El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




El Cristianismo y el Sexo - Bertrand Russell





El cristianismo y el sexo
Bertrand Russell

La actitud de la religión cristiana ante el sexo es tan morbosa y antinatural que sólo puede comprenderse si la relacionamos con la enfermedad que atacó el mundo civilizado cuando decayó el Imperio Romano. A veces se oye comentar que el cristianismo ha mejorado la condición de las mujeres; está es una de las tergiversaciones de la historia más groseras que puedan hacerse. En una sociedad que considera de la máxima importancia que las mujeres sigan a rajatabla un código moral muy estricto, es muy difícil que puedan disfrutar de una posición tolerable. Los sacerdotes han considerado siempre a la mujer como la tentadora, la inspiradora de deseos impuros.

La enseñanza tradicional de la Iglesia ha sido y sigue siendo que la castidad es lo mejor, aunque para quienes esto les resulte imposible dejan la posibilidad del matrimonio, porque "más vale casarse que abrasarse", como brutalmente afirma San Pablo. Haciendo indisoluble el matrimonio e imposibilitando todo conocimiento del Ars Amandi, la Iglesia logró que la única forma de sexualidad permitida fuera dolorosa, en vez de placentera. La oposición al control de la natalidad parece obedecer al mismo motivo: si una mujer tiene un hijo por año hasta que muere agotada, no es esperable que vaya a encontrar mucho placer en el matrimonio.

El concepto de pecado, tal como lo presenta la ética cristiana, provoca un enorme daño: ofrece a la gente una vía de escape para su sadismo considerada legítima e incluso noble. Pongamos como ejemplo el asunto de la prevención de la sífilis. Se sabe que si se toman algunas precauciones el peligro de contraer la enfermedad es mínimo; sin embargo, los cristianos se oponen a la difusión de estos conocimientos médicos porque sostienen que los pecadores deben ser castigados. Mantienen su actitud hasta tal punto que están dispuestos a que el castigo se extienda a las esposas y a los hijos de los pecadores. Actualmente hay en el mundo muchos miles de niños con sífilis congénita que nunca deberían haber nacido, de no haber sido por ese deseo de los cristianos de ver castigados a los pecadores. No comprendo como este tipo de doctrinas promotoras de la más diabólica crueldad pueden ser consideradas moralmente beneficiosas.

La actitud de los cristianos respecto al conocimiento de los temas sexuales es sumamente peligrosa para el bienestar humano. Toda persona que considere esta cuestión sin prejuicios sabe que la ignorancia artificial impuesta por los cristianos ortodoxos a los jóvenes es extremadamente dañina para su salud física y mental; además, la mayoría de los niños, cuya única posibilidad es informarse mediante conversaciones indecentes, acaba considerando la sexualidad como algo malo y ridículo. No se puede defender que ningún tipo de conocimiento sea indeseable; por eso, yo no pondría ninguna barrera a la libre adquisición de información sexual. Es probable que una persona actúe con menos prudencia cuando se mantiene en la ignorancia que cuando está instruida, por lo cual es absurdo despertar en los jóvenes una sensación de pecado cuando muestran su curiosidad natural acerca de un asunto tan importante.

A todos los jóvenes, por ejemplo, les interesan los trenes. Vamos a suponer que se les dice que ese interés por los trenes es malo; imaginemos que se les venda los ojos cada vez que se encuentran en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que se impide que se mencione la palabra "tren" en su presencia, y se crea un misterio impenetrable en torno a los medios de transporte. El resultado no sería hacer que disminuyera su interés por ellos, sino muy por el contrario, los trenes les atraerían más aún, pero con la morbosa sensación del pecado y de lo indecente. Todo muchacho de inteligencia despierta podría llegar a convertirse de ese modo en un neurasténico. Esto es lo que ocurre con la sexualidad, pero como el sexo es mucho más interesante que los trenes el resultado es aún peor. Casi todos los adultos que pertenecen a una comunidad cristiana tienen alguna enfermedad nerviosa que es el resultado del tabú que imperaba en torno al sexo cuando eran niños o adolescentes. Este sentimiento de pecado que les fue implantado artificialmente es una de las causas de la crueldad, la timidez y la estupidez que muestran en etapas posteriores de la vida. No existe ningún motivo racional para impedir a ningún niño que se informe de los asuntos que le interesan, sean sexuales o de cualquier otro tipo. No tendremos jamás una población sana hasta que esto no se lleve a la práctica, lo cual es imposible mientras las Iglesias dominen la política educativa.

Es evidente que las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen un elevado grado de perversión ética antes de poder ser aceptadas. El mundo, según nos dicen, fue creado por un Dios que es a la vez bueno y omnipotente. Un Dios que antes de crear el mundo previó todo el dolor y la miseria que iba a contener y que, por tanto, es responsable de ello. Es inútil pensar que el dolor del mundo se debe al pecado; esto simplemente no es cierto, ya que el pecado no produce ni las inundaciones ni las erupciones volcánicas, y aún cuando fuera verdad no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar a un hijo sabiendo que iba a ser un maniaco violento, yo sería el responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que iban a cometer los seres humanos, y a pesar de todo decidió crearlos, Él es el responsable de las consecuencias negativas que han traído los pecados humanos. Lo que dicen habitualmente los cristianos es que el sufrimiento es un medio para purificarse del pecado, y que por tanto el sufrimiento es bueno. Esto es, evidentemente, una racionalización del sadismo, y en todo caso es un argumento muy pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a la sala para niños de algún hospital para que presenciara los sufrimientos que padecen allí, y luego le pediría que insistiera en su idea de que esos niños merecen sufrir. Para poder afirmar algo así, un hombre tiene que destruir todo sentimiento de piedad y de compasión, haciéndose, en suma, tan cruel como el Dios en el que cree. Nadie que piense que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien puede tener intactos sus valores éticos, porque siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria.

Por qué no soy cristiano (1927)

Pesadillas de personas eminentes y otras historias - Bertrand Russell


Pesadillas de personas eminentes y otras historias
Bertrand Russell


(Lamentablemente no conseguí su portada)


Introducción
Las siguientes «Pesadillas» pueden ser llamadas «Postes indicadores de la cordura». Toda pasión aislada es insana en su aislamiento; la cordura debe definirse como síntesis de enajenaciones. Toda pasión dominante engendra un temor, el temor de su no realización. Todo miedo dominante origina una pesadilla, a veces en forma de fanatismo consciente y explícito, a veces en forma de timidez paralizadora, otras veces, aun, canalizándose en terror inconsciente o subconsciente, cuya única expresión es el sueño.
Todo hombre que desee preservar su equilibrio mental en un mundo peligroso, debería convocar en su propia mente un Parlamento de temores en el que cada uno de éstos, en turno sucesivo, sería declarado absurdo por todos los demás. Los sujetos de las siguientes pesadillas no adoptaron esta técnica. Es de esperar que el lector se comportará con más sabiduría.
Bertrand Russell





La Pesadilla del Matemático - Bertrand Russell





La Pesadilla del Matemático
Bertrand Russell

La visión del profesor Squarepunt

EXPLICACIÓN PRELIMINAR
Mi recordado amigo el profesor Squarepunt, el eminente matemático, fue durante toda su vida amigo y admirador de sir Arthur Eddington. Sin embargo, existía un punto en las teorías de sir Arthur que siempre turbaba al profesor Squarepunt, y era aquel el poder místico, cósmico, que sir Arthur confería al número 137. Si las propiedades que a dicho número se le suponían hubieran sido meramente aritméticas, no habría surgido dificultad alguna. Pero era, sobre todo en física, donde el 137 mostraba toda su virtualidad, la cual no era desemejante a la atribuida al número 666. Resulta evidente que las conversaciones con sir Arthur influyeron en la pesadilla del profesor Squarepunt.


El matemático, agotado por un día completo de estudio de las teorías de Pitágoras, se durmió finalmente en un sillón, donde un singular drama visitó sus dormidos pensamientos. Los números, en este drama, no eran las inermes categorías que él había considerado previamente, sino seres vivos, con aliento, dotados de todas las pasiones que estaba acostumbrado a comprobar en sus colegas, los matemáticos. En su sueño, se hallaba él en pie en el centro de una infinidad de círculos concéntricos. El primer círculo contenía los números del 1 al 10; el segundo, del 11 al 100; el tercero, del 101 al 1.000, y así sucesivamente, sin límite alguno, sobre la superficie infinita de una llanura sin confines. Los números impares eran varones, los pares hembras. Junto a él, en el centro, se hallaba Pi, el maestro de ceremonias. El rostro de Pi estaba enmascarado, pues era sabido que nadie podía mirarlo y sobrevivir; pero ojos penetrantes miraban a través del antifaz, inexorables, fríos y enigmáticos. Cada número tenía su nombre claramente señalado sobre su uniforme. Las diferentes clases de números tenían diferentes uniformes y diferentes formas: los cuadrados eran tejas, los cubos eran dados, los números redondos eran bolas, los primos indivisibles cilindros, y los números perfectos llevaban corona. Además de la diferencia de formas, los números eran también diferentes en cuanto a color. Los siete primeros círculos concéntricos poseían los siete colores del arco iris, excepto los formados por el 10, 100, 1.000, y así sucesivamente, que eran blancos, mientras el 13 y el 666 eran negros. Cuando un número pertenecía a dos de estas categorías —por ejemplo si, como el 1.000, era a la vez número redondo y cubo— llevaba un uniforme más honroso, y los más honorables eran los más escasos entre el primer millón de números.
Los números bailaban alrededor del profesor Squarepunt y de Pi un vasto y complicado ballet. Los cuadrados, los cubos, los primos, los números piramidales, los números perfectos y los redondos, se agitaban, entretejiendo cadenas, en una danza infinita y abrumadora; y mientras bailaban entonaban una oda a su propia grandeza:

Somos los números finitos.
Somos la materia del mundo.
Cualquier confusión que aflija a la Tierra
por nosotros es resuelta.
Reverenciamos a nuestro maestro Pitágoras
y profundamente despreciamos a las brujas y a los asnos.
Ni la bruja de Endor, ni al monte de Balaam
reconocemos como fuentes de sabiduría.
Mas, circularmente, en inacabable ballet
nos movemos, como cometas vistos por Halley.
Y honrados por el inmortal Platón
no creemos en la grandeza posterior de ningún mortal
Seguimos las leyes
sin una pausa,
pues somos los números finitos.

