El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




¿Por qué será? - Mario Benedetti



¿Por qué será?

¿Por qué será que uno fabrica sus recuerdos
y luego los olvida?
¿por qué será que uno procede de algún dios
para volverse ateo?
¿por qué será que la luna tiene
una barriga blanca?
¿por qué será que cuando abro el ropero
las mangas me saludan?
¿y que tu boca dice ternuras
tan sólo cuando calla?
¿por qué será que un cuerpo virgen
tiene pezones de burdel?
¿por qué será que si decido
morir nadie me cree?
¿por qué será que los pájaros cantan
después de los entierros memorables?
¿por qué será que si beso tu beso
me siento renovado?
¿por qué será que me haces tanta falta?

Mario Benedetti

imágen:Carpani- Los Amantes


Ernesto "Che" Guevara





14 de junio de 1928 - 14 de junio de 2011


Consternados, rabiosos
Vámonos,
derrotando afrentas.

ERNESTO "CHE" GUEVARA

Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles

da verguenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nunca estuvo
con la cinta tan pálida

vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart

da vergüenza el confort
y el asma da vergüenza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido

eres nuestra conciencia acribillada

dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar las buenas
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro

dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo

basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos

así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el tiempo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará mas limpia

estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella

donde estés
si es que estás
si estás llegando

aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones

donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios

pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.

Mario Benedetti






Lo han cubierto de afiches /de pancartas
de voces en los muros
de agravios retroactivos
de honores a destiempo
lo han transformado en pieza de consumo
en memoria trivial
en ayer sin retorno
en rabia embalsamada

han decidido usarlo como epílogo
como última thule de la inocencia vana
como añejo arquetipo de santo o satanás
y quizás han resuelto que la única forma
de desprenderse de él
o dejarlo al garete
es vaciarlo de lumbre
convertirlo en un héroe
de mármol o de yeso
y por lo tanto inmóvil
o mejor como mito
o silueta o fantasma
del pasado pisado

sin embargo los ojos incerrables del che
miran como si no pudieran no mirar
asombrados tal vez de que el mando no entienda
que treinta años después sigue bregando
dulce y tenaz por la dicha del hombre.

Mario Benedetti

Historia de Vampiros - Mario Benedetti


Historia de Vampiros

Era un vampiro que sorbía agua
por las noches y por las madrugadas
al mediodía y en la cena

era abstemio de sangre
y por eso el bochorno
de los otros vampiros
y de las vampiresas

contra viento y marea se propuso
fundar una bandada
de vampiros anónimos

hizo camana bajo la menguante
bajo la llena y la creciente
sus modestas pancartas proclamaban
vampiros beban agua
la sangre trae cáncer

es claro lo quirópteros
reunidos en su ágora de sombras
opinaron que eso era inaudito

aquel loco aquel alucinado
podía convencer a los vampiros flojos
esos que liban boldo tras la sangre

de modo que una noche
con nubes de tormenta
cinco vampiros fuertes
sedientos de hematíes plaquetas leucocitos
rodearon al chiflado al insurrecto
y acabaron con el y su imprudencia

cuando por fin la luna
pudo asomarse vio allá abajo
el pobre cuerpo del vampiro anónimo
con cinco heridas que manaban
formando un gran charco de agua

lo que no pudo ver la luna
fue que los cinco ejecutores
se refugiaban en un árbol
y a su pesar reconocían
que aquello no sabía mal

desde esa noche que fue histórica
ni los vampiros ni las vampiresas
chupan mas sangre resolvieron
por unanimidad pasarse al agua

como suele ocurrir en estos casos
el singular vampiro anónimo
es venerado como un mártir

Mario Benedetti


Desde los afectos - Mario Benedetti



Desde los afectos
mario-benedetti
¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo,
Que nadie establece normas salvo la vida,
Que la vida sin ciertas normas pierde forma,
Que la forma no se pierde con abrirnos,
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente,
Que no está prohibido amar,
Que también se puede odiar,
Que el odio y el amor son afectos
Que la agresión porque sí hiere mucho,
Que las heridas se cierran,
Que las puertas no deben cerrarse,
Que la mayor puerta es el afecto,
Que los afectos nos definen,
Que definirse no es remar contra la corriente,
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja,
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio,
Que negar palabras implica abrir distancias,
Que encontrarse es muy hermoso,
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,
Que la vida parte del sexo,
Que el "por qué" de los niños tiene un porque,
Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad,
Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana,
Que nunca está de más agradecer,
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo,
Que nadie quiere estar solo,
Que para no estar solo hay que dar,
Que para dar debimos recibir antes,
Que para que nos den hay que saber también cómo pedir,
Que saber pedir no es regalarse,
Que regalarse es, en definitiva, no quererse,
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos,
Que para que alguien "sea" hay que ayudarlo,
Que ayudar es poder alentar y apoyar,
Que adular no es ayudar,
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara,
Que las cosas cara a cara son honestas,
Que nadie es honesto porque no roba,
Que el que roba no es ladrón por placer,
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo,
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte,
Que se puede estar muerto en vida,
Que se siente con el cuerpo y la mente,
Que con los oídos se escucha,
Que cuesta ser sensible y no herirse,
Que herirse no es desangrarse,
Que para no ser heridos levantamos muros,
Que quien siembra muros no recoge nada,
Que casi todos somos albañiles de muros,
Que sería mejor construir puentes,
Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,
Que volver no implica retroceder,
Que retroceder también puede ser avanzar,
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol,
¿ Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida ?

