El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




Draconian - Where Lovers Mourn



Gothic Metal/Doom Metal
Suecia
Draconian - Where Lovers Mourn (2003)



01 The Cry of Silence (12:42)
02 Silent Winter (4:58)
03 A Slumber Did My Spirit Seal (4:10)
04 The Solitude (7:54)
05 Reversio Ad Seccesum (7:31)
06 The Amaranth (5:21)
07 Akherousia (2:33)
08 It Grieves My Heart (7:31)




Draconian - The solitude
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DRACONIAN
Anders Jacobsson (vocalista y poeta)
Johan Ericson (baterista, vocal)
Andy Hindenäs (guitarra)
Jesper Stolpe (bajo)
Lisa Johansson (vocal)





El Mito De Isis y Osiris





El Mito De Isis y Osiris

He aquí uno de los más célebres mitos de la historia de las culturas. Osiris muere y luego renace a través de la mediación de su esposa y hermana Isis. El dios egipcio es despedazado por su maléfico hermano Set. Pero después renace y se convierte en dios de los muertos. Detrás de su renacimiento late la arcaica creencia en la resurección inevitable de la vida inspirada en el ciclo vegetal, en el renacer de los frutos tras la temporaria muerte invernal.

Nut, diosa del cielo, era la mujer de Ra. Sin embargo, era amada por Geb a cuyo amor correspondía. Cuando Ra descubrió la infidelidad de su esposa, se puso iracundo y la maldijo, diciendo que su hijo no nacería en ningún mes ni en ningún año. La maldición del poderoso Ra no podía ser ignorada, debido a que Ra era el jefe de todos los dioses. Angustiada, Nut apeló al dios Thoth (el Hennes griego), quien también la amaba. Thoth sabía que la maldición de Ra debía cumplirse, pero encontró una vía de salida al problema mediante una estratagema muy hábil. Acudió a Silene, la diosa de la Luna, cuya luz rivalizaba con la del Sol mismo, y le retó a un juego de mesa. Las apuestas por ambos lados eran altas, pero Suene apostó un poco de su luz, la decimo séptima parte de cada una de sus iluminaciones, y perdió. De aquí procede que su luz mengua y disminuye en ciertos períodos, de tal forma que ya no es rival del Sol. De la luz que le había arrebatado a la diosa de la Luna, Toth creó cinco días que añadió al año (que en esos tiempos constaba de trescientos sesenta días), de tal manera que no pertenecían ni al año anterior, ni al año siguiente, ni a ningún mes. Nut tuvo a sus cinco hijos durante esos días. Osiris nació el primer día, Horus el segundo día, Set el tercer día, Isis el cuarto y Neftis el quinto. En el momento del nacimiento de Osiris, se oyó en todo el mundo una voz alta que decía: «Ha nacido el señor de toda la Tierra!» Una tradición un tanto diferente relata que cierto hombre llamado Pamiles, que llevaba agua del templo de Ra en Tebas, oyó una voz que le ordenaba proclamar el nacimiento del «buen y gran rey Osiris», lo cual hizo en seguida.

Con el transcurso del tiempo se cumplieron las profecías respecto a Osiris, y se convirtió en un rey grande y sabio. La tierra de Egipto floreció bajo su dominio como jamás lo había hecho antes. Como muchos otros «dioses-héroes». se propuso la tarea de civilizar a su gente, quienes a su llegada se cncontraban en un estado muy bárbaro, practicando el canibalismo y otras costumbres salvajes. Les impuso unos códigos, les enseñó las artes de la labranza y les enseñó los ritos correctos para venerar a los dioses. Y cuando logró establecer la ley y el orden en Egipto se marchó a tierras lejanas para continuar con su obra civilizadora. Era tan gentil y bueno, y tan agradables eran sus métodos de inculcar el conocimiento en las mentes de los bárbaros, que éstos veneraban la mismísima tierra que pisaba.



El Arco y la Lira - Octavio Paz


El Arco y la Lira
Octavio Paz






Poesía y poema

"La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aisla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia.
Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases.
Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo.
Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!

El poema, sin dejar de ser palabra e historia, trasciende la historia. A reserva de examinar con mayor detenimiento en qué consiste este traspasar la historia, puede concluirse que la pluralidad de poemas no niega, sino afirma, la unidad de la poesía.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor intensidad, toda la poesía. Por tanto, la lectura de un solo poema nos revelará con mayor certeza que cualquier investigación histórica o filológica qué es la poesía. Pero la experiencia del poema —su recreación a través de la lectura o la recitación— también ostenta una desconcertante pluralidad y heterogeneidad. Casi siempre la lectura se presenta como la revelación de algo ajeno a la poesía propiamente dicha. Los pocos contemporáneos de San Juan de la Cruz que leyeron sus poemas, atendieron más bien a su valor ejemplar que a su fascinante hermosura. Muchos de los paisajes que admiramos en Quevedo dejaban fríos a los lectores del siglo XVII, en tanto que otras cosas que nos repelen o aburren constituían para ellos los encantos de la obra. Sólo por un esfuerzo de comprensión histórica adivinamos la función poética de las enumeraciones históricas en las Coplas de Manrique. Al mismo tiempo, nos conmueven, acaso más hondamente que a sus contemporáneos, las alusiones a su tiempo y al pasado inmediato. Y no sólo la historia nos hace leer con ojos distintos un mismo texto. Para algunos el poema es la experiencia del abandono; para otros, del rigor. Los muchachos leen versos para ayudarse a expresar o conocer sus sentimientos, como si sólo en el poema las borrosas, presentidas facciones del amor, del heroísmo o de la sensualidad pudiesen contemplarse con nitidez. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro."






El arco y la lira inicia a Paz en un campo nuevo: la teoría crítica. El libro se fundamenta en tres preguntas que Paz se hace sobre la poesía: "¿hay un decir poético —el poema— irreductible a todo otro decir?; ¿qué dicen los poemas?; ¿cómo se comunica el decir poético?".

El arco y la lira representa uno de los textos más controvertidos de Octavio Paz. Desde su aparición es motivo de análisis acucioso ya que se trata de un texto en el que un poeta reflexiona teóricamente sobre la poesía y la propone como una forma de vida. Esta óptica Paz la ha asimilado de la corriente surrealista de André Breton. En el continente europeo el surrealismo era algo maduro, pero en América apenas comenzaba a dar frutos. De ahí que el libro levanta polémica sobre sus conceptos. En esos momentos México es un país con incipientes aspiraciones cosmopolitas y los creadores ávidos de internacionalismo encuentran en Paz a su representante. La publicación de El arco y la lira coloca nuevamente a Paz en el centro de la vida intelectual de México. A partir de ese momento, conceptos como tiempo, ritmo, origen y , sobre todo, otredad, quedan ligados a Paz.



