El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




Qu'est-ce que c'est la vie...




Quand je vois tes yeux,
je ne peux pas croire que la vie sans toi soit possible.
Mais qu'est-ce que c'est la vie?
Pour moi, la vie est ouvrir les yeux au matin et rappeler ta sourire.
C'est travailler tout le jour sans avoir fatigue.
C'est penser qu'il n'y a rien impossible et que Je peux faire l'impossible.
C'est le bonheur des choses simples et la complexité des moments hereuxs.
La vie...
sont tes yeux,
c'est ta sourire,
c'est ta visage,
sont tes baisers,
c'est mon bonheur avec toi.
Si quelqu'un me demande qu'est-ce que c'est la vie,
Je suis sur que ma réponse es-tu.

robado del blog de Arturo

En la Doliente Soledad del Domingo... - Gioconda Belli


En la Doliente Soledad del Domingo...

Aquí estoy,
desnuda,
sobre las sábanas solitarias
de esta cama donde te deseo.


Veo mi cuerpo,
liso y rosado en el espejo,
mi cuerpo
que fue ávido territorio de tus besos;
este cuerpo lleno de recuerdos
de tu desbordada pasión
sobre el que peleaste sudorosas batallas
en largas noches de quejidos y risas
y ruidos de mis cuevas interiores.

Veo mis pechos
que acomodabas sonriendo
en la palma de tu mano,
que apretabas como pájaros pequeños
en tus jaulas de cinco barrotes,
mientras una flor se me encendía
y paraba su dura corola
contra tu carne dulce.

Veo mis piernas,
largas y lentas conocedoras de tus caricias,
que giraban rápidas y nerviosas sobre sus goznes
para abrirte el sendero de la perdición
hacia mi mismo centro,
y la suave vegetación del monte
donde urdiste sordos combates
coronados de gozo,
anunciados por descargas de fusilerías
y truenos primitivos.

Me veo y no me estoy viendo,
es un espejo de vos el que se extiende doliente
sobre esta soledad de domingo,
un espejo rosado,
un molde hueco buscando su otro hemisferio.

Llueve copiosamente
sobre mi cara
y sólo pienso en tu lejano amor
mientras cobijo
con todas mis fuerzas,
la esperanza.

Gioconda Belli

foto: Pascal Renoux

El Lobo Estepario - Herman Hesse



El Lobo Estepario
Herman Hesse




Harry Haller, quien se define a sí mismo como un “lobo estepario”, es un hombre profundamente conflictuado, quien siente tener el alma partida al medio. Sus dos mitades, irreconciliables, son el hombre y el lobo. Es un personaje solitario, que reflexiona constantemente sobre la muerte y el suicidio. Sin embargo, a lo largo del libro va enfrentando una serie de transformaciones: el encuentro con una muchacha, Armanda, quien lo introduce en el mundo de la música; el uso de sustancias prohibidas; el erotismo; la reconciliación de sus dos mitades a partir del humorismo; ciertas conversaciones con personajes cada vez más inverosímiles (como por ejemplo, Mozart).
Acompañando a su protagonista, también el libro irá cambiando, hasta llegar a sorprender al lector: la aparición del teatro “Sólo para locos”, por ejemplo, es una vuelta de tuerca que cambia la concepción que se tiene de la novela hasta ese momento.
reseña: Blogdelibros





Transición - Algernon Blackwood





Transición
Algernon Blackwood

John Mudbury regresaba de sus compras con los brazos llenos de regalos navideños. Eran las siete pasadas y las calles estaban atestadas de gente. Era un hombre corriente, vivía en un piso corriente de las afueras, con una mujer corriente y unos hijos corrientes. Él no los consideraba corrientes, aunque sí los demás. Traía un regalo corriente a cada uno: una agenda barata para su mujer, una pistola de aire comprimido para el chico y así sucesivamente. Tenía más de cincuenta años, era calvo, oficinista, honesto de hábitos y manera de pensar, de opiniones inseguras, ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras. Sin embargo, se tenía a sí mismo por un caballero firme y decidido, sin percatarse de que la prensa matinal determinaba sus opiniones del día. Y vivía... al día. Físicamente estaba bastante sano, salvo el corazón, que lo tenía débil (cosa que nunca le preocupó); y pasaba las vacaciones de verano jugando mal al golf, mientras sus hijos se bañaban y su mujer leía a Garvice tumbada en la arena. Como la mayoría de los hombres, soñaba, ociosamente con el pasado, se le escapaba embarulladamente el presente, e intuía vagamente -tras alguna que otra lectura imaginativa- el futuro.

-Me gustaría sobreexistir -decía- si la otra vida fuera mejor que ésta -mirando a su mujer y sus hijos, y pensando en el trabajo diario-. ¡Si no...! -y se encogía de hombros como hace todo hombre valeroso.

Acudía a la iglesia con regularidad. Pero nada en la iglesia lo convencía de que iba a subsistir en la otra vida, ni le inclinaba a esperar tal cosa. Por otra parte, nada en la vida lo convencía de que no fuera o no pudiera ser así. «Soy evolucionista», le encantaba decir a sus pensativos amigotes (delante de una copa), ignorando que se hubiera puesto en duda jamás el darwinismo.

Así, pues, volvía a casa contento y feliz, con su montón de regalos navideños «para la mujer y los chicos», y recreándose con la idea de la alegría y animación de su familia. La noche anterior había llevado a «su señora» a ver Magia en un selecto teatro de Londres frecuentado por intelectuales... y se había entusiasmado lo indecible. Había ido indeciso, aunque esperando algo fuera de lo corriente. «No es un espectáculo musical -advirtió a su mujer-; ni tampoco una comedia o una farsa, en realidad», y en respuesta a la pregunta de ella sobre qué decían las críticas, se encogió, suspiró y enderezó cuatro veces su chillona corbata en rápida sucesión. Porque no podía esperarse que un «hombre de la calle» con una pizca de dignidad entendiese lo que decían los críticos, aunque entendiese la Obra. Y John había contestado con toda sinceridad: «Bueno, dicen cosas. Pero el teatro está siempre lleno... y eso es lo que cuenta».

Y ahora, al cruzar Piccadilly Circus entre el gentío para coger el autobús, quiso el azar que (al ver un anuncio) le absorbiese el cerebro dicha Obra particular, o más bien el efecto que le causara en su momento. Porque le había cautivado lo indecible: con las maravillosas posibilidades que insinuaba, su tremenda osadía, su belleza alerta y espiritual... El pensamiento de John se lanzó en pos de algo: en pos de esa sugerencia curiosa de un universo más grande, en pos de la sugerencia cuasi divertida de que el hombre no es el único... Y aquí chocó con una frase que la memoria le puso delante de las narices: «La ciencia no agota el Universo», ¡al tiempo chocaba con otra clase de fuerza destructora...!

No supo exactamente cómo ocurrió. Vio un Monstruo feroz que lo miraba con ojos de fuego. ¡Era horrible! Se abalanzó sobre él. Lo esquivó... y otro Monstruo salió de una esquina a su encuentro. Corrieron los dos a un tiempo hacia él. Se hizo a un lado otra vez, con un salto que podía haber salvado fácilmente una valla, pero fue demasiado tarde. Le cogieron entre los dos sin piedad, y el corazón se le subió literalmente a la boca. Le crujieron los huesos... Tuvo una sensación dulce, un frío intenso y un calor como de fuego. Oyó un rugir de bocinas y voces. Vio arietes; y un testudo de hierro... Luego surgió una luz cegadora... «¡Siempre de cara al tráfico!», recordó con un grito frenético; y merced a una suerte extraordinaria, ganó milagrosamente la acera opuesta.

No había duda al respecto. Se había librado por los pelos de una muerte desagradable. Primero, comprobó a tientas los regalos: los tenía todos. Luego, en vez de alegrarse y tomar aliento, emprendió apresuradamente el regreso -¡a pie, lo que probaba que se le había descontrolado un poco la cabeza!-, pensando sólo en lo desilusionados que se habrían quedado su mujer y sus hijos si... bueno, si hubiese ocurrido algo. Otra cosa de la que se dio cuenta, extrañamente, fue de que ya no amaba a su mujer en realidad, y que sólo sentía por ella un gran afecto. Sabe Dios por qué se le ocurrió tal cosa; el caso es que lo pensó. Era un hombre honesto, sin fingimientos. La idea le vino como un descubrimiento. Se volvió un instante, vio la multitud arremolinada alrededor del barullo de taxis, cascos de policías centelleando con las luces de los escaparates... y avivó el paso otra vez, con la cabeza llena de pensamientos alegres sobre los regalos que iba a repartir... los niños acudiendo a la carrera... y su mujer -¡un alma bendita!- contemplando embobada los paquetes misteriosos...

Y, aunque no lograba explicarse cómo, al poco rato estaba ante la puerta del edificio carcelario donde tenía su piso, lo que significaba que había hecho a pie las tres millas. Iba tan ocupado y absorto en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la larga caminata. «Además -reflexionó, pensando cómo se había salvado por los pelos-, ha sido un susto tremendo. Una mald... experiencia, a decir verdad.» Todavía se notaba algo aturdido y tembloroso. A la vez, no obstante, se sentía contento y eufórico.

Contó los regalos... saboreó con antelación la alegría que iban a producir... y abrió rápidamente con la llave. «Llego tarde -comprendió-; pero cuando ella vea los paquetes de papel marrón, se le olvidará decir nada. Dios bendiga a esa alma fiel.» Hizo girar suavemente la llave una segunda vez y entró de puntillas en el piso... Tenía el espíritu henchido del sentimiento dominante de esta tarde: la felicidad que los regalos navideños iban a proporcionar a su mujer y sus hijos.