Mario Benedetti

Imágen: Miguel Ruibal


Una Mujer Desnuda y En Lo Oscuro - Mario Benedetti



Una Mujer Desnuda y En Lo Oscuro


Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagon o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda

una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincon las telaranas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan

una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocacion para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazon un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo

una mujer desnuda y en los oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte

Mario Benedetti

Los Pocillos - Mario Benedetti





Los Pocillos
Mario Benedetti

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.

"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.

La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?", preguntó ella. "El encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana."



Ausencia de dios - Mario Benedetti


Ausencia de dios

Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo de olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad la única constante de tu espacio,
quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única
en mí que estoy enteramente solo sobreviviéndote.

Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, esa que no sabía.

Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que dios se muere, se resbala,
saber que dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.

Es tarde. Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas del invierno, el mar a veces,
por no tener tu corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.

Mario Benedetti

Imagen:Alberto Giacometti-Diego(1953)

No te salves - Mario Benedetti



No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves

no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo

no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti

Ese Gran Simulacro - Mario Benedetti



Ese Gran Simulacro

Cada vez que nos dan clases de amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huérfana
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros

en mi región hay calvarios de ausencia
muñones de porvenir / arrabales de duelo
pero también candores de mosqueta
pianos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde sus huertos
nostalgias inmóviles en un pozo de otoño
sentimientos insoportablemente actuales
que se niegan a morir allá en lo oscuro

el olvido está lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda
en el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede / aunque quiera / olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas
esos romeros que peregrinan por el olvido
como si fuese el camino de santiago

el día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite / los recuerdos atroces y de maravilla
quebrarán los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido

Mario Benedetti

Despabílate amor - M. Benedetti


Despabílate amor

Bonjour buon giorno guten morgen,
despabílate amor y toma nota,
sólo en el tercer mundo
mueren cuarenta mil niños por día,
en el plácido cielo despejado
flotan los bombarderos y los buitres,
cuatro millones tienen sida
la codicia depila la amazonia.

Buenos días good morning despabílate,
en los ordenadores de la abuela ONU
no caben más cadáveres de Ruanda
los fundamentalistas degüellan a
extranjeros,
predica el papa contra los condones,
Havelange estrangula a Maradona
bonjour monsieur le maire
forza Italia buon giorno
guten morgen ernst junger
opus dei buenos días
good morning Hiroshima,
despabílate amor
que el horror amanece.

Mario Benedetti

Espero - Mario Benedetti


Espero

Te espero cuando la noche se haga día,
suspiros de esperanzas ya perdidas.
No creo que vengas, lo sé,
sé que no vendrás.

Sé que la distancia te hiere,
sé que las noches son más frías,
Sé que ya no estás.
Creo saber todo de ti.

Sé que el día de pronto se te hace noche:
sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices,
sé que soy un idiota al esperarte,
Pues sé que no vendrás.

Te espero cuando miremos al cielo de noche:
tu allá, yo aquí, añorando aquellos días
en los que un beso marcó la despedida,
Quizás por el resto de nuestras vidas.
Es triste hablar así.

Cuando el día se me hace de noche,
Y la Luna oculta ese sol tan radiante.
Me siento sólo, lo sé,
nunca supe de nada tanto en mi vida,
solo sé que me encuentro muy sólo,
y que no estoy allí.

Mis disculpas por sentir así,
nunca mi intención ha sido ofenderte.
Nunca soñé con quererte,
ni con sentirme así.

Mi aire se acaba como agua en el desierto.
Mi vida se acorta pues no te llevo dentro.
Mi esperanza de vivir eres tu,
y no estoy allí.

¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás,
¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?
Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí.
Porque todas las noches me torturo pensando en ti.

¿Por qué no solo me olvido de ti?
¿Por qué no vivo solo así?
¿Por qué no solo...

