriante experiencia.
Al terminar, ellos dudaron; algunos lo dieron por loco y los otros le creyeron a medias, aunque más por el estado de alteración que tenía que por la historia en sí, ya que era desconocida para ellos una manifestación espectral de ese tipo. Nadie había escuchado de un auto fantasma rondando por esos lares, era algo demasiado moderno para pertenecer a Chiloé.
Los doce jueces discutían al respecto, juzgando el relato de acuerdo a sus apreciaciones y experiencias personales, mientras Darío bebía —por cuenta de la casa— un vaso tras otro.
En un momento se abrió la puerta de la posada con un fuerte y seco ruido, apagando las voces de los debatientes de golpe y dejando apenas un incómodo campanilleo en el aire. Las miradas se fijaron en la entrada por donde ingresaron dos forasteros vestidos con impermeables negros. Venían mojados por la lluvia, eran muy altos, se veían cansados y sus rostros severos. Acercándose al mesón, atravesando como levitando el completo silencio de ese espacio asfixiante, el más alto, delgado y pálido, mirando fijamente a Darío, le dijo a su acompañante con una voz ronca y fuerte, como pretendiendo que los presentes escucharan cada palabra:
—¡Mira!, ahí está el imbécil que se subió al auto cuando lo estábamos empujando.
Lo siguiente que recuerda Darío fueron las carcajadas estruendosas que duraron eternamente mientras estuvo ahí, y sus punzantes ecos que hasta hoy día aún retumban en sus oídos.
Etiquetas: cuentos
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Atrás en la inmortalidad
en casa otra vez
una persona otra vez
la tierra se besa
y el aire se respira
mis ojos, mis ojos están abiertos
el deseo me tiene una vez más
Yo estoy viviendo
Me desperté otra vez en el armario de sentimientos
a mi izquierda, un hombre viejo
a mi derecha,
una diosa de deseo suntuoso
la luz trémula de una mirada verde
un brillo blanco de renuncia
La oscuridad cae encima de nosotros
Estoy soñando con ella
Ella quiere mi esperanza
Ella quiere luz
Ella quiere vida eterna
Ella quiere luz
Ella quiere su verdad
Ella quiere luz
Ella quiere vida eterna
Ella quiere luz
Ella ha volado de los rayos del sol
Con las alas llameantes ha huido en la noche
Examina el mar y los precipicios
Y dejando atrás a las estrellas
Sucumbiendo al fulgor delante del primer día
Y finalmente me puso en la arena
"Ningunos ojos cegados pueden ver"
Y tu no quisiste ver
las páginas vacías de tu diario
la mente envenenada siguió soñando
pensamientos sumergidos en la eternidad
en el mundo del polvo
congelado profundamente en tu frío, frío corazón
ningunos ojos ciegos pueden ver
no hay realidad
entre la risa
y las lagrimas
tu perdiste el miedo
te enamoraste del pasado
no pudiste ver la luz
del polvo
cambiaste tu máscara
sellaste tus páginas con la verdad
tu trataste de estar a salvo
pero el tiempo no salva a nadie
Cadenas de lágrimas
llenas de polvo
en el mundo del polvo
cadenas de lágrimas
llenas de polvo
En el mundo que no puede acabar
yo puedo escucharlo extendiéndose
lo escucho murmurando
poco a poco mata
sin sangre, sin sangrado
sin corazón, sin latido
viene por ti
no le des la espalda
tu sabes que espera
y que trata de encadenarte
dolor momentáneo
cuando las paredes de tus castillos de arena caen
tu estas escondiéndote en un cuento de hadas
Mundo lleno de fantasías
los príncipes mataban dragones
y los héroes siempre sobrevivían
tu quieres conocer tu destino
por eso saltas a la última página
Cadenas de sueños
manos llenas de polvo
en el momento del pasado
cadenas de lágrimas
corazón lleno de cicatrices
pero el dolor no termina
pequeñas lágrimas
tu nunca confiarás
por eso te escondes en el pasado
cadenas de tiempo
sin tiempo para llorar
porque no te puedes esconder para siempre
puedo escucharlo...
El día sale otra vez
y tu escuchas las alas del tiempo
pon abajo tu espalda
escucha el murmullo en el viento
el tiempo cambia todo
pero debes esperar
trata de salvar tu alma
antes de que sea demasiado tarde
"Chacal"
Un joven ángel sale del templo
Debajo de sus alas esta pegando su saliva
De sus pestañas gotea sangre fresca
Abre sus manos y grita por más
Cierro mis ojos y chupo su flujo
En las escaleras yacen cuerpos podridos
Sacrificados como ofrendas al amor afligidos por el sol
Se secaron también mis besos
Que antes di por el motivo del amor
Desplegado en una roca
Aplastado y abatido entre las rocas
Debajo de fragmentos ardientes de mi centro
Estoy sembrando mis lágrimas en las brasas
En mis manos se marchitan las flores
En mi boca se coagula su saliva
Saco mi cuerpo del flujo
El ángel pone las alas en las brasas
Escupo mis pecados
El abre sus fauces
Yo lamo sus heridas con mi boca
He besado su corazón
He amado su carne en el portal
Su lengua se petrifica en la base del monumento
Ysus cenizas son repartidas a los Ángeles
Solo quiero vivir
Sobre estas rodillas me acosté
Te llame con esta boca
Te extendí mis manos pidiendo
Recé en la noche oscura
Supliqué gritando con mi último esfuerzo
D éjala guardar silencio
D éjala dormir
D éjame rezar
Yo te pido
Solo quiero vivir
Quiero vivir
"Legado del Sol"
En la rendición de mis pecados
Mi fuerza y existencia
El deseo es olvidado
Todo lo que queda es el anhelo
Eso es en palabra y en hecho
El más largo grito de mi vida
Destrozado por los demonios de mi pasión
Por sombras e instintos obscuros
Penetrado por las ardientes llamas de mi deseo
Destruido y demolido
Mi espíritu y voluntad
Sacrificados y sucumbidos
Arrojados al mar del sinsentido
Pero mi sed no es saciada
Mi sed nunca se sacia
Ascendiendo
pronto saldré fuera del agua nuevamente
Sucumbiendo al viento y a las olas
Llevándome hacia donde mi alma llora
Gente bajo el sol
Niños de todos los países
Estoy aquí entre el cielo y la tierra
Buscando a la muda criatura que me ayude
De rodillas ruego por más
Por favor dame más
Más de mi espíritu
Más de tu vida
ahora, siempre y eternamente
Dame más
Dame más
Te necesito
Te amo
-telón-
"Imitador"
Acercate un poco más
Y escucha lo que tengo que decir
Ardientes palabras de ira
De odio y desesperación
¿Que si rompo el silencio?
¿Qué si perdono el pasado?
Se que podría sonar gracioso
Decirte lo que sentí
Creo que realmente te amaba
Es una pena - mi error - lo se
¿Pero por qué - pero por qué
Por qué eres tan estupido?
¿Pero por qué - pero por qué
Por qué eres tan estupido?
Jódete tú y tus mentiras asesinas
Odio tu actitud pasiva
¿ Por qué tuviste que caer tan bajo?
Verdaderamente eres - la Imitadora
¿Qué si rompo el silencio?
¿Qué si perdono el pasado?
Chupando como un vampiro
La sangre de todos tus amigos
Pero lo siento,
mi sangre estaba envenenada
Ahora arde en el Infierno
Mataste el amor
Mataste la confianza
Mataste el amor
Mataste la confianza
¡Ahora muere !
¡Cabrón, cabrón ven!
¡Jodido cabrón ven!
¿Que si rompo el silencio?
¿Qué si perdono el pasado?
"El Cáliz de la Vida"
Desprovisto en palabras
Disuelto en un sueño
El caliz de vida solo tocado
En un despertar
Mi garganta llena con veneno
Mi cuerpo y carne están desintegrados
Mi alma borracha de vació
Herido en el reino de anhelos
Quemado y chamuscado
Muy caliente
todo es pasado
Anhelo
Abandonado y descartado
Una semilla plantada en el fango
Ahora ... es como yo me siento
Soy una persona y también deseo hablar
Me arrodillare al pie de la montaña
Bendiciendo al mar con palabras
Cuyo viento me ha llamado
Cuyo payaso se ha burlado de mi
Así no necesito de un nombre
Ya no pediré
Tampoco oiré una respuesta
El sueño ha tomado la delantera
Y yo seguiré del fuego incandescente ...
Umberto Eco : El Péndulo de Foucault - El Nombre de la Rosa
El libro comienza justo antes del final, en un momento de tensión en que el personaje principal, el narrador de la historia, Casaubón, se desliza entre los pasillos del conservatorio donde se exhibe el péndulo de foucault. En la tensión del momento nos comienza a explicar cómo funciona el péndulo y un poco de su teoría, y después se hunde en el pasado para llevar la historia secuencialmente, desde sus días de estudiante en el que frecuentando el bar Pílades conoce a Giacopo Belbo, editor de Garamond con quien congenian desde el primer momento, evidentemente por la afinidad cultural de ambos. Belbo y Casaubon comienzan a frecuentarse, y en una visita que hiciera a la editorial, conoce a Diotallevi, el tercer personaje del plan.
Las páginas finales de un libro son una reflexión espiritual acerca de los motivos que nos llevan a buscar secretos, que nos mueven a buscar seres superiores, que nos hacen creer en la existencia de un plan prediseñado en el que tenemos escritos nuestros papeles: para poder sentinos libres de responsabilidad ante las consecuencias de nuestros errores, para tener alguien o algo externo a quien culpar de nuestros fracasos. Para tener una excusa para nuestra mediocridad.

Nos encontramos en el siglo XIV. A una abadía benedictina situada en la península de Italia llegan el antiguo inquisidor Guillermo de Baskerville y el joven novicio de la orden benedictina Adso de Melk, atendiendo a la llamada del abad para que intenten esclarecer la extraña muerte de uno de los monjes benedictinos residentes en la abadía. Así Guillermo utilizará todas sus dotes detectivescas para descubrir la causa de la muerte del monje, pero durante sus pesquisas los extraños crímenes seguirán sucediéndose.
Esta trama detectivesca, que recuerda tanto a las que desarrollan en sus libros otros autores como Agatha Christie o incluso Sir Arthur Conan Doyle, es el eje fundamental de esta obra maestra de Umberto Eco.
Pero no es este un libro que simplemente se limite a relatar esta historia de detectives, lo que quizás no le ocuparía mas de ciento cincuenta páginas, sino que la mezcla con una detallada descripción de la situación religiosa de la Europa del siglo XIV. No lo hace a modo de una parrafada similar a las que nos podemos encontrar en un libro de historia, sino que lo va haciendo en forma de diálogos en los que el joven novicio Adso plantea preguntas de índole religiosa a su maestro Guillermo y de los que se puede extraer la gran religiosidad y el extremo temor a Dios de las gentes de aquella época.

El Lobizón (Distintas versiones de una leyenda)

Para los franceses vendría a ser el Loup-Garou. Menéndez y Pelayo nos habla de su vigencia en San Miguel de los Azores, donde lo llaman Lobishómen. No obstante estos antecedentes foráneos, Daniel Granada insiste en que ya era conocida en el Plata mucho antes de la llegada de los españoles, lo que no deja de resultar plausible dada la existencia de otros hombres-animales en el área guaraní, como el Yaguareté-Abá. Está muy extendida en el Litoral, y especialmente en Corrientes y Misiones. También se la conoce en Rio Grande do Sul (Brasil) y otras regiones de América, con nombres como Lobisome, Lobisone, Lobisonte, Lubisón y Luisón.
El Lobizón es siempre el séptimo hijo varón seguido de una pareja, así como la séptima hija mujer seguida será bruja. Su representación más frecuente es bajo la forma de un perro negro y corpulento, de orejas desmesuradas que le cubren la cara y con las que produce un fuerte chasquido. Sus patas se parecen a pezuñas, y sus ojos son fulgurantes. Su color suele ser bayo o negro, según la piel del individuo. También es común representarlo como un animal en el que se combinan las naturalezas del perro y el cerdo. Con menor frecuencia se lo describe como un aguará-guazú (lobo de crin), una oveja, un cerdo o una mula.
La transformación no ocurre en cualquier momento, sino a las doce de la noche del viernes, y a veces también del martes. Un tiempo antes, el hombre que padece esta "enfermedad" experimenta una sensación extraña, y luego una acuciante necesidad que lo lleva a apartarse de sus semejantes y ganar la intimidad del monte, donde a la hora señalada se quitará la ropa y dará en el suelo tres vueltas sbre si mismo, de derecha a izquierda, mientras reza un credo al revés. Se opera así la metamorfosis, y sale entonces de correría hasta que el canto del gallo lo devuelva a su humana condición. Durante esa noche, los perros aúllan enloquecidos, advirtiendo su presencia. Va á los chiqueros, gallineros y corrales en busca de excrementos, su más preciada comida. También suele vérselo en los cementerios, revolviendo tumbas en busca de carroña. De tanto en tanto, para balancear su inmunda dieta, comerá un niño no bautizado. Parece despreciar la carne de los adultos
Si alguien lo hiere con un cuchillo, el Lobizón recobrará su forma humana, pero el comedido redentor se expone así a ser muerto por el monstruo. Lo mejor es matarlo con una bala bendita. El impacto lo volverá a su forma humana, y será un hombre muerto lo que encontrará el tirador. Si sólo lo hiere huirá por el monte tratando de alcanzar su casa.
El hombre que se convierte en Lobizón suele ser alto, flaco, escuálido. Se lo reconoce por el tono amarillento de su rostro y su mal olor, que a veces llega a la pestilencia. Es descuidado en el vestir, y su carácter huraño, intratable. Todos los sábados cae en cama enfermo del estómago, por los desperdicios que comió la noche anterior.

EL YAGUÁ HÚ ANDA RONDANDO
Cualquier correntino sabe que es inútil dispararle, porque no le entran las balas. Para ahuyentarlo, hay una única fórmula: hacerle la señal de la Santa Cruz y tirarle con botellas y tizones encendidos. Elemental: la cruz es el payé guazú, o sea, el talismán grande de Dios, las botellas cortan y los tizones queman. El lobizón sabe que, si es alcanzado, quedará marcado para siempre y cualquiera lo reconocería a la distancia. Si uno está en casa y de repente entra un perro negro, hay que gritarle yaguá hú. Si el perro negro no se inmuta, es que sólo se trata de un perro negro. Pero, si se le erizan los pelos y gruñe, no lo dude: es él. Por eso, un correntino precavido debe tener siempre a mano una cruz, una botella y un tizón. Es curioso: aunque se echa al cuello de sus víctimas y sus colmillos dan siempre con la yugular, el lobizón, como el más santo de los vegetarianos, no gusta de la carne sino de la leche. Por eso, el yaguá hú ronda siempre los tambos y, por las noches, las vacas y los terneros mugen angustiados. No es para menos. Cuando el lobizón muere, su cuerpo tiene forma humana, pero, si uno se fija con detenimiento, el cadáver muestra entre los labios un hilito blanco. Es la leche.
Otro dato inconfundible: el yaguá hú come excrementos de gallina, por eso cualquier correntino sabe que, cuando el patio está limpio, no es porque las gallinas se hayan vuelto educadas, sino porque el hechizado anda rondando. Dicen que el lobizón se transforma dos veces por semana, los martes y viernes, a la caída del sol y, por supuesto, siempre en un lugar solitario. Quien presuma de erudito y se ría de las supersticiones del Iberá, que tenga en cuenta lo siguiente: el mito fue traído de Europa. Plinio, Virgilio, Petronio, Cervantes y hasta el sesudo Menéndez y Pelayo han hablado del lobizón y, que se sepa, ninguno de ellos era correntino...

El Lobizon
Lobizones
El lobizon es el lobo-hombre en Argentina. El origen de la leyenda es las leyendas de werewolves de Alemania. Los inmigrantes trajeron las leyendas de sus países. Las leyendas se mezclaron con las de los Indios y forma una leyenda nueva.
El séptimo hijo varón en un familia, cuando llegara a la adolescencia se transforma en un lobizon. Es necesario que la familia no tenga hijas.
El mito le atribuye solo dos noches para transformarse martes y viernes. Para cumplir con este proceso se revuelca en algún elemento desintegrado. Por ejemplo arena, ceniza o la suciedad de un animal.
Recupera la forma humana durante el día.
Su muerte solo se garantiza con una balas de plata.
Para romper la maldición; es necesario bautizar el niño en siete iglesias diferentes, bautizado con el nombre Benito, y el mayor hermano es su padrino. En 1907, mucho parientes mataron o abandonaron sus séptimos hijos por miedo de la leyenda. En 1973 Presidente Perón decretó el decreto 848. mediante el cual el 7mo hijo era becado para todos sus estudios, incluido colegio o universidad y el presidente es su padrino.
Esta es parte del mito, pero de donde surge esto existe una enfermedad patológica llamada licantropía. El que sufre esta enfermedad está plenamente convencido de que es un animal salvaje. Suele andar a cuatro patas, desea devorar carne cruda y aúlla como un lobo. Es, pues, posible que muchas de las historias especificas sobre el hombre-lobo sean casos de verdadera licantropía, que era bastante común en los siglos XVI y XVII. Por ejemplo el caso de Jean Grenier, un enfermo mental que confeso muy orgulloso haber dado muerte a muchas jovencitas y luego haberlas devorado, por lo cual fue juzgado y condenado rápidamente, ya que los tribunales lo creyeron a pies juntillas. Seguramente no era cierto ya que esta dolencia de licantropía da al que la sufre la alucinación de que se ha metamorfoseado de veras, y que sus dientes y garras han crecido.
El folklore de la mayoría de las naciones ofrece muchas y variadas historias de hombres-lobo. También nos relatan de qué manera un hombre lograba en convertirse en lobo y pactar con el diablo. Algunos procedimientos son semimágicos y no implican ningún diabolismo directo.
Según las creencias populares de Italia cualquiera concebido en luna llena se convertía en hombre-lobo, sin más ceremonias. Lo mismo le ocurría a quien durmiera a la intemperie en un viernes bajo la luna. En los Balcanes sólo hay que comerse cierta flor y, según el folklore, sólo con comer cerebro de lobo ya es suficiente, se hagan tales cosas con intención o sin intención de ser lobo.
Por el simple hecho de hacerlas se sufría la metamorfosis. Pero si alguno tenia verdadero interés de ser hombre-lobo en España no sé tenia que fiar de cosas tan sencillas y tenía que acudir al “Usan Lupus” un escrito de la época de los Aquelarres, el describe unas ceremonias muy complicadas, y ritos muy especiales. Uno de los que describe es una clara ceremonia de magia negra. El aspirante a lobo debe ir a un bosque solitario o a la cima de una montaña durante la noche de luna llena. A la media noche debe trazar un circulo mágico en el interior del cual se encenderá una hoguera y en ella pondrá a hervir un caldero conteniendo ingredientes tales como cicuta, opia, adormidera y perejil. Entonces se pronuncia un conjuro con versos invocando al demonio para que le mande la gran sombra gris, que hace temblar a los hombres. Luego se quita la ropa y se unta con el ingrediente preparado y se pone un cinto de piel de lobo. A continuación se arrodillará y esperará y si lo ha hecho todo bien vendrá el demonio y le concederá el poder de transformarse.
Son muchas las historias de hombres-lobos, y sus actividades durante la noche son aterradoras en todas las historias del folklore. La más escalofriante, sin duda es la de la Alemania del XVI: el caso de Peter Stubb, un supuesto hombre-lobo. Asesino a muchas personas que le habían ofendido, pero no se las comió porque eran adultas. En especial violaba, mataba y devoraba a muchachas y niñas de tierna edad. Se dice que tuvo un hijo de su propia hija y que se lo comió después de asesinarlo.
Dicen que, perseguido en su forma animal por muchos hombres y perros, Stubb trató de desorientar a sus perseguidores quitándose el cinto y recuperando su forma humana. No le valió para nada ya que sus perseguidores sospecharon que era eso lo que había ocurrido y lo llevaron bajo su forma humana a los magistrados que lo declararon culpable. Lo torturaron de forma horrible y lo ejecutaron; su cabeza fue empalada a las puertas de la ciudad de Bedbug.
Se ve que algunas veces atrapar a un hombre-lobo era lo más sencillo. Pero el folklore dice como defenderse del hombre-lobo. El centeno, el muerdago, la ceniza, son una buena protección. El hombre lobo sólo puede ser matado con una bala de plata que este bendita, según las leyendas. El hombre-lobo según los relatos se cura de su licantropía si cuando tiene forma de lobo alguien lo llama por su nombre de humano.
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Fatum e Historia - Friedrich Nietzsche