VNV Nation - Of Faith, Power And Glory


industrial /synthpop/ futurepop.
Londres, Reino Unido

VNV Nation - Of Faith, Power And Glory (2009)



01. Pro Victoria 02:21
02. Sentinel 05:27
03. Tomorrow Never Comes 05:08
04. The Great Divide 05:14
05. Ghost 05:03
06. Art of Conflict 06:39
07. Defiant 03:43
08. Verum ternus 06:02
09. From My Hands 04:36
10. Where There is Light 06:20





VNV Nation - Sentinel
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VNV Nation - Where There is Light
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VNV Nation - Ghost
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VNV NATION
Victory Not Vengeance (Victoria no venganza)
Ronan Harris
Mark Jackson





Vampiros en Occidente





Vampiros en Occidente

De los vrykolakas al cadaver sanguisugus

La creencia según la cual los muertos pueden preservarse de toda corrupción cadavérica y salir de su tumba es muy antigua en Grecia. Estos “no muertos” reciben el nombre de vrykolakas (palabra tomada de la lengua eslavona, que significa “hombre lobo”). Se trata generalmente de personajes que no han sido inhumados en suelo consagrado porque se suicidaron o habían sido excomulgados. Estas almas en pena, inofensivas en sus orígenes, pretenden tan sólo abandonar su envoltorio carnal; basta con que la Iglesia anule la sentencia de excomunión para devolverles la paz.
La noción de muerto viviente chupador de sangre, síntesis de las leyendas paganas, como las sagas nórdicas, y del cristianismo medieval procede principalmente de Islandia, de los países escandinavos y de las islas Británicas, donde los celtas aportaron sus creencias.
Desde el siglo XII se encuentran en Inglaterra los ejemplos más significativos de crónicas redactadas en latín –como De Nugis Curialium (1193), deWalter Map– que contienen todo tipo de relatos relacionados con difuntos, generalmente excomulgados, que salen cada noche de su tumba para atormentar a sus allegados o para ocasionar sospechosas muertes en serie.
Al abrir el ataúd encontramos el cadáver intacto y manchado de sangre, y la única manera de acabar con el maleficio es quemar el cuerpo después de haberlo atravesado con una espada A falta de un término específico, los cronistas ingleses llamaron a este tipo de muertos cadaver sanguisugus.

Epidemias

Habrá que esperar hasta el siglo XIV para que el vampirismo sea endémico, sobre todo en Prusia oriental, Silesia y Bohemia. Este fenómeno, que no tenía hasta la fecha más que un carácter anecdótico, se generalizó, al tiempo que se constataba que las espectaculares manifestaciones vampíricas coincidían con las grandes epidemias de peste. Para evitar el contagio, las víctimas de la enfermedad eran enterradas apresuradamente sin certificar su muerte clínica. El hecho de que unos días más tarde, al abrir los panteones familiares se encontraran los cadáveres perfectamente conservados aunque manchados de sangre, propició que la imaginación les atribuyera la condición de vampiros, cuando lo que sucedió fue que los desdichados sufrieron una atroz agonía en el sarcófago y se infligieron heridas al intentar escapar de su cárcel de madera.

Vampiros históricos

–Gilles de Rais (1400-1440), antiguo compañero de armas de Juana de Arco, después de retirarse a sus posesiones en Machecoul y Tiffauges, se entregó por completo a la alquimia, pues pensaba hallar en la sangre el secreto de la piedra filosofal. Estas prácticas despertaron en él unos instintos perversos que le condujeron a torturar atrozmente y hasta la muerte a unos trescientos niños. Se le suele citar como un “vampiro” histórico.

–Vlad IV (1431-1476), voivoda de Valaquia y apodado Tepes (el Empalador) y Drácula (diminutivo de Dracul, que significa el diablo o el dragón), es un héroe nacional rumano, que contribuyó valerosamente a la liberación de su país de los invasores otomanos, a la par que un sanguinario tirano que mandó empalar a millares de personas para satisfacer su placer. Las siniestras hazañas de Vlad Tepes alimentaron numerosas crónicas de la época y lo convirtieron en un personaje de leyenda cuyo nombre está en la actualidad indisolublemente ligado al del vampiro. Cuatro siglos más tarde, su crueldad
despertó la atención de Bram Stoker, creador del mito moderno, que se inspiró en él para su Drácula (1897).

–La condesa Erzsébeth Bathory fue acusada de matar a trescientas jóvenes húngaras. En su Castillo de Csejthe, cerca de los Cárpatos, organizaba orgías, que eran verdaderas matanzas. Desangraba a sus víctimas para bañarse en su sangre. Fue enjuiciada en 1611 y condenada a vivir en lo alto de una torre, en una celda sin ventanas. A su muerte, los pobladores creían que la condesa regresaba del más allá convertida en vampiro.


Illuminate - 10x10 (Weiß)



Gothic Metal, Dark Wave
Alemania

Illuminate - 10x10 (Weiß) (2003)





01 Intro
02 Ein Erwachen
03 Stern der Ungeborenen
04 Der Traum des Tänzers
05 Leuchtfeuer
06 Blütenstaub
07 Leidenschaft
08 Geheimes Leben
09 Der Vampir des eigenen Herzens
10 Kein Lächeln mehr





Illuminate - Ein Erwachen
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Illuminate - Kein Lächeln mehr
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ILLUMINATE
Johannes Berthold : Vocals, Keyboard
Jörn Langenfeld : Guitar
Markus Nauli : Keyboard





La Puta de Babilonia - Fernando Vallejos


La Puta de Babilonia
Fernando Vallejos





La puta de Babilonia es un ensayo histórico y académico sobre la Iglesia católica del escritor colombiano con pasaporte mexicano Fernando Vallejo. La obra fue presentada en la facultad de filosofía y letras de la UNAM y publicada por Editorial Planeta Mexicana, S.A. en el año 2007.

La puta de Babilonia o prostituta de Babilonia es el nombre que los albigenses daban a la iglesia romana, como testimonia el Apocalipsis.

Obra ubicada en el panorama de los estudios sobre la fe dogmática cristiana contemporánea y de los últimos mil setecientos años, La puta de Babilonia da cuenta, en 317 páginas y sin división en capítulos, de los procedimientos de la Iglesia en el derramamiento de la sangre de humanos y en el atropello a los animales, cuya defensa es la única causa de Vallejo. En La puta de Babilonia, Vallejo agrieta y desmitifica los pilares de esta institución que a lo largo de toda la obra es denominada La Puta.




Ausencia de dios - Mario Benedetti


Ausencia de dios

Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo de olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad la única constante de tu espacio,
quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única
en mí que estoy enteramente solo sobreviviéndote.

Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, esa que no sabía.

Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que dios se muere, se resbala,
saber que dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.

Es tarde. Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas del invierno, el mar a veces,
por no tener tu corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.

Mario Benedetti

Imagen:Alberto Giacometti-Diego(1953)

The Pride of Wolves - Dawn of the Wolves



Modern Classical, New Wave, Experimental
Alemania
The Pride of Wolves - Dawn of the Wolves (2008)




1. Dawn of the Wolves (7:40)
2. Will you? (3:06)
3. Eastern Front (5:21)
4. The Castle by the frozen sea (4:27)
5. Wolfsbane (3:54)
6. Ragnaroek (6:06)
7. Endlos (3:01)
8. Days of Rosewell (3:17)
9. CodeRed (5:05)
10. The Mesh (2:36)
11. Three Way Street (2:44)
12. Erwache (3:39)





THE PRIDE OF WOLWES
Naja af Wolffen
Black Wolf




El Unicornio, mitos y leyendas





El Unicornio, mitos y leyendas



El unicornio es un animal muy especial, ligado al hombre por amor y servicio.
Por mucho tiempo, este bello animal, ha transitado por el misterioso laberinto de la mitología y la realidad.

En el libro “La historia y la verdad del unicornio”, muestra como una Hermandad filosófica italiana, enseña un manuscrito: “El Codex Unicornis”, del siglo XV. Es un verdadero testamento del maestro Magnalucius, y el mayor tesoro de la hermandad del Collegium Gnóstico, cuyo núcleo principal es la Doctrina secreta del Unicornio.
Durante siglos esa hermandad mantuvo oculto ese tesoro.

“Es el tiempo de la purificación, son las palabras del hermano Iamblicus, encargado de difundir la palabra del manuscrito:
“Atención: Vendrá una edad que la ciencia oscurecerá por doquier las esperanzas de los hombres. Carros de hierro rodarán por la tierra, que se endurecerá y vaciará para soportar su peso. El aire se llenará con el clamor de muchas voces. Plagas y enfermedades desconocidas serán multitud. La esfera de la luna retendrá las huellas del calzado del hombre.
Dos reinos poderosos se disputarán el mundo, y se volverán contra él, hasta que el suelo y el mar enfermen, y el viento se convierta en un flujo de vapores envenenados. Y todo hombre será puesto a prueba dolorosamente, de tal modo que al fin ninguno escapará de la opción entre la luz y la oscuridad”.

