El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




La Dama Oval - Leonora Carrington





La Dama Oval

Leonora Carrington

Una dama muy alta y muy delgada se hallaba de pie delante de su ventana. La ventana era también muy alta y muy delgada. El rostro de aquella dama era pálido y triste.

Permanecía inmóvil y nada se movía cerca de la ventana, excepto una pluma de faisán que llevaba prendida en sus cabellos. Aquella temblorosa pluma atraía mi mirada. iSe remecía tanto en aquella ventana donde nada se movía!

Era la séptima vez que yo pasaba por delante de la mencionada ventana. La dama triste no se habla movido y, a pesar del frío que hacia aquella tarde, me detuve. Tal vez los muebles eran tan altos y delgados como ella junto a su ventana, y tal vez el gato (si es que había uno) respondía también a tales elegantes proporciones. Yo deseaba saber, era presa de curiosidad y de un irresistible deseo de entrar en la casa simplemente para cerciorarme.

Antes de caer en la cuenta de lo que hacía, me hallaba en la entrada. La puerta se cerró sin ruido detrás de mi, y por primera vez en mi vida me hallé en una verdadera mansión aristocrática. Era sobrecogedor.

Primero, el silencio era tan distinguido que apenas me atrevía a respirar; luego, los muebles y los objetos de adorno eran de una elegancia suma. Cada silla era por lo menos dos veces más alta que las sillas corrientes y mucho más angosta. Para aquellos aristócratas, hasta los platos eran ovales y no redondos como los que usa todo el mundo. En el salón donde se hallaba la Dama Triste el fuego brillaba en la chimenea y había una mesa llena de tazas y pastelillos. Cerca de las llamas, una tetera esperaba tranquilamente que su contenido fuese bebido.

Vista de espaldas, la Dama parecía aún más alta: tenia, a lo menos, tres metros de altura. El problema era éste: ¿cómo dirigirle la palabra? ¿Decirle que hacia un tiempo de perros? Demasiado trivial. ¿Hablar de poesía? ¿De qué poesía?

- Señora,¿le gusta a usted la poesía?

- No. Detesto la poesía -me contestó con una voz de fastidio, sin volverse hacia mi.

- Beba una taza de té; esto la tranquilizará.

- No bebo, no como. Lo hago para protestar contra mi padre, ese cochino.

Tras un cuarto de hora de silencio, ella se volvió y quedé sorprendida al advertir su juventud. Debía tener unos dieciséis años.

- Es usted muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años, mi estatura era la mitad de la suya.

- iMe importa un cuerno! De todos modos, sirvame un poco de té, pero no lo diga a nadie. Tal vez tome uno de esos pastelillos, pero recuerde sobre todo que no debe decir nada.

Comió con un voraz apetito. Antes de engullir el vigésimo pastelillo, me dijo:

- Aunque me muera de hambre, él no ganará nunca. Desde aquí veo el cortejo fúnebre con sus cuatro gordos y relucientes caballos…, marchando lentamente, y mi pequeño ataúd blanco en medio de una nieve de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…

Tras una corta pausa, continuó, sollozando:

- ¡Aquí está el pequeño cadáver de la bella Lucrecia! Y, una vez muerta, ¿sabe usted?, no hay nada que hacer. Tengo deseos de matarme de hambre, sólo para jeringarlo. ¡Qué cerdo!

Dichas las anteriores palabras, salió lentamente de la estancia. La seguí.

Al llegar al tercer piso, entramos en una inmensa habitación destinada a los niños, donde, esparcidos por todas partes, se velan centenares de juguetes descompuestos y rotos. Lucrecia se acercó a un caballo de madera inmovilizado en actitud de galope, a pesar de su edad, que debía frisar en los cien años.

- Tártaro es mi preferido -dijo ella, acariciando el belfo del caballo-. Detesta a mi padre.

Tártaro se meció graciosamente sobre su balancín mientras yo me preguntaba cómo podía moverse solo. Lucrecia lo contempló, pensativa y unidas las manos.

- Irá muy lejos de esta manera -dijo-. Y cuando regrese, me contará algo interesante.

Al mirar hacia fuera, advertí que nevaba. Hacia mucho frío pero Lucrecia no se daba cuenta de ello. Un ruidito en la ventana llamó su atención.

- Es Mathilde -dijo-. Hubiera tenido que dejar abierta la ventana. Por otra parte, una se ahoga aquí.

Tras eso, rompió los cristales y la nieve entró junto con una urraca que, volando, dio tres vueltas por la habitación.

- Mathilde habla como nosotros; hace diez años le partí la lengua en dos. iQué hermosa criatura!

- iHermosa criatura! -graznó Mathilde, con voz de bruja-. iHermooosa crrrriaturrrrra!

Mathilde se posó en la cabeza de Tártaro, que continuaba balanceándose dulcemente, cubierto de nieve.

¿Has venido para jugar con nosotros? -preguntó Lucrecia-. Estoy contenta, porque me aburro mucho aquí. ¿Y si imagináramos que todos nos hemos convertido en
caballos? Yo voy a transformarme en caballo con nieve; esto será más verosímil. Tú, Mathilde, también eres un caballo.

- ¡Caballo! ¡Caballo! ¡Caballo! -graznó Mathilde, bailando histéricamente sobre la cabeza de Tártaro.

Lucrecia se arrojó a la nieve, que ya tenía mucho espesor, y se enroscó dentro de ella, gritando:

- iTodos somos caballos!

Cuando se levantó el efecto era extraordinario. Si yo no hubiese sabido que era Lucrecia, hubiera jurado que se trataba de un verdadero caballo. Era tan bello, de una blancura tan cegadora, con sus cuatro finos remos como agujas y una crin que caía en torno a su larga cara como si fuese agua. Reía, alegre, bailando locamente en la nieve.

- ¡Galopa, galopa, Tártaro! Pero yo seré más veloz que tú.

Tártaro no cambiaba de velocidad, pero sus ojos centelleaban. Sólo se velan sus ojos, porque estaba cubierto de nieve.

Mathilde chillaba y se golpeaba la cabeza contra los muros. Yo bailaba una especie de polka para que el frío no se apoderase de mi cuerpo.

De pronto, advertí que la puerta estaba abierta y que en el umbral se encontraba una vieja. Estaba allí seguramente desde hacia mucho rato, sin que yo hubiese reparado en ella. La vieja miraba a Lucrecia con ojos fijos y perversos. De repente, temblando de furor, gritó:

- ¡Deteneos! ¿Qué es eso? ¡Vaya, señoritas! Lucrecia, ¿no sabe usted que este juego está estrictamente prohibido por su padre? iRidículo juego! Ya no es usted una chiquilla.

Lucrecia bailaba moviendo peligrosamente sus cuatro piernas cerca de la vieja, al tiempo que lanzaba penetrantes carcajadas.

- iDeténgase, Lucrecia!

La voz de Lucrecia era cada vez más aguda, se desternillaba de risa.

- Bueno -dijo la vieja-. ¿No me obedece usted, señorita? Bueno. Entonces, lo lamentará. Voy a conducirla ante su padre.

Tenía una mano oculta detrás de su espalda, pero con una rapidez insólita en una persona tan anciana, saltó sobre Lucrecia y le puso el freno en la boca. Lucrecia se lanzó al aire, relinchando de rabia, pero la vieja no se apeó. Seguidamente, nos agarró a mi por los cabellos y a Mathilde por la cabeza, y los cuatro nos vimos lanzados a una furiosa danza. En el corredor, Lucrecia empezó a cocear y rompió cuadros, sillas y jarrones de porcelana. La vieja estaba pegada a la espalda de Lucrecia como un molusco a la roca. Yo estaba llena de heridas; creí muerta a Mathilde: colgaba lamentablemente de la mano de la vieja como un trapo.

En medio de una verdadera orgía de ruidos, llegamos al comedor. Sentado al extremo de una larga mesa, un anciano caballero, más semejante a una forma geométrica que a otra cosa, terminaba de comer. Bruscamente, una calma absoluta se estableció en la habitación. Lucrecia miró a su padre con los ojos hinchados.

- Entonces, ¿vuelves a las andadas? -dijo el viejo, cascando una nuez-. La señorita de la Rochefroide ha hecho bien en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí jugar a los caballos. Es la séptima vez que te amonesto, y seguramente estás enterada de que el número siete es el ultimo en nuestra familia. Me veo obligado, mi querida Lucrecia, a castigarte muy severamente.

La muchacha, bajo su forma de caballo, no se movió, pero las ventanas de su nariz palpitaron.

- Lo que voy a hacer es sólo por tu bien, pequeña -dijo el anciano, en voz muy baja. Y continuó-: Eres demasiado grande para jugar con Tártaro. Tártaro es para los niños. Por lo tanto, voy a quemarlo yo mismo hasta que no quede nada de él.

Lucrecia lanzó un grito terrible y cayó de rodillas.

- ¡Eso no! ¡Papa!

El anciano sonrió con gran dulzura y cascó otra nuez.

- Es la séptima vez, pequeña.

Lágrimas manaron de los grandes ojos de caballo de Lucrecia y cruzaron como dos riachuelos sus mejillas de nieve. La muchacha iba cobrando una blancura tan resplandeciente que era luz.

- ¡Piedad, papá, piedad! ¡No quemes a Tártaro!

Su voz aguda se hacia cada vez más delgada. Lucrecia estuvo pronto arrodillada en un lago de agua. Yo era presa de un miedo terrible de verla fundirse.

- Señorita de la Rochefroide, haga salir a la señorita Lucrecia -dijo el padre; y la vieja sacó de allí a la pobre criatura, mudada en un ser flaco y tembloroso.

Creo que él no había advertido mi presencia. Me oculté detrás de la puerta y oí al viejo subir a la habitación de los niños. A poco, me tapaba los oídos con las manos: unos espantosos relinchos se oían arriba, como si una bestia sufriese inauditas
torturas…


