El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




No se culpe a nadie - Julio Cortázar





No se culpe a nadie
Julio Cortázar



El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo.
No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo.



Arcana - Last Embrace


Dark Ambient/Ethereal/Gothic
Suecia
Arcana - Last Embrace (2000)



1. The Last Embrace
2. Hymn Of Absolute Deceit
3. Diadema
4. Winds Of The Lost Soul
5. Love Eternal
6. Repentance
7. March Of Loss
8. The Ascending Of A New Dream
9. Song La Salva
10. Lorica Vite




Arcana - Love Eternal
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A 40 años...





Conmemoración de la protesta social más grande que se recuerde en la Argentina.

Conocida con el nombre de “El Cordobazo”, en el aniversario número cuarenta de aquella manifestación de obreros y estudiantes en contra de la dictadura llevada a cabo el 29 de mayo de 1969.

El Cordobazo fue la manifestación de protesta más importante e influyente de la historia argentina del siglo XX. Sin embargo, la apasionante historia de este levantamiento popular comienza mucho antes, con el surgimiento de sus principales protagonistas: los estudiantes universitarios y los obreros industriales.

En 1918, los estudiantes de la Universidad de Córdoba, la más antigua del país y la segunda de Latinoamérica, impulsaron una amplia reforma que actualizó la enseñanza y que les dio un nuevo espacio en el interior de la institución. La influencia de esta reforma se extendió por toda América y el mundo. A partir de ese momento los estudiantes universitarios se convertirían en uno de los actores principales de la política y la sociedad cordobesa.

Cabe recordar que, a comienzos de los años 50, Córdoba era una ciudad identificada principalmente con su universidad, pero con la llegada de grandes empresas multinacionales como FIAT y Kaiser se convirtió también en el principal centro de producción automotriz de la Argentina. De este contexto industrial surgió una experiencia obrera nueva y singular, con sindicatos que ponían énfasis en la democracia interna, la honestidad y la atención de los problemas de planta.

Cuando a finales de los años 60 Argentina era gobernada por el dictador Juan Carlos Onganía y vivía bajo el autoritarismo y la represión, los estudiantes y los obreros de Córdoba se convirtieron en el principal grupo de oposición al régimen.

Así, el 29 de mayo de 1969, guiados por el dirigente sindical Agustín Tosco, los obreros y estudiantes cordobeses salieron a las calles a manifestarse contra la dictadura. Se encontraron con una feroz represión policial que provocó la muerte de un joven trabajador.

La noticia corrió por toda la ciudad, causando indignación en la gente y en pocos minutos la ciudad se convirtió en un verdadero campo de batalla. Las fuerzas de seguridad debieron retirarse ante la furia de los ciudadanos y Córdoba quedó en manos de sus habitantes.

Durante la revuelta popular se unió gran parte de la ciudadanía y por unas horas se borraron todas las diferencias en pos de un objetivo: terminar con la dictadura e iniciar el camino hacia un nuevo periodo democrático. Este levantamiento, bautizado como “El Cordobazo”, dejó herido de muerte al régimen de Onganía.

Su valor simbólico trascendió al tiempo hasta convertirse en un mito de la historia Argentina, que muchos comparan con otras grandes protestas del siglo XX como el Mayo Francés.

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For You - Embracing The Darkness



Melodic Gothic Rock, Metal
Kazajistán - Finlandia

For You - Embracing The Darkness (2008)



1. Killing The Light
2. Your Dark
3. Open Your Heart
4. Dreams
5. Black Party
6. Embracing The Darkness
7. Daughter Of Death
8. Calling Your Name
9. Find Me




For You - Find Me
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Los enemigos de los libros





El hombre es el enemigo de los libros y no Internet
Umberto Eco


EFE


El escritor italiano Umberto Eco, uno de los intelectuales europeos de mayor prestigio, afirma que el principal enemigo de los libros no es Internet, sino el ser humano, que los censura y confina a bibliotecas inaccesibles.

Los enemigos de los libros son "principalmente los hombres, que los queman, los censuran, los encierran en bibliotecas inaccesibles y condenan a muerte a quienes los han escrito. Y no, como se cree, Internet u otras diabluras", afirma el literato en una entrevista que publica hoy el diario turinés "La Stampa".

"Internet enseña a los jóvenes a leer, y sirve para vender un montón de libros", añade.

Eco (Alessandria, 1932), Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2000, apuesta por una estrecha colaboración de las nuevas tecnologías con la literatura y defiende la existencia del libro electrónico, conocido como "e-book", como forma de soporte de textos.

"Si a su manera el (libro electrónico) resulta legible, se puede hojear fácilmente, es manejable, capaz de ser leído aunque no se tenga la batería totalmente cargada y, sobre todo, si ésta es duradera, se podrá hablar" del "e-book" como una alternativa, comenta Eco.

"Aún (no he usado ninguno) -continúa-, pero si, por cualquier trabajo, tuviera que transportar diez mil páginas de documentos, lo usaría con mucha satisfacción. Para leer una novela no lo sé. Para mí es importante mojarme el dedo para girar la página".

El escritor italiano asegura que el libro electrónico puede atraer nuevos lectores, de hecho, comenta que ha sabido de un "hacker" informático que comenzó a leer el "Quijote" de Miguel de Cervantes gracias a este soporte digital.

Según Eco, Internet es la "madre de todas las bibliotecas", aunque ofrece dos principales diferencias con respecto a los tradicionales lugares de conservación de libros.

"Primero, los libros de una biblioteca muestran, a través del nombre del editor, su grado de credibilidad, y los sitios de Internet sin embargo no", explica el escritor.

"Segundo -añade-, Internet ofrece también colecciones completas de grandes obras, pero sólo en traducciones libres de derechos (de autor) y no en la más reciente edición crítica. Por eso no va bien para muchas investigaciones de tipo filológico".

fuente

Legenda Aurea - Ellipsis


Symphonic Power / Gothic Metal
Suiza

Legenda Aurea - Ellipsis (2009)



01. Reflections
02. The root
03. Parasomnia
04. F44.8
05. Discouraged
06. Abscondence Prt. I
07. Superbia
08. Outbreak
09. Abscondence Prt. II
10. Purgatory
11. Resurrection





Legenda Aurea - F44.8
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LEYENDA AUREA
Simone Christinat - Vocals
Odilo von Ins - Guitar
Michael Herkenrath - Bass
Renato Trinkler - Keyboard
Philipp Eichenberger - Drums




El Primer Beso


El Primer Beso

Clarice Lispector

Más que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban tontos, era el amor.
Amor con lo que trae aparejado: celos.

–Está bien, te creo que soy tu primera novia, me pone contenta. Pero dime la verdad: ¿nunca antes habías besado a una mujer?
–Sí, ya había besado a una mujer.
–¿Quién era? –preguntó ella dolorida.
Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo.


El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. ÉI, uno de los muchachos en medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Qué bueno era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, sólo sintiendo. Concentrarse en sentir era difícil en medio de la barahúnda de los compañeros.
Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir...
¡Caray! Cómo se secaba la garganta.
Y ni sombra del agua. La cuestión era juntar saliva, y eso fue lo que hizo. Después de juntarla en la boca ardiente la tragaba despacio, y luego una vez más, y otra. Era tibia, sin embargo, la saliva, y no quitaba la sed. Una sed enorme, más grande que él mismo, que ahora le invadía todo el cuerpo.
La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado ahora árida y caliente, y al entrarle por la nariz le secaba todavía más la poca saliva que había juntado pacientemente.
¿Y si tapase la nariz y respirase un poco menos de aquel viento del desierto? Probó un momento, pero se ahogaba en seguida. La cuestión era esperar, esperar. Tal vez minutos apenas, tal vez horas, mientras que la sed que tenía era de años.
No sabía cómo ni por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía más próxima y los ojos se le iban más allá de la ventana recorriendo la carretera, penetrando entre los arbustos, explorando, olfateando.
El instinto animal que lo habitaba no se había equivocado: tras una inesperada curva de la carretera, entre arbustos, estaba... la fuente de donde brotaba un hilillo del agua soñada.

El autobús se detuvo, todos tenían sed, pero él consiguió llegar primero a la fuente de piedra, antes que nadie.
Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde chorreaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago.
Era la vida que volvía, y con ella se encharcó todo el interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos.
Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde salía el agua.
Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios, más frío que el agua.
Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra.
Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida... Miró la estatua desnuda.
La había besado.
Lo invadió un temblor que desde fuera no se veía y que, empezando muy adentro, se apoderó de todo el cuerpo y convirtió el rostro en brasa viva.
Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya no sabía qué estaba haciendo.
Perturbado, atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, antes siempre serena, estaba ahora en una tensión agresiva, y eso no le había ocurrido nunca.
Dulcemente agresivo, se hallaba de pie, solo en medio de los demás con el corazón latiendo pausada, profundamente, sintiendo cómo se transformaba el mundo. La vida era totalmente nueva, era otra, descubierta en un sobresalto. Estaba perplejo, en un equilibrio frágil.