Entonces el Unicornio volverá con más fuerza, sembrando en nuestra mente sueños de una edad más brillante.
Todos estaremos ansiosos por verle en su forma verdadera. Pero será muy difícil satisfacer a todos, porque él siendo una criatura espiritual, su imagen será, según el corazón del que lo convoque.
La revelación de estas páginas sin restricciones, resolverá toda confusión y habrá una unidad de visión que convoque al Unicornio en su estado original, verdadero y perfecto.

El escritor de este libro, fue invitado a visitar el Collegium Gnósticum, situado en la cima de la montaña y habitado por unos doce alumnos. Fue guiado por el hermano Iamblicus, a una pequeña capilla cercana donde le dijo que conocería un verdadero Cuerno de Unicornio.

Sobre un altar de piedra, en un cofre de madera que abrió luego de pronunciar unas palabras en latín: “Nunc ex tenebris te educo” (Ahora te extraigo de la oscuridad), sacó de su encierro al espiralado Cuerno.

La vista de tan bello y extraño objeto hacía estremecer. El mágico y misterioso Cuerno estaba montado en una base de plata ornamentada, engarzada en piedras púrpuras, con inscripciones rúnicas, talvez de origen celta. El Cuerno era real, duro y frío. Ha sobrevivido al fuego y a las inundaciones. Es un gran talismán de poder, puede atraer incluso a otros unicornios. Pero su poder y su fuerza sólo pueden ser activados por su verdadero dueño.

El hermano Iamblicus, conocedor del testamento de Magnalucius, explicó: “sus poderes duermen, su luz disminuirá hasta extinguirse si se halla en manos extrañas, por eso debemos liberarlo, ahora que hemos revelado su secreto”.

La fraternidad que lo cuidó por tanto tiempo no es el verdadero dueño.
Se le debe guardar en la oscuridad, para que desde allí atraiga a su verdadero dueño.

“Cubierto de plata, bajo la tierra, espera el cuerno espiralado”.

Examinaron con cuidado las páginas del Codex de Magnalucius en busca de la clave donde enterrar el cuerno.

La profecía del Cuerno verdadero

“Desaparecerá gradualmente en la tiniebla
en una noche hecha por el Hombre,
pero el sol atravesará esa niebla cuando me pierdo,
y así otra vez me gano”.
¡Libérate! ¡Libérate! Te llamo
a Nuevas tierras más allá del mar;
que otro, por sendero estrecho, se me acerque.
Más lejos, más alto, pero fuera de alcance.
Elige bien el camino que enseñe
Como se levanta el Hundido,
Cómo se llena el vacío,
Cómo finalmente se sosiega
Un corazón desconcertado.

¡Busca la Gran Piedra!
Márcala con una señal!
Para que quien te siga
Sepa que es la mía,
Y esté cierto, al verla y pondere,
tal como escribieron los Antiguos:
“Tal y tanto arriba, tal y tanto abajo”.

Y custodiaré la fuente de la Grandeza:
Esperaré junto a una lágrima
Nacida ni de la pena ni de la alegría,
Revestido de plata, bajo tierra;
Soy el Cuerno Espiralado”.


Examinando las palabras del rollo del Codex de Magnalucius, para hallar una pista del lugar donde enterrar al Cuerno. Por fin paseando y meditando por una pradera encontraron el lugar exacto. Esa misma tarde en una caja de bronce, lo enterraron dejando señales para que el lugar sea reconocido.
Tal vez haya muchas personas que no crean en la autenticidad del manuscrito, y si existió realmente el Unicornio.
“No hay más pruebas y así lo creo, debe ser, el Unicornio es una criatura de misterio y de fe, no un espécimen para ser enjaulado y disecado. En realidad cuando estas páginas sólo sean polvo, persistirá el misterio y no la explicación”. Michael J.Green.

Magnalucius en su diario nos muestra sus encuentros con los Unicornios

Lunes de marzo, equinoccio de primavera.
Antes de empezar a trabajar la tierra, al alba como solía, paseaba entre las encinas que bordean el río. Divisó una criatura de color blanco, pensaba que era un ciervo, se movía entre los arbustos. “Lo más admirable es que me hallaba en equilibrio, en hondo estado de devoción…Me quedé inmóvil, en el más grato silencio mental y espiritual; el animal parecía estar tanto dentro como fuera de mi. Luego sin saber como desapareció.
Como es que esas almas puras, apartadas del mundo, hallan el camino hasta nosotros”.

Viernes, 26 de marzo
Nuevamente vio al animalito blanco, maravillado de la obra de Dios, cree que es El Unicornio.
Se encontraba descansando después de las faenas, sintió una alegría silenciosa como traída de la mano de Dios, que lleva a la perfección cada retoño, hojas y pétalos. Vio entonces una enredadera en plena floración y sus flores como nunca antes las viera, esplendentes de celeste luz, como unas joyas. Mientras contemplaba, advirtió la presencia del animal que lo miraba con grandes ojos bondadosos, tenía en la frente un único cuerno, blanco como el hielo. Esa visión le hizo estremecer y perder la conciencia por un tiempo.

El lunes siguiente
Poco antes del mediodía estalló una tormenta, ya casi habían terminado de preparar la tierra. Encontró un guijarro muy extraño, junto a la cascada, parece de vidrio, pero natural.
Más adelante, leyendo descubrí que los Unicornios, dejan a su paso “el periadham”, que son unas bolitas como de cristal. No se sabe si esas esferas pequeñas son sus lágrimas o su excremento.

Primer domingo, después de pascua
Era de mañana, Sylvanus, (el cocinero), estaba sentado cerca del bosque que rodea el jardín, permanecía en honda reflexión, como acostumbra, se le acercó la bella criatura, el único cuerno blanco, brillaba. Permanecieron inmóviles por más de una hora, parecían conversar con la mente, se sentía un leve aroma a especies, como a laurel.

Miércoles siguiente
El maestro dice que intuye raras aventuras y maravillosas hazañas.
Pero a la vez sus pensamientos le aportan una alegría, una rara tranquilidad, como si esa criatura fuera el augurio de algo bueno por venir.
Ese día, al alba, caminaba en una hondonada más alejada del Colegium, conmovido por la soledad y la belleza de la creación, en pleno esplendor de la primavera, sintió un aroma como a laurel y allí estaba él, a pocos pasos y por primera vez oyó su voz, solemne y sin embargo musical.
Se volvió entonces el Unicornio y caminó hacia el pequeño bosque, desapareció, no estaba por ninguna parte, no había ningún sitio donde esconderse, una pradera abierta rodea al pequeño bosque. Es asombroso e intrigante.

Miércoles 14 de abril
Hablando con nuestro Maestro Eugnostos, (después de su retiro espiritual), le pregunté por el Unicornio y por qué desaparecía.
El Maestro le respondió que el animal no desaparecía, lo que hace es abandonar nuestro nivel de realidad y se marcha a otro.

¿Y cuál es ese otro nivel?
Existen cuatro Edades: la de Oro, la de Plata, la de Bronce y la de Hierro es la que estamos ahora. Estas Cuatro Edades, representan a las cuatro grandes Dinastías de la historia de la humanidad. Pero es más que eso.

A la primer Edad, se llamó de Oro porque brilla con la luz dorada como pensamiento recién nacido en la mente de Dios.

Las siguientes edades son una elaboración de ese pensamiento. Las dimensiones o edades vienen a ser como cuatro notas de una cuerda gigante que abarca el pasado presente y futuro.

El hombre ha estado en todas ellas, pero siempre ha fallado y como castigo se le ha enviado a la última dimensión.

Las primeras dimensiones son invisibles para el hombre, pero continúan entretejidas entre ellas.

El Unicornio, estaba allí, mirándolos y escuchando hablar al maestro Eugnostos.