Oyó ruido. Colgó el sombrero y el abrigo en el diminuto vestíbulo (nunca lo llamaban «recibimiento»), y se dirigió sigilosamente a la puerta del salón con los paquetes escondidos detrás. Sólo pensaba en ellos, no en sí mismo... O sea, en su familia, no en los paquetes. Abrió la puerta a medias y se asomó discretamente. Para estupefacción suya, la habitación estaba llena de gente. Retrocedió con rapidez, preguntándose qué podía significar. ¿Una fiesta? ¿Sin saberlo él? ¡Qué raro...! Experimentó un profundo desencanto. Pero al retroceder, se dio cuenta de que en el vestíbulo había gente también.

Estaba enormemente sorprendido; aunque, por otra parte, no lo estaba en absoluto. Lo estaban felicitando. Había una verdadera muchedumbre. Además, los conocía a todos; al menos, sus caras le sonaban más o menos. Y todos lo conocían a él.

-¿No es gracioso? -rió alguien, dándole una palmadita en la espalda-. ¡Ellos no tienen ni la menor idea...!

El que hablaba -el viejo John Palmer, el contable de la oficina, recalcó la palabra «ellos».

-Ni la menor idea -contestó él con una sonrisa, diciendo algo que no entendía, aunque sabía que era cierto.

Su rostro, al parecer, reflejaba la absoluta perplejidad que sentía. El impacto del golpe recibido había sido mayor de lo que él había creído, evidentemente... Su cabeza desvariaba... ¡al parecer! Pero lo raro era que jamás en la vida se había sentido tan despejado. Había mil cosas que de repente se le habían vuelto de lo más sencillas. Pero cómo se apretujaba esta gente, y con cuánta... ¡familiaridad!

-Mis paquetes -dijo, abriéndose paso a empujones, alegremente, entre la multitud-. Son regalos de Navidad que les he comprado -señaló con la cabeza hacia la habitación-. He estado ahorrando durante semanas, sin fumar un cigarro ni acercarme a un billar, y privándome de otras cosas, para comprarlos.

-¡Buen muchacho! -dijo Palmer con una risotada-. El corazón es lo que cuenta.

Mudbury lo miró. Palmer había dicho una verdad como un templo; aunque, probablemente, la gente no lo entendería ni le creería.

-¿Eh? -preguntó, sintiéndose torpe y estúpido, confundido entre dos significados, uno de los cuales era bonito y el otro indeciblemente idiota.

-Por favor, señor Mudbury, pase. Lo están esperando -dijo amable y pomposamente una voz. Y al volverse, se encontró con los ojos benévolos y estúpidos de sir James Epiphany, el director del banco donde trabajaba.

El efecto de la voz fue instantáneo debido al prolongado hábito.

-Desde luego -sonrió de corazón, y avanzó como movido por una costumbre inveterada. ¡Ah, qué feliz y contento se sentía! Su afecto por su mujer era real. El amor, desde luego, se había desvanecido; pero la necesitaba... y ella le necesitaba a él. Y a sus hijos -Milly, Bill y Jean- los quería profundamente. ¡Valía la pena vivir!

En la habitación había bastante gente... pero reinaba un asombroso silencio. John Mudbury miró en torno suyo. Dio unos pasos hacia su mujer, que estaba sentada en la butaca del rincón con Milly sobre sus rodillas. Algunos hablaban y andaban de un lado para otro. El número de personas aumentaba por momentos. Se colocó frente a ellas: frente a Milly y su mujer. Y les dirigió la palabra, tendiéndoles los paquetes. «Es Nochebuena -susurró tímidamente-; y les he... les he traído algo... a cada una. ¡Miren!» Les puso los paquetes delante.

-Por supuesto, por supuesto -dijo una voz detrás él-; pero aunque se pasase usted un siglo entero presentándoselos, daría igual: ¡no los verán jamás!

-Creo... -susurró Milly, mirando a su alrededor.

-¿Qué es lo que crees? -preguntó vivamente su madre-. Siempre estás pensando cosas extrañas.

-Creo -prosiguió la niña, ensoñadora- que Papá ya está aquí -calló; luego añadió con la insoportable convicción de los niños-: estoy segura. Siento su presencia.

Sonó una carcajada extraordinaria. Era sir James Epiphany el que reía. Los demás -toda la multitud- volvieron la cabeza y sonrieron también. Pero la madre, apartando de sí a la criatura, se levantó súbitamente con un gesto violento. Se le había vuelto blanca la cara. Extendió los brazos... al aire que tenía ante ella. Aspiró con dificultad, se estremeció. Había angustia en sus ojos.

-¡Miren! -repitió John-. Les he traído los regalos.

Pero su voz, por lo visto, no produjo el menor sonido. Y con una punzada de frío dolor, recordó que Palmer y sir James habían muerto hacía años.

-Es magia -exclamó-. Pero... yo te quiero, Jinny; te quiero... y... y siempre te he sido fiel; fiel como el acero. Nos necesitarnos el uno al otro... ¿acaso no te das cuenta? Seguiremos juntos, tú y yo, por los siglos de los siglos...

-Piense -lo interrumpió una voz exquisitamente tierna-; ¡no grite! Ellos no pueden oírlo... ahora -y al volverse, John Mudbury se encontró con los ojos de Everard Minturn, su presidente del año anterior. Minturn se había ahogado en el hundimiento del Titanic.

Entonces se le cayeron los paquetes. El corazón le dio un enorme brinco de alegría.

Vio que su cara -la de su mujer- miraba a través de él.

Pero la niña lo miraba directamente a los ojos. Lo veía.

Lo que su conciencia registró a continuación fue el tintinear de algo... lejos, muy lejos. Sonaba a millas debajo de él... dentro de él... era él mismo quien sonaba -absolutamente desconcertado- como una campanilla. Era una campanilla.

Milly se inclinó y recogió los paquetes. Su cara irradiaba felicidad y alegría...

Pero a continuación entró un hombre, un hombre de cara solemne y ridícula, con un lápiz y un cuaderno. Llevaba un casco azul marino. Detrás de él venía una fila de hombres. Traían algo... algo..., Mudbury no podía ver con claridad qué era. Pero cuando se abrió paso entre la alegre muchedumbre para mirar, distinguió vagamente dos ojos, una nariz, una barbilla, una mancha de color rojo oscuro y un par de manos cruzadas sobre un abrigo. Una figura de mujer cayó entonces sobre ellas, y oyó a sus hijos sollozar extrañamente... luego otros sonidos... como de voces familiares riendo... riendo de alegría.

-Dentro de poco se reunirán con nosotros. El tiempo es como un relámpago.

Y, al volverse rebosante de dicha, vio que era sir James quien había hablado, al tiempo que cogía a Palmer del brazo, como en un gesto natural, aunque inesperado, de afectuosa y amable amistad.

-Vamos -dijo Palmer sonriendo, como el que acepta un don en la comunidad universal-, ayudémoslos. No lo comprenderán... Pero siempre podemos intentarlo.

La multitud entera, riente y gozosa, se elevó. Fue, por fin, un instante de vida auténtica y cordial. La paz y la alegría y el júbilo reinaban en todas partes.

Entonces comprendió John Mudbury la verdad: que estaba muerto.


Volkmar - Blessed Sins


Gothic/Industrial, Metal
Volkmar - Blessed Sins (2008)



01. Eyes Sewn Shut
02. Blessed Sin
03. Avarice Avalon
04. Walk With Me
05. An Interlude In Hell
06. White Heaven
07. No One Is Alive
08. The Burning
09. Obsessed
10. Easiness Of The Mind
11. Dominion In Dominance
12. Journey Below (Hidden Track)




Volkmar - Eyes sewn shut
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El Ser Bajo la Luna - H.P.Lovecraft






El Ser Bajo la Luna.
H.P.Lovecraft-J.Chapman Miske.

Morgan no es hombre letrado; de hecho, su inglés carece del más mínimo atisbo de coherencia. Por eso me tienen fascinado las palabras que escribió, aunque otros las han encontrado ridículas.

Estaba sólo aquella noche, cuando ocurrió. Súbitamente lo asaltaron unos deseos incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:

Mi nombre es Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence, Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 (no sé siquiera en qué año estamos) me dormí y tuve un sueño. Desde entonces me ha sido imposible despertar.

Mi sueño comienza en un páramo húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca cubierta de musgo. Estimulado por una vaga curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, contemplando entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la roca.

En varios sitios, el paso estaba cerrado por la estrechez de la bóveda superior de la fisura; en dichos lugares, la oscuridad era notable, y no se distinguían las madrigueras que pudiesen haber allí. En uno de aquellos tramos umbrosos me asaltó un miedo atenazante, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la fuente de mi alarma.

Por último, salí a una meseta cubierta de roca húmeda, alumbrada por una débil luna que había sustituído al moribundo astro del día. Miré en torno y no vi a ningún ser viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña por debajo, allí entre los suspirantes juncos de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.

Después de avanzar unos metros, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué rápidamente a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910. Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré inútilmente a mi alrededor intentando de descubrir un interruptor de la luz... entonces noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales. A continuación oí crujir la hierba escasa a la izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.

Me incorporé de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que el agotamiento me forzó a detenerme... Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.

Percibí de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por ello me tranquilicé.

Desde esa noche espantosa lo único que deseo es despertar..., ¡pero aún no he podido!

¡Al contrario, se me ha revelado que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera noche dejó paso al alba, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía... ¡A su lado había un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de la luna!

Todos los días sucede lo mismo. La noche me atrapa siempre en ese lugar de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y echo a correr desenfrenadamente.

¡Dios mío! ¿Cuándo despertaré?

Eso es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.

H.P.Lovecraft-J.Chapman Miske.


Megaminería y Glaciares



Megaminería y Glaciares
Carta de A.Pérez Esquivel

Buenos Aires, 19 de noviembre de 2008.-

Señores Diputados y Senadores Nacionales:
Reciban el fraterno saludo de Paz y Bien.
Me dirijo a Uds. para expresarles mi profunda preocupación, frente a la política nacional de protección del medio ambiente, y en particular frente a la falta de protección de uno de los recursos más valiosos que tenemos en Argentina: el agua.