El Enemigo - Antón Chéjov







El Enemigo

Antón Chéjov

Es de noche, la criadita Varka, una chiquilla de trece años, mece en la cuna al niño, canturreando: Duerme, duerme, niño lindo, que viene el coco...
Una lamparilla verde encendida ante el icono alumbra con luz débil e incierta.
Colgados a una cuerda que atraviesa la habitación se ven unos pañales y un pantalón negro. La lamparilla proyecta en el techo un gran círculo verde; las sombras de los pañales y el pantalón se agitan, como sacudidos por el viento, sobre la estufa, sobre la cuna y sobre Varka.
La atmósfera es densa. Huele a pieles y a sopa de col.
El niño llora. Está afónico hace tiempo de tanto llorar, pero sigue gritando cuanto le permiten sus fuerzas. Diríase que su llanto no va a acabar nunca.
Varka está muerta de sueño. A pesar de todos sus esfuerzos, sus ojitos se cierran y, por más que intente evitarlo, da cabezadas. Apenas puede mover los labios; se siente la cara como de madera y la cabeza pequeñita como la de un alfiler.
Duerme, duerme, niño lindo... balbucea.
Se oye el canto monótono de un grillo escondido en una grieta de la estufa. En el cuarto inmediato roncan el maestro y el aprendiz Afanazy. La cuna, al mecerse, gime quejumbrosamente. Todos estos ruidos se mezclan con el canturreo de Varka en una música adormecedora, que es grato oír desde la cama. Pero Varka no puede acostarse, y la musiquilla la exaspera, pues le da sueño y ella no puede dormir. Si se durmiese los amos le pegarían.
La lamparilla verde está a punto de apagarse. El círculo verde del techo y las sombras se agitan ante los ojos entrecerrados de Varka, en cuyo cerebro medio dormido surgen vagos recuerdos.
La muchachita ve en ellos correr por el cielo nubes negras que lloran a gritos, como niños de teta. Pero el viento no tarda en barrerlas, y Varka ve un ancho camino, lleno de lodo, por el que transitan, en fila interminable, coches, gentes con talegos a la espalda y sombras. A uno y otro lado del camino, envueltos en la niebla hay bosques. De súbito, las sombras y los caminantes de los talegos se tienden en el lodo.
—¿Por qué hacéis eso? —les pregunta Varka.
—¡Para dormir! —le contestan—. Queremos dormir.
Y se duermen como lirones.
Cuervos y urracas, posados en los alambres del telégrafo, se empeñan en despertarlos
Duerme, duerme, niño lindo... canturrea Varka entre sueños.
Momentos después sueña hallarse en casa de su padre. La casa es angosta y oscura. Su padre, Efim Stepanov, fallecido hace tiempo, se revuelca por el suelo. Ella no lo ve, pero oye sus gemidos de dolor. Sufre tanto —de no se sabe qué enfermedad—, que no puede hablar. Jadea y rechina los dientes.
—Bu-bu-bu-bu...
La madre de Varka corre a la casa señorial a anunciar que su marido está muriéndose. Pero, ¿por qué tarda tanto en volver?
Hace largo rato que se ha ido y debía estar de vuelta ya.
Varka, acostada en la estufa, sueña que sigue oyendo quejarse y rechinar los dientes a su padre.
Más he aquí que se acerca gente a la casa. Se oye un trotar de caballos. Los señores han enviado al joven médico a ver al moribundo. Entra. No se le ve en la obscuridad, pero se le oye toser y abrir la puerta.
—¡Encended alguna luz! —dice.
—¡Bu-bu-bu! —responde Efim, rechinando los dientes.
La madre de Varka va y viene por el cuarto, buscando cerillas. Reina el silencio durante algunos instantes. El médico saca del bolsillo una cerilla y la enciende.
—¡Espere un instante, señor doctor! —dice la madre.
Sale corriendo y vuelve a poco con un cabo de vela.
Las mejillas del moribundo están rojas, sus ojos brillan, sus miradas parecen hundirse extrañamente agudas en el médico, en las paredes.
—¿Qué te pasa, muchacho? —le pregunta el médico, inclinándose sobre él—. ¿Hace mucho que estás enfermo?
—¡Estoy en las últimas, excelencia? —contesta, con mucho trabajo, Efim—. No me hago ilusiones...
—¡Vamos, no digas sandeces! Ya verás como te curas...
—Gracias, excelencia; pero bien sé yo que no hay remedio... Cuando la muerte llama a la puerta, es inútil querer luchar contra ella...
El médico reconoce detenidamente al enfermo y declara:
—Yo no puedo hacer nada. hay que llevarlo al hospital para que lo operen. Pero sin perdida de tiempo. Aunque ya es muy tarde, no importa; te daré cuatro letras para el médico y te recibirá. ¡Pero enseguida, enseguida!
—Señor doctor, ¿y cómo va a ir? —pregunta la madre—. No tenemos caballo.
—No importa; hablaré a los señores para que os dejen uno.
El médico se marcha, la vela se apaga y de nuevo se oye el rechinar de dientes del moribundo.
—Bu-bu-bu-bu...
Media hora después un coche se detiene ante la casa; lo mandan los señores para llevar a Efim al hospital. A poco el coche se aleja, conduciendo al enfermo.
Por fin la noche acaba y sale el sol. La mañana es hermosa, clara. Varka se queda sola en casa; su madre se ha ido al hospital a ver cómo sigue el marido.
Se oye llorar a un niño. se oye también una canción:
Duerme, duerme, niño lindo...
A Varka le parece que la voz que canta es su propia voz. Su madre no tarda en regresar. Se persigna y dice:
—¡Acaban de operarlo, pero ha muerto! ¡Que Dios lo tenga en su gloria! El médico dice que ha sido demasiado tarde; que debía habérsele operado hace mucho tiempo.
Varka sale de la casa y se dirige al bosque. Pero, de pronto, siente un terrible manotazo en la nuca. Se despierta y ve con horror a su amo, que le grita:
—¡Ah, sinvergüenza! ¡El niño llorando y tú durmiendo!
Le da un tirón de orejas; ella sacude la cabeza como para ahuyentar el sueño irresistible y empieza de nuevo a mecer la cuna, canturreando con voz ahogada.
El círculo verde del techo y las sombras siguen produciendo un efecto adormecedor en Varka, que, cuando su amo se va, torna a dormirse. Y empieza otra vez a soñar.
Ve de nuevo el camino enlodado. Infinidad de gente, cargada con talegos, yace dormida en la tierra. Varka quiere acostarse también; pero su madre, que camina a su lado, no la deja; ambas se dirigen a la ciudad en busca de trabajo.
—¡Una limosna por el amor de Dios! —implora la madre a los caminantes—. ¡Tened compasión de nosotros, buenos cristianos!
—¡Dame el niño! —grita de pronto una voz que le es muy conocida—. ¡Ya te has dormido otra vez, sinvergüenza!
Varka se levanta bruscamente, mira en torno suyo y se da cuenta de la realidad. No hay camino ni caminantes, ni su madre está junto a ella; sólo ve a su ama que ha venido a darle teta al niño.
Mientras el niño mama, Varka, en pie, espera que acabe. el aire empieza a azulear tras los cristales, el círculo verde del techo y las sombras van palideciendo. La noche cede el paso a la mañana.
—¡Toma el niño! —ordena a los pocos minutos el ama, abotonándose la camisa—. Siempre está llorando. ¡No sé qué le pasa!
Varka coge el niño, lo acuesta en la cuna, y empieza otra vez a mecerlo. El círculo verde y las sombras, menos perceptibles a cada instante, no ejercen ya ningún influjo sobre su cerebro. Sin embargo, sigue teniendo sueño. Su necesidad de dormir es imperiosa, irresistible. Apoya la cabeza en el bordee de la cuna y balancea el cuerpo siguiendo el ritmo del mueble, para despabilarse. Pero los ojos se le cierran y siente en la frente un peso plúmbeo.
—¡Varka, enciende la estufa! —grita el ama al otro lado de la puerta.
Es de día. Hay que empezar el trabajo.
Varka deja la cuna y va por leña al cobertizo. Se anima un poco; es más fácil resistir el sueño andando que sentado.
Lleva leña y enciende la estufa. La niebla que envolvía su cerebro se va disipando.
—¡Varka, prepara el samovar! —grita el ama.
Varka empieza a encender astillas, pero su ama la interrumpe con una nueva orden:
—¡Varka, limpia los chanclos del amo!
Varka, mientras limpia los chanclos, sentada en el suelo, piensa que sería delicioso meter la cabeza en uno de aquellos zapatones para dormir un rato. De pronto, el chanclo que estaba limpiando crece, se hincha, llena toda la estancia. Varka suelta el cepillo y empieza a dormirse; pero hace un nuevo esfuerzo, sacude la cabeza y abre los ojos cuanto puede, para evitar que los trastos que hay a su alrededor sigan moviéndose y creciendo.
—¡Varka, ve a lavar la escalera! —ordena el ama a voces—. Está tan cochina, que cuando sube un parroquiano la cara me cae de vergüenza.
Varka lava la escalera, barre las habitaciones, enciende después otra estufa, corre varias veces a la tienda. Son tantos sus quehaceres que no tiene un momento libre.
Lo que más esfuerzo le cuesta es permanecer en pie, inmóvil, ante la mesa de la cocina, mondando patatas. Su cabeza se inclina, sin que ella lo pueda evitar, hacia la mesa; las patatas cobran formas fantásticas; su mano no puede sostener el cuchillo. Sin embargo, es necesario no dejarse vencer por el sueño, pues allí está el ama, gorda, malévola, chillona. Hay momentos en que a la pobre muchacha la acomete un violenta tentación de tenderse en el suelo y dormir, dormir, dormir...
Varka, mirando como las tinieblas enlutan las ventanas, se aprieta las sienes, que se siente como de madera, y sonríe de un modo estúpido, sin ningún motivo.
Las tinieblas acarician sus ojos y hacen renacer en su alma la esperanza de poder dormir.
Aquella noche hay visitas en la casa.
—¡Varka, enciende el samovar! —grita el ama.
El samovar es muy pequeño y, para que todos puedan tomar té, hay que encenderlo cinco veces.
Luego Varka, en pie, espera órdenes, fijos los ojos en los visitantes.
—¡Varka, ve por vodka! Varka, ¿dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia un arenque!
Por fin las visitas se marchan. Se apagan las luces. Los amos se acuestan.
—¡Varka, mece al niño! —es la última orden.
El grillo canta en la estufa. El círculo verde en el techo y las sombras vuelven a agitarse ante los ojos, medio cerrados, de Varka y a envolverle el cerebro en una niebla.
Duerme, duerme, niño lindo... canturrea la pobre muchacha con voz soñolienta...
El niño berrea tanto que está a dos dedos de encanarse.
Varka, medio dormida, sueña con el ancho camino enlodado, con los caminantes de las talegas, con su madre, con su padre moribundo. No puede darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Sólo sabe que hay algo que la paraliza, pesa sobre ella, la impide vivir. Abre los ojos, tratando de inquirir qué fuerza, qué potencia es esa, y no saca nada en limpio.
Agotada mira el círculo verde, las sombras. En ese momento oye gritar al niño y piensa: "Ése es el enemigo que me impide vivir."
El enemigo es el niño.
Varka se echa a reír. ¿Cómo no se le había ocurrido hasta ahora una idea tan sencilla?
Completamente absorbida por tal idea, se levanta y, sonriente, da algunos pasos por la estancia. La llena de gozo el pensar que va a librarse en seguida del niño enemigo. Lo matará y podrá dormir todo lo que quiera.
Riendo, guiñando los ojos, se acerca sigilosamente a la cuna y se inclina sobre el niño.
Con las dos manos le atenaza el cuello. El niño se pone azul y a los pocos instantes muere.
Varka, entonces, alegre, feliz, se tiende en el suelo y se queda inmediatamente dormida, con un sueño profundo...

FIN



Las líneas de la mano - Julio Cortázar






Las líneas de la mano
Julio Cortázar

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso del parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entre el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, solo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha lasirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.


