El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




La Tierra de Los Muertos








La Tierra De Los Muertos

Hugo Aqueveque


Estar solo siempre fue una opción para mí, fui y soy un solitario, me acostumbré mejor que cualquier otro, si es que hay alguien más. Llevo diecisiete años en la más completa soledad, diecisiete años conversando con mi consciencia, comiendo y durmiendo conmigo mismo, y me gusta. Tuve la suerte que no tuvieron los demás de ser un individuo aislado, muchos otros debieron ocupar sus fuerzas y tiempo en proteger a sus familias y amigos, y en eso se les fue la vida, yo sólo velé por mí mismo y pude salvarme.

Escapé a cientos de kilómetros de la civilización, y lo meritorio es que lo hice a pie y con lo puesto. Mi residencia está internada en el desierto más árido del mundo ¿quién se atrevería a buscarme aquí? Construí mi pequeña guarida aprovechando los desechos de dos casetas de madera abandonadas por la guardia militar fronteriza. En ella me protejo de los cuarenta grados de calor del día y del frío congelante de las noches. Es un cuadrado de tres por tres metros, donde instalé una pequeña despensa y una cama desplegable que habilito sólo cuando descanso. Tengo además una silla, una especie de mesita, algunos libros que he leído treinta veces, un revólver que jamás he usado y, lo más importante, lápices y mucho papel porque la mayor parte del día la paso escribiendo. No necesito nada más.

Mi jornada comienza muy temprano, con la luz del sol, y termina cuando éste se esconde tras el horizonte. Me alimento de carne de lagartos que seco al sol sobre mi casa. Cada mañana después de comer y descansar un rato, debo procurarme alimento para los siguientes días. Los lagartos caen en mis trampas de día y de noche, y no debo alejarme demasiado para colocar las cajas-jaulas. Retiro unos nueve o diez lagartos cada día, a veces más. Es una dieta atrozmente monótona, pero ya estoy acostumbrado y me provee de las vitaminas necesarias para subsistir.

El resto del día lo dedico a escribir y leer en la frescura de mi hogar, y cuando cae la noche, preparo los recipientes para atrapar agua de la niebla y del rocío nocturno, que cada mañana retiro y guardo en dos bidones que cuido como tesoro. También obtengo agua de la lluvia, que cae de vez en cuando… cosa extraña, durante diez años no cayó una sola gota de agua, ahora llueve por lo menos una vez al mes.

Vivo como un monje del siglo XV, pero para mí es como vivir en el paraíso. Sólo mi reloj me conecta con esta época. Aquí saber la hora es completamente irrelevante, pero sin ese aparato no sabría qué edad tengo ni cuánto tiempo llevo en este lugar.

Cada mes me aventuro en una travesía a pie que dura tres días hacia una usina salitrera abandonada quizá hace un siglo. Allí consigo la madera y las herramientas necesarias para subsistir, incluso libros y algunas mantas y ropas tejidas hace más de cien años. Y en el camino también me proveo de sal natural. Para todo eso me construí un trineo que acarreo por la arena tirándolo de un cordel atado a mi cintura. En ese pueblo hay calles, una plaza con árboles muertos (tres empiezan a dar brotes) y casas habitables inmensamente más grandes y acogedoras que la que construí. Todo podría ser mío, pero vivir ahí no sería seguro.

Estos son mis días, los de un ermitaño, y así fui un ser completamente feliz hasta esta noche. He llegado a casa después de tres extenuantes jornadas de viaje; la luna hace de la noche día, lo alumbra absolutamente todo con su plata reluciente, y allí los descubrí. Bajo las estrellas, que flotan en el cielo como arena en el mar, se ve mi pequeño hogar, una diminuta silueta cuadrada y oscura perdida en un mar de formas luminosas, y a su alrededor dos tenebrosas figuras en movimiento. De ellos huí hace diecisiete años, de esa nueva raza endemoniada que todo lo destruye, una casta de seres horribles y violentos; voraces bestias antropófagas.

Esos dos, como cientos de millones de otros, son producto de una guerra estúpida y mortal: un nuevo virus experimental convirtió a personas normales en seres primitivos y violentos, sin ninguna inteligencia, sólo instinto; verdaderos animales salvajes y predadores con una gula insaciable. La bacteria, altamente contagiosa, como una epidemia de gripe se propagó por el mundo entero, fue una reacción en cadena, y en un año no había lugar seguro. Los enfermos crecían en progresión aritméticamente, cada día, consumiendo todos los alimentos disponibles en todos los rincones del planeta, después matando a animales y aves domésticas, y cuando se hubo acabado la comida devoraban vivos a las personas sanas y hasta se comían entre sí, en orgías de sangre ni siquiera concebidas en el mismo infierno. Y lo más irónico es que la guerra continuó como si nada hubiera sucedido, espantosa y total, y la radiación de las miles de detonaciones nucleares, como ese infausto virus, infectó todos los mares y lagos, todo el aire y la tierra, y se expandió por la superficie del mundo, aniquilando hasta al último ser viviente que se encontraba a su paso, a excepción de esas siniestras criaturas que pudieron sobrevivir por su metabolismo alterado.

Dudo que hayan sobrevivientes como yo, no obstante tenía la secreta esperanza de que después de tanto tiempo ya no existieran esos monstruos, que se hubieran matado entre sí y que el resto hubiera muerto de hambre y de sed. He vivido dos décadas con el miedo a encontrarme con alguno de ellos. Mi vida no ha sido tranquila, durante muchos años no pude dormir por las noches imaginándome que en cualquier momento echaban abajo mi puerta y se arrojaban sobre mi cama, es la razón por la que huí tan lejos. Yo los vi matando, los vi comiendo, y por eso sufrí de sueños espeluznantes. Había logrado con mucho esfuerzo superar ese terror, pero el temido día de mis antiguas pesadillas se ha hecho realidad.

Después de una hora de observación, tirado en la arena a unos treinta metros de ellos, estoy seguro que son de esos animales, cualquier hombre medianamente inteligente ya hubiera descubierto la pitilla oculta con la que se abre la puerta desde afuera. Estoy muy cansado, pero debo enfrentarlos, no tengo otra salida, si me duermo esos animales me encontrarán. Mi revólver no lo tengo conmigo, así como fueron esas cosas inoportunas en llegar, fui inoportuno yo olvidando el arma dentro de la casa. Sólo tengo un delgado fierro para defenderme, y creo que si los tomo de sorpresa con un buen golpe podría eliminar a uno al instante, y así sólo enfrentar al otro… Pero tiene que ser ahora.

Después de controlar relativamente el tintineo de mis dientes y el temblor en mis rodillas, me arrastro como una serpiente por la fría arena, muy despacio, con cuidado rodeándolos buscando sus espaldas. Ahora más cerca puedo ver que los desgraciados rasguñan la madera como perros hambrientos, se gritan con sonidos guturales, se empujan y golpean. No logro ver sus caras, pero es preferible así. Sus escasas vestimentas son sucias, con manchas oscuras por todas partes —de sangre con seguridad—, ropas demasiado rasgadas y delgadas, están prácticamente desnudos, y hace mucho frío, pero si resistieron la radiación el frío debe ser una nimiedad para sus cuerpos.

Estoy lo bastante cerca y la luz de la luna es muy clara, si alguno diera la vuelta me descubriría al instante. El miedo tiende a paralizarme, pero el instinto de supervivencia es más fuerte. Después de veinte años de lucha no me puedo dejar vencer tan fácilmente, no me lo merezco. Los miro y elijo a quien atacar primero, hay uno más alto y fuerte.

Me sigo acercando, y en cualquier momento me descubren, los nervios no me sueltan, las piernas las siento flotar detrás de mí, y sin poderme contener me orino encima, lenta y cálidamente, es relajante y necesario. Preciso acercarme más aún, me falta poco, y no sé si quiero llegar a eso, los bramidos que dan son tenebrosamente roncos y me erizan los pelos de la piel, pero estoy en un punto sin retorno, ya no hay vuelta atrás. En mi vida sólo he matado lagartos, desconozco si tendré la decisión para golpear hasta asesinar a algo parecido a un hombre.

Ha llegado el momento, me levanto con sigilo y lentitud a sus espaldas, y ya erguido camino despacio, sin hacer ruido, con el corazón en la garganta y la vara de metal en alto. Voy hacia el grande, puedo ver el rabillo de su ojo turbio cuando mira a la otra bestia, no me ve de soslayo, no capta mi casi imperceptible movimiento, el hedor que expele es repugnante, así como el color y la textura de su piel quemada y llena de erupciones amarillentas.

A dos metros salto al ataque, sin atreverme a gritar, y le doy por detrás, en la cabeza, con un golpe tremendo que me queda vibrando en las manos, como también su sordo eco queda resonando en la noche solitaria y alucinante. El animal se va de bruces dando un lastimero alarido. De inmediato levanto mi arma y le pego en la cara al otro tirándolo de espaldas al suelo, creo que el criminal impacto le quebró la quijada como si ésta fuera de porcelana. Alternativamente los golpeo con el fierro en la cabeza, con toda la fuerza que puedo tener, con desesperación, las bestias gritan y se cubren con las manos, pero ni siquiera logro la inconsciencia en ellos.

La sangre salta por doquier, calculo que ya les he fracturado el cráneo y los brazos en varias partes, pero no mueren, se aferran a la vida de una manera sobrenatural que me sobrecoge los sentidos, sus gritos me provocan asco y un intenso horror. Recuerdo el revólver, y sin dudarlo dejo a los repugnantes seres tirados para salir raudo en su búsqueda.

En la negrura de mi hogar no lo encuentro, el nerviosismo traiciona mis movimientos, pierdo la noción del tiempo, no sé cuánto ha transcurrido, sólo siento que es demasiado, segundos interminables que me desesperan, el terror es insoportable y una urticaria del demonio invade todo mi cuerpo. Las lágrimas no dejan de correr por mis mejillas nublando lo poco que puedo ver en esa tenebrosa oscuridad. Me hallo en el infierno, sintiendo a uno de esos demonios que en cualquier momento muerde mi hombro, no me atrevo a voltear, baso todas mis esperanzas en ese malnacido revólver.

Lo descubro con mi tacto, el frío metal que me cuesta un mundo establecer su forma para tomarlo en el momento preciso en que siento pasos a mis espaldas. Me vuelvo de reflejo y como por inercia apunto a la redondeada sombra bajo la puerta que cubre la gran luz de la luna llena. Disparo dos veces y un tibio líquido me llega a la cara, haciéndome probar en la boca una sustancia blanda que me provoca un vómito instantáneo. Descargo todo lo que puedo botar de mi estómago, incluso el aire polvoriento de los pulmones, y los sonidos de mi garganta se hacen tan infrahumanos como los de las bestias. El mutante cae fulminado, siento a ojos cerrados el seco golpe en el piso de madera.

Un impulso incontenible me hace salir corriendo de ahí, tropiezo con el bulto en el umbral de la puerta y caigo de bruces sobre el otro ser que agoniza. Aún con el arma en la mano me levanto maldiciendo a gritos y disparo en su cuerpo todas las balas que me restan.

Los estruendos de las detonaciones quedan repercutiendo en la estrellada bóveda celeste, resonancias interminables que temo atraigan más bestias a este lugar. Y las arcadas me dominan de nuevo, pero nada vomito por mucho que la sensación de asco me convulsiona los músculos del estómago y la garganta. Caigo de rodillas, todavía con los espasmos en mi interior, provocándome una presión asfixiante en el pecho, vomito sólo saliva, pero me da la sensación que la sangre del cerebro se me va por la boca. A gatas huyo del lugar, desesperado y aterrorizado como nunca antes en mi vida, pero sólo son unos metros, me siento exhausto casi de inmediato, tiembla todo mi cuerpo, y tengo la necesidad imperiosa de descansar, y aunque no quiero volver a mi casa sé que no puedo dormir afuera por el temor a la existencia de más bestias en las cercanías.

Al rato, todavía asqueado, pero más sereno y resignado, me acerco al lugar de los lamentables hechos, trato de actuar de la manera más rápida posible. Tengo que deshacerme de los cadáveres y asegurarme de que están muertos. Comienzo con el del exterior, jadeante lo arrastro de los pies varias decenas de metros. Con una pala cavo un profundo hoyo en la arena, y con la misma herramienta, antes de arrojarlo dentro, le parto el cráneo hasta la altura de los ojos al espeluznante ser. Con el segundo cuerpo, el que está en la casa, no es necesario "asegurarlo", al pobre desgraciado le volé casi una cuarta parte de la cabeza con los dos precisos tiros que le di a quemarropa. Calculo que aunque estuvieran vivos sería imposible que pudieran liberarse de la pesada tumba de arena.

Al regresar a mi casa enciendo la lámpara a gas que reservo para grandes ocasiones, sospechaba el estado en que estaba el interior, pero lo que descubrí sobrepasaba cualquier expectativa; la habitación estaba completamente recubierta de sangre, de trozos de sesos y vómito, un espectáculo inconcebible, repugnante, que me quitó el sueño en un tris. Un olor a vísceras lo impregnaba todo, no había lugar libre de los despojos orgánicos de la bestia que asesiné, la cama, la silla, la comida, las paredes, el piso, todo tenía trozos o manchas de esa abominación, también mi cuerpo y mis ropas.