A una señal de Pi cesó el ballet, y, uno por uno, los números fueron presentados al profesor Squarepunt. Cada uno hizo un breve discurso, explicando sus méritos peculiares.
1: Soy el padre de todos, el padre de infinita progenie. Ninguno existiría sin mí.
2: No te estires tanto. Sabes que se necesitan dos para hacer más.
3: Soy el número de los triunviros, de los sabios orientales, de las estrellas del cinturón de Orión, de los Hados y de las Gracias.
4: Pero sin mí nada tendría cuatro esquinas; en el mundo no habría honestidad. Soy el guardián de la Ley Moral.
5: Soy el número de los dedos de una mano. Hago pentágonos y pentagramas. Sin mí, el dodecaedro no podría existir, y, como sabe todo el mundo, el universo es un dodecaedro. Así, sin mí, no habría universo.
6: Soy el número perfecto. Sé que tengo rivales advenedizos: el veintiocho y el cuatrocientos noventa y seis pretenden a veces ser iguales a mí. Pero están situados demasiado abajo en la escala jerárquica para contar contra mí.
7: Soy el número sagrado: el número de los días de la semana, el número de las Pléyades, el número de los candelabros de siete brazos, el número de las iglesias de Asia y el número de los planetas, pues no reconozco a ese blasfemo de Galileo.
8: Soy el primero de los cubos, exceptuado el pobre viejo Uno, que hoy día ya no se usa.
9: Soy el número de las musas. Todos los encantos y refinamientos de la vida dependen de mí.
10: Bien está, miserables unidades, que alardeéis; pero soy el dios-padre de las infinitas mesnadas que me siguen. Toda unidad me debe su nombre, y sin mí reinaría el desorden en vez de una estricta jerarquía.
En este momento el matemático, aburrido, se volvió hacia Pi y le dijo:
—¿No cree usted que el resto de las presentaciones deberían darse como efectuadas?
Ante esto, se elevó un griterío general:
11: Sí, yo he sido el número de los apóstoles, después de la defección de Judas.
12, que exclamó:
—Fui el dios-padre de los números en tiempo de los babilonios, y fui un dios-padre superior a ese miserable Diez, que debe su posición a un accidente biológico antes que a excelencia aritmética.
13: Soy el señor de la adversidad. Si se muestra grosero conmigo, le pesará.
Se elevó tal alboroto que el matemático se tapó los oídos con las manos y dirigió una implorante mirada en dirección a Pi. Éste agitó su vara de mando y gritó con voz de trueno:
—¡Silencio!, u os trocaréis en números inconmensurables.
Todos se pusieron lívidos y se sometieron.
Mientras duró el ballet, el profesor había estado observando un número, entre los primos, el 137, que parecía indómito y remiso a aceptar su sitio dentro de la serie. Repetidamente, intentó colocarse delante del 1, del 2 y del 3, haciendo gala de una agresividad que amenazaba destruir la armonía del ballet. Lo que pasmó al profesor Squarepunt aún más que esta desordenada conducta fue la aparición del confuso espectro de un caballero de Arturo, el cual insistía murmurando al oído del 137:
—¡Vamos, ve! ¡Ponte a la cabeza!
Si bien los nebulosos rasgos del espectro hacían difícil la identificación, el profesor reconoció al fin la oscura figura de su amigo sir Arthur. Esto le hizo simpatizar con el 137, pese a la hostilidad de Pi, que trataba de reducir al rebelde número primo.
Por fin, el 137 exclamó:
—Es una maldición el exceso de burocracia que hay aquí. Lo que yo deseo es la libertad para el individuo.
La máscara de Pi contrajo el entrecejo, pero el profesor intercedió diciendo:
—No sea demasiado severo con él. ¿No ha observado que está regido por un Familiar? Conocí en vida a este Familiar y, por lo que veo, puedo garantizar que es él quien inspira los sentimientos antigubernamentales del Ciento Treinta y Siete. En cuanto a mí, me gustaría oír lo que el Ciento Treinta y Siete tenga que decir.
Un tanto recelosamente, Pi dio su consentimiento. El profesor Squarepunt dijo:
—Dime, Ciento Treinta y Siete: ¿cuál es el motivo de tu rebelión? ¿Es una protesta contra la desigualdad lo que te inspira o simplemente que tu ego se ha desbordado por las alabanzas de sir Arthur? ¿O se trata, como intuyo a medias, de una profunda repulsa ideológica de la metafísica que tus colegas han absorbido de Platón? No temas decirme la verdad. Haré de intermediario con Pi, acerca de quien sé tanto, por lo menos, como él de sí mismo.
Ante éstas, el 137 prorrumpió en vehemente discurso:
—¡Tiene usted razón! Es su metafísica lo que no puedo soportar. Pretenden aún ser eternos cuando su propia conducta muestra que no creen en tal cosa. Todos nosotros encontrábamos triste el cielo de Platón y decidimos que gobernar el mundo sensible sería mucho más interesante. Desde que bajamos del Empíreo hemos sentido emociones semejantes a las vuestras: Cada número impar ama a su correspondiente número par, y cada uno de éstos se comporta con afecto hacia los impares, pese a encontrarlos muy extraños.1
Nuestro imperio, ahora, es de este mundo, cuya suerte será también nuestra suerte.
El profesor se halló de completo acuerdo con el 137, pero todos los demás, incluyendo a Pi, le consideraron un blasfemo, y se abalanzaron sobre ambos, número y profesor. La infinita hueste, que se extendía en todas direcciones más allá de lo que la vista podía alcanzar, se precipitó también sobre el profesor, con un furioso zumbido. Por un momento se sintió aterrorizado, pero después se recobró, y reuniendo súbitamente su reanimada sabiduría, gritó con voces estentóreas:
—¡Atrás! ¡No sois más que convivencias simbólicas!
Con un lamento de premonición y muerte, el conjunto de la vasta hueste se disipó en la niebla. Al despertarse, el profesor se oyó a sí mismo las siguientes palabras:
—¡Y otro tanto digo de Platón!

Pesadillas de Personas Eminentes


La Pesadilla del Existencialista - Bertrand Russell





La Pesadilla del Existencialista
Bertrand Russell


La realización de la existencia

Porfirio Eglantine, el gran filósofo-poeta, es ampliamente conocido por sus muchos, sutiles y profundos trabajos, pero sobre todo por su inmortal Chant du Néant:

Dans un immense désert
un étendu infini de sable,
je cherche,
je cherche le chemin perdu,
le chemin queje ne trouve pas.
Mon âme plane par ci, par là,
dans toutes directions,
cherchant, et ne recontre rien, parmi
ce vide immense
ce vide sans cesse,
ce sable,
ce sable éblouissant et étouffant,
ce sable monotone et morne,
s'étendant sans fins jusqu’à l'ultime horizon.
J'entends enfin
une voix,
une voix en même temps foudroyante et douce.
Cette voix me dit
«Tu penses que tu es une âme perdue.
Tu penses que tu es un âme.
Tu te trompes. Tu n'es pas une âme.
Tu n'es pas perdu,
tu n 'es rien.
Tu n'existes pas».

Aunque este poema es bien conocido, pocos son los que conocen las circunstancias que lo hicieron posible, ni los hechos que de él derivaron. Por penoso que sea, mi deber consiste en volver a narrar estas circunstancias y estos hechos:



Porfirio era sensitivo y sufridor desde su temprana juventud. Estaba obsesionado por el temor de que quizá no existiese. Cada vez que se miraba a un espejo se sentía lleno de la aprensión de ver desaparecer su imagen. Inventó una filosofía que —así lo esperaba— disiparía este terror.
Pero de cuando en cuando, esta filosofía se hallaba lejos de satisfacerle. En general, era capaz de enterrar sus dudas, pero el Chant du Néant, que expresa una súbita y desgarradora visión, muestra claramente su fracaso. Tomó la resolución de existir a toda costa, de manera tan indudable, que la espectral voz quedase reducida al silencio.
La introspección y la observación combinadas le persuadieron de que no hay nada más real que el dolor, y que únicamente por medio del sufrimiento podría realizar su propia existencia. Buscó el sufrimiento a través de todo el mundo en una peregrinación aflictiva. Pasó un solitario invierno en el Ártico, mientras la noche interminable le inspiraba visiones de un futuro sombrío.En la Alemania nazi se expuso a las torturas, haciéndose pasar por judío. Precisamente en el momento en que aquéllas empezaban a hacerse insoportables —hop, hop, hop— penetró en el campo de concentración el cuervo de Poe, y hablando con voz de Mallarmé, graznó el temible refrán: «Tu no sufres. No eres nadie. No existes.»
Después fue a la Rusia soviética, donde pretendió hacerse pasar por un espía de Wall Street, y pasó un largo invierno junto al mar Blanco, cortando árboles. El hambre, la fatiga y el frío penetraban cada día de manera más profunda en su ser más recóndito. «Seguro —se decía— que si esto sigue así, existiré.» Pero no. En el último día de invierno, mientras la nieve empezaba a fundirse, apareció una vez más el espantoso pájaro, y profirió de nuevo las desmoralizadoras palabras.
«Acaso los sufrimientos que he estado buscando son demasiado elementales —pensó—. Si he de sentirme verdaderamente miserable, tengo que mezclar a mis aflicciones un elemento de vergüenza.»
En persecución de este programa se trasladó a China, y se enamoró apasionadamente de una exquisita muchacha china, que se hallaba situada en elevados organismos del partido comunista. Falsificando documentos consiguió que la muchacha fuera condenada como un agente del gobierno británico. En su presencia, la muchacha fue horrorosamente torturada.
Cuando, finalmente, a la agonía sucedió la muerte, pensó: «Ahora he sufrido en realidad, pues la he amado apasionadamente hasta el último momento, y, sin embargo, he labrado su ruina con mi cobarde traición. Esto deberá bastar para hacerme sufrir hasta los límites de la capacidad humana.» Pero no. Con frío terror, que le incapacitó hasta para el más leve movimiento, asistió a la aparición del pájaro del Destino, el cual habló una vez más con la voz del poeta inmortal, que había dado a conocer el pájaro al público literario parisiense.
Con un inmenso esfuerzo logró manifestar su desesperación, mientras el pájaro aún estaba allí.
—¡Oh Cuervo! —dijo—. ¿Hay algo en este ancho mundo, algo que pueda inducirte a admitir que existo?
El cuervo profirió esta palabra:
—Busca —y desapareció.
No debe suponerse que las energías de Porfirio se habían agotado en su infructuosa pesquisa.
Continuaba siendo en todas partes el filósofo-poeta universalmente admirado, pero, sobre todo, en los círculos más esotéricos. A su regreso de China fue invitado a participar en París en un congreso de filosofía, cuyo principal móvil era el homenajearle. Todos los asistentes estaban ya reunidos, excepto el presidente. Mientras Porfirio consideraba cuándo vendría el presidente, llegó el cuervo y ocupó la presidencia. Volviéndose hacia Porfirio, modificó la fórmula, y en vibrantes tonos, que todo el congreso oyó, dijo:
— Ta philosophie n'existe pas. Elle n'est rien.
A estas palabras, una enorme angustia, incomparable a ninguna previa experiencia, irrumpió en todo su ser, y se desmayó. Cuando recobró el conocimiento oyó que el pájaro pronunciaba las palabras por las que tanto había suspirado.
—Enfin, tu souffres. Enfin, tu existes.
Se despertó y, ¡ay!, había sido un sueño.
Pero nunca más volvió a hablar o escribir sobre filosofía.

