El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




Ernesto "Che" Guevara





14 de junio de 1928 - 14 de junio de 2011


Consternados, rabiosos
Vámonos,
derrotando afrentas.

ERNESTO "CHE" GUEVARA

Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles

da verguenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nunca estuvo
con la cinta tan pálida

vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart

da vergüenza el confort
y el asma da vergüenza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido

eres nuestra conciencia acribillada

dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar las buenas
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro

dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo

basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos

así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el tiempo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará mas limpia

estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella

donde estés
si es que estás
si estás llegando

aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones

donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios

pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.

Mario Benedetti






Lo han cubierto de afiches /de pancartas
de voces en los muros
de agravios retroactivos
de honores a destiempo
lo han transformado en pieza de consumo
en memoria trivial
en ayer sin retorno
en rabia embalsamada

han decidido usarlo como epílogo
como última thule de la inocencia vana
como añejo arquetipo de santo o satanás
y quizás han resuelto que la única forma
de desprenderse de él
o dejarlo al garete
es vaciarlo de lumbre
convertirlo en un héroe
de mármol o de yeso
y por lo tanto inmóvil
o mejor como mito
o silueta o fantasma
del pasado pisado

sin embargo los ojos incerrables del che
miran como si no pudieran no mirar
asombrados tal vez de que el mando no entienda
que treinta años después sigue bregando
dulce y tenaz por la dicha del hombre.

Mario Benedetti

Che,El Camino del fuego - Orlando Borrego



Che,El Camino del fuego
Orlando Borrego







Orlando Borrego fue el colaborador más cercano del Che durante los años en que éste dirigió el Ministerio de Industrias y otras instituciones en Cuba. En esa época el Comandante Guevara también desarrolló una intensa labor en el campo de las relaciones internacionales de la Revolución Cubana. El multifacético trabajo del Che le permitía tener una visión de carácter mundial. Su vasta cultura más una actitud antidogmática y creativa dieron fertilidad a su análisis científico para conocer a fondo los males del capitalismo y los errores cometidos en los países socialistas de Europa en su tránsito hacia una nueva sociedad. Toda su obra es "un grito dado desde el subdesarrollo"
Gracias a su identificación con Fidel Castro tuvo la oportunidad de aplicar sus ideas en la creación del proyecto revolucionario cubano. Desarrollo e implantó un sistema económico integral en la industria y otros sectores, cuya aspiración suprema era "la formación del hombre nuevo".
Borrego que vivió este novedoso proceso día a día junto al Che ha reunido en este libro la historia de aquellos tiempos y lo ha lo grado de manera organizada y lúcida, destacando las conclusiones y enseñanzas de cada etapa. Junto a ello, una narrativa matizada de anécdotas no conocidas hasta hoy nos acerca como nunca a conocer la personalidad del Che.




Reportaje efectuado a Borrego por el periódico Granma Internacional, el 7 de Setiembre/01

• Orlando Borrego, uno de los más cercanos colaboradores del comandante Ernesto Guevara, habla con Granma Internacional sobre su nuevo libro Che: el camino del fuego



Che - Pensamiento y Política de la Utopía - R. Massari



Che Guevara - Pensamiento y Política de la Utopía - Roberto Massari
Txalaparta



El nombre y la imagen de Che Guevara siguen siendo el exponente romántico, humano y militante de una generación. Pero Ernesto Guevara, mitificado como hombre de acción, ha parecido en demasiadas ocasiones oculto para la historia del pensamiento político. Este libro nos ofrece la posibilidad de conocer desde cerca la experiencia formativa del Che y los debates con sus compañeros, hasta sus preferencias literarias, su preocupación por el desarrollo de procesos revolucionarios en diversas partes del mundo, su concepción original de la relación teoría-práctica o sus reflexiones acerca de la educación y el papel de la mujer en los movimientos de liberación. Este libro es un estudio crítico comprometido en reconstruir las teorías de un Che sorprendente, netamente antidogmático, polémico y libertario que cobra especial interés en estos momentos vacilantes de la izquierda mundial.



Ética, política y violencia




Vigencia de Ernesto Che Guevara
Ética, política y violencia

Pilar Calveiro
Nómada

Cuatro décadas después de su muerte, la imagen del Che Guevara persiste en el imaginario de generaciones enteras en todo el planeta. Más allá del uso y abuso de su figura a nivel comercial, también sus ideas y su práctica política cobran vigencia en un presente marcado por alternativas frustradas y un tejido social fragmentado. La ensayista argentina Pilar Calveiro indaga en las razones que permiten comprender cómo la coherencia y entrega del guerrillero renuevan todo el tiempo la discusión entre política, ética y violencia.