Resignado a la inmundicia busqué un rincón y lo limpié como pude, no sin antes volver a cargar el arma, y me senté en el piso a dormir con el acero entre mis manos. Lo hice a ratos, las pesadillas y el fuerte viento que comenzaba a reinar afuera me despertaban cada pocos minutos, y el amanecer no llegaba. Necesitaba el sol para buscar su calor y recostarme en la arena bajo su luz reparadora y así recomenzar mi vida, pero el amanecer no llegaba nunca, esa noche fue interminable, y para mí jamás terminó.

Desperté por un ruido en la puerta, eran rasguños, como los que hacen los gatos o los perros cuando quieren entrar a sus hogares, no era un sueño, tampoco el fuerte viento, esto era real. El ruido lo sentí como una campanada de muerte, con hedor a tierra húmeda, de sepultura. Estaba solo, solo en el mundo y un ser de las tinieblas golpeaba mi puerta. Por segunda vez en la misma noche me oriné encima, sentado en el piso, sin control, como un niño aterrorizado. El ruido persistía sin cesar, y cada tañido lo sentía con una clavada gélida en el corazón, que a esas alturas me latía como una máquina descontrolada. No podía, no había forma, estaba aterrado, con una fobia espantosa a esas criaturas. Me vi incapacitado de enfrentarlos nuevamente, sin siquiera el coraje necesario para ponerme de pie y prender la lámpara. No podía abrir la puerta, así como no podía dejar de llorar no podía abrir esa maldita puerta y enfrentar mi pesadilla de nuevo. Las piernas no me dejaban de tiritar, todo mi cuerpo era un temblor enfermo, y el sudor que corría por mi piel me hacía sentir tan sucio como esos engendros del infierno. Me sentí huérfano en el mundo en esa absoluta oscuridad, con una soledad abrumadora, quemante, que me aplastaba. No podía luchar otra vez solo… simplemente no había forma de hacerlo.

El arma en mi mano como una luz se hizo sentir entre mis dedos, con otra utilidad, con otro propósito, como si un conocimiento repentino me hubiera hecho saber algo que jamás me hubiera imaginado. Sí, ese revólver era mi salvación, mi liberación. Y no lo pensé como una posibilidad, sencillamente era un hecho. Y no miento, fui feliz en esos instantes, fui feliz porque no tendría que enfrentar nada, porque en una milésima de segundo se acabaría todo, en una pequeñísima fracción de tiempo, como despertando de un mal sueño, se terminaría mi pesadilla para siempre.

Levanté el revólver, sin miedo y sin vacilar, e introduje el helado cañón en mi boca. El sabor de la pólvora quemada me supo como un antídoto al sabor de la sangre que me había hecho probar esa infernal criatura. Era cuestión de apretar el gatillo y todo se acabaría. Era un hecho…

*******

Un enorme vehículo se aproximaba por el desierto, navegando como un barco a la deriva en una feroz tormenta de arena. La comparación no era arbitraria teniendo en cuenta que sus dimensiones lo asemejaban mucho a una embarcación; tan largo y alto como ningún transporte terrestre. Un símbolo bélico impreso en cada una de las dieciséis inmensas llantas dejaba entrever que se trataba de un vehículo militar.

La máquina constaba de dos partes; una cabina y un gran espacio posterior para almacenaje y dormitorio. En la cabina viajaban cinco tripulantes, dos sentados a los mandos y los restantes controlando otros instrumentos de medición. Y uno de estos últimos exclamó excitado.

—¡Comandante!, detecto una señal de vida adelante, a unos dos kilómetros en línea recta.

El comandante, hombre sexagenario y de mirada triste, replicó.

—¿Puedes determinar de qué se trata?

El suboficial contestó diligente:—Imposible, el radar está deshecho con la tormenta, apenas intermitentemente alcanzo a ver la señal. Podría tratarse de una de esas criaturas, pero también podría ser un animal mediano o un niño, aunque como usted sabe, no hemos visto un solo animal en dos años y menos a una persona, pero no puedo descartarlos porque además le tengo que informar que hay una construcción pequeña…, una casa o un bunker encajan.

—Ésa es noticia, Hakamoto —dijo el comandante, y tomando unos binoculares para otear el horizonte agregó—. Imposible, la tormenta de arena no deja ver nada. Kevorkian, acércate mil quinientos metros más y detente. —Y dirigiéndose a los otros tripulantes, ordenó. —Muchachos, prepárense para reconocimiento de terreno. Carguen armas, quizá tengan que exterminar un nuevo objetivo, el veinticinco en las estadísticas.

Al rato, ya posado el vehículo en medio de un amarillo mar enfurecido, los tripulantes Hakamoto, Wahlberg y Shyamalan pisaron tierra. Vestían gruesas y aislantes ropas que los cubrían hasta la cabeza, también botas, guantes y cascos con grandes lentes ahumados. Iban premunidos con armas largas y negras, y acompañados de un pequeño vehículo-robot que transportaba equipo auxiliar.

Comandante —dijo Shyamalan por su intercomunicador—, la visibilidad es nula, pero estamos listos. Iniciaremos el reconocimiento.

—Entendido, sargento. Cerremos la comunicación para mayor seguridad, reinícienla sólo cuando finalicen o en caso de necesitar apoyo logístico. Sean precavidos, a pesar de que a priori no vimos mayor actividad los detectores y los controles pueden fallar en estas condiciones climáticas, de hecho el radar dejó de funcionar definitivamente hace unos momentos. Suerte entonces, cambio y fuera.

—Entendido, señor, cambio y fuera —y con Shyamalan a la cabeza, el compacto grupo se encaminó con dirección al sur, hacia la señal de vida encontrada en medio del desolado paraje.

A bordo, Kevorkian dejó los mandos de control para servirse algo similar a un café; era un básico extracto de raíces del que obtenían una infusión para calentar el cuerpo. Caminó hacia la máquina-expensa y se detuvo para preguntar: —Señor, ¿quiere uno?

Sanders asintió apenas con la cabeza, y al siguiente minuto el otro militar estaba sentado a su lado con dos tazas.

—Comandante —dijo, soplando con cuidado el caliente líquido del recipiente entre sus manos—, quiero hacerle una pregunta.

Sanders permanecía en su butaca absorto en lo que hacía, estaba alerta y ansioso, manipulaba el zoom de las cámaras del vehículo, intentando descubrir algo en el objetivo que supuestamente tenían adelante. Si fuera por él lo volaría con un proyectil —pensaba—, así de simple, pero debían estar seguros antes de tomar cualquier decisión. Kevorkian no se molestó con su indiferencia, conocía de sobra la personalidad retraída de su superior, así como también su buena disposición y cordialidad: —Yo apenas era un niño de cinco años cuando comenzó todo esto— insistió—, por eso quiero preguntarle: Sinceramente ¿cree que vale la pena esta búsqueda?

Sanders dejó los controles al escucharlo, como si lo hubieran despertado de un sueño triste. Cogió la taza con el líquido oscuro, y le dio un sorbo que se le antojó muy amargo. Y posando el recipiente sobre el tablero, respondió.

—No lo sé, Jan, pero quiero pensar que sí. Apenas llevamos un par de años de búsqueda, pero el esfuerzo por sobrevivir ha sido tan grande que quiero pensar que sí… Pero… como bien sabemos el derretimiento de los polos inundó el 97% de la tierra del planeta, y la que queda no es fértil, sólo montañas y desierto. De los veinte billones de habitantes que existían el 2.025, sólo hace 25 años, quedamos apenas dos mil viviendo hacinados en un túnel ocultos de la lluvia ácida, alimentándonos en base a una miserable dieta de frutas, gatos, ratones y extracto de cucarachas y raíces. No hay vida en el mar porque está completamente contaminado, la mitad de nosotros estamos enfermos por la radiación y por la paupérrima dieta que llevamos. Kevorkian, el planeta se está muriendo y nosotros con él. Decirte que esta búsqueda vale la pena sería engañarte, pero en mi personal opinión quiero pensar que sí, por lo menos eso me ayuda a seguir adelante.

Su interlocutor se quedó pensativo un instante, reflexionando sobre lo que decía Sanders. Lo miró a sus pequeños ojos grises, y el rostro grave y sabio que le daba esa rala barba blanca le dijo más que mil palabras.

—Entiendo perfectamente lo que quiere decir, señor. Pienso lo mismo —y confesó—, pero desde que llegamos a esta zona que tengo un presentimiento que no sé explicar, una cosa que me dice que sucederá algo grande, realmente relevante, pero no sé qué es… como si tuviera la certeza de que hoy estamos haciendo historia…

Sanders sonriente apoyó su mano en el hombro de Kevorkian con actitud paternal y acotó.

—Creo que es un poco simplista basarlo todo en un presentimiento, pero puede que tengas razón. No es malo ser optimista, y tal vez estemos viviendo el primer día de una nueva era, pero todo lo que tenga que ver con el destino prefiero dejárselo a Dios. Mientras tanto cumplamos con nuestro deber, y hagamos lo posible para sobrevivir, es nuestra prioridad ahora.

El piloto captó la sutileza y le devolvió la sonrisa de buena gana. Continuaron conversando del tema y de la situación, desde otros puntos de vista. Kevorkian a sus veinticinco años tenía muchas dudas y preguntas sobre el mundo antiguo que nunca había logrado despejar, además, ese presentimiento que tenía lo empujaba a prepararse de la mejor forma para enfrentar el futuro. Si era cierta su corazonada, ése sería el primer año en un nuevo mundo, y él quería ser un actor de esa historia por escribirse.

Después de tres horas de amigable y vigilante charla, la luz verde del intercomunicador parpadeando anunció que se reiniciaba el contacto con los tres soldados en tierra.

—Comandante —dijo la voz interferida por el fuerte ruido del viento—, reabrimos comunicación, ¿me copia?

—Adelante, sargento —contestó Sanders con un leve sesgo de ansiedad en su semblante—, le escucho perfectamente ¿cuál es su reporte?

—Le tenemos excelentes noticias, señor —y se escucharon unos entusiastas vítores de fondo—. La zona está asegurada. Encontramos tres cuerpos sin vida, pero por el momento el viento nos dificulta el procedimiento de limpieza.

Kevorkian al escuchar a Shyamalan dibujó una sonrisa nerviosa en su rostro. El comandante tampoco pudo disimular su incertidumbre, y replicó: —¿Tres cuerpos? Confirme el mensaje, soldado.

—La situación es algo complicada para explicarla así, pero trataré de aclararle todos los puntos —y después de una breve pausa continuó—. Encontramos dos cuerpos sepultados en la arena, a unos veinte metros de la casa (porque es una casa de madera lo que detectó el radar; pequeña, muy básica y rudimentaria, pero habitable). Los cuerpos sepultados tienen una data de muerte de catorce horas, aproximadamente. Les hicimos las pruebas bacteorológicas correspondientes a ambos cadáveres, y dieron positivo. Eran dos mutantes, está confirmado.

El comandante y el piloto no cabían del asombro. Ambos se pusieron de pie, ansiosos, cuestionándose "¿quién?". Pero no tuvieron que hacerle la pregunta a Shyamalan porque su voz reapareció en la cabina.

—Hemos armado más o menos el puzzle de lo que sucedió aquí, de todas maneras tenga en cuenta que son sólo suposiciones. Todo debió ocurrir anoche; aquí vivía un hombre de unos cincuenta años, que no tenemos la más mínima idea de cómo sobrevivió todo este tiempo. Él mató y sepultó a los objetivos, lamentablemente está muerto también. Y tenemos casi la certeza de que se suicidó. Le hemos hecho el examen viral y no estaba contagiado.

Dentro de la cabina Sanders y Kevorkian no dejaban de observarse con miradas cómplices, y sus sentimientos se debatían entre una sobria alegría y una curiosidad creciente. El piloto tomó unos binoculares e infructuosamente trataba de mirar a través de la nube de polvo y repetía susurrándose a sí mismo "estaba vivo…, estaba vivo". En el altoparlante la voz del sargento continuó su relato.

—El hombre vivía solo, según unas inscripciones en las paredes su nombre era Mario Rodríguez, y anoche fue visitado por estas dos criaturas, que terminaron muertas y con sus cabezas destrozadas, inferimos que a golpes de fierro y balazos. Por las evidencias pensamos que fue una pelea feroz. A uno lo mató dentro de la casa y al segundo fuera, a un metro de la puerta. Después este hombre, Rodríguez, los sepultó, y posteriormente en el interior de su casa se dio un tiro en la boca; su data de muerte es de unas ocho horas (por nada lo encontramos vivo…). No sabemos por qué se suicidó, tal vez pensó que habían más criaturas y se vio perdido, es imposible asegurar algo. Dentro de su vivienda dejó un testimonio de todos estos años escrito en unas… calculo dos o tres mil hojas, que llevaremos a bordo para investigación, creemos que pueden ser muy didácticas, por lo menos con esta información sabremos si estas dos criaturas son una excepción o es común encontrarlos en esta zona…

El comandante expectante lo interrumpió para preguntar casi con impetuosidad: — Shyamalan, si ese hombre sobrevivió todos estos años aquí, ¿qué pasa con el nivel radiactivo? ¿Tomaron muestras de agua?