Bertrand Russell - Pesadillas de Personas Eminentes


La Pesadilla del Metafísico - Bertrand Rusell




La Pesadilla del Metafísico

Retro me Satanás

Mi pobre amigo Andrei Bumblowski, antiguo profesor de filosofía en una universidad de la Europa central, ahora desaparecida, me parecía estar aquejado de un cierto tipo de inocua locura. Yo mismo soy una persona de robusto sentido común. Mantengo que el intelecto no debe considerarse como guía de la vida, sino sólo como medio de aportar agradables juegos dialécticos y modos de mortificar a antagonistas menos ágiles. Bumblowski, sin embargo, no participaba de este punto de vista. Dejaba que su intelecto le condujera donde fuere, y los resultados eran singulares. Rara vez argüía, e incluso para sus amigos el fondo de sus opiniones permanecía oscuro. Lo que se sabía es que él evitaba consecuentemente la palabra «no», y todos sus sinónimos. No solía decir: «Este huevo no está fresco», sino: «Cambios químicos han acaecido en este huevo desde que fue puesto.» Él no diría: «No puedo encontrar ese libro», sino: «Los libros que he encontrado son diferentes de aquel libro.» Tampoco diría: «No matarás», sino: «Amarás la vida.» Su vida no era práctica, pero era inocente, y yo sentía considerable afecto por el. Indudablemente fue este afecto el que, al fin, pudo más que su retraimiento y le indujo a hacerme el relato de esta notabilísima experiencia, que transcribo con sus propias palabras:
En una ocasión tuve una fiebre maligna de la que estuve a punto de morir. En medio de mi fiebre sufrí un largo y persistente delirio. Soñé que estaba en el infierno, y que el infierno es un lugar repleto de esos acontecimientos que son improbables, pero no imposibles. Los efectos de esto son curiosos. Algunos de los condenados, cuando llegan abajo por primera vez, imaginan poder engañar al tedio de la eternidad por medio de juegos de cartas, mas luego descubren la imposibilidad porque, siempre que las cartas son barajadas, salen en perfecto orden, empezando con el as de espadas y terminando con el rey de corazones. Hay un departamento especial del infierno para los estudiantes de probabilidades. En este departamento hay muchas máquinas de escribir y muchos monos. Cada vez que un mono se encarama sobre una máquina de escribir graba, como por azar, uno de los sonetos de Shakespeare. Hay otro lugar de tormento para los estudiantes de física. Aquí hay calderas y fuego, pero, cuando las calderas son puestas en el fuego, el agua que contienen se hiela. También existen habitaciones herméticas, pero la experiencia ha enseñado a los estudiantes de física a no abrir nunca una ventana, porque si lo hacen el aire se precipita al exterior y deja el vacío en la habitación. Hay otro sector para golosos. A estos individuos se les provee de las más exquisitas viandas y de los más expertos cocineros, pero cuando les es servido un solomillo y toman confiadamente un bocado le encuentran el sabor de un huevo podrido, mientras que cuando intentan comer un huevo, éste les sabe a patata echada a perder.
Hay una cámara, especialmente penosa, destinada a los filósofos que han refutado a Hume. Estos filósofos, si bien son huéspedes del infierno, no han aprendido la sabiduría. Continúan gobernados por su propensión animal hacia la inducción, mas cada vez que han hecho una inducción, la próxima se encarga de falsificarla. Sin embargo, esto no ocurre sino durante los cien primeros años de su condenación, porque después aprenden a esperar que una inducción será falseada, y por esta razón no resulta falsa hasta que otro siglo de tormento lógico ha alterado su espera. Lo imprevisto continúa a través de toda la eternidad, pero cada vez a un más alto nivel lógico.
Después existe el infierno de los oradores, acostumbrados mientras vivieron a conmover grandes multitudes por su elocuencia. La elocuencia de estos oradores conserva todo su poder, y las multitudes no les faltan, pero extraños vientos dispersan los sonidos, de manera que los percibidos por las multitudes, en vez de ser los emitidos por los oradores, se truecan en tristes y pesadas vulgaridades.
En el centro mismo del reino infernal está Satán, a cuya presencia solamente los más distinguidos de entre los condenados son admitidos. Las improbabilidades crecen a medida que Satán es abordado. Pues Él Mismo es la más completa improbabilidad imaginable. Es pura Nada, total no-existencia, y, sin embargo, cambio permanente.
Yo, a causa de mi relieve filosófico, obtuve pronto audiencia del Príncipe de las Tinieblas. Yo había leído de Satán cosas en que se le presentaba como der Geist der stets verneint, el Espíritu de la Negación. Pero al ser introducido ante la Presencia comprobé con sorpresa que Satán tenía a la vez un cuerpo y una mente negativos. De hecho, el cuerpo de Satán es un puro y completo vacío, desprovisto no sólo de partículas de materia, sino también de partículas de luz. Su prolongada vacuidad está asegurada por una gradación de improbabilidades: siempre que una partícula se aproxima a su más extensa superficie, acaece como por azar una colisión con otra partícula que la frena, evitando su penetración en la región vacía. Esta región, debido a que ninguna luz la penetra jamás, es totalmente negra, no más o menos negra como las cosas a que adjudicamos este color, sino entera, completa e infinitamente negra. Tiene una forma, la que acostumbramos conferir a Satán: cuernos, pezuñas, y rabo y todo. El resto del infierno se halla lleno de llamas sombrías, y apoyado en este fondo destaca Satán con aterradora majestad. No está inmóvil. Por el contrario, la vacuidad de que está constituido se halla en perpetuo movimiento. En ocasión en que algo le importa, agita el horror de su rugosa cola, como un gato enfurecido. A veces inicia salidas para conquistar nuevos reinos. Antes de marchar se viste a sí mismo de blanca y brillante armadura, que oculta totalmente la vacuidad interior. Solamente sus ojos permanecen abiertos, y de éstos salen proyectados al espacio penetrantes rayos de nada, buscando lo que deben conquistar. Dondequiera encuentran negación o prohibición, doquiera hallan culto a la pasividad, los rayos penetran hasta la más íntima sustancia de quienes están preparados para recibir al Conquistador. Toda negación emana de Él y vuelve con cosecha de capturadas frustraciones. Estas se convierten en parte de Él y acrecen su volumen hasta que amenaza ocupar todo el espacio. Todos los moralistas cuya moral está compuesta de «no hagáis», todos los timoratos de «si yo me atreviese a no esperar sobre lo que es mi deseo», todos los tiranos que obligan a sus súbditos a vivir en el temor, se convierten con el tiempo en una parte de Satán.
Satán está rodeado de un coro de filósofos sicofantes que han sustituido el panteísmo por el pandiabolismo. Esos hombres mantienen que la existencia es sólo aparente; la no-existencia es la única realidad verdadera. Esperan con el tiempo hacer aparecer la no-existencia de la apariencia, y en ese momento, lo que ahora consideramos como existencia será considerado, en realidad, meramente como una porción exterior de la esencia diabólica. Aunque estos metafísicos demostraban gran sutileza, discrepé de ellos. Mientras estuve en la Tierra se había afianzado en mí el hábito de resistir a toda autoridad tiránica, y este hábito lo conservé en el infierno. Empecé a argüir contra los filósofos sicofantes:
—Lo que ustedes dicen es absurdo —exclamé—. Ustedes proclaman que la no-existencia es la única realidad. Ustedes pretenden que exista este negro hoyo que adoran. Tratan de persuadirme de que la no-existencia existe, pero aquí hay una contradicción, y por muy ardientes que se hagan las llamas del infierno, jamás degradaré mi existencia lógica hasta el extremo de aceptar una contradicción.
Al llegar aquí, el presidente de los sicofantes se hizo fuerte en el siguiente argumento:
—Usted se precipita, amigo mío. ¿Niega usted que la no-existencia existe? Si el no-existente es nada, cualquier afirmación acerca del mismo ha de carecer de sentido. Y eso ocurre a su afirmación de que no existe. Temo que haya usted prestado demasiada poca atención al análisis lógico de las oraciones, que debió serle enseñado en la niñez. ¿No sabe usted que cada oración tiene un sujeto, y que si el sujeto fuera nada, la frase carecería de sentido? De manera que cuando usted proclama con virtuoso ardor que Satán, que es el no-existente, no existe, se está usted contradiciendo abiertamente.
Yo repliqué:
—Usted, sin duda, lleva aquí cierto tiempo y continúa abrazando doctrinas anticuadas. Usted charla acerca de frases con sujeto, pero toda esta suerte de cháchara está pasada de moda. Cuando digo que Satán, que es el no-existente, no existe, no menciono a Satán ni al no-existente, sino solamente las palabras «Satán» y «no-existente». Sus falacias me han revelado una gran verdad. La verdad es que la palabra «no» es superflua. De aquí en adelante no volveré a usar la palabra «no».
Ante esta afirmación, todos los metafísicos reunidos rompieron a reír ruidosamente.
—Escuchad cómo el hombre se contradice a sí mismo —dijeron cuando el paroxismo del júbilo se calmó—. Reparad en su gran precepto, que consiste en evitar la negación. ¡Verdaderamente, él no usará la palabra «no»!
Aunque estaba irritado, conseguí dominarme. Tenía yo un diccionario en el bolsillo. Lo expurgué de toda palabra de expresión negadora y dije:
—Mi discurso estará totalmente compuesto por las palabras que quedan en este diccionario. Con ayuda de estas palabras que subsisten conseguiré describir cualquier cosa del universo. Mis descripciones serán de cosas diferentes a Satán. Satán ha reinado demasiado tiempo en este reino infernal. Su refulgente armadura era real e inspiraba terror, pero bajo la armadura no había sino un hábito lingüístico viciado. Eliminad la palabra «no», y su imperio ha terminado.
Satán, mientras la argumentación se desarrollaba, hizo restallar su cola con furia cada vez creciente, y salvajes rayos de oscuridad brotaron de sus ojos cavernosos, pero al fin, cuando le denuncié como una mala costumbre lingüística, hubo una enorme explosión, el aire se agitó en todas direcciones y la horrible forma se desvaneció. El aire sombrío del Infierno, que lo era debido a la concentración de los rayos de la nada, se aclaró como por ensalmo. Lo que daba la impresión de ser monos ante máquinas de escribir apareció súbitamente como críticos literarios. Las calderas empezaron a hervir, las cartas se mezclaron, una fresca brisa penetró por las ventanas y los solomillos volvieron a tener el sabor de solomillos. Me desperté con una sensación exquisita de liberación. Constaté que en mi sueño había habido sabiduría, aunque estuviese envuelto en la apariencia del delirio. A partir de este momento la fiebre decreció, pero el delirio —como puede usted pensar— ha continuado.

BERTRAND RUSSELL
Pesadillas de personas eminentes y otras historias

La doctrina del libre albedrío - Bertrand Russell





La doctrina del libre albedrío
Bertrand Russell

La actitud de los cristianos sobre el tema de la ley natural ha sido curiosamente vacilante e incierta. Había, por un lado, la doctrina del libre albedrío, en la cual creía la mayoría de los cristianos; y esta doctrina exigía que los actos de los seres humanos, por lo menos, no estuvieran sujetos a la ley natural. Había, por otro lado, especialmente en los siglos XVIII y XIX una creencia en Dios como el Legislador y en la ley natural como una de las pruebas principales de la existencia de un Creador. En los tiempos recientes, la objeción al reino de la ley en interés del libre albedrío ha comenzado a sentirse con más fuerza que la creencia en la ley natural como prueba de un Legislador. Los materialistas usaron las leyes de la física para mostrar, o tratar de mostrar, que los movimientos del cuerpo humano están determinados mecánicamente, y que, en consecuencia todo lo que decimos y todo cambio de posición que efectuamos, cae fuera de la esfera de todo posible libre albedrío. Si esto es así, lo que queda entregado a nuestra voluntad es de escaso valor. Si, cuando un hombre escribe un poema o comete un crimen, los movimientos corporales que suponen su acto son sólo el resultado de causas físicas, sería absurdo levantarle una estatua en un caso, y ahorcarle en el otro. En ciertos sistemas metafísicos hay una región del pensamiento puro en la cual la voluntad es libre; pero, como puede ser comunicada a los otros sólo mediante el movimiento físico, el reino de la libertad no podría ser jamás el sujeto de la comunicación y no tendría nunca importancia social.