FATUM E HISTORIA
Friedrich Nietzsche
(Vacaciones de Pascua 1862)
Traducción de Luis Fernando Moreno Claros, en NIETZSCHE, F., De mi vida. Escritos autobiográficos de juventud (1856-1869), Valdemar, Madrid, 1997
Si pudiéramos contemplar la doctrina cristiana y la historia de la Iglesia con mirada exenta de prejuicios, nos veríamos obligados a expresar algunas opiniones opuestas a las ideas generales vigentes. Pero, sometidos desde nuestros primeros días al yugo de las costumbres y de los prejuicios, frenados por las impresiones de nuestra niñez en la evolución natural de nuestro espíritu y determinados en la formación de nuestro temperamento, casi nos creemos obligados a considerar delictivo la elección de un punto de vista más libre desde el que poder emitir un juicio no partidista y en concordancia con los tiempos sobre la religión y el cristianismo.
Un intento de este género no es obra de unas cuantas semanas, sino de una vida.
Pues, cómo podría destruirse la autoridad de dos milenios garantizada por tantos hombres insignes de todos los tiempos, con el resultado de unas meditaciones juveniles? ¿Cómo sería posible que las fantasmagorías y las ideas inmaduras vinieran a sustituir a todos los sufrimientos y las bendiciones que el desarrollo de la religión ha enraizado en la historia del mundo?
Es una presunción absoluta pretender resolver problemas filosóficos sobre los que se disputa con muy diversas opiniones desde hace milenios: luchar contra opiniones que, según la convicción de los hombres más sabios, elevan al hombre hacia la verdadera humanidad. Unir la ciencia a la filosofía, sin ni siquiera conocer los resultados principales de ambas; erigir, finalmente, un sistema de la realidad recurriendo a la ciencia y a la historia, mientras que la unidad de la historia universal y sus fundamentos principales no se han abierto todavía al espíritu, atreverse a entrar en el mar de dudas sin brújula ni guía alguna es de locos, y significa la ruina para las mentes aún inmaduras; la mayoría de ellas serán abatidas por las tempestades, y sólo muy pocas descubrirán nuevas tierras.
Desde el centro del inmenso océano de las ideas, cuántas veces siente el hombre la nostalgia de la tierra firme: ¡cuántas veces, ante la vista de tantas especulaciones estériles, me ha asaltado el deseo de volver a la historia y a las ciencias naturales!
Cuántas veces no me habrá parecido nuestra filosofía entera más que una gran torre babilónica: penetrar en el cielo es el propósito de todos los grandes afanes; el reino de los cielos en la tierra significa prácticamente lo mismo.
Una infinita confusión de ideas en el pueblo es el desconsolador resultado; todavía harán falta grandes transformaciones para que la masa comprenda que el cristianismo descansa sobre conjeturas; la existencia de Dios, la inmortalidad, la autoridad de la Biblia, la inspiración y demás cosas por el estilo, nunca dejarán de ser problemas. Yo he intentado negarlo todo: ¡pero destruir es muy fácil, más cuán difícil es construir! E incluso destruirse a sí mismo parece más fácil de lo que es; estamos tan determinados por las impresiones de nuestra niñez, por la influencia de nuestros padres, por nuestra educación, y lo estamos hasta un nivel tan profundo de nuestro ser interior, que dichos prejuicios, profundamente arraigados, no son tan fáciles de remover por argumentos racionales o por la mera voluntad. La fuerza de la costumbre, la necesidad de algo superior, la ruptura con todo lo establecido, la aniquilación de todas las formas de la sociedad, la duda acerca de si, durante dos milenios, la humanidad no se habrá dejado cautivar por una falsa imagen, el sentimiento de la propia temeridad y de la propia audacia: todo esto mantiene una lucha aún no resuelta hasta que, al final, una serie de experiencias dolorosas, de acontecimientos tristes en nuestro corazón, otra vez nos llevan a nuestra antigua fe de la infancia. Sin embargo, la impresión que produce observar la incidencia de estas dudas sobre nuestro ánimo debe ser, para cada uno, un hito importante de su propia historia cultural. No puede pensarse otra cosa sino que algo tiene que permanecer firme, un resultado de toda aquella especulación que no siempre es un saber, sino que también puede ser una creencia, una fe; sí, algo que incluso un sentimiento moral puede reanimar a veces o dejar en suspenso.
Del mismo modo que la costumbre es el resultado de una época, de un pueblo, de una determinada orientación del espíritu, así la moral es también el resultado de una evolución general de la humanidad. Es la suma de todas las verdades de nuestro mundo; es posible que en el mundo infinito no signifique ya otra cosa que el resultado de una determinada orientación del espíritu en el nuestro; y ¡es incluso posible que, a partir de las verdades de los diferentes mundos, evolucione de nuevo una verdad universal!
Apenas sabemos si la humanidad misma no será otra cosa que un estadio, un período en la totalidad, en el devenir, si no será una manifestación arbitraria de Dios. ¿Acaso no es el hombre producto de la evolución de la piedra por mediación de la planta? ¿No habrá alcanzado ya la plenitud de su evolución y no radicará aquí también el fin de la historia? ¿Carece este devenir eterno de final? ¿Qué son los motores de esa inmensa obra de relojería? Están ocultos, pero son los mismos en ese gran reloj que llamamos historia. La esfera horaria son los acontecimientos. Hora tras hora avanzan las agujas para, al sonar las doce, comenzar de nuevo; entonces irrumpe un nuevo periodo del mundo.
Y ¿no se podrían concebir los motores que impulsan las agujas como la humanidad inmanente? (Entonces las dos concepciones estarían servidas) ¿O es que la totalidad está dominada por miras y planes superiores? ¿Es el hombre sólo un medio, o es un fin?
El propósito, el fin, tan sólo existe para nosotros; igual que sólo para nosotros existe el cambio y, asimismo, para nosotros, solamente las épocas y los periodos. ¿Cómo podríamos advertir planes superiores? Nosotros únicamente vemos cómo de la misma fuente, de la esencia humana, motivada por las impresiones externas, se forman ideas; cómo éstas van ganando en vida y forma y cómo llegan a ser patrimonio de todos, conciencia, sentido del deber; cómo el eterno instinto productivo las elabora como materia para nuevas ideas; cómo éstas conforman la vida, regentan la historia; cómo en lucha recíproca unas engullen a las otras, y cómo de tales mezclas surgen nuevas conformaciones. Un encontrarse y repelerse de corrientes diversas, con altas y bajas mareas, pero todas afluentes del océano eterno.
Todo se mueve en círculos gigantescos, que giran unos en torno a otros a la vez que devienen; el hombre es uno de los círculos más interiores. Si quiere medir las oscilaciones de los que están en la periferia, tiene que abstraer de sí y de los círculos que le quedan más cerca los otros, más amplios y englobantes. Esos círculos más cercanos a él son la historia de los pueblos, de la sociedad y de la humanidad. La búsqueda del centro común de todas las oscilaciones, del círculo infinitamente pequeño, es tarea de la ciencia natural. Sólo ahora que sabemos que el hombre busca en sí y para sí ese centro, conocemos qué importancia exclusiva han de tener para nosotros la historia y la ciencia natural.
En cuanto que el hombre es arrastrado a los círculos de la historia universal, surge esa lucha de la voluntad individual con la voluntad general; aquí se perfila ese problema infinitamente importante, la cuestión de la justificación del individuo respecto del pueblo, el del pueblo respecto de la humanidad, de la humanidad respecto del mundo; aquí se dibuja, también, la relación fundamental entre fatum e historia.
Es imposible para los hombres acceder a la concepción más alta de la historia universal; el más grande de los historiadores, tanto como el más grande de los filósofos, no será más que un profeta, pues ambos hacen abstracción desde el círculo más interior hacia los demás círculos exteriores.
En cuanto al fatum, su posición no está asegurada. Vertamos todavía una mirada sobre la vida humana para reconocer su justificación individual y así también en la totalidad.
¿Qué es lo que determina la suerte en nuestra vida? ¿Se la debemos a los acontecimientos de cuyo vórtice nos vemos excluidos? ¿O no será nuestro temperamento el que marca el color dominante de los acontecimientos? ¿Acaso no se nos aparece y enfrenta todo en el espejo de nuestra propia personalidad? ¿Y no dan al mismo tiempo los acontecimientos el tono propio de nuestro destino en tanto que la fuerza y debilidad con la que se nos aparece depende exclusivamente de nuestro temperamento? Preguntad a los mejores médicos, dice Emerson, por las cosas que determina el temperamento y qué cosas son las que no determina en absoluto.
Nuestro temperamento no es más que nuestro ánimo, sobre el que se esculpen las impresiones de nuestras circunstancias y experiencias. ¿Qué es lo que arrastra con tanta fuerza el alma de tantos individuos hacia lo vulgar impidiéndoles su ascenso a un mayor vuelo de ideas? Una estructura fatalista del cráneo y de la columna vertebral, la clase social y la naturaleza de sus padres, lo cotidiano de sus relaciones, lo vulgar de su entorno e incluso lo monocorde de su lugar originario. Hemos sido influidos sin llevar en nosotros la fuerza suficiente como para contrarrestarlo, sin ser siquiera capaces de reconocer que somos influidos. Es, ciertamente, una experiencia dolorosa tener que renunciar a la propia autonomía por la aceptación inconsciente de impresiones externas, reprimir capacidades del alma por el poder de la costumbre y, contra toda voluntad, sepultarla con las semillas del extravío.
En mayor medida volvemos a encontrarnos con todo esto en la historia de los pueblos. Muchos de ellos, aun siendo afectados por los mismos acontecimientos, han sido influidos de modos muy distintos.
Por este motivo, es una manera de actuar muy obtusa pretender la imposición a la humanidad entera de alguna forma especial de estado o de sociedad, sometiéndola a tales o cuales estereotipos. Todas las ideas sociales y comunitaristas padecen este error. Y es que el hombre nunca es otra vez el mismo; pero si fuera posible revolucionar, por obra de una voluntad fortísima, el pasado entero del mundo, de inmediato entraríamos a formar parte de las filas de los dioses libres, y la historia universal no sería ya para nosotros otra cosa que un autoembriagarnos en brazos del ensueño; cae el telón, y el hombre se encuentra de nuevo, como un niño que juega con mundos, como un niño que se despierta con la luz de la mañana y sonriendo, borra los sueños terribles de su cabeza.
La voluntad libre se manifiesta como aquello que no tiene ataduras, como lo arbitrario; es lo infinitamente libre, lo errático, el espíritu. El fatum, en cambio, es una necesidad, salvo que no creamos que la historia de la humanidad es un extravío onírico, los dolores indecibles de los seres humanos, meras alucinaciones, y nosotros mismos, meros juguetes de nuestras propias fantasías. El fatum es la fuerza infinita de la resistencia contra la libre voluntad; libre voluntad sin fatum es tan impensable como el espíritu sin lo real, como lo bueno sin lo malo, pues sólo las contradicciones dan lugar a los rasgos del carácter.
El fatum predica continuamente el principio: «sólo los acontecimientos determinan los acontecimientos». Si éste fuese el único principio verdadero, el hombre no sería más que mero juguete de fuerzas ocultas desconocidas, no sería responsable de sus errores, se hallaría, por lo tanto, libre de todo tipo de distinciones morales, sería un eslabón necesario como miembro de una cadena. ¡Qué feliz sería si no se empeñara en examinar su situación, si no se debatiera convulsamente en la cadena que lo aprisiona, si no mirara con loco placer el mundo y su mecánica!
Tal vez no sea la libre voluntad, de modo similar a como el espíritu sólo es la substancia más infinitamente pequeña y lo bueno, sólo la más sutil evolución de lo malo, otra cosa que la potencia máxima del fatum. La historia universal sería, entonces, historia de la materia, si tomamos esta palabra en un sentido infinitamente amplio. En efecto, tiene que haber todavía otros principios más elevados ante los cuales la totalidad de las diferencias confluyan en una gran unidad, ante la que todo sea evolución, serie escalonada, todo, afluente de un océano magnífico, donde el conjunto de las corrientes que han hecho evolucionar el mundo vuelvan a encontrarse, a fundirse en el todo-uno.
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Lacrimosa - Stolzes Herz
1 - Stolzes Herz (edit version)2 - Ich Bin Der Brennande Komet
3 - Mutatio Spiritus
4 - Stolzes Herz (piano version)

'Corazón Orgulloso'
Sentir para percibir
Mis sentidos
Mi alma
Mi conciencia
Y mi corazón
En el abismo de mi vida
Al final de mi mismo
Profundamente frágil en el interior
Y débil hacia el exterior
¿Está mal?
Y ¿Qué es lo que está bien?
¿Está enfermo?
Y ¿A qué se le llama vida?
¡No!
Es sólo sinceridad - humano
Y maldita - No es más que sólo la verdad
Al ojo de la vulgaridad - de la generalidad
Simplemente reprobable - transparente
Pero es más profundo, fuerte y mucho más
Así es el hombre
Sólo la búsqueda
De la fuerza
De la mentira - ciego engaño
Y la superficialidad
Con las manos manchadas de sangre
Con lágrimas en el rostro
Una sonrisa en los labios
Y la profunda esperanza en la mirada
Incluso elevarse sobre la inmundicia
Profundamente manchado
Pero orgulloso de corazón
A una vida nueva despertar
Y despertar completamente nuevo en la vida
¿Mis manos están ciegas y mudas?
¿Mis ojos están viejos y débiles?
¿Ha sucumbido mi corazón a la sangre?
¿Y a pesar de toda esta sinceridad?
¿Soy humano?
¿Soy dolor?
¿Soy la lágrima? ¿¡¿Y a la vez soy el beso?!?
Con las manos manchadas de sangre
Con lágrimas en el rostro
Una sonrisa en los labios
Y la profunda esperanza en la mirada
Incluso elevarse sobre la inmundicia
Profundamente manchado
Pero orgulloso de corazón
A una vida nueva despertar
Y despertar completamente nuevo en la vida.
El Escarabajo de Oro - Edgar A. Poe