—Sí, Sanders. Esperaba esa pregunta y se la respondo encantado —replicó el sargento —. Hallamos dos bidones con agua fresca y el nivel radiactivo es mínimo, 23.75 Roentgen, prácticamente normal. Además por algunas costras en el terreno conjeturamos que aquí ha llovido y que de ahí procede esta agua, por lo que es lógico concluir que la lluvia en este lugar… gracias a Dios… está exenta de radioactividad.

En el transporte el júbilo de Kevorkian se hizo patente y a saltos y aullidos celebró la noticia: "¡Lo sabía! ¡Lo sabía!" gritaba eufórico. Sanders cerró los ojos y el puño de su mano con fuerza, como conteniendo una inmensa emoción. Después controlando su respiración y tratando de no mirar a los ojos a su acompañante, dijo al micrófono.

—Es la mejor noticia que he escuchado en más de veinte años, sargento. Iremos por ustedes, preparen las muestras para almacenamiento, el cadáver de Rodríguez también.

—Entendido señor. Háganlo con calma que la visibilidad es nula y estamos muy cerca. Necesitaremos también dos jaulas de cristal, una pequeña y una de mediano tamaño, prepárenlas para utilizarlas de inmediato.

Los dos ocupantes de la máquina militar se extrañaron sobremanera, y el oficial mayor preguntó pasmado: —¿Jaulas?, ¿para qué, Shyamalan?

—Comprendo que la excitación le hizo pasar un dato muy importante por alto: El radar. Pues, la señal de vida que vio Hakamoto en el radar fue de un coyote, un hermoso y tierno coyote que estaba refugiado del viento junto a la puerta de la casa. Cuando lo descubrimos no huyó y fue muy fácil capturarlo. Y no sólo eso Sanders, este hombre se alimentaba de lagartos, alrededor de su vivienda encontramos varias trampas con lagartos vivos. Se da cuenta comandante ¿todos los coyotes y lagartos que el viejo Antinori podrá clonar desde estos? Sabores nuevos, amigo, ¿se puede imaginar la inmensa alegría que le daremos a nuestra gente cuando regresemos con estos animales y la noticia de que al fin hallamos un lugar habitable en la superficie? Nos recibirán como héroes…

Desde la nave con solemnidad replicó el comandante: —Sí Shyamalan, me doy perfectamente cuenta, y veo que son demasiadas emociones para un solo día, y no merece que lo conversemos por radio ni que saquemos conclusiones apresuradas. En este momento nos dirigimos hacia allá, en unos minutos estableceremos contacto. Buen trabajo muchachos. Gracias… Cambio y fuera.

******

Cuando el vehículo llegó a destino, sin darse tiempo para disfrutar el descubrimiento, los soldados con rapidez se dispusieron a cargar las muestras antes de que oscureciera; fueron almacenados los animales, los manuscritos, los bidones de agua, y el cadáver. Los cuerpos infectados los depositaron dentro de la casa para su incineración una vez acabado el ventarrón. Posteriormente continuaron con las indagaciones en los alrededores, pero aparte de dos lagartos más no encontraron muestras de interés, aunque dedujeron que debía haber algún poblado cercano donde Rodríguez conseguía materiales para su supervivencia y decidieron esperar el paso de la tormenta para ir en la búsqueda de ese lugar. Al llegar el ocaso y ya a bordo todos, Sanders intentó infructuosamente tomar contacto con la nave madre que se encontraba a más de mil kilómetros de distancia aguardando a las seis unidades terrestres repartidas por esa gran isla, su intención era darles las coordenadas del lugar para que volaran a su encuentro y así acelerar el regreso a casa, pero la borrasca no lo permitió.

A la espera y después de dos horas de alegre y sustancial charla entre los cinco militares, la tempestad amainó y un regalo del cielo cayó sobre el frío metal; llovió como nunca habían visto en veinte años. Y a pesar de que existía un protocolo marcial que obligaba a los soldados a permanecer siempre en el vehículo cuando estuvieran en vigilia o descanso, Sanders, dada, las circunstancias y las insistencias, hizo una excepción y no sólo les permitió a sus hombres bajar a terreno sino que los licenció por unas horas (previa comprobación radiactiva del agua). A pesar del cansancio descendieron e instalaron luces y un calefactor eléctrico en tierra, y comenzaron a bailar y a gritar como niños bajo la lluvia.

El comandante permaneció en la cabina del gigantesco vehículo tratando de comunicarse con la nave nodriza, pero tampoco tuvo éxito esta vez. Después de varios intentos y una hora de tedio se puso de pie para servirse una taza de extracto de raíces. Al observar por una ventana lateral descubrió, cuatro metros más abajo, a sus hombres aún jugando y riendo alrededor del calefactor, empapados, y él no pudo evitar dibujar una sonrisa al ver a esos rudos y disciplinados soldados actuar como adolescentes desbandados. En un efímero instante una sensación lo hizo recordar sus excursiones de niño por los bosques del norte y los cantos al calor de una fogata, pero prefirió evitar ese tipo de recuerdos dolorosos y volvió a sentarse en su puesto. No obstante, al probar la tibia infusión de la taza que tenía entre manos tuvo la feliz impresión de que ese asqueroso líquido oscuro le sabía a café, y se alegró de que sí conservara ese recuerdo.

Se quedó analizando el próspero futuro que tenían por delante. Después de todo el presentimiento de Kevorkian era cierto —pensó—, y ahora la situación de la humanidad era muy distinta. Poco a poco el cansancio lo fue atrapando, sumergiéndolo en un agradable letargo que finalmente lo venció.

******

Era un bosque precioso, y él se veía mucho más joven, había un gran lago de aguas cristalinas y diversos animales; aves, conejos, ardillas y hasta un alce. El canto de los pájaros era celestial y con el aroma de las flores abarcaban por entero ese edén. Todo era verde y azul, un impresionante vergel de ensueño… Un ruido a sus espaldas lo despertó, como de un golpe de metal. Unos arrastrados pasos se acercaban y aún sin reaccionar escuchó también las risas lejanas que lo volvieron a la realidad, eran sus hombres bajo la lluvia; repentinamente pensó que no debió licenciar a la tripulación. Pestañando con dificultad dejó la taza con el frío líquido sobre el tablero y giró el asiento para ver quién llegaba…

No era de su dotación, no; éste era un hombre muy pálido, tan pálido como un muerto, de pelo tieso y ojos saltones, turbiamente blancos, casi podridos, hundidos en cuencas oscuras y profundas; el aspecto de esa persona era satánico. Tenía una herida en la boca, en cuyo entorno habían negras costras de sangre y algunas manchas blancas, como de materia en descomposición, pero los dientes y la mandíbula se veían intactos. Comprendió Sanders que había cometido un grave error al subestimar al virus, debió someter el cuerpo de Rodríguez a cuarentena, aunque pensó también, ¿alguien se hubieran imaginado que una bacteria veinte años olvidada y sin alteraciones biológicas pudiera mutarse en un solo día hasta hacerse inmune incluso a la muerte?

El muerto-viviente, que fuera Rodríguez en vida, abriendo sus repugnantes fauces se abalanzó ansioso y ávido de carne sobre el comandante. Sanders no se defendió, no pudo enfrentar su eterna pesadilla, ni tampoco su fracasada ilusión, y renunció a seguir luchando, tal como el mismo Rodríguez hiciera un día antes. Simplemente se dejó matar, pero morirse ya no sería tan sencillo en el nuevo mundo creado por los hombres…

******

Jan Kevorkian, sentado sobre la arena mojada, escuchaba entusiasmado a sus tres camaradas que de pie discutían y bromeaban sobre los acontecimientos de ese especial día. La hazaña de Mario Rodríguez la catalogaban como un acto heroico, digno de consignarse con letras mayúsculas en los —en adelante— renovados anales históricos. La noche estaba muy oscura, pero la temperatura agradable. La lluvia se había marchado hacía unos instantes dejando sólo el susurro siniestro del viento. Kevorkian vio moverse algo detrás de quienes hablaban, pero las luces lo encandilaron. "Quizás es el cansancio", pensó, y no dijo nada a sus compañeros, no obstante intentó afinar la vista. Fue en ese momento en que se congeló la noche con un desgarrador alarido que provino del interior del enorme transporte; pero ya era demasiado tarde. Desde la tenebrosa penumbra aparecieron dos sombras difusas que se transformaron en sendos seres putrefactos, que se abalanzaron con sus ojos de muertos y sus garras en alto a las espaldas de Wahlberg y Shyamalan. Lo siguiente que se vino fueron sólo alaridos de terror, y la noche se convirtió en infierno y la esperanza en muerte…



Sugestion - Hugo Aqueveque





Sugestión

Hugo Aqueveque
¿Han oído alguna vez hablar a un muerto?…, es espantoso, tuve la oportunidad de escuchar a una muerta en muchas ocasiones. Fue cuando niño, vivíamos con mis hermanos y mis padres en una gran casa de quince habitaciones. Ocurría en la escalera que daba hacia el segundo piso y en el pasillo al que llegaba ésta. No importaba la hora del día o de la noche, solamente había que atravesar solo ese trecho de la casona para escuchar la lóbrega voz. Hablaba al oído, con un susurro pastoso y un timbre siniestro. Me llamaba por mi nombre y lo siguiente que experimentaba era un escalofrío por todo el cuerpo asociado a una clavada dolorosa en el pecho. Yo salía huyendo escaleras abajo con toda la rapidez de que eran capaces mis trémulas piernas; a todos nos ocurría, inclusive a visitantes que se quedaron alguna vez a dormir en el segundo piso de la vivienda, que por ese tiempo, fueron bastantes.

Con mis hermanos, llegamos al extremo de no subir a nuestras habitaciones si no lo hacíamos por lo menos entre dos, y cuando por una u otra razón se encontraba sólo uno en la casa, nos resignábamos a esperar a que llegara alguien más.

Por mi parte, viví con un miedo incapacitante durante tres o cuatro años, un miedo que afectaba mi existencia en todos sus aspectos, influía mi estado de ánimo, mi libertad, mis horas de descanso y también mi rendimiento escolar.

Una tarde, cansado ya del asedio que me acongojaba, reflexioné concienzudamente al respecto, no podía continuar así, no era posible que me sintiera inseguro en mi propio hogar, y me di cuenta que, aparte de la voz, no había nada más a qué temerle. La supuesta alma en pena en varios años no nos había causado perjuicio alguno, sólo nos hablaba, y tal vez, su quedo llamado fuera de auxilio y no con el fin que nosotros le atribuíamos. Enfrenté mi pesadilla ese mismo día, y la escuché de nuevo, pero esta vez no corrí, me quedé parado esperando —no exento de temor— a que terminara o que sucediera algo más. Sólo me llamó dos veces y fue la última vez que la escuché. Nunca más la oí, aunque mis hermanos insistían en que seguía ahí y que los continuaba amedrentando. Al transcurrir el tiempo y no ocurrirme más incidentes en la escalera, llegué a la conclusión de que todo había sido producto de la sugestión; fueron mis hermanos —menores y de fértil imaginación ambos— los que comenzaron a hablar de la "voz del pasillo" y me contagiaron con sus temores infundados, así como yo se los contagiaba a los visitantes que tenían que subir esos peldaños.

Me sentí seguro de mi mismo, vacunado contra la sugestión, incrédulo ante cualquier aparente hecho "sobrenatural" que pudiera presentárseme. "Esas cosas no ocurren, es pura sugestión" les decía a los que a lo largo de esos años hablaban de sus encuentros paranormales. En una ocasión, mis amigos del vecindario me retaron a que demostrara mi teoría entrando de noche completamente solo a un cementerio cercano. Lo hice, y los dejé boquiabiertos con mi valentía imperturbable, además de ganarme unos pesos a cambio de mi magna hazaña. Hasta los adultos admiraban mi coraje en una ciudad donde las supersticiones son el pan de cada día. En el futuro, amigos y conocidos me siguieron desafiando cuando se entablaba alguna conversación en torno a temas de fantasmas y acontecimientos ocultos, y siempre les probé la reputación de mi arrojo frente a cuanta historia de apariciones había; todo fue bien hasta que ocurrió lo de la playa, fue una situación muy distinta, donde experimenté el terror a lo desconocido como cuando escuché esa voz femenina y espectral por primera vez en mi niñez.

Fue a mediados de mi carrera de leyes en la universidad. Tenía veinticinco años y el cansancio acumulado por la presión de los últimos exámenes del semestre hizo que nos decidiéramos —entre varios compañeros— a realizar un viaje para relajarnos y olvidarnos del mundo. Elegimos una playa llamada "El Rincón del Diablo" por su lejanía y su belleza. Fue un viaje de una hora y media por carretera, y al llegar nos instalamos de inmediato. Una carpa, cocina, radio, sacos de dormir, lámparas, alimentos y mucho alcohol. Serían tres días y dos noches, para lo cual estábamos bien provistos con dos botellas de whisky, dos de ron, cinco litros de vino y veinticuatro de cerveza. Por la naturaleza propia de nuestro viaje, no podían ir mujeres, era una expedición totalmente para hombres, en definitiva, éramos cuatro aventureros en un vehículo. Una camioneta grande, perfecta para algo así, pero dadas las características inhóspitas del terreno de la playa en cuestión, debimos dejarla lejos de la ribera del mar. Quedó estacionada a unos seiscientos metros de nuestro punto de estadía. Y entre los dos puntos, había un campo sembrado de grandes y pequeñas rocas volcánicas, seiscientos metros de piedras sueltas sobre la gris arenilla; un verdadero paisaje lunar. Aunque nuestro vehículo hubiera sido un jeep todo terreno, no había manera de que cruzara esa zona pedregosa.