Luego, también, la evolución ha tenido una influencia considerable en los cristianos' que la han aceptado. Han visto que no se puede hacer demandas en favor del hombre totamente diferentes de las que se hacen en favor de otras formas de vida. Por lo tanto, con el fin de salvaguardar el libre albedrío en el hombre, se han opuesto a toda tentativa de explicar el proceder de la materia viva en los términos de leyes físicas y químicas. La posición de Descartes, referente a que todos los animales inferiores son autómatas, ya no disfruta del favor de los teólogos liberales. La doctrina de la continuidad les hace dar un paso más allá y mantener que incluso lo que se llama materia muerta no está rígidamente gobernada en su proceder por leyes inalterables. Parecen haber pasado por alto el hecho de que, si se abolie­se el reino de la ley, se aboliría también la posibilidad de los milagros, ya que los milagros son actos de Dios que contravienen las leyes que gobiernan los fenómenos ordinarios. Sin embargo, puedo imaginar al moderno teólogo liberal manteniendo con un aire de profundi­dad que toda la creación es milagrosa, de modo que no necesita asirse a ciertos hechos co­mo prueba de la divina intervención.

Bajo la influencia de esta reacción contra la ley natural, algunos apologistas cristianos se han, valido de las últimas doctrinas del átomo, que tienden a mostrar que las leyes físicas en las cuales habíamos creído hasta ahora tienen sólo una verdad relativa y aproximada al aplicarse a grandes números de átomos, mientras que el electrón individual procede como le agrada. Mi creencia es que esta es una fase temporal, y que los físicos descubrirán con el tiempo las leyes que gobiernan los fenómenos minúsculos, aunque estas leyes varíen mucho de las de la física tradicional. Sea como fuere, merece la pena observar que las doctrinas modernas con respecto a los fenómenos menudos no tienen influencia sobre nada que tenga importancia práctica. Los movimientos visibles, y en realidad todos los movimientos que constituyen alguna diferencia para alguien, suponen tal cantidad de átomos que entran dentro del alcance de las viejas leyes. Para escribir un poema o cometer un asesinato (volviendo a la anterior ilustración) es necesario mover una masa apreciable de tinta o plomo. Los electrones que componen la tinta pueden bailar libremente en torno de su saloncito de baile, pero el salón de baile en general se mueve de acuerdo con las leyes' de la física, y sólo esto es lo que concierne al poeta y a su editor. Por lo tanto, las doctrinas modernas no tienen influencia apreciable sobre ninguno de los problemas de interés humano que preocupan al teólogo.

Por consiguiente, la cuestión del libre albedrío sigue como antes. Se piense acerca de ella lo que se quiera como materia metafísica, es evidente que nadie cree en ella en la práctica. Todo el mundo ha creído que es posible educar el carácter; todo el mundo sabe que el alcohol o el opio tienen un cierto efecto sobre la conducta. El apóstol del libre albedrío mantiene que un hombre puede siempre evitar el emborracharse, pero no mantiene que, cuando está borracho, hable con la misma claridad que cuando está sereno. Y todos los que han tenido que tratar con niños saben que una dieta adecuada sirve más para hacerlos virtuosos que el sermón más elocuente del mundo. El único efecto de la doctrina del libre al­bedrío en la práctica es impedir que la gente siga hasta su conclusión racional dicho conocimiento de sentido común. Cuando un hombre actúa de forma que nos molesta, queremos pensar que es malo, nos negamos a hacer frente al hecho de que su conducta molesta es un resultado de causas antecedentes que, si se las sigue lo bastante, le llevan a uno más allá del nacimiento de dicho individuo, y por lo tanto a cosas de las cuales no es responsable en forma alguna.

Ningún hombre trata un auto tan neciamente como trata a otro ser humano. Cuando el auto no marcha, no atribuye al pecado su conducta molesta; no dice: «Eres un auto malvado, y no te daré gasolina hasta que marches.» Trata de averiguar qué es lo que ocurre para solucionarlo. Un trato análogo a los seres humanos es, sin embargo, considerado contrario a las verdades de nuestra santa religión. Y esto se aplica incluso al trato de los niños. Muchos niños tienen malas costumbres que se perpetúan mediante el castigo, pero que pasarían probablemente si no se les concediera atención. Sin embargo, las ayas, con muy raras excepciones, consideran justo castigar, aunque con ello corren el riesgo de producir locura. Cuando se ha producido la locura, se ha citado en los tribunales como una prueba de lo dañino de la costumbre, no del castigo. (Aludo a un reciente proceso por obscenidad en el Estado de Nueva York.)

Las reformas de la educación se han producido en gran parte mediante el estudio de los locos y débiles mentales, porque no se les ha considerado moralmente responsables de sus fracasos y por lo tanto se les ha tratado más científicamente que a los niños normales. Hasta hace muy poco se sostenía que, si un niño no aprendía las lecciones, la cura adecuada era la paliza o el encierro. Este criterio casi no se aplica ya en los niños, pero sobrevive en la ley penal. Es evidente que el hombre propenso al crimen tiene que ser detenido, pero lo mismo sucede con el hombre hidrófobo que Quiere morder a la gente, aunque nadie le considera moralmente responsable. Un hombre que tiene una enfermedad infecciosa tiene que ser aislado hasta que se cure, aunque nadie le considera malvado. Lo mismo debe hacerse con el hombre que tiene la propensión de cometer falsificaciones; pero no debe haber más idea de la culpa en un caso que en otro. Y esto es sólo sentido común, aunque es una forma de sentido común a la cual se oponen la ética y la metafísica cristianas.

Para juzgar la influencia moral de cualquier institución sobre una comunidad, tenemos que considerar la clase de impulso que representa la institución, y el grado en que la institución aumenta la eficacia del impulso en dicha comunidad. A veces el impulso es obvio, otras veces está más oculto. Un club alpino, por ejemplo, obviamente representa el impulso de la aventura, y una sociedad cultural el impulso hacia el conocimiento. La familia, como institución, representa los celos y el sentimiento paternal; un club de fútbol o un partido político representan el impulso hacia el juego competitivo; pero las dos mayores instituciones sociales —a saber, la Iglesia y el Estado— tienen motivaciones psicológicas más complejas. El fin primordial del Estado es claramente la seguridad contra los criminales internos y los enemigos externos. Tiene su raíz en la tendencia infantil de agruparse cuando se tiene miedo, y el buscar a un adulto para que les dé una sensación de seguridad. La Iglesia tiene orígenes más complejos. Indudablemente, la fuente más importante de la religión es el mie­do; esto se puede ver hasta el día de hoy, ya que cualquier cosa que despierta alarma suele volver hacia Dios los pensamientos de la gente. La guerra, la peste y el naufragio tienden a hacer religiosa a la gente. Sin embargo, la religión tiene otras motivaciones aparte del terror; apela especialmente a la propia estimación humana. Si el cristianismo es verdadero, la humanidad no está compuesta de lamentables gusanos como parece; el hombre interesa al Creador del universo, que se molesta en complacerse cuando el hombre se porta bien y en enojarse cuando se porta mal. Esto es un cumplido importante. No se nos ocurriría estudiar un hormiguero para averiguar cuál de ellas no cumple con su deber formicular, y desde luego no se nos ocurriría sacar a las hormigas remisas y echarlas al fuego. Si Dios hace eso con nosotros, es un cumplido a nuestra importancia; y es un cumplido aún más importante el que conceda a los buenos una dicha eterna. Luego, hay la idea relativamente moderna de que la evolución cósmica está destinada a producir los resultados que llamamos bien, es decir, los resultados que nos dan placer. Nuevamente aquí es halagador el suponer que el universo está presidido por un Ser que comparte nuestros gustos y prejuicios.

En Por qué no soy Cristiano


Satán en los Suburbios - Bertrand Russell


Satán en los Suburbios - Bertrand Russell (1953)


Bertrand Russell escribiendo cuentos cortos??
Un libro de cuentos en el que destaca el que da título al libro. Una fábula extraordinaria acerca de como son los que buscan el "poder", ... y la naturaleza del verdadero poder, el poder que está en la sombra, el que no precisa de ostentación.
Un retrato psicológico de la sociedad en la que vivimos. La fascinación por lo prohibido.
El poder se ejerce (con violencia). La autoridad (mucho más efectiva), se recibe voluntariamente de aquellos que obedecen.


"Acaso sea anómalo el intento de iniciar una nueva partida a la edad de
ochenta años; pero no carece de precedentes: Hobson era más viejo cuando escribió su autobiografía en hexámetros latinos. Sin embargo, no estarán de más unas palabras que aplaquen la sorpresa que podría producirse. No creo que la que experimente el lector al encontrarme intentando escribir novelas pueda ser más grande que la mía. Por razones que desconozco completamente, experimenté de modo repentino el deseo de escribir lo que integra este volumen, aun cuando jamás hubiera pensado antes hacer nada semejante. Soy incapaz de formular un juicio crítico en este terreno, y no sé si estos relatos poseerán algún valor. Todo lo que sé es que me produjo placer el escribirlos y que, como consecuencia, será posible que haya personas que experimenten el mismo placer al leerlos.
Estos escritos no tienen el propósito de ser realistas. Temo que la
decepción espere a todos los lectores que se sientan impulsados a buscar castillos gibelinos en Córcega o filósofos diabólicos en Mortlake. Ni poseen, tampoco, ninguna otra finalidad trascendental. El primero de los que escribí, «Las Ordalías Corsas de la Señorita X», intenta combinar el espíritu de «Zuleika Dobson» y «Los Misterios de Udolphon» pero los restantes tienen una relación menor con modelos anteriores. Lamentaría que se supusiera que estos relatos tienen la finalidad de descubrir una moraleja o ilustrar una doctrina. Todos ellos fueron escritos por el placer de escribirlos, como una historia sencillamente; y si resultasen amenos o interesantes para el lector, cumplirían su designio."
Bertrand Russell





Sobre el Autor



Bertrand Russell: el hombre feliz
Me gusta la figura anciana y levemente anarquista de Bertrand Russell. De hecho, me gusta mucho más que sus matemáticas. El joven que pasó su juventud pensando cómo suicidarse, y únicamente su interés por saber más y más matemáticas le impidió consumar la acción. No obstante, las cosas debieron ir cambiando, pues murió en 1970 tras 98 años de una vida plena. Había nacido en Ravenscroft, Inglaterra, en 1872. Parece ser que fue educado en un ambiente asfixiante, por tutores particulares. Esto le propició una enorme cultura de base, conocimiento de muchos idiomas...y muy poca alegría de vivir.

Su obra cumbre es "Principia Mathematica", coescrito con su gran amigo el Dr. A. N. Whitehead y publicado en 1910 y 1913.

Para Russell, las matemáticas y la lógica formal son una misma cosa. Esto supone afirmar que " el total de las matemáticas puras puede ser rígidamente deducido de un pequeño número de axiomas lógicos". De hecho, supone bastante más: entre otras cosas que la matemática se reduce a una manipulación de símbolos de acuerdo a unas estrictas reglas sintácticas, pero desprovistos de semántica. A la luz de esta idea se entiende su frase: "La matemática es la materia en la que no sabemos de qué estamos hablando, ni si lo que decimos es verdad".

A uno se le ocurre que con tales presupuestos, y siendo matemático de primera fila con capacidad ingente de trabajo, la idea del suicidio no es una mala salida...

Sin embargo, se las arregló para encontrar la razón de vivir, en la matemática y pienso que sobre todo fuera de ella.
En el año de 1918 fue encarcelado por defender a los objetores de conciencia y por sus duros ataques contra el belicismo, una actitud pacifista que mantuvo durante toda su vida.

Fue un innovador en muchos campos; sus novedosas ideas sobre la educación cristalizaron en la fundación de la Beachon Hill School. En 1953, tres años después de recibir el Premio Nobel de Literatura, organizó con Einstein el Movimiento Pugwash, ante la amenaza inminente de una guerra nuclear. Más tarde, la creación del Comité de los 100, en favor de la resistencia no-violenta al armamentismo, lo llevó a la cárcel por segunda vez.