Hasta que, surgiendo de lo más hondo del ser, de una fuente oculta en él chorreó la verdad. Que en seguida lo llenó de miedo y también de un orgullo que no había sentido nunca.
Se había...
Se había hecho hombre.

ASP - Aus Der Tiefe


Gothic Industrial Metal
Alemania

ASP - Aus Der Tiefe (2005)




CD1
1. Beschwörung
2. Willkommen zurück
3. Schwarzes Blut
4. Im Dunklen Turm
5. Me
6. Schattenschreie
7. Hunger
8. Fremde Erinnerungen
9. Ballade von der Erweckung
10. Tiefenrausch
11. Schmetterling, du kleines Ding
12. Ich komm dich holn
13. Werben
14. Aus der Tiefe
15. Spiegelaugen
16. Tiefenrausch
17. Panik
18. Spiegel

CD2
1. Schwarzes Blut (Haltung Version)
2. Werben (Subtil Edit)
3. Me (Single Version)
4. Tiefenrausch (Feat. Sara Noxx)
5. Hunger (Single Mix)
6. Panik (Ganz Rauf-Verison)
7. Beschwörung (Siegeszug Instrumental)
8. Buch Des Vergessens (Unreines Spiegelsonett)
9. Kokon (Brandneu-Remix Von Umbra Et Imago)
10. Me (Me And You Remix Von Blutengel)
11. Und Wir Tanzten (Ungeschickte Liebesbriefe) (Live)
12. Ich Will Brennen (Live)
13. Starfucker: In Der Folterkammer




ASP - Me
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Francia contra la piratería por Internet






Francia contra la piratería por Internet

Jan Huisman
Radio Nederland

En Francia se acaba de aprobar una legislación que permitirá a la policía el monitoreo y vigilancia de descargas ilegales en Internet, y la interrupción del servicio a la red para aquellos usuarios que violen los derechos de autor. Celebrada por la industria de los medios, la ley despertó la indignación de activistas por los derechos civiles.
El Senado francés aprobó el miércoles la ley más estricta del mundo para combatir la piratería en Internet. El proyecto pide la creación de una nueva agencia de monitoreo de descargas ilegales de materiales sujetos a derechos de autor. Los transgresores recibirían dos advertencias antes de que se les corte su conexión durante un año, a pesar de lo cual deberán pagar el abono durante todo ese tiempo al proveedor de Internet.

El voto a favor significa una victoria para el presidente galo, Nicolas Sarkozy, que ha defendido la ley, batallando durante meses con la oposición socialista sobre el tema.

Sociedad abierta
El Europarlamento pronto podría elevar una voz en contra de legislaciones como la aprobada en Francia; el partido Pirata, de Suecia, es uno de los candidatos para las elecciones europeas venideras, y espera ganar un escaño en el parlamento. El Partido Pirata fue fundado después de un caso judicial, que tuvo lugar en Suecia contra The Pirate Bay, un portal online para descargas ilegales. Este juicio marcó un hito y el líder del Partido Pirata, Rick Falkvinge, califica la ley francesa de una violación de los derechos civiles al estilo del Gran Hermano.

Según Falkvinge, "es simplemente una locura. Probablemente la ley más represiva en Europa en este momento. Estamos hablando de enormes corporaciones que podrán cortar los servicios de Internet a los usuarios, lo que significa que no podrán estudiar ni trabajar, ni enviar solicitudes de trabajo, mantener contacto con las autoridades ni con los amigos - se los recluye en un completo aislamiento social después de tres acusaciones elevadas por las corporaciones. Todo ello sin la intervención de un juez o la mediación de un juicio. Esto no es un correcto procedimiento jurídico, es la represión en su peor expresión."

Falkvinge afirma que no se puede imponer el cumplimiento de las leyes de derechos de autor sin incurrir en graves violaciones de la privacidad y los derechos y añade: "No se puede detener el libre intercambio de archivos sin caer en una sociedad al estilo del Gran Hermano, y el asunto no lo merece. No estamos abogando por una abolición de los derechos de autor - sino por su limitación de modo que solamente se apliquen a actividades comerciales y no se introduzcan en los hogares de ciudadanos honestos."

La industria de los medios celebra la adopción de la ley francesa. El tradicional modelo de hacer negocios de las industrias cinematográficas y musicales se ha desarticulado ahora que existen canciones, películas, espectáculos de televisión y otros libremente disponibles online. Mientras que muchos artistas reconocen haber ganado fama a través de Internet, que les ayudó a distribuir su trabajo, otros afirman que las descargas ilegales les están privando de sus medios de sustento.

fuente

Domina Noctis - Nocturnalight


Gothic metal
Italia
Domina Noctis - Nocturnalight (2005)



1. Shades Of Dark And Light
2. My Book Of Shadows
3. Let Me Flood Your Mind
4. Gloom
5. It’s On Me
6. Lilith (The Black Moon)
7. Nevermore
8. Venus In A Dust Whirl



Domina Noctis - Nevermore
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Domina Noctis - It's On Me
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DOMINA NOCTIS
Edera - Vocals
Asher - Guitars
Azog - Bass
Ruyen - Keyboards
Nicola Corradi- Drums