Llegado y marchado el ocaso, alumbrados por una lámpara a gas y una cálida fogata, y acompañados de música democraticamente seleccionada, nos dispusimos a sentarnos frente al fogón a conversar y a bebernos nuestro cargamento de fuerte. Empezamos lentamente con una de las botellas de ron, era una marca cubana de excelente calidad, recién habíamos comido y además durante la tarde nos habíamos bebido una buena ración de cerveza y vino cada uno, por lo que nuestros estómagos estaban colmados. El cocinero había sido Miguel, aunque yo le ayudé bastante; la cena fue un total éxito entre los comensales que literalmente limpiamos los platos. Los otros dos integrantes del grupo eran Martín, hermano menor de Miguel, y Pablo, dueño y chofer de la chevrolet.

Poco antes de las dos de la madrugada, a Miguel lentamente se le empezaron a cerrar sus grandes y saltones ojos azules, tenía una capacidad etílica muy mediocre, todos lo sabíamos, e incluso, hasta ese momento aún no probaba el ron, su embriaguez obedecía apenas al vino tinto. Luego entró a la carpa y de él no se supo más. Quedamos en pie los tres restantes integrantes de la caravana. Martín era el esotérico, siempre vestido de negro, aficionado al heavy metal, con sus veintitrés años era el menor del grupo, pero —y quizás por lo mismo— el más resistente a la hora de beber. Tenía un aguante impresionante y esa noche hizo gala de ese talento. De Pablo se podría decir que estaba al filo del alcoholismo, quizás todos lo estábamos (la ciudad donde vivíamos tiene las tasas más altas de consumo de alcohol y de insanidad mental del país). Con Miguel eran los mayores; Pablo siempre se vestía formalmente, usaba el pelo muy corto y hablaba correctamente, sin los modismos y distorsiones en el lenguaje del chileno típico, era un tipo serio que irradiaba confianza, pero a la hora de ingerir alcohol se transformaba en otro, era una especie de doctor Jeckyll moderno, capaz de realizar las más descabelladas locuras. Nuestra conversación tomaba aspectos de muchas materias distintas a medida que avanzaba —con la pura excepción del derecho y la política—, pasaba por doctrinas tan dispares como deporte, cocina, tecnología, cine, arqueología, religión, sexo, historia, computación, actualidad, música, temas ocultos, literatura y otros (son tantos los nexos que puede tener una conversación que hacen que tome caminos diferentes, insospechados y amenos, pasando de un tema a otro sin pedir consentimiento alguno, que resulta imposible pretender que la charla no cambie de senda durante su desarrollo). La noche no era la que esperábamos, demasiada obscura, sin estrellas y sin luna, no se veía absolutamente nada a nuestro alrededor, pero todo lo demás estaba en nuestros planes, la frescura del clima, el licor reparador, la conversación perspicaz, el sonido del oleaje relajante, la fogata arrulladora y la música alucinante; nos habíamos olvidado por completo de las leyes y los libros de derecho, nuestro fin se estaba ejecutando.

Cuando nuestros relojes marcaban las cuatro, la bebida en gran parte ya había hecho su efecto metamorfósico en nuestro amigo Pablo, lo notábamos por la modulación de su hablar, por el aspecto de frutilla madura de su rostro, y especialmente por el contenido incoherente de sus dichos. Cual Gregorio Samsa se aisló de la conversación, manteniendo un perfil bajo, casi desapercibido, dedicándose exclusivamente a escuchar en silencio, con los párpados cayéndoseles, sin soltar la botella de whisky que había destapado, actitud ya conocida por nosotros. Se veía mal, y en un momento derramó sobre la arena un poco de líquido del envase sin notarlo, por lo que intenté quitárselo por el temor a que dejara escurrir todo su contenido, se negó tajantemente a entregármelo, se paró y dió un discurso emancipador de su espíritu y de su estado de lucidez con un zapato totalmente metido en las brasas, a continuación se zampó un gran trago de whisky, demasiado grande a mi parecer, bajó la botella lentamente y se quedó inmóvil, se veía muy inestable, como si le costara mantenerse en pie, se tambaleaba como un barco a la deriva, hizo unas muecas de bufón tragicómico inflando sus mejillas y abriendo sus ojos rojos con opresión, yo sospeché algo y me levanté por precaución, de pronto Pablo tosió y como una manguera descontrolada por una presión desbordante, con su pitón absolutamente abierto y vencido, devolvió todo el contenido de su estómago sobre la fogata y sobre el asombrado Martín. Lo cubrió entero con su vómito nauseabundo, denso, de arroces fucsias como el vino; mientras continuaba vomitando yo le arrebaté la botella de su mano. El ahora asqueroso y fétido Martín estaba muy furioso, gritando, insultando, injuriando, jurando y vilipendiando al viento, al cielo, al océano, a la arena y especialmente a Pablo, tuvo que bañarse en el mar a esa hora, lavar la ropa manchada y cambiarse con la que le quedaba, que era sólo una polera y unos cortos, y se abrigó con una chaqueta de su hermano. Yo por mi parte trataba de calmar a Pablo que estaba entrando en un estado de euforia, empezando por no reconocer su calamitoso error. No tuve demasiado éxito, pero él, subiendo el volumen de la radio, me comentó balbuseando que quería escuchar una canción en especial: "El número de la bestia" y la cinta de Iron Maiden la tenía en la radio de su camioneta, quería que lo acompañara a buscarla, y ante mi negativa, fue solo, con la única linterna que teníamos y dejando una estela de humo tras de sí emanada de su zapato derecho. Pensé que caminar un poco le haría bien, tomé antes la precaución de despojarlo de las llaves de arranque del motor y de advertirle, a modo de broma, que tuviera cuidado con que se le apareciera el diablo.

Descansamos por un rato de él, el sonido monótono de las olas reventando nos fue sosegando y retomamos nuestra conversación, bebiendo con más ahínco para pasar el mal momento. Nos olvidamos de Pablo, aunque un par de veces nos preguntamos dónde estaba, pero nada le podía ocurrir en ese lugar, no era tan estúpido como para meterse al mar a esa hora y la carretera estaba lo suficientemente alejada. Así que seguimos bebiendo muy raudos, con una botella cada uno, recuperando el alcohol espantado con el decadente espectáculo del señor Hyde. Después de unos treinta minutos apareció, llegó corriendo, con una mueca de horror en el rostro, respirando muy agitadamente, y por más que le preguntamos que qué le había ocurrido, no respondía, estaba tan aterrorizado que no podía hablar, mudo por una impresión potente, con un aspecto de gravedad dramático, los ojos se le salían de las cuencas; nos asustó mucho, le gritábamos que hablara pero no había respuesta, le traté de quitar la linterna para mirar a nuestro alrededor pero hizo un ademán violento dándome a entender que no la iba a soltar. Sólo nos restó esperar a que recuperara el aliento, y para eso hubieron de pasar interminables quince minutos en los que se nos pasaron terribles ideas por la cabeza. Cuando al fin habló, nos relató con su voz completamente alterada, que viniendo de regreso hacia nosotros, alguien o algo a sus espaldas lo tomó con mucha fuerza del cuello y lo lanzó al piso violentamente, para tomarlo de nuevo y hacer lo mismo varias veces. Nos mostró sus manos y estaban todas rasmilladas; lo revisamos descubriendo una aureola roja alrededor de la piel de su cuello producto de algún roce, además tenía un notorio moretón en el mentón por el que se asomaban algunas gotas de sangre, sus ropas estaban totalmente inundadas de la fina arenilla fusca de ese lugar. Nuestra primera reacción, y única por lo demás, fue negarle el hecho de inmediato, "son ideas tuyas" dije yo, "hai tomado mucho trago y estai viendo alucinaciones" agregó Martín riéndose; le traté de explicar que por los indicios que había sólo se trataba de una caída, nada más que un simple tropezón producto del mareo, y lo que sintió en su cuello fue por la sugestión de su mente al estar en plena oscuridad en solitario, y si habían marcas en su piel debió hacércelas él mismo al intentar retirar unas manos inexistentes sobre su cuerpo. Pero no hubo caso, él insistía en que había algo allí a nuestro alrededor, y lo que decía no sé por qué misteriosa razón me sonaba tan creíble en mis oídos, y al mirar a Martín, notaba que algo parecido le ocurría. Nuestras palabras no se escuchaban con la seguridad que hubieramos deseado y las de Pablo, lamentablemente torcían las nuestras. Optamos por no darle más tribuna ni al asunto ni a Pablo y nos sentamos de nuevo junto al fogón aparentando desinterés, pero fue imposible concentrarnos en cualquier otra cosa que no fuera él, nos distraía con sus insistencias y ruegos, nos tenía intranquilos. En un momento pareció calmarse, pero al rato lo descubrimos junto a la carpa, de rodillas, rezando y hablándole al cielo, no pudimos contener la risa al verlo, era patético y cómico. Aprovechamos de hacer bromas al respecto para animarnos y despejar la sombra incierta que sentíamos en el ambiente, pero el nerviosismo en Martín y en mí era latente. Cada ruido que sentíamos nos ponía en actitud alerta de inmediato, volteando nuestras cabezas de un lado a otro intentando observar en la negra noche. Contraria a mi voluntad, la sugestión poco a poco, después de años de ausencia, estaba retornando a mí. Todo llegó a su límite cuando Pablo se paró frente a nosotros con sus ojos rojos, de brazos cruzados, y nos miraba mientras conversábamos, sin mover un músculo de su cara ni de su cuerpo. Tenía una apariencia distinta, un halo de malicia se le asomaba en la mirada, su cara hinchada, deforme por la ingesta de licor, tomaba una forma macabra con las sombras que le daban las llamas del fuego, un gran lunar sobre su labio superior daba la impresión de una cucaracha caminando por su rostro. Al principio lo ignoramos, pero pasado algunos minutos colmó mi paciencia y aireado le grité :"¡ya! ¡hay algo ahí afuera que te tomó del cogote y te tiró al piso! ¡¿y qué?!,¿qué mierda querís que le haga?". Y él me respondió flemáticamente, casi en forma burlona: "vamos a buscarlo pues". Fue una respuesta que no esperaba; estuve de acuerdo por lo demás, con tal de que no jodiera más con el asunto lo iba a acompañar y daba por sentado que Martín haría lo mismo. Ahí me dí cuenta del verdadero efecto que había producido la paranoia de Pablo en él. Se negó a ir, dando como excusa que debía quedarse a vigilar a su hermano que dormía, ¿vigilarlo de qué?, si no había nadie en varios kilómetros a la redonda. Le dije enojado que era un perfecto maricón y tomé un pequeño madero que aún no echábamos a la fogata y me dispuse a hacer lo mismo con la linterna cuando Pablo se me adelantó. Se obstinó en que él la llevaría, y para terminar con todo de una buena vez, no le discutí más. Nos metimos en la penumbra, uno al lado del otro, Pablo alumbraba hacia el piso, que estaba repleto de piedras y rocas de todos los tamaños. Caminamos calmadamente unos instantes, sin novedad, de vez en cuando yo miraba para atrás y notaba cómo la luz de la lámpara a gas y la de la fogata se hacían diminutas en la oscuridad, fucionándose las dos en una, llegando a perecer mi visión un cielo razo nocturno con una sola estrella en su espacio infinito. También trataba de mirarle el rostro a Pablo para conocer el estado de sus nervios, pero no había luz suficiente. Intenté conversar en dos ocasiones, pero él con un "¡ssshhhhh!" de alerta me callaba al instante.

Calculé que habíamos caminado unos quinientos metros cuando Pablo me tocó el brazo y me susurró: "por aquí fue". Nos detuvimos, y con la linterna lentamente hizo un escrutinio del lugar girando en trecientos sesenta grados sobre sus pies, estábamos nerviosos, mirábamos a la nada con delicadeza, con sumo cuidado, la noche se puso fría y el sonido del viento misterioso, yo trataba de mostrar valor, de darle a entender de que estábamos haciendo el ridículo ahí, pero la estampa de Pablo era más poderosa que la mía, y me contagiaba vertiginosamente con sus miedos. En un momento divisé una forma blanca adelante, muy difusa, la sentí como un punzazo en el corazón, no hablé, e intenté en forma desesperada y secreta identificar de qué se trataba, un alivio impresionante me bajó los erizados pelos de la piel, lo que se veía delante, de un color blanco muy tenue, era el vehículo de Pablo. Se lo comenté y agregué que mejor regresáramos ya que ahí no había nada, él aceptó y cuando nos giramos, Pablo dió un alarido fuerte y gutural que me espantó el alma, un grito desgarrador, como un aullido venido del infierno: "¡¡ahí está, mierda!!", y se largó a correr en dirección a la carpa. "¡Para! ¡para huevón!", le grité varias veces, pero la luz de la linterna no se detuvo y saltando de un lugar a otro en ese fondo completamente negro, se alejó de mí en dirección a la única estrella que se veía esa noche; la fogata.