El contexto internacional actual es de una preocupante escasez de este recurso fundamental para la vida. Se viene advirtiendo que el siglo XXI será el siglo de los conflictos por el agua, ya que el "oro azul" se está convirtiendo en uno de los recursos estratégicos más importantes. En el mundo, más de 1200 millones de personas no tienen acceso al agua potable. En Argentina, todavía el 20% de la población rural no tiene acceso a una fuente mejorada de agua potable (1). Esta situación contrasta de manera inadmisible con el uso irracional de este recurso por algunas empresas, como Minera Alumbrera Ltd, que consume alrededor de 100 millones de litros de agua diarios con el permiso de las autoridades públicas, sin interesarles los daños provocados.

Por otro lado, cabe destacar que de toda el agua que hay en la tierra, el 97.14% de la cantidad total del agua superficial, sólo el 2.59% es dulce. De ésta, el 70% está congelada en los polos y en los glaciares. Por lo tanto, los glaciares constituyen una reserva de agua esencial para nuestro pueblo: hoy es de fundamental importancia en algunas provincias del país (2), y se va a tornar cada vez más indispensable.



Tenemos el deber de cuidar nuestros glaciares. Con la sanción, el 22 de octubre de 2008, de la "Ley de Presupuestos mínimos ambientales de Protección de los glaciares y ambiente periglacial" (ley 26.418), la Argentina iba a disponer de un primer instrumento para cumplir con esta necesidad de proteger nuestras fuentes de agua dulce. El texto de esta ley, elaborado con el asesoramiento del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA), disponía dos medidas principales: la creación de un Inventario Nacional de Glaciares, y la prohibición de la exploración y explotación minera o petrolífera en los glaciares y en el ambiente periglacial saturado en hielo.

El 10 de noviembre de 2008, con el decreto 1837/2008, la Presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner vetó esta ley esencial para la protección de nuestro medio ambiente. Esta norma había sido sancionada por Ustedes, representantes del pueblo argentino, por unanimidad en la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, y con sólo tres votos en contra en la Cámara de Senadores de la Nación. Fue un miembro del propio partido de la Presidenta, Daniel Filmus, quien presentó el proyecto de ley en el Senado, y lo hizo en esos términos: "Hablamos de uno de los temas más importantes que puede tener la Argentina en el futuro. Un tema que no contaba con una legislación específica y que es fundamental y decisivo, porque aludimos principalmente a las reservas de agua de nuestro país. Y sabemos que las reservas de agua, no sólo en nuestro país sino en todo el mundo, constituyen uno de los recursos esenciales para el tiempo que por venir".

Como lo reconoce la propia Presidenta en los fundamentos de su decreto, ese veto es producto de las presiones de los gobernadores de las provincias mineras, como José Luis Gioja de San Juan, y de la Secretaría de Minería de la Nación. Otra prueba de la presencia del lobby minero, es el hecho de que el Ejecutivo haya solicitado que el proyecto sea reconsiderado por la Comisión de Minería y no por la de Recursos Naturales como correspondía por ser la originaria. Esto no es otra cosa que claudicación y falta de responsabilidad con el pueblo. No entren en ese juego nefasto. Esperamos de ustedes claridad y decisión en defensa del pueblo, de la biodiversidad y protección de los recursos naturales como el agua.

Con la prohibición de realizar actividades mineras en los glaciares, la ley impediría la realización del mega-proyecto binacional Pascua-Lama, en la frontera entre San Juan y Chile. Detrás de este proyecto minero de una inversión inicial de 1500 millones de dólares, está la poderosa multinacional Barrick Gold, la cual hace un año patrocinaba eventos de la campaña presidencial de Cristina Kirchner. De eso se trata el veto, una vez más privilegia los grandes intereses económicos por sobre la vida del pueblo. En lugar de proteger nuestro medio ambiente, la decisión presidencial es continuar provocando daños irreversibles a los glaciares.

La vida no se negocia. Les recuerdo el reclamo permanente de las Asambleas de ciudadanos autoconvocados: "el agua vale más que el oro".

El 18 de noviembre de 2008, en la reunión de la Comisión de Recursos Naturales de la Cámara de Diputados que debatió el veto, sólo 8 de los 31 miembros estuvieron presentes, la gran mayoría de los diputados del bloque oficialista Frente Para la Victoria estuvo ausente, una actitud inadmisible e irresponsable, sometidos a las presiones del Poder Ejecutivo y de las empresas transnacionales. Tengo que decirles que no actúen cobardemente; tengan conciencia crítica y valores al servicio del pueblo.

Para rechazar el veto presidencial y que se promulgue la ley, se debe obtener los dos tercios de los votos en ambas Cámaras. Señores y Señoras Diputados y Senadores tengan el coraje de ser coherentes entre el decir y el hacer; actúen con responsabilidad.

Uds. votaron a favor de esta ley, ahora deben confirmar su voto y apoyar esta norma esencial para la defensa del medio ambiente.

A la hora de votar, recuerden que Uds. son los representantes del pueblo, y como tales, tienen que defender los intereses del mismo, protegiendo sus recursos naturales, entre los cuales uno de los más valiosos es el agua.

Les reitero mi fraterno saludo de Paz y Bien.
Adolfo Pérez Esquivel
Premio Nobel de la Paz


[1] OMS/UNICEF, Programa de Monitoreo Conjunto de Abastecimiento de Agua y del Saneamiento, Coverage Estimates Improved Drinking Water - Argentina, Actualización Junio de 2006.

[2] "En años de escasa precipitación nival en la Cordillera, los glaciares suministran hasta el 70% de los caudales de los ríos en Mendoza y San Juan (Leiva, 2004, 2007; Milana 1998)", in Proyecto de ley de Presupuestos mínimos ambientales de Protección de los glaciares y ambiente periglacial, Expediente nº 4777-D-2007, Trámite parlamentario 135 (01/10/2007).



Christian Death - Past, Present And Forever


Christian Death - Past, Present And Forever


01 Believers Of The Unpure
02 Ouverture
03 The Wind Kisses Pictures
04 The Lake Of Fire
05 Blast Of The Bough
06 Amaterasu
07 The Absolute
08 Lacrima Cristi (English Version)
09 Lacrima Cristi (Italian Version)



Christian Death - Believers of the Unpure (1986)
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Después del llanto



Después del llanto

Legumbres, paranoicas,
desquiciadas, perplejas y malditas
vuelan del horizonte, las hadas.
Contando las olas de sangre,
juego y seduzco
a los alacranes segados
por una cruel derrota.
No hay ser viviente,
tan solo calaveras
esperando beber de la vertiente.
Millones de rosas muertas,
secas, marchitas, pálidas;
buscando beber de sus lágrimas
secas y moribundas
sobre filas de lapidas.
La tristeza me hunde
hasta filosas redes
que me atrapan y atrapan.
Cada vez me entierra más
en lo profundo
del criminal suelo,
de este castigo del sufrimiento.
Ya el barquero del infierno
ha sacado sus remos.
Ha mostrado su veredicto
para llevarme en pena,
sin previo juicio.
Aun así suspende
las últimas fuerzas de mi alma.
Las lágrimas caen furiosas,
tan pesadas como una roca
sobre esta barca.
Toma con fuerza
el ultimo llanto,
el ultimo filo de una hoja
que arraso su locura
y lo llevo al cruel llanto.
Con ella tomo la vida
por un gran asalto,
el último intento
y la ultima herida
para no desvanecer
en tanto llanto.

Oda a la oscuridad – François Ayel Sampellegrini

Sobre la Esperanza





Todo el horror de los siglos pasados y presentes en la larga y difícil historia del hombre es inexistente además para cada niño que nace y para cada joven que comienza a creer.

Cada esperanza de cada joven es nueva —felizmente—, porque el dolor no se sufre sino en carne propia. Esa cándida esperanza se va manchando, es cierto, deteriorando míseramente, convirtiéndose las más de las veces en un trapo sucio, que finalmente se arroja con asco.

Pero lo admirable es que el hombre siga luchando a pesar de todo y que, desilusionado o triste, cansado o enfermo, siga trazando caminos, arando la tierra, luchando contra los elementos y hasta creando obras de belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil.

Esto debería bastar para probarnos que el mundo tiene algún misterioso sentido y para convencernos de que, aunque mortales y perversos, los hombres podemos alcanzar de algún modo la grandeza y la eternidad.

Y que, si es cierto que Satanás es el amo de la tierra, en alguna parte del cielo o en algún rincón de nuestro ser reside un Espíritu Divino que incesantemente lucha contra él, para levantarnos una y otra vez sobre el barro de nuestra desesperación.

Ernesto Sábato - Hombres y Engranajes



Pérdida de aliento - Edgar A. Poe





Pérdida de aliento
Edgar A. Poe


—¡Oh, tú, desgraciada! ¡Oh, tu, zorra! ¡Oh, tú, víbora! —le dije a mi mujer a la mañana siguiente de nuestra boda—. ¡Oh, tú, bruja! ¡Oh, tú, espanto! ¡Tú, bocazas! ¡Apestas a iniquidad! ¡Oh, tú, quintaesencia de todo lo que es abominable! Tú... tú...

En ese momento la agarré por el cuello, me puse de puntillas, y acercando mi boca a su oído estaba a punto de dirigirle un nuevo epíteto oprobioso, que inevitablemente la hubiera convencido, de haberlo podido pronunciar, de su insignificancia, cuando con gran horror y asombro descubrí que yo había perdido la respiración.

Las frases “me he quedado sin respiración”, “he perdido el aliento”, aparecen con bastante frecuencia en las conversaciones normales; pero jamás se me hubiera podido ocurrir el pensar que el terrible accidente al que me refiero pudiera de hecho bona fide ocurrir. Imagínense ustedes, es decir, si son ustedes personas imaginativas; imagínense, digo, mi asombro, mi consternación, mi desesperación.

Tengo una virtud, no obstante, que nunca me ha abandonado del todo. Incluso en mis más ingobernables estados de ánimo, mantengo aún mi sentido de la propiedad, et le chemin des passions me conduit, como a Lord Edouard en “Julie”, á la philosopie véritable.