Mario Benedetti

foto:Alperergin

Corazonada - Mario Benedetti




Corazonada
Mario Benedetti


Apreté dos veces el timbre y en seguida supe que me iba a quedar. Heredé de mi padre, que en paz descanse, estas corazonadas. La puerta tenía un gran barrote de bronce y pensé que iba a ser bravo sacarle lustre. Después abrieron y me atendió la ex, la que se iba. Tenía cara de caballo y cofia y delantal. «Vengo por el aviso», dije. «Ya lo sé», gruñó ella y me dejó en el zaguán, mirando las baldosas. Estudié las paredes y los zócalos, la araña de ocho bombitas y una especie de cancel.
Después vino la señora, impresionante. Sonrió como una Virgen, pero sólo como.
«Buenos días.» «¿Su nombre?» «Celia.» «¿Celia qué?» «Celia Ramos.» Me barrió de una mirada. La pipeta. «¿Referencias?» Dije tartamudeando la primera estrofa:
«Familia Suárez, Maldonado 1346, teléfono 90948. Familia Borrello, Gabriel Pereira 3252, teléfono 413723. Escribano Perrone, Larraiíaga 3362, sin teléfono.» Ningún gesto. «¿Motivos del cese?» Segunda estrofa, más tranquila: «En el primer caso, mala comida. En el segundo, el hijo mayor. En el tercero, trabajo de mula.» «Aquí», dijo ella, «hay bastante que hacer». «Me lo imagino. » « Pero hay otra muchacha, y además mi hija y yo ayudamos. » «Sí señora. » Me estudió de nuevo. Por primera vez me di cuenta que de tanto en tanto parpadeo.
«¿Edad?» «Diecinueve.» «¿Tenés novio?» «Tenía.» Subió las cejas. Aclaré por las dudas: «Un atrevido. Nos peleamos por eso.» La Vieja sonrió sin entregarse. «Así me gusta. Quiero mucho juicio. Tengo un hijo mozo, así que nada de sonrisitas ni de mover el trasero.» Mucho juicio, mi especialidad. Sí, señora. «En casa y fuera de casa. No tolero porquerías. Y nada de hijos naturales, ¿estamos?» «Sí señora. » ¡Ula Marula! Después de los tres primeros días me resigné a soportarla. Con todo, bastaba una miradita de sus ojos saltones para que se me pusieran los nervios de punta. Es que la vieja parecía verle a una hasta el hígado. No así la hija, Estercita, veinticuatro años, una pituca de oca¡ y nuni que me trataba como a otro mueble y estaba muy poco en la casa. Y menos todavía el patrón, don Celso, un bagre con lentes, más callado que el cine mudo, con cara de malandra y ropas de Yriart, a quien alguna vez encontré mirándome los senos por encima de Acción. En cambio el joven Tito, de veinte, no precisaba la excusa del diario para investigarme como cosa suya. juro que obedecí a la Señora en eso de no mover el trasero con malas intenciones. Reconozco que el mío ha andado un poco dislocado, pero la verdad es que se mueve de moto propia. Me han dicho que en Buenos Aires hay un doctor japonés que arregla eso, pero mientras tanto no es posible sofocar mi naturaleza. 0 sea que el muchacho se impresionó.
Primero se le iban los ojos, después me atropellaba en el corredor del fondo. De modo que por obediencia a la Señora, y también, no voy a negarlo, porinigo misma, lo tuve que frenar unas diecisiete veces, pero cuidándome de no parecer demasiado asquerosa. Yo me entiendo. En cuanto al trabajo, la gran siete. «Hay otra muchacha» había dicho la Vieja. Es decir, había. A mediados de mes ya estaba solita para todo rubro. «Yo y mi hija ayudamos», había agregado. A ensuciar los platos, cómo no. A quién va a ayudar la vieja, vamos, con esa bruta panza de tres papadas y esa metida con los episodios. Que a mí me gustase Isolina o la Burgueño, vaya y pase y ni así, pero que a ella, que se las tira de avispada y lee Selecciones y Lifenespañol, no me lo explico ni me lo explicaré.
A quién va a ayudar la niña Estercita, que se pasa reventándose los granos, jugando al tenis en Carrasco y desparramando fichas en el Parque Hotel. Yo salgo a mi padre en las corazonadas, de modo que cuando el tres de junio (fue San Cono bendito) cayó en mis manos esa foto en que Estercita se está bañando en cueros con el menor de los Gómez Taibo en no sé qué arroyo ni a mí qué me importa, en seguida la guardé porque nunca se sabe. ¡A quién van ayudar! Todo el trabajo para mí y aguantase piola. ¿Qué tiene entonces de raro que cuando Tito (el joven Tito, bah) se puso de ojos vidriosos y cada día más ligero de manos, yo le haya aplicado el sosegate y que habláramos claro? Le dije con todas las letras que yo con ésas no iba, que el único tesoro que tenemos los pobres es la honradez y basta. Él se rió muy canchero y había empezado a decirme: «Ya verás, putita», cuando apareció la señora y nos miró como a cadáveres. El idiota bajó los ojos y mutis por el foro. La Vieja puso entonces cara de al fin solos y me encajó bruta trompada en la oreja, en tanto que me trataba de comunista y de ramera. Yo le dije: «Usted a mí no me pega, ¿sabe?» y allí nomás demostró lo contrario. Peor
para ella. Fue ese segundo golpe el que cambió mi vida. Me callé la boca pero se la guardé. A la noche le dije que a fin de mes me iba. Estábamos a veintitrés y yo precisaba como el pan esos siete días. Sabía que don Celso tenía guardado un papel gris en el cajón del medio de su escritorio. Yo lo había leído, porque nunca se sabe. El veintiocho a las dos de la tarde, sólo quedamos en la casa la niña Estercita y yo. Ella se fue a sestear y yo a buscar el papel gris. Era una carta de un tal Urquiza en la que le decía a mi patrón frases como ésta: «Xx xxx
x xx xxxx xxx xx xxxxx».
La guardé en el mismo sobre que la foto y el treinta me fui a una pensión decente y barata de la calle Washington. A nadie le di mis señas, pero a un amigo de Tito no pude negárselas. La espera duró tres días. Tito apareció una noche y yo lo recibí delante de doña Cata, que desde hace unos años dirige la pensión. Él se disculpó, trajo bombones y pidió autorización para volver. No se la di. En lo que estuve bien porque desde entonces no faltó una noche. Fuimos a menudo al cine y hasta me quiso arrastrar al Parque, pero yo le apliqué el tratamiento del pudor. Una tarde quiso averiguar directamente qué era lo que yo pretendía. Allí tuve una corazonada- «No pretendo nada, porque lo que yo querría no puedo pretenderlo. »
Como ésta era la primera cosa amable que oía de mis labios se conmovió bastante, lo suficiente para meter la pata. «¿ Por qué? », dijo a gritos, «si ése es el motivo, te prometo que ... » Entonces como si él hubiera dicho lo que no dijo, le pregunté: «Vos sí... pero, ¿y tu familia? » «Mi familia soy yo», dijo el pobrecito.
Después de esa compadrada siguió viniendo y con él llegaban flores, caramelos, revistas. Pero yo no cambié. Y él lo sabía. Una tarde entró tan pálido que hasta doña Cata hizo un comentario. No era para menos. Se lo había dicho al padre. Don Celso había contestado: «Lo que faltaba. » Pero después se ablandó. Un tipo pierna. Estercita se rió como dos años, pero a mí qué me importa. En cambio la Vieja se puso verde. A Tito lo trató de idiota, a don Celso de cero a la izquierda, a Estercita de inmoral y tarada. Después dijo que nunca, nunca, nunca. Estuvo como tres horas diciendo nunca. «Está como loca», dijo el Tito, «no sé qué hacer». Pero yo sí sabía. Los sábados la Vieja está siempre sola, porque don Ceiso se va a Punta del Este, Estercita juega al tenis y Tito sale con su barrita de La Vascongada. 0 sea que a las siete me fui a un monedero y llamé al nueve siete cero tres ocho. «Hola», dijo ella.Su misma voz gangosa, impresionante. Estaría con su salto de cama verde, la cara embadurnada, la toalla como turbante en la cabeza. «Habla Celia», y antes de que colgara: «No corte, señora, le interesa.» Del otro lado no dijeron ni mu. Pero escuchaban.
Entonces le pregunté si estaba enterada de una carta de papel gris que don Celso guardaba en su escritorio. Silencio. «Bueno, la tengo yo.» Después le pregunté si conocía una foto en que la niña Estercita aparecía bañándose con el menor de los Gómez Taibo. Un minuto de silencio. «Bueno, también la tengo yo.» Esperé por las dudas, pero nada. Entonces dije: «Piénselo, señora» y corté. Fui yo la que corté, no ella. Se habrá quedado mascando su bronca con la cara embadurnada y la toalla en la cabeza. Bien hecho. A la semana llegó el Tito radiante, y desde la puerta gritó: « ¡La vieja afloja! ¡La vieja afloja! » Claro que afloja. Estuve por dar los hurras, pero con la emoción dejé que me besara. «No se opone pero exige que no vengas a casa. » ¿Exige? ¡las cosas que hay que oír! Bueno, el veinticinco nos casamos (hoy hace dos meses), sin cura pero con juez, en la mayor intimidad. Don Celso aportó un chequecito de mil y Estercita me mandó un telegrama que -está mal que lo diga- me hizo pensar a fondo: «No creas que salís ganando. Abrazos, Ester.»
En realidad, todo esto me vino a la memoria, porque ayer me encontré en la tienda con la Vieja. Estuvimos codo con codo, revolviendo saldos. De pronto me miró de refilón desde abajo del velo. Yo me hice cargo. Tenía dos caminos: o ignorarme o ponerme en vereda.
Creo que prefirió el segundo y para humillarme me trató de usted. «¿Qué tal, cómo le va?» Entonces tuve una corazonada y agarrándome fuerte del paraguas de nailon, le contesté tranquila: «Yo bien, ¿y usted, mamá? »