Quedé solo, con un pulso súbito, temblando de miedo, con la compañía indeseada del viento cantándome al oido una tétrica melodía, que ineludiblemente me recordaba las películas de vampiros que en mi niñez me acosaban en pesadillas, infructuasamente trataba de asimilar la oscuridad con mis ojos, mis pupilas ya no podían dilatarse más, miraba en torno mio y no veía nada en absoluto, tampoco —para mi alivio— veía el motivo de la huída de Pablo. Decidí emprender el regreso, mi única referencia en ese espacio vacío era el pequeño lucero que tenía quinientos metros al frente, hacia allá caminé, lo hacía muy lentamente, tanteando con mis pies a cada paso que daba, esa lentitud me desesperaba. Afirmaba mi caminata con el palo que llevaba, como un ciego y su bastón extraviado en el mundo luminoso de los videntes; caí torpemente al suelo en dos ocasiones provocándome leves heridas en las manos y en una rodilla. Llegué a pensar que llegaría mejor gateando, pero desheché el plan por encontrarlo irrisorio, o quizás era que en esa posición me encontraría más vulnerable a un ataque…, ¡eso era una estupidez!, me negué a esa posibilidad y preferí atribuir el rechazo de la idea a la primera razón. La incertidumbre del piso me ostigaba, su irregularidad me irritaba y me desesperaba, opté por hablarme a mí mismo para soltar los nervios, para sacarme la sugestión de la cabeza, sin embargo, sólo recordaba el relato de Pablo, y algo me acosaba a mis espaldas, algo me decía que tenía que apurarme, sin saber por qué sentía que mis latidos aumentaban en intensidad, un sudor helado corría por mi cuerpo y me penetraba con su frío hasta la médula, no podía caminar más de prisa, con cada pisada mis pies tropezaban con algo. Después de unos minutos la luz del fogón la veía tan lejos como al inicio de mi regreso, daba la sensación de que no había avanzado nada, fui siendo presa de un nerviosismo extremo, de una desesperación ahogada, me encontraba sin salida, y algo acechaba a mis espaldas, algo caminaba detrás de mí, hasta podía sentir la respiración excitada de ese algo, su aliento tibio pegado a mi nuca, el ruido de los pasos en la arena siguiéndome, incluso sus pensamientos asesinos. "¡No puede ser! ¡no hay nada! ¡no seai imbécil!" me decía mentalmente porque ya no me atrevía a hablar en voz alta. El miserable miedo me atrapaba, sentí más miedo que cuando siendo un lactante esa inmensa cucaracha caminó sobre mi cara, más miedo que cuando esa voz fantasmal me habló al oido por primera vez en esa casa misteriosa, más miedo que cuando fui apuñalado por esos delincuentes que casi me matan. Estaba aterrorizado, completamente alterado, mi mente divagaba en imágenes demoniacas, en sonidos de ultratumba, unos espasmos dolorosos acosaban cada molécula de mi cuerpo, sentía ganas de orinar, ganas de gritar, ganas de correr, pero nada podía hacer. El control se me iba de las manos, mis músculos no respondían, mis pensamientos eran independientes a mis órdenes, mis nervios estaban destrozados, y ese dominio, que no lo tenía yo, me obligó a, contra todo deseo y voluntad, girar mi cuerpo y mirar lo que había a mis espaldas.

Pude haber muerto ahí mismo, hubiera dado cualquier cosa por poseer un corazón débil, hubiera dado el alma por ser ciego, era espantoso, era Satanás en persona en su forma más horrible, un monstruo de dos metros de altura, con una cabeza inmensa, con manos gigantescas, uñas negras, largas y brillantes, tenía vagamente una figura humana pero con todas las partes deformes y grandes, era como un híbrido salido de animales y hombres enfermos y anómalos cruzados por una mente morbosa, lleno de pelos gruesos, pelos de insecto de medio palmo de largo y gruesos como alambre, tenía colmillos amarillos del tamaño de navajas, su sonrisa demoniaca se asemejaba a un tiburón con su hocico abierto triturando una presa. Sus ojos ocres resplandecían en la obscuridad cuan diamantes hipnóticos, con pupilas de gato color almagre, sus cuencas debieron ser inmensas, porque los globos oculares eran del tamaño de un puño, su nariz eran dos orificios en su transparente y venosa tez, y de ellos brotaba un espeso moco viscoso como pus. El animal —o lo que fuera—, no se movió del lugar donde estaba parado, a dos metros de mí; me observaba con atención, una especie de burla y odio destellaba en sus ojos mientras cúmulos de baba le caían por el mentón con el jadeo. En la completa negrura podía verlo con detalle, como si "eso" fuera dueño de una bioluminiscencia magnética en ese mundo abisal en el que me encontraba. Traté de cerrar los ojos ante la horripilante imagen, traté de voltear el rostro para no ver ese demonio, traté de obtaculizar la visión con las manos para evitar mi pesadilla, traté de huir para no morir ahí, pero no pude, estaba en un punto criscópico, sin siquiera poder pestañar, aún hoy no sé si respiraba, estático, obligado por una fuerza invisible a observar cada segundo de su presencia, con la capacidad justa de mis sentidos y fuerzas para no caer desmayado o fulminado.

Su pellejo era obscuro, de un marrón o café brillante, reluciente, no parecía piel sino un material sintético de un color café resinoso lleno de surcos negros, su cuerpo estaba lleno de esos surcos, líneas que marcaban la superposición de una capa de la piel sobre otra —o la unión de éstas—, así como la textura en el abdomen de las cucarachas, su tronco entero era como el de una cucaracha gigante, un bicho asqueroso de la talla de un oso. De entre lo que pudiera llamarse sus piernas colgaba alguna clase de manguera gruesa de unos cuarenta centímetros de largo, era su falo, y era idéntico a una culebra de color castaño, tenía inclusive escamas de reptil. Yo estaba petrificado frente a la visión, fosilizado, con todos mis sentidos paralizados en un espacio de segundo, como un sumiso cordero en día de fiesta esperando a que me matara, desollara, descuartizara y comiera sin preámbulos; un olor a descomposición penetraba por mi nariz, era un olor a exhumación, a emanación sepulcral. El ser se me acercó con algo parecido a una mueca perversa esbozada en el rostro, y eso provocó que un río caliente inundara mis pantalones hasta los tobillos. Con una de sus garras negras dibujó algo así como un círculo en mi frente, apenas tocándome, rosándome con su gélida uña, respiraba como un toro, echando vaho por la nariz y el hocico, su aliento era espantosamente fétido, emitía un bramido como de bisonte, ronco y profundo, entre sus dientes pude divisar asquerosos gusanos blancos, gusanos como los que hay en un cadáver en putrefacción o en la basura podrida. En su mano izquierda apoyaba un bastón, era apenas un roñoso tronco de árbol, y en su parte más alta —para mi espanto— tenía ensartada la cabeza de un hombre; me parecía la cabeza de niño por su tamaño, estaba fresca, digo, recién cortada, goteaba mucha sangre, y bañaba el tronco y la mano de la bestia.

Sin decir una sola palabra —si es que hablaba—, el espectro dio la vuelta y se alejó caminando hasta confundirse con la obscuridad, en silencio; yo seguí dibujado en una sola pieza en esa pizarra negra por un buen tiempo más, congelado, mis sentidos no respondían, y mis pensamientos no sabían si huir o quedarme ahí era lo más seguro. No sé cuánto duró mi elipsis cuando sentí que la sangre volvía a pujar por mis venas, sentí un haz de electricidad recorriendo todos los rincones de mi rígida anatomía devolviéndome la facultad de mover los músculos, y por fin pude soltar el palo que llevaba en la mano. Reaccioné. Busqué asustado lo que no quería encontrar a mi alrededor, para mi gran fortuna y alivio no lo hallé, sin embargo, me sentí muy inseguro, en peligro, aterrorizado, debía salir de ahí; una bestia del averno andaba libre. Como un sonámbulo recién despertado di la vuelta para volver a la carpa y sentí que mis piernas apenas me sostenían, el temblor incontrolable que las poseía las doblaba en sus rodillas en forma constante al apoyarlas en el piso con cada paso. Me sentía sin fuerzas, débil mi cuerpo, débil mi humanidad, mis espiritualidad, mis creencias, débil Dios, cansada mi mente y mi voluntad. Apresuré mis pisadas y me fuí de bruces al suelo, golpeándome violentamente la cara contra una piedra, sentí la sangre manar por mi piel y un dolor en mi frente muy agudo, mi rabia se equiparaba casi ya a mi miedo, y de la mano de ella hundí mi rostro en la refrescante arena, lloré de impotencia, lloré porque me sentí humillado, por ser un cobarde, lloré porque yo no era nada. A los segundos, al intentar levantarme, con mis dedos rocé algo blando y los retiré impulsivamente, por reflejo, toqué algo que no era roca ni arena, no era nada que pudiera encontrase por ese lugar, presintiendo lo peor me resigné y volví a estirar la mano temerosamente sobre esa negrura con textura desconocida. En efecto, era blando, también helado, era la piel de alguien, era un cuerpo humano, una lucidez intempestiva hizo presa de mis ojos y lo pude ver, era el cuerpo de un niño sin cabeza, un tronco con piernas y brazos, blanco, regado de sangre, sangre que manchaba mis manos, ¡que veía en mis manos! La voz detrás de mí mencionó mi nombre, fue como una orden, una voz cavernosa y lúgubre, la voz de Satanás, como emergida de la garganta de un león con la facultad de hablar. Un grito de espanto salió, no de mi boca, sino de mi alma, me paré de un salto y salí corriendo enloquecido para caer pesadamente al suelo, volví a pararme para caer de nuevo, gateé y gateé metros y metros minutos y minutos, sin mirar, aterrado, ciego y sordo de espanto, sentía sobre mí a cada momento un hacha que partía mi espalda, una bestia que mordía mis piernas, un fuego que quemaba mi piel, una hoz que cortaba mi cabeza, una garra que me desgarraba la carne, un cuchillo que me sacaba el corazón, y así llegué, sin darme cuenta, donde mis amigos, preso de un ataque que destrozaba mi resistencia nerviosa, gritando y llorando como un loco, como un niño con una pataleta escandalosa, bañado en sangre y con un olor a mierda y orina pestilente. Ni el whisky ni el ron que Martín, Pablo y Miguel me dieron a beber en gran cantidad pudieron apaciguar mi ánimo ni acallar mis alaridos de terror…

A los días después, ya consciente —en el hospital—, me enteré que Pablo no había visto nada, que lo suyo había sido una cruel y premeditada broma de mal gusto; había sufrido una caída mientras se fumaba un pitillo de marihuana en la soledad, y el incidente le había provocado la brillante idea, en la cual participé inocentemente. Pude comprender eso, y pude comprender que lo mío no ocurrió realmente, fue sólo una ilusión. ¡El maldito alcohol! No había bestia ni cuerpo decapitado en la playa, y la sangre en mis manos y en mis ropas era de la profunda herida que me había hecho en un parietal. He buscado en libros y enciclopedias y la visión de mi demonio no existe, fue una invensión propia de mi mente, lo entiendo, nadie más ha visto una cosa así, por lo que concluyo que lo que ocurrió esa noche fue producto de la sugestión que me sugirió mi buen amigo. Si todo se resumiese de esa manera el asunto habría concluido con unos días en el hospital y el olvido posterior. Pero todo no se resume así. He visto mi pesadilla de nuevo, muchas veces, siempre que me encuentro solo; sé que es una ilusión, no cabe duda que lo es, estoy consciente de ello y se lo repetí al doctor hasta el cansancio: es una alucinación, ¡pero es tan cruel tenerla!, es horrible ver a ese demonio a diario, oirlo jadear, mirándome, sonriéndome, respirándome en la cara, comiendo carne humana frente a mis ojos, darme la vuelta y que se me aparezca de improviso, entrar en una habitación y cruzarme con su hedor, despertar en la noche y escucharlo caminar junto a la cama. Mis nervios son una maraña de impulsos eléctricos incontrolables, me provocan ataques compulsivos, me hacen orinarme en los pantalones, cagarme parado, vomitar cuando como, las piernas en cualquier momento ceden y mis huesos caen al suelo, mis brazos y manos son capaces de matar a alguien sin yo pensarlo, mi cuerpo entero es un rimerode carne espasmódica. ¡Es tan dificil vivir con el terror! ¡es imposible destruir a la sugestión!, mi sugestión, la que me traicionó. Ahora tengo un programa en la cabeza, una imperante orden que me provoca la infausta visión, mi cerebro es un computador obediente, un procesador virtuosamente veloz, y ese programa perpetuo se ejecutará hasta el último segundo de mi existencia.