Cuenta Paco Ignacio Taibo II que Luis Figueroa, un dibujante que vende retratos del Che en Guayaquil, le comentó que la imagen de Guevara "es la que más se vende. Por cada retrato de Jesucristo vendo 30 del Che". ¿Por qué? ¿Quiénes compran su imagen 40 años después de su muerte y qué es lo que conocen, reconocen o asignan a ese rostro suyo, serio y emboinado?

Más allá de los usos mercadotécnicos a los que se somete todo dentro de nuestras sociedades, es necesario reconocer, en primer lugar, que hablar del Che Guevara es hablar de mucha pieza, no sólo en términos humanos –como se lo suele reivindicar– sino también políticos. Hay un tipo de pequeñez que tiende a reducir todo a su propia escala; tal el caso de ciertos políticos o intelectuales que, inmersos en formas irrelevantes de la política, sólo pueden reconocer su propio vacío en lo que miran. Hay quienes pretenden que el "éxito" de la imagen del Che es posible por un vaciamiento del sentido original, en una especie de iconografía del rebelde, así, sin referencia política alguna. Trataré de indagar, en cambio, en otra dirección: la posible vigencia de las ideas y la práctica política del Che como razón de la persistente popularidad de su imagen.

Creo que, mal que le pese a algunos supuestos demócratas, es por este tipo de razones que falta mucho aún para que "el Che se desvanezca envuelto en seis carteles y una camiseta" (Taibo II). Sin embargo, el hecho de aducir razones políticas en la supervivencia de su imagen, nada tiene que ver con "volverlo dogma, esquema o santo bobo" –bueno pero torpe.

En esta línea de reflexión, no trataré de hacer un balance de sus aciertos y desaciertos –tarea que me quedaría demasiado grande– sino que me limitaré a esbozar algunas de las razones de la vigencia del Che para, en otros términos, tratar de entender qué convoca su presencia en nosotros, hoy, ya bien entrada la primera década de este siglo XXI, que amenaza con ser más sangriento aún que el anterior.

Primer asunto: Ese rostro del Che que aparece en su fotografía más famosa, no en vano lo presenta con el pelo largo, la boina con estrella y el traje de guerrillero. No es el Che de civil, ni como ministro de la Revolución Cubana, ni como padre, sino en su condición de combatiente irregular. ¿Por qué se recupera precisamente esa imagen de guerrillero, cuando esta forma de lucha ha caído en un descrédito tan grande, y cuando resultan tan claras sus limitaciones? La imagen de guerrillero remite directamente a la condición política de Guevara y en particular a su carácter irregular, como otra forma de la política, no institucional, de lucha, de riesgo y de muerte, que hoy vuelve a cobrar fuerza.

Asimismo, hay una referencia constante a ciertos rasgos personales del Che. Uno de ellos, la honradez con la que se desempeñó como funcionario de la Revolución Cubana. Como ministro de Industria le dijo a sus colaboradores cuando asumió el cargo: "Nosotros podemos meter la pata, pero no la mano en la lata". El cumplimiento personal de este mandato se verificó en su carta de despedida: "No dejo a mis hijos y a mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea... no pido nada para ellos pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse". Esto mismo remite a otro rasgo que ni sus detractores niegan: la enorme coherencia entre su palabra y su práctica, que consta en numerosas anécdotas de su vida y en su propia condición de guerrillero, en la que, como hijo de una familia acomodada primero y como funcionario de una revolución triunfante después, tenía todo para perder y nada para ganar, en términos personales. También se reconoce su autoexigencia, que lo llevó a no pedir de los demás lo que no estaba en condiciones de ofrecer él mismo, su disposición a "poner el cuerpo" y a ser capaz de una apuesta política tan alta que implicaba jugar la vida y la muerte.

En síntesis, honradez, veracidad, coherencia, autoexigencia, valor, y sobre todo entrega en la búsqueda de un beneficio extrapersonal, no son aquí rasgos morales de una "buena persona" simplemente, sino que señalan una forma de entender y practicar la política con un alto contenido ético. Y hoy, en el marco de una degradación general de la vida pública, se nos presenta esto como una de las vigencias ejemplares del Che: la necesidad de resignificar éticamente a la política.