La morada habitual del Unicornio es la Edad de Oro. Pero tiene la virtud de atravesar la puerta de las edades y como es un fiel amigo del hombre, a veces se acerca a visitarlo en su exilio. Por eso cuando desaparece, sólo atraviesa el umbral que nos separa de las otras dimensiones. Cada entrada es un laberinto y sólo se puede encontrar con la ayuda de un guía y ese guía es El Unicornio. Ha elegido a Magnalucius para hacer el viaje.

Isabella, nuestra ayudante de cocina, habla del Unicornio con mucha familiaridad, lo llama “nuestro Unicornio”, como si fuera una mascota, conoce bien lo que piensa y siente el Unicornio.

El Maestro Magnalucius en su retiro, se hallaba contento entre el ensueño y la plegaria. Al final del tercer día, sentado en la puerta a la luz del sol, vio nuevamente al custodio de místicos senderos, dejando que sus pensamientos se juntaran. Abierto y confiado se dejó llevar lleno de dulzura y de extrañas imágenes. Luego el exceso de brillo comenzó a quemarle, hasta que la criatura desapareció.

Cree que el Unicornio vive cerca de la choza del retiro, o tal vez esté cerca la entrada secreta a su dimensión. Luego de ese día, vio al unicornio todos los días, y piensa que ya es su amigo.

Eugnostos dice: “la amistad no tiene otro objeto que la manifestación del espíritu”.

Por qué será que no hay relatos verdaderos sobre El Unicornio? Quizás porque las pocas personas que lo vieron (jóvenes e inocentes), se vieron tan deslumbradas con su presencia que no supieron como describirlo, las palabras se opacarían.

Eugnostos, dijo a Magnalucios que el destino había querido que fuera él el encargado de escribir la verdad sobre el Unicornio. Existe un designio divino que debe revelarse y deberá fructificar algún día.

El propósito será instruir al peregrino honrado para que pueda hallar al Unicornio.

El Maestro, con mucho respeto y seriedad, comenzó a escribir:

“Yo, Magnalucius, nacido en el pueblo de Anchiana en el año 1457, empecé esta obra por mi propia mano y doy testimonio de su veracidad. Por la gracia de Dios no me ha faltado educación… No obstante, cuanto aprendí en esos años fue una sombra a la luz del Unicornio, cuya venida resultó en la piedra basal de todos mis conocimientos. Todo lo anterior habían sido frutos primerizos; lo de ahora, la cosecha abundante.

Ahora bien: este trabajo no es tributario de las vanas fantasías o delirios imaginarios de nadie…Que el lector quede satisfecho sabiendo que estas palabras e imágenes testimonian la más sencilla y pura experiencia; que juzgue de su verdad por si mismo.

Lector: si no crees ni ofreces sacrificios, no deposites tu mirada en este libro, pues contiene enseñanzas secretas que servirán a pocos y turbarán a la mayoría. Si sólo buscas diversión no sigas leyendo. Si eres un honrado peregrino en el sendero de la vida, abre entonces, lee y pondera."

Como nació el primer Unicornio
El libro de la generación: De mente a mente en pensamiento sin palabras, esto me hizo conocer al Unicornio.

“Su verdadero origen yace en la hondura del Tiempo, en ese Principio sin principio cuando todo era desierto y vacío, oscuridad y niebla. Entonces decidió el Santo Único apartar la oscuridad de la luz. Así se estableció concordia y equilibrio, con la tiniebla expulsada al límite exterior y la Morada de la Luz en el mismo centro de todo.

Pero lo oscuro, apenas situado y librado a si mismo, adquirió peso más allá de toda ponderación, se introdujo entre las cosas y las empezó a arrastrar hacia si conforme a sus inclinaciones.

El equilibrio empezó a temblar, por lo tanto, y de ese temblar emergió una resonancia, un sonido atemorizador que circuló por el vasto vacío con canto poderoso. El Santo Único modelaba ese sonido para convertirlo en un acorde de gran dulzura, y le infundía inteligencia para que pudiera convertirse en espíritu de armonía y en conductor en todos los rincones del vacío.

Éste, el poderoso espíritu llamado Galgallím, giró y giró a través de innumeras edades, siempre en espiral en torno a la luz central. Y aunque algunas cosas seguían cayendo en lo oscuro, Galgallím guiaba a otras por un sendero menos definido a las riberas de la Luz. De este modo el equilibrio seguía manteniéndose.

Entonces el Santo Unico quiso contar con un panel donde desplegar su gran arte; entre la ribera de la Luz y las murallas de lo oscuro dejó colgar a la Tierra en equilibrio. Encendió sus montañas desnudas y en ellas esparció brillantes gemas que aún reflejan esas llamas. Entonces el Santo Único habló al espíritu conductor, a Galgallim, diciendo: “Te he hecho a partir de los ocultos golfos, libre y con forma ilimitada.

¿Aceptarás una forma en la tierra y así prestar un servicio aún mayor?
Y mientras la pregunta aún se formulaba, así era acordado.

El primer Unicornio
Llegó envuelto en una nube, impulsado por un blanco torbellino. Descendió con suavidad desde los cielos a los campos infantiles de la tierra, aún antes que sus fuegos iniciales se hubieran extinguido. Posee entonces el Unicornio el brillo de la luz, y puede apartar de si toda oscuridad, toda tiniebla. Se lo llamó “Asallám”, el primer Unicornio de los nacidos, criatura de conformación temible y para contemplar hermosa, dotado de un cuerno de luz en espiral, señal de Galgallím, el guía.

Del jardín del Unicornio
Dícese: “Golpeó entonces Asallám una roca desnuda, con su cuerno la penetró hasta grande hondura, y brotó una fuente de vida borboteante. Los fuegos se extinguían doquiera fluían esas aguas y empezaba la Tierra a fecundarse con multitud de cosas muy fructíferas se alzaron grandes árboles, florecieron y bajo su sombra se instalaron las bestias salvajes y domésticas. Todo esto era intención del Santo Único, y el Unicornio el instrumento de su querer. De este modo se formó el jardín del Unicornio, llamado Shamagim, que quiere decir “Lugar donde hay agua”.
El Santo Único se dirigió entonces al primogénito diciendo:

“¡Asallám! tu sólo serás, entre todas mis creaciones, quien recuerde la ocasión y el modo de su hechura, y vivirás en permanente memoria de la Luz, para ser su conductor y su guardián. Pero jamás volverás a la Luz hasta la hora final del fin del tiempo”.

La creación del hombre
El Santo Único, creador de la tierra, del fuego, del agua y del aire, con su Sagrado aliento creó al Hombre, que era el colmo de la creación: fuerte y bello.
El Unicornio, se volvió modesto y vergonzoso, maravillado ante tanta belleza.
Lo amó tanto y se inclinó ante él.
Fue el primer animal que el hombre contemplara, y sólo el Unicornio puede guiarlo hacia la Luz.
Este fue el principio de la Edad Primera.
El libro de Némesis:
En los largos años de la Edad Primera, el hombre y el Unicornio, habitaron y crecieron juntos en cuerpo y mente. Pero en la oscuridad otros seres se desplegaban y fortalecían.

Como nacieron los Dragones
El mismo día que el Unicornio, hizo brotar de la roca, agua, como fuente de vida, también brotaron semillas de peligro. El agua fertilizante comenzó a correr y a filtrarse por las grietas a cavernas y en esas cámaras del abismo el agua dio vida a otros seres vivientes: el Dragón fue el primer ser viviente que nació entre fuegos y tinieblas, dotado de fuerza y astucia. Fue llamado Yaldabaoth, también tenía otros nombres. Este Dragón creció mucho y generó a muchos otros como él, rápidos de mente y ávidos de saber. Como el Unicornio, intenta adivinar los secretos de la creación, pero a diferencia de éste, el Dragón desea dominar el mundo y derrotar a la muerte.
El Dragón odia al Unicornio por haber sido la primera creación del Supremo, desea exterminarlo y así convertirse en el más viejo del Universo.
Pero el Unicornio, controlador de los dominios de este mundo debe controlar al gusano tanto en la luz como en la sombra.
Es insuperable la velocidad y el coraje del Unicornio, pero el saber del Dragón es vasto y sutil, puede moldear su mente, penetrando en ella, vaciándolo de su fuerza y de su Luz. ¿Debería el Unicornio, sucumbir al odio del Dragón y morir en su fuego, o huir? Pero sería derrotado y perecería.
Pero si actúa con rapidez y sagacidad, con el más grande amor y su Cuerno Espiralado, puede derrotar al Dragón.