El Escarabajo de Oro
I
¡Hola, hola! ¡Este mozo es un danzante loco! Le ha picado la tarántula.
(Todo al revés.)
Hace muchos años trabé amistad íntima con un míster William Legrand. Era de una antigua familia de hugonotes, y en otro tiempo había sido rico; pero una serie de infortunios habíanle dejado en la miseria. Para evitar la humillación consiguiente a sus desastres, abandonó Nueva Orleáns, la ciudad de sus antepasados, y fijó su residencia en la isla de Sullivan, cerca de Charleston, en Carolina del Sur.
Esta isla es una de las más singulares. Se compone únicamente de arena de mar, y tiene, poco más o menos, tres millas de largo. Su anchura no excede de un cuarto de milla. Está separada del continente por una ensenada apenas perceptible, que fluye a través de un yermo de cañas y légamo, lugar frecuentado por patos silvestres. La vegetación, como puede suponerse, es pobre, o, por lo menos, enana. No se encuentran allí árboles de cierta magnitud. Cerca de la punta occidental, donde se alza el fuerte Moultrie y algunas miserables casuchas de madera habitadas durante el verano por las gentes que huyen del polvo y de las fiebres de Charleston, puede encontrarse es cierto, el palmito erizado; pero la isla entera, a excepción de ese punto occidental, y de un espacio árido y blancuzco que bordea el mar, está cubierta de una espesa maleza del mirto oloroso tan apreciado por los horticultores ingleses. El arbusto alcanza allí con frecuencia una altura de quince o veinte pies, y forma una casi impenetrable espesura, cargando el aire con su fragancia.
En el lugar más recóndito de esa maleza, no lejos del extremo oriental de la isla, es decir, del más distante, Legrand se había construido él mismo una pequeña cabaña, que ocupaba cuando por primera vez, y de un modo simplemente casual, hice su conocimiento. Este pronto acabó en amistad, pues había muchas cualidades en el recluso que atraían el interés y la estimación. Le encontré bien educado de una singular inteligencia, aunque infestado de misantropía, y sujeto a perversas alternativas de entusiasmo y de melancolía. Tenía consigo muchos libros, pero rara vez los utilizaba. Sus principales diversiones eran la caza y la pesca, o vagar a lo largo de la playa, entre los mirtos, en busca de conchas o de ejemplares entomológicos; su colección de éstos hubiera podido suscitar la envidia de un Swammerdamm.
En todas estas excursiones iba, por lo general, acompañado de un negro sirviente, llamado Júpiter, que había sido manumitido antes de los reveses de la familia, pero al que no habían podido convencer, ni con amenazas ni con promesas, a abandonar lo que él consideraba su derecho a seguir los pasos de su joven massa Will. No es improbable que los parientes de Legrand, juzgando que éste tenía la cabeza algo trastornada, se dedicaran a infundir aquella obstinación en Júpiter, con intención de que vigilase y custodiase al vagabundo.
Los inviernos en la latitud de la isla de Sullivan son rara vez rigurosos, y al finalizar el año resulta un verdadero acontecimiento que se requiera encender fuego. Sin embargo, hacia mediados de octubre de 18..., hubo un día de frío notable. Aquella fecha, antes de la puesta del sol, subí por el camino entre la maleza hacia la cabaña de mi amigo, a quien no había visitado hacia varias semanas, pues residía yo por aquel tiempo en Charleston, a una distancia de nueve millas de la isla, y las facilidades para ir y volver eran mucho menos grandes que hoy día. Al llegar a la cabaña llamé, como era mi costumbre, y no recibiendo respuesta, busqué la llave donde sabía que estaba escondida, abrí la puerta y entré. Un hermoso fuego llameaba en el hogar. Era una sorpresa, y, por cierto, de las agradables. Me quité el gabán, coloqué un sillón junto a los leños chisporroteantes y aguardé con paciencia el regreso de mis huéspedes.
Poco después de la caída de la tarde llegaron y me dispensaron una acogida muy cordial. Júpiter, riendo de oreja a oreja, bullía preparando unos patos silvestres para la cena. Legrand se hallaba en uno de sus ataques—¿con qué otro término podría llamarse aquello?—de entusiasmo. Había encontrado un bivalvo desconocido que formaba un nuevo género, y, más aún, había cazado y cogido un escarabajo que creía totalmente nuevo, pero respecto al cual deseaba conocer mi opinión a la mañana siguiente.
—¿Y por qué no esta noche?—pregunté, frotando mis manos ante el fuego y enviando al diablo toda la especie de los escarabajos.
—¡Ah, si hubiera yo sabido que estaba usted aquí! —dijo Legrand—. Pero hace mucho tiempo que no le había visto, y ¿cómo iba yo a adivinar que iba usted a visitarme precisamente esta noche? Cuando volvía a casa, me encontré al teniente G***, del fuerte, y sin más ni más, le he dejado el escarabajo: así que le será a usted imposible verle hasta mañana. Quédese aquí esta noche, y mandaré a Júpiter allí abajo al amanecer. ¡Es la cosa más encantadora de la creación!
—¿El qué? ¿El amanecer?
—¡Qué disparate! ¡No! ¡El escarabajo! Es de un brillante color dorado, aproximadamente del tamaño de una nuez, con dos manchas de un negro azabache: una, cerca de la punta posterior, y la segunda, algo más alargada, en la otra punta. Las antenas son...
—No hay estaño en él, massa Will, se lo aseguro—interrumpió aquí Júpiter—; el escarabajo es un escarabajo de oro macizo todo él, dentro y por todas partes, salvo las alas; no he visto nunca un escarabajo la mitad de pesado.
—Bueno; supongamos que sea así—replicó Legrand, algo más vivamente, según me pareció, de lo que exigía el caso—. ¿Es esto una razón para dejar que se quemen las aves? El color—y se volvió hacia mí—bastaría para justificar la idea de Júpiter. No habrá usted visto nunca un reflejo metálico más brillante que el que emite su caparazón, pero no podrá usted juzgarlo hasta mañana... Entre tanto, intentaré darle una idea de su forma.
Dijo esto sentándose ante una mesita sobre la cual había una pluma y tinta, pero no papel. Buscó un momento en un cajón, sin encontrarlo.
—No importa—dijo, por último—; esto bastará.
Y sacó del bolsillo de su chaleco algo que me pareció un trozo de viejo pergamino muy sucio, e hizo encima una especie de dibujo con la pluma. Mientras lo hacía, permanecí en mi sitio junto al fuego, pues tenía aún mucho frío. Cuando terminó su dibujo me lo entregó sin levantarse. Al cogerlo, se oyó un fuerte gruñido, al que siguió un ruido de rascadura en la puerta. Júpiter abrió, y un enorme terranova, perteneciente a Legrand, se precipitó dentro, y, echándose sobre mis hombros, me abrumó a caricias, pues yo le había prestado mucha atención en mis visita anteriores. Cuando acabó de dar brincos, miré el papel, y, a decir verdad, me sentí perplejo ante el dibujo de mi amigo.
—Bueno—dije después de contemplarlo unos minutos—; esto es un extraño escarabajo, lo confieso nuevo para mí: no he visto nunca nada parecido antes, a menos que sea un cráneo o una calavera, a lo cual se parece más que a ninguna otra cosa que hay caído bajo mi observación.
—¡Una calavera!—repitió Legrand—. ¡Oh, sí Bueno; tiene ese aspecto indudablemente en el papel. Las dos manchas negras parecen unos ojos, ¿eh? Y la más larga de abajo parece una boca; además, la forma entera es ovalada.
—Quizá sea así—dije—; pero temo que usted no sea un artista. Legrand. Debo esperar a ver el insecto mismo para hacerme una idea de su aspecto.
—En fin, no sé—dijo él, un poco irritado—: dibujo regularmente, o, al menos, debería dibujar, pues he tenido buenos maestros, y me jacto de no ser de todo tonto.
—Pero entonces, mi querido compañero, usted bromea—dije—: esto es un cráneo muy pasable puedo incluso decir que es un cráneo excelente, con forme a las vulgares nociones que tengo acerca de tales ejemplares de la fisiología; y su escarabajo será el más extraño de los escarabajos del mundo si se parece a esto. Podríamos inventar alguna pequeña superstición muy espeluznante sobre ello. Presumo que va usted a llamar a este insecto scaruboeus caput hominis o algo por el estilo; hay en las historias naturales muchas denominaciones semejantes. Pero ¿dónde están las antenas de que usted habló?
—¡Las antenas!—dijo Legrand, que parecía acalorarse inexplicablemente con el tema—. Estoy seguro de que debe usted de ver las antenas. Las he hecho tan claras cual lo son en el propio insecto, y presumo que es muy suficiente.
—Bien, bien—dije—; acaso las haya hecho usted y yo no las veo aún.
Y le tendí el papel sin más observaciones, no queriendo irritarle; pero me dejó muy sorprendido el giro que había tomado la cuestión: su mal humor me intrigaba, y en cuanto al dibujo del insecto, allí no había en realidad antenas visibles, y el conjunto se parecía enteramente a la imagen ordinaria de una calavera.
Recogió el papel, muy malhumorado, y estaba a punto de estrujarlo y de tirarlo, sin duda, al fuego, cuando una mirada casual al dibujo pareció encadenar su atención. En un instante su cara enrojeció intensamente, y luego se quedó muy pálida. Durante algunos minutos, siempre sentado, siguió examinando con minuciosidad el dibujo. A la larga se levantó, cogió una vela de la mesa, y fué a sentarse sobre un arca de barco, en el rincón más alejado de la estancia. Allí se puso a examinar con ansiedad el papel, dándole vueltas en todos sentidos. No dijo nada, empero, y su actitud me dejó muy asombrado; pero juzgué prudente no exacerbar con ningún comentario su mal humor creciente. Luego sacó de su bolsillo una cartera, metió con cuidado en ella el papel, y lo depositó todo dentro de un escritorio, que cerró con llave. Recobró entonces la calma; pero su primer entusiasmo había desaparecido por completo. Aun así, parecía mucho más abstraído que malhumorado. A medida que avanzaba la tarde, se mostraba más absorto en un sueño, del que no lograron arrancarle ninguna de mis ocurrencias. Al principio había yo pensado pasar la noche en la cabaña, como hacía con frecuencia antes; pero. viendo a mi huésped en aquella actitud, juzgué más conveniente marcharme. No me instó a que me quedase; pero al partir, estrechó mi mano con más cordialidad que de costumbre.
Un mes o cosa así después de esto (y durante ese lapso de tiempo no volví a ver a Legrand), recibí la visita, en Charleston, de su criado Júpiter. No había yo visto nunca al viejo y buen negro tan decaído, y temí que le hubiera sucedido a mi amigo algún serio infortunio.
—Bueno, Júpiter—dije—. ¿Qué hay de nuevo? ¿Cómo está tu amo?
—¡Vaya! A decir verdad, massa, no está tan bien como debiera.
—¡Que no está bien! Siento de verdad la noticia. ¿De qué se queja?
—¡Ah, caramba! ¡Ahí está la cosa! No se queja nunca de nada; pero, de todas maneras, está muy malo.
—¡Muy malo, Júpiter! ¿Por qué no lo has dicho en seguida? ¿Está en la cama?
—No, no, no está en la cama. No está bien en ninguna parte, y ahí le aprieta el zapato. Tengo la cabeza trastornada con el pobre massa Will.
—Júpiter, quisiera comprender algo de eso que me cuentas. Dices que tu amo está enfermo. ¿No te ha dicho qué tiene?
—Bueno, massa; es inútil romperse la cabeza pensando en eso. Massa Will dice que no tiene nada pero entonces ¿por qué va de un lado para otro, con la cabeza baja y la espalda curvada, mirando al suelo, más blanco que una oca? Y haciendo garrapatos todo el tiempo...
—¿Haciendo qué?
—Haciendo números con figuras sobre una pizarra; las figuras más raras que he visto nunca. Le digo que voy sintiendo miedo. Tengo que estar siempre con un ojo sobre él. El otro día se me escapó antes de amanecer y estuvo fuera todo el santo día. Habla yo cortado un buen palo para darle una tunda de las que duelen cuando volviese a comer; pero fui tan tonto, que no tuve valor, ¡parece tan desgraciado!
—¿Eh? ¿Cómo? ¡Ah, sí! Después de todo has hecho bien en no ser demasiado severo con el pobre muchacho. No hay que pegarle, Júpiter; no está bien, seguramente. Pero ¿no puedes formarte una idea de lo que ha ocasionado esa enfermedad o más bien ese cambio de conducta? ¿Le ha ocurrido algo desagradable desde que no le veo?
—No, massa, no ha ocurrido nada desagradable desde entonces, sino antes; sí, eso temo: el mismo día en que usted estuvo allí.
—¡Cómo! ¿Qué quiere decir?
—Pues... quiero hablar del escarabajo, y nada más.
—¿De qué?
—Del escarabajo... Estoy seguro de que massa Will ha sido picado en alguna parte de la cabeza por ese escarabajo de oro.
—¿Y qué motivos tienes tú, Júpiter, para hacer tal suposición?
—Tiene ese bicho demasiadas uñas para eso, y también boca. No he visto nunca un escarabajo tan endiablado; coge y pica todo lo que se le acerca. Massa Will le había cogido..., pero en seguida le soltó, se lo aseguro... Le digo a usted que entonces es, sin duda, cuando le ha picado. La cara y la boca de ese escarabajo no me gustan; por eso no he querido cogerlo con mis dedos; pero he buscado un trozo de papel para meterlo. Le envolví en un trozo de papel con otro pedacito en la boca; así lo hice.
—¿Y tú crees que tu amo ha sido picado realmente por el escarabajo, y que esa picadura le ha puesto enfermo?
—No lo creo, lo sé. ¿Por qué está siempre soñando con oro, sino porque le ha picado el escarabajo de oro? Ya he oído hablar de esos escarabajos de oro.
—Pero ¿cómo sabes que sueña con oro?
—¿Cómo lo sé? Porque habla de ello hasta durmiendo; por eso lo sé.
—Bueno, Júpiter; quizá tengas razón, pero ¿a qué feliz circunstancia debo hoy el honor de tu visita?
—¿Qué quiere usted decir, massa?
—¿Me traes algún mensaje de míster Legrand?
—No, massa; le traigo este papel.
Y Júpiter me entregó una esquela que decía lo siguiente:
"Querido amigo: ¿Por qué no le veo hace tanto tiempo? Espero que no cometerá usted la tontería de sentirse ofendido por aquella pequeña brusquedad mía; pero no, no es probable.
"Desde que le vi, siento un gran motivo de inquietud. Tengo algo que decirle; pero apenas sé cómo decírselo, o incluso no sé si se lo diré.
"No estoy del todo bien desde hace unos días, y el pobre viejo Júpiter me aburre de un modo insoportable con sus buenas intenciones y cuidados. ¿Lo creerá usted? El otro día había preparado un garrote para castigarme por haberme escapado y pasado el día solus en las colinas del continente. Creo de veras que sólo mi mala cara me salvó de la paliza.
"No he añadido nada a mi colección desde que no nos vemos.
"Si puede usted, sin gran inconveniente, venga con Júpiter. Venga. Deseo verle esta noche para un asunto de importancia. Le aseguro que es de la más alta importancia. Siempre suyo,
William Legrand."
Había algo en el tono de esta carta que me produjo una gran inquietud. El estilo difería en absoluto del de Legrand. ¿Con qué podía él soñar? ¿Qué nueva chifladura dominaba su excitable mente? ¿Qué "asunto de la más alta importancia" podía él tener que resolver? El relato de Júpiter no presagiaba nada bueno. Temía yo que la continua opresión del infortunio hubiese a la larga trastornado por completo la razón de mi amigo. Sin un momento de vacilación, me dispuse a acompañar al negro.
Al llegar al fondeadero, vi una guadaña y tres azadas, todas evidentemente nuevas, que yacían en el fondo del barco donde íbamos a navegar.
—¿Qué significa todo esto, Jup?—pregunté.
—Es una guadaña, massa, y unas azadas.
—Es cierto; pero ¿qué hacen aquí?
—Massa Will me ha dicho que comprase eso para él en la ciudad, y lo he pagado muy caro; nos cuesta un dinero de mil demonios.
—Pero, en nombre de todo lo que hay de misterioso, ¿qué va a hacer tu "massa Will" con esa guadaña y esas azadas?
—No me pregunte más de lo que sé; que el diablo me lleve si lo sé yo tampoco. Pero todo eso es cosa del escarabajo.
Viendo que no podía obtener ninguna aclaración de Júpiter, cuya inteligencia entera parecía estar absorbida por el escarabajo, bajé al barco y desplegué la vela. Una agradable y fuerte brisa nos empujó rápidamente hasta la pequeña ensenada al norte del fuerte Moultrie, y un paseo de unas dos millas nos llevó hasta la cabaña. Serían alrededor de las tres de la tarde cuando llegamos. Legrand nos esperaba preso de viva impaciencia. Asió mi mano con nervioso empressement que me alarmó, aumentando mis sospechas nacientes. Su cara era de una palidez espectral, y sus ojos, muy hundidos, brillaban con un fulgor sobrenatural. Después de algunas preguntas sobre mi salud, quise saber, no ocurriéndoseme nada mejor que decir si el teniente G*** le había devuelto el escarabajo.
—¡Oh, sí!—replicó, poniéndose muy colorado—. Le recogí a la mañana siguiente. Por nada me separaría de ese escarabajo. ¿Sabe usted que Júpiter tiene toda la razón respecto a eso?
—¿En qué?—pregunté con un triste presentimiento en el corazón.
—En suponer que el escarabajo es de oro de veras.
Dijo esto con un aire de profunda seriedad que me produjo una indecible desazón.
—Ese escarabajo hará mi fortuna—prosiguió él, con una sonrisa triunfal—al reintegrarme mis posesiones familiares. ¿Es de extrañar que yo lo aprecie tanto? Puesto que la Fortuna ha querido concederme esa dádiva, no tengo más que usarla adecuadamente, y llegaré hasta el oro del cual ella es indicio. ¡Júpiter, trae ese escarabajo!
—¡Cómo! ¡El escarabajo, massa! Prefiero no tener jaleos con el escarabajo; ya sabrá cogerlo usted mismo.
En este momento Legrand se levantó con un aire solemne e imponente, y fué a sacar el insecto de un fanal, dentro del cual le había dejado. Era un hermoso escarabajo desconocido en aquel tiempo por los naturalistas, y, por supuesto, de un gran valor desde un punto de vista científico. Ostentaba dos manchas negras en un extremo del dorso, y en el otro, una más alargada. El caparazón era notablemente duro y brillante, con un aspecto de oro bruñido. Tenía un peso notable, y, bien considerada la cosa, no podía yo censurar demasiado a Júpiter por su opinión respecto a él; pero érame imposible comprender que Legrand fuese de igual opinión.
—Le he enviado a buscar—dijo él, en un tono grandilocuente, cuando hube terminado mi examen del insecto—; le he enviado a buscar para pedirle consejo y ayuda en el cumplimiento de los designios del Destino y del escarabajo...
—Mi querido Legrand—interrumpí—, no está usted bien, sin duda, y haría mejor en tomar algunas precauciones. Váyase a la cama, y me quedaré con usted unos días, hasta que se restablezca. Tiene usted fiebre y...
—Tómeme usted el pulso—dijo él.
Se lo tomé, y, a decir verdad, no encontré el menor síntoma de fiebre.
—Pero puede estar enfermo sin tener fiebre. Permítame esta vez tan sólo que actúe de médico con usted. Y después...
—Se equivoca—interrumpió él—; estoy tan bien como puedo esperar estarlo con la excitación que sufro. Si realmente me quiere usted bien, aliviará esta excitación.
—¿Y qué debo hacer para eso?
—Es muy fácil. Júpiter y yo partimos a una expedición por las colinas, en el continente, y necesitamos para ella la ayuda de una persona en quien podamos confiar. Es usted esa persona única. Ya sea un éxito o un fracaso, la excitación que nota usted en mí se apaciguará igualmente con esa expedición.
—Deseo vivamente servirle a usted en lo que sea —repliqué—; pero ¿pretende usted decir que ese insecto infernal tiene alguna relación con su expedición a las colinas?
—La tiene.
—Entonces, Legrand, no puedo tomar parte en tan absurda empresa.
—Lo siento, lo siento mucho, pues tendremos que intentar hacerlo nosotros solos.
—¡Intentarlo ustedes solos! (¡Este hombre está loco, seguramente!) Pero veamos, ¿cuánto tiempo se propone usted estar ausente?
—Probablemente, toda la noche. Vamos a partir en seguida, y en cualquiera de los casos, estaremos de vuelta al salir el sol.
—¿Y me promete por su honor que, cuando ese capricho haya pasado y el asunto del escarabajo (¡Dios mío!) esté arreglado a su satisfacción, volverá usted a casa y seguirá con exactitud mis prescripciones como las de su médico?
—Sí, se lo prometo; y ahora, partamos, pues no tenemos tiempo que perder.
Acompañé a mi amigo, con el corazón apesadumbrado. A cosa de las cuatro nos pusimos en camino Legrand Júpiter, el perro y yo. Júpiter cogió la guadaña y las azadas. Insistió en cargar con todo ello, más bien, me pareció, por temor a dejar una de aquellas herramientas en manos de su amo que por un exceso de celo o de complacencia. Mostraba un humor de perros, y estas palabras, "condenado escarabajo", fueron las únicas que se escaparon de sus labios durante el viaje. Por mi parte estaba encargado de un par de linternas, mientras Legrand se había contentado con el escarabajo, que llevaba atado al extremo de un trozo de cuerda; lo hacía girar de un lado para otro, con un aire de nigromante, mientras caminaba. Cuando observaba yo aquel último y supremo síntoma del trastorno mental de mi amigo, no podía apenas contener las lágrimas. Pensé, no obstante, que era preferible acceder a su fantasía, al menos por el momento, o hasta que pudiese yo adoptar algunas medidas más enérgicas con una probabilidad de éxito. Entre tanto, intenté, aunque en vano, sondearle respecto al objeto de la expedición. Habiendo conseguido inducirme a que le acompañase, parecía mal dispuesto a entablar conversación sobre un tema de tan poca importancia, y a todas mis preguntas no les concedía otra respuesta que un "Ya veremos".
Atravesamos en una barca la ensenada en la punta de la isla, y trepando por los altos terrenos de la orilla del continente, seguimos la dirección Noroeste, a través de una región sumamente salvaje y desolada, en la que no se veía rastro de un pie humano. Legrand avanzaba con decisión, deteniéndose solamente algunos instantes, aquí y allá, para consultar ciertas señales que debía de haber dejado él mismo en una ocasión anterior.
Caminamos así cerca de dos horas, e iba a ponerse el sol, cuando entramos en una región infinitamente más triste que todo lo que habíamos visto antes. Era una especie de meseta cerca de la cumbre de una colina casi inaccesible, cubierta de espesa arboleda desde la base a la cima, y sembrada de enormes bloques de piedra que parecían esparcidos en mezcolanza sobre el suelo, y muchos de los cuales se hubieran precipitado a los valles inferiores sin la contención de los árboles en que se apoyaban. Profundos barrancos, que se abrían en varias direcciones, daban un aspecto de solemnidad más lúgubre al paisaje.
La plataforma natural sobre la cual habíamos trepado estaba tan repleta de zarzas, que nos dimos cuenta muy pronto de que sin la guadaña nos hubiera sido imposible abrirnos paso. Júpiter, por orden de su amo, se dedicó a despejar el camino hasta el pie de un enorme tulípero que se alzaba, entre ocho o diez robles, sobre la plataforma, y que los sobrepasaba a todos, así como a los árboles que había yo visto hasta entonces, por la belleza de su follaje y forma, por la inmensa expansión de su ramaje y por la majestad general de su aspecto. Cuando hubimos llegado a aquel árbol. Legrand se volvió hacia Júpiter y le preguntó si se creía capaz de trepar por él. El viejo pareció un tanto azarado por la pregunta, y durante unos momentos no respondió. Por último, se acercó al enorme tronco, dió la vuelta a su alrededor y lo examinó con minuciosa atención. Cuando hubo terminado su examen, dijo simplemente:
—Sí, massa: Jup no ha encontrado en su vida árbol al que no pueda trepar.
—Entonces, sube lo más de prisa posible, pues pronto habrá demasiada oscuridad para ver lo que hacemos.
—¿Hasta dónde debo subir, massa?—preguntó Júpiter.
—Sube primero por el tronco, y entonces te diré qué camino debes seguir... ¡Ah, detente ahí! Lleva contigo este escarabajo.
—¡El escarabajo, massa Will, el escarabajo de oro!—gritó el negro, retrocediendo con terror—. ¿Por qué debo llevar ese escarabajo conmigo sobre el árbol? ¡Que me condene si lo hago!
—Si tienes miedo, Jup, tú, un negro grande y fuerte como pareces a tocar un pequeño insecto muerto e inofensivo, puedes llevarle con esta cuerda; pero si no quieres cogerle de ningún modo, me veré en la necesidad de abrirte la cabeza con esta azada.
—¿Qué le pasa ahora massa?—dijo Jup, avergonzado, sin duda, y más complaciente—. Siempre ha de tomarla con su viejo negro. Era sólo una broma y nada más. ¡Tener yo miedo al escarabajo! ¡Pues sí que me preocupa a mí el escarabajo.
Cogió con precaución la punta de la cuerda, y, manteniendo al insecto tan lejos de su persona como las circunstancias lo permitían, se dispuso a subir al árbol
II
En su juventud, el tulípero o Liriodendron Tutipiferum, el más magnífico de los árboles selváticos americanos tiene un tronco liso en particular y se eleva con frecuencia a gran altura, sin producir ramas laterales; pero cuando llega a su madurez, la corteza se vuelve rugosa y desigual, mientras pequeños rudimentos de ramas aparecen en gran número sobre el tronco. Por eso la dificultad de la ascensión, en el caso presente, lo era mucho más en apariencia que en la realidad. Abrazando lo mejor que podía el enorme cilindro con sus brazos y sus rodillas asiendo con las manos algunos brotes y apoyando sus pies descalzos sobre los otros, Júpiter, después de haber estado a punto de caer una o dos veces se izó al final hasta la primera gran bifurcación y pareció entonces considerar el asunto como virtualmente realizado. En efecto, el riesgo de la empresa había ahora desaparecido, aunque el escalador estuviese a unos sesenta o setenta pies de la tierra.
—¿Hacia qué lado debo ir ahora, massa Will?—preguntó él.
—Sigue siempre la rama más ancha, la de ese lado—dijo Legrand.
El negro obedeció con prontitud, y en apariencia, sin la menor inquietud; subió, subió cada vez más alto, hasta que desapareció su figura encogida entre el espeso follaje que la envolvía. Entonces se dejó oír su voz lejana gritando:
—¿Debo subir mucho todavía?
—¿A qué altura estás?—preguntó Legrand.
—Estoy tan alto—replicó el negro—, que puedo ver el cielo a través de la copa del árbol.
—No te preocupes del cielo, pero atiende a lo que te digo. Mira hacia abajo el tronco y cuenta las ramas que hay debajo de ti por ese lado. ¿Cuántas ramas has pasado?
—Una, dos, tres, cuatro, cinco. He pasado cinco ramas por ese lado, massa.
—Entonces sube una rama más.
Al cabo de unos minutos la voz de oyó de nuevo, anunciando que había alcanzado la séptima rama.
—Ahora, Jup—gritó Legrand, con una gran agitación—, quiero que te abras camino sobre esa rama hasta donde puedas. Si ves algo extraño, me lo dices.
Desde aquel momento las pocas dudas que podía haber tenido sobre la demencia de mi pobre amigo se disiparon por completo. No me quedaba otra alternativa que considerarle como atacado de locura, me sentí seriamente preocupado con la manera de hacerle volver a casa. Mientras reflexionaba sobre que sería preferible hacer, volvió a oírse la voz de Júpiter.
—Tengo miedo de avanzar más lejos por esa rama: es una rama muerta en casi toda su extensión.
—¿Dices que es una rama muerta Júpiter?—gritó Legrand con voz trémula.
—Sí, massa, muerta como un clavo de puerta, eso es cosa sabida; no tiene ni pizca de vida.
—¿Qué debo hacer, en nombre del Cielo?.—preguntó Legrand, que parecía sumido en una gran desesperación.
—¿Qué debe hacer?—dije, satisfecho de que aquella oportunidad me permitiese colocar una palabra—; Volver a casa y meterse en la cama. ¡Vamonos ya! Sea usted amable, compañero. Se hace tarde; y además, acuérdese de su promesa.
—¡Júpiter!—gritó él, sin escucharme en absoluto—, ¿me oyes?
—Sí, massa Will, le oigo perfectamente.
—Entonces tantea bien con tu cuchillo, y dime si crees que está muy podrida.
—Podrida, massa, podrida, sin duda—replicó el negro después de unos momentos—; pero no tan podrida como cabría creer. Podría avanzar un poco más, si estuviese yo solo sobre la rama, eso es verdad.
—¡Si estuvieras tú solo! ¿Qué quieres decir?
—Hablo del escarabajo. Es muy pesado el tal escarabajo. Supongo que, si lo dejase caer, la rama soportaría bien, sin romperse, el peso de un negro.
—¡Maldito bribón!—gritó Legrand, que parecía muy reanimado—. ¿Qué tonterías estas diciendo? Si dejas caer el insecto, te retuerzo el pescuezo. Mira hacia aquí, Júpiter, ¿me oyes?
—Sí, massa; no hay que tratar así a un pobre negro.
—Bueno; escúchame ahora. Si te arriesgas sobre la rama todo lo lejos que puedas hacerlo sin peligro y sin soltar el insecto, te regalare un dólar de plata tan pronto como hayas bajado.
—Ya voy, massa Will, Ya voy allá—replicó el negro con prontitud—. Estoy al final ahora.
—¡Al final! —Chillo Legrand, muy animado—. ¿Quieres decir que estas al final de esa rama?
—Estaré muy pronto al final, massa... ¡Ooooh! ¡Dios mío, misericordia! ¿Que es eso que hay sobre el árbol?
—¡Bien! —Gritó Legrand muy contento—, ¿qué es eso?
—Pues sólo una calavera; alguien dejó su cabeza sobre el árbol, y los cuervos han picoteado toda la carne.
—Una calavera, dices! Muy bien... ¿Cómo está atada a la rama? ¿Qué la sostiene?
—Seguramente, se sostiene bien; pero tendré que ver. ¡Ah! Es una cosa curiosa, palabra..., hay una clavo grueso clavado en esta calavera, que la retiene al árbol.
—Bueno; ahora, Júpiter, haz exactamente lo que voy a decirte. ¿Me oyes?
—Sí, massa.
—Fíjate bien, y luego busca el ojo izquierdo de la calavera.
—¡Hum! ¡Oh, esto sí que es bueno! No tiene ojo izquierdo ni por asomo.
—¡Maldita estupidez la tuya! ¿Sabes distinguir bien tu mano izquierda de tu mano derecha?
—Sí que lo sé, lo sé muy bien; mi mano izquierda es con la que parto la leña.
—¡Seguramente! eres zurdo. Y tu ojo izquierdo está del mismo lado de tu mano izquierda. Ahora supongo que podrás encontrar el ojo izquierdo de la calavera, o el sitio donde estaba ese ojo. ¿Lo has encontrado?
—Hubo una larga pausa. Y finalmente, el negro preguntó:
—¿El ojo izquierdo de la calavera está del mismo lado que la mano izquierda del cráneo también?... Porque la calavera no tiene mano alguna... ¡No importa! Ahora he encontrado el ojo izquierdo, ¡aquí está el ojo izquierdo! ¿Qué debo hacer ahora?
—Deja pasar por él el escarabajo, tan lejos como pueda llegar la cuerda; pero ten cuidado de no soltar la punta de la cuerda.
—Ya está hecho todo, massa Will; era cosa fácil hacer pasar el escarabajo por el agujero... Mírelo cómo baja.
Durante este coloquio, no podía verse ni la menor parte de Júpiter; pero el insecto que él dejaba caer aparecía ahora visible al extremo de la cuerda y brillaba, como una bola de oro bruñido a los últimos rayos del sol poniente, algunos de los cuales iluminaban todavía un poco la eminencia sobre la que estábamos colocados. El escarabajo, al descender, sobresalía visiblemente de las ramas, y si el negro le hubiese soltado, habría caído a nuestros pies. Legrand cogió en seguida la guadaña y despejó un espacio circular, de tres o cuatro yardas de diámetro, justo debajo del insecto. Una vez hecho esto, ordenó a Júpiter que soltase la cuerda y que bajase del árbol.
Con gran cuidado clavó mi amigo una estaca en la tierra sobre el lugar preciso donde había caído el insecto, y luego sacó de su bolsillo una cinta para medir. La ató por una punta al sitio del árbol que estaba más próximo a la estaca, la desenrolló hasta ésta y siguió desenrollándola en la dirección señalada por aquellos dos puntos —la estaca y el tronco—hasta una distancia de cincuenta pies; Júpiter limpiaba de zarzas el camino con la guadaña. En el sitio así encontrado clavó una segunda estaca, y, tomándola como centro, describió un tosco círculo de unos cuatro pies de diámetro, aproximadamente. Cogió entonces una de las azadas, dió la otra a Júpiter y la otra a mí, y nos pidió que cavásemos lo más de prisa posible.
A decir verdad, yo no había sentido nunca un especial agrado con semejante diversión, y en aquel momento preciso renunciaría a ella, pues la noche avanzaba, y me sentía muy fatigado con el ejercicio que hube de hacer; pero no veía modo alguno de escapar de aquello, y temía perturbar la ecuanimidad de mi pobre amigo con una negativa. De haber podido contar efectivamente con la ayuda de Júpiter no hubiese yo vacilado en llevar a la fuerza al lunático a su casa; pero conocía demasiado bien el carácter del viejo negro para esperar su ayuda en cualquier circunstancia, y más en el caso de una lucha personal con su amo. No dudaba yo que Legrand estaba contaminado por alguna de las innumerables supersticiones del Sur referentes a los tesoros escondidos, y que aquella fantasía hubiera sido confirmada por el hallazgo del escarabajo, o quizá por la obstinación de Júpiter en sostener que era un "escarabajo de oro de verdad". Una mentalidad predispuesta a la locura podía dejarse arrastrar por tales sugestiones, sobre todo si concordaban con sus ideas favoritas preconcebidas; y entonces recordé el discurso del Pobre muchacho referente al insecto que iba a ser ''el indicio de su fortuna". Por encima de todo ello me sentía enojado y perplejo; pero al final decidí hacer ley de la necesidad y cavar con buena voluntad para convencer lo antes posible al visionario con una prueba ocular, de la falacia de las opiniones que el mantenía.
Encendimos las linternas y nos entregamos a nuestra tarea con un celo digno de una causa más racional; y como la luz caía sobre nuestras personas y herramientas, no pude impedirme pensar en el grupo pintoresco que formábamos, y en que si algún intruso hubiese aparecido, por casualidad, en medio de nosotros, habría creído que realizábamos una labor muy extraña y sospechosa.
Cavamos con firmeza durante dos horas. Oíanse pocas palabras, y nuestra molestia principal la causaban los ladridos del perro, que sentía un interés excesivo por nuestros trabajos. A la larga se puso tan alborotado, que temimos diese la alarma a algunos merodeadores de las cercanías, o más bien era el gran temor de Legrand, pues, por mi parte, me habría regocijado cualquier interrupción que me hubiera permitido hacer volver al vagabundo a su casa. Finalmente, fué acallado el alboroto por Júpiter, quien, lanzándose fuera del hoyo con un aire resuelto y furioso embozaló el hocico del animal con uno de sus tirantes y luego volvió a su tarea con una risita ahogada.
Cuando expiró el tiempo mencionado, el hoyo había alcanzado una profundidad de cinco pies. y aun así, no aparecía el menor indicio de tesoro. Hicimos una pausa general, y empecé a tener la esperanza de que la farsa tocaba a su fin. Legrand, sin embargo, aunque a todas luces muy desconcertado, se enjugó la frente con aire pensativo y volvió a empezar. Habíamos cavado el círculo entero de cuatro pies de diámetro, y ahora superamos un poco aquel límite y cavamos dos pies más. No apareció nada. El buscador de oro, por el que sentía yo una sincera compasión, saltó del hoyo al cabo, con la más amarga desilusión grabada en su cara, y se decidió, lenta y pesarosamente, a ponerse la chaqueta, que se había quitado al empezar su labor. En cuanto a mí, me guardé de hacer ninguna observación. Júpiter a una señal de su mano, comenzó a recoger las herramientas. Hecho esto, y una vez quitado el bozal al perro volvimos en un profundo silencio hacia la casa.
Habríamos dado acaso una docena de pasos, cuando, con un tremendo juramento, Legrand se arrojó sobre Júpiter y le agarró del cuello. El negro, atónito abrió los ojos y la boca en todo su tamaño, soltó las azadas y cayó de rodillas.
—¡Eres un bergante!—dijo Legrand, haciendo silbar las sílabas entre sus labios apretados—, ¡un malvado negro! ¡Habla, te digo! ¡Contéstame al instante y sin mentir! ¿Cuál es..., cuál es tu ojo izquierdo?
—¡Oh, misericordia, massa Will! ¿No es, seguramente, éste mi ojo izquierdo?—rugió, aterrorizado, Júpiter, poniendo su mano sobre el órgano derecho de su visión, y manteniéndola allí con la tenacidad de la desesperación, como si temiese que su amo fuese a arrancárselo.
—¡Lo sospechaba! ¡Lo sabía! ¡Hurra!—vociferó Legrand, soltando al negro y dando una serie de corvetas y cabriolas, ante el gran asombro de su criado, quien, alzándose sobre sus rodillas, miraba en silencio a su amo y a mí, a mí y a su amo.
—¡Vamos! Debemos volver—dijo éste— No está aún perdida la partida—y se encaminó de nuevo hacia el tulípero.
—Júpiter—dijo, cuando llegamos al píe del árbol—, ¡ven aquí! ¿Estaba la calavera clavada a la rama con la cara vuelta hacia fuera, o hacia la rama?
—La cara estaba vuelta hacia afuera, massa, así es que los cuervos han podido comerse muy bien los ojos, sin la menor dificultad.
—Bueno, entonces, ¿has dejado caer el insecto por este ojo o por este otro?—y Legrand tocaba alternativamente los ojos de Júpiter.
—Por este ojo, massa, por el ojo izquierdo, exactamente como usted me dijo.
Y el negro volvió a señalar su ojo derecho.
Entonces mi amigo, en cuya locura veía yo, o me imaginaba ver, ciertos indicios de método, trasladó la estaca que marcaba el sitio donde había caído el insecto, unas tres pulgadas hacia el oeste de su primera posición. Colocando ahora la cinta de medir desde el punto más cercano del tronco hasta la estaca, como antes hiciera, y extendiéndola en línea recta a una distancia de cincuenta pies, donde señalaba la estaca, la alejó varias yardas del sitio donde habíamos estado cavando.
Alrededor del nuevo punto trazó ahora un círculo, un poco más ancho que el primero, y volvimos a manejar la azada. Estaba yo atrozmente cansado; pero, sin darme cuenta de lo que había ocasionado aquel cambio en mi pensamiento, no sentía ya gran aversión por aquel trabajo impuesto. Me interesaba de un modo inexplicable; más aún, me excitaba. Tal vez había en todo el extravagante comportamiento de Legrand cierto aire de presciencia, de deliberación, que me impresionaba. Cavaba con ardor, y de cuando en cuando me sorprendía buscando, por decirlo así, con los ojos movidos de un sentimiento que se parecía mucho a la espera, aquel tesoro imaginario, cuya visión había trastornado a mi infortunado compañero. En uno de esos momentos en que tales fantasías mentales se habían apoderado más a fondo de mí, y cuando llevábamos trabajando quizá una hora y media, fuimos de nuevo interrumpidos por los violentos ladridos del perro. Su inquietud, en el primer caso, era, sin duda, el resultado de un retozo o de un capricho; pero ahora asumía un tono más áspero y más serio. Cuando Júpiter se esforzaba por volver a ponerle un bozal, ofreció el animal una furiosa resistencia, y, saltando dentro del hoyo, se puso a cavar, frenético, con sus uñas. En unos segundos había dejado al descubierto una masa de osamentas humanas, formando dos esqueletos íntegros, mezclados con varios botones de metal y con algo que nos pareció ser lana podrida y polvorienta. Uno o dos azadonazos hicieron saltar la hoja de un ancho cuchillo español, y al cavar más surgieron a la luz tres o cuatro monedas de oro y de plata.