Segundo asunto : Se han escrito –y he escrito– muchas páginas sobre los numerosos errores implícitos en la teoría del foco, de la que el Che fue su máximo exponente. El solo hecho de observar el resultado de la mayor parte de las experiencias guerrilleras de América Latina permite reconocer las limitaciones políticas de esa perspectiva.

Sin embargo, es importante recordar que, para la época en la que se realizó la Revolución Cubana, existía en América Latina una izquierda "tradicional", nucleada principalmente en los partidos comunistas. Dicha izquierda suponía la existencia de una suerte de "leyes de la historia", según las cuales debían darse ciertas condiciones objetivas primero, para que existiera la posibilidad de un desarrollo posterior de las condiciones de conciencia que permitirían el avance de los procesos revolucionarios. Las llamadas condiciones objetivas se referían al necesario desarrollo del modo de producción capitalista para que, sólo una vez desplegadas y agotadas, pudieran "darse" las condiciones subjetivas o de conciencia, necesarias para un cambio revolucionario.

Como es evidente, esta postura propiciaba una actitud política básicamente pasiva, en la que todo avance de la modernización capitalista se consideraba positivo puesto que acercaba al desarrollo de las mentadas condiciones materiales, que darían lugar al desarrollo subsecuente de la conciencia revolucionaria.

Por oposición a esta visión determinista del cambio social, la teoría del foco consideraba que la acción revolucionaria era capaz de crear condiciones subjetivas, es decir, de conciencia. En otros términos, rehusaba continuar con la interminable discusión sobre las condiciones objetivas y subjetivas; rechazaba una visión fatal de la historia, mecanicista y economicista, para proponer la importancia de la acción política en la transformación social.

La centralidad de la voluntad, del querer como prerrequisito de la acción transformadora –que algunos críticos atribuyen al "voluntarismo" foquista– es sin embargo una idea previa, de filiación incluso arendtiana, que estaba presente en el debate y en el imaginario de los años 60 y 70, aun fuera del ámbito de reflexión marxista. Eso explica tal vez la fuerza de una afirmación tautológica de la época, pero que tuvo gran peso: "El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución".

Frente a la pasividad que considera lo real como demasiado inmaduro o demasiado adverso y renuncia a la acción, el énfasis en el hacer, en la acción como motor de la política, la apuesta por la potencialidad de ésta para la transformación radical de la sociedad es probablemente otro de los aspectos más vigentes de la concepción política del Che. Hoy más que nunca se requiere rescatar a la política de la tristeza de la negociación y el acuerdo mezquinos, para reencontrar en ella la potencialidad, la acción capaz de abrir la posibilidad de otras formas de convivencia más justas, menos excluyentes, lo que entonces llamábamos socialismo, y que nunca fue.

Tercera cuestión: Uno de los aspectos más criticados de la figura del Che es, sin embargo, aquel que convalida la imagen popularizada: su condición de guerrillero que remite de manera directa al ejercicio de la política en su versión armada.

Sin duda, el recurso de las armas como instrumento de transformación política ha quedado fuertemente desacreditado en las últimas décadas. Ese desprestigio se debe, en primer lugar, a la derrota terriblemente costosa en términos humanos y políticos, que sufrieron los proyectos armados –guerrilleros o de cualquier otra variante– durante los años 60, 70 y 80.

El análisis de esas experiencias muestra que se deslizaron paulatinamente hacia una visión guerrera de la política, que la simplificó, anulando las dimensiones del acuerdo, la concertación y el consenso, al tiempo que la reducía a la dialéctica amigo-enemigo, es decir, a las relaciones coercitivas de poder. Puesto el juego en tal terreno, la vocación represiva del Estado se desencadenó con toda su potencia en políticas brutalmente represivas, cuyo denominador común fue la desaparición de personas como doctrina represiva del Estado. Desde México hasta Argentina se detuvo, torturó, asesinó y desapareció a miles y miles de personas para cortar el paso de cualquier proyecto alternativo pero, principalmente, de aquellos que pusieron en entredicho el monopolio estatal de la violencia legítima. De esta manera se dominó a sociedades en franca desobediencia mediante el asesinato directo de los activistas, la destrucción de sus formas organizativas y la diseminación del terror como mecanismo de control e inmovilización

Nuestras sociedades quedaron fuertemente marcadas por estas experiencias, que dejaron la impronta propia de las derrotas: fragmentación, desorganización y miedo.