La Mano Disecada - Guy de Maupassant





La Mano Disecada
Guy de Maupassant



Un amigo mío, Luis R., tenía reunidos en su casa una noche, hará cosa de ocho meses, a varios camaradas de colegio. Bebíamos ponche y fumábamos, hablando de literatura y pintura y contando de cuando en cuando anécdotas jocosas, como es habitual en reuniones de gente joven. Se abre súbitamente la puerta y entra como un vendaval uno de mis buenos amigos de la infancia:
—¿A que no adivinan de dónde vengo? —exclamó en seguida.
—Apuesto a que vienes de Mabille —contesta uno.
—¡Caray! Vienes demasiado alegre; acabas de conseguir dinero prestado, has enterrado a un tío tuyo o has empeñado el reloj —dice otro.
—Estabas ya borracho, y como te ha dado en la nariz el ponche de Luis, has subido a su casa para emborracharte de nuevo —contesta un tercero.
—No dan en el clavo; vengo de P., en Normandía, donde he pasado ocho días, y traigo de allí a un gran criminal, amigo mío, que les voy a presentar, con su permiso.
Y diciendo y haciendo, sacó del bolsillo una mano disecada. Era una mano horrible, negra, seca, muy larga y como si estuviese crispada; los músculos, extraordinariamente poderosos, estaban sujetos, interior y exteriormente, por una tira de piel apergaminada; las uñas amarillas, estrechas, cubrían aún las extremidades de los dedos; todo aquello olía a criminal desde una legua de distancia.
—Verán—dijo mi amigo—. Vendían hace unos días los cachivaches de un viejo brujo, muy conocido en la comarca; todos los sábados iba a su aquelarre montado en su palo de escoba, practicaba la magia blanca y la magia negra, hacía que las vacas diesen leche azul y las obligaba a llevar la cola igual que el compañero de San Antonio. Lo cierto es que aquel tunante sentía gran apego hacia esta mano; aseguraba que había pertenecido a un célebre criminal que fue ajusticiado el año mil setecientos treinta y seis, por haber tirado de cabeza a un pozo a su mujer legítima, en lo cual no creo que anduviese descaminado; después ahorcó del campanario de la iglesia al cura que los casó. Realizada esta doble hazaña, se lanzó a correr mundo, y durante su carrera, corta pero bien aprovechada, desvalijó a doce viajeros; asfixió, ahumándolos, a una veintena de frailes, y convirtió en serrallo un monasterio de religiosas.
—Y ¿qué vas a hacer con esa monstruosidad? —gritamos todos a una.
—¿Qué? Verán. Voy a ponerla de tirador de la campanilla de la puerta, para asustar a mis acreedores.
—Amigo mío —dijo Henry Smith, un inglés grandulón y flemático—, en mi opinión, esa mano es carne de indio, conservada por un procedimiento nuevo; te aconsejo que la hiervas para hacer caldo.
—Basta de burlas, caballeros —dijo con la mayor seriedad un estudiante de medicina que estaba a dos dedos de la borrachera—; y tú, Pedro, el mejor consejo que puedo darte es que hagas dar tierra cristianamente a ese despojo humano, no vaya a ser que su propietario venga a reclamártelo, sin contar con que quizá esa mano haya adquirido malos hábitos. Ya conoces el refrán: "El que ha matado, matará".
—Y el que ha bebido, beberá —intervino el anfitrión, y acto seguido escanció al estudiante un vaso grande de ponche, que éste se echó al cuerpo de un trago, rodando luego, borracho perdido, debajo de la mesa.
Risas formidables acogieron aquella salida, y Pedro alzó su vaso saludando a la mano:
—Brindo —dijo— por la próxima visita de tu dueño. Se cambió de conversación, y cada cual se retiró a su casa.
Al día siguiente tuve que pasar por su puerta y entré a visitarlo; eran cerca de las dos, y me lo encontré leyendo y fumando.
—¿Cómo sigues? —le pregunté.
—Muy bien —me contestó.
— ¿Y tu mano?
—Has tenido que verla al tirar de la campanilla, porque la puse anoche allí, cuando llegué a casa. A propósito: se conoce que algún imbécil quiso jugarme una chuscada, porque a eso de la medianoche empezaron a alborotar a mi puerta; pregunté quién era, pero como nadie me contestó, volví a acostarme y me dormí.
En aquel mismo instante tocaron la campanilla; quien llamaba era el propietario de la casa, individuo grosero y muy impertinente. Entró sin saludar.
—Caballero le dijo a mi amigo—, hágame el favor de quitar en el acto esa carroña que ha colgado usted del cordón de la campanilla, porque de lo contrario me veré obligado a despedirlo.
—Caballero —le contestó Pedro, con gran solemnidad—, ha insultado usted a una mano que no merece ser tratada así, porque perteneció a un hombre muy bien educado.
El propietario dio media vuelta y se marchó como había entrado. Pedro fue tras él, descolgó la mano y luego la ató a la cuerda de la campanilla que tenía en la alcoba.
—Así está mejor —dijo—. Esta mano, lo mismo que el morir habemos de los trapenses, me hará pensar en cosas serias cuando me vaya a dormir.
Permanecí una hora con mi amigo, me despedí de él y regresé a mi casa.
Aquella noche dormí mal, estaba agitado, nervioso; varias veces me desperté sobresaltado y hasta llegué a imaginarme que había entrado en mi habitación un hombre; me levanté a mirar dentro de los armarios y debajo de la cama; finalmente, cuando empezaba a quedarme transpuesto, a eso de las seis de la mañana, salté de la cama al sentir que llamaban violentamente a mi puerta. Era el criado de mi amigo; venía a medio vestir, pálido y tembloroso.
—¡Ay, señor! —exclamó sollozando—. ¡Han asesinado a mi pobre amo!
Me vestí a toda prisa y corrí a casa de Pedro. La encontré llena de gente que discutía muy agitada; estaban como en ebullición, todos peroraban, relatando el suceso y comentándolo cada cual a su manera. Llegué con grandes dificultades hasta el dormitorio de mi amigo, di mi nombre y me permitieron la entrada. Cuatro agentes de policía estaban de pie en el centro de la habitación, con el carnet en la mano; examinaban todo, cuchicheaban entre sí de cuando en cuando y escribían; dos médicos conversaban cerca de la cama en que Pedro yacía sin conocimiento. No estaba muerto, pero su aspecto era horrible. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos; sus pupilas dilatadas parecían mirar fijamente y con espanto indecible una cosa pavorosa y desconocida; sus dedos estaban crispados y tenía el cuerpo tapado con una sábana que le llegaba hasta la barbilla. Levanté la sábana; se veían en su cuello las marcas de cinco dedos que se habían hundido profundamente en su carne; algunas gotas de sangre manchaban la camisa. Algo me llamó de pronto la atención; miré por casualidad a la campanilla de la alcoba: la mano disecada no estaba allí. Sin duda que los médicos la habrían quitado para que no se impresionasen las personas que tenían que entrar en la habitación, porque era una mano verdaderamente horrible. No pregunté qué había sido de ella.
Doy a continuación, recortado de un periódico del día siguiente, el relato del crimen, con todos los detalles que recogió la Policía:
"Ayer ha sido víctima de un atentado horrible el joven Pedro B., estudiante de derecho, que pertenece a una de las mejores familias de Normandía. Este joven se retiró a casa a las diez de la noche, y despidió a su criado, el señor Bonvin, diciéndole que estaba cansado y que iba a acostarse en seguida. A eso de la medianoche; el criado se despertó de pronto oyendo que tiraban violentamente de la campanilla que tiene su amo para llamar. Tuvo miedo, encendió una vela y esperó; la campanilla dejó de oírse por espacio de un minuto, pero luego volvió a sonar con tal violencia que el criado, fuera de sí de espanto, salió corriendo de su habitación y fue a llamar al portero; éste corrió a dar parte a la policía, y los individuos de ésta abrieron a viva fuerza la puerta; había transcurrido un cuarto de hora. Un horrible espectáculo se presentó a sus ojos: los muebles habían sido derribados y todo indicaba que entre la víctima y el malhechor había tenido lugar una lucha terrible. El joven Pedro B. yacía, inmóvil, en medio de la habitación, caído de espaldas, con los miembros rígidos, el rostro lívido y los ojos dilatados de terror; tenía en el cuello las marcas profundas de cinco dedos. El informe del doctor Bordeau, que fue llamado inmediatamente, dice que el agresor debía estar dotado de una fuerza prodigiosa y que su mano era extraordinariamente enjuta y nerviosa, porque los dedos se habían juntado casi al través de las carnes, dejando cinco agujeros como otros tantos balazos. No existe dato alguno que permita sospechar el móvil del crimen, ni quién pueda ser el autor."
Leíase al siguiente día en el mismo periódico:
"Al cabo de dos horas de cuidados asiduos del doctor Bordeau, el joven Pedro B., víctima del horrible atentado que relatábamos ayer, recobró el conocimiento. Su vida está ya fuera de peligro, pero se abrigan temores por su razón. No existe pista alguna del criminal."
En efecto, mi pobre amigo se había vuelto loco; lo visité todos los días en el hospital durante siete meses; pero ya no recobró la luz de la razón. Durante sus delirios pronunciaba frases extrañas y, como todos los locos, tenía una idea fija, creyéndose perseguido constantemente por un espectro. Un día vinieron a buscarme con urgencia, diciéndome que estaba mucho peor. Lo encontré agonizando. Permaneció durante dos horas muy tranquilo; de pronto, saltó de la cama, a pesar de todos nuestros esfuerzos, y gritó, agitando los brazos, presa de un terror espantoso: "¡Agárrala! ¡Agárrala! ¡Socorro, socorro, que me estrangula!" Dio dos vueltas a la habitación vociferando y cayó muerto, de cara al suelo.
Como era huérfano, tuve que encargarme de trasladar sus restos al pueblecito de P., en cuyo cementerio estaban enterrados sus padres. De ese pueblo regresaba precisamente la noche en que nos encontró bebiendo ponche en casa de Luis, y en que nos enseñó la mano disecada. Se encerró el cadáver en un féretro de plomo; cuatro días más tarde me paseaba yo tristemente en el cementerio donde se le iba a dar sepultura; me acompañaba el anciano sacerdote que le había dado las primeras lecciones.
Hacía un tiempo magnífico; el cielo azul resplandecía de luz; los pájaros cantaban en las zarzas del talud donde él y yo habíamos comido moras muchas veces cuando éramos niños. Creía estar viéndolo aún deslizarse a lo largo del seto vivo y meterse por un pequeño hueco que yo conocía muy bien, allá, al final del terreno de enterramiento de pobres; luego regresábamos a casa con las mejillas y los labios embadurnados del jugo de la fruta que habíamos comido; yo no quitaba mi vista de las zarzas, que ahora estaban llenas de moras; alargué instintivamente la mano, arranqué una y me la llevé a la boca; el cura había abierto su breviario y farfullaba en voz baja sus oremus, y hasta mis oídos llegaba desde el extremo de la avenida el ruido de los azadones de los enterradores, que cavaban la fosa. De pronto, éstos se pusieron a llamarnos; el cura cerró su breviario y fuimos a ver qué querían. Habían tropezado con un féretro.
Hicieron saltar la tapa de un golpe de pico, y nos encontramos ante un esqueleto de estatura desmesurada, que yacía de espaldas y parecía estarnos mirando con las cuencas de sus ojos vacías, como desafiándonos. Sin saber por qué, experimenté yo cierto malestar, casi, casi miedo.
—¡Fíjense! —exclamó uno de los enterradores—. A este tunante le dieron un hachazo en la muñeca, y aquí está la mano cortada.
Y recogió junto al cuerpo una mano grande, seca, que nos enseñó. Su compañero dijo, riéndose:
—¡Cuidado! Parece como si estuviera mirando, dispuesto a tirársete al cuello para que le devuelvas la mano.
—Amigos míos —dijo el sacerdote—, dejen a los muertos en paz y vuelvan a tapar ese féretro. Cavaremos en otro lugar la fosa del señor Pedro.
Como ya nada tenía que hacer allí, tomé al día siguiente el camino de regreso a París, no sin antes haber dejado cincuenta francos al anciano sacerdote para que celebrase misas en sufragio del alma de aquel muerto cuya sepultura habíamos turbado.