Historia de cronopios y famas, 1962

El azar - Roberto Bolaño







El azar
Roberto Bolaño

Le pregunté qué edad creía que yo tenía. Dijo que sesenta aunque sabía que yo no tenía esa edad. ¿Tan mal estoy?, le pregunté. Peor que mal, dijo. ¿Y tú te crees que estás mejor?, le dije. ¿Y si estás mejor por qué tiemblas? ¿Tienes frío? ¿Te has vuelto loco? ¿Y por qué me hablas sin que venga a cuento del comisario Damián Valle? ¿Él todavía es comisario? ¿Él no ha cambiado? Dijo que algo había cambiado, pero que seguía siendo un hijo de puta de mucho cuidado. ¿Todavía es comisario? Como si lo fuera, dijo. Si te quiere hacer daño te hará daño, esté jubilado o muriéndose en el hospital. ¿Y por qué tiemblas?, le dije después de pensar unos minutos. Tengo frío, mintió, y además me duelen los dientes. No me hables más de don Damián, le dije. ¿Es que yo soy amigo de ese madero? ¿Es que me junto con esbirros? No, dijo. Pues no me hables más de él. Durante un rato estuvo meditando. No sé en qué meditaría. Luego me dio un mendrugo de pan. Estaba duro y le dije que si comía esos manjares no me extrañaba que le dolieran los dientes. En el manicomio comíamos mejor, le dije, y eso es mucho decir. Vete de aquí, Vicente, me dijo el viejo. ¿Sabe alguien que estás aquí? ¡Pues entonces, albricias! Ahueca antes de que se enteren. No saludes a nadie. No despegues la vista del suelo y vete lo antes posible. Pero no me fui de inmediato. Me puse en cuclillas delante del viejo y traté de pensar en los buenos tiempos. Tenía la mente en blanco. Creí que algo se quemaba dentro de mi cabeza. El viejo, a mi lado, se arrebujó con una manta y movió las mandíbulas como si masticara, aunque no tenía nada en la boca. Recordé los años en el manicomio, las inyecciones, las sesiones de manguera, las cuerdas con que ataban a muchos por la noche. Vi otra vez aquellas camas tan curiosas que se ponían de pie mediante un ingenio de poleas. Sólo al cabo de cinco años me enteré para qué servían. Los internos las llamaban camas americanas. ¿Puede un ser humano acostumbrado a dormir en posición horizontal hacerlo en posición vertical? Puede. Al principio es difícil. Pero si lo atan bien, puede. Las camas americanas servían para eso, para que uno durmiera tanto en posición horizontal como en posición vertical. Y su función no era, como pensé cuando las vi por primera vez, castigar a los internos, sino evitar que estos murieran ahogados por sus propios vómitos. Por supuesto, había internos que hablaban con las camas americanas. Las trataban de usted. Les contaban cosas íntimas. También había internos que les temían. Algunos decían que tal cama le había guiñado un ojo. Otro que tal otra lo había violado. ¿Que una cama te dio por el culo? ¡Pues estás jodido, tío! Se decía que las camas americanas, de noche, recorrían muy erguidas los pasillos y se iban a conversar, todas juntas, al refectorio, y que hablaban en inglés, y que a estas reuniones iban todas, las vacías y las que no estaban vacías, y, por supuesto, quienes contaban estas historias eran los internos que por una u otra causa las noches de reunión permanecían atados a ellas. Por lo demás, la vida en el manicomio era muy silenciosa. En algunas zonas vedadas se oían gritos. Pero nadie se acercaba a esas zonas ni abría la puerta ni aplicaba el ojo a la cerradura. La casa era silenciosa, el parque, que cuidaban dos jardineros que también estaban locos y que no podían salir, aunque estaban menos locos que los demás, era silencioso, la carretera que se veía a través de los pinos y los álamos era silenciosa, incluso nuestros pensamientos discurrían en medio de un silencio que asustaba. La vida, según como se la mirara, era regalada. A veces nos mirábamos y nos sentíamos privilegiados. Somos locos, somos inocentes. Sólo la espera, cuando uno esperaba algo, enturbiaba esa sensación. La mayoría, sin embargo, mataba la espera enculando a los más débiles o dejándose encular. ¿Lo hice yo?, decíamos. ¿Verdaderamente lo hice yo? Y luego sonreíamos y pasábamos a otro asunto. Los doctores, los señores facultativos, no se enteraban de nada, y los enfermeros y auxiliares, mientras no les causáramos problemas a ellos, hacían la vista gorda. En más de una ocasión se nos fue la mano. ¡El hombre es un animal!. Eso pensaba a veces. En el centro de mi cerebro se materializaba eso. Sobre eso reflexionaba y reflexionaba hasta que la mente se quedaba en blanco. A veces, al principio, oía como cables entrelazados. Cables de electricidad o serpientes. Pero por lo general, más a medida que el tiempo me alejaba de aquellas escenas, la mente se quedaba en blanco: sin ruidos, sin imágenes, sin palabras, sin rompeolas de palabras. De todas maneras yo nunca me he creído más listo que nadie. Nunca he expuesto mi inteligencia con soberbia. Si hubiera ido a la escuela ahora sería abogado o juez. ¡O inventor de una cama americana mejor que las camas americanas del manicomio! Tengo palabras, eso lo admito humildemente. No hago alarde de ello. Y así como tengo palabras tengo silencio. Soy silencioso como un gato, me lo dijo el viejo cuando él ya era viejo pero yo todavía era un chaval. No nací aquí. Según el viejo nací en Zaragoza y mi madre, por necesidad, se vino a vivir a esta ciudad. A mí me da igual una ciudad que otra. Aquí, si no hubiera sido pobre, habría podido estudiar. ¡No importa! Aprendí a leer. ¡Suficiente! Más vale no hablar más del tema. También aquí hubiera podido casarme. Conocí a una chica que se llamaba, no me acuerdo, tenía un nombre como todas las mujeres y en algún momento hubiera podido casarme con ella. Luego conocí a otra chica, mayor que yo y, como yo, extranjera, del sur, de Andalucía o Murcia, una guarra que nunca estaba de buen humor. Con ella también hubiera podido formar una familia, tener un hogar, pero yo estaba destinado a otros fines y la guarra también. La ciudad, a veces, me ahogaba. Demasiado pequeña. Me sentía como si estuviera encerrado en un crucigrama. Por aquella época empecé, sin más dilaciones, a pedir en las puertas de las iglesias. Llegaba a las diez de la mañana y me instalaba en las escalinatas de la catedral o subía a la iglesia de San Jeremías, en la calle José Antonio, o a la iglesia de Santa Bárbara, que era mi iglesia favorita, en la calle Salamanca, y a veces, incluso, cuando me instalaba en las escalinatas de la iglesia de Santa Bárbara, antes de iniciar mi jornada de trabajo, entraba a misa de diez y oraba con todas mis fuerzas, que era como reírse en silencio, reír, reír, feliz de la vida, y a más oraba más me reía, que era la forma en que mi naturaleza se dejaba penetrar por lo divino, y esa risa no era una falta de respeto ni era la risa de un descreído, sino todo lo contrario, era la risa atronadora de una oveja trémula ante su Creador. Después me confesaba, contaba mis desdichas y mis vicisitudes, y luego comulgaba y finalmente, antes de volver a la escalinata, me detenía unos segundos ante la imagen de Santa Bárbara. ¿Por qué siempre estaba acompañada por un pavo real y por una torre? Un pavo real y una torre. ¿Qué significaba?. Una tarde se lo pregunté al cura. ¿Cómo es que te interesan estas cosas?, me preguntó a su vez. No lo sé padre, por curiosidad, le respondí. ¿Sabes que la curiosidad es una mala costumbre?, dijo. Lo sé, padre, pero mi curiosidad es sana, yo siempre le rezo a Santa Bárbara. Haces bien, hijo, dijo el cura, Santa Bárbara tiene buena mano con los pobres, tú sigue rezándole. Pero lo que yo quiero es saber lo del pavo real y la torre, dije yo. El pavo real, dijo el cura, es símbolo de inmortalidad. La torre tiene tres ventanas, ¿lo has notado? Pues las ventanas están puestas en la torre para representar las palabras de la santa, que dijo que la luz entró en ella o iluminó su casa por las ventanas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Lo entiendes?. No tengo estudios, padre, pero tengo juicio y sé discernir, le respondí. Después me iba a ocupar mi lugar, el lugar que me pertenecía, y pedía hasta que la iglesia cerraba las puertas. En la palma de la mano siempre me dejaba una moneda. Las otras, en el bolsillo. Y aguantaba el hambre aunque viera a otros comer pan o trozos de salchichón y queso. Yo pensaba. Pensaba y estudiaba sin moverme de las escalinatas. Así supe que el padre de Santa Bárbara, un señor poderoso llamado Dióscuro, la hizo encerrar en una torre, es decir la encarceló, debido a los pretendientes que la acosaban. Y supe que Santa Bárbara antes de entrar en la torre se bautizó a sí misma con las aguas de un estanque o de un regadío o de una pileta donde los campesinos almacenaban el agua de la lluvia. Y supe que escapó de la torre, la torre de las tres ventanas por donde entró la luz, pero fue detenida y llevada ante el juez. Y el juez la condenó a muerte. Todo lo que enseñan los curas está frío. Es sopa fría. Infusión fría. Mantas que no calientan durante el crudo invierno. Vete de aquí, Vicente, me dijo el viejo sin dejar de mover los carrillos. Como si comiera pipas. Consíguete una ropa que te haga invisible y lárgate antes de que se entere el comisario. Metí la mano en el bolsillo y, sin sacarla, conté mis monedas. Había empezado a nevar. Le dije adiós al viejo y salí a la calle. Caminé sin rumbo. Sin un plan preconcebido. Desde la calle Corona observé la iglesia de Santa Bárbara. Recé un poco. Santa Bárbara, apiádate de mí, dije. Tenía el brazo izquierdo dormido. Tenía hambre. Tenía ganas de morirme. Pero no para siempre. Tal vez sólo tenía ganas de dormir. Me castañeteaban los dientes. Santa Bárbara, ten piedad de tu servidor. Cuando la decapitaron, quiero decir cuando le cortaron la cabeza a Santa Bárbara, cayó un rayo del cielo que fulminó a sus verdugos. ¿También al juez que la condenó? ¿También a su padre que la encerró? Cayó un rayo y antes se oyó el estampido de un trueno. O al revés. Auténtico. Dios mío, Dios mío, Dios mío. No me acerqué más. Me contenté con ver la iglesia desde lejos y luego eché a caminar hasta un bar donde en mis tiempos se comía barato. No lo encontré. Entré en una panadería y compré una barra de pan. Después salté una tapia y me lo comí a salvo de miradas indiscretas. Sé que está prohibido saltar tapias y comer en jardines abandonados o en casas derruidas, por la propia seguridad del infractor. Te puede caer una viga encima, me dijo el comisario Damián Valle. Además, es propiedad privada. Está hecho mierda, criadero de arañas y ratas, pero sigue siendo, hasta el fin de los días, propiedad privada. Y te puede caer una viga encima de la cabeza y destrozarte ese cráneo privilegiado, me dijo el comisario Damián Valle. Después de comer salté la tapia y estuve otra vez en la calle. De pronto, me sentí triste. No sé si era la nieve o qué. Comer, últimamente, me produce desconsuelo. Cuando como no estoy triste, pero después de comer, sentado sobre un ladrillo, mirando caer los copos de nieve sobre el jardín abandonado, no sé. Desconsuelo y congoja. Así que me palmeé las piernas y eché a andar. Las calles empezaron a vaciarse. Durante un rato estuve mirando aparadores. Pero era mentira. Lo que hacía era buscar mi imagen en las vitrinas, en los ventanales. Después se acabaron los ventanales y sólo había escaleras. Agaché la cabeza y subí. Luego una calle. Luego la parroquia de la Concepción. Luego la iglesia de San Bernardo. Luego las murallas y más allá la fortaleza. No se veía ni un alma. Estaba en el cerro del Moro. Recordé las palabras del viejo: vete, vete, que no te pillen otra vez, desgraciado. Todo el mal que hice. Santa Bárbara, apiádate de mí, apiádate de tu pobre hijo. Recordé que por aquellas callejuelas vivía una mujer. Decidí visitarla, pedirle un plato de sopa, un suéter viejo que ya no quisiera, algo de dinero para comprar un billete de tren. ¿Dónde vivía esta mujer? Me metí en callejas cada vez más estrechas. Vi un portalón y golpeé. No abrió nadie. Empujé el portalón y accedí a un patio. A alguien se le había olvidado recoger la colada y ahora la nieve caía sobre la ropa de colores amarillentos. Me abrí paso por entre camisas y calzoncillos y llegué a una puerta con una aldaba de bronce que parecía un puño. Acaricié la aldaba pero no llamé. Empujé la puerta. Afuera empezaba a oscurecer a toda prisa. Tenía la mente en blanco. Los copos de nieve chisporroteaban. Avancé. No recordaba ese pasillo, no recordaba el nombre de la mujer, era una guarra, buena persona, injusta aunque le dolía, no recordaba esa oscuridad, esa torre sin ventanas. Pero entonces vi una puerta y me colé sigilosamente. Era una especie de almacén de granos, con sacos apilados hasta el techo. En un rincón había una cama. Tendido en la cama vi a un niño. Estaba desnudo y tiritaba. Saqué mi navaja del bolsillo. Sentado a una mesa vi a un fraile. La capucha le velaba el rostro, que tenía inclinado, absorto en la lectura de un misal. ¿Por qué el niño estaba desnudo? ¿Es que no había en aquella habitación ni una manta? ¿Por qué el fraile leía su misal en vez de arrodillarse y pedir perdón? Todo se tuerce en algún momento. El fraile me miró, dijo algo, le respondí. No se me acerque, dije. Después le clavé la navaja. Los dos nos quejamos hasta que él se quedó quieto. Pero yo tenía que asegurarme y se la volví a clavar. Después maté al niño. ¡Rápido, por Dios! Después me senté en la cama y tirité durante un rato. Basta. Era necesario irse. Tenía la ropa manchada de sangre. Busqué en los bolsillos del fraile y encontré dinero. En la mesa había unos boniatos. Me comí uno. Bueno y dulce. Abrí, mientras me comía el boniato, un armario. Sacos de cebolla y patatas. Pero colgando en el perchero había un hábito limpio. Me desnudé. Qué frío hacía. Después de revisar cada bolsillo, para no dejar pruebas incriminatorias, puse mi ropa en un saco, incluidos los zapatos y me até el saco a la cintura. Jódete, Damián Valle. En ese momento me di cuenta de que estaba dejando marcadas mis pisadas por toda la habitación. Tenía las plantas llenas de sangre. Durante un rato, sin dejar de moverme, las observé con atención. Me entraron ganas de reír. Eran huellas bailadoras. Huellas de San Vito. Huellas que no iban a ninguna parte. Pero yo sabía adónde ir. Todo estaba oscuro, menos la nieve. Empecé a bajar del cerro del Moro. Iba descalzo y hacía frío. Mis pies se enterraban en la nieve y a cada paso que daba la sangre se iba despegando de mi piel. Al cabo de unos metros me di cuenta de que alguien me seguía. ¿Un policía? No me importó. Ellos gobernaban la tierra, pero yo sabía en ese momento, mientras caminaba por la nieve luminosa, que el jefe era yo. Dejé atrás el cerro del Moro, en el plan la nieve era aún más alta, crucé un puente, vi de reojo, con la cabeza gacha, la sombra de una estatua ecuestre. Mi perseguidor era un adolescente gordo y feo. ¿Quién era yo? Eso no importaba nada. Me despedí de todo lo que iba viendo. Era emocionante. Aceleré el paso para entrar en calor. Crucé el puente y fue como si cruzara el túnel del tiempo. Hubiera podido matar al chaval, obligarlo a seguirme hasta un callejón y allí pincharlo hasta que la palmara. ¿Pero para qué? Seguramente era el hijo de una puta del cerro del Moro y jamás diría nada. En los lavabos de la estación limpié mis viejos zapatos, les eché agua, borré las manchas de sangre. Tenía los pies dormidos. Despertad. Después compré un billete en el siguiente tren. En cualquiera, sin importarme su destino.