Fue en ese contexto que nos acontecieron las democracias. Las buscamos como oxígeno necesario, para volver a respirar y salir de regímenes opresivos; pero también nos acontecieron puesto que, en un contexto de derrota, no fueron las organizaciones sociales y políticas populares las que definieron sus modos y sus contenidos sino que el mismo Estado nos "regaló" democracias a su medida. Aperturas desde los propios regímenes militares o bien retiradas "voluntarias" de los dictadores, que dejaban tras de sí legislaciones pero, sobre todo, estructuras de poder que les cubrieran las espaldas. Los militares se iban lenta o abruptamente pero de manera bastante acordada; los partidos únicos se volvían condescendientes y aceptaban compartir el poder y las ganancias; donde subsistían guerrillas poderosas se llamaba a procesos de diálogo; en todas partes se convocaba a elecciones mientras se convivía con los perpetradores de los crímenes de Estado. Pero tal vez lo más interesante fue el descubrimiento de las virtudes de la democracia por parte del poder norteamericano, y su receta general y obligatoria para todas las naciones del continente entre los años 80 y 90.

¿Qué pasaba? La democracia que, como principio de mayoría, es peligrosa en los momentos de organización y construcción de modelos alternativos, se convierte en inocua en los momentos de desconcierto, falta de alternativas y debilitamiento de los vínculos sociales. Así, las democracias que se constituyeron en los 80 y 90 fueron producto de la represión y las derrotas previas que desorganizaron y "estallaron" la sociedad civil, haciéndola añicos.

En ese contexto se desplegó un discurso democrático pretencioso e hipócrita que intentó convencernos de las bondades de ESA democracia, que debía ser como nos la proponían: incluyente, transparente, pacífica. La condición de incluyente equivalía al reconocimiento formal de todos, pero no contemplaba su participación efectiva, económica, social y política; por el contrario, incrementó y profundizó la exclusión, año tras año. La condición de transparente reclamaba la visibilidad de los sectores a controlar, mientras el Estado se hacia cada vez más y más opaco, en franca colusión con toda clase de poderes corporativos, bien llamados fácticos. La condición de pacífica demandaba la renuncia a toda forma de violencia –rápidamente asociada con la descalificación de terrorista– por parte de la sociedad, mientras reafirmaba la violencia estatal, que se mantuvo y fue aumentando, aunque bajo otras formas. El discurso de esas democracias encubre el componente violento de su poder, de un poder que es estatal pero también empresarial, comunicacional, cultural, jurídico y, en todas sus manifestaciones, profundamente violento.

Las actuales democracias tienen un núcleo perverso: despliegan violencias extraordinarias pero arguyen que cualquier uso de la fuerza es un out side, una especie de fuera de lugar del juego democrático. De esta manera no desautorizan cualquier recurso a la violencia externo al Estado –como ocurría en su forma clásica–; por el contrario, privatizan cada vez más las funciones de seguridad, negocian y acuerdan con las grandes redes delictivas generadoras de las mayores violencias, y en algunos casos incluso promueven la creación de grupos paramilitares y parapoliciales que desatan muerte y terror. Al mismo tiempo que permiten y alientan estas violencias brutales, consideran inaceptables las forma mínimas de la violencia social, como la protesta con ocupación de calles o vías de comunicación, la autodefensa de grupos o localidades y, ni se diga, cualquier tipo de agresión abierta contra la red del gran poder corporativo económico, político y comunicacional.

Este discurso y esta forma de oponerse teóricamente a "toda" violencia no es más que una manera de deslegitimar la violencia social y política de unos, para convalidar la de otros, legitimando el uso de la fuerza no sólo estatal sino también de las redes no institucionales que funcionan y se cobijan a través de la institucionalidad supuestamente democrática.

En otros términos, buena parte del discurso pacificador, que por rechazar toda forma de violencia deslegitima la figura del Che como militante armado, pasa por alto, al mismo tiempo, la consustancialidad de política y violencia que existe en nuestras sociedades. En lugar de este horror hipócrita por la violencia (y digo hipócrita por el pretendido desconocimiento de que la tenemos actuando ahí, frente a nuestras narices, de manera permanente, sólo que, naturalmente, sobre otros), en lugar de este falso horror, el momento actual reclama una reconsideración detenida de las relaciones entre política y violencia.

