El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




Olga Wornat : Nuestra Santa Madre - La Jefa



Olga Wornat - Nuestra Santa Madre
Historia Pública y Privada de la Iglesia Católica Argentina

Prólogo
Mi abuela se llamaba Doña María del Carmen López. No sabía leer, pero llegó al puerto de Buenos Aires con un retrato al óleo de los Reyes de España y un libro entre las manos. El autor del libro era el Reverendo Padre Tomás Péndola, y se titulaba Consejos para la Juventud. El volumen tenía una tapa a colores en la que se veía a un niño guiado por un sacerdote, y había sido impreso en la Casa de Niños Expósitos de Madrid, en 1898. "Vivid, amados míos, en el temor a Dios", aconsejaba el Padre Péndola. "El amor y las novelas conducen a muchos al suicidio", advertía en los párrafos finales. Doña Carmen, mi abuela, nunca lo leyó por sí misma, pero tampoco lo abandonó, a tal punto habían taladrado con la Iglesia su cabeza; cargó setenta años con ese libro repleto de signos desconocidos para ella, como se carga con los límites del destino, o con la cruz.
Yo aprendí a leer antes de ir al colegio, apenas cumplí los cuatro años. A los ocho, al tomar la primera comunión, podía leer el catecismo sin ninguna dificultad. Sin embargo, aquel silencioso abismo de la Iglesia también apareció frente a mis ojos. Frente a mis oídos, en realidad, porque el abismo provenía de una voz susurrándome detrás de la esterilla del confesionario, una voz que me preguntaba a mí, al niño de pantalones blancos, si alguna vez había cruzado la calle sin permiso.
–¿Cómo?
–Sin permiso, hijo... si alguna vez has cruzado la calle solo...
–Sí, Padre.
Hubo un silencio, y luego la voz señaló que cada vez que cruzaba la calle sin permiso, estaba pegándole al Señor Jesucristo un nuevo latigazo en la espalda. Lo que decía la voz me afectó, y cerré los ojos. ¿Qué cosa vinculaba la calle Chenault, en la parte pobre de Sarandí, con un látigo suspendido en el tiempo de Jerusalén? ¿Tanto le dolería al Señor que fuera libre?
Yo era un niño que no quería pegarle latigazos a nadie, y que entonces rezó los no sé cuántos padrenuestros y no recuerdo cuántos avemarias, llena eres de gloria, bendita tú eres en la tierra sin látigos en la que los chicos cruzan la calle con el viento en la cara.
Cuatro años más tarde, a mis doce, tuve mi última experiencia con la Iglesia, cuando después de una pelea a los gritos con mi padre decidí escaparme de mi casa en Mar del Plata. Comenzaba el invierno del '72 y pasé la primera noche en un bar de la terminal de micros, y las dos siguientes dentro de una calesita cubierta por una lona, en una plaza del centro de la ciudad. Pero el problema no eran las noches sino los días, que se volvían interminables. En una de esas mañanas eternas me detuve a mirar el edificio que se levantaba frente a la plaza: era la catedral de Mar del Plata. Allí alguien me podría ayudar. Esperé toda la mañana y gran parte de la tarde en un banco de madera, hasta que llegó un sacerdote y le expuse mi problema: yo vivía ahí, enfrente, en esa calesita, y me había ido de casa. Le ofrecí trabajar en lo que fuera a cambio de comida y una cama. El Padre, con una sonrisa, declinó mi oferta.
–Imagínate, hijo mío, si todos los sin techo vinieran a vivir aquí a la Catedral...
Le dije que sí, que claro, aunque no me lo imaginaba.
Creo que, desde aquella tarde, no volví a esperar nada de la Iglesia.
Cuando comprendí que nadie tiene en su poder las llaves del reino de Dios, comencé a creer en la libertad.
Esta exhaustiva y brillante investigación de Olga Wornat habla de eso: de pequeños hombres proponiéndose Grandes Fines, hundiéndose en la sombra del poder y en la de su propia conciencia.

Jorge Lanata
Buenos Aires, julio de 2002.

Olga Wornat - La Jefa

"Descubrí a Marta Sahagún cuando vine a México el 2 de julio de
2001. Yo vine a presentar mi libro Menem-Boloco, S. A. y ese día
Vicente Fox contrajo matrimonio con su vocera, después de tantas
especulaciones y rumores fundados sobre el romance. No se hablaba
de otra cosa en las calles de la capital mexicana; los taxistas, las
trabajadoras del hotel donde me hospedaba, los comensales en los
restaurantes, todos estaban fascinados con la novia, con su traje,
con su peinado, con sus zapatos, con el beso que dio la vuelta al
mundo. La gente común veía en este acto la culminación de un
cuento de hadas: una mujer provinciana, vocera del presidente, se
convierte en primera dama.
Tal vez por intuición periodística, pero lo cierto es que me dije:
“ésta es una historia para contar, me interesa esta mujer”. A partir
de ahí seguí todas sus actividades, quería saber lo que había detrás
de ella, por qué despertaba tantas controversias, por qué la amaban
y la odiaban, por qué se quería parecer a mi Evita de la adolescencia.
En la década de los setenta en Argentina, Eva Perón era una
heroína para todas las mujeres de mi generación, sobre todo si
éramos militantes. Audaz, contestataria, revolucionaria, entregada,
Evita rompió con todos los esquemas. De repente, me encuentro en
México con una mujer que dice admirar y sentirse inspirada por la
leyenda argentina. Me di a la tarea de descubrir por qué.
En el camino, supe que Marta Sahagún y Vicente Fox habían
tenido una vida tormentosa. Como estoy convencida de que la vida
privada de las mujeres y los hombres públicos es pública —pues en
la medida que sepamos más de ella entenderemos por qué actúan
como lo hacen y cuál es el último significado de sus decisiones y las
actitudes que adoptan—, vi en la historia de Marta una posibilidad
de confirmar mi creencia. Después de todo, las mujeres y los
hombres en el poder tienen las mismas miserias y virtudes que
todos. No son próceres."



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