El Jardín del Unicornio
El Unicornio, como hermano mayor, amigo y guía, vigilaba que ningún hombre se aventurara fuera del jardín, a lugares inseguros para él. El hombre creció en número y en fuerza y también el Unicornio, crecieron juntos con gracia e inocencia en la plenitud de la Edad Dorada. Se forjaron lazos muy fuertes entre ellos, imposibles de romper.

La llegada de la Serpens que los engaña
Yaldabaoth y su progenie, llenos de celos y de envidia, tramaron en las honduras de la tierra, enviar a Serpens (la más astuta de la raza). Parecía un Dragón atractivo, no era de gran tamaño (por lo que no inspiró temor), con bellas escamas, hablar simpático, ocultaba su propósito, moviéndose familiarmente entre los hombres. Comenzó a sembrar la discordia y la duda entre los hombres, lamentando que el Unicornio los mantuviera presos dentro de los límites del Jardín.
Las mujeres, no se dejaron engañar por Serpens y mantuvieron su amor y confianza en el Unicornio.
Serpens, comenzó a hablar sobre las tierras hermosas y fértiles que había más allá del jardín y como el Unicornio los mantenía allí cautivos.
El Unicornio oyó esas palabras y se puso muy triste, él sólo señalaba el sentido, no obligaba a seguir los caminos de la luz. Nadie le pidió consejo.
Uno de ellos alzó la voz: “¡Rompamos estas cadenas de oro, acabemos con estas ataduras! ¡Cuánto más difícil y largo sea el camino, más brillante será su término!”.
A partir de ese momento el hombre no pudo culpar a nadie más, sólo a si mismo, por las penas y dolores subsiguientes. La mujer bajó la cabeza y siguió al hombre.
Así se cumplió el trabajo del Dragón, y esas palabras sellaron la condenación del hombre.

El principio de La Edad Segunda: La Edad de Plata
Al instante se volvió duro y opaco, lo que antes fuera un mundo en primavera.
Sobre la mente de los hombres, pareció caer un vacío piadoso, cuando la oscuridad cesó se hallaron en una dimensión más densa a la sombra de la antigua dimensión.
Y en formas menos gráciles, se movieron perplejos, al principio.
Las razas hermanas divididas:
Tal como desearon los dragones, el Unicornio y el Hombre se separaron cada vez más, cuando éste cayó moralmente, luchando contra sus semejantes y adorando ídolos.
Pasaron así a las otras edades, recorriendo oscuros caminos que llevó al Hombre a la edad de hierro, cuarto y definitivo mundo.
Pero el Unicornio, aunque sigue viviendo en su jardín, nunca olvidó al hombre y viene a visitarlo y desaparece, esperando el momento que alguien encuentre al guía y decida seguirlo.

Los Unicornios de las Siete Casas
El Unicornio tiene distintas formas, tamaños y temperamentos.
El Avarim es el más delicado, se asemeja a un ciervo.
El Arweharis es el más atrevido, custodia la noche.
Existen Siete Casas, y cada uno de los Unicornios pertenece a una de ellas, teniendo un dominio y un deber.
Dice Eugnostos: “Observa al Unicornio. Repara en su belleza. Cierra los ojos, vuelve a mirarlo. Lo que ves antes, no estaba y lo que estaba ya no está”.
En El Jardín, Asallám, el primogénito que con su Cuerno hizo brotar las aguas, también engendró a siete Unicornios, cada uno protector de una de las Siete Casas.
Así creó a: Ilvillón, el piadoso amigo del hombre. Vata, que vendrá al alba al final de los días. A Ohani, a Kestevara, a Abram y a Isferdarmad, el que conoce las tinieblas.

Los Avarim:
Estos Unicornios son los que se ocupan de nuestros asuntos, también los curativos y los más comunes en nuestro mundo. Se acercan a nosotros en el límite de la vigilia, sentimos su presencia con un gozo espiritual.

El Karkadam:
Habitan en las tierras desoladas, les gusta la soledad. Tienen unos profundos y penetrantes ojos negros azules. También se les llama Reëm, son eternos vagabundos, nunca están mucho tiempo en el mismo lugar. Son un poco más grandes en estatura que los Avarín, aunque su cabeza es más redondeada.

Los Nimbi:
Son los más pequeños (miden menos de dos palmas), los más bellos, sólo se le presentan a los niños y son muy veloces.

Los Killina:
Son los menos comunes de las siete casas. Muy pocas veces los han visto. Gobiernan muchas tierras donde se mueven constantemente.
Despiden un fuego sagrado, con el que manifiestan su presencia, el cuerno destella y su luminosidad impide la visión de los hombres. Sus apariciones anuncian grandes acontecimientos. Los Killina custodian los Grandes Secretos que sólo serán revelados al final de nuestra Era.


Fragmento
¡Venid! El los llevará al Rey Pescador
Y donde el brillante Sol se alza
Sobre el dorado rocío y los suave campos
Que se extienden detrás de las murallas
Del mundo. Mostrará los valles resplandecientes
Donde hallaréis el Cáliz de Oro y dejaréis atrás el Cáliz.
Y os guiará a traves de la Desolación de las Aguas
Hasta donde moran los Siete Protectores.
Entonces deberéis en primer lugar…
Y nunca más puede…
Ocultarse…
Ni falso…
Llegando a ser…


Donde descansa y se alimenta el Unicornio
Los hijos de los Unicornios se divierten todos juntos. Son muy curiosos y hacen largas excursiones para conocer nuevos lugares.
Viven todos en el Jardín, algunos hacen sus nidos sobre el pasto aplastado, otros descansan debajo de rosales silvestres (sus flores preferidas), junto a las siemprevivas. También les atraen los arroyos, los ríos y las cascadas.
Tienen una vista muy aguda, y pueden mirar al sol del mediodía sin pestañar.
Al alba todos se inmovilizan, contemplando la salida del sol, como si oraran.
En su morada el Unicornio descansa en un sueño aparente, con la cabeza erguida, siempre alerta, escuchando. No necesita dormir. Su oído es capaz de escuchar hasta el sonido más sutil.

De los reinos olvidados
"¡Oh hombre, contempla al Unicornio con respeto!
Si le miras a los ojos, cuídate:
Porque conoce la historia toda de
Nuestra raza, y su memoria intacta
Atraviesa la tiniebla de los años y llega
A poderosos y vastos dominios hoy
Deshechos por el tiempo y el destino.
La tierra ha cambiado de rostro;
hay tierras que se hundieron
bajo las olas del mar. Los ríos no han
sido fieles a su curso, ni las montañas
permanentes en su forma. Si quieres
conocer lo que hubo antes, busca
entonces el Cuerno Espiralado.”

“Él señala el camino,
custodia el pórtico,
aguarda hasta el fin”


Entre el Unicornio y las doncellas hay un lazo secreto que los hombres no conocen.