Al ver aquello, Júpiter no pudo apenas contener su alegría; pero la cara de su amo expresó una extraordinaria desilusión. Nos rogó, con todo, que continuásemos nuestros esfuerzos, y apenas había dicho aquellas palabras, tropecé y caí hacia adelante, al engancharse la punta de mi bota en una ancha argolla de hierro que yacía medio enterrada en la tierra blanda.
Nos pusimos a trabajar ahora con gran diligencia, y nunca he pasado diez minutos de más intensa excitación. Durante este intervalo desenterramos por completo un cofre oblongo de madera que, por su perfecta conservación y asombrosa dureza, había sido sometida a algún procedimiento de mineralización, acaso por obra del bicloruro de mercurio. Dicho cofre tenía tres pies y medio de largo, tres de ancho y dos y medio de profundidad. Estaba asegurado con firmeza por unos flejes de hierro forjado, remachados, y que formaban alrededor de una especie de enrejado. De cada lado del cofre, cerca de la tapa había tres argollas de hierro—seis en total—, por medio de las cuales, seis personas podían asirla Nuestros esfuerzos unidos sólo consiguieron moverlo ligeramente de su lecho. Vimos en seguida la imposibilidad de transportar un peso tan grande. Por fortuna, la tapa estaba sólo asegurada con dos tornillos movibles. Los sacamos, trémulos y palpitantes de ansiedad. En un instante, un tesoro de incalculable valor apareció refulgente ante nosotros. Los rayos de las linternas caían en el hoyo, haciendo brotar de un montón confuso de oro y de joyas destellos y brillos que cegaban del todo nuestros ojos.
No intentaré describir los sentimientos con que contemplaba aquello. El asombro, naturalmente, predominaba sobre los demás. Legrand parecía exhausto por la excitación, y no profirió más que algunas palabras. En cuanto a Júpiter, su rostro durante unos minutos adquirió la máxima palidez que puede tomar la cara de un negro en tales circunstancias. Parecía estupefacto, fulminado. Pronto cayó de rodillas en el hoyo, y hundiendo sus brazos hasta el codo en el oro, los dejó allí, como si gozase del placer de un baño. A las postre exclamó con un hondo suspiro, como en un monólogo:
—¡Y todo esto viene del escarabajo de oro! ¡Del pobre escarabajito, al que yo insultaba y calumniaba! ¿No te avergüenzas de ti mismo, negro? ¡Anda, contéstame!
Fué menester, por último, que despertase a ambos, al amo y al criado, ante la conveniencia de transportar el tesoro. Se hacía tarde y teníamos que desplegar cierta actividad, si queríamos que todo estuviese en seguridad antes del amanecer. No sabíamos qué determinación tomar, y perdimos mucho tiempo en deliberaciones de lo trastornadas que teníamos nuestras ideas. Por último, aligeramos de peso al cofre quitando las dos terceras partes de su contenido, y pudimos, en fin, no sin dificultad. sacarlo del hoyo. Los objetos que habíamos extraído fueron depositados entre las zarzas, bajo la custodia del perro, al que Júpiter ordenó que no se moviera de su puesto bajo ningún pretexto, y que no abriera la boca hasta nuestro regreso. Entonces nos pusimos presurosamente en camino con el cofre; llegamos sin accidente a la cabaña, aunque después de tremendas penalidades y a la una de la madrugada. Rendidos como estábamos, no hubiese habido naturaleza humana capaz de reanudar la tarea acto seguido. Permanecimos descansando hasta las dos; luego cenamos, y en seguida partimos hacia las colinas, provistos de tres grandes sacos que, por una suerte feliz, habíamos encontrado antes. Llegamos al filo de las cuatro a la fosa, nos repartimos el botín, con la mayor igualdad posible y dejando el hoyo sin tapar, volvimos hacia la cabaña, en la que depositamos por segunda vez nuestra carga de oro, a tiempo que los primeros débiles rayos del alba aparecían por encima de las copas de los árboles hacia el Este.
III
Estábamos completamente destrozados, pero la intensa excitación de aquel momento nos impidió todo reposo. Después de un agitado sueño de tres o cuatro horas de duración, nos levantamos, como si estuviéramos de acuerdo, para efectuar el examen de nuestro tesoro.
El cofre había sido llenado hasta los bordes, y empleamos el día entero y gran parte de la noche siguiente en escudriñar su contenido. No mostraba ningún orden o arreglo. Todo había sido amontonado allí, en confusión. Habiéndolo clasificado cuidadosamente, nos encontramos en posesión de una fortuna que superaba todo cuanto habíamos supuesto. En monedas había más de cuatrocientos cincuenta mil dólares, estimando el valor de las piezas con tanta exactitud como pudimos, por las tablas de cotización de la época. No había allí una sola partícula de plata. Todo era oro de una fecha muy antigua y de una gran variedad: monedas francesas, españolas y alemanas, con algunas guineas inglesas y varios discos de los que no habíamos visto antes ejemplar alguno. Había varias monedas muy grandes y pesadas pero tan desgastadas, que nos fué imposible descifrar sus inscripciones. No se encontraba allí ninguna americana. La valoración de las joyas presentó muchas más dificultades. Había diamantes, algunos de ellos muy finos y voluminosos, en total ciento diez, y ninguno pequeño; dieciocho rubíes de un notable brillo, trescientas diez esmeraldas hermosísimas, veintiún zafiros y un ópalo. Todas aquellas piedras habían sido arrancadas de sus monturas y arrojadas en revoltijo al interior del cofre. En cuanto a las monturas mismas, que clasificamos aparte del otro oro, parecían haber sido machacadas a martillazos para evitar cualquier identificación. Además de todo lo indicado, había una gran cantidad de adornos de oro macizo: cerca de doscientas sortijas y pendientes, de extraordinario grosor; ricas cadenas, en número de treinta, si no recuerdo mal; noventa y tres grandes y pesados crucifijos; cinco incensarios de oro de gran valía; una prodigiosa ponchera de oro, adornada con hojas de parra muy bien engastadas, y con figuras de bacantes; dos empuñaduras de espada exquisitamente repujadas, y otros muchos objetos más pequeños que no puedo recordar. El peso de todo ello excedía de las trescientas cincuenta libras avoirdupois , y en esta valoración no he incluido ciento noventa y siete relojes de oro soberbios, tres de los cuales valdrían cada uno quinientos dólares. Muchos eran viejísimos y desprovistos de valor como tales relojes: sus maquinarias habían sufrido más o menos de la corrosión de la tierra; pero todos estaban ricamente adornados con pedrerías, y las cajas eran de gran precio. Valoramos aquella noche el contenido total del cofre en un millón y medio de dólares, y cuando más tarde dispusimos de los dijes y joyas (quedándonos con algunos para nuestro uso personal), nos encontramos con que habíamos hecho una tasación muy por debajo del tesoro.
Cuando terminamos nuestro examen, y al propio tiempo se calmó un tanto aquella intensa excitación, Legrand, que me veía consumido de impaciencia por conocer la solución de aquel extraordinario enigma, entró a pleno detalle en las circunstancias relacionadas con él.
—Recordará usted—dijo—la noche en que le mostré el tosco bosquejo que había hecho del escarabajo. Recordará también que me molestó mucho el que insistiese en que mi dibujo se parecía a una calavera. Cuando hizo usted por primera vez su afirmación, creí que bromeaba; pero después pensé en las manchas especiales sobre el dorso del insecto, y reconocí en mi interior que su observación tenía en realidad, cierta ligera base. A pesar de todo, me irritó su burla respecto a mis facultades gráficas, pues estoy considerado como un buen artista, y por eso, cuando me tendió usted el trozo de pergamino, estuve a punto de estrujarlo y de arrojarlo, enojado, al fuego.
—Se refiere usted al trozo de papel—dije.
—No; aquello tenía el aspecto de papel, y al principio yo mismo supuse que lo era; pero, cuando quise dibujar sobre él, descubrí en seguida que era un trozo de pergamino muy viejo. Estaba todo sucio, como recordará. Bueno; cuando me disponía a estrujarlo, mis ojos cayeron sobre el esbozo que usted había examinado, y ya puede imaginarse mi asombro al percibir realmente la figura de una calavera en el sitio mismo donde había yo creído dibujar el insecto. Durante un momento me sentí demasiado atónito para pensar con sensatez. Sabía que mi esbozo era muy diferente en detalle de éste, aunque existiese cierta semejanza en el contorno general.
Cogí en seguida una vela y, sentándome al otro extremo de la habitación, me dediqué a un examen minucioso del pergamino. Dándole vueltas, Vi mi propio bosquejo sobre el reverso, ni más ni menos que como lo había hecho. Mi primera impresión fué entonces de simple sorpresa ante la notable semejanza efectiva del contorno; y resulta una coincidencia singular el hecho de aquella imagen, desconocida para mí, que ocupaba el otro lado del pergamino debajo mismo de mi dibujo del escarabajo, y de la calavera aquella que se parecía con tanta exactitud a dicho dibujo no sólo en el contorno, sino en el tamaño. Digo que la singularidad de aquella coincidencia me dejó pasmado durante un momento. Es éste el efecto habitual de tales coincidencias. La mente se esfuerza por establecer una relación—una ilación de causa y efecto—, y siendo incapaz de conseguirlo, sufrí una especie de parálisis pasajera. Pero cuando me recobré de aquel estupor, sentí surgir en mí poco a poco una convicción que me sobrecogió más aún que aquella coincidencia. Comencé a recordar de una manera clara y positiva que no había ningún dibujo sobre el pergamino cuando hice mi esbozo del escarabajo. Tuve la absoluta certeza de ello, pues me acordé de haberle dado vueltas a un lado y a otro buscando el sitio más limpio... Si la calavera hubiera estado allí, la habría yo visto, por supuesto. Existía allí un misterio que me sentía incapaz de explicar; pero desde aquel mismo momento me pareció ver brillar débilmente, en las más remotas y secretas cavidades de mi entendimiento, una especie de luciérnaga de la verdad de la cual nos había aportado la aventura de la última noche una prueba tan magnífica. Me levanté al punto, y guardando con cuidado el pergamino dejé toda reflexión ulterior para cuando pudiese estar solo.
En cuanto se marchó usted, y Júpiter estuvo profundamente dormido, me dediqué a un examen más metódico de la cuestión. En primer lugar, quise comprender de qué modo aquel pergamino estaba en mi poder. El sitio en que descubrimos el escarabajo se hallaba en la costa del continente, a una milla aproximada al este de la isla, pero a corta distancia sobre el nivel de la marea alta. Cuando le cogí, me pico con fuerza, haciendo que le soltase. Júpiter con su acostumbrada prudencia, antes de agarrar el insecto, que había volado hacia él, buscó a su alrededor una hoja o algo parecido con que apresarlo. En ese momento sus ojos, y también los míos, cayeron sobre el trozo de pergamino que supuse era un papel. Estaba medio sepultado en la arena, asomando una parte de él. Cerca del sitio donde lo encontramos vi los restos del casco de un gran barco, según me pareció. Aquellos restos de un naufragio debían de estar allí desde hacía mucho tiempo, pues apenas podía distinguirse su semejanza con la armazón de un barco.
Júpiter recogió, pues, el pergamino, envolvió en él al insecto y me lo entregó. Poco después volvimos a casa y encontramos al teniente G***. Le enseñé el ejemplar y me rogó que le permitiese llevárselo al fuerte. Accedí a ello y se lo metió en el bolsillo de su chaleco sin el pergamino en que iba envuelto y que había conservado en la mano durante su examen. Quizá temió que cambiase de opinión y prefirió asegurar en seguida su presa; ya sabe usted que es un entusiasta de todo cuanto se relaciona con la historia natural. En aquel momento, sin darme cuenta de ello, debí de guardarme el pergamino en el bolsillo.
Recordará usted que cuando me senté ante la mesa a fin de hacer un bosquejo del insecto no encontré papel donde habitualmente se guarda. Miré en el cajón, y no lo encontré allí. Rebusqué mis bolsillos, esperando hallar en ellos alguna carta antigua, cuando mis dedos tocaron el pergamino. Le detallo a usted de un modo exacto cómo cayó en mi poder, pues las circunstancias me impresionaron con una fuerza especial.
Sin duda alguna, usted me creyó un soñador; pero yo había establecido ya una especie de conexión. Acababa de unir dos eslabones de una gran cadena. Allí había un barco que naufragó en la costa, y no lejos de aquel barco, un pergamino—no un papel—con una calavera pintada sobre él. Va usted, naturalmente, a preguntarme: ¿dónde está la relación? Le responderé que la calavera es el emblema muy conocido de los piratas. Llevan izado el pabellón con la calavera en todos sus combates.
Como le digo, era un trozo de pergamino, y no de papel. El pergamino es de una materia duradera casi indestructible. Rara vez se consignan sobre uno cuestiones de poca monta, ya que se adapta mucho peor que el papel a las simples necesidades del dibujo o de la escritura. Esta reflexión me indujo a pensar en algún significado, en algo que tenía relación con la calavera. No dejé tampoco de observar la forma del pergamino. Aunque una de las esquinas aparecía rota por algún accidente, podía verse bien que la forma original era oblonga. Se trataba precisamente de una de esas tiras que se escogen como memorándum, para apuntar algo que desea uno conservar largo tiempo y con cuidado.
—Pero—le interrumpí—dice usted que la calavera no estaba sobre el pergamino cuando dibujó el insecto. ¿Cómo, entonces, establece una relación entre el barco y la calavera, puesto que esta última, según su propio aserto, debe de haber sido dibujada (Dios únicamente sabe cómo y por quién) en algún período posterior a su apunte del escarabajo?
—¡Ah! Sobre eso gira todo el misterio, aunque he tenido, en comparación, poca dificultad en resolver ese extremo del secreto. Mi marcha era segura y no podía conducirme más que a un solo resultado. Razoné así, por ejemplo: al dibujar el escarabajo, no aparecía la calavera sobre el pergamino. Cuando terminé el dibujo, se lo di a usted y le observé con fijeza hasta que me lo devolvió. No era usted, por tanto, quien había dibujado la calavera, ni estaba allí presente nadie que hubiese podido hacerlo. No había sido, pues, realizado por un medio humano. Y, sin embargo, allí estaba.
En este momento de mis reflexiones, me dediqué a recordar, y recordé, en efecto, con entera exactitud, cada incidente ocurrido en el intervalo en cuestión. La temperatura era fría (¡oh raro y feliz accidente!) y el fuego llameaba en la chimenea. Había yo entrado en calor con el ejercicio y me senté junto a la mesa. Usted, empero, tenía vuelta su silla, muy cerca de la chimenea. En el momento justo de dejar el pergamino en su mano, y cuando iba usted a examinarlo, Wolf, el terranova. entró y saltó hacia sus hombros. Con su mano izquierda usted le acariciaba, intentando apartarle, cogido el pergamino con la derecha, entre sus rodillas y cerca del fuego. Hubo un instante en que creí que la llama iba a alcanzarlo, y me disponía a decírselo; pero antes de que hubiese yo hablado la retiró usted y se dedicó a examinarlo. Cuando hube considerado todos estos detalles, no dudé ni un segundo que aquel calor había sido el agente que hizo surgir a la luz sobre el pergamino la calavera cuyo contorno veía señalarse allí. Ya sabe que hay y ha habido en todo tiempo preparaciones químicas por medio de las cuales es posible escribir sobre papel o sobre vitela caracteres que así no resultan visibles hasta que son sometidos a la acción del fuego. Se emplea algunas veces el zafre, digerido en agua regia y diluido en cuatro veces su peso de agua; de ello se origina un tono verde. El régulo de cobalto, disuelto en espíritu de nitro, da el rojo. Estos colores desaparecen a intervalos más o menos largos, después que la materia sobre la cual se ha escrito se enfría, pero reaparecen a una nueva aplicación de calor.
Examiné entonces la calavera con toda meticulosidad. Los contornos—los más próximos al borde del pergamino—resultaban mucho más claros que los otros. Era evidente que la acción del calor había sido imperfecta o desigual. Encendí inmediatamente el fuego y sometí cada parte del pergamino al calor ardiente. Al principio no tuvo aquello más efecto que reforzar las líneas débiles de la calavera; pero, perseverando en el ensayo, se hizo visible, en la esquina de la tira diagonalmente opuesta al sitio donde estaba trazada la calavera, una figura que supuse de primera intención era la de una cabra. Un examen más atento, no obstante, me convenció de que habían intentado representar un cabritillo.
—¡Ja, ja!—exclamé—. No tengo, sin duda, derecho a burlarme de usted (un millón y medio de dólares es algo muy serio para tomarlo a broma). Pero no irá a establecer un tercer eslabón en su cadena; no querrá encontrar ninguna relación especial entre sus piratas y una cabra; los piratas, como sabe, no tienen nada que ver con las cabras; eso es cosa de los granjeros.
—Pero si acabo de decirle que la figura no era la de una cabra.
—Bueno; la de un cabritillo, entonces; viene a ser casi lo mismo.
—Casi, pero no del todo—dijo Legrand—. Debe usted de haber oído hablar de un tal capitán Kidd. Consideré en seguida la figura de ese animal como una especie de firma logogrífica o jeroglífica. Digo firma porque el sitio que ocupaba sobre el pergamino sugería esa idea. La calavera, en la esquina diagonal opuesta, tenía así el aspecto de un sello, de una estampilla. Pero me hallé dolorosamente desconcertado ante la ausencia de todo lo demás del cuerpo de mi imaginado documento, del texto de mi contexto.
—Supongo que esperaba usted encontrar una carta entre el sello y la firma.
—Algo por el estilo. El hecho es que me sentí irresistiblemente impresionado por el presentimiento de una buena fortuna inminente. No podría decir por qué. Tal vez, después de todo, era más bien un deseo que una verdadera creencia; pero ¿no sabe que las absurdas palabras de Júpiter, afirmando que el escarabajo era de oro macizo, hicieron un notable efecto sobre mi imaginación? Y luego, esa serie de accidentes y coincidencias era, en realidad, extraordinaria. ¿Observa usted lo que había de fortuito en que esos acontecimientos ocurriesen el único día del año en que ha hecho, ha podido hacer, el suficiente frío para necesitarse fuego, y que, sin ese fuego, o sin la intervención del perro en el preciso momento en que apareció, no habría podido yo enterarme de lo de la calavera, ni habría entrado nunca en posesión del tesoro?
Pero continúe... Me consume la impaciencia.
—Bien; habrá usted oído hablar de muchas historias que corren, de esos mil vagos rumores acerca de tesoros enterrados en algún lugar de la costa del Atlántico por Kidd y sus compañeros. Esos rumores desde hace tanto tiempo y con tanta persistencia, desde hace tanto tiempo y con tanta persistencia, ello se debía, a mi juicio, tan sólo a la circunstancia de que el tesoro enterrado permanecía enterrado. Si Kidd hubiese escondido su botín durante cierto tiempo y lo hubiera recuperado después, no habrían llegado tales rumores hasta nosotros en su invariable forma actual. Observe que esas historias giran todas alrededor de buscadores, no de descubridores de tesoros. Si el pirata hubiera recuperado su botín, el asunto habría terminado allí. Parecíame que algún accidente—por ejemplo, la pérdida de la nota que indicaba el lugar preciso—debía de haberle privado de los medios para recuperarlo, llegando ese accidente a conocimiento de sus compañeros, quienes, de otro modo, no hubiesen podido saber nunca que un tesoro había sido escondido y que con sus búsquedas infructuosas, por carecer de guía al intentar recuperarlo, dieron nacimiento primero a ese rumor, difundido universalmente por entonces, y a las noticias tan corrientes ahora. ¿Ha oído usted hablar de algún tesoro importante que haya sido desenterrado a lo largo de la costa?
—Nunca.
—Pues es muy notorio que Kidd los había acumulado inmensos. Daba yo así por supuesto que la tierra seguía guardándolos, y no le sorprenderá mucho si le digo que abrigaba una esperanza que aumentaba casi hasta la certeza: la de que el pergamino tan singularmente encontrado contenía la última indicación del lugar donde se depositaba.
—Pero ¿cómo procedió usted?
—Expuse de nuevo la vitela al fuego, después de haberlo avivado; pero no apareció nada. Pensé entonces que era posible que la capa de mugre tuviera que ver en aquel fracaso: por eso lavé con esmero el pergamino vertiendo agua caliente encima, y una vez hecho esto, lo coloqué en una cacerola de cobre, con la calavera hacia abajo, y puse la cacerola sobre una lumbre de carbón. A los pocos minutos estando ya la cacerola calentada a fondo, saqué la tira de pergamino, y fué inexpresable mi alegría al encontrarla manchada, en varios sitios, con signos que parecían cifras alineadas. Volví a colocarla en la cacerola, y la dejé allí otro minuto. Cuando la saqué, estaba enteramente igual a como va usted a verla.
Y al llegar aquí, Legrand, habiendo calentado de nuevo el pergamino, lo sometió a mi examen. Los caracteres siguientes aparecían de manera toscamente trazada, en color rojo, entre la calavera y la cabra:
53+++305))6*;4826)4+.)4+);806*:48+8¶60))85;1+(;:+*8+83(88)
5*+;46(;88*96*’;8)*+(;485);5*+2:*+(;4956*2(5*—4)8¶8*;406
9285);)6+8)4++;1(+9;48081;8:+1;48+85;4)485+528806*81(+9;
48;(88;4(+?34;48)4+;161;:188;+?;
—Pero—dije, devolviéndole la tira—sigo estando tan a oscuras como antes. Si todas las joyas de Golconda esperasen de mí la solución de este enigma, estoy en absoluto seguro de que sería incapaz de obtenerlas.
—Y el caso—dijo Legrand—que la solución no resulta tan difícil como cabe imaginarla tras del primer examen apresurado de los caracteres. Estos caracteres, según pueden todos adivinarlo fácilmente forman una cifra, es decir, contienen un significado pero por lo que sabemos de Kidd, no podía suponerle capaz de construir una de las más abstrusas criptografías. Pensé, pues, lo primero, que ésta era de una clase sencilla, aunque tal, sin embargo, que pareciese absolutamente indescifrable para la tosca inteligencia del marinero, sin la clave.
—¿Y la resolvió usted, en verdad?
—Fácilmente; había yo resuelto otras diez mil veces más complicadas. Las circunstancias y cierta predisposición mental me han llevado a interesarme por tales acertijos, y es, en realidad, dudoso que el genio humano pueda crear un enigma de ese género que el mismo ingenio humano no resuelva con una aplicación adecuada. En efecto, una vez que logré descubrir una serie de caracteres visibles, no me preocupó apenas la simple dificultad de desarrollar su significación.
En el presente caso—y realmente en todos los casos de escritura secreta—la primera cuestión se refiere al lenguaje de la cifra, pues los principios de solución, en particular tratándose de las cifras más. sencillas, dependen del genio peculiar de cada idioma y pueden ser modificadas por éste. En general, no hay otro medio para conseguir la solución que ensayar (guiándose por las probabilidades) todas las lenguas que os sean conocidas, hasta encontrar la verdadera. Pero en la cifra de este caso toda dificultad quedaba resuelta por la firma. El retruécano sobre la palabra Kidd sólo es posible en lengua inglesa. Sin esa circunstancia hubiese yo comenzado mis ensayos por el español y el francés, por ser las lenguas en las cuales un pirata de mares españoles hubiera debido, con más naturalidad, escribir un secreto de ese género. Tal como se presentaba, presumí que el criptograma era inglés.
IV
Fíjese usted en que no hay espacios entre las palabras. Si los hubiese habido, la tarea habría sido fácil en comparación. En tal caso hubiera yo comenzado por hacer una colación y un análisis de las palabras cortas, y de haber encontrado, como es muy probable, una palabra de una sola letra (a o I-uno, yo, por ejemplo), habría estimado la solución asegurada. Pero como no había espacios allí, mi primera medida era averiguar las letras predominantes así como las que se encontraban con menor frecuencia. Las conté todas y formé la siguiente tabla:
El signo 8
aparece 33 veces
— ;
— 26 —
— 4
— 19 —
+
— y)
+
— 16 —
— *
— 13 —
— 5
— 12 —
— 6
— 11 —
— +1
— 10 —
— 0
— 8 —
— 9 y 2
— 5 —
— : y 3
— 4 —
— ?
— 3 —
— (signo pi)
— 2 —
— — y
— 1 vez
Ahora bien: la letra que se encuentra con mayor frecuencia en inglés es la e. Después, la serie es la siguiente: a o y d h n r s t u y c f g l m w b k p q x z. La e predomina de un modo tan notable, que es raro encontrar una frase sola de cierta longitud de la que no sea el carácter principal.
Tenemos, pues, nada más comenzar, una base para algo más que una simple conjetura. El uso general que puede hacerse de esa tabla es obvio, pero para esta cifra particular sólo nos serviremos de ella muy parcialmente. Puesto que nuestro signo predominante es el 8, empezaremos por ajustarlo a la e del alfabeto natural. Para comprobar esta suposición, observemos si el 8 aparece a menudo por pares—pues la e se dobla con gran frecuencia en inglés—en palabras como, por ejemplo, meet, speed, seen, been agree, etcétera. En el caso presente, vemos que está doblado lo menos cinco veces, aunque el criptograma sea breve.
Tomemos, pues, el 8 como e. Ahora, de todas las palabras de la lengua, the es la más usual; por tanto, debemos ver si no está repetida la combinación de tres signos, siendo el último de ellos el 8. Si descubrimos repeticiones de tal letra, así dispuestas, representarán, muy probablemente, la palabra the. Una vez comprobado esto, encontraremos no menos de siete de tales combinaciones, siendo los signos 48 en total. Podemos, pues, suponer que ; representa t, 4 representa h, y 8 representa e, quedando este último así comprobado. Hemos dado ya un gran paso.
Acabamos de establecer una sola palabra; pero ello nos permite establecer también un punto más importante; es decir, varios comienzos y terminaciones de otras palabras. Veamos, por ejemplo, el penúltimo caso en que aparece la combinación; 48 casi al final de la cifra. Sabemos que el, que viene inmediatamente después es el comienzo de una palabra, y de los seis signos que siguen a ese the, conocemos, por lo menos, cinco. Sustituyamos, pues, esos signos por las letras que representan, dejando un espacio para el desconocido:
t eeth
Debemos, lo primero, desechar el th como no formando parte de la palabra que comienza por la primera t, pues vemos, ensayando el alfabeto entero para adaptar una letra al hueco, que es imposible formar una palabra de la que ese th pueda formar parte. Reduzcamos, pues, los signos a
t ee.
Y volviendo al alfabeto, si es necesario como antes, llegamos a la palabra "tree" (árbol), como la única que puede leerse. Ganamos así otra letra, la r, representada por (, más las palabras yuxtapuestas the tree (el árbol).
Un poco más lejos de estas palabras, a poca distancia, vemos de nuevo la combinación; 48 y la empleamos como terminación de lo que precede inmediatamente. Tenemos así esta distribución:
the tree : 4 + ? 34 the,
o sustituyendo con letras naturales los signos que conocemos, leeremos esto:
tre tree thr + ? 3 h the.
Ahora, si sustituimos los signos desconocidos por espacios blancos o por puntos, leeremos:
the tree thr... h the,
y, por tanto, la palabra through (por, a través) resulta evidente por sí misma. Pero este descubrimiento nos da tres nuevas letras, o, u, y g, representadas por + ? y 3.
Buscando ahora cuidadosamente en la cifra combinaciones de signos conocidos, encontraremos no lejos del comienzo esta disposición:
83 (88, o agree,
que es, evidentemente, la terminación de la palabra degree (grado), que nos da otra letra, la d, representada por +.
Cuatro letras más lejos de la palabra degree, observamos la combinación,
; 46 (; 88
cuyos signos conocidos traducimos, representando el desconocido por puntos, como antes; y leemos:
th . rtea.
Arreglo que nos sugiere acto seguido la palabra thirteen (trece) y que nos vuelve a proporcionar dos letras nuevas, la i y la n, representadas por 6 y *.
Volviendo ahora al principio del criptograma, encontramos la combinación.
+++
53
+++
Traduciendo como antes, obtendremos
.good.
Lo cual nos asegura que la primera letra es una A, y que las dos primeras palabras son A good (un bueno, una buena).
Sería tiempo ya de disponer nuestra clave, conforme a lo descubierto, en forma de tabla, para evitar confusiones. Nos dará lo siguiente:
5
representa
a
+
—
d
8
—
e
3
—
g
4
—
h
6
—
i
*
—
n
+ +
—
o
(
—
r
:
—
t
?
—
u
Tenemos así no menos de diez de las letras más importantes representadas, y es inútil buscar la solución con esos detalles. Ya le he dicho lo suficiente para convencerle de que cifras de ese género son de fácil solución, y para darle algún conocimiento de su desarrollo razonado. Pero tenga la seguridad de que la muestra que tenemos delante pertenece al tipo más sencillo de la criptografía. Sólo me queda darle la traducción entera de los signos escritos sobre el pergamino, ya descifrados. Hela aquí:
A good glass in the Bishop’s Hostel in the devil´s seat forty-one degrees and thirteen minutes northeast and by north main branch seventh, limb east side shoot from the left eye of the death'shead a bee-line from the tree through the shot fifty feet out
—Pero—dije—el enigma me parece de tan mala calidad como antes. ¿Cómo es posible sacar un sentido cualquiera de toda esa jerga referente a "la silla del diablo", "la cabeza de muerto" y "el hostal o la hostelería del obispo"?
—Reconozco—replicó Legrand—que el asunto presenta un aspecto serio cuando echa uno sobre él una ojeada casual. Mi primer empeño fué separar lo escrito en las divisiones naturales que había intentado el criptógrafo.
—¿Quiere usted decir, puntuarlo?
—Algo por el estilo.
—Pero ¿cómo le fué posible hacerlo?
—Pensé que el rasgo característico del escritor habia consistido en agrupar sus palabras sin separación alguna, queriendo así aumentar la dificultad de la solución. Ahora bien: un hombre poco agudo, al perseguir tal objeto, tendrá, seguramente, la tendencia a superar la medida. Cuando en el curso de su composición llegaba a una interrupción de su tema que requería, naturalmente, una pausa o un punto, se excedió, en su tendencia a agrupar sus signos, más que de costumbre. Si observa usted ahora el manuscrito le será fácil descubrir cinco de esos casos de inusitado agrupamiento. Utilizando ese indicio hice la consiguiente división:
A good glass in the bishop's hostel in the devil's sear —forty one degrees and thirteen minutes—northeast and by north—main branch seventh limb eart side—shoot from the left eye of the death's-head—a bee line from the tree through the shot fifty feet out .
—Aun con esa separación—dije—, sigo estando a oscuras.
—También yo lo estuve—replicó Legrand—por espacio de algunos días, durante los cuales realicé diligentes pesquisas en las cercanías de la isla de Sullivan, sobre una casa que llevase el nombre de Hotel del Obispo, pues, por supuesto, deseché la palabra anticuada "hostal, hostería". No logrando ningún informe sobre la cuestión, estaba a punto de extender el campo de mi búsqueda y de obrar de un modo más sistemático, cuando una mañana se me ocurrió de repente que aquel "Bishop's Hostel" podía tener alguna relación con una antigua familia apellidada Bessop, la cual, desde tiempo inmemorial, era dueña de una antigua casa solariega a unas cuatro millas, aproximadamente, al norte de la isla. De acuerdo con lo cual fui a la plantación, y comencé de nuevo mis pesquisas entre los negros más viejos del lugar. Por último, una de las mujeres de más edad me dijo que ella había oído hablar de un sitio como Bessop's Castle (castillo de Bassop), y que creía poder conducirme hasta él, pero que no era un castillo, ni mesón, sino una alta roca.
Le ofrecí retribuirle bien por su molestia y después de alguna vacilación, consintió en acompañarme hasta aquel sitio. Lo descubrimos sin gran dificultad; entonces la despedí y me dediqué al examen del paraje. El castillo consistía en una agrupación irregular de macizos y rocas, una de éstas muy notable tanto por su altura como por su aislamiento y su aspecto artificial. Trepé a la cima, y entonces me sentí perplejo ante lo que debía hacer después.
Mientras meditaba en ello, mis ojos cayeron sobre un estrecho reborde en la cara oriental de la roca a una yarda quizá por debajo de la cúspide donde estaba colocado. Aquel reborde sobresalía unas dieciocho pulgadas, y no tendría más de un pie de anchura; un entrante en el risco, justamente encima, le daba una tosca semejanza con las sillas de respaldo cóncavo que usaban nuestros antepasados. No dudé que fuese aquello la "silla del diablo" a la que aludía el manuscrito, y me pareció descubrir ahora el secreto entero del enigma.
El "buen vaso" lo sabía yo, no podía referirse más que a un catalejo, pues los marineros de todo el mundo rara vez emplean la palabra "vaso" en otro sentido. Comprendí ahora en seguida que debía utilizarse un catalejo desde un punto de vista determinado que no admitía variación. No dudé un instante en pensar que las frases "cuarenta y un grados y trece minutos" y "Nordeste cuarto de Norte" debían indicar la dirección en que debía apuntarse el catalejo. Sumamente excitado por aquellos descubrimientos, marché, presuroso, a casa, cogí un catalejo y volví a la roca.
Me dejé escurrir sobre el reborde y vi que era imposible permanecer sentado allí, salvo en una posición especial. Éste hecho confirmó mi preconcebida idea. Me dispuse a utilizar el catalejo. Naturalmente, los "cuarenta y un grados y trece minutos" podían aludir sólo a la elevación por encima del horizonte visible, puesto que la dirección horizontal estaba indicada con claridad por las palabras "Nordeste cuarto de Norte". Establecí esta última dirección por medio de una brújula de bolsillo; luego, apuntando el catalejo con tanta exactitud como pude con un ángulo de cuarenta y un grados de elevación, lo moví con cuidado de arriba abajo, hasta que detuvo mi atención una grieta circular u orificio en el follaje de un gran árbol que sobresalía de todos los demás, a distancia. En el centro de aquel orificio divisé un punto blanco; pero no pude distinguir al principio lo que era. Graduando el foco del catalejo, volví a mirar, y comprobé ahora que era un cráneo humano.
Después de este descubrimiento, consideré con entera confianza el enigma como resuelto, pues la frase "rama principal, séptimo vástago, lado Este" no podía referirse más que a la posición de la calavera sobre el árbol, mientras lo de "soltar desde el ojo izquierdo de la cabeza de muerto" no admitía tampoco más que una interpretación con respecto a la busca de un tesoro enterrado. Comprendí que se trataba de dejar caer una bala desde el ojo izquierdo, y que una línea recta (línea de abeja), partiendo del punto más cercano al tronco por ''la bala" (o por el punto donde cayese la bala), y extendiéndose desde allí a una distancia de cincuenta pies, indicaría el sitio preciso, y debajo de este sitio juzgué que era, por lo menos, posible que estuviese allí escondido un depósito valioso.
—Todo eso—dije—es harto claro, y asimismo ingenioso, sencillo y explícito. Y cuando abandonó usted el Hotel del Obispo, ¿qué hizo?
—Pues habiendo anotado escrupulosamente la orientación del árbol, me volví a casa. Sin embargo en el momento de abandonar "la silla del diablo", el orificio circular desapareció, y de cualquier lado que me volviese érame ya imposible divisarlo. Lo que me parece el colmo del ingenio en este asunto es el hecho (pues, al repetir la experiencia, me he convencido de que es un hecho) de que la abertura circular en cuestión resulta sólo visible desde un punto que es el indicado por esa estrecha cornisa sobre la superficie de la roca.
En esta expedición al Hotel del Obispo fui seguido por Júpiter, quien observaba, sin duda, desde hacia unas semanas, mi aire absorto, y ponía un especial cuidado en no dejarme solo. Pero al día siguiente me levanté muy temprano, conseguí escaparme de él y corrí a las colinas en busca del árbol. Me costó mucho trabajo encontrarlo. Cuando volví a casa por la noche, mi criado se disponía a vapulearme. En cuanto al resto de la aventura, creo que está usted tan enterado como yo.
—Supongo—dije—que equivocó usted el sitio en las primeras excavaciones, a causa de la estupidez de Júpiter dejando caer el escarabajo por el ojo derecho de la calavera en lugar de hacerlo por el izquierdo.
—Exactamente. Esa equivocación originaba una diferencia de dos pulgadas y media, poco más o menos, en relación con la bala, es decir, en la posición de la estaca junto al árbol, y si el tesoro hubiera estado bajo la "bala", el error habría tenido poca importancia; pero la "bala", y al mismo tiempo el punto más cercano al árbol, representaban simplemente dos puntos para establecer una línea de dirección; claro está que el error, aunque insignificante al principio, aumentaba al avanzar siguiendo la línea, y cuando hubimos llegado a una distancia de cincuenta pies, nos había apartado por completo de la pista. Sin mi idea arraigada a fondo de que había allí algo enterrado, todo nuestro trabajo hubiera sido inútil.
—Pero su grandilocuencia, su actitud balanceando el insecto, ¡cuán excesivamente estrambóticas! Tenía yo la certeza de que estaba usted loco. Y ¿por qué insistió en dejar caer el escarabajo desde la calavera, en vez de una bala?
—¡Vaya! Para serle franco, me sentía algo molesto por sus claras sospechas respecto a mi sano juicio, y decidí castigarle algo, a mi manera, con un poquito de serena mixtificación. Por esa razón balanceaba yo el insecto, y por esa razón también quise dejarlo caer desde el árbol. Una observación que hizo usted acerca de su peso me sugirió esta última idea.
—Sí, lo comprendo; y ahora no hay más que un punto que me desconcierta. ¿Qué vamos a decir de los esqueletos encontrados en el hoyo?
—Esa es una pregunta a la cual, lo mismo que usted, no sería yo capaz de contestar. No veo, por cierto, más que un modo plausible de explicar eso; pero mi sugerencia entraña una atrocidad tal, que resulta horrible de creer. Aparece claro que Kidd (si fué verdaderamente Kidd quien escondió el tesoro, lo cual no dudo), aparece claro que él debió de hacerse ayudar en su trabajo. Pero, una vez terminado, éste pudo juzgar conveniente suprimir a todos los que compartían su secreto. Acaso un par de azadonazos fueron suficientes, mientras sus ayudantes estaban ocupados en el hoyo; acaso necesitó una docena. ¿Quién nos lo dirá?
Etiquetas: cuentos, Poe Edgar A.
Lacrimosa - Schakal
1 - Schakal (edit version)2 - Schakal (piano version)
3 - Vermachtnis Der Sonne (akustik version)
4 - Seele In Not (metus mix)