Enamorarse y no - Mario Benedetti

Enamorarse y no

Mario Benedetti


Cuando uno se enamora las cuadrillas
del tiempo hacen escala en el olvido
la desdicha se llena de milagros
el miedo se convierte en osadía
y la muerte no sale de su cueva
enamorarse es un presagio gratis
una ventana abierta al árbol nuevo
una proeza de los sentimientos
una bonanza casi insoportable
y un ejercicio contra el infortunio
por el contrario desenamorarse
es ver el cuerpo como es y no
como la otra mirada lo inventaba
es regresar más pobre al viejo enigma
y dar con la tristeza en el espejo

A la Izquierda del Roble - Mario Benedetti

A la Izquierda del Roble
Mario Benedetti



No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
en el que uno puede sentirse árbol o prójimo
siempre y cuando se cumpla un requisito previo.
Que la ciudad exista tranquilamente lejos.

El secreto es apoyarse digamos en un tronco
y oír a través del aire que admite ruidos muertos
como en Millán y Reyes galopan los tranvías.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños,
a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa.

Después de todo el secreto es mirar hacia arriba
y ver cómo las nubes se disputan las copas
y ver cómo los nidos se disputan los pájaros.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ah pero las parejas que huyen al Botánico
ya desciendan de un taxi o bajen de una nube
hablan por lo común de temas importantes
y se miran fanáticamente a los ojos
como si el amor fuera un brevísimo túnel
y ellos se contemplaran por dentro de ese amor.

Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble
(también podría llamarlo almendro o araucaria
gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo)
hablan y por lo visto las palabras
se quedan conmovidas a mirarlos
ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero es lindísimo imaginar qué dicen
sobre todo si él muerde una ramita
y ella deja un zapato sobre el césped
sobre todo si él tiene los huesos tristes
y ella quiere sonreír pero no puede.

Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico.