Haggard - Awaking the Centuries


Classical/Orchestral/Symphonic Metal/gótico-sinfónico
Alemania
Haggard - Awaking the Centuries (2000)



01. Intro: Rachmaninov Choir
02. Pestilencia
03. Heavenly Damnation
04. The Final Victory
05. Saltorella La Manuelina
06. Awaking the Centuries
07. Statement zur Lage der Musica
08. In a Fullmoon Procession
09. Menuett
10. Prophecy Fulfilled / And the Dark Night Entered
11. Courante
12. Rachmaninov Choir





Haggard - Awaking the Centuries
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HAGGARD
Florian - Oboe y Cuerno inglés
Sussane - Soprano
Fiffi Fuhrmann - Tenor, Flauta
Steffi Hertz - Viola
Luz Marsen - Batería
Asis Nasseri - Voz y Guitarra
Hans Wolf - Piano, Teclado
Claudio - Guitarra
Michi - Violín
Veronika - Soprano
Ivica - Contrabajo
Judith - Violín
Johannes -Violonchelo
Mark - Clarinete
Michael - Timpani y Percusión





Murciélagos - Gustav Meyrink


Murciélagos
Gustav Meyrink








Murciélagos
Abarca 7 relatos compilados . Las historias resultan intensas e interesantes, posesas de un contenido profundo y mágico.
“Maese Leonard” es el primer relato de este compendio, es la lúgubre y truculenta historia de un crimen, de un incesto y de la búsqueda de un conocimiento místico de la Orden de los Templarios. El último relato “Los cuatro hermanos lunares” es una historia corta que aborda temas apocalípticos, la existencia de distintas dimensiones de los hombres, el tiempo trascendental, es decir la posibilidad de la contención del tiempo pasado, presente y fututo en visiones y fenómenos simultáneos. Y en sí la generalidad del resto de las narraciones están plagadas y ceñidas de fenómenos ocultos, tradiciones esotéricas, simbolismos, alquimia, budismo, cábala, masonería y un sin fin de cuestiones místicas provenientes del antiguo folklore y leyendas europeas. “Murciélagos” una narración diferente, mística, idílica, extraña, extravagante y alucinante.



Lacuna Coil - Manifesto Of Lacuna Coil


Gothic Metal
Milan, Italia
Lacuna Coil - Manifesto Of Lacuna Coil (2009)



Previously released on:

Tracks 1-4 on "Karmacode" (2006)
Tracks 5-7 on "Comalies" (2002)
Tracks 8-10 on "Unleashed Memories" (2001)
Tracks 11-13 on "In A Reverie" (1999)
Tracks 14-15 on "Lacuna Coil (EP)" (1998)


1. Our Truth 04:02
2. Closer 03:01
3. Within Me 03:38
4. Enjoy the Silence 04:05
5. Swamped 04:02
6. Heaven's a Lie 04:46
7. Daylight Dancer 03:50
8. To Live is to Hide 04:34
9. Cold Heritage 05:22
10. Senzafine 03:52
11. Honeymoon Suite 04:30
12. My Wings 03:44
13. Falling Again 05:06
14. No Need to Explain 03:39
15. The Secret 04:17




LACUNA COIL - Closer
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LACUNA COIL - Swamped
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LACUNA COIL
Andrea Ferro - Vocals
Marco Coti Zelati - Bass
Cristiano Migliore - Guitars
Marco 'Maus' Biazzi - Guitars
Cristiano 'CriZ' Mozzati - Drums





La Tregua - Tanith Lee







La Tregua
Tanith Lee

El alba había teñido ya el cielo de escarlata cuando Issla abandonó el lugar de plegarias. Issla había pasado en aquel lugar la mayor parte de la noche, sin realmente orar,pero obteniendo un cierto confort con la presencia invisible del alma de los ullakins difuntos. Hoy era el día importante y terrible. Y tantas cosas dependían de lo que iba a ocurrir aquel día que se le hacía intolerable incluso pensar en ello. Drael permanecía inmóvil en la entrada del lugar de plegarias, con el venablo en la mano. Issla se apretó contra aquel cuerpo conocido y amado, buscando protección, y las miserables y aterradas lágrimas terminaron por traspasar la muralla de sus ojos.

—Tranquila, mi amor —la consoló Drael—. No tengas miedo.

—Pero tengo miedo, de veras —sollozó Issla—. ¿Cómo podría no tenerlo? Hoy me hacen llevar la carga de la vida, e incluso tú que me quieres no vas a hacer nada para detenerme cuando parta hacia el lugar de la tregua para sufrirla.

—No sufrirás —la interrumpió Drael rudamente—. Nadie te hará daño. Es imposible que ellos violen la tregua, aunque sean solo bestias. Yo aguardaré cerca de la entrada de la gruta, con mi venablo, y si me llamas acudiré y mataré al animal que esté contigo. Ten confianza en mí. —Los sollozos de Issla se espaciaron—. Ahora ven —siguió Drael—. El jefe quiere bendecirte antes de que cumplas con tu tarea.

Escalaron la pendiente, el brazo de Drael en torno a los hombros de Issla. El camino era empinado entre las grisáceas rocas y los pocos árboles espinosos que habían conseguido crecer aquí y allá. La fortaleza de los ullakins estaba construida en las rocas, al abrigo de sus enemigos, pero era glacial e inconfortable.

El jefe estaba de pie ante la caverna principal, aguardando, su venablo en la mano; los guerreros ullakins lo rodeaban. Issla se acercó, la cabeza baja, y el jefe le dio su solemne bendición. Luego el jefe tendió el brazo hacia el estrecho desfiladero que serpenteaba entre las colinas, donde antiguamente había discurrido un viejo río secado por el tiempo, y allí estaban ya, los terribles ullaks, el enemigo eterno de los ullakins, pasando sin ser molestados por entre los centinelas perchados en las aristas de roca. Puesto que hoy era el día de la tregua. Issla dejó escapar un sollozo.

—Valor —consoló el jefe—. Drael ha jurado protegerte, al igual que todos nosotros. Pero sé valiente y tal vez salves a nuestra raza y a la suya. Aunque nuestros antepasados son testigos de que el precio que hay que pagar es muy alto.

Issla miró a la tribu que se acercaba y vio tras un instante que no eran tan terribles como se lo habían anunciado. Issla jamás había combatido con los guerreros y nunca había visto a los ullaks tan de cerca, pero no parecían tan distintos de los ullakins. Al menos no tan distintos como decían las historias. Subieron la larga escalera toscamente tallada en la piedra que conducía hasta la fortaleza y, al llegar a su cima, ocuparon su lugar en la plataforma, frente a la entrada de la caverna sagrada.

—Venid —ordenó el jefe. Y los ullakins avanzaron a su vez sobre la plataforma, al primer calor del día.

—Ahora ya no tengo miedo— dijo Issla.

—Eso es bueno —respondió Drael—. Pero recuerda que debes permanecer alerta, ocurra lo que ocurra. Son animales, y sus formas de amar son odiosas. —Con una extraña rabia en la que no estaban exentos los celos, Drael escupió al suelo.

La gruta sagrada, aquella gruta que era tan importante hoy, se abría aproximadamente en mitad del muro de piedra que dominaba la plataforma. Una burda tela de color blanco sucio, pintada con los símbolos rituales de los ullakins, ondulaba ante su entrada, ocultando su interior. A la derecha estaba el jefe enemigo, en primera fila ante sus guerreros ullaks. Las pieles con que se cubrían estaban mal curtidas, y ahora que estaban tan cerca Issla fue consciente de su hedor, un olor que no venía tan solo de las pieles sino también de aquellos cuerpos extraños y de su sudor.

Odio a mi enemigo, pensó bruscamente Issla, recordando el juramento tradicional de los guerreros. Pero hoy no debo odiarlo.

Los dos jefes se acercaron el uno al otro y afrontaron en silencio sus miradas. El jefe de los ullaks era más alto, y una ligera sonrisa cruzaba sus labios; apoyado sobre su venablo, ignoraba deliberadamente el carácter sagrado de aquellos instantes.

—Tú eres mi enemigo, pero hoy te rindo honores —dijo el jefe de los ullakins.

El ullak repitió el juramento de la tregua. Volvieron a mirarse en silencio.

Ralka, el portavoz de los ullakins, avanzó y empezó a recitar la razón que motivaba aquella reunión, algo que ya todos conocían. Pero, por conocida que fuera, una gran calma reinó sobre la plataforma mientras todos escuchaban atentamente.