Un joven ángel sale del templo
debajo de sus alas esta pegando su saliva
de sus pestañas gotea sangre fresca
abre sus manos y grita por más
cierro mis ojos y succiono su fluido
en las escaleras yacen cuerpos descompuestos
sacrificados como ofrendas al amor afligidos por el sol
Se secaron también mis besos
que antes di por amor
desplegado en una roca
aplastado y abatido entre las
rocas
debajo de fragmentos ardientes de mi mismo
estoy sembrando mis lágrimas en las brasas
en mis manos se marchitan las flores
en mi boca se coagula su saliva
Saco mi cuerpo del flujo
el ángel pone las alas en las brasas
escupo mis pecados
el abre sus fauces
lamo sus heridas con mi boca
he besado su corazón
he amado su carne en el portal
su lengua se petrifica en la base del monumento
y sus cenizas son repartidas a los angeles.
Solo quiero vivir
sobre las rodillas me acosté
te llame con esta boca
extendí mis manos pidiendo
recé en la noche oscura
supliqué gritando con mi último esfuerzo
déjala guardar silencio
déjala dormir
déjame rezar
yo te pido
solo quiero vivir
quiero vivir.
Alguien Surca el Aire

ALGUIEN SURCA EL AIRE
VÍCTOR LEÓN FERNÁNDEZ
La casa es siniestra y antigua. Las maderas crujen por la gélida temperatura. La vegetación que le rodea está muerta. El hedor a musgo y abandono inundan el ambiente. El pequeño está en su habitación, de vez en cuando, un escalofrío recorre su espalda. El temblor aumenta, no es el frío lo que lo provoca, son muchas cosas: El otoño, la soledad; Un leve golpeteo en el vidrio; o tal vez el horror.
El pequeño se encuentra en absoluta soledad, por primera vez en otoño. Su atormentada mente intenta buscar consuelo en el pasado, y es entonces cuando un rostro aparece en su memoria: El rostro de abuela que se ha marchado para siempre.
La soledad congela al niño, extraña la compañía de su ancestral amiga. Anhela el calor de su voz mientras contaba cuentos de un viejo mundo. Epopeyas de una raza insolente, que inducían al pequeño al confortable sueño. El niño se siente solo, a pesar de que su madre vive junto a él. Extraña la protección de su antecesora, sus ojos grises, su larga cabellera nevada. Siente miedo a perderse en el océano desconocido de la desolación, y pronto su mente lo lleva al pasado, a un momento que de alguna forma se grabó en su memoria.
Antes que Abuela muriera, habían hechos aislados que preveían su deceso. El otoño la había dejado sepultada en su lecho hasta el fin de sus días, la mente de ella no era la misma, divagaba; se perdía en el pasado, confundía nombres y a veces se irritaba demasiado.
Él debía haberlo previsto. Algo ya anunciaba la llegada de la muerte:
Una imagen de La Virgen partida a la mitad. Su voz cálida se hacía áspera y gutural, ella recitando extrañas letanías en un lenguaje desconocido para todos en la casa. Rezos y más rezos.
—Ella rezaba por su alma —piensa el pequeño aterrado.
Entonces el niño se dedica a acompañarla en sus últimas horas, a veces siente que ella no es la misma desde la llegada de la enfermedad. Pasa tardes enteras contemplando su rostro, intentando descubrir al nuevo ser en que abuela se ha convertido...
Al fin un quejido progresivamente agudo, una última palabra en ese idioma desconocido, un leve tinte morado en sus resquebrajados labios, y la sensación de algo que abandonaba el cuerpo. Unos minutos más de observación, el tacto. El frío penetra en su cuerpo, es él quién debe avisar a su madre: Abuela ha muerto.
—Es otoño, y es en esta época en donde regresan Ellos —Eso decía su abuela ,y ahora el pequeño sentía que aquella sentencia se repetía una y otra vez en su cabeza. Todo era incierto; ¿Porqué sentía tanto miedo? ¿Existía algo que él había hecho? El fantasma ignoto de una culpa golpeteaba las sienes del niño, mas no podía encontrar una respuesta en sus recuerdos.
Una ráfaga vuelve a golpear el empañado vidrio de la ventana. Un chotacabras canta en el umbral de su hogar: "Pronto vendrán ellos" piensa el niño, "el pájaro anuncia cuando andan cerca".
Él observa su reloj-pulsera: Medianoche, la hora de los espantos y los espectros. Se mete en su cama y vuelve a temblar. Una energía helada y fantasmagórica intenta meterse en su pecho. El pequeño grita, pero en su casa todos se han dormido. Entonces enciende la lámpara, dormirá con la luz encendida, tal vez mañana se sentirá mejor. Pero sabe que eso no es cierto.
Su mente regresa al pasado, una y otra vez intenta recordar algo que hacía penetrar la culpa en su alma: Una expedición a un rincón prohibido de su hogar, un viejo cuarto repleto de ratas y olvido. Un cofre marrón que esconde secretos. El niño aprende, comprende, y siente temor...
Hay alguien de su familia sepultado bajo la iglesia de su pueblo, alguien que conocía demasiado acerca de la naturaleza; alguien que vagaba por las noches en las praderas yermas y desoladas. Su antepasado.
Una temible verdad comenzaba a ser revelada en la mente del pequeño:
—Cuando llegue el día serás llamado por Ellos.
—Abuela no rezaba por su alma, ella rezaba por mí— dice el pequeño en voz baja, a la vez que lentamente abandonaba la esperanza.
El niño recordó un extraño sueño, donde emprendía el vuelo sobre los oscuros tejados de su tierra natal.
Su memoria recordó hechos que lo condenaban, aberrantes acciones que él había cometido; pequeños juegos que se transformaron en error:
Una niña que lloraba amarrada a un viejo roble. Un pacto de sangre. Pequeñas criaturas de Dios, muertas sin sentido. Una simpatía bizarra por ciertos lugares que nadie se atreve a frecuentar.
Sus cavilaciones pronto fueron interrumpidas por un viento salvaje que sacudió los cimientos de su hogar. El niño cerró los ojos, y completamente aterrado se abandonó ante los designios de la noche: —Ellos han llegado...
Es un sueño macabro: El niño surca el aire, volando sobre los tejados de las casas de la ciudad. A su lado: Bultos negros sin forma acompañaban su tránsito.
Abajo: Cientos de hogueras, y cuerpos danzando en éxtasis abandonando su antigua forma. Más allá: Una figura monstruosa, demasiado semejante a él ríe saltando sobre las llamas ardientes.
—Ha sido un sueño extraño— piensa el pequeño. Despierta y el sol ya está en el oriente, en su hogar todo yace en silencio. Ha sido una larga noche y el terror ha desaparecido. Esa tarde busca la soledad y la encuentra en un rincón prohibido de su hogar. Hay algo que ha cambiado: Una mancha de líquido en el suelo, un papel y una nota extraña:
He fallado
han regresado
Alguien surca el aire
Dios ha muerto.
¡Mamá! Gritó el pequeño... volvió a repetir la operación, pero no hubo respuesta. Los ojos del niño dieron una frenética ojeada a todo el cuarto. Había algo que colgaba del techo; él no deseaba mirarlo... lentamente comenzó a atar cabos sueltos. ¿Qué había sucedido la noche anterior?, sólo tenía imágenes desnudas, incoherentes, cientos de palabras extrañas en una lengua que no comprendía.
Alguien entró en la habitación, era un hombre viejo con un rostro firme, casi autoritario, pero si el niño no lo conocía: ¿ Porqué no se sintió perturbado por aquel intruso?. . . ¿Es que de alguna forma sabía a qué había venido?
El niño volvió a mirar aquello que colgaba de la habitación. Esta vez miró con detenimiento: Primero observó unos pies flotando en el aire, luego subió la vista hasta las piernas que se agitaban pausadamente de un lado a otro, desde las piernas hacía el suelo goteaba un líquido fétido. Inmediatamente lo asimiló con la orina. No necesitaba ver el rostro de la mujer que se mecía en el techo... Comenzaba a comprenderlo: Su madre se había ahorcado.
No hubo llanto alguno en el niño. Al ver el rostro del extranjero que penetraba en la estancia, comprendió: Estaba en su sangre. El extraño hombre de los ojos vacíos y oscuros, le tendió su huesuda mano:—Es tiempo de marcharnos— le dijo con una voz cavernosa y familiar.
Esa noche de muerte regresó al lugar de sus sueños. Remontó el vuelo por sobre los tejados de su pueblo natal, alguien estaba a su lado, sus pupilas negras se clavaron en los ojos del niño, mientras una horrible carcajada cabalgó en el viento. El pequeño no sentía miedo, pronto sería como él.
En ciertas noches de luna menguante, cuando un viento helado comienza a mutilar la vegetación, los tejados de los hogares crujen y los vidrios tiemblan.
Un niño pequeño siente dedos que se deslizan por su ventanas, la voz del viento lo llama por su nombre. Siempre es así, nadie puede hacer nada. Cientos de madres condenadas deben entregar sus ofrendas para aplacar la ira de aquel demonio que surca el aire.
Etiquetas: cuentos
Lacrimosa - Satura
1. Satura2. Erinnerung
3. Crucifixio
4. Versuchung
5. Das Schweigen
6. Flamme Im Wind