Aunque al principio no pude verificar hasta qué punto me había afectado aquel suceso, decidí ocultárselo a toda costa a mi mujer hasta que ulteriores experiencias me revelaran la extensión de mi asombrosa calamidad. Por lo tanto, alterando al instante la expresión de mi cara, y sustituyendo mis congestionadas y distorsionadas facciones por un gesto de traviesa y coqueta benignidad, le di a mi dama una palmadita en una mejilla y un beso en la otra, y sin pronunciar una sílaba (¡demonios; no podía!) la dejé asombrada por mi extraño comportamiento, y salí haciendo las piruetas de un pas de zephyr.

Imagínenme entonces a salvo en mi boudoir privado, un terrible ejemplo de las malas consecuencias de la irascibilidad: vivo, pero con todas las características de los muertos; muerto, pero con todas las inclinaciones de los vivos. Una verdadera anomalía sobre la faz de la tierra, totalmente calmado pero sin respiración.

¡Sí! Sin respiración. Hablo en serio al afirmar que carecía por completo de respiración. No hubiera podido mover ni una pluma con ella, aunque mi vida hubiera estado en juego, ni siquiera hubiera podido empañar la delicadeza de un espejo. ¡Cruel destino! Aun así hallé algo de consuelo a mi primer paroxismo de dolor. Descubrí, después de mucho probar, que mi capacidad de hablar que, a la vista de mi incapacidad para continuar la conversación con mi esposa, había creído desaparecida por completo, estaba sólo parcialmente disminuida, y descubrí que si en el transcurso de aquella interesante crisis hubiera intentado hablar con un tono singularmente profundo y gutural, podría haber seguido comunicándole mis sentimientos a ella; y que este tono de voz (el gutural) no depende, por lo que pude ver, de la corriente de aire provocada por la respiración, sino de ciertos movimientos espasmódicos de los músculos de la garganta.

Dejándome caer sobre una Silla estuve durante cierto tiempo sumido en la meditación. Mis reflexiones no eran, no cabe duda, precisamente consoladoras. Un millar de imágenes vagas y lacrimosas se apoderaron de mi alma, e incluso pasó por mi imaginación la idea del suicidio; pero es una característica de la perversidad de la naturaleza humana el rechazar lo obvio y lo inmediato a cambio de lo equívoco y lo lejano. Así, pues, me eché a temblar ante la idea de mi auto-asesinato, considerándola decididamente una atrocidad, mientras la gata runruneaba a todo meter sobre la alfombra, y el mismo perro de aguas jadeaba con gran asiduidad debajo de la mesa, atribuyéndole ambos un gran valor a la fuerza de sus pulmones, y haciéndolo todo con el evidente propósito de burlarse de mi incapacidad.

Oprimido por un tumultuoso alud de vagas esperanzas y miedos, oí por fin los pasos de mi esposa que descendía por la escalera. Estando ya seguro de su ausencia, volví con el corazón palpitante a la escena de mi desastre.

Cerrando cuidadosamente la puerta desde dentro, inicié una intensa búsqueda. Era posible, pensaba yo, que oculto en algún oscuro rincón o escondido en algún cajón o armario pudiera encontrar aquel objeto perdido que buscaba. Tal vez tuviera forma vaporosa, incluso era posible que fuera tangible. La mayor parte de los filósofos son muy poco filosóficos con respecto a muchos aspectos de la filosofía. No obstante, William Godwin dice en su "Mandeville” que “las únicas realidades son las cosas invisibles”, y esto, como estarán todos ustedes de acuerdo, era un caso típico. Me gustaría que el lector juicioso lo pensara bien antes de afirmar que tal aseveración contiene una injustificada cantidad de lo absurdo. Anaxágoras, como todos recordarán, mantenía que la nieve es negra, y desde entonces he tenido ocasión de comprobar que esto es cierto.

Durante largo tiempo continué investigando con gran ardor, pero la despreciable recompensa que obtuvo mi perseverancia no fue más que una dentadura postiza, dos pares de caderas, un ojo y cierto número de billets-doux que el señor Windenough había mandado a mi esposa. Tal vez sea oportuno señalar que esta confirmación de las inclinaciones que mi dama sentía por el señor W. me produjeron poco desasosiego. Que la señora Lackobreath admirara algo tan distinto de mí era un mal natural y necesario. Yo soy, como todo el mundo sabe, de aspecto robusto y corpulento, siendo, al mismo tiempo, de estatura un tanto baja. ¿A quién puede entonces extrañar que aquel conocido mío, delgado como una espingarda y de una estatura que ha llegado a convertirse en proverbial, encontrara gran estima a los ojos de la señora Lackobreath? Sin ser correspondido, no obstante.

Mi trabajo, como ya había dicho antes, resultó infructuoso. Armario tras armario, cajón tras cajón, rincón tras rincón, fueron examinados sin conseguir nada. No obstante, en una ocasión, me pareció haber encontrado lo que buscaba, habiendo roto accidentalmente, al hurgar en una cómoda, una botella de aceite de los Arcángeles de Grandjean, el cual, siendo como es un agradable perfume, me tomo aquí la libertad de recomendarles.

Con un gran peso en el corazón volví a mi Boudoir para buscar allí algún método para eludir la agudeza de mi esposa hasta que pudiera hacer los arreglos necesarios antes de abandonar el páis, porque a este respecto ya había tomado una decisión. En un clima extraño, siendo un desconocido, tal vez podría, con un cierto margen de seguridad, intentar ocultar mi desgraciada calamidad: una calamidad calculada, más aún incluso que la miseria, para privamos de los afectos de la multitud y para traer sobre el pobre desgraciado la muy merecida indignación de la gente feliz y virtuosa. Mis dudas duraron poco. Siendo por naturaleza un hombre de decisiones rápidas, me grabé en la memoria la tragedia completa de “Metamora”. Tuve la buena suerte de recordar que en la acentuación de este drama o, al menos, en la parte correspondiente al héroe, los tonos de voz que eran para mí inalcanzables, resultaban innecesarios, y que el tono que debía prevalecer monótonamente a todo lo largo de la obra era el gutural profundo.

Practiqué durante algún tiempo a la orilla de un pantano muy frecuentado. En este caso, no obstante, careciendo de toda referencia a que Demóstenes hubiera hecho algo similar, y más bien llevado por una idea particular y conscientemente mía. Cubiertas así mis defensas, decidí hacer creer a mi esposa que me había visto súbitamente asaltado por una gran pasión por el escenario. En esto mi éxito tuvo las proporciones de un milagro; y me encontré en libertad de replicar a todas sus preguntas o sugestiones con algún pasaje de la tragedia en mis tonos más sepulcrales y parecidos al croar de una rana, lo que, según pude observar, se podía aplicar a casi cualquier circunstancia con buenos resultados. No obstante, no se debe suponer que al recitar los dichos pasajes prescindía de mirar con los ojos entrecerrados, de enseñar los dientes, de mover mis rodillas, de arrastrar los pies o de hacer cualquiera de esas gracias innominables que ahora se consideran con justicia características de un actor popular. Desde luego hablaron de ponerme la camisa de fuerza, pero, ¡bendito sea Dios!, jamás sospecharon que me hubiera quedado sin respiración.

Finalmente, habiendo puesto en orden mis asuntos, me senté a muy temprana hora de la mañana en el correo que iba a..., dejando entrever, entre mis amistades, que asuntos de la mayor importancia requerían mi inmediata presencia en aquella ciudad.

El coche estaba absolutamente atestado, pero en la incierta penumbra no había forma de distinguir las facciones de mis compañeros de viaje. Sin oponer ninguna resistencia acepté el ser colocado entre dos caballeros de colosales proporciones; mientras que un tercero, una talla mayor, excusándose por la libertad que iba a tomarse, se arrojó sobre mi cuerpo a todo lo largo que era y, durmiéndose al instante, ahogó todas mis protestas en un ronquido que hubiera hecho enrojecer de vergüenza a los bramidos del toro de Phalaris. Afortunadamente, el estado de mis facultades respiratorias convertían la muerte por asfixia en un accidente totalmente fuera de la cuestión.

No obstante, al ir aumentando la luz al acercarnos a la ciudad, mi torturador se levantó, y ajustándose el cuello de la camisa, me dio las gracias muy amistosamente por mi amabilidad. Viendo que yo permanecía inmóvil (todos mis miembros estaban dislocados y mi cabeza vuelta hacia un lado), empezó a sentir cierta aprensión, y despertando al resto de los pasajeros les comunicó con tono muy decidido que en su opinión les habían metido durante la noche a un hombre muerto a cambio de un hombre vivo y responsable, que además era su compañero de viaje; al llegar aquí me dio un puñetazo en el ojo derecho, a modo de demostración de la veracidad de sus palabras.

A raíz de esto todos creyeron su deber tirarme de la oreja uno por uno (había nueve en total). Un joven médico, habiendo aplicado un espejo de bolsillo a mi boca, y al encontrarme carente de respiración, afirmó que lo que había dicho mi perseguidor era cierto; y todo el grupo expresó su determinación de no aguantar pacíficamente tales imposiciones en el futuro y de no dar un solo paso más de momento con un cadáver a cuestas.

En consecuencia, fui arrojado fuera bajo la señal del “Crow” (taberna por delante de la cual pasaba casualmente el coche en aquel momento), sin más contratiempos que la fractura de mis dos brazos, por encima de los cuales pasó la rueda trasera izquierda del vehículo. También debo hacer justicia al conductor y decir aquí que no se le olvidó tirar detrás de mí el mayor de mis baúles, que cayó desgraciadamente sobre mi cabeza y me fracturó el cráneo de una forma a la vez interesante y extraordinaria.

El dueño del “Crow”, que es un hombre hospitalario, al verificar que había en mi baúl más que suficiente para indemnizarle por cualquier molestia que pudiera tomarse, mandó buscar a un cirujano amigo suyo, y me puso en sus manos, junto con una factura y un recibo por diez dólares.