Conejos Blancos - Leonora Carrington






Conejos Blancos
Leonora Carrington


Incluído en la recopilación: Cuentos Inolvidables según Julio Cortazar

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada con sudor.
La luz nunca era muy fuerte en Pest Pret. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
-¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? -me gritó.
-¿Un poco de qué? -grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
-De carne en mal estado. Carne en descomposición.
-En este momento, no -contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
-¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
-¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? -murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
-Es usted muy amable -prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente-. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a un “boudoir” decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
-Tenemos visita muy pocas veces -sonrió la mujer-. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautelosamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
-¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! -canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
-Una acaba encariñándose con ellos -prosiguió la mujer-. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
-Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
-Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
-¿Ethel? -preguntó con voz bastante débil-. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
-Vamos, Laz; no empecemos -su voz era quejumbrosa-. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
-Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? -de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
-Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
-¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

El Cuerno Del Horror - E. F. Benson






El Cuerno Del Horror
E. F. Benson


Durante los últimos diez días Alhubel había estado cubierto de sol bajo el radiante clima invernal propio de su altura, superior a los mil ochocientos metros. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, el sol (que tan sorprendente resultaba para quienes hasta ahora lo habían asociado con un disco pálido y tibio que brillaba vagamente a través del aire turbio de Inglaterra) había abierto su camino llameante a través de un azul de chispas, y todas las noches la helada serena y quieta había hecho que las estrellas titilaran como polvo de diamantes iluminado. Antes de la Navidad había caído nieve suficiente para contentar a los esquiadores, y la pista grande, sobre la que nevaba todas las noches, había dado a los patinadores por la mañana una nueva superficie sobre la que realizar sus gracias resbaladizas. El bridge y el baile servían para distraer la mayor parte de la noche, y a mí, que disfrutaba por primera vez de las alegrías de un invierno en Engadine , me parecía que una tierra y un cielo nuevos habían sido iluminados, calentados y refrigerados especialmente en beneficio de aquellos que, como yo mismo, habían sido lo bastante inteligentes como para reservar sus días de vacaciones para el invierno.

Pero en esas condiciones ideales se produjo una ruptura: una tarde un velo vaporoso fue cubriendo el sol, y valle arriba, desde el noroeste, un viento helado que había recorrido millas de distancia sobre laderas cubiertas de hielo comenzó a batir los tranquilos salones de los cielos. Muy pronto se fue cubriendo de nieve, primero en copos pequeños que se movían casi horizontalmente ante el aliento congelado, y más tarde en copos tan gruesos como de plumón de cisne. Durante los quince días anteriores el destino de las naciones y la vida y la muerte me habían parecido de menos importancia que realizar determinados trazados de las cuchillas de patinaje sobre el hielo con la forma y el tamaño adecuados, pero ahora me parecía que la consideración primordial era la de regresar al hotel buscando abrigo: era más prudente abandonar los giros entre las rocas antes de quedar congelado.

Había acudido allí con mi primo, el profesor Ingram, famoso fisiólogo y alpinista. En la serenidad de la última quincena había hecho él un par de notables ascensiones invernales, pero aquella mañana la sabiduría que tenía para el tiempo le había llevado a desconfiar de los signos celestes, y en lugar de intentar el ascenso del Piz Passug, había aguardado a comprobar si se justificaban sus recelos. Se había quedado sentado por ello en el salón del admirable hotel, con los pies apoyados en las tuberías de la calefacción y la última entrega de la correspondencia de Inglaterra en sus manos. Incluía un panfleto concerniente al resultado de la expedición al monte Everest, que acababa de leer atentamente cuando entré yo.

—Un informe muy interesante—dijo pasándomelo—. Y la verdad es que merecen conseguirlo el próximo año. Pero quién sabe lo que pueden entrañar esos dos mil últimos metros. Casi dos mil metros más cuando ya has subido cerca de siete mil no parece mucho, pero por el momento nadie sabe si la estructura humana puede soportar el esfuerzo a esa altura. Quizás no afecte sólo a los pulmones y el corazón, sino también al cerebro. Pueden producirse alucinaciones delirantes. De hecho, diría que los escaladores sufrieron ya una de esas alucinaciones, de no ser porque sé que no fue así.

—¿A qué te refieres? —pregunté.

—Ya sabrás que creyeron ver a gran altitud las huellas de un pie humano descalzo. A primera vista eso parece una alucinación. ¿Qué hay más natural que un cerebro excitado y estimulado por la altura extrema interpretara ciertas marcas en la nieve como las huellas de un ser humano? A esa altitud todo órgano corporal está esforzándose al máximo para realizar su trabajo, y el cerebro se fija en esas marcas de la nieve y dice: «Sí, tengo razón, estoy haciendo mi trabajo y veo marcas en la nieve que afirmo son huellas humanas». Tú sabes que incluso a la altitud a la que nos encontramos el cerebro se muestra inquieto y ansioso, y me hablaste de la viveza de los sueños que tuviste anoche. Multiplica por tres ese estímulo con su consiguiente ansiedad e inquietud, y verás lo natural que resulta que el cerebro albergue ilusiones. Al fin y al cabo, ¿qué es el delirio que suele acompañar a la fiebre alta sino el esfuerzo del cerebro para realizar su trabajo bajo la presión de la condición febril? ¡Está tan ansioso por seguir percibiendo que percibe cosas que no existen!

—Y sin embargo no crees que esas huellas humanas fueran ilusiones —dije yo —. Me dijiste que así lo habrías creído de no ser por alguna otra cosa.

Se removió en su silla y se quedó un momento mirando por la ventana. El aire se había vuelto espeso ahora por la densidad de los grandes copos de nieve que transportaba el ventarrón del noroeste.

—Así es —añadió él—. Con toda probabilidad eran huellas humanas auténticas. Espero que fueran las de un ser que se parezca más a un hombre que a cualquier otra cosa. El motivo de que diga eso es que sé que esos seres existen. Incluso he tenido muy cerca a la criatura, llamémosla así, que podría dejar esas huellas, y te aseguro que, a pesar de mi curiosidad intensa, no deseé tenerla más cerca. Si la nevada no fuera tan densa podría enseñarte el lugar en donde la vi.

Señaló por la ventana, más allá del valle, hacia donde se elevaba la enorme torre del Ungeheuerhorn, con el pico de roca tallada arriba como una especie de gigantesco cuerno de rinoceronte. Por lo que vi, la montaña sólo era practicable por un lado, y eso sólo para los mejores escaladores; por los otros tres una sucesión de repisas y precipicios los volvían imposibles de escalar. Seiscientos metros de roca perpendicular formaban la torre; abajo se extendían ciento cincuenta metros de cantos rodados, y hasta el borde de éstos crecían bosques densos de pino y alerces.

—¿En el Ungeheuerhorn? —pregunté.

—Sí. Hasta hace veinte años nadie lo había escalado, y yo mismo, como otros muchos, empleé mucho tiempo tratando de encontrar una ruta en él. Mi guía y yo pasamos a veces hasta tres noches en la choza que hay bajo el glaciar de Blumen, merodeando por los alrededores, y sólo por un golpe de suerte encontramos la ruta, pues la montaña parece todavía más impracticable desde el lado alejado que desde éste. Pero un día encontramos en el costado una fisura larga y transversal que conducía a una plataforma transitable; partía de allí un pasillo de hielo en pendiente que no se veía hasta que lo estabas pisando. Pero no necesité meterme en él.
La sala grande en la que nos hallábamos sentados se estaba llenando de alegres grupos empujados allí por la repentina tormenta y nevada, aumentando el cacareo de las animadas lenguas. Además la orquesta, esa herencia invariable de la hora del té en los establecimientos suizos, había comenzado a afinar los instrumentos para atacar el habitual popurrí de las obras de Puccini. Un momento después empezaban las azucaradas y sentimentales melodías.

—¡Qué contraste tan extraño! —observó Ingram—. Aquí estamos sentados, calientes y cómodos, dejando que estas melodías infantiles acaricien agradablemente nuestros oídos mientras en el exterior la gran tormenta se va haciendo más violenta a cada momento, arremolinándose alrededor de los austeros riscos del Ungeheuerhorn: el Cuerno del Horror, pues eso es lo que fue en realidad para mí.

—Quiero oír toda la historia —intervine yo—. Cada detalle: si la historia es breve, alárgala. Quiero saber por qué es tu Cuerno del Horror.

—Pues bien, Chanton y yo (él era mi guía) solíamos pasar varios días merodeando por los riscos, avanzando un poco por un lado para luego vernos detenidos, y ganando quizás ciento cincuenta metros por otro lado para vernos enfrentados después a un obstáculo insuperable, hasta el día en que, por suerte, encontramos la ruta. A Chanton no le gustaba ese trabajo, por alguna razón que yo no podía ni sospechar. No era por la dificultad o el peligro de la escalada, pues era el hombre con menos miedo que he conocido nunca frente a las rocas y el hielo, pero siempre insistía en que abandonáramos la montaña y regresáramos a la cabaña de Blumen antes del crepúsculo. No se sentía tranquilo ni siquiera cuando habíamos regresado a nuestro abrigo y habíamos cerrado la puerta con una barra, y me acuerdo bien de una noche en la que, mientras cenábamos, escuchamos a un animal, probablemente un lobo, que aullaba en algún lugar del exterior. Se apoderó de él un pánico auténtico, y creo que no pegó ojo hasta el amanecer. Se me ocurrió entonces que pudiera existir alguna leyenda horripilante acerca de la montaña, relacionada posiblemente con su nombre, por lo que al día siguiente le pregunté el motivo de que se llamara el Cuerno del Horror. Al principio evadió la pregunta y dijo que, lo mismo que el Schreckhorn, debía ese nombre a sus precipicios y a las rocas caídas; pero cuando le presioné un poco reconoció que existía una leyenda que le había contado su padre. Se suponía que había allí criaturas que vivían en sus cuevas, de forma humana y cubiertas de un pelo negro y largo salvo en el rostro y las manos. Su estatura era baja, aproximadamente un metro veinte, pero su agilidad y fuerza eran prodigiosas y debían ser los restos de alguna raza salvaje y primitiva. Parecía que se hallaban todavía en una fase ascendente de la evolución, o eso conjeturé yo, pues se contaba que algunas veces habían raptado chicas jóvenes, pero no como presa, ni para someterlas al destino de los cautivos de los caníbales, sino para tener descendencia. También habían raptado a hombres jóvenes para emparejarlos con las mujeres de su tribu. Tal como te digo, daba la impresión de que esas criaturas tendieran hacia la humanidad.

» Como es natural no me creí una palabra, sobre todo pensando en el día de hoy. Quizás hace siglos pudieran haber existido esos seres, y por la tenacidad extraordinaria de la tradición las noticias sobre ellos pudieron ser transmitidas de generación en generación y escucharse todavía en los hogares de los campesinos. En cuanto a su número, Chanton me contó que un hombre que gracias a su velocidad con los esquíes pudo escapar para contar la historia vio en una ocasión a tres de ellos juntos. Afirmó que aquel hombre no era otro que su abuelo, a quien una tarde de invierno se le hizo de noche mientras cruzaba los densos bosques que hay bajo el Ungeheuerhorn, y Chanton suponía que aquellos seres habían descendido a altitudes tan bajas buscando alimento por causa de la severidad del clima invernal, pues en todas las otras ocasiones sólo se les había visto entre las rocas de la propia cumbre.
Habían perseguido a su abuelo, que entonces era un hombre joven, a un paso extraordinariamente rápido, corriendo a veces erguidos como hombres, y otras veces a cuatro patas, a la manera de los animales, y sus aullidos eran como el que habíamos escuchado aquella misma noche en la cabaña de Blumen. Ésa fue, en todo caso, la historia que me contó Chanton, y lo mismo que te pasa a ti la consideré como una absurda superstición. Pero al día siguiente tuve motivos para reconsiderar mi opinión.