En 1930 escribió "La conquista de la felicidad", un precioso libro sobre los motivos de ausencia de felicidad en la mayor parte de la población humana, y cómo solucionarlo. Puede ser bajado desde aquí

Escritor prolífico, su último libro fue su propia Autobiografía, publicada entre 1967 y 1969. Russell murió en 1970 en Penrhyndeudraeth, a la edad de 98 años.

Además de sus obras y de sus enseñanzas nos dejó una enorme colección de frases lapidarias, como las siguientes:

"Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar."

"Lo que los hombres realmente quieren no es el conocimiento sino la certidumbre"

"Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas"

"Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos por hacer lo posible imposible"
fuente


Pesadillas - Bertrand Russell





La Pesadilla del Psicoanalista
Ajuste. Una fuga

El destino de los rebeldes es el de fundar nuevas ortodoxias. Cómo acontece esto en el psicoanálisis ha sido persuasivamente expuesto en el libro del doctor Robert Linner Receta para, la rebelión. Se supone que muchos psicoanalistas tienen sus secretas aflicciones. Hubo uno de éstos que, aunque ortodoxo cuando estaba despierto, fue asaltado durante el sueño por la siguiente y muy turbadora pesadilla:

En el vestíbulo del Rotary Club del Limbo, presidido desde lugar preeminente por una estatua de Shakespeare, el Comité de los Seis estaba celebrando su reunión anual. El comité estaba así constituido: Hamlet, Lear, Macbeth, Otelo, Antonio y Romeo. Estos seis, mientras aún vivían en la Tierra, habían sido psicoanalizados por el médico de Macbeth, doctor Bombasticus. Macbeth, antes de que el doctor le enseñara a hablar el inglés corriente, había preguntado en el estilo pomposo que se empleaba en aquellos días: —¿No podéis procurar remedio a una mente enferma?
—Sí, por supuesto, puedo hacerlo. Tan sólo es preciso que os echéis en mi sofá y habléis, y yo os oiré a razón de una guinea por minuto.
Macbeth accedió inmediatamente, y los otros cinco accedieron en ocasiones diferentes.
Macbeth dijo cómo una vez tuvo veleidades homicidas, y cómo vio en un largo sueño todo lo que relata Shakespeare. Afortunadamente, encontró a tiempo al doctor y éste le explicó que veía a Duncan como un padre arquetípico y a lady Macbeth como una madre de igual índole. Con alguna dificultad, el doctor le persuadió de que, en realidad, Duncan no era su padre, y de ese modo llegó a ser un súbdito leal. Malcolm y Donalbain murieron jóvenes, y Macbeth alcanzó la sucesión debidamente. Permaneció fiel a lady Macbeth, y ambos emplearon sus días en buenas obras. Él impulsó la institución de los niños exploradores, y ella abrió bazares. Él vivió hasta una edad muy avanzada respetado por todos, excepción hecha del portero.
En este momento, la estatua, que llevaba un gramófono en su interior, hizo la siguiente observación: «Nuestros días idos han iluminado el camino de los necios hacia una muerte polvorienta.»
Macbeth se sobresaltó y dijo:
—Condenada estatua, este individuo Shakespeare escribió contra mí una obra sumamente calumniosa. Me conoció tan sólo cuando yo era joven, antes de mi encuentro con el doctor Bombasticus, y dejó correr desordenadamente su imaginación sobre todos los crímenes que pensó que yo cometería. No sé cómo la gente se obstina en seguir honrándole. Apenas hay una persona en sus comedias que no resulte apropiada para el doctor Bombasticus. —Volviéndose hacia Lear, agregó:— ¿No estás de acuerdo, viejo amigo?
Lear era un individuo apacible, no muy dado a la charla. Aunque era viejo, iba artísticamente peinado y sus ropas estaban muy cuidadas. La mayor parte del tiempo parecía estar un tanto somnoliento, pero la pregunta de Macbeth le alerto.
—Sí; ciertamente, convengo en ello.
—Usted sabe bien que en una ocasión llegó a obsesionarme una fobia dirigida contra mis queridas hijas Regan y Goneril. Imaginé que me perseguían y estaban actualizando el rito canibalesco de devorar a los padres. Esto último lo comprendí después de que el doctor Bombasticus me lo hubo explicado. Me alarmé tanto que me precipité fuera, de noche, bajo la tormenta, y me empapé completamente. Cogí un enfriamiento, que me produjo fiebre, e imaginé, sucesivamente, que un banco próximo era Goneril, y luego Regan. Mi bufón me hizo empeorar aún, y también la proximidad de cierto loco que, desnudo, mantenía una creencia en el retorno a la naturaleza, y hablaba siempre de cuestiones irrelevantes tales como «Pillicock» y «Child Rowland». Por fortuna, mi locura fue tal que hizo necesario demandar los servicios del doctor Bombasticus. Me persuadió pronto de que Regan y Goneril eran justamente tan afectuosas como yo había considerado siempre, y que mis alucinaciones eran debidas a un irracional remordimiento respecto de la ingrata Cordelia. En todo momento, desde mi curación, he vivido una vida tranquila, apareciendo sólo en las solemnidades del Estado, tales como las onomásticas de mis hijas, cuando me presento en un balcón y la multitud grita: «¡Tres ovaciones para el viejo rey!» Yo solía tener una cierta tendencia hacia las baladronadas, pero me complace poder decir que ésta ha desaparecido.
En este instante la estatua opinó: «Tú, trueno horrísono, asuela la fuerte rotundidad del mundo.»
—Y ahora, ¿eres feliz! —preguntó Macbeth.
—¡Oh, ya lo creo! Mi felicidad dura tanto como el día. Me siento en mi silla y hago solitarios, o bien dormito, y no pienso en ninguna otra cosa.
LA ESTATUA: «Tras una vida de agitada fiebre, ahora duerme bien.»
—¡Que necia observación! —dijo Lear—. ¡La vida no es agitación febril! Y duermo bien, aunque vivo aún. He ahí exactamente la clase de ripio que yo habría admirado antes de conocer al doctor Bombasticus.
La estatua se permitió hacer otra observación: «Cuando nacemos nos lamentamos de haber venido a este gran teatro de locos.»
—Teatro de locos —dijo Lear, perdiendo por un momento la ecuanimidad que había venido observando hasta el momento—. Me gustaría que la estatua aprendiese a hablar sensatamente. ¿Se atreve a considerarnos locos? ¡Nosotros, los ciudadanos más respetados del Limbo! Me gustaría que el doctor Bombasticus echase una mirada a la estatua. ¿Qué opinas de esto, Otelo?
—Bueno —dijo Otelo—, este malvado Shakespeare me trató aún peor que a ti y a Macbeth. Le conocí tan sólo durante unos días, precisamente en el momento en que en mi vida aparecía una crisis. Cometí el error de casarme con una muchacha blanca, y comprobé en seguida la imposibilidad de que pudiera amar a un hombre de color. De hecho, en el tiempo en que Shakespeare me conoció, ella conspiraba para huir con mi lugarteniente Cassio; lo cual me agradó, porque ella resultaba una carga. Pero Shakespeare imaginó que yo debía estar celoso, y en aquellos días me sentía yo un tanto inclinado hacia la retórica, de forma que compuse algunos encelados discursos para complacerle. El doctor Bombasticus, a quien conocí por entonces, me demostró que todo el mal venía de mi complejo de inferioridad, causado por el color de mi piel. En mi ser consciente yo siempre había considerado una cosa magnífica ser negro —negro y, con todo, eminente—. Pero él demostró que yo tenía otros sentimientos en el inconsciente, y que éstos causaban un furor que sólo podía ser aplacado en las batallas. Después que me hubo curado renuncié a las guerras, me casé con una mujer negra, tuve una gran familia y dediqué mi vida al comercio. Ahora nunca siento impulsos hacia la conversación grandilocuente, ni a expresar esa clase de necedades que paralizan a las gentes de juicio recto.
LA ESTATUA: «Orgullo, pompa y circunstancia de guerra gloriosa.»
—¡Escuchadle! —dijo Otelo—. He ahí lo que yo estaría aún diciendo si no hubiese sido por el doctor Bombasticus. Pero hoy no creo en la violencia. Encuentro la útil sustancia mucho más efectiva.
LA ESTATUA: «Cogí por el cuello al perro circunciso.» Súbitamente, los ojos de Otelo relampaguearon, y exclamó:
—¡Maldita estatua! La cogeré por el cuello si no tiene cuidado.
Antonio, que había permanecido silencioso hasta ese momento, preguntó:
—¿Y amas tanto a tu esposa negra como amaste a Desdémona?
—Mira —dijo Otelo—. Es una cosa diferente, ya puedes imaginarte. Es a la vez una relación más propia para un adulto y más de acuerdo con mis deberes públicos. En ella no hay nada de indebida efervescencia. Nunca me impulsa a acciones como las que un buen adepto del Rotary Club debe deplorar.
La estatua apuntó: «Si se muriese ahora, cuánta mayor felicidad.»
—¿Le oís? —dijo Otelo—. Ésta es la clase de observaciones de que el doctor Bombasticus me curó. A él, a quien jamás estaré suficientemente agradecido, debo el no sufrir en la actualidad de tales excesivos sentimientos. La señora Otelo es un alma buena. Me guisa estupendas comidas, cuida de mis hijos y calienta mis zapatillas. No sé qué más puede desear en una esposa un hombre sensible.
La estatua murmuró: «Apaga la luz, y después apaga la luz.»
Otelo se volvió hacia la estatua y dijo:
—No diré una sola palabra más si continúas interrumpiéndome. Ahora, oigamos tu historia, Antonio.
—Bien —dijo Antonio—. Todos los que estáis aquí, por supuesto, conocéis las extraordinarias mentiras que Shakespeare dijo acerca de mí. Hubo un tiempo —no mucho tiempo, desde luego— en que consideré a Cleopatra el arquetipo de la madre con la cual el incesto no está prohibido. César siempre había sido para mí el padre-símbolo, y su asociación con Cleopatra hizo natural que yo viese a ésta como a una madre. Pero Shakespeare pretendió, con tanto éxito como para haber desorientado incluso a los más serios historiadores, que mi engreimiento fue duradero y me llevó a la ruina. Esto, por cierto, es inexacto. El doctor Bombasticus, que conocí al tiempo de la batalla de Accio, me explicó los trabajos de mi inconsciente, y pronto percibí, bajo su influencia, que Cleopatra no tenía los encantos con que yo la adornaba, y que mi amor por ella no era sino una pasión pasajera. Gracias a él fui capaz de conducirme con sentido. Zanjé la disputa con Octavio y volví a su hermana que, después de todo, era mi mujer ante la ley. De este modo pude vivir una vida respetable y calificarme para participar en este comité. Lamento que los deberes públicos me compeliesen a condenar a muerte a Cleopatra, pero sólo bajo esta condición podía ser sólida mi reconciliación con Octavia y con su hermano. Éste fue un desagradable deber, por supuesto, pero ningún ciudadano equilibrado retrocederá ante tales deberes cuando son llamados a realizarlos por el bien público.