El comprador me llevó a sus habitaciones y empezó inmediatamente con las operaciones. Una vez que hubo cortado mis orejas, no obstante, descubrió señales de vida. Hizo sonar entonces la campana y mandó a buscar a un farmacéutico de la vecindad para consultarle. Por si sus sospechas con respecto a mi estado resultaban finalmente confirmadas, él, mientras tanto, realizó una incisión en mi estómago, guardándose varias vísceras para hacer la disección en privado.

El farmacéutico tenía la impresión de que yo estaba muerto de verdad. Yo intenté refutar esta idea pateando y agitándome con todas mis fuerzas, y haciendo todo tipo de furiosas contorsiones, ya que las operaciones del quirófano me habían devuelto en cierta medida a la posesión de mis facultades. No obstante, todos mis esfuerzos fueron atribuidos a los efectos de una nueva pila galvánica, con la cual el farmacéutico, que es un hombre realmente informado, realizó diversos experimentos curiosos, en los cuales, debido a la parte que yo jugaba en ellos, no pude evitar el sentirme profundamente interesado. No obstante, era para mí una fuente de gran mortificación el que, a pesar de haber hecho varios intentos por hablar, mis poderes en ese sentido estuvieran tan disminuidos que ni siquiera podía abrir la boca; mucho menos, por lo tanto, dar la réplica a algunas ingeniosas pero fantásticas teorías, a las cuales, en otras circunstancias, mi profundo conocimiento de la patología Hipocrática podría haber suministrado una rápida refutación.

Incapaz de llegar a ninguna conclusión, los dos hombres decidieron conservarme para ulteriores exámenes. Fui trasladado a una buhardilla, y una vez que la mujer del cirujano me hubo puesto calzoncillos y calcetines, y el propio cirujano me hubo atado las manos y la mandíbula con un pañuelo de bolsillo, cerraron la puerta desde fuera y se fueron a toda prisa a comer, dejándome solo y sumido en el silencio y la meditación.

Descubrí entonces, con gran satisfacción, que podría haber hablado de no haber tenido la mandíbula atada con el pañuelo. Consolándome con esta idea estaba recitando mentalmente algunos pasajes de la “Omnipresencia de la Deidad”, como tengo por costumbre hacer antes de entregarme al sueño, cuando dos gatos de temperamento veraz y vituperable que acababan de entrar por un agujero de la pared, saltaron haciendo una cabriola a la Catalani y, aterrizando cada uno a un lado de mi cara, se enzarzaron en una indecorosa discusión por la negligible posesión de mi nariz.

Pero, al igual que la pérdida de sus orejas, supuso el ascenso al trono de Cirus, el Magián o Mige-gush de Persia, y al igual que la pérdida de su nariz, dio a Zopyrus la posesión de Babilonia, así la pérdida de unas pocas onzas de mis facciones, resultaron ser la salvación de mi cuerpo. Excitado por el dolor y ardiente de indignación, rompí al primer intento mis ataduras y el vendaje. Mientras cruzaba el cuarto, dirigí una mirada de desprecio a los beligerantes, y abriendo la ventana, con gran horror y desilusión por su parte, me precipité por ella, con gran destreza.

El ladrón de correos W..., con quien yo tenía singular parecido, estaba en aquel momento en tránsito desde la cárcel de la ciudad al cadalso erigido para su ejecución en los suburbios. Su extrema debilidad y su perenne mala salud le habían supuesto el privilegio de ir sin esposas, y vestido con su traje de ahorcado, muy similar al mío; yacía cuan largo era en el fondo del carro del verdugo (que casualmente estaba bajo las ventanas del cirujano en el momento de mi caída), sin más guardia que el conductor, que iba dormido, y dos reclutas del sexto de infantería, que estaban borrachos: Quiso mi mala suerte que cayera de pie al interior del vehículo. W..., que era un individuo con grandes reflejos, vio su oportunidad. Saltando inmediatamente, salió del carro, y metiéndose por una callejuela, se perdió de vista en un abrir y cerrar de ojos. Los reclutas, despertados por la agitación, fueron incapaces de captar la transacción. Viendo, no obstante, a un hombre exactamente igual que el felón de pie en medio del carro ante sus ojos, llegaron a la conclusión de que el muy sinvergüenza (refiriéndose a W...) estaba intentando escapar (así fue como se expresaron), y después de comunicarse el uno al otro esta opinión, echaron un trago de aguardiente cada uno, y después me derribaron con las culatas dé sus mosquetes.

No tardamos mucho en llegar a nuestro destino. Por supuesto, no había nada que decir en mi defensa. Mi destino inevitable era ser colgado. Me resigné a ello por lo tanto, con una sensación medio estúpida, medio sarcástica. Siendo poco cínico, sentía aproximadamente lo mismo que sentiría un perro. El verdugo, no obstante, ajustó el lazo alrededor de mi cuello. La trampilla se abrió.

Me abstendré de describir mis sensaciones en la horca, aunque sin duda podría hablar al respecto, y es un tema sobre el que nadie ha sabido hablar con propiedad. De hecho, para escribir acerca de semejante tema, es necesario haber sido ahorcado. Los autores deberían limitarse a hablar de temas sobre los que han tenido experiencia. Así fue como Marco Antonio compuso un tratado acerca de cómo emborracharse.

Podía, no obstante, mencionar, aunque sólo sea de pasada, que no me sobrevino la muerte. Mi cuerpo estaba allí, pero no tema respiración que perder, aun colgado, y si no hubiera sido por el nudo que había bajo mi oreja izquierda (que, por la textura, parecía ser de procedencia militar), me atrevería a decir que do hubiera experimentado casi ninguna molestia. En cuanto al tirón que sufrió mi cuello con la caída, resultó simplemente un correctivo para la torcedura que me había producido el caballero gordo del coche.

No obstante, y con muy buenos motivos, hice todo lo que pude porque la multitud presenciara un espectáculo digno de las molestias que se habían tomado. Según dicen, mis convulsiones fueron extraordinarias. Mis espasmos hubieran sido difíciles de superar. El populacho pedía un encoré. Varios caballeros se desmayaron, y una gran multitud de damas tuvieron que ser llevadas a sus casas con ataques de histeria. Pinxit se aprovechó de la oportunidad para retocar, a partir de un bosquejo que hizo allí mismo, su admirable cuadro de el Marsyas siendo desollado vivo.

Cuando ya les hube procurado suficiente diversión, consideraron que sería lo más adecuado quitar mi cuerpo de la horca, tanto más cuanto que el verdadero reo había sido capturado y reconocido entre tanto, hecho que yo tuve la mala suerte de no conocer.

Por supuesto que todo el mundo manifestó gran simpatía por mí, y ya que nadie reclamó mí cuerpo, se ordenó que fuera enterrado en un panteón público.

Allí, después de un intervalo de tiempo adecuado, fui depositado. El sacristán se fue y me quedé solo. Una frase del “Descontento”, de Marston: “La muerte es un buen muchacho, y siempre tiene las puertas abiertas...” me pareció en aquel momento una abominable mentira.

No obstante, arranqué la tapa de mi ataúd y salí. Aquel lugar era tremendamente siniestro y húmedo, me empecé a sentir repleto de ennui. A modo de entretenimiento, anduve a ciegas entre los numerosos ataúdes, dispuestos en orden a mi alrededor. Los bajaba uno por uno, y abriéndolos, me dedicaba a especular acerca de las muestras de mortalidad que habitaba en su interior.

Esto monologaba yo, tropezando con un cadáver congestionado, hinchado y rotundo:

«Esto ha sido, sin duda, en el más amplio sentido de la palabra, un hombre infeliz, desafortunado. Ha sido su terrible suerte el no poder andar normalmente, sino anadear, pasar por la vida no como un ser humano, sino como un elefante; no como un hombre, sino como un rinoceronte.

»Sus intentos de moverse en la vida han sido abortados, sus movimientos circungiratorios, un palpable fracaso. Intentando dar un paso hacia adelante ha tenido la desgracia de dar dos a la derecha y tres a la izquierda. Sus estudios se limitan a la poesía de Crabbe. No puede haber tenido ni idea de lo maravilloso de una pirouette. Para él, un pos de papillon no ha sido más que un concepto en abstracto. Jamás ha llegado a la cumbre de una colina. Jamás ha podido divisar desde lo alto de un campanario la gloría de ninguna metrópolis. El calor ha sido su enemigo mortal. En los días de perros, sus días han sido los días de un perro. En ellos ha soñado con llamas y ahogos, con montanas y más montañas, con Pellón sobre Ossa. Siempre le faltaba la respiración, en una palabra, le faltaba la respiración. Le parecía extravagante tocar instrumentos de viento. Él fue el inventor de los abanicos semovientes, las velas de viento y los ventiladores. Patrocinó a Du Pont, el fabricante de fuelles, y murió miserablemente al intentar fumarse un cigarro. Su caso era uno por el que yo sentía gran interés, y con el que simpatizaba en gran medida.

«Pero aquí —dije yo—, aquí, arrastrando despreciativamente de su receptáculo una forma alta, delgada y de aspecto peculiar, cuya notable apariencia me hizo sentir una indeseada sensación de familiaridad, aquí hay un desgraciado que no tiene derecho a esperar ninguna conmiseración terrena».

Al decir esto, y para conseguir una más clara visión del individuo, le sujeté por la nariz con el pulgar y el índice, y haciéndole asumir sobre el suelo la posición de sentado, le mantuve así, con mi brazo extendido, mientras continuaba mi soliloquio.