Ha pasado mucho tiempo y no ha habido un solo día que no se presente el monstruo que creó mi maldita sugestión, no me lo puedo sacar de la cabeza, mi mente no puede desautorizar el eterno mandato, estoy condenado, desahuciado, acabado, lo he perdido todo, mis estudios se fueron al carajo el mismo día del viaje a la playa, no puedo trabajar por mi inconsistencia psíquica, mi familia me abandonó después de que ataqué a mi madre y a mis hermanos viendo a la bestia en ellos, pude zafarme de que me enclaustraran en un hospital psiquiátrico, pero tuve que irme por el temor a seguir dañándolos. Ahora los avergüenzo, cuando me ven me evitan como a un leproso. No tengo familia, no tengo casa ni mujer, no tengo amigos, no tengo vida, vago por las desamparadas calles como un sonámbulo, me convertí en un pordiosero que come lo que pueda encontrar en el suelo o en la basura, y si no hay qué comer busco en las cloacas a las fieles cucarachas que me alimentan con su substancia amarilla, bebo el agua corrompida de las piletas públicas, duermo en rincones tapado con diarios viejos, cago en los callejones o simplemente me cago encima. Mi pesadilla me acompaña siempre, en todo momento, no deja de seguirme, ya no necesito estar solo para que se presente, se ha convertido en mi sombra, en mis ojos, me acosa incluso en sueños. Ni siquiera los mendigos son capaces de soportarme, los asqueo con mi olor a mierda, los incomodo con mis ataques nerviosos, los ahuyento con mis discursos sobre el infierno, los aterrorizo con mis matanzas de animales; me convertí en un solitario, en un hombre solo, soy un paria, un indeseado, soy una rata humana, un preso en el gran calaboso que es esta ciudad de autómatas narcisistas, soy una rareza intocable, hediondo, sucio, baboso, que a donde va deja una estela de pánico. Huyen de mi hedor a excremento putrefacto y de las llagas abiertas en mi cara y en mi cuerpo que me provoco con las uñas por la desesperación. La visión me habla, me dice cosas, me trata de cobarde, de maricón, me habla del averno y de lo que será mi alma junto a él. Me pide que lo dé a conocer, me tortura y me obliga a hacerlo, me volví un predicador del infierno, un reverendo hechizado; a veces en las esquinas céntricas hablo de él, afuera de los bancos, de los supermercados, de los colegios, grito su nombre como un evangélico alaba a Dios, y al caer el crepúsculo los policias y los guardias me apalean por ello, pero sólo lo hacen los que no me conocen, para no volver a hacerlo nunca más, porque a pesar de todo, mi indeseable guardián me protege. Nadie que me ve una vez desea hacerlo en una segunda oportunidad. Él quiere que lo adore, quiere que sea su servidor, su siervo, y en parte me he convertido en ello, pero aún tengo algo de voluntad, aún me queda un poco de consciencia. Sólo le he ofrendado perros, gatos y ratas, los mato y los desmembro con mis propias manos para después comerles sus órganos y beber la sangre. Es repugnante, vomito por horas, y al recordarlo lloro por la perversidad de mis actos. Vivo en un continuo terror, en un odio permanente contra todo, contra Dios y toda su miserable creación, envidio a la gente, envidio incluso a los perros callejeros que se mueren de hambre sobre las aceras, toda existencia sobre este mundo es mejor que la que llevo, no deseo seguir viviendo, no se puede vivir así, no se puede vivir encadenado a este desgraciado, ¡qué daría por quitarme la vida!, pero no puedo, le temo a sus amenazas, temo a la posibilidad de que esa bestia sea real y no una alucinación, y que al traspasar el umbral mi existencia sea peor que ésta.

Aquí estoy, metido en este gran basurero, tapado de deshechos hasta el cuello por los cuatro puntos cardinales, cercado por los residuos sucios de la sociedad, flanqueado por miles de inmundas moscas zumbeantes, ésta es una creación de Dios, es mi hogar, un vertedero pestilente, no hay nadie en absoluto a mi alrededor a excepción del maldito demonio; él está a mi lado como de costumbre, babeando, mirándome, excitado, impaciente por verme ejecutar sus depravados deseos. Es tan horrible el bastardo, he pensado en arrancarme los ojos, pero no sería ninguna solución, lo puedo ver a ojos cerrados, y además, lo escucharía de todas maneras. Dice que si cumplo sus deseos me hará la vida menos miserable, dice que me dejará dormir por las noches. ¡Ahora me llama "socio" el muy hijo de perra!

Que me perdonen Dios y los hombres por lo que haré, pero no me quedan alternativas, después de trece tormentosos años soy capaz de todo por un momento de descanso; ya no me resta voluntad, este acto acabará completamente con ella y la reemplazará la sugestión para el resto de mis días, desde hoy no lucho más contra mi mente y me entrego en cuerpo y alma al infierno, desde hoy seré su esclavo. Él me indicó donde encontrar el cuchillo y la botella de éter en el basural, me cuesta mucho comprender cómo una ilusión puede hacer una cosa así, tal vez, después de todo, el que me acompaña sea el mismo Lucifer.

Abro el saco, el niño aún duerme, sobre el labio superior tiene el mismo exacto lunar que el hijo de puta malnacido de su padre.

—¡Despierta Pablito!…, despierta… Vamos a jugar.

Azul - Hugo Aqueveque



Azul
Hugo Aqueveque

Harry se levantó cabizbajo esa mañana, como lo venía haciendo desde hace 37 años. Después de dormir sus correspondientes dos horas y media estaba listo para ejecutar los planes especiales que tenía para ese día. Planes largamente meditados. Se metió a su pequeña ducha térmica de agua y aire comprimido de dos minutos, y salió más despierto, más vivo, aunque la lentitud de sus movimientos era inevitable. Cuando pasó frente al espejo del baño, el único de su departamento, evitó mirarse. Desnudo, volvió a su espacioso dormitorio. Presionó un botón en la cabecera de la cama y las cortinas se abrieron, inmediatamente después el vidrio del ventanal se enrroscó hacia arriba dejando ver la ciudad sin obstáculos. Era aparente el panorama, cuando Harry se asomó, un espeso smog cubría de un gris tenebroso los gigantescos edificios y torres. Parecía un crepúsculo en pleno invierno, pero eran recién las siete de la mañana de un día de verano. La hermosa y dañina luz del sol estaba sobre aquella capa de humo envenenado, como una contradicción aberrante la polución protegía a la ciudad de los rayos ultravioleta. Harry experimentó la sensación de rozar lo que había sobre esa capa gris horrenda, sintió la necesidad de tocar el azul del cielo, y estiró la mano fantaseando como un niño. Pensó que podía llegar al firmamento con ella en el último piso de ese alto edificio, pero era su imaginación y sus añoranzas, la tristeza de su edad; era su vida que en un mareo vertiginoso y con ráfagas como breves relámpagos se le venía a la memoria, imágenes muy difusas, sus recuerdos, sensaciones ya extinguidas desde tiempos incalculables para él.
Se vistió con lentitud escuchando música de Bach. Ya cubierto con las prendas de latex negro se encaminó hacia la puerta del asensor dentro de su mismo departamento, a una orden oral éste se puso en funcionamiento y comenzó a bajar los 200 pisos del edificio. Entre tanto, Harry se acomodaba unos grandes y llamativos anteojos que se adherieron a su piel rápidamente como ventosas. Sus dedos pulgar y anular de la mano derecha estaban recubiertos con dedales oscuros de apariencia incómoda y semi-metálica. Arrastrando el anular por su muslo externo derecho en una zona demarcada de su pantalón, activó una pequeña pantalla en sus anteojos. Era como una pantalla de ordenador sobrepuesta en la visión de sus ojos, y como manejando uno -con su anular a modo de mouse-, escogió el enlace de la opción de su vehículo como quien pincha un link en una lista de direcciones en internet. Siguiendo más opciones y links, lo puso en marcha y lo condujo hasta la entrada del ascensor en el garage del edificio. Al abrirse las puertas del elevador, su compacto carro, que tenía forma de una media luna ovalada vuelta hacia abajo, lo esperaba. Montó en el único asiento y a una orden oral el angosto vehículo rodó lentamente hacia la salida del edificio. El interior del transporte era estrecho, no tenía palancas, pedales, manubrio ni espejos, era sólo una pequeñísima sala de espera individual parecida más a un gran sarcófago acolchado y con ventanillas, donde su ocupante podía viajar incluso acostado y dormido. Harry, ahora arrastrando su anular por una superficie plana sobre un tablero a mano derecha, marcó en su pantalla la ruta que iba a tomar. Después de un par de segundos en el diminuto monitor de sus anteojos un mensaje de "Autorizado por la Central de Tránsito" y otro de "Ruta asignada" parpadearon junto con un sinnúmero de anotaciones menores que le informaban sobre horas de salida, tiempos, llegada a varios puntos intermedios, hora de estacionamiento y muchos datos más. Todo estaba programado de tal manera que ningún vehículo que circulara por las calles se detuviera hasta llegar a su destino, todo optimizado y automatizado al máximo, incluso los estacionamientos y las posibles paradas de emergencia quedaban programadas al seleccionar la ruta.
Le correspondió la cuarta pista, la última de arriba, la única que dejaba ver por lo menos los edificios y el cielo oscuro, las otras tres daban la sensación de viajar por túneles y a Harry no le agradaban. Ya en camino, intentó leer algún periódico en la pantalla de sus gafas, pero no pudo concentrarse, sus pensamientos andaban en otro lugar, era la nostalgia la que no lo dejaba tranquilo, uno de los achaques de la edad del cual nunca se habla y tal vez el más serio de todos. Hizo un brevísimo recuento de su existencia -hace una década que lo venía haciendo todos los días-, e irónicamente, como costumbre, el resultado daba positivo a pesar de su inconformidad. De la nada construyó un imperio económico y en el rubro más complicado de todos; la salud. El resultado de su vida daba un superavit envidiable para cualquiera. Pero mientras más dinero poseía más solitario se sentía, estaba seguro que la relación era proporcional en su caso.
El smog, las luces, las construcciones y las personas que pasaban a su alrededor desaparecían gradualmente de su visual, su mente viajaba, se iba al pasado, a lo poco que recordaba. Casi no habían imágenes ni voces en su memoria, sólo información pretérita que apenas recordaba. Nombres, fechas, números, ciudades, calles... acontecimientos remotos que si no los tuviera de antemano por ciertos dudaría de ellos.
Harry provenía de una familia humilde, pero pudo sacar adelante una carrera de medicina y sus correspondientes postgrados, aunque su futuro no fue el de médico sino el de empresario del rubro. Estableció varias compañías, una de las cuales se convirtió en una verdadera mina de oro que le dio fama y riqueza. Esos fueron los buenos tiempos, ahora Harry estaba en el ocaso de su vida, lo estaba desde hace mucho, convertido en un reconocido anciano filántropo que mantenía misiones humanitarias en Suecia y Noruega, países destruidos desde hace décadas por las guerras civiles y el frío polar extremo. Analizaba su vida mientras la vibración silente del vehículo lo hipnotizaba, lo hacía sentir arrullado en una cuna como un bebé. Lo tuvo todo, especialmente salud y dinero, porque la salud en esos tiempos era fácil obtenerla. Desde la lectura del genoma humano los adelantos médicos habían sido increíbles, esto aunado al acelerado desarrollo tecnológico habían dejado sin límites las "creaciones" médicas. Ya nadie se enfermaba, ni siquiera en la sobrepoblada y miserable Europa, era muy difícil morir en un accidente por muy grave que fuera, la tecnología permitía recuperar o reemplazar cualquier miembro u órgano humano, y si no se podía, siempre existía la opción de la criogenización -sólo a las muertes por hambre no le habían encontrado remedio-. Eran tiempos en que los médicos no existían, no se necesitaban, quedaban apenas los que ejercieron en tiempos pretéritos, Harry era uno de ellos, y quizá el más célebre de todos. Eran una casta extinguida, piezas de museo, reemplazados absolutamente por las máquinas reparadoras. Maquinarias que indirectamente habían hecho millonario a Harry. La gente vivía años y años, nadie moría antes de cumplir el siglo de vida. Hombres que en el siglo pasado tenían la apariencia de tener 50 años, y los tenían, ahora llevaban a cuestas sobre los 90. La gente joven era muy difícil de hallar, además la gestación normal de bebés estaba siendo reemplazada a un ínfimo costo por las técnicas de clonación, niños a la carta con espectativas de vida por sobre los 125 años.
Él ya estaba cansado, sentía que su cuerpo se detenía en cualquier momento. Se había sometido a muchas intervenciones quirúrgicas, su corazón, estómago e hígado eran máquinas con larga vida útil certificada desde fábrica, la mayoría de sus huesos consistían en estructuras de firme titanio, sus músculos permanentemente reforzados con inserciones de material semi-biológico, al igual que sus venas limpiadas y regeneradas cada 20 años por el llamado "lavado vital", tratamiento invención de uno de sus nietos. La piel de su cuerpo la había estirado más de nueve veces, y la tenía tan delgada como la cáscara de una cebolla. Le repugnaba mirarse al espejo, le repugnaba mirar los venosos rostros de los demás, y daba gracias por la imperante moda de vestir todo el cuerpo, incluso la cara con esos enormes anteojos eléctricos.
Un sonido de una suave alarma lo sacó de sus cavilaciones, estaba a un minuto de su destino, una de sus innumerables clínicas de asistencia; la casa matriz. Una sonrisa imperceptible lo regocijó al pensar en lo curioso que se sentía ser cliente de su propia empresa, la que ahora estaba en las confiables manos de uno de sus tataranietos, el cual personalmente iba a tratar su caso a pesar de no ser su labor.
Harry había nacido el año 72 del siglo XX, y la fecha de ese día era el año 28 del siglo XXII, tenía 156 años de edad, exactamente 100 años más de los que vivió su padre. Ya había olvidado el rostro de su progenitor, recordaba a toda su familia menos a él. Fue el primero en morir, bastantes años antes que su madre, y mucho antes que sus hermanos. Y aunque tenía fotografías y cintas de video, a su padre lo veía como a un completo extraño, nunca podía formar su rostro en la memoria sin la ayuda de las fotos que guardaba. Temía que era demasiado el tiempo que los separaba y muchas las cosas que su cerebro y su corazón no podían retener. Eso lo apenaba. No cabía duda, su generación había dado un gran salto tecnológico tan horrorosamente antinatural que el metabolismo humano no pudo asimilarlo, los hombres no estaban evolucionados para vivir tantos años. De lo contrario Harry no habría olvidado a su padre.
En el portal del edificio lo recibió Héctor, su tataranieto, y después de un breve e íntimo intercambio de palabras ingresaron al edificio y pasaron a una iluminada habitación en el décimo piso. Harry se desvistió y se colocó encima unas prendas hospitalarias. Estaba tranquilo, ya acostumbrado por la experiencia de tantos paseos por ese tipo de salas. Se recostó en una ostentosa cama de metal con colchón forrado en seda. Respiró sereno mientras su joven tataranieto en silencio preparaba unas mangueras, que en breve conectó con destreza y sin dolor a la yugular del anciano. En secreto recordó a su mujer, la que se había suicidado violentamente hace 37 años. Cuánto extrañaba su presencia. La partida de su amante compañera significó el inicio del ocaso.
Héctor se acercó de nuevo y le puso en su mano derecha un diminuto aparato de liviano metal negro que conectaba mediante un cable a una máquina, la misma desde donde procedían las mangueras.
-Cuando tú quieras, viejo- le dijo Héctor con cariño. Era necesario que el mismo cliente accionara la máquina.
-Ahora mismo, muchacho, antes de que me arrepienta- y Harry sonriendo nerviosamente presionó el botón del aparato que tenía en su mano.
Algo asustado, notó como un líquido azul brillante subió por la manguera hasta incrustarse en su vena. Se alegró al mismo tiempo en que sintió la gélida substancia entrando en su cuerpo. Una sonrisa infantil, pero ahora legítima, se dibujó en su rostro deformado por las numerosas cirugías, mientras recordó -o soñó, no lo supo- con nitidez un momento exacto de su existencia: Se vio siendo niño, lo sintió como si estuviera allí. Pescaba sobre unos roqueríos junto a su padre envueltos en un agradable aroma marino, ansioso lo miró a su jovial rostro y lo sintió suyo como no lo sentía hace 100 años, de su sangre y de su carne... como a un hijo que murió joven. Vio en sus profundos ojos azules, que no recordaba hasta ese momento, el reflejo del azul del mar, el resplandor del azul del cielo, el azul que nunca más sería, el azul que cuando nació por derecho le correspondía. Ese azul que dejó este planeta hace años y que él debió acompañar. Y en ese preciso momento tuvo la certeza de que haber alargado su vida de tal manera había sido un imperdonable error, que esta vida extra no le fue asignada por Dios o quien fuera, nunca la quiso, y se arrepintió por tantos años de existencia inútil y forzada.
Al irse durmiendo, mientras lágrimas amargas bajaban por su rostro, escuchó la voz de Héctor, que como un eco lejano le decía "hasta siempre abuelo…", era su definitivo adiós, pues, en esos tiempos de inmortales artificiales su lucrativa empresa se dedicaba a dar el oneroso servicio del suicidio asistido, y Harry, cansado y solo, ya no quería vivir más.
Luego, un líquido rojo subió por otro de los tubos hacia sus añejas y fatigadas venas. Pero Harry ya dormía, y en su sueño nada más que el azul existía