Ayer llegó el otoño
el sol de otoño
y me sentí feliz
como hace mucho
qué linda estás
te quiero
en mi sueño
de noche
se escuchan las bocinas
el viento sobre el mar
y sin embargo aquello
también es el silencio
mírame así
te quiero
yo trabajo con ganas
hago números
fichas
discuto con cretinos
me distraigo y blasfemo
dame tu mano
ahora
ya lo sabés
te quiero
pienso a veces en Dios
bueno no tantas veces
no me gusta robar
su tiempo
y además está lejos
vos estás a mi lado
ahora mismo estoy triste
estoy triste y te quiero
ya pasarán las horas
la calle como un río
los árboles que ayudan
el cielo
los amigos
y qué suerte
te quiero
hace mucho era niño
hace mucho y qué importa
el azar era simple
como entrar en tus ojos
dejame entrar
te quiero
menos mal que te quiero.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero puede ocurrir que de pronto uno advierta
que en realidad se trata de algo más desolado
uno de esos amores de tántalo y azar
que Dios no admite porque tiene celos.

Fíjense que él acusa con ternura
y ella se apoya contra la corteza
fíjense que él va tildando recuerdos
y ella se consterna misteriosamente.

Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico.

Vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
sólo de a ratos parecía
que iba a vivir
que iba a vencernos
pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre
sin su futuro
sin su cielo
un niño muerto
sólo eso
maravilloso y condenado
quizá tuviera una sonrisa
como la tuya
dulce y honda
quizá tuviera un alma triste
como mi alma
poca cosa
quizá aprendiera con el tiempo
a desplegarse
a usar el mundo
pero los niños que así vienen
muertos de amor
muertos de miedo
tienen tan grande el corazón
que se destruyen sin saberlo
vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
y qué verdad dura y sin sombra
qué verdad fácil y qué pena
yo imaginaba que era un niño
y era tan sólo un niño muerto
ahora qué queda
sólo queda
medir la fe y que recordemos
lo que pudimos haber sido
para él
que no pudo ser nuestro
qué más
acaso cuando llegue
un veintitrés de abril y abismo
vos donde estés
llevale flores
que yo también iré contigo.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
que sólo despierta con la lluvia.

Ahora la última nube ha resuelto quedarse
y nos está mojando como alegres mendigos.

El secreto está en correr con precauciones
a fin de no matar ningún escarabajo
y no pisar los hongos que aprovechan
para nadar desesperadamente.

Sin prevenciones me doy vuelta y siguen
aquellos dos a la izquierda del roble
eternos y escondidos en la lluvia
diciéndose quién sabe qué silencios.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico
aquí se quedan sólo los fantasmas.

Ustedes pueden irse.
Yo me quedo.

Imagen: Leonid Afremov - Otoño

Corazón Coraza - Mario Benedetti

Corazón Coraza
Mario Benedetti

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

Lo que necesito de Ti - Mario Benedetti

Lo que necesito de Ti
Mario Benedetti

No sabes cómo necesito tu voz;
necesito tus miradas
aquellas palabras que siempre me llenaban,
necesito tu paz interior;
necesito la luz de tus labios
! Ya no puedo... seguir así !
...Ya... No puedo
mi mente no quiere pensar
no puede pensar nada más que en ti.
Necesito la flor de tus manos
aquella paciencia de todos tus actos
con aquella justicia que me inspiras
para lo que siempre fue mi espina
mi fuente de vida se ha secado
con la fuerza del olvido...
me estoy quemando;
aquello que necesito ya lo he encontrado
pero aún !Te sigo extrañando!

Pedro y El Capitán - Mario Benedetti


Pedro y El Capitán - Mario Benedetti



Prólogo
El tema de Pedro y el Capitán lo pensé inicialmente como una novela, e incluso le había puesto título: El cepo. Recuerdo que en un reportaje que en 1974 me hizo el crítico uruguayo Jorge Ruffinelli, como él me preguntara sobre mis proyectos literarios de entonces, le hablé justamente de una eventual futura novela, llamada El cepo, y le dije, más o menos: "Va a ser una larga conversación entre un torturador y un torturado, en la que la tortura no estará presente como tal, aunque sí como la gran sombra que pesa sobre el diálogo. Pienso tomar al torturador y al torturado no sólo en la prisión o en el cuartel, sino mezclados con la vida particular de cada uno." Bueno, pues eso es en realidad Pedro y el Capitán.

Yo definiría la pieza como una indagación dramática en la psicología de un torturador. Algo así como la respuesta a por qué, mediante qué proceso, un ser normal puede convertirse en un torturador. Ahora bien, aunque la tortura es, evidentemente, el tema de la obra, como hecho físico no figura en la escena. Siempre he creído que, como tema artístico, la tortura puede tener cabida en la literatura o el cine, pero en el teatro se convierte en una agresión demasiado directa al espectador y, en consecuencia, pierde mucho de su posibilidad removedora. En cambio, cuando la tortura es una presencia infamante, pero indirecta, el espectador mantiene una mayor objetividad, esencial para juzgar cualquier proceso de degradación del ser humano.

La obra no es el enfrentamiento de un monstruo y un santo, sino de dos hombres, dos seres de carne y hueso, ambos con zonas de vulnerabilidad y de resistencia. La distancia entre uno y otro es, sobre todo, ideológica, y es quizá ahí donde está la clave para otras diferencias, que abarcan la moral, el ánimo, la sensibilidad ante el dolor humano, el complejo trayecto que media entre el coraje y la cobardía, la poca o mucha capacidad de sacrificio, la brecha entre traición y lealtad.