“Que no tiene derecho —repetí— a esperar ninguna conmiseración terrena. En efecto, ¿a quién se le podría ocurrir tener compasión de una sombra? Lo que es más, ¿acaso no ha disfrutado él ya de una parte más que suficiente de los bienes de la mortalidad? Él fue el origen de los monumentos elevados, altas torres, pararrayos, álamos de Italia. Su tratado acerca de “Tonos y Sombras” le ha inmortalizado. Editó con distinguida habilidad la última edición de “”Al sur en el Bones”. Fue joven a la Universidad y estudió Ciencias Neumáticas. Después volvió a casa, hablaba incesantemente y tocaba la trompa. Favorecía el uso de la gaita. El capitán Barclay, que caminó contra el Tiempo, fue incapaz de caminar contra él. Windham y Allbreath eran sus escritores favoritos. Su artista favorito, Phiz. Murió gloriosamente mientras inhalaba gas, levique flatu conrupitur, como la fama pudicitiae en Hieronymus . Era indiscutiblemente un...

—¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve? —me interrumpió el objeto de mi animadversión, jadeando y arrancándose con un esfuerzo desesperado la venda que rodeaba sus mandíbulas—. ¿Cómo se atreve, Sr. Lackobreath a ser tan infernalmente cruel como para pellizcarme la nariz de esa manera? ¿Acaso no vio usted que me habían sujetado la mandíbula, y tiene usted que saber, si es que sabe algo, que tengo que disponer de una enorme cantidad de aire? No obstante, si es que no lo sabe, siéntese y lo verá. En mi situación, es realmente un gran descanso el poder abrir la boca, el poder explayarse, poder comunicar con una persona como usted, que no se considera obligado a interrumpir a cada momento el hilo del discurso de un caballero. Las interrupciones son muy molestas, y deberían sin duda ser abolidas, ¿no le parece?... No conteste, se lo ruego, conque hable una persona a la vez es suficiente. Cuando yo haya acabado, podrá empezar usted. ¿Cómo demonios, señor, ha llegado usted aquí? Ni una palabra, se lo ruego... por mi parte, yo llevo aquí algún tiempo. ¡un terrible accidente! ¿Habrá oído hablar de ello, supongo? ¡Catastrófica calamidad! Pasaba yo por debajo de sus ventanas, hace poco tiempo, en la época en la que tema usted la manía del teatro, y, ¡horrible ocurrencia! Habrá oído usted decir eso de coger aire, ¿eh? ¡Silencio hasta que yo se lo diga! ¡Pues yo cogí el aire de alguna otra persona! Siempre tuve demasiado del mío, y me encontré con Blab en la esquina de la calle y no me dio la oportunidad de decir ni una palabra, no conseguí meter una sílaba ni de costado, en consecuencia tuve un ataque de epilepsia... Blab se escapó... ¡malditos sean los idiotas!... me dieron por muerto y me metieron en este lugar... ¡todo muy bonito!... He oído todo lo que ha dicho acerca de mí... No había ni una sola palabra cierta en todo ello... ¡Horrible!... ¡Maravilloso!... ¡Repugnante!... ¡Odioso!... ¡Incomprensible!... etcétera, etcétera... etcétera... etcétera...
Resulta imposible concebir mi asombro ante un discurso tan inesperado, o el júbilo con el que gradualmente me fui convenciendo de que el aire tan afortunadamente cogido por aquel caballero (al que pronto identifiqué con mi vecino Windenough) era de hecho la expiración que se me había perdido a mí durante la conversación con mi esposa. El tiempo, el lugar y las circunstancias convertían aquello en algo más allá de toda posibilidad de discusión. No obstante, no solté inmediatamente la probóscide del Sr. W..., al menos no durante el largo período de tiempo durante el cual el inventor de los álamos italianos continuó favoreciéndome con sus explicaciones.

En este sentido, mis actos estaban dominados por esa prudencia habitual que ha sido siempre mi característica predominante. Reflexioné que podía haber aún muchas dificultades en el camino de mi preservación, que sólo grandes esfuerzos por mi parte podrían llevarme a superar. Muchas personas, consideré, son dadas a valorar las comodidades que tienen en sus manos, por poco valiosas que puedan resultar a su propietario, por muy molestas u onerosas que sean, en razón directa a las ventajas que puedan obtener los demás de su posesión, o ellos mismos de su abandona ¿No sería tal vez éste el caso del Sr. Windenough? Al manifestar mi interés por esa respiración que en aquel momento estaba deseando perder de vista, ¿no estaría acaso poniéndome a merced de los ataques de su avaricia? Hay muchos seres ruines en este mundo, recordé con un suspiro, que no tendrían escrúpulos en jugar con ventaja incluso contra el vecino de al lado, y (este comentario es de Epictetus) es precisamente en esos momentos en que los hombres están más deseosos de librarse de la carga de sus propias calamidades, en los que se sienten menos dispuestos a aliviar la carga de los demás.

Basándome en consideraciones similares a ésta, y manteniendo aún bien sujeta la nariz del Sr. W..., me pareció propio lanzar mi respuesta.

—¡Monstruo! —empecé con un tono de la más profunda indignación—. ¡Monstruo! E idiota con doble respiración... ¿os atrevéis acaso, digo, vos, a quien los cielos han castigado por vuestras iniquidades con una doble respiración... Osáis vos, insisto, dirigiros a mí con el tono familiar con el que os dirigiríais a un conocido?... “Miento” ¡El cielo me valga! Y “estese callado”. ¡Cómo no! ¡Bonita conversación, sin duda, para un caballero que disfruta de una sola respiración! Y todo esto, además, cuando yo tengo en mis manos la posibilidad de aliviar la calamidad que usted, con tanta justicia, sufre; de recortar lo superfino de su desgraciada respiración.

Al igual que Brutus, hice una pausa en espera de respuesta, con la cual, como si fuera un tomado, me abrumó inmediatamente el Sr. Windenough. Protesta tras protesta, y excusa tras excusa. No existía ningún término que no estuviera dispuesto a aceptar, y yo no dejé de sacar ventaja de ninguno de ellos.

Una vez resueltos los preliminares, aquel conocido mío me dio la respiración, por lo cual (después de examinarla cuidadosamente) le di un recibo.

Soy consciente de que para muchos yo seré culpable de hablar de una manera tan prosaica de una transacción tan impalpable. Posiblemente piensen que debería haber narrado con más detalle y minuciosidad un hecho por medio del cual, y esto es muy cierto, se podría arrojar mucha luz sobre una interesante rama de la filosofía física.

Lamento no poder responder a todo esto. Tan sólo me puedo permitir dar una pequeña pista a modo de respuesta. Dadas las circunstancias... aunque pensándolo mejor creo que será mucho más seguro decir lo menos posible acerca de un asunto tan delicado, tan delicadas, repito, que en aquel momento incluían los intereses de una tercera persona, en cuyo sulfuroso resentimiento no tengo, de momento, ninguna gana de incurrir.

No tardamos gran cosa, una vez hechos los arreglos precisos, en escaparnos de los sótanos del sepulcro. La fuerza conjunta de nuestras resucitadas voces se hizo rápidamente evidente. Scissors, el editor Whig, reeditó un tratado acerca de “La naturaleza y origen de los ruidos subterráneos”. En las columnas de una gaceta democrática apareció una respuesta, luego, una contrarréplica, una refutación y una justificación. Tan sólo, después de haber abierto el panteón para decidir cuál de los dos tenía razón, la aparición del Sr. Windenough y mía demostró a ambos que estaban totalmente equivocados.

Gothminister - Happiness in Darkness


Goth/Industrial Metal
Gothminister - Happiness in Darkness (2008)



01. Dusk Till Dawn
02. Darkside
03. Your Saviour
04. Freak
05. Sideshow
06. The Allmighty
07. Beauty After Midnight
08. Emperor
09. Mammoth
10. Thriller



Gothminister - Your Saviour
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Grandes Mujeres: María R. Neumann



Arqueología e Historia de la Ciencia: María Reiche Neumann
(1903-1998)

La mujer que barría el desierto
Rocio Ballon


Fue la matemática y arqueóloga que descifró las famosas Líneas de Nazca, el misterio de un tablero de dibujos de origen prehispánico trazados en la inmensidad del desierto peruano. Esa “mujer que barría el desierto” –como la llamaban los lugareños que la observaban trabajar entre el calor y la aridez de los pedregales– contribuyó con sus investigaciones a develar una porción invalorable de la cultura indoamericana.



*Institutriz se busca
María Reiche nació en Dresden, Alemania, un 15 de mayo de 1903. A los 25 años aprobó el examen superior de magisterio en Matemáticas, Física, Filosofía, Pedagogía y Geografía. Tras recibirse, sólo conseguía empleos temporarios hasta que el cónsul alemán en Cuzco, que buscaba una institutriz, la seleccionó entre más de 80 candidatas para educar a sus hijos.

Cuando llegó por primera vez a Perú, en febrero de 1932, Reiche quedó encantada con los paisajes andinos y la infinitud de misterios que parecían envolverlo todo con una cierta aura ancestral. A fines de 1937 decidió establecerse en Lima, donde puso un aviso en el periódico ofreciendo sus servicios como profesora de alemán.



Mientras preparaba sudarios en el Museo de Arqueología de Lima y traducía textos científicos, se ganaba la vida dando masajes, clases de alemán, de inglés y de gimnasia. Además ayudaba a una amiga inglesa, Amy Meredith, dueña de un importante salón de té limeño donde acudían importantes personalidades de la intelectualidad y sociedad peruana.

Precisamente, fue en ese cafetal donde conocería al doctor Paul Kosok, científico norteamericano que en 1939 había descubierto la existencia de unas líneas dibujadas en el desierto, utilizadas –según creía– por los antiguos astrónomos peruanos como un gigantesco calendario solar y lunar. Arqueólogo especialista en antiguos sistemas de riego, Kosok buscaba a alguien que pudiera traducir sus artículos del inglés al castellano y María, que había quedado maravillada con el enigma de esas líneas fantásticas inscriptas en los pedregales, aceptó el desafío y partió rumbo a Nazca.