—¿Y amabas a Octavia? —preguntó Otelo.
—Pues mira —dijo Antonio—: No sé exactamente lo que uno debe considerar como amor. Tengo hacia ella la clase de sentimientos que un serio y austero ciudadano debe tener hacia su esposa. La estimaba. Encontraba en ella una colega en quien podía confiarse para los negocios públicos. Y debido, en parte, a sus consejos, fui capaz de vivir de acuerdo con los preceptos del doctor Bombasticus. En cuanto al amor pasional, como lo había concebido antes de conocer a ese hombre eminente, lo puse de lado y en su lugar obtuve la aprobación de los moralistas.
LA ESTATUA: «De muchos miles de besos, este desgraciado es el último que deposito en tus labios.»
A estas palabras Antonio tembló de la cabeza a los pies y sus ojos se llenaron de lágrimas, mas se recobró con un esfuerzo y dijo:
—¡No! ¡He puesto fin a todo esto!
LA ESTATUA: «El esplendoroso día ha huido, y ahora estamos en la oscuridad.»
—Realmente —dijo Antonio—, esta estatua es demasiado inmoral. ¿Cree correcto aludir a un «día esplendoroso», cuando a lo que se refiere es al encenagamiento en los brazos de una ramera? No sé cómo los del Club le sufrimos. Pero bien, ¿tú qué dices, Romeo? También tú, según ese viejo réprobo, fuiste excesivamente adicto a los apasionamientos amorosos.
—Creo que en lo que a mí concierne se sobrepasó mucho más que en tu caso. Conservo cierto confuso recuerdo de una aventura de adolescente con una muchacha cuyo nombre no acabo de recordar. Algo así como Jemima o Juana, o... Pero no, ¡ya lo tengo! Se llamaba Julieta.
La estatua interrumpió: «Parece descansar sobre la mejilla de la noche como una rica joya sobre la oreja de un etíope.»
—Eramos ambos muy jóvenes y muy necios, y ella murió en circunstancias un tanto trágicas.
La estatua interrumpió de nuevo: «Su hermosura confiere a esta caverna un festivo y luminoso aspecto.»
—El doctor Bombasticus —prosiguió Romeo—, que en aquellos días era un boticario, me curó de la loca desesperación que durante un corto espacio de tiempo sentí. Me hizo ver que mi verdadero móvil era el de la rebelión contra el padre, lo cual me condujo a pensar que amar a una Capuleto era una gran cosa. Me explicó cómo la rebelión contra el padre ha sido a través de los siglos una fuente de desequilibradas conductas, y me recordó que, en el curso de los procesos naturales, el adolescente que hoy es hijo será padre mañana. Me curó el odio inconsciente hacia mi padre y me permitió llegar a ser un serio y digno defensor del honor de los Montescos. Desposé como es debido a la sobrina del príncipe. Fui umversalmente respetado y no volví jamás a proferir esos extravagantes sentimientos que, como indica Shakespeare, sólo pueden conducir a la ruina.
LA ESTATUA: «Tus venenos son rápidos. Así, con un beso muero.»
—Bien, esto es todo en cuanto a mí —dijo Romeo—. Escuchemos lo que tienes que decir, Hamlet.
—Fui excepcionalmente afortunado al encontrar al doctor Bombasticus —empezó diciendo Hamlet—, porque en aquel momento me hallaba en situación verdaderamente mala. Sentía gran afecto por mi madre, e imaginaba sentirlo también hacia mi padre, aunque posteriormente el doctor Bombasticus me persuadió de que le odiaba a consecuencia de los celos. Cuando mi madre se casó con mi tío, el odio hacia mi padre, que había permanecido inconsciente, se manifestó en un odio constante hacia mi tío. Este odio obró sobre mí de tal manera que empecé a sufrir alucinaciones. Me parecía ver a mi padre, y en mi delirio me parecía oírle decir que había sido asesinado por su hermano. Y en una ocasión, creyéndole oculto tras una cortina, apuñalé algo que yo creía que era él mismo. Era tan sólo una rata, aunque en mi demencia creí que se trataba del primer ministro. Esto demostró a todos que mi desarreglo era peligroso y el doctor Bombasticus fue llamado a curarme. Debo decir que hizo un excelente trabajo. Me aclaró el sentimiento de incesto hacia mi madre y el odio inconsciente hacia mi padre, y cómo éste fue transferido sobre mi tío. Había poseído yo un concepto totalmente absurdo sobre mi propia importancia, y pensaba que los tiempos estaban desquiciados y yo había nacido para traerlos a su lugar. El doctor Bombasticus me convenció de mi juventud y de mi falta de comprensión de las artes de gobernar. Vi claro que no había tenido razón al oponerme al orden establecido, al que cualquier persona bien equilibrada no podía por menos que adaptarse. Me excusé ante mi madre por cuantas inconveniencias y groserías podía haber dicho, y establecí relaciones correctas con mi tío, aunque debo confesor que seguí encontrándolo algo injusto. Me casé con Ofelia, que resultó una humilde esposa. Ascendí debidamente al trono, y en las luchas contra Polonia mantuve el honor del país en afortunadas batallas. Morí umversalmente respetado, y ni mi propio tío obtuvo mayores honores que los que me fueron prodigados.
LA ESTATUA: «Nada hay bueno ni malo, pero el pensamiento es quien lo hace de tal guisa.»
—Escuchad a este viejo amigo —dijo Hamlet— repitiendo todavía las mismas necedades. ¿No es evidente que lo que hice estaba bien? ¿Y que lo que Shakespeare pretende que he hecho está mal?
Macbeth preguntó:
—¿No tuviste un amigo de tu edad que, según parece, te alentó en tus locuras?
— ¡Ah, sí! —replicó Hamlet—. Ahora que lo mencionas, había un joven; pero, ¿cómo se llamaba? ¡Ah!, he aquí, se llamaba Horacio, y sí, ciertamente, constituía una mala influencia.
LA ESTATUA: «Buenas noches, dulce príncipe, y que una cohorte de ángeles cante durante tu responso.»
—¡Oh, sí! Todo esto está muy bien, es la clase de inoportunas observaciones en que Shakespeare se complacía tanto. En cuanto a mí, cuando el doctor Bombasticus me hubo curado prescindí de Horacio y me contenté con Rosencrantz y Guildenstern, los cuales, según indicó el doctor Bombasticus, eran individuos completamente equilibrados.
La estatua murmuró: «Yo confiaría en ellos como en los colmillos de una serpiente.»
—¿Y qué piensas de todo esto ahora que estás muerto? —preguntó Antonio.
—¡Oh, verás! —replicó Hamlet—. Hay ocasiones, y no lo negare, en que siento cierta nostalgia del viejo ardor, de las áureas parcas palabras que fluían de mi boca, y de mi escabroso mundo interior, que era, a la vez, mi tormento y mi alegría. Puedo incluso recordar ahora un pasaje de retórica que elaboré y empezaba: «¡Qué cosa más compleja es un hombre!» No negaré que en su propio mundo de locura tiene cierto mérito. Pero elegí vivir en el mundo de la cordura, el mundo de los hombres graves que cumplen deberes necesarios sin dudas ni preguntas, que nunca miran bajo la superficie, por temor a lo que puedan encontrar, que honran a su padre y a su madre y repiten los mismos crímenes por medio de los cuales ellos florecieron; que mantienen el Estado sin jamás preguntar si merece ser sostenido, y adoran píamente a un Dios a quienes han hecho a su propia imagen, a la vez que rechazan toda mentira, a no ser que ésta favorezca los intereses del poderoso. Me adscribí a este credo, siguiendo las enseñanzas del doctor Bombasticus. Viví con este credo, y morí en él.
LA ESTATUA: «Porque en ese sueño de muerte, los sueños que puedan venir, cuando nos hemos evadido de esta mortal aventura, pueden procurarnos reposo.»
—¡Qué estupidez, viejo amigo! —dijo Hamlet—. Nunca tengo sueños. Estoy satisfecho con el mundo tal como lo encuentro. En todos los sentidos es como pudiera desearlo. ¿Qué hay que no puedan realizar farsantes como yo?
LA ESTATUA: «Uno puede sonreír y sonreír y ser un villano.»
—Bien —dijo Hamlet—. Prefiero sonreír y ser un villano, antes que llorar y ser un buen hombre.
LA ESTATUA: «Cuanto creo, señor, con más fuerza y poder, y sin embargo no poseo la honestidad de admitirlo aquí.»
—Sí —dijo Hamlet—. ¿Qué representa la justicia para mi, si me resulta provechosa la injusticia?
LA ESTATUA: «Para quien desee afrontar los latigazos y el desprecio de los tiempos.»
—¡Oh, no me tortures! —exclamó Hamlet.
LA ESTATUA: «No te vayas hasta que ponga un espejo en que puedas ver la interioridad de tu ser.»
—¡Oh, qué miserable esclavo soy! —exclamó Hamlet—. ¡Al infierno, doctor Bombasticus! ¡Al infierno el equilibrio! ¡Al infierno la prudencia y el elogio de los tontos!
Con estas palabras, Hamlet se desmayó.
LA ESTATUA: «Y lo demás es silencio.»
En este momento un extraño alarido se dejó oír, un alarido surgido de lo profundo y que transmitía un tubo que los adeptos del Rotary Club jamás habían percibido. Una voz angustiada se lamentó: «¡Soy el doctor Bombasticus! ¡Estoy en el infierno! ¡Me arrepiento! Yo maté vuestras almas. Pero en la de Hamlet sobrevivieron algunas chispas y estoy condenado por ello. He vivido en el infierno sin saber por qué crimen, hasta este momento. Vivo en el infierno por haber preferido la sumisión a la gloria; por haber estimado el servilismo más que el esplendor; por buscar la ductilidad antes que el rayo fulgurante; por temer tanto al trueno como grande era mi predilección por la interminable y mustia llovizna. El arrepentimiento de Hamlet me ha dado a conocer mi pecado. En el infierno en que vivo me dominan complejos sin fin, y aunque clamo a San Freud, es en vano; sigo aprisionado en una infinita vorágine de lugares comunes. ¡Interceded por mí, vosotros, que sois mis víctimas. Desharé el maléfico trabajo que realicé en vosotros!»
Mas los cinco que continuaban en el lugar no le oyeron. Volviéndose airadamente contra la estatua, que había provocado la desesperación de su amigo Hamlet, la asaltaron, asestándole feroces golpes. De modo paulatino la estatua se desmorono. Cuando nada quedó de ella, excepto la cabeza, ésta murmuró: «Señor, ¡qué necios son estos mortales!»
Los cinco permanecieron en el limbo. El doctor Bombasticus siguió en el infierno. Hamlet fue transportado a las alturas por ángeles y ministros de la gracia.