» Ese día, después de una semana de exploración, fue cuando dimos con la única ruta actualmente conocida hasta nuestra cumbre. Partimos en cuanto hubo luz suficiente para escalar, pues como podrás imaginarte es imposible escalar esas rocas dificilísimas con la luz de la luna o de una linterna. Vimos la fisura alargada de la que te he hablado, exploramos la plataforma que desde abajo parecía terminar en el vacío, y formando una escalera con los picos ascendimos por el pasillo que sube desde allí. De ahí en adelante hay una escalada en roca de considerable dificultad, pero sin descubrir nada angustioso, hacia las nueve de la mañana estábamos arriba.
No nos quedamos allí mucho tiempo, pues cuando el sol calienta en ese lado de la montaña se corre el riesgo de que caigan piedras al soltarse del hielo que las sujeta, y cruzamos presurosamente la plataforma en la que las caídas son más frecuentes. Después teníamos que descender por la larga fisura, lo que no era muy difícil, y habíamos terminado nuestro trabajo a mediodía, encontrándonos los dos, como podrás imaginar, en un estado de euforia máxima.

» Se abría entonces ante nosotros una larga y fatigosa caminata por entre los enormes cantos rodados que habían caído al pie del risco. Allí la ladera es muy porosa y se extendían grandes cuevas hasta la montaña. Nos habíamos desatado en la base de la fisura y estábamos deshaciendo el camino como mejor sabíamos entre aquellas rocas caídas, muchas de ellas más grandes que una casa, cuando al rodear una de ellas vi algo que evidenciaba que las historias que me había contado Chanton no eran ningún fragmento de una superstición tradicional.

» A menos de veinte metros de mí estaba uno de esos seres de los que Chanton había hablado. Estaba allí desnudo, calentándose boca arriba con el rostro vuelto hacia el sol, que sus ojos estrechos contemplaban sin pestañear. En cuanto a la forma era totalmente humano, aunque el crecimiento del pelo, que cubría por igual miembros y tronco, ocultaba casi totalmente su piel bronceada. Pero el rostro carecía de pelo, salvo en las mejillas y la barbilla, lo que me permitió contemplar un semblante de bestialidad sensual y malévola que me dejó horrorizado. De haber sido un animal, apenas habría sentido un estremecimiento ante su grosero animalismo; el horror estaba en el hecho de que era un hombre. Estaba allí tumbado junto a un par de huesos roídos, y terminada la comida se relamía perezosamente los labios protuberantes, de los que brotaba como un ronroneo de alegría. Con una mano se rascaba el pelo grueso del vientre, con la otra sujetaba uno de los huesos, que en ese momento se partió por la mitad bajo la presión de sus dedos. Pero mi horror no se basó en la información acerca de lo que les ocurría a quienes eran apresados por esos seres; se debía tan sólo a la proximidad de algo tan humano y tan infernal. La cumbre, que tanta satisfacción y euforia nos había producido sólo unos momentos antes al lograr coronarla, se convirtió verdaderamente para mí en un Ungeheuerhorn, pues era el hogar de unos seres más horribles de los que habría podido producir el delirio de una pesadilla.

» Chanton estaba unos doce pasos detrás de mí, y con un movimiento hacia atrás de la mano le indiqué que se detuviera. Después, retrocediendo yo mismo con infinita precaución, para no atraer la mirada de esa criatura, rodeé la roca por el otro lado, susurrándole lo que había visto, y con el rostro demudado dimos un largo rodeo, escudriñando desde cada esquina y agachados, pues no sabíamos si al siguiente paso daríamos con otro de esos seres, o si por la boca de una de las cuevas de la ladera aparecería otro de esos rostros temibles y sin pelo, llevando esa vez los pechos y la señal de la mujer. Eso habría sido lo peor de todo.

» La suerte nos favoreció, pues nos abrimos camino entre los cantos rodados y las piedras sueltas, que en cualquier momento habrían podido crujir y traicionarnos, sin que se repitiera mi experiencia, y cuando nos encontramos entre los árboles corrimos como si las propias Furias nos persiguieran. Ahora entendía, aunque creo que no soy capaz de transmitirlo, los recelos de la mente de Chanton cuando me hablaba de aquellos seres. Era su humanidad misma lo que los volvía tan terribles, el hecho de que fueran de nuestra misma raza, pero de un tipo tan abismalmente degradado que el más brutal e inhumano de los hombres habría parecido angélico en comparación.

La música de la pequeña banda había terminado antes que la narración, y los grupos de conversadores sentados junto a la mesa de té se habían dispersado. Se detuvo un momento.

—Lo que experimenté entonces fue un horror del espíritu, del que verdaderamente creo no haberme recuperado totalmente —siguió diciéndome—. Entonces vi lo terrible que puede ser un ser vivo, y en consecuencia lo terrible que era la vida misma. Supongo que en todos nosotros habita algún germen heredado de esa bestialidad inefable, y quién sabe si, aunque parece haberse vuelto estéril con el curso de los siglos, no podrá fructificar de nuevo. Cuando vi tomar el sol a esa criatura contemplé el abismo del que hemos salido a rastras. Y esas criaturas están tratando de salir ahora, si es que existen todavía, pues lo cierto es que en los últimos veinte años no se sabe de nadie que los haya visto, hasta que encontramos esta historia de las huellas vistas por los escaladores del Everest. Si la historia es auténtica, si el grupo no las confundió con las huellas de algún oso, o por qué no de unos pasos humanos, es como si todavía existiesen esos restos varados de la humanidad.

Ingram había contado bien su historia; pero sentados en esa habitación cálida y civilizada no me había comunicado de una forma viva el horror que, claramente, había sentido él. Acepto que intelectualmente podía apreciar su horror, pero la verdad es que mi espíritu no se estremeció interiormente.

—Resulta extraño que tu gran interés por la fisiología no venciera tus vacilaciones. Estabas contemplando una forma de hombre que probablemente es más remota que los más antiguos restos humanos. ¿Acaso no había algo en tu interior que te decía que aquello tenía un significado apasionante?

Lo negó con un gesto.

—No: lo único que quería era escapar. Tal como te he dicho, no era el terror hacia lo que nos podía aguardar si nos capturaban, según la historia de Chanton; era un horror absoluto ante la criatura. Me estremecí ante aquello.

Aquella noche aumentó la violencia de la nevada y la tormenta, y dormí inquieto, saliendo una y otra vez del sueño por los fuertes golpes del viento al sacudir mis ventanas, como si exigiera imperiosamente ser admitido. Venía en
ráfagas hinchadas entremezcladas con extraños ruidos cuando menguaba un momento, con aleteos y quejidos que se convertían en gritos cuando retornaba su furia. Sin duda esos ruidos se mezclaron en mi conciencia amodorrada y somnolienta, y en una ocasión salí de la pesadilla imaginando que las criaturas del Cuerno del Horror estaban en mi balcón golpeando los cerrojos de la ventana. La tormenta pasó antes de que amaneciera y al despertar vi la nieve cayendo rápida y densa en el aire. La nevada prosiguió tres días sin cesar, y cuando acabó la siguió una helada como nunca en mi vida había experimentado. Una noche el termómetro marcó cuarenta y cinco grados bajo cero, y más la noche siguiente, por lo que no era capaz de imaginar el frío que debía hacer en los riscos del Ungeheuerhorn. Creí que sería suficiente para acabar por completo con sus habitantes secretos: ese día, hacía veinte años, mi primo había perdido una oportunidad de estudio que probablemente no volvería a tener ni él ni ningún otro.

Una mañana recibí la carta de un amigo que me decía que había llegado a la vecina estación invernal de St. Luigi, y me proponía que fuera a patinar con él durante la mañana para almorzar después juntos. El lugar se encontraba a unos cuatro kilómetros si se tomaba el camino de las laderas bajas cubiertas de bosques de pinos, por encima de las cuales se encontraban los bosques empinados bajo las primeras pendientes rocosas del Ungeheuerhorn. Llevando a la espalda una mochila con los patines, me deslicé con los esquíes sobre las pendientes arboladas y tomé una pendiente que en un suave descenso que me conducía hasta St. Luigi. El día estaba encapotado, las nubes oscurecían totalmente las cumbres más altas, aunque el sol resultaba visible, pálido y sin brillo, por entre la niebla. Pero mejoró conforme pasaba la mañana y pude deslizarme hacia St. Luigi bajo un firmamento centelleante.
Patinamos, almorzamos y después, como parecía que retornaba el mal tiempo, inicié el viaje de regreso hacia las tres.

Apenas había entrado en los bosques cuando por arriba se espesaron las nubes y madejas e hilachas de éstas comenzaron a descender entre los pinares que cruzaba mi camino. Diez minutos más tarde su opacidad había aumentado tanto que apenas sí podía ver a un par de metros delante de mí. Enseguida me di cuenta de que debía haberme salido del camino, pues me cerraban el paso matorrales con las puntas cubiertas de nieve, y al retroceder para encontrarlo de nuevo confundí totalmente la dirección. Pero aunque el avance era difícil sabía que bastaba con que siguiera ascendiendo, pues de ese modo llegaría a la cresta de las colinas bajas y podría descender desde allí al valle abierto en donde estaba Alhubel. De modo que seguí avanzando, dando traspiés y resbalando, e incapaz por el espesor de la nieve de quitarme los esquíes, pues de haberlo hecho me habría hundido hasta las rodillas a cada paso. El ascenso proseguía y al mirar el reloj vi que hacía ya casi una hora que había salido de St. Luigi, período más que suficiente para completar el viaje. Seguía todavía aferrado a la idea de que, aunque debía de haberme alejado unos minutos de la ruta adecuada, con toda seguridad llegaría a la parte de arriba y podría encontrar el camino descendente hasta el siguiente valle. Fue entonces cuando observé que la niebla se iba llenando de un color rosado, y aunque deduje por ello que el crepúsculo debía estar próximo, me consolé pensando que sin duda la niebla se levantaría en cualquier momento descubriéndome mi posición. Pero el hecho de que pronto fuera a anochecer me obligaba a defenderme mentalmente contra esa desesperación de la soledad que roe el corazón de un hombre perdido en el bosque o en una ladera hasta el punto de que, aunque tiene todavía mucho vigor en sus miembros, pierde la fuerza nerviosa y no puede hacer otra cosa que tumbarse y abandonarse a lo que le reserva el destino... Lo que escuché entonces me hizo pensar que la soledad era en realidad una bendición, pues había un destino peor que el de estar solo. Lo que oí se asemejaba al aullido de un lobo y procedía de un lugar no muy alejado de mí, donde la cresta —¿era una cresta?— seguía elevándose recubierta de pinos.

Repentinamente el viento sopló a mi espalda agitando la nieve congelada de las ramas de los pinos y barriendo la niebla lo mismo que una escoba barre el polvo del suelo. Ante mí se extendía radiante el cielo sin nubes, cargado ya del color rojo del crepúsculo, y delante vi que había llegado a la linde misma del bosque que durante tanto tiempo había recorrido. Pero no encontré delante ningún valle en el que pudiera penetrar, sino la fuerte pendiente de cantos rodados y rocas que se elevaban al pie del Ungeheuerhorn. ¿De dónde procedía entonces el grito de lobo que me había paralizado el corazón? Pude verlo.

A menos de veinte metros había un tronco caído y se apoyaba en él uno de los habitantes del Cuerno del Horror: era una mujer. Estaba envuelta por una espesa capa de cabellos grises y en forma de mechones, desde la cabeza le caía el pelo sobre los hombros y el pecho, del que colgaban unos pechos marchitos y oscilantes. Al mirarle el rostro entendí lo que había sentido Ingram, pero no sólo con la mente, sino también con un estremecimiento del espíritu. Jamás una pesadilla había dado forma a un semblante tan terrible; la belleza del sol y las estrellas, y de los animales del campo y de la amigable raza de los hombres no podía expiar una encarnación tan infernal del espíritu de la vida. Un bestialismo insondable modelaba la boca babeante y los hombros estrechos; contemplé el abismo mismo, y supe que desde ese abismo en cuyo borde yo me inclinaba habían subido, escalándolo, generaciones de hombres. ¿Y si esa plataforma se deshacía delante de mí y me enviaba directamente a sus profundidades inferiores...?

Ella sostenía con una mano los cuernos de una gamuza que luchaba y pateaba. Un golpe de una pata trasera del animal dio en su muslo seco, y ella, con un gruñido de cólera, cogió la pata con la otra mano, y con la facilidad con la que un hombre puede sacar de su vaina un tallo de hierba de la pradera, se la arrancó del cuerpo dejando la piel desgarrada colgando alrededor de la herida abierta. Entonces, llevándose a la boca el miembro rojo y sangrante, lo chupó como haría un niño con un palo de caramelo. Sus dientes oscuros penetraron en la carne y los cartílagos y después se relamió los labios con un sonido de satisfacción. Dejó entonces la pata a un lado, volvió a contemplar el cuerpo de la presa, que se estremecía ahora en sus convulsiones mortales, y con un dedo y el pulgar le sacó un ojo. Le clavó los dientes y crujió como una nuez de cascara blanda.