*Leyendo entre lineas
Kosok le había pedido que examinara aquellas líneas rectas que aparecían como extrañas depresiones en el desierto, porque suponía que no se trataba de zanjas de riego como muchos inferían en un principio, sino que se estaba ante la presencia de un auténtico calendario astronómico. El 22 de junio, día del solsticio de verano, había observado que la línea sobre la que se encontraba en ese momento seguía exactamente al sol en el horizonte. En diciembre de 1941, Reiche verificaría esta teoría.

Su trabajo de investigación no continuó hasta el fin de la II Guerra Mundial, en 1946, ya que por su condición de alemana tenía terminantemente prohibido salir de la ciudad.

Durante los primeros días de junio de 1946 encontró entre las líneas el primer dibujo: una araña de ocho patas y proporciones agigantadas. Pero era difícil distinguirla porque durante siglos el viento había soplado sobre el altiplano y había dejado una capa fina de piedras pequeñas sobre la imagen.

Rápidamente fueron apareciendo las demás: un colibrí agitaba sus alas sobre la inmensidad del desierto peruano mientras un mono soberbio enroscaba con su cola el suelo rojizo para culminar la figura en una perfecta espiral. Así, manos de cuatro dedos se estrechaban misteriosamente en la soledad de las pampas inhabitadas apuntando al cielo, casi tocándolo.

Los dibujos se habrían producido en el período cultural de los Nasca, que se desarrolló entre 100 y 800 d.C. y habrían tenido un significado ritual. Su simbología estaría asociada al firmamento, ya que en la figura del mono se podía ver la constelación de la Osa Mayor. Por su parte, la figura de la araña simbolizaría la constelación de Orión, y el dibujo del perro la constelación del Can Mayor.

A Reiche le intrigaba saber cómo era técnicamente posible haber producido esos enormes dibujos con tanta perfección. Así aseguró que los creadores estaban provistos de un sistema de medición con el cual podían transferir al desierto las figuras de un modelo más pequeño. “Si los autores de los dibujos no pudieron volar, quiere decir que sólo pudieron imaginar el aspecto de sus obras y por ello han debido planearlas y dibujarlas de antemano en menor escala”, explicaba.

Y es que las figuras sólo pueden verse bien desde una altura de 450 metros. Sólo así puede apreciarse el gran tablero conformado por líneas rectas y angostas, todas de distintas longitudes y cruzadas por figuras geométricas donde se destacan nítidos los dibujos. Una particularidad de estas imágenes es que están formadas por una misma línea que parte de un punto, recorriendo el suelo y dibujando una figura estilizada que retorna al mismo punto de partida.

Los dibujos se encuentran en una región con uno de los suelos más estériles del mundo, de color amarronado, debajo de otra capa de color amarillento. El movimiento del aire disminuye a pocos centímetros del suelo debido a las piedras de la superficie, que hacen las veces de colchón de aire caliente que protege a los geoglifos de los fuertes vientos. Otro elemento que impide el cambio de la superficie es el yeso que contiene el suelo, que, al tomar contacto con el rocío, permite que las piedras queden ligeramente pegadas a su base, constituyendo un verdadero fenómeno de conservación.

Reiche estudió casi mil líneas mediante cinta métrica, sextante y brújula, y más tarde echó mano al teodolito, guiándose por su orientación astronómica. Cargada de instrumentos de medición y de una escalera de mano, en numerosas ocasiones recorrió a pie el desierto sin ningún tipo de provisión.

Kilómetros bajo el sol convirtieron su tez pálida en un rostro curtido y tan tostado como el de una mujer andina. Era “la mujer que barría el desierto” y con el paso de los años se fue transformando en una anciana, que aparecía con su cabello blanco y su piel oscura entre el polvo que se levantaba cuando soplaba el viento, allá, a lo lejos, agitando el mango de una escoba, recorriendo las pampas, imaginando figuras vistas desde el cielo.

Cuando se quedaba sin lugar en sus planos, escribía sus fórmulas en unos calzoncillos que siempre utilizaba debajo de la ropa. Para evitar los largos recorridos diarios, se mudó a una austera cabaña al borde del desierto, que no contaba con agua corriente ni toma eléctrica. Así, por más de cincuenta años, los días y las noches de esta científica fueron volcados a sus cálculos matemáticos, sus planos y anotaciones, su escoba para descifrar figuras de plantas y animales y sus caminatas interminables por el desierto.

*Todo sea por Nazca

La ferviente defensa y lucha de Reiche por la conservación del patrimonio cultural andino le valió el reconocimiento y la valoración del pueblo peruano. Recibió cinco veces el título de Doctor honoris causa. Y dijo una vez: “Todo el mundo debe tener iguales derechos. Yo quiero, con mi obra, ser un instrumento para eliminar las injusticias y para que los peruanos –que son gente de cualidades culturales, morales y físicas especiales– recuperen su propia estimación. Yo les digo: yo soy chola, porque me siento a veces más unida con los cholitos”.

En 1955 pudo evitar que construyeran un sistema de riego en el desierto. Quince años más tarde, en 1970, aprovechó el congreso de americanistas que tuvo lugar en Lima para llamar la atención sobre la protección de los jeroglíficos. Logró construir, al lado de la carretera Panamericana, una atalaya que permitía la observación de algunas figuras y líneas. Y así poder evitar que los turistas curiosos destruyeran los delicados dibujos. Finalmente, la Unesco declaró los geoglifos patrimonio de la humanidad, aunque su conservación hoy continúa amenazada.

Su trabajo más exitoso El secreto de la pampa, de 1968 (Geheimnis der Wüste) fue publicado en alemán, inglés y español. En 1993, a los 90 años, presa ya de la ceguera y la enfermedad de Parkinson que padecía, publicó las Contribuciones a la Geometría y la Astronomía en el Perú Antiguo, que recoge más de 50 años de artículos y manuscritos con sus investigaciones. Solía decir “¡Todo era por Nazca! Si cien vidas tuviera, las daría por Nazca. Y si mil sacrificios tuviera que hacer, los haría, si por Nazca fuera”.

Cumplió su palabra y murió en 1998, en el desierto que tanto amaba; aunque muchos de los lugareños insistan en afirmar que la siguen viendo en ocasiones, cuando el viento sopla hacia el sur, el polvo vuela presuroso y una línea se descubre. Agitando su escoba –aseguran–, probablemente echando a piedrazos a algún turista imprudente y, a la llegada de la noche, convertida en una estrella que observa desde el cielo, acaso se la pueda encontrar allí, reflejada en algún mono de cola enroscada, en un colibrí de plumas prominentes o en una línea sempiterna.

fuente

VNV Nation - Scorched Earth (The Remixes)



VNV Nation - Scorched Earth (The Remixes)



CD 1
Anthem (V 2.0) - 2:05
Beloved (Grey Down Version by ... - 7:33
Darkangel (Azrael) - 7:59
Genesis (Icon of Coil Version) - 7:45
Structure (Remix) - 4:28
Epicenter (Disapointed Mix) - 12:08
Beloved (Tim Schuldt feat. D-F... - 5:27
Carbon (Studio) - 6:14
Cold (Rated Remix by Mig 29) - 5:25
Darkangel (Gabriel) - 4:58
Genesis.O (C92 Mix) - 6:29


CD 2
Afterfire (Remix) - 5:41
Genesis (Ivory Frequency Version) - 8:06
Beloved (Hiver and Hammer U.K.... - 8:09
Schweigeminute II - 4:13
Darkangel (Apocalyptic Mix by ... - 4:13
Welfunk - 4:43
Fearless (Foreward Mix) - 6:36
Epicenter (Feed Minimix) - 6:27
Darkangel (DJ Strange falling ... - 8:22
Genesis (Apoptygma Berzerk Remix) - 6:39
Forsaken (Instrumental) - 4:47
Cold (v 2.0) - 4:34


CD 3
Machine (Theatre of Tragedy Re... - 6:23
Genesis (Single Version) - 5:48
So what (Architect Remix) - 3:36
Existence (VNV Nation Remix) - 5:13
Beloved (Short Version) - 3:53
Legion (Too Close Mix) - 3:16
Genesis (DJ Antonio Fernandez ... - 6:42
Tempest (Cynyc Shorebreak Remix) - 6:54
Holding on (Demo Version) - 4:18
Beloved (Remix by Ernst Horn o... - 5:23
Honour (Memorial Mix) - 5:58





VNV NATION - EPICENTRE
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Premio Al Esfuerzo Personal!!

Mi querido amigo Bastian del blog Morharadrin, me ha hecho el honor de darme este Premio al Esfuerzo Personal y además bellas palabras que me emocionaron.



Muchas Gracias, Bastian!!!

El día de las mariposas...


El día de las mariposas...



Un hombre viola a una mujer, eso es violencia. Una mujer gana menos que un hombre en el mismo puesto de trabajo, eso es violencia. Un adolescente maltrata a su novia, eso es violencia...


Un hombre viola a una mujer, eso es violencia. Una mujer gana menos que un hombre en el mismo puesto de trabajo, eso es violencia. Un adolescente maltrata a su novia, eso es violencia. Un grupo de amigos le grita cosas a una mujer solo para demostrar su “hombría”, eso es violencia. Un marido obliga a su mujer a prostituirse, eso es violencia. Un hombre cree que “su” mujer es “su” objeto, eso es violencia. Y todo eso es responsabilidad nuestra. De todos y todas.

Cada 25 de noviembre se celebra en todo el mundo el “Día de la no violencia contra la mujer”. Esa fecha conmemora el asesinato de las tres hermanas Mirabal, el 25 de noviembre de 1960, militantes opositoras a la dictadura que ejerció, por más de 30 años, Leónidas Trujillo en la República Dominicana.



Según la “Declaración sobre la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer”, emitida el 20 de diciembre de 1993, “se entiende por violencia contra la mujer a todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”.