Otro aspecto a destacar es que la obra, de alguna manera, propone una relación torturador-torturado, que, aunque ha sido escasamente tocada por el teatro, se da frecuentemente en el ámbito de la verdadera represión, por lo menos en la que se practica en el Cono Sur. En Pedro y el Capitán los cuatro actos son meros intermedios, treguas entre tortura y tortura, son los breves períodos en que el interrogador "bueno" recibe al detenido, que ha sido previa y brutalmente torturado, y, en consecuencia, es de presumir que tiene las defensas bajas.

El torturado puede no ser sólo una víctima indefensa, condenada a la inevitable derrota o a la delación. También puede ser (y la historia reciente demuestra que miles de luchadores políticos la han encarado así) un hombre que derrota al poder aparentemente omnímodo, un hombre que usa su silencio casi como un escudo y su negativa casi como un arma, un hombre que prefiere la muerte a la traición. Pero aun para sostener esa actitud digna, entera, insobornable, el preso debe fabricarse sus propias verosímiles defensas y convencerse a sí mismo de su inexpugnabilidad. Cuando Pedro inventa la metáfora de que en realidad ya es un muerto, está sobre todo inventando una trinchera, un baluarte tras el cual resguardar su lealtad a sus compañeros y a su causa. En la obra hay dos procesos que se cruzan: el del militar que se ha transformado de "buen muchacho" en verdugo; el del preso que ha pasado de simple hombre común a mártir consciente. Pero quizá la verdadera tensión dramática no se dé en el diálogo sino en el interior de uno de los personajes: el Capitán.

No he querido representar en el preso a un militante de uno u otro sector político. La durísima represión ha abarcado virtualmente todo el espectro de la izquierda uruguaya, y hasta ha alcanzado a otros sectores de oposición, como pueden ser la Iglesia o los partidos tradicionales. Pedro es simplemente un preso político de izquierda que no delata a nadie, y que de algún modo humilla a su interrogador, venciéndolo mientras agoniza. Cada uno de los cuatro actos concluye con un no.

De más está decir que, aun en medio de la derrota que hoy sobrellevamos, no estoy por una literatura –y menos por un teatro– derrotista y lloriqueante, destinados a inspirar lástima y conmiseración. Tenemos que recuperar la objetividad, como una de las formas de recuperar la verdad, y tenemos que recuperar la verdad como una de las formas de merecer la victoria.





En Pie - Mario Benedetti

En pie
Mario Benedetti


Sigo en pie
por latido
por costumbre
por no abrir la ventana decisiva
y mirar de una vez a la insolente
muerte
esa mansa
dueña de la espera

sigo en pie
por pereza en los adioses
cierre y demolición
de la memoria

no es un mérito
otros desafían
la claridad
el caos
o la tortura

seguir en pie
quiere decir coraje

o no tener
donde caerse
muerto.

Las Primeras Miradas - Mario Benedetti

Las primeras miradas
Mario Benedetti


Nadie sabe en qué noche de octubre solitario,
de fatigados duendes que ya no ocurren,
puede inmolarse la perdida infancia
junto a recuerdos que se están haciendo.

Qué sorpresa sufrirse una vez desolado,
escuchar cómo tiembla el coraje en las sienes,
en el pecho, en los muslos impacientes
sentir cómo los labios se desprenden
de verbos maravillosos y descuidados,
de cifras defendidas en el aire muerto,
y cómo otras palabras, nuevas, endurecidas
y desde ya cansadas se conjuran
para impedirnos el único fantasma de veras.

Cómo encontrar un sitio con los primeros ojos,
un sitio donde asir la larga soledad
con los primeros ojos, sin gastar
las primeras miradas,
y si quedan maltrechas de significados,
de cáscara de ideales, de purezas inmundas,
cómo encontrar un río con los primeros pasos,
un río -para lavarlos- que las lleve.