Debí pasar algunos segundos observándola en pie, preso de una indescriptible catalepsia de terror, mientras a través de mi cerebro repiqueteaba la orden que el pánico enviaba a mis miembros encogidos: «Vete, vete mientras tengas tiempo».
Recuperando la capacidad de mis músculos y articulaciones, traté de colocarme tras un árbol para ocultarme a esa aparición. Pero la mujer —¿debo llamarla así?— debió captar el movimiento, pues levantó la vista que tenía fija en el festín vivo y me vio. Inclinó el cuello, dejó caer su presa y, alzándose a medias, comenzó a moverse hacia mí. Al hacerlo abrió la boca y lanzó un aullido como el que había oído un momento antes. Le respondió otro, aunque débil y distante.

Deslizándome, con las puntas de los esquíes tropezando en los obstáculos que había bajo la nieve, me lancé colina abajo entre los pinos. El sol descendente se hundía ya bajo una elevación montañosa por el oeste, enrojeciendo con sus últimos rayos la nieve y los pinos. La mochila, con los patines dentro, se sacudía de un lado para otro a mi espalda, y una rama baja de un pino me había quitado de la mano un bastón de esquiar, pero no podía permitirme ni un sólo segundo para recuperarlo.
No miraba hacia atrás y no sabía a qué velocidad iba mi perseguidora, o si todavía me perseguía, pues toda mi mente y mi energía, que volvían a funcionar a pleno rendimiento por la tensa situación de pánico, estaban dedicadas a alejarme colina abajo y salir del bosque tan rápidamente como me lo pudieran permitir mis piernas. Durante unos momentos no oí otra cosa que la nieve que siseaba a mi paso, y el crujido de los matorrales cubiertos de nieve bajo mis pies, hasta que muy cerca y detrás de mí volvió a sonar el aullido de lobo y escuché unos pasos distintos a los míos.

La cinta de la mochila se había movido, y como dentro los patines se agitaban de un lado a otro, rozaba y presionaba mi garganta, impidiendo que entrara libremente el aire que, bien lo sabía Dios, mis fatigados pulmones necesitaban desesperadamente, por lo que sin detenerme la deslicé para dejar libre el cuello y la sostuve con la mano que había quedado libre por la pérdida del bastón. Con ese cambio me moví con algo más de facilidad, y no muy distante pude ver entonces, más abajo, el camino del que me había apartado. Si podía llegar hasta él, el deslizamiento más suave me permitiría seguramente distanciar a mi perseguidora, pues incluso en un terreno más accidentado sólo lentamente se aproximaba a mí, y la visión de esa cinta que se extendía sin impedimentos colina abajo permitió que un rayo de esperanza cruzara el pánico negro de mi alma. Con esa esperanza llegó también el deseo insistente de ver quién o qué me perseguía, por lo que me permití una mirada hacia atrás. Era ella, la bruja a la que había visto entregada a su horripilante comida; sus largos pelos grises volaban hacia atrás con el movimiento, su boca parloteaba y farfullaba, sus dedos se movían como asiendo algo, como si se hubieran cerrado ya sobre mí.

Pero el camino ya estaba cerca y supongo que esa proximidad me hizo dejar de ser precavido. Un grupo de arbustos cubiertos de nieve se hallaba en mi camino, y creyendo que podría saltar por encima de él tropecé y caí ahogándome en la nieve. Muy cerca de mí escuché un ruido maníaco, mitad grito y mitad risotada, y antes de que pudiera recobrarme sus dedos estaban agarrándome el cuello, con una fuerza que me hacía pensar que lo tenía metido en un torno de acero. Pero mi mano derecha, aquella con la que sujetaba la mochila de los patines, estaba libre, y con un movimiento desde atrás hacia adelante la lancé en toda la longitud de la correa, y supe que mi golpe desesperado había dado en algún lugar del objetivo. Antes incluso de que pudiera mirar sentí que se relajaba el apretón en mi cuello, al tiempo que algo caía encima del matorral mismo que me había atrapado. Me puse en pie y me di la vuelta.

Allí estaba ella, agitándose y estremeciéndose. El talón de uno de los patines, traspasando la piel delgada de la mochila, le había golpeado en una sien, de la que brotaba sangre, pero a unos cien metros vi a otra de esas figuras que bajaba hacia allí, dando grandes saltos. El pánico volvió a sobrecogerme y me apresuré a recorrer el camino liso y blanco que llevaba hasta las luces del pueblo. Ni una sola vez me detuve en mi camino: no volvería a tener seguridad hasta que hubiera regresado a las guaridas de los hombres. Me precipité contra la puerta del hotel y grité pidiendo que me dejaran entrar, aunque sólo hubiera tenido que girar el asa para hacerlo; y una vez más, como cuando Ingram me contó su historia, encontré el sonido de la banda, las voces conversando y también estaba allí él; levantó la vista y se puso rápidamente en pie ante mi ruidosa entrada.

—También yo los he visto —grité—. Mira mi mochila. ¿No hay sangre en ella? Es la sangre de uno de ellos, una mujer, una bruja que mientras yo la miraba arrancó la pata de una gamuza, y me persiguió por ese maldito bosque. Yo...

No sé si fui yo quien dio la vuelta, o si la habitación pareció girar a mi alrededor, pero me oí caer sobre el suelo, y en el siguiente instante de conciencia me encontré en la cama. Allí estaba Ingram, que me dijo que estaba totalmente a salvo, y otro hombre, un desconocido, que pinchaba mi brazo con la aguja de una jeringa, y me tranquilizaba...

Uno o dos días más tarde pude dar una descripción coherente de mi aventura, y tres o cuatro hombres armados con escopetas siguieron mi rastro. Encontraron el matorral con el que había tropezado junto al cual un charco de sangre había empapado la nieve, y siguiendo las huellas de mis esquíes dieron con el cuerpo de una gamuza a la que le habían arrancado una de las patas traseras y le habían vaciado un ojo. Eso es lo único que puedo aportar al lector para corroborar mi historia, y personalmente imagino que la criatura que me persiguió no murió por causa de mi golpe, o que sus compañeros se llevaron el cadáver... en cualquier caso, el incrédulo puede merodear por las cuevas del Ungeheuerhorn para ver si sucede algo que pueda convencerle.




La Casa del Pasado - Algernon Blackwood






La Casa del Pasado
Algernon Blackwood




Cierta noche, una Visión llegó hasta mí, trayendo con ella una antigua y oxidada llave. Me llevó a través de campos y senderos de dulce aroma, donde los setos ya susurraban en la oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmensa y sombría casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado, medio escondido en las sombras de la madrugada. Noté que las persianas eran de un pesado negro y que la casa parecía revestida por una paz absoluta.

-Ésta -susurró ella en mi oído-, es la Casa del Pasado. Ven conmigo y recorreremos sus habitaciones y pasillos; pero date prisa, pues no tendré la llave por mucho tiempo y la noche ya casi se acaba. Aún así, por ventura, ¡debes recordar!

La llave produjo un tétrico sonido cuando giró en la cerradura, y cuando la puerta se abrió sobre un vestíbulo vacío, escuché extraños murmullos y llantos, y el roce de telas, como de gente moviéndose en sueños, a punto de despertar. Entonces, un espíritu de gran tristeza vino a mí, empapando mi alma; mis ojos comenzaron a arder y en mi corazón advertí una extraña sensación, como si algo que había dormido durante años se despertara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se rindió inmediatamente al espíritu de la melancolía más profunda, y el dolor de mi corazón, mientras las Cosas se movían y despertaban, por un momento se hizo demasiado fuerte para expresarlo en palabras...

Mientras avanzábamos, las débiles voces y sollozos escaparon delante nuestro hacia el interior de la Casa, supe que el aire estaba lleno de manos suspendidas, de vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos tan tristes y nostálgicos, que las lágrimas -que ya casi desbordaban de los míos-, se retenían por milagro ante la contemplación de tan intolerable anhelo.

-No permitas que esta tristeza te aplaste -susurró la Visión a mi lado-. No despiertan frecuentemente. Duermen por años y años y años. Los cuartos están todos ocupados y a no ser que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos, jamás despertarían por propia voluntad. Pero cuando uno se agita, el sueño de los otros también se ve perturbado, y también despiertan, hasta que el movimiento es comunicado de una habitación a otra y así finalmente, a través de toda la Casa... Pero, a veces, la tristeza es demasiado grande como para soportarla, y la mente se debilita. Por esta razón, la Memoria les entrega el sueño más dulce y profundo que posee y cuida de usar poco esta pequeña y herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora -agregó ella, tomándome la mano- ¿no oyes, acaso, el temblor del aire a través de toda la Casa, que se asemeja al murmullo de agua cayendo? ¿Y quizá ahora tú... recuerdas?

Aún antes de que ella hablara, yo ya había captado débilmente el inicio de un nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los sótanos bajo nuestros pies, y también desde las regiones superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo y el crujido y el movimiento ligero y contenido de las Sombras durmientes. Se elevaba como una cuerda tañida suavemente de entre las inmensas e invisibles cuerdas pulsadas en algún lugar de las bases de la Casa, y su vibración corría suavemente por sus paredes y techos. Y supe que había escuchado el lento despertar de los Espíritus del Pasado.

¡Ay de mí!, con qué terrible invasión de amargura me sostenía allí, con los ojos inundados, escuchando las tenues voces muertas mucho tiempo atrás... Porque de hecho, toda la Casa estaba despertando; y en ese momento llegó hasta mi nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas, con la tinta borrosa y las cintas desteñidas; de olorosas trenzas, doradas y castañas, guardadas, ¡oh, tan tiernamente!, entre las flores prensadas que aún conservaban la profunda delicadeza de su olvidada fragancia; la aromática presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazón se contrajo y expandió, mientras me rendía sin reserva a esas antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos Espíritus del Pasado -olvidados en el tumulto de memorias más recientes- se apretaban alrededor mío, tomaron mis manos y, siempre susurrando lo que yo hace tiempo había olvidado, siempre suspirando, exhalando de sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las épocas muertas, me guiaron a través de la inmensa Casa, de cuarto en cuarto, de piso en piso.

Pero no todos los Espíritus me eran igualmente claros. De hecho, algunos tenían sólo la más débil vida, y me agitaban tan poco que sólo dejaban una impresión indistinta y borrosa en el aire; mientras que otros me observaban casi con reproche con sus apagados y desteñidos ojos, como anhelando retornar a mis recuerdos; y entonces, al ver que no eran reconocidos regresaban flotando suavemente hacia las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir imperturbados hasta el Día Final, cuando no fallaré en reconocerlos.

-Muchos de ellos han dormido por tanto tiempo -dijo la Visión a mi lado- que despiertan sólo a difícilmente. Sin embargo, una vez despiertos te reconocen y recuerdan, aunque tú no logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado que, mientras tú no los evoques claramente, no recuerdes precisamente cuándo los conociste y con qué causas particulares de tu evolución pasada están asociados, no podrán mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes cuando sus ojos se encuentren, a menos que su mirada de reconocimiento les sea devuelta por la tuya, están obligados a regresar a su sueño, silenciosa y desconsoladamente -sus manos sin estrechar, sus voces sin ser oídas-, para soñar un sueño inmortal y paciente, hasta que...

En ese instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en la distancia y tomé conciencia de un abrumador sentimiento de deleite y alegría. Algo me había tocado los labios, y un fuego poderoso y dulce se precipitó hacia mi corazón y envió la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso latía locamente, mi piel resplandecía, mis ojos se enternecieron, y la terrible tristeza del lugar fue instantáneamente disipada, como por arte de magia. Volviéndome con una exclamación de júbilo, que de inmediato fue tragada por el coro de sollozos y suspiros que me rodeaban, observé... e instintivamente adelanté mis brazos en un rapto de felicidad hacia... hacia la visión de un Rostro... cabello, labios, ojos; una tela dorada rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo perfume del Este -¡por las estrellas, cuánto hace de ello!- estaba en su aliento.

Sus labios nuevamente estaban en los míos; su cabello sobre mis ojos; sus brazos alrededor de mi cuello, y el amor de su antigua alma vertiéndose en la mía a través de unos ojos todavía fulgurantes y claros. Oh, el feroz tumulto, la maravilla inenarrable, ¡si sólo pudiese recordar!... Aquel aroma, sutil y disipador de brumas, de muchas eras atrás, una vez tan familiar... antes de que las Colinas de la Atlántida estuvieran sobre el mar azul, o que las arenas comenzaran a formar el lecho de la esfinge. Pero, un momento; ya regresa; comienzo a recordar...

Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y casi puedo ver más allá. Pero el espantoso elástico de los años, horrible y siniestro, milenio tras milenio... Mi corazón se estremece, y tengo miedo. Otra cortina se eleva y otra perspectiva, que va más allá que las otras, se hace visible, interminable, corriendo hacia un punto rodeado de gruesas brumas. ¡Y he aquí, que ellas también se mueven!, elevándose, iluminándose. Finalmente veré... ya comienzo a recordar… la piel morena... la gracia Oriental, los maravillosos ojos que contenían el conocimiento de Buda y la sabiduría de Cristo, aún antes que aquéllos hubieran soñado con alcanzarla. Como un sueño dentro de un sueño, me cautiva nuevamente, tomando una apremiante posesión de todo mi ser... la forma esbelta... las estrellas en aquel mágico cielo Oriental... los susurrantes vientos entre las palmeras... el murmullo del río y la música de los setos al inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena.

Se difumina un poco y comienza a pasar; luego parece surgir nuevamente. ¡Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes... aquellos párpados de venas de encaje. Oh, quién me ayudará a recordar, pues se encuentra demasiado lejos, demasiado oscuro, y yo no puedo recordarlo completamente; aunque mis labios aún se estremecen, y mis brazos se encuentran aún extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con palabras, al darse cuenta de que no es reconocida.... ella, cuya mera presencia pudo una vez extinguir para mí el universo entero... y ella se devuelve, lentamente, tristemente, silenciosamente a su oscuro e inmenso sueño, para soñar y soñar con el día en que la recordaré y que vendrá a donde pertenece...

Me observa desde el final de la habitación, donde las Sombras comienzan a cubrirla y a ganarla de vuelta con sus brazos estirados hacia su sueño de siglos en la Casa del Pasado.

Estremeciéndome, con el extraño perfume aún en mi nariz y el fuego en mi corazón, giré y seguí a mi Sueño por una amplia escalera, hacia otra parte de la Casa. Al entrar en los corredores superiores oí al viento crujir cantando sobre el tejado. Su música tomó posesión de mí hasta que sentí como si todo mi cuerpo fuera un solo corazón, doliente, tenso, palpitante, como si fuera a quebrarse; y todo porque escuché al viento cantar alrededor de la Casa del Pasado.

-Recuerda -murmuró la Visión, respondiendo a mi inexpresada pregunta- que estás escuchando la canción que ha cantado por incontables siglos y para miríadas de incontables oídos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese simple salmo, profundo en su terrible monotonía, se encuentran las asociaciones y los recuerdos de las alegrías, penas y luchas de toda tu existencia previa. El viento, como el mar, le habla a la memoria mas íntima -agregó- y es por eso que su voz es de tal tristeza, profundamente espiritual. Es la canción de las cosas por siempre incompletas, inconclusas, insatisfechas.

Mientras pasábamos por las abovedadas habitaciones, advertí que nadie se agitaba. Realmente no había ningún sonido, sólo una impresión general de una respiración profunda y colectiva, como el vaivén de un mar amortiguado. Mas los cuartos, lo supe inmediatamente, estaban llenos hasta las paredes, repletos, fila tras fila... Y, desde los pisos inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las Sombras llorosas al retornar a su sueño, instalándose nuevamente en el silencio, la oscuridad y el polvo. El polvo... oh, el polvo que flotaba en esta Casa del Pasado, tan denso, tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la garganta sin dolor; tan fragante, que aliviaba los sentidos y tranquilizaba el corazón; tan suave, que resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan silenciosamente, acumulándose, posándose sobre todo, que el aire lo sostenía como una fina bruma y las sombras durmientes lo usaban como mortajas.

-Y éstas son las más antiguas -dijo mi Sueño- las dormidas hace más tiempo- apuntando hacia las filas repletas de silenciosos durmientes-. Nadie aquí ha despertado por siglos, demasiados para contarlos; y aún si despertaran no podrías reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, sólo que son los recuerdos de tus etapas más tempranas a lo largo del gran Camino de Evolución. Algún día, sin embargo, despertarán, y deberás reconocerlos y contestar sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no agotarse a sí mismos a través de ti, quien les dio la vida.

-¡Ay de mí! -pensé, escuchando y entendiendo a medias estas palabras- cuántas madres, padres, hermanos, pueden entonces estar dormidos en este cuarto; cuántas fieles amantes, cuántos amigos de verdad, ¡cuántos antiguos enemigos! Y pensar que un día se levantarán y me confrontarán, y yo deberé encontrarme con sus ojos nuevamente, reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y ser perdonado... los recuerdos de todo mi Pasado...

Me volteé para hablarle al Sueño a mi lado, y toda la Casa se disolvió en el brillo del cielo oriental, y escuché a los pájaros cantando y vi las nubes arriba velando las estrellas en la luz del día que se acercaba.



La Hija del Castigo







La Hija del Castigo
Paul Féval (1816-1887)



En 1810, vivía en Saint-Maló una joven de diecisiete años, cuyo verdadero nombre era Margarita Breuilh. Era hija de Jacques Breuilh, el calafatero, que habiéndose quedado sin trabajo en las canteras del puerto se hizo contrabandista. Esta es la primera página que yo publiqué, hace cuarenta años. La entrego a manera de curiosidad y para demostrar que comencé creyendo algo que me perdió.

Margarita era bella. Aquellos que la veían y no conocían su historia, se paraban para mirarla andar a lo largo del agua. Siempre estaba vestida pobremente. Su vestido de tela ordinaria ajustado a la cintura con la ayuda de un trozo de cuerda, le caía tan bien como a otras muchachas la muselina o la seda; sus largos cabellos rubios caían desordenados sobre su espalda, y tenían un reflejo de oro bruñido. Ella iba, alegre y graciosa, rozando ligeramente con sus pies la arena de la playa. Cuando se sentía observada, sus grandes ojos azules, limpios y dulces, no bajaban ante la mirada del otro. Una sonrisa melancólica asomaba a sus labios. Y se ponía a cantar con voz triste, tan triste que el que la escuchaba, lloraba. Mi madre me dijo: yo lloré.

Su canto era extraño. Sus palabras, indiferentes. Era una de esas canciones que entonaban las mujeres de los marineros mientras los esperan junto a las orillas del mar que resuena, se eleva y se confunde con la línea azul sombría del cielo de Bretaña. Es quizás un cántico desconocido, una plegaria. Pero de a poco, su voz se extendía, las palabras llegaban claras, se comprendían. La emoción apretaba el corazón del oyente; el enternecimiento dejaba lugar al horror. Y obligaba a alejarse. Esto cantaba Margarita, que estaba loca:

...Sangre, sangre, mucha ¡sangre! A torrentes beberemos de la máquina. Saciémonos al pie de la guillotina. ¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Y mientras cantaba el horrible estribillo que la loca había aprendido durante el Terror, alrededor del tablado levantado junto a la guillotina, la mirada azul de Margarita se elevaba dulce y pura hacia el cielo. Su frente era de tal dulzura como la de los ángeles. Su voz melodiosa y penetrante, plena de vibraciones y de encanto. El contraste entre su voz y la canción erizaba la piel. Mientras era de día ella corría por la playa. Las tempestades no la asustaban. Se la veía incluso hasta en la tormenta, trepar, ágil como un pájaro, a lo largo de los flancos escarpados del Fuerte del Emperador. Se colgaba de cualquier saliente; el huracán la mecía; la cresta espumante y furiosa de las olas lamía los blancos pies; alrededor de ella las gaviotas se balanceaban suspendidas en sus largas alas, y lanzaban sus gritos quejumbrosos y ásperos, a los que respondía la pobre joven con su eterno refrán. El mar subía. Entonces ella ganaba la cumbre aguda de las rocas. Ahí se sentaba; la cabeza apoyada en sus manos. El viento desordenaba su cabello, que le tapaba la cara. Desde lejos parecía una estatua, erigida sobre un pedestal gigante.

Por la noche no volvía a la ciudad. ¿Dónde pasaba la noche? Nadie lo sabía. Es necesario contar la lúgubre historia de su nacimiento. En 1793, después que Carpentier diezmó legalmente la población de Saint-Maló, Jacques Breulih era un joven obrero portuario, fuerte y honesto. Abundaba el trabajo después de la desocupación que trajo el Terror. Breuilh se ganaba fácilmente la vida. Tenía una mujer bella que lo amaba. Era feliz. El viento de las doctrinas revolucionarias había pasado y como en todas partes había trastocado muchas cabezas, Breuilh, sin saber por qué, tendía a odiar mortalmente a los aristócratas, aunque había vivido de sus beneficencias y sobre todo a los sacerdotes; a uno de ellos en especial debía su buena suerte, a un buen eclesiástico que le había tendido una mano caritativa en su juventud. No quería recordar en absoluto que el abate Saulnier, cura de Saint-Sauveur, había sido como un padre para él. Era un sacerdote y los sacerdotes eran considerados pérfidos, malvados, enemigos del pueblo. No convenía a Breuilh ir en contra de este argumento sin réplica.

Su mujer era fanáticamente revolucionaria. Sabía de memoria todo el catecismo republicano, y no dejaba, los días de ejecución, de reservar anticipadamente su lugar al pie de la guillotina; allí tejía sin que se le escapara un punto de la malla, mientras las cabezas rodaban. Estaba muy próxima a ser madre. Breulih no la dejaba sola nunca. Había dejado su trabajo para cuidar a su mujer y la ciudadana se apoyaba en el brazo conyugal para estar siempre presente en la plaza de las ejecuciones. Cuando la máquina terminaba sus faenas, la pareja regresaba a soñar sobre el porvenir del niño que llegaría.

-Si es varón -decía Jacques- se llamará Bruto como el virtuoso ciudadano de Italia, que atravesó con sus espada el cuerpo de un Cardenal romano...
-¡De un Papa! -interrumpía la ciudadana-. En Italia, has visto Jacques, los verdaderos tiranos son los Papas. Jacques admiraba la erudición superior de su compañera.
-Si es una niña... -continuaba ella- la llamaremos... Brutusa.
-¡Vaya!
-Será muy bella, Jacques, muy bella. Y procuraremos que la nombren por decreto diosa de la Libertad!

Los dos esposos, ante tan brillante perspectiva, bailaban con verdadero frenesí. Un cierto día del mes de Messidor del año 1793 se llevaría a cabo en la Comuna de Saint-Maló una ejecución muy interesante. La víctima era M. Sauliner, viejo cura de Saint-Sauveur. Todos conocían muy bien al sacerdote. Todos ansiaban ver qué cara tendría sobre el patíbulo. La guillotina estaba ubicada en medio de la plaza, frente al tribunal revolucionario. La multitud rodeaba el tarimado de la guillotina. Nuestra buena ama de casa estaba en su puesto. En el momento en que esa masa murmurante se abría para dejar paso a la carreta que traía al reo, la ciudadana Breuilh fue presa de los dolores de parto. Un heroico y casi omnipresente esfuerzo frenó sus gritos. Esperaba; el señor Abate Saulnier subió los escalones del patíbulo. De pronto un murmullo de enojo recorrió la asamblea. El verdugo no había llegado. La ciudadana Breulih se enfureció por el contratiempo.

-¡Qué desgracia! -se lamentó ella.
-El verdugo ha cruzado el agua -dijo alguien desde la multitud; se fue a Southampton porque no quería echar mano sobre le abate Saulnier, que fue tan bueno con él en otro tiempo.
-¡Es que se trata de eso! -replicó Jacques Breuilh, encogiéndose de hombros.

Nadie respondió. El abate Saunier había sido realmente muy caritativo con todos los desdichados. En este supremo momento, la piedad, como un espectro, golpeaba los corazones.

-¿Hay algún ciudadano de buena voluntad que reemplace al verdugo? -preguntó un funcionario de la República.
Se hizo un gran silencio.
-Jacques -dijo por lo bajo la ciudadana Breuilh -yo quiero...

No terminó la frase, pero su mirada acariciaba el patíbulo. Para un corazón republicano, el deseo de una ciudadana es una orden suprema. Jacques, en tres saltos subió los escalones del estrado.

-¡Aquí estoy! -gritó.