Bertrand Russell - Pesadillas de Personas Eminentes

La Pesadilla Del Señor Bowdler - Bertrand Russell




La Pesadilla Del Señor Bowdler (Felicidad familiar)
Bertrand Russell
El señor Bowdler, el muy meritorio autor del Shakespeare de las familias, obra que la más inocente señorita podría leer sin sonrojarse, jamás mostró en su estado de vigilia duda alguna en cuanto a la utilidad de su obra. Parece, sin embargo, que en algún lugar profundo del inconsciente de ese buen hombre debe haberse agazapado una diminuta voz, maligna y burlona. Llegado el domingo, acostumbraba el señor Bowdler dispensar a su familia, y a sí mismo en no menor grado, copiosas porciones de carne de cerdo. Iban éstas acompañadas de patatas hervidas y berzas, y seguía el roly-poly pudding1*. Para él, aunque no para el resto de la familia, había una moderada ración de cerveza. Tras esta comida solía hacer un breve paseo. Pero en una ocasión en que la nieve y el granizo caían pesadamente se permitió infringir su rutina habitual y tomarse un descanso en una silla, con un buen libro en las manos. Sin embargo, el buen libro no era interesante y el señor Bowdler se durmió. En un sueño se vio afligido por la siguiente pesadilla:

El señor Bowdler era considerado por todo el mundo, y aún es considerado por mucha gente, como un ejemplo de todas las virtudes, pero en una ocasión tuvo un temible motivo para dudar de si era, efectivamente, tal como sus vecinos le consideraban.
En su juventud escribió un ataque devastador contra Wilkes (de la Wilkes & Liberty), a quien consideraba, no sin que le asistiese parte de razón, un libertino. En aquella época, Wilkes había rebasado la primavera de su vida, y ya no era capaz de tomarse la venganza que hubiese sido natural en él en los años de su juventud. Dejó en su testamento una considerable cantidad de dinero al joven señor Spiffkins, con la exclusiva condición de atraer sobre la cabeza del señor Bowdler, con el mejor de sus artificios, un desastre total. Lamento decir que el señor Spiffkins aceptó sin la menor vacilación el inescrupuloso legado.
Al objeto de cumplir las exigencias testamentarias del señor Wilkes, Spiffkins visitó al señor Bowdler con el pretexto de aparente amistad. Encontró al señor Bowdler gozando al máximo de una perfecta felicidad familiar. Tenía un pequeño sobre cada una de sus rodillas y decía:
—Monta en los caballitos en Banbury Cross.
Entonces, otros dos niños empezaron a clamar:
—¡Ahora nosotros, papá!
Y ellos, a su vez, obtuvieron el oscilante éxtasis. La señora Bowdler, exuberante, amable y sonriente, observaba la feliz escena mientras se ocupaba activamente en la preparación del té.
El señor Spiffkins, con aquel tacto exquisito que indujo al señor Wilkes a seleccionarle, llevó la conversación hacia los temas literarios que sabía caros al señor Bowdler, y los principios que habían guiado a aquel caballero en su aspiración de hacer las obras de los grandes hombres, aptas para ser depositadas en manos de mujercitas. La mayor armonía reinó hasta que al final, cuando el té hubo terminado y la señora Bowdler aparecía a través de la puerta de la despensa fregando las tazas de té, el señor Spiffkins se levantó para marcharse. Mientras se despedía, hizo la siguiente observación.
—Querido señor Bowdler, estoy impresionado por la magnitud de sus goces familiares; pero habiendo estudiado todas las omisiones que usted ha hecho en los trabajos del bardo del Avon, me veo obligado a concluir que estos sonrientes infantes deben su existencia a la partenogénesis.
El señor Bowdler, rojo de ira, gritó:
—¡Fuera! —y cerró violentamente la puerta en las narices del señor Spiffkins.
Pero, ¡ay!, por desgracia, a pesar del tintineo de las tazas de té, la señora Bowdler había alcanzado a oír la temible palabra. No podía imaginar su significado; pero desde el momento en que lo ignoraba y su marido desaprobaba la palabra, no dudó de que no podía ser sino mala.
Era ésta una cuestión acerca de la que no podía interrogar a su marido. Él habría replicado simplemente: «Querida, significa algo sobre lo que las mujeres buenas no deben pensar.» Por esa razón, quedó entregada a sus propias especulaciones. Por supuesto, conocía todo acerca del Génesis, pero el significado de la primera mitad de la palabra permanecía oscuro para ella.
Un día, con gran atrevimiento, entró en la biblioteca de su marido mientras éste se hallaba fuera y, cogiendo el Diccionario Clásico, leyó cuanto éste tenía que decir acerca del Partenón. Sin embargo, la significación de esa extraña palabra se le escabulló. No había nada del Partenón en el Génesis, y nada del Génesis en el friso del Partenón.
Cuanto mayores eran los fracasos que coronaban sus investigaciones, más se sentía obsesionada por el problema. La casa, que había estado siempre impecable, llegó a estar desaseada. Se distraía, y un jueves, incluso, olvidó preparar los aperitivos para el té, cosa que no había olvidado ningún jueves desde el día feliz en que se unió al señor Bowdler en los sagrados vínculos del matrimonio.
Por fin, la cuestión llegó a tal extremo que el señor Bowdler consideró necesario recurrir a asistencia médica. El doctor hizo innumerables preguntas, golpeó ligeramente la frente de la señora Bowdler con un macito de madera, y, ligeramente, la sangró, pero todo resultó inútil. Al fin, el doctor dijo:
—Bien, querida señora: temo que no haya otro remedio para su dolencia que la edax rerum (nombre pedante con que denominaba al tiempo). Hemos de confiar en el tiempo, el gran sanador.
—Por favor, doctor, ¿dónde puede obtenerse el edax rerum?
—En todas partes —replicó el doctor.
Aunque la mujer no tenía gran fe en su sabiduría y como, después de todo, ella no le había revelado el origen de su mal, se dirigió a la botica de la familia y preguntó al dueño si podía proporcionarle el edax rerum. El farmacéutico enrojeció, tartamudeó y dijo:
—Señora, ésta no es cosa para ser propiamente deseada por verdaderas damas.
Ella se retiró confusa.
Frustrada en una dirección, su desesperado estado la impelió a realizar un intento en una nueva. Parte de las obligaciones de su marido consistían en leer libros de la clase que estaba interesado en suprimir, y, examinando las facturas de los libreros en su escritorio, se enteró del nombre y la dirección de uno de ellos que, a juzgar por las materias que procuraba al señor Bowdler, consideró ella, tendría probablemente literatura hasta sobre un tema tan espantoso como el que le interesaba. Cubierta con un tupido velo, se aventuró en su domicilio y dijo atrevidamente:
—Caballero, deseo un libro que me instruya sobre la partenogénesis.
—Señora —replicó él observando los encantos personales que el velo no acertaba a ocultar—. La partenogénesis es lo que usted no aprenderá si viene arriba, en mi compañía.
Horrorizada, espantada, la señora Bowdler huyó.
Le quedaba tan sólo una esperanza, que por sí implicaba una resolución desesperada y un valor de que casi dudaba ser poseedora. Recordaba que su marido, al objeto de completar el Shakespeare de las familias, aquel deleite para todo hogar decente, se había visto obligado a leer, por muy penosa que, sin duda, le resultaría la tarea, los trabajos sin expurgar de aquel lamentable autor de expeditiva lengua. Sabía que él poseía, tras las puertas cerradas con llave de cierto armario, un Shakespeare pre-bowdleriano, en el cual todos los pasajes que él, sabiamente, había considerado dignos de ser omitidos estaban subrayados, para facilitar el trabajo del impresor. «Sin duda —pensó—, donde tanto se ha omitido, encontraré con toda seguridad la palabra "partenogénesis" en algún pasaje subrayado, y no dudo que el contexto me indicará el significado de esta palabra.»
Un día en que su marido había sido invitado a hablar ante un congreso de libreros virtuosos, se deslizó en el estudio, encontró la llave de la cerrada estantería tras breve búsqueda en su escritorio, abrió las fatales puertas, y extrajo el viejísimo volumen con su espantable erudición. Repasó el volumen página tras página, pero en parte alguna encontró la palabra buscada. Encontró en cambio muchas cosas que no había buscado. Horrorizada, y sin embargo fascinada, repelida y absorbida a la vez, leyó y leyó, olvidada del paso del tiempo. Súbitamente, se dio cuenta que la puerta estaba abierta, y su marido permanecía de pie en el umbral. En tonos de horror, él exclamó:
—Santo Dios, María, ¿qué libro veo en tus manos? ¿Es que no sabes que el veneno destila de sus páginas y que el contagio de depravados pensamientos salta desde cada una de sus letras en la conciencia de las incautas mujeres? ¿Has olvidado que ha sido el trabajo de toda mi vida, precisamente, preservar al inocente de semejante polución? ¡Oh!, fracaso tan horrendo debía venirme al encuentro en el mismo seno de mi propia familia.
Después de esto, el buen hombre rompió a llorar lágrimas de mortificación y dolor, sobre todo, y también de justo furor. Advertida de su pecado, la mujer arrojó el volumen huyó a su habitación, y prorrumpió en sollozos desgarradores.
Pero la penitencia resultó inútil. Había leído demasiado. No pudo olvidar ninguna de las palabras leídas. Una y otra vez, de forma ininterrumpida, acudían a su cabeza vergonzosas palabras y espantosas imágenes de horribles deleites. Hora por hora, día a día, su obsesión creció cada vez más, hasta que por fin fue dominada por incontenible locura y tuvo que ser conducida a un manicomio, gritando obscenidades shakespearianas en plena calle, mientras se la llevaban. Cuando las terribles palabras de su mujer ya no se oyeron, el señor Bowdler cayó de rodillas, preguntando a su Hacedor por qué pecado era castigado de tal suerte. Contrariamente a lo que os ocurre a vosotros y a mí, fue incapaz de hallar la respuesta.

1*Roly-poly pudding, especie de empanada a base de jamón.

Pesadillas de personas eminentes y otras historias

imagen: F. Cakó

Pesadillas - Bertrand Russell




La Pesadilla de la Reina de Saba
Bertrand Russell


La reina de Saba, volviendo de una visita al rey Salomón, cabalgaba a través del desierto en un blanco jumento, acompañada por su gran visir, que montaba un asno de color más ordinario. Mientras avanzaban dejaba ella fluir sus recuerdos acerca de la riqueza y sabiduría de Salomón.

—Yo siempre he considerado —dijo la reina— que me conduzco magníficamente en lo que a real esplendor se refiere, y de antemano esperaba mantener mi preeminencia; pero cuando he visto sus dominios, el alma se me ha caído a los pies. Y, sin embargo, los tesoros de sus palacios no significan nada ante los tesoros de su mente. ¡Ah, mi querido visir, qué sabiduría, qué conocimiento de la vida, qué sagacidad despliega su palabra! Si tuvierais en todo vuestro cuerpo tanta sagacidad política como posee ese rey en su dedo meñique, no tendríamos dificultad alguna en mi reino. Pero no sólo en riqueza y sabiduría es incomparable. Es también un poeta supremo (aunque soy quizá la única privilegiada que conoce esto). Al separarnos me regaló un volumen enjoyado, escrito con su propia e inimitable escritura, en el que, en lenguaje de exquisita belleza, manifiesta la dicha que ha experimentado en mi compañía. Hay pasajes que exaltan algunos de mis más íntimos encantos, que no podría enseñarte sin enrojecer, pero hay fragmentos que debiera quizá leerte para entretener nuestras noches de viaje a través del desierto. En este exquisito volumen están no sólo sus propias palabras, tales que cualquier mujer desearía oírlas de labios amorosos, sino que, además, por una imaginaria y quintaesenciada simpatía, me ha atribuido palabras poéticas que me habría hecho feliz haber proferido realmente. Estoy persuadida de que nunca volveré a hallar una unión tan perfecta, una armonía tan total, ni una penetración igual en los escondrijos del espíritu. Mis deberes públicos, ¡ay!, me obligan a volver a mi reino, pero llevaré conmigo hasta el día de mi muerte la certeza de que existe en la Tierra un hombre digno de mi amor.