La política armada de los años 70 dejó algunas enseñanzas que no apuntan precisamente a la idea de independencia de la política con respecto a la violencia. Tampoco apuntan a la comprensión de la política como un asunto bélico o como puro acto de fuerza. Más bien señalan en la dirección del delicado entrecruce entre política y violencia. Parecen indicar que las políticas de resistencia deben recurrir a formas de lo impositivo, sin las cuales el poder se vuelve ciego y sordo, pero también apuntan en el sentido de que entrar de lleno en el espacio de la confrontación termina siendo un camino de derrota para los débiles. Los nuevos movimientos sociales parecen haber aprendido esta lección que está en diálogo y en contraposición con las propuestas del Che después de la Revolución Cubana.

La relación entre política y violencia se planteó entonces bajo presupuestos que resultaron inadecuados, pero la preocupación por esta relación y la búsqueda de respuestas era y es de primera importancia para la construcción de otra política.

Concluyendo entonces, la profusión de las imágenes del Che a cuarenta años de su muerte, no parece explicarse por su siempre hermosa cara, por la eterna juventud de su rostro, ni por la referencia a una rebeldía genérica, sin más.

Antes bien, creo que el Che es uno de esos muertos que nos convocan a recodar ciertas promesas incumplidas del pasado que se actualizan, llenas de sentido, en el momento presente. La relación entre ética, política y violencia, como tríada inseparable pero de difícil articulación y la importancia de la acción en la transformación del mundo son asuntos centrales del pensamiento y la práctica del Che que conservan hoy una vigencia innegable.

Tal vez es cierta hambre de lo ético en la política, cierta necesidad de acción y la sospecha de algo vacío y mentiroso en la pacificación de las democracias actuales lo que sostiene, después de cuarenta años, aquella antigua imagen del Che, con su boina y su uniforme de guerrillero.


Este artículo apareció publicado en el número 10, del Año 2, de la revista cultural Nómada, de la UNSAM (Universidad Nacional de General San Martín), Buenos Aires, Argentina.

Pilar Calveiro nació en Buenos Aires. Es Doctora en Ciencia Política de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Detenida en 1977 por la dictadura militar argentina, permaneció secuestrada ilegalmente durante un año y medio en varios centros clandestinos. Publicó los libros Poder y desaparición, Política y/o violencia. Una aproximación a lo guerrilla de los años 70 y Redes familiares de sumisión y resistencia.
Fuente



Che Guevara. Pensamiento y política de la utopía - Roberto Massari



Che Guevara. Pensamiento y política de la utopía
Roberto Massari

Los Guevara «eran una familia católica, pero no practicante», según la descripción del viejo amigo de Alta Gracia, José Aguilar. (El hermano Roberto Guevara nos ha confirmado, sin embargo, recientemente, que a religión no logró nunca poner un pie en aquella casa, dominada por la figura intelectual y brillantemente racional de Celia de la Serna). Es cierto, como sea, que el catolicismo no debe haber ocupado un lugar significativo en la adolescencia del Che, ya que nunca sintió la necesidad de tener en cuenta o de detenerse a reflexionar sobre esto –aunque fuese retrospectivamente– en la fase de su plena y madura adhesión al ateísmo.

Por un simpático episodio ocurrido en el verano de 1952, en el lazareto de San Pablo en el Amazonas, se iene la impresión de que Ernesto, ya con veinticuatro años, jovencito emprendedor y agitado por problemas ntelectuales de todo tipo, mantuviese entonces una relación de pasiva condescendencia con el mundo de la religión. El lazareto era en efecto atendido por monjas que, no obteniendo justificaciones plausibles por parte de los dos vivaces jóvenes (Ernesto y Alberto) sobre la ausencia de ambos a la misa, reducían como castigo sus raciones de comida. En muchos diarios y textos de reflexión íntima del Che no se encuentra mucho más acerca del problema de la religión.

El vehículo de la formación religiosa en las familias de tradición católica (máxime de cultura «hispánica» o «latina») era por entonces normalmente la madre. Celia de la Serna, sin embargo, fue siempre una mujer animada por fuertes intereses intelectuales, de orientación racionalista, ciertamente ajenos al conformismo cultural del catolicismo en Argentina. Un país, por añadidura, en el que la Iglesia no tuvo una vida fácil y mucho menos en los años de la presidencia peronista.
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El Che Guevara Lector




El Che Guevara Lector
Por Ricardo Piglia


"Hay una escena en la vida de Ernesto Guevara sobre la que también Cortázar ha llamado la atención: el pequeño grupo de desembarco del Granma ha sido sorprendido y Guevara, herido, pensando que muere, recuerda un relato que ha leído. Escribe Guevara, en los Pasajes de la guerra revolucionaria: “Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo”.