Una travesti golpeada por un policía; un marido o hijo que esperan, naturalmente, que su esposa o madre les prepare la comida; un hombre o, por qué no, una mujer que llama “puta” a una chica por ejercer libremente su sexualidad, son hechos que se repiten diariamente y poco se cuestionan. A pesar de que se condena a un violador casi unánimemente, a diario se reproducen este tipo de situaciones de violencia que pasan desapercibidas, que son capilares y que van construyendo y legitimando actitudes violentas. Por consiguiente, aunque sea un punto central, la violencia contra la mujer no terminará con las violaciones, si no el día que entre todos y todas construyamos relaciones de igualdad y respeto entre (todos) los géneros.

El artículo 2° de la declaración mencionada anteriormente plantea qué es violencia sobre la mujer: la violencia física, sexual y psicológica que se produzca en la familia, incluidos los malos tratos, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital femenina, la violencia relacionada con la explotación; la violencia física, sexual y psicológica perpetrada dentro de la comunidad en general, inclusive la violación, el abuso sexual, el acoso y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones educacionales, la trata de mujeres y la prostitución forzada y la violencia física, sexual y psicológica ejecutada o tolerada por el Estado.

Violencia sexual, cifras que alarman.

En el caso puntual de la violencia sexual hay una necesidad de entenderla no sólo como un ataque, sino a la integridad del ser humano. Debe pensárselo como un problema personal pero también eminentemente social, ya que atenta contra la libertad de la persona. “Además, fortalece el estereotipo y desequilibrio cultural del "hombre" productor (dominante) y de la mujer "reproductora" (sumisa), reduciendo a la mujer a objeto sexual y negándole el derecho de actuar en espacios considerados masculinos y, al mismo tiempo, absolviendo a los hombres de una mayor responsabilidad en el ámbito de la reproducción”, plantea María José Lubertino en un artículo publicado en el Instituto Social y político de la mujer (“Si molesta es acoso”, 26/03/02.

En la Argentina, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1 de cada 5 niños o niñas es abusado por un familiar de confianza antes de los 5 años. De esa cifra el 87% de los casos son niñas y el 5,6 % de las adolescentes se iniciaron sexualmente por la fuerza.

“El acoso sexual viola derechos sexuales básicos como el derecho a la libertad sexual (la posibilidad de los individuos de expresar su potencial sexual, libres de coerción, explotación o abuso en cualquier tiempo y situaciones de la vida) y el derecho a la autonomía sexual, integridad sexual y seguridad del cuerpo sexual, lo que incluye el control y el placer de nuestros cuerpos libres de violencia de cualquier tipo”, agrega, en el mismo artículo, María José Lubertino.

Pero también es parte del acoso sexual la violencia que muchas veces el imaginario social vuelca sobre la mujer violada. Frases como “un poco de culpa la mujer también tiene” o “¿para qué sale vestida así, quiere que la violen?” son frecuentemente escuchadas y reproducen una lógica que, en muchos casos, parecería justificar un acoso.

Por otro lado, la violencia contra la mujer es doble cuando es pobre. Un aborto en una cocina es un acto de violencia de toda la sociedad contra una mujer. El problema no es si un niño o no niño vive o muere (los abortos se siguen haciendo igual sin importar esa discusión) sino que siempre las que se mueren son mujeres pobres. Las excluidas son doblemente excluidas, por pobres y por mujeres.

Actualmente, también sobre cifras de la OMS, en la Argentina se estima que se realizan más de 500.000 abortos al año frente a unos 700.000 nacimientos. El aborto es la primer causa de mortalidad materna. Una de cada tres muertes es producto de abortos mal practicados, mientras que los abortos realizados en condiciones adecuadas casi no conllevan riesgo para la paciente.

El caso de Romina Tejerina da cuenta de esta situación. Romina fue violada y quedó embarazada. Durante siete meses ocultó su embarazo e intento abortar con métodos caseros. Luego, parió sola en el baño de su casa y presa de stress post-traumático hirió mortalmente a la recién nacida. Hoy, Romina se encuentra detenida en el penal de mujeres de Jujuy. Actualmente, son muchas las mujeres que deciden abortar, sin embargo el derecho a ejercerlo es de aquellas que cuentan con los recursos económicos para que su vida no corra riesgos. La violencia sexual es también violencia económica y mientras no se garantice el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, seguirán habiendo abortos. La posibilidad de sobrevivir a los abortos clandestinos será garantizada únicamente por el dinero y no por quién debe hacerlo: el Estado.

¿Por qué el 25?, ¿por qué muchos 25?

En el Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, que se llevó a cabo en Bogotá en 1981, se acordó esta fecha como forma de rendir homenaje a tres hermanas Dominicanas: Minerva, Patria y María Teresa Mirabal.

Conocidas y representadas como “las Mariposas”, nombre secreto de Minerva en sus actividades políticas clandestinas en contra de la tiranía de Trujillo, se convirtieron en un símbolo de la resistencia popular y feminista. El 25 de noviembre de 1960 Minerva y María Teresa fueron a visitar a sus esposos a la cárcel, en compañía de su hermana Patria. Miembros de la policía secreta de Trujillo las interceptaron en un lugar solitario del camino. Cubiertas de sangre, destrozadas a golpes, estranguladas, fueron puestas nuevamente en el vehículo en el que viajaban y arrojadas a un precipicio, con la finalidad de simular un accidente. La noticia de estos asesinatos conmovió y escandalizó a la nación dominicana e impulsaron el movimiento anti-trujillo. Finalmente éste fue asesinado en 1961 y su régimen cayó poco después.

Las mariposas representan la lucha de cada una de las mujeres, de todos y todas los que luchan, sean gays, lesbianas, transgénero, travestis o transexuales. Son también cada una de las violadas, presas o desaparecidas en la Argentina. Son y fueron nuestras compañeras y en ellas está nuestro deseo de construir una sociedad con diversidad de iguales, sin violaciones pero también sin maridos que manden a lavar los platos a sus esposas. Son todas mariposas, son nuestras mariposas.

(Para más información sobre la historia de las Hermanas Mirabal se puede leer el libro de Julia Álvarez, En el tiempo de las mariposas, Atlántida, 1994) Este 25-11 y siempre soy otra vos...

ILL DA QUESH

(Las mayas dicen soy otra tú)

Soy...

María Soledad, violada y muerta en Catamarca...

Teresa Rodríguez, muerta en un piquete...

Romina Tejerina, presa y recluida en Jujuy...

Claudia Sosa, presa en Mendoza...

Soy...

violada por Hoyos en Salta,

Leyla y Patricia violadas y asesinadas en Santiago del Estero,

Soy...

las chicas asesinadas en Mar del Plata, (hace años)...

la trabajadora violada en el ANSES...

las niñas violadas en el Congreso...

Johana secuestrada y agredida en un hospital...

Soy...

Marita, Vanesa, Lidia, y tantas secuestradas para el tráfico de mujeres y la prostitución en La Rioja, Tucumán, Córdoba, Río Gallegos...

abusada por los curas en todo el país...

una originaria en el Norte, con un nombre inventado y _ prisionera para votar...

una originaria desterrada de su lugar,

Soy....

una desnutrida muerta en los hospitales

Soy...

una hambrienta en un piquete mundial

una negra en el mundo

una africana sin clítoris,

una musulmana, que pueden lapidar

una moribunda en coma cuatro por un aborto séptico _ (custodiada por la policía)...

una mujer estéril y presa por un aborto séptico

una muerta por aborto séptico

una abusada y golpeada por mi compañero, padre, tío, padrastro, extraño etc.

Soy una muerta por los mismos,

soy insultada y descalificada por mi/s compañer@s

soy una desaparecida de la dictadura y de las democracias ...

Soy MUJER, TRAVESTI, TRANSGENERO, TRANSEXUAL, LESBIANA, INTERSEX, NEGRA, MUSULMANA, AMERICANA, EUROPEA, POBRE, OPRIMIDA...

Soy mujeres violentadas, golpeadas, violadas, presas, insultadas, asesinadas, discriminadas, torturadas, desaparecidas, traficadas, cercenadas, prostituidas... muertas

Lo padezco en el cuerpo, es una enfermedad,

el remedio que no calma mi dolor,

pero que me ayuda a seguir adelante es...

revelarme día a día, rebelarme momento a momento,

Ser millones de mujeres que se rebelan frente a la opresión

Ser millones de mujeres que queremos cambiar las _ relaciones sociales y desterrar la principal... el PODER

Dicen las Mayas ill da quesh, soy otra tú,

soy otra vos, y otra voz, miles de voces...



fuente



Latidos


Latidos

A dos voces
Escucho la mentira
Escucho la verdad
Siento la brisa hacerlo trizas

No es el bien, no es el mal
Es la oscuridad del mar
El silencio brutal
De tu mirada sensual

El perfume hipnótico
Que te arrastra
Las palabras falsas
Que te engañan

A dos voces
Escucho gritos
Son los latidos
En su último estallido

La sangre impulsa
El martirio
Tus besos
El suicidio


Gonzalo Morte Ruiz
imágen: Eduardo Naranjo


Arde, Bruja, Arde - Abraham Merritt



Arde, Bruja, Arde
Abraham Merritt




Narrada con mucha agilidad, la novela se sirve del esoterismo, la fantasía y el género detectivesco para presentarnos una emocionante historia en la que una malvada bruja (de ahí el titulo) se vale de sus malas artes para hacer pequeños muñecos de sus víctimas, pudiendo así controlarlos a voluntad. Es también la historia de un insigne médico que empieza realizando una investigación estrictamente científica, pero que termina zambulléndose de lleno en el mundo de la fantasía y el ocultismo, y es también la historia de unos gangsters que deben hacer frente a su profunda superstición para convertirse, paradójicamente, en los representantes de las fuerzas del Bien. Y es que además de la trama, Merritt se muestra especialmente acertado en la construcción de los personajes, llegando incluso alguno de ellos a ser verdaderamente deliciosos, como los gangsters Ricori y McCann, y en el desarrollo de los acontecimientos, con algunos momentos francamente geniales, como la disección de uno de los pequeños muñecos o la incursión de castigo que hacen varios de estos seres en la casa de uno de los protagonistas.
reseña de bibliopolis.org




 
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