Por ellas él siente una atracción semejante al de las abejas por las flores, en ellas provoca una ternura dulce y bella. Hay un hermoso misterio en esa atracción. El Unicornio renuncia confiado a su soledad para someterse a las caricias y mimos de las doncellas.
Cualquier mujer que sea casta de corazón, tiene acceso a la amistad del Unicornio.
Él no exige que la mujer no haya sido tocada por un hombre, sino que ella no se haya volcado al deseo hambriento de los placeres del mundo.
El Unicornio sabe quien se ha entregado a los goces pecaminosos, éstos nunca podrán seguirle ni lo verán, pero si aquellos de corazón abierto y confiados.
Los que ansían el dominio no pueden tolerar ser guiados. Tampoco seguirán un guía que les señale el camino. Quien desee guiar debe aprender a ser discípulo.
Es más probable que una virgen que ignora los deseos corporales reciba la sabiduría del espíritu.
Antigua amistad del Unicornio con una raza antigua. El Unicornio le ha mostrado una raza de Ancianos de cabellos canos, aspecto salvaje, vestidos con pieles, adornados con collares de piedra y bronce, tienen una mirada amable y sosegada.
Entonan canciones de la Edad del diluvio, eran quienes dominaron la tierra antes que los romanos, alzaron las piedras verticales y les dieron nombre a las estrellas.
Quedan ya muy pocos, son los amigos preferidos del Unicornio que camina entre ellos despreocupado y tranquilo, ellos lo reciben como a un familiar. Les ha enseñado muchos secretos: los de hierbas curativas, el vuelo de las aves, el lenguaje de los árboles. Tienen prohibido muchas cosas: comer carne de cerdo, utilizar el hierro o la rueda, deben orar antes de utilizar algo viviente. Viven dentro de la espesa selva donde no ven las estrellas. Trabajan la madera con mucha sabiduría.
Con el talado de las selvas, el número de los ancianos va disminuyendo poco a poco y ellos lo aceptan resignados, dicen que son como encinas que se pudren en lo oscuro del bosque, de regreso a la oscuridad de su matriz pacífica. Pero están confiados que un día volverán y alzarán sus piedras otra vez y contarán las estrellas.

El Unicornio está más allá de las Leyes
El hombre dice ser abogado, dentista, carpintero. El Unicornio sabe en cambio que es espíritu que vive como Unicornio. Su comportamiento es un poco desconcertante, él cambia como el trueno o el relámpago, a veces es dulce y dócil como un cordero, pero otras veces salta y se pone alerta y en postura feroz por un momento; pero luego su mirada cambia, volviendo otra vez a la calma.
Es imprevisible con sus hechos y costumbres, sólo es constante en mutabilidad, por eso lo llaman: “Anesses Duses” que quiere decir: “El que está más allá de las Leyes”, no está obligado por las coherencias que gobiernan a los mortales.
El Unicornio es solitario, se basta a si mismo, sólo busca a sus semejantes si hay alguna razón. Si hay algo importante que resolver, los Unicornios más antiguos se reúnen en algún lugar secreto.
En la noche, cuando el hombre descansa, los Unicornios se quedan inmóviles bajo las estrellas, callados, meditando, sin prisa, recorren con la mente todas las edades, desde la raíz del tiempo hasta nuestra Era. Renuevan la antigua alianza con el Hombre, confirmando su Fe con el Santo Único.
De ese concilio surgen las preguntas y disciernen sobre lo que deben resolver de forma inmediata o lo que se puede posponer.
Cuando despunta el alba, ya en armonía unificados, concentran su mente en el Fin del Tiempo. Esto se lo enseñaron al Maestro Magnalucius, despojándolo de todo pensamiento inferior. Le mostraron como se concilian o que hacen los Unicornios cuando se reúnen.
El Unicornio es un ser salvaje e indomable; nunca se dejará domar o conducir. No tolera bridas ni aperos, el peso de un jinete lo ofendería.
Pero cuando los Unicornios se retiran en silencioso concilio y su pensamiento avanza hasta las fronteras del tiempo. Ellos ven a aquel que “volverá glorioso, blandiendo una llameante espada, cabalgando un coral muy blanco en cuya frente se yergue un cuerno brillante que impide la visión de los ojos mortales.

Las selvas de Brocileante
El Maestro quiso conocer esas tierras del Unicornio.
Pero pasaron los días y el Unicornio no se le presentó. Preocupado preguntó al Bendito Eugnostos y le informó sus deseos de conocer esas tierras. Este le respondió que debía hallar la selva de Brocileante que se encontraba entre los dos cerros gemelos. Allí debía esperarlo a la hora que no es de día ni de noche.
Al tercer día de encontrar el lugar, cuando el sol se ocultaba tras la colina; apareció el Unicornio, tras de una suave brisa. Salió de la oscuridad bajo los árboles y con una inclinación de cabeza, le indicó que lo siguiera.
Penetraron entre los arbustos, el camino no se veía, estaba muy oscuro. El Unicornio comenzó a correr, el Maestro se hubo de tomar de la cola para seguirlo y no perderse. Atravesaron el bosque rápidamente, se oyó un ruido atronador, la luz se hizo más tenue, el Unicornio detuvo su marcha delante una venerable selva, jamás antes vista.
La mirada del Unicornio era tranquila, siguieron caminando hasta donde hallaron una gran encina y el camino se dividía en dos, allí se detuvieron.
El Unicornio lo miró como esperando una decisión del camino a tomar. La izquierda ofrecía un aire misterioso de oscuros secretos. Magnalucius eligió ese sendero y el Unicornio lo siguió. El lugar era oscuro y aire húmedo. El sendero era de suaves piedras negras, en un pantano neblinoso. De pronto la selva terminó y delante de ellos apareció un alto murallón de piedra, una fisura estrecha y oscura lo dividía al medio. Las rocas eran trabajadas como runas esculpidas.
Oyó una voz que salía de adentro de la montaña, muy suave decía “Magnalicius”¨
La voz lo incitaba a seguir, era muy suave, parecía culta, le decía palabras muy interesantes. Estuvo a punto de obedecer, pero las piernas se negaban a moverse. El Unicornio lo tocó suavemente y lo siguió escapando de ese lugar tan triste, miró hacia atrás y vio el rostro horrible y los ojos como llamas de un dragón.
Regresaron hasta donde se encontraba la bella encina y los dos caminos. El Unicornio tomó el de la derecha y el Maestro lo siguió. El sendero era de un musgo suave y verde, salpicado de flores. Se descalzó para sentir la suavidad del césped.

Llegaron a un bosque de graciosos árboles, ramas finas y de follaje verde plata. El corazón se le aligeró al sentir el dulce trino de infinidad de pájaros y el sonido de cascadas. Sintió una gran paz siguiendo al Unicornio, por mucho rato caminaron hasta donde terminó el bosque, se hallaban en la cima de un barranco, allá abajo se veía una tierra acogedora y primaveral, el sol brillaba iluminando todo.
Su lama se exultaba ante tanta maravilla, con silenciosa admiración. Los ojos se le llenaron de lágrimas, como al viajero que regresa a casa después de tanto tiempo.
Deseaba hallar un lugar seguro para bajar, pero el Unicornio lo invitó a volver, y regresaron por el mismo camino y salieron al bosque junto a las colinas gemelas. Todavía era de noche.
El Unicornio volvió a entrar entre los árboles y aunque supiera la entrada ya no podría seguirle.
Todo lo que allí existe se puede hallar aquí, pero allí cada objeto parece el original el verdadero. Ninguna pluma puede reproducir un lugar exento de corrupción. Y ningún pincel jamás pintará colores nunca vistos.
Eugnostos llamó a Magnalucius para mostrarle algo, le explicó que aunque el Unicornio vive muchos años, pero cuando muere, sus cenizas se las lleva el viento. Pero el Cuerno Espiralado permanece, soberano a traves del tiempo. Sirve de puente entre las distintas dimensiones, a él se le atribuyen fantásticos poderes.
Eugnostos sacó el Cuerno que tenía envuelto en una tela, lo observaron en silencio, toda prisa se desvaneció, el mundo pareció abrirse a otra dimensión del tiempo, sintieron la más lúcida visión del menor de los detalles. Oyeron gotear una fuente distante y la risa cantarina de Isabella.
Se dieron cuenta por que el Unicornio se acercaba tanto a ese lugar, la fuerza del Cuerno lo atrae. Mientras hablaban vieron por la ventana un pequeño Unicornio que los observaba.
El Cuerno después de pasar por muchas manos que él eligió, llegó a las de Eugnostos y quizás algún día llegue a las manos de Magnalucius.