El Último - Hugo Aqueveque




El Último
Hugo Aqueveque

La gente huye de la lluvia imprevista y furiosa. Por la avenida corren en distintas direcciones, a sus casas, a los bares, a refugiarse donde sea. A mí no me molesta, la lluvia es como parte de mí, como mobiliario de mi hogar. Así vive un solitario caminante como yo. Llueva o truene, de cualquier manera camino siempre, con paso pesado, cansino, pero firme. Nunca he dejado de cumplir mi labor, es mi record y mi orgullo. Es mi trabajo, y como tal he dedicado una vida entera a la Compañía.
Es un mal trabajo, no cabe duda, tal vez el peor de todos. No por lo excesivo, eso es soportable después de todo, es por lo que me toca ver a diario, llantos, insultos, lamentos, que me dan hasta escalofríos. Y qué decir del trato; los afiliados me rechazan, me evitan, nadie quiere cruzarse conmigo en los pasillos, nadie me habla en las calles, ya no me quedan amigos -y no sé si los tuve algún día-. Cuando me acerco a ellos, a la gente, me eluden, cambian sus rumbos para no toparse conmigo, se agachan a recoger objetos inexistentes o a desabrochar y abrochar sus cordones para no mirarme a los ojos.
Mis jefes dicen que son ideas mías, que la gente no sabe quien soy, y en ocasiones pienso que es verdad, porque muchas veces paso entre ellos como si no me vieran, como un fantasma… me ignoran por completo. En otras ocasiones los he sorprendido hablando mal de mí, como de un indeseable que nadie quiere en su casa ni entre sus familiares ni amigos, o deseando que le haga una visita a algún enemigo, incluso haciendo trámites y artilugios ilegales para obligarme a hacerlo. Los inquieto, me temen. Les aterra mi presencia, es como si yo fuera un leproso bíblico o uno de esos intocables de la India que ellos eluden por reflejo. ¡Qué prestigio me he ganado por Cristo! Yo creo que la gente hasta me odia.
Y ahora es peor que nunca, la Compañía ha crecido mucho en contraste con los malos tiempos, y mi labor aumentó una enormidad. Los Pilatos de la Compañía deciden qué afiliado no continúa y punto, es fácil para ellos, se lavan las manos, pero yo soy el elegido que tiene que ir a dar la cara y comunicarle la noticia al afectado a su hogar, o a donde se encuentre, y tengo que verle los ojos a sus hijos y esposas, a sus lloriqueantes madres. Son tan propensas al llanto las mujeres, me cansan. Si no es para tanto pienso yo, el afectado se cambia a una Compañía mejor y asunto arreglado, es como una promoción; están obligados a evolucionar en esta vida. Si pudieran entender eso mi función no sería tan insoportable. Ojalá los directores tuvieran el valor de hacérmelo a mí, pero no lo hacen porque, y aunque suene a vanidad de mi parte, soy irreemplazable.
En mis manos tengo la infausta lista de hoy, la primera es una tal Rebeca Apablaza de la Villa Pajaritos. Queda cerca… A ver, el segundo; Oscar Ericsson, la dirección no la conozco, parece que ésa es un poco lejos… es un anciano. El siguiente… Lonquén Huenchual ¿qué clase de nombre es ése? Debe ser mapuche o algo así. Tuvo problemas con los carabineros en una protesta según dice aquí. En fin, vamos a visitar a Rebeca, a ver qué tal toma la noticia.
Por lo general la gente es incrédula, no me hacen caso cuando se los comunico, se ríen y se mofan de mi vestimenta y de mi cansado rostro, y cuando se dan cuenta de que hablo en serio les cuesta resignarse, me gritan, patalean, me reclaman, se tiran al suelo y me ruegan en vano. Me cuesta un mundo conducirlos a las dependencias, hasta algunos se me han escapado, y ahí tengo que salir como un idiota tras el cobarde. Es la naturaleza humana, supongo.
Ando de suerte -lo que es muy raro-, no hay mujeres en casa, sólo la afectada. Un hogar humilde como costumbre. La mayoría de las veces es así ¿por qué se desquitarán siempre con la gente pobre? Rebeca es muy joven. Como es de esperar me saludó riéndose por mi apariencia. Me da pena comunicarle la mala noticia. En la Compañía dicen que tengo unos ojos negros inexpresivos y una cara de nada ideal para este trabajo, no sé si tomarlo como un halago o un insulto. Creen que soy frío como témpano, pero no es así, me cuesta hacer esto. Creo que no existe el ser que pueda resistir un trabajo como el mío por tantos años, viendo tanta desgracia y sufrimiento, tanta porquería a menudo, cuantas injusticias que se cometen. Y los llantos de las mujeres, sus agudos, angustiantes y escalofriantes llantos… se me han hecho insoportables. Necesito un cambio, ¡maldito trabajo ingrato! ¿Qué tienen en la cabeza estos señores?, ¡si es apenas una niña!
Tiene una sonrisa radiante, la muchacha realmente es hermosa. Me es imposible no sentir cierto cariño paternal hacia ella -siempre me pasa con los más jóvenes-, si es que es eso, es un deseo de protegerla, de cuidarla, de evitarle este trance tan desagradable, con gusto cambiaría mi lugar por el de ella, pero no puedo hacer nada, su suerte está echada, la decidieron los capos de la Compañía y eso es irrevocable.
Conversamos un rato sentados en el austero living de la casa, disimulo ante ella, le correspondo amablemente sus sonrisas ¡Soy un miserable! ¡Un hipócrita! Me cuenta muy amena que es estudiante y que pronto buscará trabajo porque planea casarse. Dice que viene un hijo en camino. ¡Qué mala suerte! Estaba arreglando el enchufe del refrigerador cuando llegué, me confiesa que no sabe nada de electricidad pero que no se amilana con nada, que le gusta "echarle pa' elante nomás" porque así le ahorra unos pesos a su madre. Me ofrece un vaso de agua, y se lo acepto. No tengo sed, en honor a la verdad no tengo deseos de nada, sólo consiento para que ella se dé cuenta por sí misma de que no soy una broma. Me siento despreciable al hacerlo, la observo levantarse y caminar grácil y no entiendo por qué se lo hacen a personas como ella.
Escuché su grito de espanto que retumba en los trémulos cristales de la habitación, un grito horroroso que hasta a mí que -se supone- soy un ser sin sentimientos me encoge el corazón. Creo que este trabajo me ha curtido en cuanto a sentir cosas, sentir pena y rabia, sentir odio y tristeza... si lo supieran en la Compañía se reirían ¡para lo que me importa! Yo soy de aquí, lo siento así aunque en la Compañía me digan que no, que no pertenezco a esta gente. Pero tanto contacto con ellos, tanto contacto con sus sufrimientos me está haciendo humano, me está haciendo mal de verdad.
Ya vio el cadáver en la cocina; su rígido y chamuscado cadáver junto al refrigerador. Ahora tendré que convencerla para que me acompañe al juzgado. No saco nada con decirle que la espera una mejor vida, que el otro lado es bellísimo, y que como es tan joven tiene asegurado su lugar. No saco nada, aunque les prometa el cielo y la tierra, el oro y el moro, los afiliados nunca desean dejar nada atrás, no desean abandonar a nadie, se les rompe el alma al partir conmigo, y el alma es lo único que les queda, y lo único que hay en definitiva.
Esto me harta, es denigrante, ¡maldito trabajo ingrato!, si hasta siento que me podría caer una lágrima de lástima o impotencia, y no sé si es por ella o por mí. Debería dejarlo. Pero no puedo, me acostumbré a tal punto que ya no sé hacer nada más. Me engaño de sólo pensarlo, sé que no tengo reemplazante, sé que no puedo renunciar, que mi trabajo no funciona así. Es único y eterno. Esta gente me confunde, tanto tiempo entre ellos me deforma la realidad. No pertenezco a este mundo, ¡debo metérmelo bien en la cabeza de una vez por todas!
Hoy tengo la certeza que nunca saldré de esto, la certeza de mi resignación, la revelación que descubro al ocaso de mi jornada y olvido todos los amaneceres. Es mi destino vivir esta tenebrosa y desgraciada existencia, y la ingratitud de mi trabajo es una maldición que sólo acabará cuando se desvanezca la última alma sobre la tierra. Y ése no será un hombre, no, no será humano, sino un ser solitario de otra especie muy distinta y singular, de ropaje oscuro y ojos negros como la noche, ojos fríos cuan filo de su hoz, ese ser caerá tan pesado como la penumbra en invierno, y en alguna de sus cuencas oculares se asomará un fugaz destello que parecerá una lágrima corriendo por su osudo rostro, una ilusoria lágrima de infinita felicidad. Y ésa será realmente la última alma que se vaya de este mundo, aunque en una eternidad entera, sólo ese único ser la haya considerado como tal




Los Maestros de Ryan Weill - Hugo Aqueveque






LOS MAESTROS DE RYAN WEILL

HUGO AQUEVEQUE

Ryan, sentado en su ostentosa y alta silla de cuero café con botones inscrustados, la miraba con atención, y constantemente revisaba la grabadora temeroso de que ésta pudiera detenerse por puro capricho. Ella recostada en un gran sillón del mismo color y textura que la silla —sin duda, obras del mismo artesano— agitaba regularmente su cabeza de un lado a otro como queriendo no ver algo en la visión de sus ojos cerrados.

—¿Qué ves?— le preguntó él.