—Majestad —replicó el visir—, no entra en mi ánimo inocular la duda en vuestro real pecho, pero para todos aquellos que os sirven es increíble que, entre los hombres, pueda existir vuestro igual.
En este momento, emergiendo de las incipientes sombras, apareció a pie una figura de aspecto cansado.
—¿Quién puede ser éste? —dijo la reina.
—Algún mendigo, majestad —dijo el gran visir—. Os aconsejo encarecidamente que le evitéis.
Pero una cierta dignidad en el aspecto del desconocido que se aproximaba le pareció a la reina indicar algo más que simple condición de mendigo, y, pese a las protestas del gran visir, encaminó su jumento hacia el hombre.
—¿Quién sois? —dijo la reina.
La respuesta del desconocido esfumó inmediatamente los recelos del gran visir, pues aquél habló en el más pulido idioma de la corte de Saba:
—Majestad —dijo—, me llamo Belcebú, pero probablemente este nombre os resultará desconocido, pues rara vez me alejo del territorio de Canaán. Quién sois vos, lo sé. Y no sólo quién sois vos, sino de dónde venís, y los pensamientos que inspiran, a la puesta del sol, vuestras meditaciones. Sé que venís de visitar a ese sabio rey que es, desde hace largos años, íntimo amigo mío, aunque mi humilde apariencia parezca desmentir mis palabras. Estoy convencido de que os ha contado, en lo que le concierne, lo que él desea que conozcáis. Pero —aunque la hipótesis parezca temeraria— si deseáis saber de él algo más de lo que él mismo ha tenido a bien deciros, no tenéis más que preguntarme, pues no tiene secretos para mí.
—Me admiráis —dijo la reina—, pero veo que vuestra conversación será demasiado larga para ser mantenida convenientemente si vais a pie mientras yo cabalgo. Mi gran visir desmontará y os dará su jumento.
El gran visir obedeció de mal humor.
—Supongo —dijo la reina— que vuestras conversaciones con Salomón se referirán ante todo a los asuntos de gobierno y a cuestiones de profunda sabiduría. Yo, como reina no reputada de falta de sabiduría, conversé también con él sobre esos temas; pero una parte de nuestras charlas (de ello me ufano, al menos) reveló un aspecto de él menos conocido para vos que para mí, según imagino. Y algo de este desconocido aspecto lo expresa en un libro que me regaló en el momento de separarnos. Este libro contiene muchas bellezas; por ejemplo, una admirable descripción de la primavera.
—¡Ah! —dijo Belcebú—. ¿Y alude en esa descripción al canto de la tórtola?
—Sí, en efecto —dijo la reina—; pero ¿cómo lo adivinasteis?
—¡Oh!, es sencillo —replicó Belcebú—. Se siente orgulloso de haber observado la charla de la tórtola en la primavera y se complace en ponerlo de relieve siempre que puede.
—Algunos de sus cumplidos me agradaron especialmente —prosiguió la reina—. Había yo practicado el hebreo durante mi viaje a Jerusalén, pero no estaba segura de dominarlo debidamente. Por ello me sentí encantada cuando él dijo: «Habláis donosamente.»
—Muy amable por su parte —dijo Belcebú—, pero ¿acaso manifestó a la vez que las sienes de vuestra majestad se parecen a una porción de granada?
—Bueno —dijo la reina—, ¡esto va pareciendo raro! Lo dijo, en efecto, y me pareció más bien una singular observación. Pero ¿cómo pudisteis llegar a adivinarlo?
—¡Oh! —replicó Belcebú—. Ya sabéis que todos los grandes hombres tienen desviaciones mentales, y una de las de él es su peculiar interés por las granadas.
—Cierto es —dijo la reina— que algunas de sus comparaciones son un tanto extrañas. Por ejemplo, dijo que mis ojos son como los estanques de pesca de Hesebón.
—Le he visto hacer comparaciones aún más extrañas —dijo Belcebú—. ¿Comparó alguna vez la nariz de vuestra majestad con la torre del Líbano?
—¡Oh Dios! —dijo la reina—. ¡Esto es demasiado! El hizo esa comparación, efectivamente. Pero vos me persuadís de que debéis tener una fuente de conocimientos mucho más íntima de lo que yo había imaginado.
—Majestad —replicó Belcebú—, temo que lo que he de decir pueda causaros algún dolor, pero el hecho es que algunas de sus mujeres fueron amigas mías, y a través de ellas he llegado a conocerle bien.
—Sí, pero ¿y en lo que se refiere a este poema de amor?
—Veréis... Cuando era joven y su padre vivía aún, tenía que tomarse más molestias. Por aquellos días amó a la virtuosa hija de un granjero, y sólo consiguió vencer sus escrúpulos por medio de su talento poético. Posteriormente llegó a considerar una lástima que ese don se malgastase, y dio una copia a cada una de las mujeres que se iban sucediendo. Ya veis: era esencialmente un coleccionista, como debéis haber comprobado cuando visitasteis su casa. Con su dilatada práctica hacía creer a cada mujer de turno que era la preferida en sus afectos. Y vos, querida señora, sois su último y más señalado triunfo.
—¡Oh el malvado! —dijo la reina—. Jamás volveré a ser engañada de nuevo por la perfidia del hombre. Jamás dejaré que el halago me ciegue nuevamente. ¡Y pensar que yo, considerada en mis dominios como la más prudente de las mujeres, debería permitirme semejante extravío!
—Oh, no, querida señora —dijo Belcebú—. No os dejéis abatir, pues Salomón es no sólo el hombre más sabio de sus dominios, sino el más sabio de todos los hombres, y continuará siéndolo a través de innumerables siglos. Haber sido engañada por él, apenas puede considerarse motivo de vergüenza.
—Quizá tenéis razón —dijo ella—. Pero curar la herida de mi orgullo exigirá tiempo.
—¡Oh dulce reina! —replicó Belcebú—. ¡Qué feliz me sentiría si pudiese yo acelerar la labor curativa del tiempo! Lejos de mí el deseo de imitar los artificios de ese pérfido monarca. De mí fluirán solamente palabras simples dictadas por sentimientos espontáneos del corazón. A vos, la sin par, la incomparable, la sin rival «joya del Sur», os daría —si me lo permitís— cualquier bálsamo correspondiente a una verdadera estimación de vuestro valor.
—Vuestras palabras son sedantes —replicó la reina—. Mas ¿cómo podéis rivalizar con su esplendor? ¿Tenéis un palacio comparable al suyo? ¿O una provisión semejante de piedras preciosas? ¿O vestiduras parecidas, de las que trasciende aroma de mirra y resina perfumada? Y, más importante aún que todo eso, ¿tenéis una sabiduría igual a la suya?
—Amable Saba —replicó él—. Puedo satisfaceros en todos los aspectos. Poseo un palacio mucho más grande que el de Salomón. Tengo una provisión mucho mayor de piedras preciosas. Mis vestiduras de gobierno son tan numerosas como las estrellas del cielo. Y en cuanto a sabiduría, no es rival para mí. Salomón se sorprende de que los ríos afluyan al mar y éste, no obstante, no se colme. Yo sé por qué acontece esto, y lo expondré para vuestra majestad en alguna larga noche de invierno. Pero para volver a un lapsus más grave, fue después de veros cuando dijo: «No hay nada nuevo bajo el sol.» ¿Podéis dudar de que en un pensamiento os estaba comparando desfavorablemente con la hija del granjero de su juventud? ¿Y puede ser tenido por sabio un hombre que, habiéndoos contemplado, no percibe de inmediato una nueva maravilla de belleza y majestad? ¡No! En competición de sabiduría, no tengo nada que temer de su parte.
Con una sonrisa integrada a medias por la resignación del pasado, y una naciente esperanza de un futuro más feliz, la reina volvió los ojos hacia Belcebú y dijo:
—Vuestras palabras son seductoras. He hecho un largo viaje desde mi reino hasta el de Salomón, y pienso haber visto todo lo notable de esta Tierra. Pero si decís verdad, vuestro reino, vuestro palacio y vuestra sabiduría sobrepasan los de Salomón. ¿Puedo ampliar mi viaje con una visita a vuestros dominios?
Él le devolvió la sonrisa con otra en la cual la presencia del amor llegaba apenas a ocultar la realidad del triunfo:
—Me resulta imposible imaginar mayor placer que el que me proporcionaríais permitiéndome colocar mis pobres riquezas a vuestros pies. Vayamos, mientras la noche es aún joven, aunque el camino es oscuro y difícil y está infestado de peligrosos ladrones. Para estar segura, debéis confiar completamente en mi dirección.
—Lo haré —dijo la reina—. Me habéis dado una nueva esperanza.
En ese momento llegaron ante una inmensa caverna, en la falda de la montaña. Llevando en alto una llameante antorcha, Belcebú los condujo a través de largos túneles y tortuosos pasajes. Finalmente, llegaron a un vasto vestíbulo alumbrado por innumerables lámparas. Las paredes y el techo resplandecían con piedras preciosas cuyos centelleantes planos reverberaban la luz de las lámparas. En solemne ubicación, trescientos tronos de plata se hallaban alineados junto a las paredes.
—Esto es verdaderamente espléndido —dijo la reina.
—¡Oh! —dijo Belcebú—. Ésta es tan sólo mi segunda sala de audiencias. Ahora veréis la cámara de la Presencia.
Abriendo una hasta entonces invisible puerta, la condujo a otro vestíbulo, más de dos veces el primero en cuanto a amplitud, más de dos veces más brillantemente iluminado, doblemente, o más, rico en ornamentación. A lo largo de tres paredes de este vestíbulo se hallaban dispuestos setecientos tronos de oro. Ante la cuarta pared había dos tronos hechos totalmente de piedras preciosas, diamantes, zafiros, rubíes, enormes perlas, unidos en un conjunto por medio de algún extraño artificio que la reina no pudo descifrar.
—Éste —dijo él— es mi gran vestíbulo. En cuanto a los dos tronos enjoyados, uno es mío, el otro será vuestro.
—Pero —observó ella—, ¿quién ocupa los setecientos tronos de oro?
—Mirad —dijo él—. Esto lo sabréis a su debido tiempo.
Mientras hablaba, una majestuosa figura, casi tan espléndida como la reina de Saba, entró silenciosamente y ocupó el primero de los tronos áureos. Asombrada, la reina de Saba reconoció a la primera consorte de Salomón.
—No hubiese esperado hallarla aquí —dijo temblando ligeramente.
—Pues bien —dijo Belcebú—: ya veis que tengo poderes mágicos. Mientras os cortejaba a vos, he estado diciendo también a esta dama que Salomón no es realmente lo que parece. Ha escuchado mis palabras, igual que vos, y ha venido.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando otra dama, que la reina de Saba reconoció igualmente de cuando su visita al harén de Salomón, entró y ocupó el segundo trono de oro. Después llegó una tercera, una cuarta, una quinta, hasta que pareció que la procesión no terminaría nunca. Al fin, los setecientos tronos de oro quedaron ocupados.
—Debéis de estar interrogándoos —hizo notar Belcebú en tono almibarado— acerca de los trescientos tronos de plata. Todos ellos están ocupados, por ahora, por las trescientas concubinas de Salomón. El millar que forman las de este vestíbulo y las del otro han oído palabras mías semejantes a las que vos habéis oído; todas han quedado convencidas por mí, y todas están aquí.
—¡Pérfido monstruo! —exclamó la reina—. ¿Cómo puedo haber sido tan necia como para dejarme engañar por segunda vez? En lo sucesivo reinaré sola, y ningún hombre volverá a tener la oportunidad de engañarme. ¡Adiós, infame demonio! Si alguna vez os aventuráis en mis dominios, sufriréis la suerte que vuestra villanía ha merecido.
—No, mi buena señora —replicó Belcebú—, temo que no comprendéis correctamente la situación. Yo os indiqué el camino hasta aquí, pero sólo yo puedo hallar la salida hacia el exterior. Esta es la morada de la muerte y estáis aquí para toda la eternidad, si bien no por una eternidad a mi lado, en el trono de diamantes. Éste lo ocuparéis solamente hasta que seáis reemplazada por una reina aún más divina: la última reina de Egipto.
Estas palabras produjeron en ella tal tumulto de rabia y desesperación, que despertó.
—Temo —dijo el gran visir— que vuestra majestad haya tenido agitados sueños.

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