—Nos hemos reunido aquí, olvidando nuestras disputas, para hallar un camino a la supervivencia. Ha sido dicho que en los tiempos antiguos los jóvenes podían nacer del amor, ser llevados por el cuerpo y puestos al mundo intactos. Hoy, ninguna de nuestras dos razas puede producir jóvenes de este modo; hasta ahora, confiábamos en las máquinas reproductoras y en las incubadoras que nos dejaron nuestros antepasados, bendito sea su nombre. Pero hoy las máquinas ya no funcionaban. Las incubadoras se deterioran y los jóvenes mueren. Y lo mismo ocurre a cada lado. Ha sido dicho que antiguamente ullaks y ullakins eran un solo pueblo, y en respuesta a nuestras plegarias nuestro oráculo nos ha ordenado establecer una tregua, poner frente a frente a un miembro de cada una de nuestras tribus, y esperar a que se les aparezca un signo y encuentren el medio de dar nacimiento a una raza híbrida. Vosotros habéis dado vuestro acuerdo. —Ralka hizo una seña a Issla, que avanzó temblorosa—. Esta es nuestra elección. ¿Cuál es la vuestra?

Uno de los ullaks se acercó arrastrando los pies. El alargado rostro que Issla pudo ver definirse frente a ella, bajo la brillante luz del sol, no parecía confiar mucho en sí mismo. Issla sintió una repentina simpatía hacia aquel animal, y su miedo disminuyó.

El jefe ullakin dijo duramente:

—Que ninguno de los dos haga daño al otro. Se os permite matar a nuestra elección si algún daño le es hecho a vuestra elección, y reclamamos el derecho a actuar del mismo modo. Ahora adelante, entrad en la gruta.

Presa del pánico, Issla miró hacia atrás y vio el rostro tenso de Drael y su mano apretando con fuerza el asta de su venablo. Los labios de Drael formularon una frase: Llama, y yo estaré ahí y lo mataré.

Luego Issla alcanzó la cortina al mismo tiempo que el ullak. El trozo de tela fue levantado, la oscuridad pareció atraerlos a su interior, y se descubrieron juntos, la cortina bajada de nuevo, solos en la oscura y terrible gruta.

Las hierbas secas tejían como una alfombra en el suelo. La gruta era fría y húmeda. Pequeñas agujas de tamizada luz se entretejían en los recovecos de las paredes de roca. Issla se acurrucó contra la pared de la gruta y observó al ullak hacer lo mismo frente a ella.
Tras un minuto, el ullak habló:

—Me llamo Kloll. ¿Y tú?

La voz era grave y distinta, pero las palabras eran familiares.

—Yo soy Issla.

—Sentémonos —dijo Kloll—. No, no tengas miedo. Yo me sentaré aquí, y tú no tienes otra cosa que hacer más que quedarte donde estás. Realmente, nuestros antepasados hubieran podido encontrar algo mejor que imponernos esto, ¿no crees?

Issla hipó y se santiguó rápidamente para desviar la cólera sagrada. El ullak se echó a reír.

—Vosotros, los ullakins, siempre habéis pensado que erais la crema de la vieja raza, ¿no? Y que los ullaks éramos una especie de degenerados, unos débiles, unos tarados, hechos de escupitajos y excrementos.

Issla permaneció inmóvil, los ojos muy abiertos y el corazón latiendo en su pecho.

—Lo siento —dijo Kloll—. Esta no es la mejor manera de empezar. ¡Maldita oscuridad! ¿Pero qué es lo que hay que hacer?

—Ellos esperan que los antepasados nos guíen —susurró Issla.

El ullak se echó a reír.

Permanecieron largo tiempo así, inmóviles y silenciosos.

Afuera, en la plataforma, los tambores mágicos resonaban, los humos sagrados se elevaban hacia el cielo. Los jefes compartirían probablemente, mediado el día, una tensa comida.

—Bueno —decidió finalmente Kloll—, quizá podamos hablar, si no encontramos nada mejor. Háblame de ti, Issla de los ullakins.

Issla permaneció inmóvil y muda, sin saber qué decir.

—¿Hay alguien a quien ames y de quien puedas hablarme?

—Está Drael —respondió al cabo de un tiempo Issla—, de la casta de los guerreros. ¿Y tú?

—Oh, nosotros no somos tan sentimentales como vosotros. Ensayamos, cambiamos constantemente. También tenemos nuestras orgías sagradas. Supongo que habrás oído hablar de ellas.

—Sí —e Issla reprimió un estremecimiento.

Debes ser valiente, le susurró su cerebro.

Issla se levantó y se acercó al ullak, aproximándose a aquel ser de extraño olor, que ahora ya no le parecía tan repugnante. Era probable que el ullak encontrara también insoportable el olor del ullakin. Se hizo un nuevo silencio, luego, al cabo de un momento, la gruesa pata delantera del ullak se elevó y fue a posarse en los cabellos de Issla. Issla se estremeció, y se dio cuenta de que el ullak también temblaba.

—No tengas miedo —murmuró Kloll.

Y el murmullo fue de pronto el de Drael, en las tiernas horas nocturnas: dulce, ansioso, íntimo. Issla se acercó un poco más a Kloll, hasta que sus cuerpos se tocaron. Y,apretados el uno contra el otro, aguardaron a que sus antepasados les hablaran.

El día adquirió un tono dorado, luego el del oro patinado por el tiempo, y viró bruscamente hacia los tonos violentos del sol poniente. En la plataforma se encendieron algunos fuegos, aquí y allá, y las estrellas brotaron de su cascarón para iluminar el cielo. Drael aguardaba cerca de la entrada de la caverna, los ojos fijos. El vino de raíces había circulado, y las dos tribus enemigas estaban ahora menos tensas, ahogando su inquietud en alcohol. Pero, cuando le ofrecieron la copa a Drael, la rechazó violentamente.

Y en la caverna...
—Ahora te conozco —dijo de pronto Kloll.
—Sí —respondió Issla.
Durante horas no habían pronunciado ninguna palabra, limitándose a permanecer simplemente el uno contra el otro, aguardando. Y la respuesta parecía estar brotando ahora del trance en el que se habían encerrado.

—Ya no tengo absolutamente miedo —dijo Issla—. ¿Por qué somos enemigos desde hace tanto tiempo, cuando en el fondo nos parecemos tanto?

—Escucha —murmuró Kloll—, nos han dicho que, hace mucho, los jóvenes nacían del amor. ¿Quieres que intentemos amarnos? Quizá sea esto lo que desean nuestros antepasados.

Pero el cuerpo de Issla se había tensado.

—Vosotros no hacéis el amor del mismo modo que nosotros —dijo.

—Quizá sea necesario —y el ullak tocó suavemente a Issla, como lo habría hecho Drael, en el profundo hueco de su noche—. Sí, eso es —murmuró Kloll—. Sé que es así.

E Issla, arrastrada como un nadador por la tormentosa corriente que creaban las manos del ullak, se estremeció en lo más profundo de su cuerpo, y se sintió despertar al hambre perdida tanto tiempo y que Kloll poseía.

—Sí, tienes razón —gimió Issla—. Sí, oh sí...

Y luego, en medio de aquella noche, notó algo que se rompía, un dolor repentino.

—No —dijo Issla—. Me estás haciendo daño. ¡No!

—Espera —suplicó Kloll—. Tiene que ser así; lo sé, lo siento en mí.

Pero el ullak era de nuevo un enemigo, y tras un momento de lacerante dolor Issla gritó llamando a Drael.

Las manos de Drael arrancaron la tela de la cortina, profanando los símbolos pintados en ella. Drael vaciló tan solo un instante, buscando discernir en las movientes y entrelazadas sombras quién era Issla y quién era la bestia. Luego, el aguzado venablo se hundió profundamente en la espalda del ullak. Con un grito parecido a la desesperación, Kloll intentó alzarse, cayó boca abajo y murió.

Drael ayudó a Issla a levantarse.

—Todo va bien —dijo Drael—. Lo he matado como prometí que haría. ¿Te ha hecho daño?

—Sí.

Issla lloraba.

Drael arrastró al ullak con ayuda del venablo sólidamente clavado en su carne hasta que quedó expuesto a la vista de todos sobre la plataforma. Se elevó un grito de horror y de rabia. Varios ullaks saltaron hacia adelante; y Drael arrancó su venablo del cuerpo de Kloll y les amenazó con él.

—¡Retroceded, no sois más que bestias sin ningún honor! —gritó Drael—. Vuestro elegido ha roto la tregua, vuestro elegido ha herido a Issla.

Issla salió de la caverna, y había manchas de sangre en la parte delantera de su túnica, una sangre que procedía de la herida que le había infligido Kloll. Los ullaks retrocedieron y se concentraron.