fuente


Untoten -The Look of Blasphemie



Darkwave/Gothic Rock/Gothic Industrial
Alemania
Untoten -The Look of Blasphemie (2002)



01.Strange Inside
02.Die out by the Sea
03.Summerlove
04.My Lover is a Ghost
05.Why Do Bats Fall in Love
06.Catnip
07.The Look of Blasphemie
08.Let Me Love You (in Times of Pain)
09.Stay
10.Spread Your Wings





Untoten - The Look of Blasphemie
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UNTOTEN
David A.Line, compositor, escritor y músico.
Greta Csatlós, cantante


Dom Calmet y el tratado de los Vampiros





Dom Calmet y el tratado de los Vampiros

por Jose Luis Pereyra


En el “Dictionnarie Philosophique” (1764), Voltaire se permitía llamar la atención acerca de la calamidad que en pleno siglo de las Luces se había desatado, la creencia acerca de los vampiros. Y atribuía mucha de la culpa de esta epidemia al ilustre benedictino de la congregación de S. Vannes y de San Hidulfo, el abate de Senone, el reverendo padre Dom Augustin Calmet.

En 1746, Calmet se permitió publicar un largo tratado, la “Dissertation sur les apparitions des esprits et sur les vampires et revenants”, texto que podemos traducir como el Tratado acerca de las apariciones de espíritus y acerca de los vampiros y revinientes, en dos volúmenes. El libro logró un amplio éxito.

El Tratado del padre Calmet en su parte dedicada a los vampiros, no deja de prescindir de los espectros y apariciones; mas puede aseverarse que es el primer estudio amplio respecto a los vampiros en Europa.

En el texto de Voltaire al que hacíamos referencia, se comentaba un hecho curioso, que muestra el interés del filósofo por erradicar una creencia “que provenía de la Grecia cristiana”. Traduzco parte de la argumentación:

“Después de algún tiempo, los cristianos del rito griego imaginan que los cuerpos de los cristianos del rito latino enterrados en Grecia no se pudren, porque están excomulgados. Lo cual es precisamente lo contrario por parte de nosotros, los cristianos del rito latino. Creemos que los cuerpos que no se corrompen están marcados por el sello de la beatitud eterna…



La Luna - Jaime Sabines



La Luna

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.

Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia a los que se
han intoxicado de filosofía

Un pedazo de luna en el bolsillo
es el mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
y para alejar a los médicos y las clínicas.

Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.

Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas


Jaime Sabines

Gracias a Kaisser, gran amigo, que me ha enviado este hermoso poema!! y sobre todo a sus dulces palabras.

Trobar De Morte - Fairydust


Neo Folk,Modern Classical
España

Trobar De Morte - Fairydust (2005)




1. El Vals De Las Hadas De Otoño
2. Natural Dance
3. When The Night Falls
4. Los Duendes Del Relog
5. Cuncti limus Concanentes
6. La Princesa Dolca De Provenca
7. Ailein Auinn
8. The Deadly Embrace Of Love
9. Ordo Militum Christi
10. Las Puertas Del Cielo
11. Requiem
12. A Fairies Song
13. When The Spirit Sing





Trobar de Morte - El Vals de las Hadas de Otoño
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Trobar de Morte - Los Duendes Del Reloj
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Trobar de Morte - Ordo Militum Christi
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TROBAR DE MORTE
Lady Morte: Voz, flauta y Percusión.
Arianne: Voz y Percusión.
Armand: Batería, Darbuka y Bajo.
jose luis frias: gaitas, silbatos, flautas
fernando casales: violen y guitarra




El Pozo y el Péndulo - Edgar A. Poe












El Pozo y el Péndulo
Edgar A. Poe


Impia tortorum longas hic turba furores sanguinis innocui,
non satiata, aluit, sospite nunc patria, fracto nunc funeris
antro, mors ubi dira fuit vita salusque patent.

(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado
que debió erigirse en el solar del Club de los Jacobinos, en
París.)


Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino.
Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal, les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento.

Durante varios momentos de espanto frenético vi también la blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los siete grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa. Tomaron para mí, al principio, el aspecto de la caridad, y los imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme. Pero entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi alma, y sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en contacto con el hilo de una batería galvánica. Y las formas angélicas convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de llama, y claramente comprendí que no debía esperar de ellos auxilio alguno. Entonces, como una magnífica nota musical, se insinuó en mi imaginación la idea del inefable reposo que nos espera en la tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que mi espíritu comenzaba a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los grandes hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron por completo, y sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron desaparecer como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad.

Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba perdido. En medio del más profundo sueño..., ¡no! En medio del delirio..., ¡no! En medio del desvanecimiento..., ¡no! En medio de la muerte..., ¡no! Si fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre. Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo más tarde es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado.

Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida: el sentimiento de la existencia moral o espiritual y el de la existencia física. Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. ¿Y cuál es ese abismo? ¿Cómo, al menos, podremos distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser solicitadas, mientras, maravillados. nos preguntamos de dónde proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá extraños palacios y casas singularmente familiares entre las ardientes llamas; no será el que contemple, flotantes en el aire, las visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar, no será el que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca hubiese llamado su atención hasta entonces.

En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío aparente en el que mi alma había caído, hubo instantes en que soñé triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos en que he llegado a condensar recuerdos que en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afirmado no poder referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la conciencia.
Muy confusamente me presentan esas sombras de recuerdos grandes figuras que me levantaban, transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo espantoso a la simple idea del infinito en descenso.

También me recuerdan no sé qué vago espanto que experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese corazón. Luego el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una memoria que se agita en lo abominable.


De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos. Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi existencia sin pensamiento, sensación que duró mucho. Luego, bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero estado. Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo. Y el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde. Únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado recordarlo vagamente.

No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví. Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me rodeaban. No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada.

A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los procedimientos inquisitoriales, y, partiendo de esto, procuré deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la sentencia y me parecía que desde entonces había transcurrido un largo intervalo de tiempo. No obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente muerto.

A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿dónde me encontraba y cuál era mi estado? Sabía que los condenados a muerte morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de esta especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mi calabozo para aguardar en él el próximo sacrificio que había de celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser. Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente de víctimas. Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz.

Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra.
Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba vacío y negro. Respiré con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían reservado no era el más espantoso de todos.

Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los horrores de Toledo corrían. Sobre estos calabozos contábanse cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas; pero, sin embargo, eran tan extraños, que sólo podían repetirse en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo mundo de tinieblas, o qué muerte más terrible me esperaba? Puesto que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar de que el resultado era la muerte, y una muerte de una amargura escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución, era lo único que me preocupaba y me aturdía.

Mis extendidas manos encontraron, por último un sólido obstáculo. Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas. Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio alguno para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía dar la vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas habían sido cambiadas por un traje de grosera estameña.

Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, había pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y la coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía, pero no había tenido en cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran cansancio me decidió a continuar tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de mí en aquella posición.

Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un cántaro con agua.
Estaba demasiado agotado para reflexionar en tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había contado ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo. Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared, y esto impedía el conjeturar la forma de la cueva, pues no había duda alguna de que aquello era una cueva.

No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie de mi prisión. Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura, era traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando cruzarlo en línea recta.

De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome caer de bruces violentamente.