Estuve en el salón de mi espíritu
escuche la música de mi alma
vi los huecos de mi corazón
y bebí las lágrimas de mis dolores
estuve parado en la sombra de mi vida
y espere a mi aparición
en la calle de mi soledad
adentro de los muros de mi angustia
me estoy volteando y te enseño mi cara
veo mi sombra en tu mano
veo mi última cena ya lista
siento mi sangre en tus venas
¿Pero qué viene después?
¿Pero qué viene después?
por fin encuentro el placer de vivir
quiero sentirte, tocarte,
pero tengo miedo
tengo miedo
cierro los ojos enfrente de ti
y miro el crepúsculo de tu alma
extiendo mi mano hacia a ti
pero solo toco el miedo adentro de mi
totalmente solo en estos cuartos
solo tu y yo
voltéate y enséñame tu cara
nunca vi tantas puertas
nunca tantos caminos afuera
nunca me agarraron
pero ahora estoy encadenado
voltéate y enséñame tu cara
siento mi fuerza disminuir lentamente
en la tempestad del tiempo se nubla mi vista
me levanto como hombre viejo
extiendo mis manos por última vez
te volteas y me enseñas tu cara
pero estoy demasiado viejo y no te veo
"Memorias"
Mentes perforadas
Ojos aplastados de la pena
Memorias en mi enterrado
Memorias en mi escondido
Memorias - tú me das fuerza
Memorias - tú me devoras
Memorias - tú me bebes
Memorias - me quitas el aliento
Memorias - sencillamente te gusto
Ideas cruzadas
para prever el mañana
para librarse del ayer
Con la mirada llena de miedo
te miro
Tú eres mi droga
Memorias - tú me devoras
Memorias - tú me bebes
Memorias - me quitas el aliento
Memorias - sencillamente te gusto
Eres mi templo
Eres mi ego
Eres mi agua
Eres mi pan
Yo soy tu tierra
Soy tu semilla
Soy tu padre - tu dios
Soy tu amo
Recuerdo - sé agradecido
Mátame
Mátame más
Llévame a la locura
Rescátame - créame - tiéntame contigo
Confieso - te amo - y te odio por eso
Memorias - otórgame tus sentidos
"Crucifijo"
Te adoro
Estoy crucificado en la palidez del amor
La sangre de Cristo está en mis lágrimas
Mírame implorándote
Oh, escucha mi súplica
Lleno de amor quiero sentirte
Me rindo a ti con plena esperanza
postro mi corazón a tus pies
Mi pequeño corazón
¿Lo tomarías?
Sé mi ángel - sé mi pecado
Sé mi sol - sé mi ira
Sé mi musa - sé mi lujuria
Quiero prevalecer en ti - quedarme
Ámame - abrázame - por siempre dirígeme a tu mundo
llévame a tu reino
en tu aura, en tu espíritu
en tu alma y tu carne
Ahora dame tu pena
Dividamos nuestras heridas
dividamos nuestro placer
Sé parte de mí - te amo
"Tentación"
Quiero morir
antes que sufrir esto de nuevo
Miro atrás con los ojos empañados
mis labios tiemblan sin remedio con la sobrecarga
demasiadas palabras pugnan por salir de mi boca
pero no reservé nada que pudiera dejar salir
Debo ser sigiloso
para escapar finalmente de la humanidad
Conozco todas sus mentiras
cada aliento malsano
El amigo está demasiado cercano
él es un ser humano y es enemigo
Todos estos años cubiertos con el escudo de la amistad
detrás del cual él cierra los brazos
Escapar.
Con los ojos húmedos añoraba el pasado
me enfriaba con profundo anhelo
Silencioso y enfriándome a morir
Recordando, intentaba asir humo
y la ruina tras él
Lleno de esperanza
por descubrir la silueta
saliendo de los vapores
Muéstrame más de ti
Venus extranjera - muéstrame más
Quiero morir
antes que mirarte en todo tu esplendor
Prepárame
Me arrojo a tus plantas - enemiga
Dame más de ti
Descúbrete
Desnuda tu alma
Me encadenaré a tu pecho
para descansar en esa esfera blanca
Me rindo a ti
para rendirte devoción bajo tus alas
¿Diosa blanca u hombre?
Dame más de ti
déjame hundirme en tu cráter
captúrame en tu centro
gratifica mi deseo
Quiero morir
antes que sufrir esto de nuevo
"El Silencio"
El rechazo cubre al mundo
el odio fluye por los corazones
enfermedad que recorre de principio a fin
las nobles líneas del ser humano
¿Con cuál uniforme se detiene el uniforme?
Y, en medio, hay un rompimiento
que divide tanto a las razas como a los sexos
Oh, rechazo que se descubre ante el mundo
Nadie lo ha visto
nadie lo ha escuchado
nadie habla de él
y nadie preguntara por él
La calle huele a sangre
pero nada pasa
Estas manos se cruzan para rezar
estas manos prontas a matar
Estas manos que oran por la paz
estas manos los encadenarán
Esta boca implora misericordia
Esta boca que habla sobre la culpa
Este hombre, que se rinde y muere
este hombre vivirá
Estos ojos lo han visto
sin embargo, estos ojos se cerrarán
Nada detiene el derramamiento de sangre
y el silencio crece ycrece
"Una Flama al Viento"
Una débil luz de vela
afuera, en la puerta
luchando por conservar su encanto y tibiez
Tú - luz de mi vida - eres una flama al viento
Mi rostro sonriente aparece en el espejo
El aliento pasa
y se pierde en la oscuridad
Silencio - mudez
Figuras en el invierno
Lamo mi alma dolorida
Busco luces en la noche
expectativas cubiertas con esperanza
Pero la soledad sigue al silencio
la sensatez se transforma en resignación
estática, monótona
No hay segunda llamada
Esta vela en la nieve
es muy débil para conservarse encendida
Mi figura se convierte en parte de la noche
El aliento empaña al reflejo
En la niebla hay una silueta
que se le parece y, entonces - regresa
Estoy desnudo hasta la piel
ojos extraños me lastiman haciéndola arder
Siento crecer el anhelo
en la tormenta siento crecer mi esperanza
Sin embargo, no sucede nada más
La nieve baila alrededor de la flama
el destello se ha apagado, ya no hay tibieza
Mi cuerpo ha sido conquistado por el hielo
M i luz desaparece
El sueño nunca terminará
El deseo nunca muere
aún aguarda
al cuerpo que yace quieto en la nieve
esperando al sol
con las manos abiertas
La sonrisa en su rostro no se borra nunca
Acerca de las mujeres - Arthur Schopenhauer

Preciso ha sido que el entendimiento del hombre se obscureciese por el amor para llamar bello a ese sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas. Toda su belleza reside en el instinto del amor que nos empuja a ellas. En vez de llamarle bello, hubiera sido más justo llamarle inestético.
Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas En ellas todo es pura imitación, puro pretexto, pura afectación explotada por su deseo de agradar. Son incapaces de tomar parte con desinterés en nada, sea lo que fuere, y he aquí la razón. El hombre se esfuerza en todo por dominar directamente, ya por la inteligencia, ya por la fuerza; la mujer, por el contrario, siempre y en todas partes está reducida a una dominación en absoluto indirecta; es decir, sobre él ejerce una influencia inmediata. Por consiguiente, la naturaleza lleva a las mujeres a buscar en todas las cosas un medio de conquistar al hombre, y el interés que parecen tomarse por las cosas exteriores siempre es un fingimiento, un rodeo, es decir, pura coquetería y pura monada. Rousseau lo ha dicho: "Las mujeres, en general, no aman ningún arte, no son inteligentes en ninguno, y no tienen ningún genio. Basta observar, por ejemplo, lo que ocupa y atrae su atención en un concierto, en la ópera o en la comedia; advertir el descaro con que continúan su cháchara en los lugares más hermosos de las más grandes obras maestras. Si es cierto que los griegos no admitían a las mujeres en los espectáculos, tuvieron mucha razón; a lo menos, en sus teatros se podría oír alguna cesa".
En nuestro tiempo, al mulie taceat in ecclesia convendría añadir un taceat mullier in theatro, o bien sustituir un precepto por otro, y colgar éste, en grandes caracteres, sobre el telón del escenario.
Pero, ¿qué puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona que en el mundo entero no ha podido producir este sexo un solo ingenio verdaderamente grande, ni una sola completa y original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor duradero, sea en lo que fuere? Esto es muy notable en la pintura. Son tan aptas como nosotros para aprender la parte técnica y cultivan con asiduidad esta arte, sin poder gloriarse de una sola obra maestra, precisamente porque les falta aquella objetividad del espíritu que es necesaria, sobre todo para la pintura. No pueden salir de si mismas. Por eso las mujeres vulgares ni siquiera son capaces de sentir sus bellezas, porque natura non facit sutus. En su célebre obra Examen de ingenios para las ciencias -que tiene más de trescientos años de fecha- rehúsa Huarte a las mujeres toda capacidad superior.
Excepciones aisladas y parciales no cambian las cosas en nada: tomadas en conjunto, las mujeres son y serán las nulidades más cabales e incurables.
Gracias a nuestra organización social absurda en el mayor grado, que las hace participar del título y la situación del hombre, por elevados que sean, excitan con encarnizamiento las menos nobles ambiciones de éste; y por una consecuencia natural de este absurdo, su dominio y el tono que imponen ellas corrompen la sociedad moderna.
Debiera tomarse como norma esta sentencia de Napoleón Iº "Las mujeres no tienen categoría".
Chamfort dice también con mucha exactitud: "Están hechas para comerciar con nuestras debilidades y con nuestra locura, pero no con nuestra razón. Existen entre ellas y los hombres simpatías de epidermis y muy pocas simpatías de espíritu, de alma y de carácter".
Las mujeres son el sexus sequior, el sexo segundo desde todos los puntos de vista, hecho para estar a un lado y en segundo termino. Cierto que se deben tener consideraciones a su debilidad; pero es ridículo rendirles pleito-homenaje, y eso mismo nos degrada a sus ojos. La naturaleza, al separar la especie humana en dos categorías, no ha hecho iguales las partes.
Esto es lo que han pensado en todo tiempo los antiguos y los pueblos de Oriente, que se daban mejor cuenta del papel que conviene a las mujeres que nosotros con nuestra galantería a la antigua moda francesa y nuestra estúpida veneración, que es el despliegue más completo de la necedad germanocristiana. Esto no ha servido más que para hacerlas tan arrogantes y tan impertinentes. A veces me hacen pensar en los monos sagrados de Benarés, los cuales tienen tal
conciencia de su dignidad sacrosanta y de su inviolabilidad, que todo se lo creen permitido.
La mujer en Occidente, lo que se llama la señora, se encuentra en una posición enteramente falsa. Porque la mujer, el sexus sequior de los antiguos, no está en manera ninguna formada para inspirar veneración y recibir homenajes, ni para llevar la cabeza más alta que el hombre, ni para tener iguales derechos que éste.
Las consecuencias de esta falsa posición son harto evidentes. Sería de desear que en Europa se volviese a su puesto natural a ese número dos de la especie, humana y que se suprimiera la señora, objeto de mofa para el Asia entera, y de la cual también se hubieran burlado Roma y Grecia.
Desde el punto de vista político y social, esta reforma sería un verdadero beneficio. El principio de 1a ley sálica es tan evidente, tan indiscutible, que parece inútil formularlo. Lo que se llama propiamente la dama europea es una especie de ser que no debiera existir. No debería haber en el mundo más que mujeres de interior, aplicadas a los quehaceres domésticos, y jóvenes solteras aspirantes a ser lo que aquéllas, que se formasen, no en la arrogancia, sino en el trabajo y en la sumisión.
En El amor, las mujeres y la muerte
Etiquetas: opinion, Schopenhauer A.
The Cure - MTV Unplugged
01 - just like heaven02 - a letter to elise
03 - if only tonight we could sleep
04 - boys don't cry
05 - let's go to bed
06 - the caterpillar
07 - the blood
08 - the walk
09 - lullaby
10 - inbetween days
11 - love song
12 - jupiter crash
13 - high
Bonus
01 - Let's Go to Bed
02 - Just Like Heaven
03 - The Caterpillar
04 - The Blood

Olga Wornat : Nuestra Santa Madre - La Jefa
Historia Pública y Privada de la Iglesia Católica Argentina
PrólogoMi abuela se llamaba Doña María del Carmen López. No sabía leer, pero llegó al puerto de Buenos Aires con un retrato al óleo de los Reyes de España y un libro entre las manos. El autor del libro era el Reverendo Padre Tomás Péndola, y se titulaba Consejos para la Juventud. El volumen tenía una tapa a colores en la que se veía a un niño guiado por un sacerdote, y había sido impreso en la Casa de Niños Expósitos de Madrid, en 1898. "Vivid, amados míos, en el temor a Dios", aconsejaba el Padre Péndola. "El amor y las novelas conducen a muchos al suicidio", advertía en los párrafos finales. Doña Carmen, mi abuela, nunca lo leyó por sí misma, pero tampoco lo abandonó, a tal punto habían taladrado con la Iglesia su cabeza; cargó setenta años con ese libro repleto de signos desconocidos para ella, como se carga con los límites del destino, o con la cruz.
Yo aprendí a leer antes de ir al colegio, apenas cumplí los cuatro años. A los ocho, al tomar la primera comunión, podía leer el catecismo sin ninguna dificultad. Sin embargo, aquel silencioso abismo de la Iglesia también apareció frente a mis ojos. Frente a mis oídos, en realidad, porque el abismo provenía de una voz susurrándome detrás de la esterilla del confesionario, una voz que me preguntaba a mí, al niño de pantalones blancos, si alguna vez había cruzado la calle sin permiso.
–¿Cómo?
–Sin permiso, hijo... si alguna vez has cruzado la calle solo...
–Sí, Padre.
Hubo un silencio, y luego la voz señaló que cada vez que cruzaba la calle sin permiso, estaba pegándole al Señor Jesucristo un nuevo latigazo en la espalda. Lo que decía la voz me afectó, y cerré los ojos. ¿Qué cosa vinculaba la calle Chenault, en la parte pobre de Sarandí, con un látigo suspendido en el tiempo de Jerusalén? ¿Tanto le dolería al Señor que fuera libre?
Yo era un niño que no quería pegarle latigazos a nadie, y que entonces rezó los no sé cuántos padrenuestros y no recuerdo cuántos avemarias, llena eres de gloria, bendita tú eres en la tierra sin látigos en la que los chicos cruzan la calle con el viento en la cara.
Cuatro años más tarde, a mis doce, tuve mi última experiencia con la Iglesia, cuando después de una pelea a los gritos con mi padre decidí escaparme de mi casa en Mar del Plata. Comenzaba el invierno del '72 y pasé la primera noche en un bar de la terminal de micros, y las dos siguientes dentro de una calesita cubierta por una lona, en una plaza del centro de la ciudad. Pero el problema no eran las noches sino los días, que se volvían interminables. En una de esas mañanas eternas me detuve a mirar el edificio que se levantaba frente a la plaza: era la catedral de Mar del Plata. Allí alguien me podría ayudar. Esperé toda la mañana y gran parte de la tarde en un banco de madera, hasta que llegó un sacerdote y le expuse mi problema: yo vivía ahí, enfrente, en esa calesita, y me había ido de casa. Le ofrecí trabajar en lo que fuera a cambio de comida y una cama. El Padre, con una sonrisa, declinó mi oferta.
–Imagínate, hijo mío, si todos los sin techo vinieran a vivir aquí a la Catedral...
Le dije que sí, que claro, aunque no me lo imaginaba.
Creo que, desde aquella tarde, no volví a esperar nada de la Iglesia.
Cuando comprendí que nadie tiene en su poder las llaves del reino de Dios, comencé a creer en la libertad.
Esta exhaustiva y brillante investigación de Olga Wornat habla de eso: de pequeños hombres proponiéndose Grandes Fines, hundiéndose en la sombra del poder y en la de su propia conciencia.
Jorge Lanata
Buenos Aires, julio de 2002.

"Descubrí a Marta Sahagún cuando vine a México el 2 de julio de2001. Yo vine a presentar mi libro Menem-Boloco, S. A. y ese día
Vicente Fox contrajo matrimonio con su vocera, después de tantas
especulaciones y rumores fundados sobre el romance. No se hablaba
de otra cosa en las calles de la capital mexicana; los taxistas, las
trabajadoras del hotel donde me hospedaba, los comensales en los
restaurantes, todos estaban fascinados con la novia, con su traje,
con su peinado, con sus zapatos, con el beso que dio la vuelta al
mundo. La gente común veía en este acto la culminación de un
cuento de hadas: una mujer provinciana, vocera del presidente, se
convierte en primera dama.
Tal vez por intuición periodística, pero lo cierto es que me dije:
“ésta es una historia para contar, me interesa esta mujer”. A partir
de ahí seguí todas sus actividades, quería saber lo que había detrás
de ella, por qué despertaba tantas controversias, por qué la amaban
y la odiaban, por qué se quería parecer a mi Evita de la adolescencia.
En la década de los setenta en Argentina, Eva Perón era una
heroína para todas las mujeres de mi generación, sobre todo si
éramos militantes. Audaz, contestataria, revolucionaria, entregada,
Evita rompió con todos los esquemas. De repente, me encuentro en
México con una mujer que dice admirar y sentirse inspirada por la
leyenda argentina. Me di a la tarea de descubrir por qué.
En el camino, supe que Marta Sahagún y Vicente Fox habían
tenido una vida tormentosa. Como estoy convencida de que la vida
privada de las mujeres y los hombres públicos es pública —pues en
la medida que sepamos más de ella entenderemos por qué actúan
como lo hacen y cuál es el último significado de sus decisiones y las
actitudes que adoptan—, vi en la historia de Marta una posibilidad
de confirmar mi creencia. Después de todo, las mujeres y los
hombres en el poder tienen las mismas miserias y virtudes que
todos. No son próceres."

Lacrimosa - Alles Lüge
Alles LügeAlles Lüge (Sanguis Mix)
Diener Einses Geistes
Ruin

'Todo Mentira'
si se me pregunta voy a mentir
tengo miedo de la verdad
si se me cree, yo estoy seguro
pero por arrepentimiento voy a llorar
mis pensamientos rasgan en la porquería
pero mis manos están limpias
quiero callarme y veo el suelo
me cuento a mi mismo todas las mentiras
Y solo una risa voy a gritar
y solo un llanto me voy a perdonar
y solo un deseo voy a esperar
y todavía voy a sentir
y si estoy soñando
me tengo que arrepentir
me tengo que desahogar
y discúlpame
estoy construyendo un muro
y me quito mi ropa
y estoy construyendo un muro
y me quito mi ropa
y solo una risa voy a gritar
y solo un llanto me voy a perdonar
u solo un deseo voy a esperar y todavía voy a mentir
todo todo mentira todo todo mentira
todo todo mentira todo todo mentira
todo todo mentira todo todo mentira,
todo
todo
mentira
mentira, mentira, mentira,
todo todo mentira, todo todo mentira,
todo todo mentira, todo todo mentira,
todo todo mentira, todo todo mentira,
todo,
todo,
mentira
mentira, mentira, mentira
y solo una risa voy a gritar
y solo un llanto me voy a perdonar
y solo un deseo voy a esperar
y todavía voy mentir
todo mentira.
"Ruin"
"Ruina"
En una noche plagada de lágrimas
Un espejo se destroza
Así, el viento corre a través de espacios vacíos
La vida cambió
Olvidó sus restos aquí
Por debajo de la alfombra me arrastro hacia fuera
Y me veo en el espejo colgado
Muerto, desangrado y medio putrefacto
Bajé por donde los dioses
Para mandarte hacia arriba
Vieja piedra en la oscura noche
Valle de lágrimas del alma
Te llamé, te mandé, te pedí
Pero con ninguna mirada haz escuchado
Con ninguna palabra haz pensado en mí
Me jalaste hacia abajo a donde tu estabas
Y más profundo me lanzaste
Y más profundo me lanzaste
El viento corre esta noche por espacios vacíos
Y el silencio lo soporto.
Aire Frio - Howard P. Lovecraft