La Muerte - Mario Benedetti




LA MUERTE
Mario Benedetti

Conviene que te prepares para lo peor.
Así, en la entonación preocupada y amiga de Octavio, no sólo médico sino sobre
todo ex compañero de liceo, la frase socorrida, casi sin detenerse en el oído de
Marlano, había repercutido en su vientre, allí donde el dolor insistía desde
hacía cuatro semanas. En aquel instante había disimulado, había sonreído
amargamente, y hasta había dicho: «no te preocupes, hace mucho que estoy
preparado». Mentira, no lo estaba, no lo había estado nunca. Cuando le había
pedido encarecidamente a Octavio que, en mérito a su antigua amistad («te juro
que yo sería capaz de hacer lo mismo contigo»), le dijera el diagnóstico
verdadero, lo había hecho con la secreta esperanza de que el viejo camarada le
dijera la verdad, sí, pero que esa verdad fuera su salvación y no su condena.
Pero Octavio había tomado al pie de la letra su apelación al antiguo afecto que
los unía, le había consagrado una hora y media de su acosado tiempo para
examinarlo y reexaminarlo, y luego, con los ojos inevitablemente húmedos tras
los gruesos cristales, había empezado a dorarle la píldora: «Es imposible
decirte desde ya de qué se trata. Habrá que hacer análisis, radiografías una
completa historia clínica. Y eso va a demorar un poco. Lo único que podría
decirte es que de este primer examen no saco una buena impresión. Te descuidaste
mucho. Debías haberme visto no bien sentiste la primera molestia.» Y luego el
anuncio del primer golpe directo: «Ya que me pedís, en nombre de nuestra
amistad, que sea estrictamente sincero contigo, te diría que, por las dudas ...
» Y se había detenido, se había quitado los anteojos, y los había limpiado con
el borde de la túnica. lJn gesto escasamente profiláctico, había alcanzado a
pensar Marlano en medio de su desgarradora expectativa. «Por las dudas ¿qué?»,
preguntó, tratando de que el tono fuera sobrio, casi indiferente. Y ahí se
desplomó el cielo: «Conviene que te prepares para lo peor. »
De eso hacía nueve días. Después vino la serie de análisis, radiografias, etc.
Había aguantado los pinchazos y las propias desnudeces con una entereza de la
que no se creía capaz. En una sola ocasión, cuando volvió a casa y se encontró
solo (Agueda había salido con los chicos, su padre estaba en el Interior), había
perdido todo dominio de sí mismo, y allí, de pie, frente a la ventana abierta de
par en par, en su estudio inundado por el más espléndido sol de otoño, había
llorado como una criatura, sin molestarse siquiera por enjugar sus lágrimas.
Esperanza, esperanzas, hay esperanza, hay esperanzas, unas veces en singular y
otras en plural; Octavio se lo había repetido de cien modos distintos, con
sonrisas, con bromas, con piedad, con palmadas amistosas, con semiabrazos, con
recuerdos del liceo, con saludos a Agueda, con ceño escéptico, con ojos
entornados, con tics nerviosos, con preguntas sobre los chicos. Seguramente
estaba arrepentido de haber sido brutalmente sincero y quería de algún modo
amortiguar los efectos del golpe. Seguramente. Pero ¿y si hubiera esperanzas? 0
una sola. Alcanzaba con una escueta esperanza, un a diminuta esperancita en
mínimo singular. ¿Y si los análisis, las placas, y otros fastidios, decían al
fin en su lenguaje esotérico, en su profecía en clave, que la vida tenía permiso
para unos años más? No pedía mucho: cinco años, mejor diez. Ahora que atravesaba
la Plaza Independencia para encontrarse con Octavio y su dictamen final (condena
o aplazamiento o absolución), sentía que esos singulares y plurales de la
esperanza habían, pese a todo, germinado en él. Quizá ello se debía a que el
dolor había disminuido considerablemente, aunque no se le ocultaba que acaso
tuvieran algo que ver con ese alivio las pastillas recetadas por Octavio e
ingeridas puntualmente por él. Pero, mientras tanto, al acercarse a la meta, su
expectativa se volvía casi insoportable. En determinado momento, se le aflojaron
las piernas; se dijo que no podía llegar al consultorio en ese estado, y decidió
sentarse en un banco de la plaza. Rechazó con la cabeza la oferta del
lustrabotas (no se sentía con fuerzas como para entablar el consabido diálogo
sobre el tiempo y la inflación), y esperó a tranquilizarse. Agueda y Susana.
Susana y Agueda. ¿Cuál sería el orden preferencial? ¿Ni siquiera en este
instante era capaz de decidirlo? ÿgueda era la comprensión y la incomprensión ya
estratificadas; la frontera ya sin litigios; el presente repetido (pero también
había una calidez insustituible en la repetición); los años y años de
pronosticarse mutuamente, de saberse de memoria; los dos hijos, los dos hijos.
Susana era la clandestinidad, la sorpresa (pero también la sorpresa iba
evolucionando hacia el hábito), las zonas de vida desconocida, no compartidas,
en sombra; la reyerta y la reconciliación conmovedoras; los celos conservadores
y los celos revolucionarios; la frontera indecisa, la caricia nueva (que
insensiblemente se iba pareciendo al gesto repetido), el no pronosticarse sino
adivinarse, el no saberse de memoria sino de intuición. Agueda y Susana, Susana
y ÿgueda. No podía decidirlo. Y no podía (acababa de advertirlo en el preciso
instante en que debió saludar con la mano a un antiguo compañero de trabajo),
sencillamente porque pensaba en ellas como cosas suyas, como sectores de Mariano
Ojeda, y no como vidas independientes, como seres que vivían por cuenta y
propios. Agueda y Susana, Susana y Agueda, eran en este instante partes de su
organismo, tan suyas como esa abyecta, fatigada entraña que lo amenazaba. Además
estaban Coco y sobre todo Selvita, claro, pero él no quería, no, no quería, no,
no quería ahora pensar en los chicos, aunque se daba cuenta de que en algún
momento tendría que afrontarlo, no quería pensar porque entonces sí se
derrumbaría y ni siquiera tendría fuerzas para llegar al consultorio. Había que
ser honesto, sin embargo, y reconocer de antemano que allí iba a ser menos