Drael miró unos instantes a Issla, luego se giró brutalmente hacia su jefe.

—¡Matemos a estos animales! ¡Ahora, mientras los tenemos a nuestra merced!

Un rugido de cólera y de temor se elevó de nuevo, pero el jefe dio un paso adelante y abofeteó a Drael.

—Contente —le ordenó el jefe—. Nuestros antepasados recordarán siempre la forma en que has estado a punto de deshonrarnos.

Drael retrocedió, luego dio media vuelta.

—Ahora —proclamó el jefe—, pueblo de los ullaks, debéis alejaros de nosotros. Aquel a quien elegisteis ha herido a nuestro elegido, y tal como convenimos lo hemos matado. Ninguno de vosotros podrá decir que no hemos mantenido nuestra palabra. Sois vosotros, los ullaks, quienes habéis violado la tregua.

Era visible, a la luz de uno de los fuegos, que el jefe de los ullaks contenía difícilmente su ira. Luego, la ira se transformó en tristeza y lamentación.

—Es cierto —dijo el ullak—. Sufro la misma tristeza que tú, puesto que a partir de ahora jamás podremos hallar juntos la paz. Nuestros antepasados nos han demostrado hoy, cruelmente, que jamás podrá brotar una nueva vida de la unión de nuestras dos razas.

El jefe ullak hizo una seña a sus guerreros.

—Partimos de aquí. Dadnos tan solo el cuerpo de Kloll, para que podamos darle sepultura.

—Tomadlo. Marchad por el lecho de este antiguo río, y desapareced como él de la faz de la tierra. Como desapareceremos también nosotros, puesto que ahora ya no hay más esperanza.

Y así la tribu de los hombres se hundió en las tinieblas, llevándose a su muerto, abandonando para siempre la fortaleza de las mujeres aislada entre las rocas.

Y Drael deslizó su brazo por los hombros de Issla y la atrajo hacia sí. Issla escupió tras ellos, en la calma de la noche: Odio a mi enemigo, y apretó su boca contra los cabellos de su amante.



The Gathering - The West Pole


Gothic Rock , Progressive Metal
Holanda
The Gathering - The West Pole (2009)



1. When Trust Becomes Sound 03:53
2. Treasure 04:08
3. All You Are 04:34
4. You Promised Me a Symphony 06:35
5. The West Pole 05:38
6. Capital of Nowhere 06:35
7. No Bird Call 02:54
8. Pale Traces 07:46
9. No One Spoke 04:32
10. Constant Run 07:44





The Gathering - The west pole
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THE GATHERING
Silje Wergeland - Vocals (2009-) (Octavia Sperati)
René Rutten - Guitars
Marjolein Kooijman - Bass (2004-)
Hans Rutten - Drums
Frank Boeijen - Keyboards





Pequeñas Lecciones de Erotismo - Gioconda Belli


Pequeñas Lecciones de Erotismo


I

Recorrer un cuerpo en su extensión de vela
Es dar la vuelta al mundo
Atravesar sin brújula la rosa de los vientos
Islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas
No es tarea fácil - si placentera -
No creas hacerlo en un día o noche de sábanas explayadas
Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas


II

El cuerpo es carta astral en lenguaje cifrado
Encuentras un astro y quizá deberás empezar
Corregir el rumbo cuando nube huracán o aullido
profundo
Te pongan estremecimientos
Cuenco de la mano que no sospechaste

III

Repasa muchas veces una extensión
Encuentra el lago de los nenúfares
Acaricia con tu ancla el centro del lirio
Sumérgete ahógate distiéndete
No te niegues el olor la sal el azúcar
Los vientos profundos cúmulos nimbus de los pulmones
Niebla en el cerebro
Temblor de las piernas
Maremoto adormecido de los besos

IV

Instálate en el humus sin miedo al desgaste sin prisa
No quieras alcanzar la cima
Retrasa la puerta del paraíso
Acuna tu ángel caído revuélvele la espesa cabellera con la
Espada de fuego usurpada
Muerde la manzana

V

Huele
Duele
Intercambia miradas saliva imprégnate
Da vueltas imprime sollozos piel que se escurre
Pie hallazgo al final de la pierna
Persíguelo busca secreto del paso forma del talón
Arco del andar bahías formando arqueado caminar
Gústalos

VI

Escucha caracola del oído
Como gime la humedad
Lóbulo que se acerca al labio sonido de la respiración
Poros que se alzan formando diminutas montañas
Sensación estremecida de piel insurrecta al tacto
Suave puente nuca desciende al mar pecho
Marea del corazón susúrrale
Encuentra la gruta del agua

VII

Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza
navega loco en la juntura de los océanos
Cruza las algas ármate de corales ulula gime
Emerge con la rama de olivo llora socavando ternuras ocultas
Desnuda miradas de asombro
Despeña el sextante desde lo alto de la pestaña
Arquea las cejas abre ventanas de la nariz

VIII

Aspira suspira
Muérete un poco
Dulce lentamente muérete
Agoniza contra la pupila extiende el goce
Dobla el mástil hincha las velas
Navega dobla hacia Venus
estrella de la mañana
- el mar como un vasto cristal azogado -
duérmete náufrago.

Gioconda Belli

Arcana - Cantar De Procella


neoclassical, darkwave, ambient, ethereal
Suecia

Arcana - Cantar De Procella (1997)




1. The Opening Of The Wound
2. Chant Of The Awakening
3. The Song Of Solitude (The Cry Of Isolde)
4. Void Of Silence
5. Cantar de Procella
6. Aeterna Doloris
7. The Song Of Preparation
8. God Of The Winds
9. The Dreams Made Of Sand
10. Gathering Of The Storm
11. La Salva de Profundis
12. The Tree Within




Arcana - Cantar de procella
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Arcana - God Of The Winds
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ARCANA
Cecilia Bjärgö : Choir
Ann-Mari Thim : Vocals
Peter Petterson Bjärgö : All instruments
Stefan Eriksson : Drums, Back Vocals, Programmation






Orugas - E. F. Benson








Orugas
E. F. Benson

Hace uno o dos meses leí en un periódico italiano que Villa Cascana, en donde residí en una ocasión, había sido derribada e iban a construir allí mismo algún tipo de fábrica.
No existe ya por tanto razón alguna para que evite escribir acerca de aquellas cosas que vi personalmente (o imaginé ver) en una determinada habitación y en un cierto rellano de esa villa, ni mencionar las circunstancias que siguieron y que, de acuerdo con la opinión del lector, pueden o no arrojar alguna luz o relacionarse de alguna manera con esta experiencia.

Villa Cascana era en todos los aspectos, salvo en uno, una casa absolutamente deliciosa; pero si estuviera hoy en pie no hay nada en el mundo, y utilizo la frase en su sentido literal, que pudiera inducirme a volver a poner un pie en ella, pues creo que estaba embrujada de una manera terrible y práctica. Los fantasmas, una vez que todo ha sido dicho y hecho, en su mayoría no causan gran daño; pueden quizás aterrar, pero la persona a la que visitan usualmente se sobrepone a su aparición. También pueden ser totalmente amistosos y beneficiosos. No lo eran las apariciones de Villa Cascana, y si hubieran hecho su «visita» de una forma ligeramente distinta no creo que hubiera conseguido sobreponerme a ella más de lo que lo hizo Arthur Inglis.

La casa se encontraba en la Riviera italiana, no lejos del Sestri di Levante, en una colina recubierta de encinas desde la que se dominaban los azules iridiscentes de ese mar encantador, mientras que por detrás se levantaban bosques de castaños color verde claro que ascendían por las laderas de las colinas hasta que daban paso a los pinos, que formando con los anteriores un contraste oscuro coronaban las cimas. A su alrededor, con la abundancia de mediados de primavera, el jardín florecía y se llenaba de aromas, como el de las magnolias y las rosas, por encima del frescor salado que traían los vientos del mar, que fluía como una corriente por entre las habitaciones frescas y abovedadas.

Tres lados de la planta baja estaban rodeados por una loggia de anchas columnas, por encima de las cuales se formaba una terraza a la que tenían acceso algunas habitaciones del primer piso. La escalera principal, amplia y de escalones de mármol gris, subía desde el vestíbulo hasta el rellano exterior a esas habitaciones, que eran tres, dos amplias salas de estar con un dormitorio dispuesto en suite. Este último se hallaba desocupado, pero sí se utilizaban las salas de estar. Desde éstas proseguía la escalera principal hasta el segundo piso, en el que se encontraban otras habitaciones, una de las cuales ocupaba yo, mientras que en el otro lado del rellano del primer piso media docena de escalones daban a otra serie de habitaciones en las que, en el momento del que estoy hablando, tenía su dormitorio y estudio Arthur Inglis, el artista. Así, el rellano exterior a mi habitación, en el piso superior de la casa, daba al rellano del primer piso y también a los escalones que conducían a las habitaciones de Inglis. Finalmente, Jim Stanley y su esposa (que eran mis anfitriones) ocupaban las habitaciones de otra ala de la casa en la que se encontraban, asimismo, los cuartos de los criados.