Cuento de terror de Howard Phillips Lovecraft
Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal. Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al mal olor, y soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado con el más horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta es o no una explicación congruente de mi peculiaridad.
Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la oscuridad, el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media tarde, en el estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar albergue con una patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. En la primavera de 1923 había adquirido un almacén de trabajo lúgubre e desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de pagar un alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero después de un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba mucho menos que las demás que había probado.
El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que manchaba y mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento buen gusto. En las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel imposible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un deprimente moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo. La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos eran tan silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo mayoritariamente hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de los coches en la calle de debajo resultaban una seria molestia.
Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño. Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo. Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que el problema sería rápidamente solucionado.
-El Doctor Muñoz -lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de mí-, tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse, cada vez está más enfermo, pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad. Todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus propias faenas, su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce como médico. Pero una vez fue bueno. Mi padre en Barcelona oyó hablar de él, y tan sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al tejado, y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!
La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre mí. Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me pregunté por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una excentricidad más bien infundada. Hay -reflexioné trivialmente-, un infinito patetismo en la situación de una persona eminente venida a menos en este mundo.
Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé débilmente a la puerta encima de la mía. Mi golpe fue contestado en un inglés correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.
Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más calurosos del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en un gran aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este nido de mugre y de aspecto raído. Un sofá cama ahora cumpliendo su función diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros, y librerías repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía -la "pequeña habitación" de botellas y máquinas que la Sra. Herrero había mencionado- era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera, su dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda alcoba y gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre de edad, cultura y distinción.
La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos anticuados espejuelos protegían sus ojos oscuros y penetrantes, una nariz aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.
A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su pálido semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para este sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo.
Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita habilidad del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y hueca, que era el más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y perdido todos sus amigos en una vida consagrada a extravagantes experimentos para su desconcierto y extirpación. Algo de fanático benevolente parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio. Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.
Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y la sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños más graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir -o al menos a poseer algún tipo de existencia consciente- ¡sin tener corazón en absoluto!. Por su parte, estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la temperatura señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la frialdad de su habitación -alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit*- era mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío, y el motor de gasolina de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.
Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío lugar como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le pagaba con frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones secretas y los más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando examinaba los singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes. Finalmente fui, puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía que esas fórmulas enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que, concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso del cuál partían los pulsos orgánicos. Había conocido por su influencia al anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. No hacía mucho el venerable practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había sido demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con detalle, que los métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvían escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y conservadores.
Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta pero inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y conversación emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil repulsión que originalmente había sentido.
Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas y el incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda de aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación y modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados*, y finalmente incluso en 28 grados**; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de que el agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. El vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle. Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.
Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.
Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de su apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el aroma en su habitación era peor, a pesar de las especias y el incienso, y los acres productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en tomar sin ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me estremecía cuando reflexioné sobre que dolencia podía ser. La Sra. Herrero se apartaba cuando se encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo los recados para él. Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera que parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de una emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban más que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. La dejadez de los primeros días de su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así que parecía arrojar un reto al demonio de la muerte como si le agarrase un antiguo enemigo. El hábito del almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder mental parecía preservarlo de un derrumbamiento total.
Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza, los cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después de su muerte, transmitió a ciertas personas que nombró, en su mayor parte de las Indias Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos momentos supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más inconcebibles. Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y cerrados. Su aspecto y voz llegaron a ser absolutamente aterradores, y su presencia apenas soportable. Un día de septiembre con un solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su lámpara eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.
Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé desesperadamente para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono inánime, rechinando cavernosamente más allá de cualquier descripción. Mis esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos de que nada se podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón. El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta proporciones grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de su endeble constitución, y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.
La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la mañana el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el hielo que pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía de mis viajes, a veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada del baño, dentro podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la orden de "¡Más, más!". Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase a traer el hielo mientras yo conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón mientras yo continuaba con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.
Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de la Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un pistón de bomba y contratar a un operario competente para instalarlo. La tarea parecía interminable, y me enfurecía tanto o más violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio, aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi albergue con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.
Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una agitación completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los inquilinos juraban sobre las cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de debajo de la puerta cerrada del doctor. El vago que había contratado, parece, había escapado chillando y enloquecido no mucho después de su segunda entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva curiosidad. No podía, naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.
En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que un temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró una forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre. Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese pasillo, y abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la tarde.
Una especie de oscuro rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño a la puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un terrorífico charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y cegata, sobre un trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que hubieran trazado las últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al sofá y desaparecía.
Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir. Pero lo que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y manchado antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo tanto terror, a mí, a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría de policía más cercana. Las palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese soleado día, con el traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la abarrotada Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía. Tanto las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco, y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire frío.
El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo. El hombre echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos no pueden durar. Imagino que sabes lo que dije sobre la voluntad y los nervios y lo de conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de funcionar. Era una buena teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente. Había un deterioro gradual que no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que hacer. Tenía que meterme en un lugar extraño y oscuro cuando prestase atención a mi carta, y consiguió mantenerme vivo, pero los órganos no volvieron a funcionar de nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera -conservación- pues como se puede ver, fallecí hace dieciocho años
Etiquetas: cuentos, Lovecraft H.P.
Lacrimosa - Einsamkeit
1. Tränen Der Sehnsucht 2. Reissende Blicke
3. Einsamkeit
4. Diener Eines Geistes
5. Loblied Auf Die Zweisamkeit
6. Bresso

Un niño, de esta tierra se tira a dormir
Era un día de miedo
Cuántas veces cayó al suelo?
Cuántas veces rió de dolor?
Cuántas veces gritó a sí mismo?
Y desde hace tiempo ya que era mudo
El último dolor del alma herida
Miedo racional al amor
Lagrimas del silencio - máscaras sobre el rostro
Las luces crean sombras y lo ponen a la luz
Y está parado aquí - el niño
Con lagrimas en el rostro
Las luces crean sombras y lo ponen a la luz
La noche dio luz a su más pequeño niño
Un sueño del amor, de su deseo
Un sueño de los ojos - no de las manos
Un sueño para soñar - no para vivirse
Pero los ojos del niño no conocían la belleza
Eran demasiado débiles para el asombro
Y la primera luz del sol matinal
La mañana no llegó para el niño
Por que en la mañana, estaba ciego
Mientras, sus manos envejecieron
y sus manos, nunca fueron.
Lagrimas del silencio - máscaras sobre el rostro
Las luces crean sombras y lo ponen a la luz
Se tienta en dar la explicación mientras se rompe
Lagrimas del anhelo - máscaras sobre el rostro
Y está parado aquí - el niño
Con lagrimas en el rostro
Lagrimas del anhelo
Lagrimas del anhelo
"Miradas Pasajeras"
Estoy sentado en el cinema de mi vida
Todos los lugares están ocupados
Mi lugar, es emergente
Demasiadas personas se encuentran hoy aquí
La luz se apaga - la película comienza
Los recuerdos salen a flote
El pasado vuelve a confrontarse
Un desconocido me miró al rostro
Miro a la multitud
Todo el publico ríe
Un mutilado a la deriva de las mareas
Me siento mal
Me da vergüenza
Un hoy, lleno de ayer
Recuerdo aquel entonces
La pregunta de la vida y la muerte
Ahora sé la respuesta
En ese entonces no - tomé una mala decisión
Y de nuevo, el publico rió
Me levanto y salgo
Tengo que vomitar,
El odio cae sobre mí
¿Podrán reconocerme en la luz?
¿Volverán a reír entonces?
¿Por qué no se van todos a casa?
Si sólo es mi vida y es privada
Regreso y mi lugar está ocupado
Me siento silenciosamente en el suelo
Quiero ver que pasa finalmente conmigo
Aun no conozco mi pecado
Sólo espero morir rápido
Para así, no tener que soportar
Lo siento si mi vida le molesta a alguien
Pero, así hubo una película que disfrutaron
La película muestra mi muerte
Por fin puedo reír yo
Pero, miles de ojos se dan la vuelta
Y me miran de frente, con consternación
"Soledad"
Escribo mi propia historia
Y sólo vivo al paso
Soy el único que se percata de mí
Y todas las voces que escucho
Son sólo ecos de mi deseo
Impotente enfrento a mi soledad
E impotente le doy la cara.
Desintegrado en miles de pedazos
Me arrastro en miles de direcciones
Y no sostengo tu mano lo suficientemente firme
Escapo en falsos sueños
Me he sentado en lugares ocupados
He buscado la gloria de estar contigo
Y solo encontré la ridícula soledad
"Sirviendo a un Fantasma"
Estoy aquí parado, con heridas y dolor
Estoy aquí de pie y me miro
Sirviendo a un espíritu
Estoy listo
Sirviendo a un espíritu,
Estoy listo
Dos voces rigen a mi espíritu,
Y yo ya no puedo entenderme
Pero soy superior -
al mayor conflicto
Estoy listo
Saca tu cuchillo
Corta tu alma
Escucha tus gritos
bebe esa sangre
y disfrútalo
Estoy solo - Dos a dos, completamente solo
Oculte mis ojos tras vendajes
Esperaba poder abandonarme
Tú prostituta
Ahora miro al espejo
Y con espanto caigo al suelo
Lentamente comienzas a entender
Estoy abatido a mis pies y no me veo
Libérate
Muéstrame tu carne
Corta mi cuerpo
Ultraja mi alma
Toma este jugo y deja que sea fértil
Nunca podrás escapar de mí
Yo, grito en tu cabeza
Desde el interior destrozo tu cráneo
Siente el dolor
Percibe mi odio
Muéstrame tus heridas
Las dejaré sangrar nuevamente
Estoy solo - Dos a dos, completamente solo
Déjame solo - No
Déjame en paz - No
Te lo imploro - No
Yo nada te he hecho
Tu me haz mentido
Me haz traicionado - Si
Quieres hacer penitencia - Si
Quieres sangrar por eso - Si
Quiero castigarme por ello
Quiero morirme por ello
Lo quiero
"Elogio por los dos"
Y esta es la soledad
Que nace en mí
Intento evitarla
He perdido la esperanza y
Ruego para que el amor me dé calor
Perdí la voz, quede mudo
Acomplejado y sin calma
Soñaba la realidad
huí
Y caí al suelo
No percibo suerte alguna
No percibo suerte alguna
No hay vida en mí
No percibo suerte alguna
Estoy fatigado
Estoy fatigado
Estoy fatigado
Enredado en el temor
Reconozco mi incapacidad
Para existir
No estoy dispuesto a cargar conmigo mismo
Tirado en la sucia indiferencia
Y vivir en la muerte de oblivion
Soy sólo un engendro de la monotonía
Sólo una mala broma en una vacía sala de esper
Soñé alguna vez en la vida
una vez en el amor
Pero la vida huyó
Y del amor nació el temor
"Bresso"
El último cigarro se adhiere a mi pulmón,
Mis palabras tiemblan contra ti
Llenas de esperanza y temor,
Aquí sentado, cuan purificado me ves.
Sin amor - vacío y enfermo,
Desangrado - totalmente absorbido,
Pero, tu amor corre por mis venas,
No estoy muerto - no - no estoy muerto,
Aún escucho tu voz al hablarme,
Aún siento tus labios sobre mi piel.
Aún brilla tu luz en mí,
Aún te amo,
Aún quiero conocerte,
Quiero acercarme a tu alma,
Quiero perderme en ti por completo,
Todo tu brillo, toda tu belleza,
El castigo por amarte, el castigo de mi amor.
Y te pregunto ahora ¿dónde estas?
¿Dónde estás ahora?
La esperanza se agolpa en mi piel
La duda se encierra en mi corazón
Siento amor en mi interior
Mentiras y fuertes palabras escucho de ti
El reloj de mi vida - destruido
El recuerdo condena
Y te amé
aún escucho tu voz que me llama
Aún siento tus labios sobre mi piel
Aún brilla tu luz en mí
Aún te amo
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Poema nº 20 - Pablo Neruda
Poema nº 20 - Pablo NerudaPuedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: La noche está estrellada,
y tiritan azules los astros a lo lejos.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo.
Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo.
A lo lejos alguien canta.
A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro.
Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro.
Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Diamanda Galas - Malediction & Prayer (1998)
1. Iron Lady (Phil Ochs) 4:442. The Thrill is Gone (Hawkins/Darnell) 5:30
3. My World is Empty Without You (Holland/Dozier/Holland) 4:26
4. Abel et Caïn (Baudelaire/Galás) 5:34
5. Death Letter (Son House) 4:40
6. Supplica A Mia Madre (Pasolini/Galás) 3:13
7. Insane Asylum (Willie Dixon) 8:07
8. Si La Muerte (Mixco/Galás) 5:22
9. 25 Minutes to Go (Silverstein) 4:33
10. Keigome Keigome (Xarhakos/Gatsos) 4:30
11. I'm Gonna Live the Life (T.A. Dorsey) 4:28
12. Gloomy Sunday (Javot/Carter/Seress) 3:49

Etiquetas: Diamanda Galas, musica
Geishas

Pintora, poetisa, música y bailarina a la vez, la geisha encarna a su manera una "mujer de sueño" ni madre, ni esposa; ni mujer, ni niña, ni prostituta...
Entre 1780 y 1790, el país del sol naciente conoce un terrible período de miseria Xy hambre: el arroz, almacenado por comerciantes sin ningún escrúpulo, alcanza precios desbordantes; los actos violentos perpetrados por hordas de pobres infelices hambrientos se multiplican.
Secuestradas, robadas, vendidas a partir de los cinco años, las niñas pertenecientes a las familias arruinadas de la ciudad o del campo se hallan entonces recluidas durante largos años en esos barrios llamados "de los placeres".
El Yoshiwara, en Edo era uno de los barrios más conocidos; las jóvenes reclutadas por multitudes se hundirán detrás de hermosas fachadas de "prisiones doradas". Una vez que se ha franqueado el recinto de este mundo de paréntesis, de este universo aparte, donde todo parece obedecer al principio de un placer que se conjuga solamente en lo masculino, será el final de cualquier libertad para ellas.
Todo el aprendizaje estaba lleno de vejaciones, injusticias y selecciones, una muchacha fea no tenia acceso, las destinaban a las tareas más duras. Mientras las más agraciadas, tenían la esperanzas de acceder al preciado rango de cortesanas.
Cuando una de las muchachilla llegaba a una de esas "casas", se le atribuía un nombre nuevo, signo de pertenencia a otro mundo, con frecuencia era el de una flor. Primero servirán a una cortesana, se llamaban Kamuro (término utilizado para las muchachas que sirven en la corte imperial) y deben obedecer al menor de los deseos y caprichos de su señora. Si el destino la había dotado de talento y gracia, comenzaba entonces un gran ciclo educativo a lo largo del cual aprendía todas las artes heredadas del Japón antiguo: la música, la poesía, el ikebana (arte de componer los ramos de flores), el chanoyu (la ancestral ceremonia del té), el juego de los inciensos, sin olvidar la reina de las disciplinas: la caligrafía. Al finalizar este aprendizaje, la pequeña kamuro, que tenía entre 13 y 14 años, entraba en el cerrado círculo de las cortesanas: una gran fiesta se celebraba en honor de su nuevo estatus. Adornada, mimada como ídolo, se paseaba a la adolescente por las calles de Yoshiwara durante los cinco días que duraba la celebración. Era sólo tras este rito que aprendía otros rituales que tendría que utilizar en su futuro oficio, pasando de kamuro a shiso (literalmente "nueva formada").
Pocas eran las que, en efecto, podían esperar salir del Yoshiwara con la cabeza alta y el corazón libre; es decir; compradas de nuevo, en el sentido literal del término, por un hombre rico y poderoso que aceptase cancelar la deuda, casi inextinguible, contraída por los derechos de la educación. Sistema cuanto más perverso, pues condenaba, desde la más tierna infancia, a una criatura a la prostitución. Superada la treintena, la mayor parte de las cortesanas abandonaba la protección de la casa para convertirse en teppo (prostituta de bajo rango), condenada a vender lo que le quedaba de sus encantos en las colindantes a su antigua prisión.
Es a partir de 1750, que aparecen, las Geishas.
La palabra Geisha significa literalmente persona de las artes o artista.
Música, ceremonia del té, todo el ritual del pelo, el maquillaje, el Kimono, instrumento indispensable para la seducción al mismo tiempo que reflejo de su rango y de su riqueza. A las más jóvenes les tocaba los colores más vivos, las telas con los estampados más llamativos, las obis más largas. Gran lazo que ajusta con fuerza el talle de la geisha y que a veces es tan pesado que se equilibra hacia atrás el porte de la desafortunada coqueta. Tantas formas de anudarlo como significaciones... Para la vil prostituta obligada a desvestirse varias veces por día para realizar su trabajo, un simple lazo anudado por delante del vestido, es suficiente.
El Peinado: Gigantesco moño, que se sujetan gracias a la cera caliente y del aceite de camelia como lubrificante, se le llama "hendidura de melocotón".
El Maquillaje: un rostro muy blanco, criterios basados por un edicto de shogun que se remonta al s-XVII. Algunas cortesanas llegaban, incluso, a lacar de negro sus dientes para realzar el resplandor de su piel . Lunares de cejas rasuradas y después pintadas de nuevo, se adornaban con el trazo pícaro y sensual de una minúscula boca con acentos carmín. Como una coma de sangre en una página desesperadamente virgen...
Los regalos son signos tangibles de su seducción y de su poder. Esta bien visto aceptar, bajar los ojos, inclinar la nuca e, incluso, dejar deslizar un poco de tela del vestido para dejar adivinar el fragor tierno y rosado de la carne; invitación secreta a placeres que algunos juzgan prohibidos. Si, está prohibido dejar hablar las emociones del corazón (se considera el amor fuera de lugar, incluso se entiende como vulgar dentro del okiya), pero es muy útil, seducir a un potencial danna, protector titular cuyos favores les brindará ese amparo tan necesario contra las vicisitudes del tiempo y los reversos de la fortuna. Extraño código moral es este juego sutil entre el deseo y el rechazo, entre lo permitido y lo prohibido, entre lo visible y lo oculto, las geishas aparecen desde muchos puntos de vista como un ser híbrido o al menos desconcertante...
Se ha especulado mucho sobre el papel real de la geisha a partir de las ilustraciones de pintores así como los primeros fotógrafos europeos. Fueran "vestales por completo devotas al culto de la belleza" o, más prosaicamente, "hetairas al servicio del dios Amor". De todo eso se habla y mucho en el libro publicado por Bérénic Geofroy-Schneiter "Geishas" Édutuib Assouline. Dónde pregunta "¿no llevan consigo muchas de esas planchas grabadas el germen estético que no cesa de estar presente en numerosas geishas del Japón actual?. ¿No cristalizaban las cortesanas, a su manera, todos los fantasmas relacionados con el país del sol naciente?..."

No importaba tanto su belleza como su conversación, su cultura y sus conocimientos políticos. Educadas para dar placer y prestigio a sus patrones, no eran dueñas de sí mismas. Hoy, sin embargo, no pocas japonesas eligen libremente esta profesión y se muestran orgullosas de mantener la tradición en su país.
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, cambió por fuerza la vida en Japón. No sólo el emperador fue obligado a declarar su "humanidad" (hasta entonces se lo consideraba divino), sino que una serie de decretos apuntó a derribar hábitos muy arraigados en la mentalidad nipona. Entre ellos, uno de 1946 prohibía el funcionamiento de las okiyas, casas que se dedicaban a comprar niñas y educarlas como geishas.
Sin embargo, hay geishas todavía. Ya no cumplen las mismas funciones que antes; en todo caso son una atracción turística o hacen las veces de acompañantes en reuniones sociales o de negocios. Pero todavía recurren a ellas quienes se resisten a una occidentalización a ultranza, y ellas mismas se consideran guardianas de una tradición secular.
Arte y persona
El origen de estas mujeres -especie de cortesanas, pues su educación y refinamiento las ubicaba muy por arriba de las prostitutas- está ligado al florecimiento de la clase comerciante.
A principios del siglo diecisiete, el Japón feudal de los shogunes (generales) cerró sus puertas al mundo. Sin embargo, no se pudo evitar el crecimiento de pueblos y ciudades y la actividad mercantil.
Los grandes señores despreciaban a los comerciantes, aunque debían recurrir a ellos como prestamistas. Aunque éstos se enriquecían cada vez más, chocaban con una sociedad de reglas muy estrictas: ni siquiera podían usar ropas lujosas para que nadie los confundiera con un señor feudal.
Las únicas libertades que podían tomarse eran las propias de los distritos de cortesanas. Y es lo que hicieron: así como en el teatro kabuki -pintoresco y, en algunos casos, de protesta- encontraron su forma de expresión, con las geishas pudieron encauzar la vida social.
En esos barrios florecieron las ochayas, casas de fiestas en las que los comerciantes discutían sus negocios, eran atendidos como señores y se dedicaban a pasarla bien. Los hombres limitaban sus hogares a la vida familiar. Para la esfera laboral y social -y no sólo para el placer- las ochayas eran el verdadero hogar.
¿Qué papel jugaban las geishas? Su nombre deriva de dos ideogramas chinos que significan "arte" y "persona": algo así como "la persona que domina todas las artes". La belleza era secundaria: lo que importaba era la agudeza y fluidez de su conversación. Su preparación demoraba años y no se limitaba a la complicada ceremonia del té: cuando pocos sabían leer y escribir, ellas dominaban Historia, Arte y Matemática, además de canto, baile y guitarra japonesa. Eran también expertas en política y relaciones públicas, pues muchos negocios dependían de su diplomacia y capacidad para resolver situaciones difíciles.
Hermosas marionetas
Sin embargo no pasaban de ser esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble valioso, y eran despreciadas públicamente. Ni siquiera podían poner sus nombres en las tumbas. La vida útil de las geishas era corta, pues rápidamente quedaban calvas por el ungüento con que se peinaban, y el plomo que servía como base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre. Su destino por lo general era el asilo o el suicidio: nunca llegaban a independizarse de la okiya, y tampoco les hubiera servido demasiado lograrlo, pues la piel manchada las estigmatizaba para siempre.
Debían dedicar varias horas a vestirse. El maquillaje tenía que cubrir rostro y cuello (también se pintaban la nuca, que era considerada la parte más seductora). Después de colocarse la pasta blanca, pasaban un trozo de madera quemada para ennegrecer las cejas y delineaban los ojos con pintura roja para resaltar los ojos oscuros. De rojo también pintaban las mejillas (con polvo de flores) y los labios.
Untaban el cabello con un ungüento grasoso que le daba brillo y lo mantenía tirante y bien peinado durante una semana. Luego se ponían una serie de kimonos a modo de enaguas y sobre ellos el de geisha. Finalmente, un anciano -el hakoya- les envolvía fuertemente la cintura con una faja -que podía llegar a medir cuatro metros de largo- y daba los últimos toques al atuendo.
Todo realzaba la apariencia de marioneta que mostraban también con sus modales y su manera delicada de hablar. Sus rasgos de esfinge eran producto de un largo aprendizaje: se consideraba de mal gusto la expresión de cualquier sentimiento, tanto de tristeza o nostalgia como de alegría excesiva.
Una historia
Un cronista japonés recogió la historia de una geisha que conoció en un asilo de ancianos a fines del siglo pasado. Umechiyo venía de una familia de buen pasar, pero arruinada por la muerte del padre. Sus tíos la vendieron a una okiya cuando tenía ocho años. Allí convivió con la administradora (una ex geisha), ocho geishas, dos sirvientas y un hakoya. Ella y otras seis niñas eran las oshakus (doncellas). La administradora llevaba un cuaderno en el que anotaba los gastos por comida y educación de cada discípula.
Además de estudiar todo el día desde las cinco de la mañana, el método para estimular el aprendizaje de las niñas consistía en tener un trato diferencial entre geishas y oshakus: éstas debían bañarse con agua fría y no estaban tan bien alimentadas como las otras, que no debían demostrar hambre ante un cliente.
Una mañana, cuando cumplió dieciocho años, Umechiyo fue de sorpresa en sorpresa: se bañó con agua caliente y le sirvieron una comida abundante y deliciosa. A la hora de vestirse, la administradora le dio un kimono espléndido y el hakoya le puso una faja bordada con hilos de oro.
Era su debut, aunque todavía no era una verdadera geisha. Fue con sus compañeras a un gran salón de fiestas, donde tuvo mucho éxito. Esa noche un comerciante sesentón decidió comprarla por unos cincuenta mil dólares de hoy (además de los gastos anotados en el cuaderno durante los diez años de estudios).
Aunque ella siguió viviendo en la okiya, tuvo una especie de boda: recibió de su dueño un anillo de brillantes, se organizó una fiesta a la que asistieron los personajes y las cortesanas más importantes del lugar y cambió su nombre por el de Umeya cuando se inscribió en el registro de geishas.
Para el hombre, ser dueño de una joven bella y talentosa como ella era una muestra de poder. Él y Umeya eran invitados a todas las fiestas importantes y los conocimientos políticos de la joven atraían el interés de personajes influyentes, lo que se traducía en prestigio para el patrón.
Un par de años después el comerciante volvió a pagar por ella para sacarla definitivamente de la okiya y hacerla su concubina. Pero no era una cuestión de amor: no se podía tener dos geishas a la vez y las complicadas convenciones exigían que el comerciante adquiriera otra para demostrar que era cada vez más poderoso, pero no podía correr el riesgo de desprestigiarse si la okiya vendía a Umeya a alguien de menor condición social.
Instalada en una linda casa, con dos mujeres que hacían de sirvientas y vigilantes, Umeya perdió contacto con el mundo exterior. Como concubina, una vez al año debía someterse a la humillación de presentar sus respetos a la esposa de su patrón (aunque no podía hablar, pues su voz habría ofendido la casa), quien le regalaba un kimono usado y agradecía los servicios prestados. Umeya sabía que más tarde la señora haría limpiar con sal los sitios donde había estado parada la concubina.
Cuando su dueño murió ella no se enteró: sólo lo supo cuando envió a una sirvienta a preguntar por su ausencia. Pero el dinero que la viuda le envió no alcanzaba para la supervivencia de ella y del hijo que había tenido.
Así las cosas, comenzó su decadencia: volvió a la okiya, donde sirvió a distintos patrones, y cuando se sintió vieja comenzó a dar clases, pero finalmente fue a parar al asilo. Su hijo se mandó a mudar en cuanto pudo, pues su origen era vergonzante.
Pero ni en el asilo tuvo tranquilidad. Sus modales, la calvicie y las manchas en la cara la delataban; sus propios compañeros la despreciaban y la obligaban a servirlos. Sólo una vez al año, para una fiesta que se celebraba allí, volvía a vestirse como siempre, cantaba y bailaba como sabía hacerlo: ante ese auditorio de indigentes, Umeya sentía que recuperaba su antiguo brillo.
Las geishas, hoy
En la actualidad no son esclavas, sino que eligen libremente la profesión. Cuando no trabajan visten a la occidental; los cosméticos modernos y las pelucas les evitan los estragos de antes. A pesar de la prohibición, existen algunas okiyas adonde pueden ir a formarse, pero casi no quedan salones de fiestas, y los que hay son muy caros.
Su trabajo se parece más al de una anfitriona. Por lo general son contratadas por industriales o comerciantes que agasajan a sus socios o invitados con un espectáculo exótico o que mantienen el hábito de separar la vida familiar de los negocios y la política.
Algunas aparecen en la televisión o en el teatro u organizan shows para turistas. Ahora muchas hablan varios idiomas, saben jugar al golf o al tenis, pero todas mantienen la rica formación que las hizo célebres, aunque ya no tengan mucha ocasión de desplegar sus habilidades: trabajar en un club nocturno o en un restaurante de lujo es tanto o más rentable y no obliga a ningún tipo de educación especial. Sin embargo se muestran orgullosas de su profesión y una vez al año, hacia la primavera, realizan en las calles el "desfile de las geishas": allí, vestidas con sus ricos quimonos, regalan a la gente la fascinación milenaria de su arte •
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Lacrimosa - Angst