egoísta, más increíblemente generoso, porque si se destrozaba en ese pensamiento
(y seguramente se iba a destrozar) no sería pensando en sí mismo sino en ellos,
o por lo menos más en ellos que en sí mismo, más en la novata tristeza que los
acechaba que en la propia y veterana noción de quedarse sin ellos. Sin ellos,
bah, sin nadie, sin nada. Sin los hijos, sin la mujer, sin la amante. Pero
también sin el sol, este sol; sin esas nubes flacas, esmirriadas, a tono con el
país; sin esos pobres, avergonzados, legítimos restos de la Pasiva; sin la
rutina (bendita, querida, dulce, afrodisíaco, abrigada, perfecta rutina) de la
Cala Núm. 3 y sus arqueos y sus largamente buscadas pero siempre halladas
diferencias; sin su minuciosa lectura del diario en el café, junto al gran
ventanal de Andes; sin su cruce de bromas con el mozo; sin los vértigos dulzones
que sobrevienen al mirar el mar y sobre todo al mirar el cielo; sin esta gente
apurada, feliz porque no sabe nada de si misma, que corre a mentirse, a asegurar
su butaca en la eternidad o a comentar el encantador heroísmo de los otros; sin
el descanso como bálsamo; sin los libros como borrachera; sin el alcohol como
resorte; sin el sueño como muerte; sin la vida como vigilia; sin la vida,
simplemente.
Ahí tocó fondo su desesperación, y, paradójicamente, eso mismo le permitió
rehacerse. Se puso de pie, comprobó que las piernas le respondían, y acabó de
cruzar la plaza. Entró en el café, pidió un cortado, lo tomó lentamente, sin
agitación exterior ni interior, con la mente poco menos que en blanco. Vio cómo
el sol se debilitaba, cómo iban desapareciendo sus últimas estrías. Antes de que
se encendieran los focos del alumbrado, pagó su consumición, dejó la propina de
siempre, y caminó cuatro cuadras, dobló por Río Negro a la derecha, y a mitad de
cuadra se detuvo, subió hasta un quinto piso, y oprimió el botón del timbre
'unto a la chapita de bronce: Dr. Octavio Massa, médico.
-Lo que me temía.
Lo que me temía era, en estas circunstancias, sinónimo de lo peor. Octavio había
hablado larga, calmosamenre, había recurrido sin duda a su mejor repertorio en
materia de consuelo y confortación, pero Mariano lo había oído en silencio,
incluso con una sonrisa estable que no tenía por objeto desorientar a su amigo,
pero que con seguridad lo había desorientado. «Pero si estoy bien», dijo tan
sólo, cuando Octavio lo interrogó, preocupado. «Además», dijo el médico, con el
tono de quien extrae de la manga un naipe oculto, «además vamos a hacer todo lo
que sea necesario, y estoy seguro, entendés, seguro, que una operación sería un
éxito. Por otra parte, no hay demasiada urgencia. Tenemos por lo menos un par de
semanas para fortalecerse con calma, con paciencia, con regularidad. No te digo
que debas alegrarte, Mariano, ni despreocuparte, pero tampoco es para tomarlo a
la tremenda. Hoy en día estamos mucho mejor armados para luchar contra ... » Y
así sucesivamente Mariano sintió de pronto una implacable urgencia en abandonar
el consultorio, no precisamente para volver a la desesperación. La seguridad del
diagnóstico le había provocado, era increíble, una sensación de alivio, pero
también la necesidad de estar solo, algo así como una ansiosa curiosidad por
disfrutar la nueva certeza. Así, mientras Octavio seguía diciendo: «... y además
da la casualidad que soy bastante amigo del médico de tu Banco, así que no habrá
ningún inconveniente para que te tomes todo el tiempo necesario y.. », Mariano
sonreía, y no era la suya una sonrisa amarga, resentida, sino (por primera vez
en muchos días) de algún modo satisfecha, conforme.
Desde que salió del ascensor y vio nuevamente la calle, se enfrentó a un estado
de ánimo que le pareció una revelación. Era de noche, claro, pero ¿por qué las
luces quedaban tan lejos? ¿Por qué no entendía, ni quería entender, la leyenda
móvil del letrero luminoso que estaba frente a él? La calle era un gran canal,
sí, pero ¿por qué esas figuras, que pasaban a medio metro de su mano, eran sin
embargo imágenes desprendidas, como percibidas en un film que tuviera color pero
que en cambio se beneficiara (porque en realidad era una mejora) con una banda
sonora sin ajuste, en la que cada ruido llegaba a él como a través de infinitos
intermediarios, hasta dejar en sus oídos sólo un amortiguado eco de otros ecos
amortiguados? La calle era un canal cada vez más ancho, de acuerdo, pero ¿por
qué las casas de enfrente se empequeñecían hasta abandonarlo, hasta dejarlo
enclaustrado en su estupefacción? Un canal, nada menos que un canal, pero ¿por
qué los focos de los autos que se acercaban velozmente, se iban reduciendo,
reduciendo, hasta parecer linternas de bolsillo? Tuvo la sensación de que la
baldosa que pisaba se convertía de pronto en una isla, una baldosa leprosa que
era higiénicamente discriminada por las baldosas saludables. Tuvo la sensación
de que los objetos se iban, se apartaban locamente de él pero sin admitir que se
apartaban. Una fuga hipócrita, eso mismo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
De todos modos, aquella vertiginosa huida de las cosas y de los seres, del suelo
y del cielo, le daba una suerte de poder. ¿Y esto podía ser la muerte, nada más
que esto?, pensó con inesperada avidez. Sin embargo estaba vivo. Ni Agueda, ni
Susana, ni Coco, ni Selvita, ni Octavio, ni su padre en el Interior, ni la Caja
Núm. 3. Sólo ese foco de luz, enorme, es decir enorme al principio, que venía
quién sabe de dónde, no tan enorme después, valía la pena dejar la isla baldosa,
más chico luego, valía la pena afrontarlo todo en medio de la calle, pequeño,
más pequeño, sí, insignificante, aquí mismo, no importa que los demás huyan, si
el foco, el foquito, se acerca alejándose, aquí mismo, aquí mismo, la
linternita, la luciérnaga, cada vez más lejos y más cerca, a diez kilómetros y
también a diez centímetros de unos ojos que nunca más habrán de encandilarse.



 
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