Llegué a la hora de la comida de un brillante día de mediados de mayo. El jardín estallaba de colores y fragancias; y no podría haber resultado más deliciosa, tras el sofocante paseo desde la marina, la llegada desde el calor reverberante y el resplandor del día a la frescura marmórea de la villa. Pero en el momento en que puse el pie en la casa sentí que algo iba mal (y con respecto a esto el lector no tiene otro remedio que aceptar mi palabra). Diría que ese sentimiento era bastante vago, aunque muy potente, y recuerdo que cuando vi las cartas que me aguardaban en la mesa del vestíbulo estuve seguro de que allí estaba la explicación: comprendí que había en ellas malas noticias para mí. Y sin embargo, cuando las abrí no encontré esa explicación de mi premonición: todos mis corresponsales transmitían prosperidad. Pero, a pesar de ese presentimiento claramente erróneo, no se disipó mi inquietud. En esa casa fresca y fragante había algo malo.

Pongo gran cuidado al mencionar esto porque he de explicar que, aunque por norma general duermo tan maravillosamente que el momento de apagar la luz al meterme en la cama suele parecerme contemporáneo de la llamada que me hacen a la mañana siguiente, dormí muy mal la primera noche que pasé en Villa Cascana. Puede explicarlo también el hecho de que cuando me quedé dormido (si realmente fue mientras dormía cuando vi lo que creí ver) soñé de una forma muy viva y original; “original” en el sentido de que algo que, por lo que sabía, no había entrado nunca antes en mi conciencia, de pronto la usurpó.
Pero desde entonces, además de esta premonición maligna, algunas palabras y acontecimientos que se produjeron durante el resto del día pudieron sugerir algo de lo que pensé que sucedió aquella noche, y que será conveniente relatar.

Tras el almuerzo di una vuelta alrededor de la casa con la señora Stanley, y durante el paseo ella se refirió al dormitorio desocupado del primer piso, que daba a la habitación en la que habíamos comido.

—Lo hemos dejado sin ocupar porque Jim y yo tenemos un vestidor y un dormitorio encantadores en el ala, tal como vio, y si la utilizáramos para nosotros tendríamos que convertir el comedor en un vestidor, y tomar las comidas abajo. Sin embargo, de esta manera tenemos nuestro pequeño apartamento allí, Arthur Inglis tiene el suyo en el otro pasillo; y recordé (¿no le parece extraordinario?) que usted dijo en una ocasión que cuanto más arriba estuviera en una casa más a gusto se encontraba. Por eso le he colocado en el piso superior, en lugar de darle esa habitación.

Es un hecho que en ese momento una duda, tan vaga e incierta como mi premonición, cruzó por mi mente. No entendía el motivo de que la señora Stanley me hubiera explicado todo aquello, si es que no había otra cosa que explicar. Por eso dejé que en aquellos momentos ocupara mi mente el pensamiento de que había algo que debía ser explicado con respecto a la habitación libre.

Pero hubo otra cosa que debí transmitir al sueño: en la cena la conversación giró un momento acerca de los fantasmas. Inglis, con la certeza del convencido, expresó su creencia de que no podía considerarse imbécil a cualquiera que creyera en la existencia de los fenómenos sobrenaturales. El interés por el tema decayó al instante y, por lo que soy capaz de recordar, no se dijo ni sucedió nada más que pudiera tener relación con los acontecimientos posteriores.

Todos nos retiramos bastante pronto y particularmente yo subí las escaleras bostezando porque me sentía terriblemente somnoliento. Mi habitación estaba bastante caldeada y abrí todas las ventanas, por las que entró la luz blanca de la luna y las canciones amorosas de muchos ruiseñores. Me desvestí rápidamente y me metí en la cama, pero aunque antes había sentido tanto sueño ahora estaba muy despierto. Sin embargo eso no me inquietaba ni molestaba: no empecé a dar vueltas y a girar en la cama, pues me sentía muy feliz de escuchar el canto de los pájaros y ver la luz. Es posible que entonces me quedara dormido, y en tal caso lo que voy a relatar puede que fuera un sueño. De cualquier modo, pensé que al cabo de un tiempo los ruiseñores dejaron de cantar y la luna descendió. Pensé también que, por alguna razón inexplicable, iba a estar despierto toda la noche, por lo que podía dedicarme a leer, y recordé que había dejado un libro que me resultaba interesante en el comedor del primer piso. Salí pues de la cama, encendí una vela y bajé. Entré en el comedor, vi en una mesa auxiliar el libro que había ido a buscar y en ese momento, simultáneamente, vi que se abría la puerta que daba al dormitorio libre. Salía de él una curiosa luz grisácea, que no era ni del amanecer ni de la luna, y miré en su interior. La cama, una cama grande con cuatro columnas en sus esquinas, estaba frente a la puerta, y sobre el cabezal colgaban tapices. Vi entonces que la luz grisácea del dormitorio procedía de la cama, o más bien de lo que había sobre ella. Pues estaba cubierta de grandes orugas, de aproximadamente treinta centímetros de longitud, que se arrastraban sobre ella. Eran débilmente luminosas y la luz que emitían era la que me permitía ver la habitación. En lugar de las ventosas de las patas de las orugas ordinarias tenían pinzas como los cangrejos, y se movían agarrándose con ellas y deslizando luego el cuerpo hacia delante. El color de esos insectos espantosos era gris amarillento, aunque estaban cubiertos de bultos irregulares. Debía haber cientos de ellos, pues formaban sobre la cama una especie de pirámide que se arrastraba y agitaba. De vez en cuando una oruga caía al suelo con un ruido apagado, carnoso y suave, y aunque el suelo fuera duro cedía ante las ventosas de las patas como si fuera de masilla, por lo que la oruga retrocedía y volvía a subirse a la cama uniéndose a sus temibles compañeras. Por así decirlo, no daba la impresión de que tuvieran rostro, sino que un extremo de ellas era una boca que se abría lateralmente para respirar.

Mientras las estaba mirando me pareció como si de pronto todas ellas fueran conscientes de mi presencia. Al menos todas las bocas se volvieron en mi dirección, y un instante después empezaban a tirarse de la cama produciendo en el suelo esos golpes sordos, suaves y carnosos, y a arrastrase hacia mí. Durante un segundo me quedé paralizado, como sucede a veces en los sueños, pero inmediatamente después eché a correr escaleras arriba hasta mi habitación; me acuerdo muy bien de la sensación de frialdad de los escalones de mármol bajo mis pies descalzos. Entré corriendo en la habitación, cerré con un portazo la puerta a mis espaldas y entonces, ciertamente, estaba ya bien despierto, me encontré de pie junto a mi cama cubierto por el sudor del terror. Resonaba todavía en mis oídos el golpetazo de la puerta. No cesó entonces, como habría sido normal de haberse tratado de una simple pesadilla, el terror que se había apoderado de mí al ver esos horrendos animales arrastrándose por la cama o dejándose caer blandamente sobre el suelo. Despierto ahora, lo mismo que antes estaba soñando, no pude recuperarme plenamente del horror del sueño: no me parecía que hubiera soñado. Y hasta el amanecer, sentado o en pie, no me atreví a acostarme pensando que cada ruido o movimiento que escuchaba significaba que las orugas se estaban aproximando. Ante ellas, y ante las garras que se clavaban en el cemento del suelo, la madera de la puerta no era sino un juego de niños: ni el acero podría mantenerlas a raya.

Pero con el dulce y noble retorno del día desapareció el horror: el susurro del viento volvió a ser benigno; el miedo innombrable, fuese lo que fuese, se suavizó, y dejó de aterrarme. Despuntó el alba, al principio sin tonos de color; después adoptó el color de las palomas; y finalmente se extendió por el cielo el espectáculo brillante y flamígero de la luz.

Una norma admirable de aquella casa era que todo el mundo desayunara donde y cuando quisiera, por lo que hasta la hora del almuerzo no me encontré con ningún otro miembro del grupo, pues había desayunado en mi terraza y hasta la comida me dediqué a escribir cartas y a otras actividades personales. Bajé a comer bastante tarde, cuando ya los otros tres habían empezado a hacerlo. Entre el cuchillo y el tenedor me habían dejado una pequeña cajita de pildoras hecha de cartón y en el momento en que me sentaba me habló Inglis:

—Fíjese en eso —dijo—. Ya que le interesa la historia natural. Anoche lo encontré arrastrándose por encima de mi colcha, pero no sé qué es.