Su mujer inició un grito de alegría que concluyó en un quejido delirante. La angustia la aterrorizaba. Pero, a instancias de Jeanne d´Albret, reprimió sus gemidos y entonó con voz firme su canción favorita:

Sangre, sangre, mucha ¡sangre! A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina ¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Al escuchar esta canción, la piedad de la multitud se desvaneció. Una alegría general se transmitió y un coro inmenso rugió la copla sangrienta. Mientras tanto, Jacques Breuilh, a pesar de su falta de experiencia, reemplazó al verdugo, eficazmente. El sacerdote lo bendijo mientras Jacques se afanaba en los preparativos. La venerable cabeza rodó por los escalones del patíbulo. Los funcionarios republicanos agradecieron al calafatero. Jacques recibió las felicitaciones con modesto orgullo. Tenía conciencia de haber cumplido con la patria. Cuando regresó junto a su mujer, la ciudadana tenía en sus brazos una bellísima niña. Jacques la abrazó con entusiasmo.

-Ha nacido en un día de fiesta -dijo la madre-, el Ser Supremo le tiene reservado un destino feliz.

Jacques aprobó y repitió las palabras de su esposa. Cuando la pareja estuvo de regreso en la choza, examinó amorosamente el regalo que acababan de recibir del Ser Supremo. La pequeña era encantadora. Algo los inquietó; alrededor de su cuello pequeño una línea roja se enroscaba como un collarcito de coral.

-¿Qué es esto? -preguntó el ciudadano Breuilh.
-El cuchillo... -murmuró.
-¡Bah! -dijo la ciudadana intentando sonreir- es una señal.

La pequeña creció. A medida que crecía, el círculo sangriento de su cuello se iba borrando, hasta que llegó a parecer un collar pálidamente rosado. La ciudadana Breuilh era feliz, el amor maternal había reemplazado de a poco sus lúgubres manías.

-Después de todo -decía- la guillotina casi no dejó rastros. Margarita será la perla de Saint-Maló y dentro de diez años nadie se acordará que nació al pie de la guillotina.
-¿Quién se acordará? -repetía el dócil calafatero.

No todos se olvidaron. El Terror había terminado hacía dos años. La guillotina perdió popularidad. Todos comenzaron a alejarse de Jacques, a quién llamaban el verdugo. Un consuelo le quedaba: su hija, su Margarita que parecía un ángel cuando sonreía. Pero Margarita no hablaba. Su madre había pasado largas horas repitiéndole una misma palabra, sin cesar y la niña permanecía muda. Al anochecer su lengua se destrabó. La ciudadana Breuilh creyó oirla hablar desde lejos. Llamó a su marido y corrieron junto a la cuna. La pobre madre no podía contener su alegría:

-Habla, Margarita, habla, mi linda -decía.

Se inclinó para escuchar. La niña guardó silencio. Después, fijando sus grandes ojos azules sobre su madre, la niña empezó a cantar suavemente:

¡Hace falta sangre, sangre, mucha sangre!...

La pobre madre cayó de espaldas. Jacques se apuró a levantarla. En tanto la niña continuaba:

A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina...
-¡Oh! ¡Cállate! -dijo la madre con voz agonizante.
La niña siguió:
¡Sangre, sangre, mucha sangre!

Jacques aterrado, paseaba su mirada desde su hija hasta la mujer desvanecida. De pronto esta se levantó. Sus ojos empañados miraban gélidamente; los rizos caían sobre su pálida frente. Había envejecido diez años en un minuto. Al día siguiente ella intentó una segunda prueba. La niña esbozando una sonrisa angelical, empezó a cantar con su pequeña voz el refrán maldito. Nunca nadie le escuchó pronunciar otras palabras que las de esa canción. La ciudadana Breuilh, frío el corazón, llevó durante unos meses una existencia lánguida y murió de honda tristeza. En el último momento de su agonía, escuchó la voz de Margarita que cantaba: ¡Sangre, sangre, hace falta mucha sangre! Jacques Breuilh lloró a su mujer. Se quedó solo con su hija, imagen viva del remordimiento. Cada vez que él volvía de su trabajo, Margarita lo recibía cantando. A pesar de todo, adoraba a su hija y todo el amor que quedaba en su corazón era para ella. A los diez años resultó imposible retenerla en la casa. Su instinto vagabundo la empujaba a salir. Cuando empezaron las salidas, la ciudad toda se enteró del funesto secreto. Se apartaban de ella con horror. Murmuraban sobre su locura y la atribuían a los trágicos acontecimientos que acompañaban su nacimiento. La empezaron a llamar: la hija del castigo. Real o falsa, esta idea del castigo divino fue para Jacques una especie de muerte civil. Sus camaradas lo repudiaron; el capataz de la cantera donde trabajaba, lo hizo echar. Así, sin trabajo, se vio obligado a caer en el contrabando para dar de comer a Margarita.

Amaba a su pobre hija. Era lo único que tenía. Durante muchos años, Jacques contrabandeó encajes y cuchillería de Inglaterra. Como estaba muy necesitado, maniobraba con excesiva prudencia y los que suponían o desconfiaban de él no encontraban un detalle para acusarlo formalmente. Pero llegó el día en que fue sorprendido cuando desembarcaba unos bultos a noche cerrada. Los aduaneros hicieron una descarga desde lo algo del gran Bé; él consiguió escapar, pero lo habían reconocido. En adelante, ya no estaría seguro en Saint-Maló. Y fue así que comenzó para Margarita esa vida extraña y misteriosa de la que hablamos al comienzo de este relato. Durante el día ella vagaba por las playas jugando con la espuma, recogiendo la pálida flor de las algas o buscando en las cuevas costeras esos delicados y caprichosos arabescos que forman las algas. Los lugareños que la encontraban se alejaban pero no la insultaban nunca, porque su aspecto angelical hubiera despertado piedad y ternura aún en el duro corazón de un tigre. Cuando un extranjero, atraído por la belleza de la niña, se acercaba a ella, una infantil sonrisa asomaba a sus labios y empezaba a cantar el horrible refrán. Por la noche, buscaba el amparo de su padre.

Tiempo después, bajo el Imperio, la represión del contrabando fue severísima y las penas eran como en las épocas de guerra. Día y noche los gendarmes vigilaban. A veces se encontraba el cadáver de un inglés sobre la playa, al día siguiente era el de un gendarme aduanero. Jacques no se hacía a la mar. Su trabajo era el más peligroso de todos: era descargador. Cuando una bujía pirata se encendía en la costa, con la señal convenida, saltaba sobre su barca y se acercaba al barco, cargaba los bultos y los traía a tierra; seguidamente recibía una módica suma como todo beneficio. Hasta ahora había conseguido mantenerse oculto y se había salvado de toda acción judicial. Su refugio, mejor dicho sus refugios eran hábilmente elegidos. Y Margarita mientras tanto corría por las playas. Hasta que cierto día un guardacostas más astuto que sus colegas la siguió desde lejos a la caída de la noche. Fue una tarea difícil. La jovencita, después de haber seguido por el borde de la playa que se extendía como un tapiz, pasó el Fuerte Real hasta Rotheneuf y se metió en un laberinto de rocas angulosas y quebradas que defienden a manera de inmensa empalizada el orgulloso acantilado de la Varde.

Una vez que llegó, Margarita no aminoró su marcha. Saltaba entre las rocas, esbelta y graciosa como un antílope. Ningún obstáculo la detenía. Sus pies rozaban la mata aceitosa de las algas. El aduanero en cambio sudaba sangre y agua. Pobre desdichado. Las suelas con tachas de hierro se enganchaban en las rocas; resbalaba sobre las algas, tropezaba. A veces caía pesadamente en profundos pozos poblados de Jibias y cangrejos. Pero no se daba por vencido: le esperaba una fuerte recompensa al final de estos esfuerzos. Margarita iba delante. No había un punto de luna en el cielo, pero a la luz lejana de las estrellas se veía una forma blanca sobre el fondo oscuro de las rocas. El viento traía en ráfagas al oído atento del aduanero algunas notas de la canción de la muchacha. De pronto ella desapareció y su voz dejó de oirse. El aduanero se detuvo, indeciso. Estaba sobre el más alto de los grupos de rocas que circundan el acantilado de la Varde. A cien pies debajo de él el mar rompía contra la base del acantilado. Avanzó otra vez. El sendero, justo allí, en el lugar donde había perdido de vista a Margarita, era plano y liso y terminaba en una fisura que se abría como una enorme boca sobre el mar y que de ninguna manera podía franquear. Naturalmente la mirada del aduanero requisó hasta el fondo de ese agujero. Descubrió un débil resplandor que se reflejaba en las paredes húmedas de la grieta.

-Ahí está el nido -murmuró. Y desandando el camino se apresuró hasta ganar la posta de Rotheneuf, donde pidió refuerzos. Una hora después cinco hombres se detenían al borde de la fisura. Bajaron en silencio. En el fondo del pozo vieron una pequeña cabaña, tan escondida que si no hubieran sabido a priori de su existencia les hubiera costado realmente descubrirla. Adentro la luz ya estaba apagada. Los aduaneros llamaron. Volvieron a llamar golpeando con fuerza. Entraron. Sobre un montón de algas secas, Margarita estaba totalmente vestida. Dormía. Su rostro calmo y dulce era la viva imagen del candor. Estaba sola en la cabaña. ¿Dónde estaba el contrabandista? Los empleados de la aduana llamaron a Margarita que se despertó sonriendo. A la vista de esos hombres armados sus grandes ojos azules no bajaron la mirada. Abrió la boca y murmuró dulcemente:

¡Sangre, sangre, mucha sangre!
-¡Sí! -dijo uno de los aduaneros exagerando- ¡eso hace falta y cuando llegue la brigada tendremos sangre!

Una nube empañó la frente de la joven. Por un momento, el instinto del amor filial haya disipado las tinieblas de su inteligencia. Fue un relámpago. Después de unos segundos de silencio continuó:

-A torrentes beberemos de la máquina Saciémonos al pie de la guillotina...
-¡Escuchen! -gritó uno de los aduaneros.
Todos hicieron silencio. Margarita misma interrumpió su canto. Se escuchó sobre el mar, más allá de las rocas un ruido sordo y regular. Era un barco que avanzaba con remos.
-¡Aquí está! -dijeron los aduaneros aprestando sus armas-, ¡ya lo tenemos!

Margarita llevó la mano a su frente. De un salto pasó entre los gendarmes y se inclinó sobre el borde de la rampa.

-¡Quédate quieta! -dijo por lo bajo, amenazante, uno de los guardias-, ¡O te mato!.

La pobre no podía desobedecer. No sabía hablar. Pero en un momento que los gendarmes se descuidaron, asió con fuerza la cuerda que servía de escalera a su padre y se dejó caer al fondo del hondo pozo. Los aduaneros se consultaron entre ellos; luego el jefe da un golpe sobre la cuerda, que de vieja se rompe al instante. Una voz débil llegaba desde lo más profundo del precipicio.

-¡Sangre, sangre, mucha sangre!...
-¡Pobre niña! -murmuraron los aduaneros.

La barca continuaba avanzando. Margarita, que se había arrojado desde una altura enorme sobre la playa, no le pudo advertir a su padre. Jacques fue tomado prisionero. Al día siguiente no fue posible encontrar el cuerpo de Margarita. Como Jacques se había resistido fue condenado a muerte. El día de la ejecución, el patíbulo fue levantado por la Comuna en la misma plaza donde Jacques, diecisiete años atrás, había reemplazado al verdugo. Todos se acordaban de esta circunstancia y no hubo ni un solo gesto de piedad entre los espectadores. Jacques subió, con la cabeza baja, los escalones del patíbulo. En ese momento, una mujer pálida, con la ropa hecha jirones, el cuerpo cubierto de lastimaduras, se abrió paso entre la muchedumbre y cayó moribunda al pie de la guillotina.

-¡Hija mía! -grito Jacques, extendiendo sus brazos como para protegerla. Margarita se levantó a medias. Miró el aparato fatal y sonriendo, murmuró:
-¡Hace falta sangre, sangre, mucha sangre, Saciémonos al pie de la guillotina!

Después cayó para no levantarse más. Jacques dio un grito angustiante y ofreció su cabeza al verdugo. El gentío se retiró, silencioso y en hondo recogimiento. Si la falta fue grave, el castigo fue terrible y más de uno había sentido piedad por esa triste familia sobre la cual había caído duramente el dedo de Dios. Y ahora que mucho tiempo pasó, se puede decir que las catástrofes de ese tipo no se olvidan, y en mi juventud he encontrado muchas veces en Saint-Maló o en Saint-Sauveur, numerosos testigos que contaban como yo lo acabo de hacer, la lamentable historia de la hija del castigo.


Paul Féval (1816-1887)



 
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