En la confusión de mi caída no noté al principio una circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después, hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza, aunque parecían colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en ninguna parte. Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor viscoso y que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué el brazo y me estremecí, descubriendo que había caído al borde mismo de un pozo circular cuya extensión no podía medir en aquel momento. Tocando las paredes precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo de piedra y la dejé caer en el abismo. Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes. Chocaba en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta abierta y cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz atravesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en seguida.

Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité por el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y el mundo no me hubiera vuelto a ver.
Aquella muerte, evitada a tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que la muerte, con sus crueles agonías físicas o con sus abominables torturas morales. Esta última fue la que me había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento, hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase de tortura que me aguardaba.

Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared, decidido a dejarme morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las tinieblas de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de una sola vez, lanzándome a uno de aquellos abismos, pero en aquellos momentos era yo el más perfecto de los cobardes. Por otra parte, me era imposible olvidar lo que había leído con respecto a aquellos pozos, de los que se decía que la extinción repentina de la vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio infernal de quien los había concebido.

Durante algunas horas me tuvo despierto la agitación de mi ánimo. Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme, como la primera vez, hallé a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía una sed abrazadora, y de un trago vacíe el cántaro.
Algo debía de tener aquella agua, pues apenas bebí sentí unos irresistibles deseos de dormir. Caí en un sueño profundo parecido al de la muerte. No he podido saber nunca cuánto tiempo duró; pero, al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban.
Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude descubrir al principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel.

Me había equivocado mucho con respecto a sus dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó grandemente, turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles circunstancias que me rodeaban, ¿qué cosa menos importante podía encontrar que las dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma ponía un interés extraño en las cosas nimias, y tenazmente me dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las medidas a aquel recinto. Por último se me apareció como un relámpago la luz de la verdad. En mi primera exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de caer. En ese instante debía encontrarme a uno o dos pasos del trozo de tela.
Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva. Entonces me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre mis pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión de mi cerebro me impidió darme cuenta de que había empezado la vuelta con la pared a mi izquierda y que la terminaba teniéndola a la derecha.

También me había equivocado por lo que respecta a la forma del recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos, deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso es el efecto de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo o de un sueño. Los ángulos eran, sencillamente, producto de leves depresiones o huecos que se encontraban a intervalos desiguales. La forma general del recinto era cuadrada. Lo que creí mampostería parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en enormes planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones.

La superficie de aquella construcción metálica estaba embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y otras imágenes del horror más realista llenaban en toda su extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo escapado, pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo.

Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situación física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que parecía de cuero. Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libres mi cabeza y mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro que habían dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me devoraba una sed intolerable.
Creí entonces que el plan de mis verdugos consistía en exasperar esta sed, puesto que el alimento que contenía el plato era una carne cruelmente salada.

Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase a una altura de treinta o cuarenta pies y parecíase mucho, por su construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi atención una figura de las más singulares. Era una representación pintada del Tiempo, tal como se acostumbra representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un objeto que a primera vista creí se trataba de un enorme péndulo como los de los relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que me hizo mirarla con más detención.

Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza la observé durante unos minutos. Cansado, al cabo de vigilar su fastidioso movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda.

Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba, subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención apartarlas.

Transcurrió media hora, tal vez una hora —pues apenas imperfectamente podía medir el tiempo— cuando, de nuevo, levanté los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido. El camino del péndulo había aumentado casi una yarda, y, como consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue la idea de que había descendido visiblemente. Puede imaginarse con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba formado por media luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. También parecía una navaja barbera, pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma ancha y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba moviéndose en el espacio.


Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo, cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario como yo; del pozo, imagen del infierno, considerado por la opinión como la Ultima Tule de todos los castigos. El más fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él, y yo sabia que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa constituía una rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo, no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin ninguna alternativa, a una muerte distinta y más dulce ¡Mas dulce! En mi agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí.

¿Para qué contar las largas, las interminables horas de horror, más que mortales, durante las que conté las vibrantes oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente, efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para mí más largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía bajando, bajando.

Pasaron días, tal vez muchos días, antes que llegase a balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su aire acre. Hería mi olfato el olor de acero afilado. Rogué al Cielo, cansándolo con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero. Enloquecí, me volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquella espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apoderó de mí una gran calma y permanecí tendido sonriendo a aquella muerte brillante, como podría sonreír un niño a un juguete precioso.

Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a su capricho podían detener la vibración.

Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles, como resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso, extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a los labios, un informe pensamiento de extraña alegría, de esperanza, se alojo en mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la esperanza y yo? Repito que se trataba de un pensamiento informe. Con frecuencia tiene el hombre pensamientos así, que nunca se completan. Me di cuenta de que se trataba de un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota.


La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de mi traje, volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A pesar de la gran dimensión de la curva recorrida —unos treinta pies, más o menos— y la silbante energía de su descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas murallas de hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era rasgar mi traje.

Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla. Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al pasar sobre mi traje, y en la extraña y penetrante sensación que produce el roce de la tela sobre los nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron.

Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el chillido de un alma condenada, hasta mi corazón con el andar furtivo del tigre. Yo aullaba y reía alternativamente, según me dominase una u otra idea.

Más bajo, invariablemente, inexorablemente más bajo. Movíase a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo hasta la mano. Únicamente podía mover la mano desde el plato que habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por encima del codo, hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo, lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha.

Siempre mas bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo. Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración. Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con el ardor de la desesperación más enloquecida; espasmódicamente, cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio más indecible! Y, sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza. Era la esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro, que dejábase oír al oído de los condenados a muerte, incluso en los calabozos de la Inquisición.

Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente, pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje, Y con esta observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días, tal vez, pensé por primera vez. Se me ocurrió que la tira o correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de mi


cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El resultado de la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o impedido esta posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi cabeza lo bastante para ver bien mi pecho. La correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida.

Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había flotado en mi espíritu una sola mitad cuando llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea entera estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté llevarla a la práctica.

Hacia varias horas que cerca del caballete sobre el que me hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos, como si no esperasen más que mi inmovilidad para hacer presa. "¿A qué clase de alimento —pensé— se habrá acostumbrado en este pozo?"

Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para impedirlo, había devorado el contenido del plato; pero a la larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia . Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos dientes en mis dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante que aún quedaba, froté vigorosamente mis ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar.

Al principio, lo repentino del camino y el cese del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró más que un instante. No había yo contado en vano con su glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos o más atrevidas se encaramaron por el caballete y oliscaron la correa. Todo esto me pareció el preludio de una invasión general. Un nuevo tropel surgió del pozo. Agarrándose a la madera, la escalaron y a centenares saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba el movimiento regular del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se apretaban moviéndose y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían sobre mi garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.

Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba contantemente.
Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que en más de un sitio habían de estar cortadas. Con una resolución sobrehumana, continué inmóvil.


No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos, colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo efectuábase ya sobre mi pecho. L estameña de mi traje había sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más, y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el banquillo, me deslicé fuera del abrazo y de la tira y del alcance de la cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre.

¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir atraída hacia el techo por una fuerza invisible.
Aquélla fue una lección que llenó de desesperación mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. ¡Libre! Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser entregado a algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando en ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que me rodeaban. Algo extraño, un cambio que en principio no pude apreciar claramente, se había producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios minutos en los que estuve distraído, lleno de ensueños y escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e incoherentes.

Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda.
Provenía de una grieta de media pulgada de anchura, que extendíase en torno del calabozo en la base de las paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque, como puede imaginarse, inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido.

Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente imaginario.

¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No había duda sobre el deseo de mis verdugos, los más despiadados y demoníacos de todos los hombres.

Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo.

El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más ocultas. No obstante, durante un minuto de desvarío, mi espíritu negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal, y, escondiendo mi rostro entre las manos, lloré con amargura.

El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez mas los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un segundo cambio, y este efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste.

En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. "¡La muerte! —me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!" ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión?

Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible.

Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos...

Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió del mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.



 
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