Creo que antes incluso de abrir la cajita esperaba ver ya lo que encontré en ella. En su interior había una pequeña oruga de color amarillo grisáceo con curiosos bultos y excrecencias en sus aros. Era extremadamente activa y se movía a toda prisa por la caja, dando vueltas en una y otra dirección. Sus patas no se parecían a las de ninguna oruga que yo hubiera visto: eran como las pinzas de un cangrejo. La contemplé y cerré la tapadera.

—No, no la había visto nunca —dije—. Pero parece bastante poco saludable. ¿Qué va a hacer con ella?

—Ah, la guardaré —contestó Inglis—. Ha empezado a girar y quisiera ver en qué tipo de polilla se convierte.

Volví a abrir la caja y me di cuenta de que esos movimientos presurosos eran realmente el inicio del giro para formar la tela de su capullo. Entonces Inglis volvió a hablar.

—Tiene unas patas curiosas —dijo—. Son como pinzas de cangrejos. ¿Cuál es el término latino de cangrejo? Ah, sí, cáncer. Pues como parece que es única, vamos a bautizarla: «cáncer inglisensis».

Entonces pasó algo en mi cerebro, como si en un momento se unieran las piezas de todo lo que había visto o soñado. En sus palabras me pareció que había algo que iluminaba el conjunto, y el horror intenso que había experimentado yo aquella noche se unió con lo que el pintor acababa decir. Cogí la caja y la arrojé, con la oruga dentro, por la ventana. El camino exterior estaba cubierto de gravilla y más allá había una fuente cuya agua caía en un cuenco. La caja cayó en medio.

Inglis se echó a reír.

—Así que a los estudiosos de lo oculto no les gustan los hechos sólidos. ¡Pobre oruga mía!

La conversación recayó enseguida sobre otros temas, y sólo he detallado estas trivialidades, tal como sucedieron, para estar seguro de haber registrado todo lo que pudiera tener relación con temas ocultos o con el de las orugas. En el momento en el que lancé la cajita de pildoras a la fuente perdí la cabeza: mi única excusa es que el animal que la ocupaba, como probablemente habrá resultado evidente, era exactamente igual, en miniatura, que los que había visto amontonados sobre el lecho del dormitorio libre. Y aunque la traducción de esos fantasmas en carne y hueso —o en aquel material del que estén hechos las orugas— debió servir quizás de alivio al horror de la noche, en realidad no lo hizo. Sólo sirvió para volver más espantosamente real la pirámide que se arrastraba sobre la cama del dormitorio libre. Tras el almuerzo pasamos una o dos horas paseando perezosamente por el jardín o sentados en la loggia, y debían ser ya las cuatro cuando Stanley y yo fuimos a bañarnos recorriendo el camino que llevaba a la fuente en la que había caído la cajita. El agua, poco profunda, estaba clara, y en el fondo vi sus restos blancos. El agua había desintegrado el cartón, del que no quedaba más que algunas tiras y hebras de papel empapado. El centro de la fuente lo ocupaba un cupido italiano de mármol que lanzaba el agua desde un odre que sostenía bajo el brazo. Y la oruga estaba subiendo por su pierna. Por extraño e increíble que pueda parecer, debió sobrevivir a la caída y rotura de su prisión, y se había abierto camino hasta el borde, y allí estaba, fuera de nuestro alcance, moviéndose circularmente para formar su capullo.

Mientras la miraba volvió a parecerme que, como las orugas que había visto la noche anterior, ella me vio, rompió las hebras que la rodeaban, descendió por la pierna de mármol del cupido y empezó a nadar hacia mí, como una serpiente, por la superficie del agua de la fuente. Se acercó a una velocidad extraordinaria (el hecho de que una oruga supiera nadar era ya nuevo para mí) y un momento después estaba subiendo por el borde de mármol de la fuente. Fue en ese momento cuando Inglis se unió a nosotros.

—Vaya, ¿no es otra vez nuestra vieja «cáncer inglisensis»? —preguntó al ver el animal—. ¡Tiene una prisa tremenda!

Estábamos de pie en el camino, uno al lado del otro, y cuando la oruga se acercó a menos de un metro de nosotros, se detuvo y empezó a agitarse como si dudara con respecto a la dirección que debía tomar. Luego pareció decidirse y se arrastró hacia el zapato de Inglis.

—Yo le gusto más —dijo él—. Aunque me parece que ella no me gusta a mí. Y ya que no se ha ahogado, creo que quizás...

Agitó el zapato por encima de la gravilla y la pisó.

Toda la tarde el aire fue poniéndose más y más pesado por causa del siroco que subía sin duda desde el sur, y por la noche volví a sentirme muy somnoliento cuando subí a acostarme; pero por así decirlo, por debajo de mi somnolencia estaba la conciencia, mucho más poderosa que la noche anterior, de que algo iba mal en la casa... de que se aproximaba algo peligroso. Pero me quedé dormido enseguida, y más tarde, aunque no sé cuánto tiempo había pasado, desperté o soñé que despertaba con la sensación de que debía levantarme enseguida o sería demasiado tarde. En ese momento (soñando o despierto) luché contra ese miedo diciéndome a mí mismo que sólo era víctima de mis nervios, exacerbados por el siroco, aunque al mismo tiempo supiera con claridad absoluta en otra parte de mi mente, por así decirlo, que con cada momento de retraso aumentaba el peligro. Esa segunda sensación acabó por ser irresistible, por lo que me puse la chaqueta y los pantalones y salí al descansillo. Comprendí entonces que ya me había retrasado bastante y que era ya demasiado tarde.

Todo el descansillo del primer piso inferior resultaba invisible bajo el enjambre de orugas que allí se arrastraban. Las puertas plegables de la sala de estar que daba al dormitorio donde las había visto la noche anterior estaban cerradas, pero cruzaban por entre las grietas y se dejaban caer de una en una por el agujero de la cerradura, alargándose hasta convertirse en cuerdecillas al pasar, y volviendo a recuperar su tamaño al salir. Algunas, como si estuvieran explorando, rozaban los escalones que daban al pasillo en cuyo extremo estaban las habitaciones de Inglis, y otras se arrastraban por los escalones inferiores que llevaban hasta donde yo me encontraba. Pero el descansillo estaba totalmente cubierto por ellas: tenía cortadas las salidas. No puedo expresar con palabras el horror helado que se apoderó de mí cuando vi aquello.

Finalmente se inició un movimiento general y fueron espesándose en los escalones que llevaban al dormitorio de Inglis. Gradualmente, como una especie de horrenda marea de carne, avanzaron por el pasillo y vi que llegaban a su puerta las primeras, visibles gracias a la luminosidad gris clara que ellas mismas emitían. Una y otra vez traté de gritar y advertirle, aterrado siempre por la posibilidad de que pudieran darse la vuelta al oír mi voz y subir por mi escalera, pero pese a mis esfuerzos comprendí que ningún sonido salía de mi garganta. Se arrastraron por entre las aberturas de los goznes de su puerta, pasaron como lo habían hecho antes y yo me quedé clavado allí, haciendo esfuerzos impotentes por gritarle, por decirle que se escapara mientras tuviera tiempo.

El pasillo acabó por quedarse totalmente vacío: habían desaparecido todas y en ese momento tuve conciencia por primera vez del frío del piso de mármol sobre el que me hallaba descalzo. Por el este empezaba a despuntar el alba.

Seis meses después me encontré con la señora Stanley en una casa de campo de Inglaterra. Hablamos de muchos temas y finalmente dijo:

—Creo que no le he visto desde que tuve las malas noticias sobre Arthur Inglis, hace ya un mes.

—No sé nada de ellas —respondí yo.

—¿No? Tiene cáncer. Ni siquiera aconsejan una operación, pues no hay esperanza de curación: dicen los doctores que está invadido.

Durante esos seis meses no creo que hubiera pasado un solo día en el que no hubiera recordado los sueños (o como prefiera llamarlos el lector) que tuve en Villa Cascana.

—Es horrible, ¿no le parece? —prosiguió ella—. Y siento que no puedo evitar la idea de que él pudo...

—¿Enfermar en la villa? —pregunté yo.

Ella me miró con cara de sorpresa.

—¿Por qué ha dicho eso? —preguntó—. ¿Cómo sabía usted...?

Entonces me lo contó. Un año antes, en el dormitorio libre había habido un caso fatal de cáncer. Evidentemente, ella había buscado los mejores consejos, y le habían dicho que debía seguir los dictados de la máxima prudencia y que nadie debía dormir en la habitación, que ésta había sido totalmente desinfectada y recientemente encalada y pintada. Pero...



 
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