1. Seele In Not
2. Requiem
3. Lacrima Mosa
4. Der Ketzer
5. Der Letzte Hilfeschrei
6. Tränen Der Existenzlosigkeit

Detén ahora la antorcha
En mi cara
Un ave se desliza sobre el agua
Pero él no me ve
Mi barco se ha hundido ya
Estoy por ahogarme
Tantos gritos de ayuda
Pero no hay ningún barco a la vista
Solo horas perdidas
Solo días perdidos
Perdidos cuando morimos
¿Perdidos en que?
Pero aún vivo
Vivo aun
Vivo, como una mentira
Y el amor
Una ilusión
Tú bailas en la luz del tiempo
Tú bailas en vanidad
Una botella vacía
Y yo muero de sed
Ninguna vela tiene fuego ya
Pero mi corazón se quema
Escucho el llanto de unos bebés
Mentira en el primer respiro
Cenizas a cenizas, polvo a polvo
El pecado ha sido perdonado
Ciego de coraje - ciego de dolor
Sordo por amor - mudo de miedo
Ya no soporto más
Pierdo la razón
Yo no conozco tu voz
No te puedo entender
Ni sé cómo te ves
Pues nunca te he visto
Ni siquiera puedo hablarte
Ni siquiera estas palabras:
¡Yo te amo!
Maldigo el recuerdo
y lo envío muy lejos
Ella se acuesta sobre mi tumba
y calienta para mí el ataúd
Dibujos pintados solo adulan
¿Por qué el que pinta ahora algo tan horrendo?
"Réquiem"
Cuando el sol abandonó el día
El dedo hacia la salida
Los ríos sucios
Los ojos bien cerrados,
el alma convulsiva
El recuerdo atragantado,
el presente lleno de temor
Un ángel a la puerta del infierno
Lucifer en el paraíso
Una joven susurra mi nombre
En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo,
Amén
Deja que mi luz aun brille
Y dime tu nombre
Guarden silencio
Y déjenme vivir
Sólo este instante
Sólo este momento
Después llévenme con ustedes
Déjenme rezar
Déjenme escapar otra vez
Yo, regresaré con ustedes
Pero nunca con el diablo
En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo,
Amén
Quién los mandó por mí?
No estoy ciego
Aun así, no puedo ver nada
Ha llegado la hora, tengo razón?
Puedo aún decir algo?
Alguien aún me escucha?
Aún tiene importancia?
Quién puede sentirme?
Ya sucedió?
Ya ha pasado?
Ya sucedió?
Lacrima Mosa
(Instrumental)
"El Hereje"
Autoritario
Sin pecados
Infalible
Te llamas el Papa
Con las manos llenas de sangre
De tiempos pasados
Con doble lengua
Consuelas a los pobres
Pobres por que tu les robaste
Pobres por que te creían
¡Oh! Papa lograste
Lloro por tu alma
Señor de las moscas
Satán
Eres el Señor
La iglesia
En el nombre de Dios
haces tu obra
Señor de las moscas
tú eres el Papa
Papa nuestro que estas en la tierra
Perecerá tu nombre
Tu voluntad es la de Satán
Y que tu reino es el infierno
Perdona nuestro odio
Como nosotros perdonamos tu carne
Tu carne - sirviente de Satán
Tu sangre - la fuerza de tu carne
"El Último Grito de Ayuda"
Se van las semanas y los meses
Y la soledad me favorece
Es el precio - soledad de hierro
Esa es la pesadilla de mi existencia
Solo - olvidado - exiliado
Nada de amor, calor, esperanza, solo el deseo interior
Solo escucho voces y bla bla bla
Pero, nadie a hablado nunca conmigo
Quiero salir de aquí, quiero irme de aquí
No sé ni siquiera lo que me falta
Estoy sano...
¿Dónde esta la gente,
la que me prometía amor?
¿Dónde están los padres
que me dieron a luz?
¿Dónde están los amigos,
los que me apoyaban?
¿Dónde está la mujer,
la que me amaba?
¿Me ha olvidado?
¿Me han olvidado todos?
¿Me han abandonado?
¿Me ha dejado atrás?
¿Nadie puede recordarme?
¿Nadie puede ayudarme?
¿Estoy completamente solo?
Y ¿dónde está el doctor?
¿Dónde están las enfermeras?
¡Necesito ayuda!
¡Tengo miedo!
¡Ayuda!
"Lágrimas de Existencia"
Mis ojos han escapado al miedo,
Mi fantasma quiere unirse a mí,
Mi corazón, hambriento,
Y mi alma me mira con duda.
Déjennos bailar y jugar,
Déjennos simplemente ser felices,
Déjennos bailar y jugar,
Déjennos revivir el recuerdo,
Pero, nadie me escuchará
Quién podrá oírme?,
Si estoy totalmente solo.
Diario reímos y jugamos
En las noches, nos sentábamos
y llorábamos
Nunca entendimos lo bello que era
Mas tarde, quise belleza
Pero pronto entendí que
Un gusano se arrastra entre la suciedad
Y ahí estoy tirado aún
Listo para morir
Listo para desplomarme
Listo para olvidarme de mí mismo
Así no correrá ninguna lágrima
Así no llorarán por ninguna alma
Así, nunca existí
Carta abierta a la Junta Militar (1997) - Rodolfo Walsh

[Carta abierta. Texto completo]
Rodolfo Walsh*
El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.
El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.
Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese "ser nacional" que ustedes invocan tan a menudo.
Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina.
2. Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.
Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.1
Más de siete mil recursos de hábeas corpus han sido contestados negativamente este último año. En otros miles de casos de desaparición el recurso ni siquiera se ha presentado porque se conoce de antemano su inutilidad o porque no se encuentra abogado que ose presentarlo después que los cincuenta o sesenta que lo hacían fueron a su turno secuestrados.
De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aún en las cumbres represivas de anteriores dictaduras.
La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el "submarino", el soplete de las actualizaciones contemporáneas.2
Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido.
3. La negativa de esa Junta a publicar los nombres de los prisioneros es asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga.
Extremistas que panfletean el campo, pintan acequias o se amontonan de a diez en vehículos que se incendian son los estereotipos de un libreto que no está hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional ante ejecuciones en regla mientras en lo interno se subraya el carácter de represalias desatadas en los mismos lugares y en fecha inmediata a las acciones guerrilleras.
Setenta fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, 55 en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, 30 por el atentado en el Ministerio de Defensa, 40 en la Masacre del Año Nuevo que siguió a la muerte del coronel Castellanos, 19 tras la explosión que destruyó la comisaría de Ciudadela forman parte de 1.200 ejecuciones en 300 supuestos combates donde el oponente no tuvo heridos y las fuerzas a su mando no tuvieron muertos.
Depositarios de una culpa colectiva abolida en las normas civilizadas de justicia, incapaces de influir en la política que dicta los hechos por los cuales son represaliados, muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina extranjera de "cuenta-cadáveres" que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam.
El remate de guerrilleros heridos o capturados en combates reales es asimismo una evidencia que surge de los comunicados militares que en un año atribuyeron a la guerrilla 600 muertos y sólo 10 ó 15 heridos, proporción desconocida en los más encarnizados conflictos. Esta impresión es confirmada por un muestreo periodístico de circulación clandestina que revela que entre el 18 de diciembre de 1976 y el 3 de febrero de 1977, en 40 acciones reales, las fuerzas legales tuvieron 23 muertos y 40 heridos, y la guerrilla 63 muertos.3
Más de cien procesados han sido igualmente abatidos en tentativas de fuga cuyo relato oficial tampoco está destinado a que alguien lo crea sino a prevenir a la guerrilla y los partidos de que aún los presos reconocidos son la reserva estratégica de las represalias de que disponen los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica o el humor del momento.
Así ha ganado sus laureles el general Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, antes del 24 de marzo con el asesinato de Marcos Osatinsky, detenido en Córdoba, después con la muerte de Hugo Vaca Narvaja y otros cincuenta prisioneros en variadas aplicaciones de la ley de fuga ejecutadas sin piedad y narradas sin pudor.4
El asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Masson, revela que estos episodios no son desbordes de algunos centuriones alucinados sino la política misma que ustedes planifican en sus estados mayores, discuten en sus reuniones de gabinete, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno.
4. Entre mil quinientas y tres mil personas han sido masacradas en secreto después que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el espanto provocado entre sus propias fuerzas.5
Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, "con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles" según su autopsia.
Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el Lago San Roque de Córdoba, acudió a la comisaría donde no le recibieron la denuncia y escribió a los diarios que no la publicaron.6
Treinta y cuatro cadáveres en Buenos Aires entre el 3 y el 9 de abril de 1976, ocho en San Telmo el 4 de julio, diez en el Río Luján el 9 de octubre, sirven de marco a las masacres del 20 de agosto que apilaron 30 muertos a 15 kilómetros de Campo de Mayo y 17 en Lomas de Zamora.
En esos enunciados se agota la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3 A de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea 7, sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera o el brigadier Agosti. Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre "violencias de distintos signos" ni el árbitro justo entre "dos terrorismos", sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte.8
La misma continuidad histórica liga el asesinato del general Carlos Prats, durante el anterior gobierno, con el secuestro y muerte del general Juan José Torres, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz y decenas de asilados en quienes se ha querido asesinar la posibilidad de procesos democráticos en Chile, Bolivia y Uruguay.9
La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CIA a través de la AID, como los comisarios Juan Gattei y Antonio Gettor, sometidos ellos mismos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, Station Chief de la CIA en Argentina, es semillero de futuras revelaciones como las que hoy sacuden a la comunidad internacional que no han de agotarse siquiera cuando se esclarezcan el papel de esa agencia y de altos jefes del Ejército, encabezados por el general Menéndez, en la creación de la Logia Libertadores de América, que reemplazó a las 3 A hasta que su papel global fue asumido por esa Junta en nombre de las 3 Armas.
Este cuadro de exterminio no excluye siquiera el arreglo personal de cuentas como el asesinato del capitán Horacio Gándara, quien desde hace una década investigaba los negociados de altos jefes de la Marina, o del periodista de "Prensa Libre" Horacio Novillo, apuñalado y calcinado después que ese diario denunció las conexiones del ministro Martínez de Hoz con monopolios internacionales.
A la luz de estos episodios cobra su significado final la definición de la guerra pronunciada por uno de sus jefes: "La lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal".10
5. Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.
En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar11, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.
Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%12 prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.13
Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la "racionalización".
Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subterráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo , el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe.
Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar "el país", han sido ustedes más afortunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia.
Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.
6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete.
Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: "Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos".14
El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el "festín de los corruptos".
Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza al ser nacional.
Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.
Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.
Rodolfo Walsh. - C.I. 2845022
Buenos Aires, 24 de marzo de 1977
Stephen Hawking - El Universo en Una Cáscara de Nuez
El universo en una cáscara de nuez, es un libro de divulgación científica escrito por el profesor Stephen Hawking, publicado por primera vez en 2001 y que trata sobre el universo y todo aquello que se encuentra a su alrededor..Utiliza, como siempre, términos muy sencillos para explicar desde los principios que rigen el universo, hasta la frontera misma de la física teórica.
En este libro, Hawking nos guía a través de un viaje por el espacio-tiempo, donde partículas, membranas y cuerdas danzan en un espacio 11-dimensional, donde los agujeros negros tienen la posibilidad de evaporarse y desaparecer llevándose consigo su secreto, y donde habita la pequeña nuez "la semilla cósmica originaria" de la que surgió nuestro universo.
El autor empieza hablando de la historia de la cosmología a partir de las antiguas teorías y sus posteriores modificaciones hasta llegar a las teorías actuales. Durante este viaje, el autor va citando los descubrimientos más importantes y nos habla de personajes ilústres como Aristóteles, Copérnico, Galileo, Keppler, Newton...

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Hocico - Born To Be (Hated)
A1 Born To Be (Hated) (Original Odium) (6:04)A2 Winds Of Treason (5:52)
A3 Born To Be (Hated) (Feindflug Remix) (6:27)
B1 Born To Be (Hated) (Supreme Court Remix) (5:14)
B2 Born To Be (Hated) (HIV+ Remix) (6:22)
B3 Born To Be (Hated) (Metetelo Por El Culo Version) (6:02)
pass: haRD

El Extraño - Hugo Aqueveque

EL EXTRAÑO
HUGO AQUEVEQUE
Esta vez su expresión es distinta, no tiene esa postura segura ni aquella sensación de paz interior que lo caracteriza, su semblante es angustiado. Algo le ocurre, y presumo que me lo contará pronto.
Lo conocí hace mucho, perdí la cuenta ya, pero me parece que desde niño ha estado rondando mi entorno. En el vecindario daba que hablar por su aspecto excéntrico, pero se acostumbraron al poco tiempo. Él es extraño. Demasiado alto, delgado como un mástil, y tan pálido como la primera hoja en blanco de un libro nuevo. Sus ojos llaman la atención, semicerrados y siempre inyectados en sangre. Lo demás es negro, sus ropas, zapatos y su pelo… absolutamente negros.
No sabemos su nombre ni donde vive, por lo general en nuestro círculo de amistades nos referimos a él como a "Jonathan", un nombre simbólico que le dimos para llamarlo de alguna manera. No habla con nadie, muy raras veces abre la boca, pero siempre está con nosotros. En las reuniones, en los paseos, en el teatro, y hasta en la guerra… aunque en bandos contrarios. Él fue quien derribó mi aeroplano en la batalla de Château-Thierry en 1918 cuando fui piloto del ejército Aliado. Fue una visión fugaz pero lo reconocí en el caza alemán que me disparó. Qué extraño, nunca llegamos a hablar de aquello, y más curioso aún, es que no me parece que sea alemán ni menos un simpatizante de las ideas de las potencias del Eje, su rostro afilado le da un aspecto más bien gitano.
Con los años llegué a acostumbrarme a su presencia impregnada de acontecimientos fabulosos, acontecimientos que a cualquiera pudieran admirar, pero que a su lado parecen cotidianos. Es como un magneto que atrae hechos fantásticos o, en el mejor de los casos, inexplicables, él no es un mago ni un brujo, las cosas sólo ocurren justo cuando él está presente. ¿Coincidencia?, no lo sé, jamás lo sabré.
Cuando estuve afligido por aquella decepción amorosa que me quitó las ganas de vivir, me ayudó, conversamos largo, necesitaba un amigo y él se puso en su lugar, a pesar de su distancia y frialdad, creo que era lo más cercano a uno. Caminamos por la arena de una playa mediterránea de la costa francesa, aquel día, bajo el ocaso, habían algunos niños aún chapoteando en el mar. Jugaban con un objeto oscuro y grande. Afiné mi vista, pensé que se trataba de un par de delfines, pero luego me di cuenta que eran tiburones, dos enormes tiburones revolcándose con los niños casi en la orilla de la playa. Jugando, como si se tratara de mascotas domésticas y amaestradas. Moviendo sus aletas y filudos hocicos entre las risas infantiles.
Pero en compañía de "Jonathan" eso no me asombró. Como tampoco asombraba a la gente su figura extravagante y misteriosa, ni su ropa anticuada y su caminar ligero, casi levitando. Su rostro no es agradable, es más bien feo, de una fealdad maliciosa, tiene los pómulos muy marcados y los caninos tan pronunciados que parecen colmillos, y al hablar le dan una expresión bestial a su rostro. Sin embargo, "Jonathan" siempre está en compañía femenina. Ellas lo siguen, sucumben a su penetrante mirada, en las reuniones y fiestas es común que él desaparezca por alguna oculta puerta con una o dos hermosas damas de alta sociedad. Muchas veces ha destrozado las galantes y varoniles pretensiones nuestras, él se nos adelanta, pero eso no nos incomoda, sólo nos cambia los planes, además sus relaciones son fugaces.
En una ocasión se fue con todas las mujeres presentes, fue un hecho muy especial, no sólo por el éxodo masivo de ellas.
Ocurrió en la lujosa casa de los padres de mi buen amigo René, ya hace una década, disfrutábamos una cordial velada de convivencia universitaria, y de pronto una de las féminas gritó, y al aproximarnos para ver qué sucedía, descubrimos entre los almohadones de un fino sillón una araña del tamaño de una mano. Luego aparecieron más, y más, no sabíamos de dónde salían. En minutos la sala se repletó de aquellos peludos arácnidos, estaban en el piso, en el techo, en las cortinas, en las mesas, en las ropas, por todas partes, fue una invasión. Cuando mi amigo René, entre los gritos histéricos de las damas, intentó aplastar a una, "Jonathan" lo detuvo, y nos dijo, al percibir nuestra desaprobación, que no debíamos matarlas, que las arañas eran el símbolo del destino, y matar una araña era detener ese destino, estancar nuestras vidas, que el hilo que tejían era el nexo que nos unía al futuro —de esos esotéricos matices eran todos sus discursos—. Comprendimos el mensaje (o pretendimos comprenderlo), y las enormes arañas sobrevivieron esa noche, y entre risas y comentarios, desaparecieron sin que lo notáramos, así como desaparecieron las señoritas presentes junto a "Jonathan". Las botellas de brandy nos consolaron.
Lo llegamos a considerar un amigo, y algo comparado a un maestro espiritual o un filósofo de muy pocas palabras que aparecía y desaparecía sin que lo notáramos, que andaba entre nosotros como un fantasma, muchas veces desapercibido, y otras veces, las pocas, atrozmente evidente, pero nunca nos hizo mal, al contrario, su presencia nos infundía una serenidad armoniosa.
De esa forma mágica lo vi aparecer en mi dormitorio en varias ocasiones, cuando me despertaba una pesadilla a medianoche o al levantarme por la mañana. Lo encontraba sentado en alguna silla observándome, concentrado, como una madre vigila el sueño de un niño demasiado pequeño y frágil. Ahora lo hallé de esa misma manera, en la sala. Debí quedarme dormido en el sofá mientras leía un libro. Tenía en la solapa de su chaqueta negra una notoria mancha de sangre a la que no le di mayor importancia, pero la expresión intranquila de sus facciones me llamó la atención
—¿Qué le ocurre?— le pregunté despejándome con perezosa los ojos con los puños.
—Lo que siempre me ha ocurrido, nada más— fue su desganada y ambigua respuesta.
—¿Hay algo que pueda hacer por usted, mi amigo? —dije con preocupación, mientras me inclinaba para tomar un cigarrillo desde la petaca sobre la mesita de la sala.
—No puede. No hay nada que usted ni nadie pueda hacer —estaba derrotado, cabizbajo, sus maneras eran torpes y tenía un estilo poco decoroso en su postura.
Encendí el cigarro y agregué con inocente entusiasmo y una mirada de compasión amigable.
—Cuénteme lo que le ocurre, quizás entre los dos podríamos encontrar ayuda.
—¿Está seguro de querer saber?, ¿está seguro de poder creer lo que tengo que decir? —sus palabras sonaron cargadas de cierta pizca de rencor o ironía que no pude determinar con precisión.
—Claro, mi amigo. A usted lo estimo mucho y no tendría por qué dudar de su palabra —repliqué tratando de recuperar su confianza.
—Hay cosas que están por sobre la amistad, que están por sobre todas las cosas que usted conoce o considera ciertas o correctas. La existencia…, el espíritu, la materia, la creación…
No comprendí lo que quería decirme y se lo hice saber, y él, mirándome piadosamente, como a un niño sin discernimiento, replicó.
—¿No me entiende?… menos va a entender lo que me pasa. Yo no existo, colega —cuando usaba esa palabra yo lo asumía a nuestras ocupaciones en la guerra; nadie le conocía una actividad concreta—. Lo que ve usted aquí sentado en su sala no es una persona ni un ser, es sólo una visión, ¿qué le parece la noticia?…
Aún sin comprender, ahora asombrado además, me quedé mudo. Mi silencio me incomodó demasiado y la réplica de "Jonathan" no se hizo esperar y, aunque defensiva, la sentí como un verdadero salvavidas:—Dígalo… Me cree loco, ¿no es verdad?
Pensé que hablaba en forma metafórica, pero al mirar sus ojos rojos capté la sinceridad y objetividad de sus palabras. No logré dar crédito a lo que me decía, no podía, quizás su mente estaba alterada, y se encontraba atravesando por una fugaz pérdida de cordura. Me incomodó mucho su afirmación, y moviéndome nervioso en el sofá, dije contrariado.
—¿Una visión?, ¿qué me quiere decir?, yo lo veo, lo escucho, lo puedo tocar, lo puedo oler, lo puedo hasta asesinar, y nadie puede asesinar lo que no existe.
—Se puede, camarada, claro que se puede. Yo soy un sueño, soy producto de la arbitraria imaginación de un durmiente. Todos aquí lo somos, pero yo pude darme cuenta, porque sólo yo soy el producto de una fantasía, sólo yo no tengo pasado ni memoria. Usted y sus amigos son verídicos, ustedes son un recuerdo de entes de carne y hueso, reflejos de personas reales, de seres con un alma, que después de acabado el sueño seguirán viviendo; yo soy un invento, un ser ficticio. Es terrible, he vivido pensando, temiendo, que mi creador despierte y me quite la existencia sin alma, que algún nocturno ladrido de perro lo saque de su sueño, que un sobresalto le espante el descanso, que un terremoto lo mate y en consecuencia me mate a mí.
—No puedo creer lo que me dice, es asombroso… pero dígame, si usted es un sueño… si todos somos un sueño ¿por qué hemos vivido tanto tiempo?, yo a usted lo conozco desde siempre, ¿acaso quién nos sueña duerme eternamente?
—Un sueño, mi amigo, puede durar un minuto, pero ése es el tiempo en que se duerme, el tiempo real en la existencia del soñador, no obstante, en ese sueño puede transcurrir una vida entera si se quiere, una vida de fantasía en un minuto terrenal. El tiempo onírico es extremadamente relativo y muy diferente al que usted conoce, véalo como otra dimensión distinta, como una desconocida quinta o sexta dimensión totalmente subjetiva, que no se rige por las leyes convencionales de la física y la matemática.
—¿Pero, cómo puede saber todo eso?, ¿cómo determinó que usted es un sueño… que todos somos un sueño?
—Míreme. ¿Le parezco un hombre normal?, ¿le parece corriente mi aspecto?, ¿soy lógico?, yo no pertenezco a este lugar, amigo, soy diferente, convénzase, soy un esclavo, tengo dueño, hago lo que dice mi amo, el que me sueña. Aparezco y desaparezco de la escena sin quererlo yo, soy un personaje, un prototipo de un deseo que se ha hecho visual, el protagonista de ese libro que lee usted no tiene nada que envidiarme a mí, tanto él como yo somos imaginarios, no somos dueños de nuestro destino, pero a diferencia de él, yo dejaré de existir pronto y caeré en el más absoluto olvido, sólo seré un recuerdo efímero del soñador, en cambio, el personaje de su libro puede llegar a ser eterno. He vivido con miedo toda mi exigua vida, con el miedo de que mi dueño despierte y que me asesine al hacerlo, cada mi