Piensa en un cuento de London, “To Build a Fire” (Hacer un fuego) del libro Farther North, los cuentos del Yukon. En ese cuento aparece el mundo de la aventura, el mundo de la exigencia extrema, los detalles mínimos que producen la tragedia, la soledad de la muerte. Y parece que Guevara hubiera recordado una de las frases finales de London. “Cuando hubo recobrado el aliento y el control, se sentó y recreó en su mente la concepción de afrontar la muerte con dignidad”.

Guevara encuentra en el personaje de London el modelo de cómo se debe morir. Se trata de un momento de gran condensación. No estamos lejos de don Quijote, que busca en las ficciones que ha leído el modelo de la vida que quiere vivir. De hecho, Guevara cita a Cervantes en la carta de despedida a sus padres: “Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo”. No se trataría aquí sólo del quijotismo en el sentido clásico, el idealista que enfrenta lo real, sino del quijotismo como un modo de ligar la lectura y la vida. La vida se completa con un sentido que se toma de lo que se ha leído en una ficción.

En esa imagen que Guevara convoca en el momento en el que imagina que va a morir, se condensa lo que busca un lector de ficciones; es alguien que encuentra en una escena leída un modelo ético, un modelo de conducta, la forma pura de la experiencia.

Un tipo de construcción del sentido que ya no se transmite oralmente, como pensaba Benjamin en su texto “El narrador”. No es un sujeto real que ha vivido y que le cuenta a otro directamente su experiencia, es la lectura la que modela y transmite la experiencia, en soledad. Si el narrador es el que transmite el sentido de lo vivido, el lector es el que busca el sentido de la experiencia perdida.

Hay una tensión prepolítica en la búsqueda del sentido en Guevara. Pero a la vez podríamos decir que ha llegado hasta ahí porque ha resuelto ese dilema. De hecho, ha llegado hasta ahí también porque ha vivido su vida a partir de cierto modelo de experiencia que ha leído y que busca repetir y realizar.

En un sentido más general, Lionel Gossman se ha referido a la misma cuestión en Between History and Literature, cuando señala que la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal.

El hecho de que Guevara haya registrado los efectos y el recuerdo de una lectura para sostenerse ante la inminencia de la muerte nos remite a una serie de situaciones de lectura no sólo imaginadas en los textos, sino presentes en la historia propiamente dicha. Los que han visto por última vez a Ossip Mandelstam, el poeta ruso que muere en un campo de concentración en la época de Stalin, lo recuerdan frente a una fogata, en Siberia, en medio de la desolación, rodeado de un grupo de prisioneros a los que les habla de Virgilio. Recuerda su lectura de Virgilio y ésa es la última imagen del poeta. Persiste ahí la idea de que hay algo que debe ser preservado, algo que la lectura ha acumulado como experiencia social. No se trataría de la exhibición de la cultura, sino, a la inversa, de la cultura como resto, como ruina, como ejemplo extremo de la desposesión."


Ricardo Piglia es uno de los escritores argentinos mas reconocidos, autor de "La Ciudad Ausente", "Plata Quemada" y "El Ultimo Lector" entre otros. Para el cine, escribió el guión de "Foolish Heart" de Hector Babenco y el guión de "La sonámbula" de Fernando Spiner, etc. Conocido crítico y ensayista ha escrito ensayos sobre Arlt, Borges, Sarmiento, Macedonio Fernández y otros.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/




CheGuevara - Escritos


CheGuevara - Escritos


- A la juventud
- Biografia
- Camilo Guevara
- Carta del Che a Fidel Castro
- Cuba
- Discurso en las Naciones Unidas
- El cuadro, columna vertebral de la revolucion
- El diario del Che en Bolivia
- El socialismo y el hombre en Cuba
- El socialismo
- Ideologia de la revolucion cubana
- La guerra de guerrillas
- La piedra
- Mensaje a los pueblos del mundo a traves
- Politica
- Principios generales
- Reforma universitaria y revolucion
- Vieja Maria





"He nacido en la Argentina; no es un secreto para nadie. Soy cubano y también soy argentino y, si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie."




 
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