Ella se quedó en un silencio escrutador y le respondió después de unos segundos:

—Una habitación, estoy caminando por el interior de una casa muy grande. Los muros son de bloques de piedra color gris...

Ryan anotó muy rápido, con la inherente caligrafía ilegible de un médico, en la pequeña libreta que tenía entre sus manos, esperó un momento a que ella continuara, pero ésta no lo hizo, y aclarándose la voz con un disimulado carraspeo la interrogó de nuevo:

—¿Puedes identificar la época o el lugar en el que estás?

—No, no lo sé..., no hay nada, las habitaciones están casi vacías, sólo hay unos cuantos muebles sucios, llenos de polvo y telarañas..., parece una casa abandonada.

—¿Qué tipo de muebles? ¿se ven antiguos, modernos..., lujosos?— le insistió, sin soltar la libreta y llevándose el lápiz a la cabeza para tocar suavemente una de sus sienes en evidente postura de reflexión y análisis.

—Sí, son antiguos, muy antiguos. Y también se ven lujosos..., caros.

El doctor mostrando un tenue semblante de ansiedad, le preguntó sin antes darle una nueva oteada a la máquina grabadora:

—¿Cómo eres?..., mírate y dime cómo eres.

Caroline levantó un poco la cabeza y miró su cuerpo con los ojos cerrados —soy hombre, mi ropa es negra, toda negra, visto pantalones de lino y un largo abrigo de paño hasta las rodillas. Los zapatos y toda la ropa se ven impecables, como recien hechos— alzó las manos frente a su rostro girándolas sobre su dorso y exclamó asombrada:

—...¡Dios mío! ¡mis uñas son muy largas!, parecen manos de mujer..., mi piel es pálida..., blanca como porcelana, los dedos finos y largos, y las uñas muy crecidas.

—¿Sabes tu nombre?

—No lo sé..., no lo recuerdo —se quedó en silencio por unos segundos y habló a continuación con su voz entrecortada —..., tengo miedo..., aquí está muy helado..., hace mucho frío.

—No va a pasar nada Caroline, ten calma, ¿hacia dónde te diriges? ¿qué estás haciendo ahora?

La mujer movió sus globos oculares bajo la delgada piel de sus párpados y respondió:

—Estoy bajando por una escalera de piedra, es como un túnel muy obscuro y al fondo se ven algunas luces..., creo que son antorchas.

—Trata de ver qué hay al fondo. Observa bien qué te rodea.

Caroline se demoró en responder, el doctor no la presionó y la esperó pacientemente mientras descubría con su mirada unas formadas y firmes piernas bajo la falda de cotelé azul, casi se olvida de la razón por la que estaban ahí cuando ella habló y lo espantó de su prohibida admiración.

—Estoy llegando, parece que es otra habitación..., sí, es otra habitación, y muy grande; hace mucho más frío. !Dios mio!, estoy en una cripta o algo así..., hay varios ataudes, es un mausoleo inmenso. Hay muchas velas y cirios encendidos..., no son antorchas las que se veían, son cirios.

Ryan no se inquietó con la descripción de su paciente, al contrario, con su voz más segura le interrogó:

—Entonces..., ¿estás muerta?

—Sí— respondió al instante, tan segura de lo que decía como el doctor de lo que preguntaba —estoy muerto, no respiro... Tengo miedo Ryan.

El psiquiatra se inclinó hacia adelante en su silla y posó una de sus suaves manos sobre las de Caroline de modo consolador:

—Tranquilízate— le dijo —, no pasa nada, respira profundo, todo durará un segundo, trata de adelantarte en el tiempo para pasar a otra vida.

El semblante de ella estaba alterado, respiraba en forma agitada, sus movimientos oculares se hicieron vertiginosos, lo que veía o sentía estaba sobrepasando sus capacidades, y más que hablar, gimió —el olor es asqueroso, tengo deseos de vomitar. !Estoy dentro de un ataud!..., ¡tengo miedo! ¡sácame de aquí por favor!

Ryan, ahora parado —levemente agachado— y con ambas manos sobre las de Caroline le decía subiendo la intensidad de su voz —Caroline, sale de tu muerte. Elévate hacia los maestros. Deja esa vida atrás, quiero que pases a la siguiente.

—No puedo, la muerte no deja elevarme..., por más que trato no puedo...

—Si puedes.

—¡No puedo!

Ella se veía mal, aflijida, pero el doctor no consideró prudente despertarla de la hipnosis, aún no había conseguido la información que buscaba, y molesto por la incapacidad de ella de seguir sus intrucciones, con un tono estrictamente autoritario, le ordenó —¡concéntrate!, ¡hazlo Caroline!, flota en tu mente... ¡Adelántate en el tiempo! ¡conéctame con los maestros!, sobrepasa ese momento final. Estás muerta— y excitado, con una fe enorme y firme en lo que decía, le exigió de manera solemne, como si de su laringe emanara la orden omnipotente que levantó a Lázaro de su tumba —, ¡elévate y nace de nuevo!

Poco a poco ella redujo el precipitado movimiento de sus ojos y de su cabeza, así como el ritmo de su respiración, hasta que su estado se vio totalmente normalizado; después de unos mudos momentos, habló —ahora estoy en un poblado; es de noche. Ando por una estrecha calle de adoquines...

El psiquiatra con una ligera sonrisa de satisfacción en su rostro le preguntó —¿Puedes identificar la época o el lugar?

—Hay muchas casas antiguas, creo que son europeas..., suecas u holandesas quizá. No hay luces, pero puedo ver perfectamente en la obscuridad. Hay algunas personas conversando, pero no me ven, sólo un perro asustado percibe mi presencia... Tengo hambre, Ryan.

Dubitativo, calculando una fecha y un lugar en la historia humana, le argulló —ya tendrás tiempo para comer; dime, ¿quién eres ahora?

Caroline hizo los mismos gestos anteriores, y los de todas las sesiones pasadas, levantando su cabeza y sus manos para mirarse y describirse a ojos cerrados —no lo sé. Pero soy hombre..., estoy vestido de negro, entero, con un gran abrigo grueso hasta más abajo de las rodillas, mis manos son blancas, y mis dedos muy finos..., tienen uñas largas, como los dedos de un artista.

En la cara del doctor se dibujó una mueca contradictoria, de extrañeza y desencanto, y acomodándose inquieto en su pomposa silla, le replicó —no puede ser , ya visitaste esa vida. Aún estás en tu existencia anterior, debiste de haber retrocedido. Flotaste hacia atrás en vez de adela...

—¡No lo hice! —lo interrumpió ella de modo impetuoso, y agregó —, siempre fui hacia adelante.

Ryan Weill se pasó la mano por su rostro en un evidente gesto de frustración, estaba cansado, esas eran las últimas horas de ese día y las fuerzas y la concentración lo abandonaban, y la poca obediencia que estaba mostrando su paciente—y cooperadora experimental— lo acongojaba y enojaba. Con hastío en su timbre continuó.

—No importa, da lo mismo, adelántate en el tiempo. Ve de nuevo hasta tu muerte y pásala de una vez por todas.

—¡No puedo!, además ya estoy muerto— contestó firmemente ella en respuesta a su tono, como si, a pesar de todo, estuviera consciente de su entorno dentro de su somnolencia inducida.

Estuvo a punto de sacarla del trance para irse a dormir y olvidarse de todo hasta la próxima reunión, pero un presentimiento curioso le decía que no debía hacerlo, y haciendo un gran esfuerzo por ocultar su malestar, le impugnó —no puede ser, Caroline, estás entendiendo mal. Concéntrate por favor, escúchame bien, ve hasta el fin de esa vida y pásala.

La voz de ella sonó angustiada, como un ruego —eso hago, eso estoy haciendo, pero no puedo, no hay fin.

—Caroline, eso no puede ser, escúchame bien por un momento: a-de-lán-ta-te. Anda hacia adelante, —y le ordenó lo mismo que pretendía, pero de otra manera— anda hasta el último acontecimiento de esa vida.

Como si el doctor hubiera mencionado una palabra clave, el rostro de ella volvió a moverse de lado a lado, como experimentando una pesadilla tormentosa, temblaban sus manos, y sus párpados se entreabrían con una intermitencia eléctrica inhumana dejando ver sus globos oculares blancos, su boca abierta por espasmos fuera de su control, habló —pasan muchas imágenes, Ryan..., muchas personas y lugares, siempre obscuras, todas negras. Pasan años Ryan..., veo siglos ante mis ojos.

Sin inmutarse con las palabras dichas, ella dejó pasar unos instantes callada, ensimismada y más serena; el doctor la esperó impacientemente, sin interrumpirla, hasta que ésta habló, fue una frase corta pero tajante, que retumbó como un estallido en la moderna y lujosa habitación que las hacía de consulta psiquiátrica —estoy en mi casa...

Los ojos de Ryan se abrieron sorprendidos, soltando su pregunta como un incontenible exabrupto: —¡¿qué diablos?!..., ¿te refieres a tu casa actual? ¿a esta época?

—Sí, es mi casa, estoy en el living de mi casa, es hace una semana, lo sé porque veo las rosas blancas que me regaló mi novio; es el miércoles o el jueves en la noche...

El asombro del doctor no tenía límites, si ella en su trance había llegado desde el pasado hasta la época contemporánea sin experimentar ninguna muerte ni renacimiento en todo su transcurso, no quedaba más alternativa que deducir que era una inmortal, ¡siempreviva!, y ella ni siquiera lo sabía. Estaba dando un giro enorme en sus investigaciones, no sólo existían los espíritus inmortales, los llamados maestros eternos —como él lo había determinado—, acababa de descubrir —si era cierto lo que decía su paciente, y no tenía por qué dudarlo— que habían elegidos que eran inmortales de carne y hueso, hombres y mujeres que caminaban entre nosotros eternamente, testigos palpables de la historia de la humanidad. Seres sin memoria, hermosos y perpetuos como Caroline.

Atrapado por un anhelo angustiante la interrogó apurado —¿ése es el último acontecimiento de tu vida? ¿qué edad tienes?..., si estás en tu casa, ¿qué haces en este momento?..., dijiste que era de noche ¿no?

—Estoy en algún lugar de la sala, caminando en dirección al dormitorio principal... Es de noche.

Ryan la interrumpió bruscamente —¿parado?, acaso ¿tienes consciencia de hombre todavía?

Sin titubear ella afirmó positivamente, aunque después corrigió —... La verdad, no lo sé, pero no creo que sea mujer—, a lo que el doctor replicó apresurado —trata de buscar un espejo, necesito saber cómo te percibes físicamente.

Pasando por alto el requirimiento, ella agregó asustada —¡Ryan!, ¡hay alguien durmiendo en mi cama!..., no sé quién es... ¡Tengo miedo!

—¿No lo conoces o no puedes verlo?

—No puedo verlo, tiene el rostro bajo las sábanas.

—Acércate y mira quién es. Necesitamos saber quien es para curarte. No temas, nada te puede ocurrir.

Caroline moviendo sus ojos bajo su piel aparentó hacer lo que le pedía el doctor.

—Estoy caminado hacia la cama, estoy muy cerca pero no le veo la cara, la tiene oculta— y agregó tranquilizándose notoriamente—. Es una mujer.

Ryan, revisando varias veces la grabadora, como si no tuviera seguridad de su funcionamiento, excitado por el relato de su paciente, le preguntó con un entusiasmo casi infantil —¿una mujer?, ¿cómo es esa mujer?..., ¿la conoces?

—Le estoy tocando el cabello..., ahora la destapé completamente, está durmiendo sobre sus pechos y cara..., desnuda; es linda, muy linda, su pelo es negro y su piel blanca.

—Mírale la cara— bramó urgido el doctor.

Caroline quedándose en silencio y sin movimientos faciales por intervalos de tiempo notorios, ya mucho más sosegada, con una voz en reposo, letargada, describió lo que estaba viendo —le estoy volteando el rostro para verla... Su piel es caliente. ¡Mi señor!..., ¡no puede ser!...

La incertidumbre de Ryan lo destruía por dentro, despojándolo de toda tolerancia y paciencia, y más que una pregunta fue un grito lo que lanzó —¡¿qué pasó, Caroline?!..., ¿quién es esa mujer?..., por amor de Dios ¡contesta!

—No puede ser, Ryan..., no lo puedo creer. ¡Soy yo!; la mujer en la cama soy yo.

La faz afeitada y aperfumada del doctor se transformó en una deformación perpleja, en un reflejo de toda la paradoja que consumía su existir; el lápiz y la libreta cayeron al piso de entre sus dedos y ni siquiera pareció darse cuenta, y bañadas en una lluvia furiosa de gotas de su saliva, las preguntas se hacían imperantes exclamaciones —¡¿cómo?!, ¡¿qué dices?!, ¡¿estás segura?!

La paciente parecía sentirse atraída o absorvida por su vivencia, impaciente de saber su final, y prosiguió hablando, sumergida en su relato, sin detenerse para contestar a las preguntas de su interlocutor —con mis manos la tomo y la giro en la cama. Está ahora de espaldas sobre las sábanas, durmiendo aún, más bien semi dormida, como hipnotizada. Sus senos son grandes, y su cuello muy fino. Le estoy abriendo las piernas..., para acariciar su vagina. Es mi mancha de nacimiento, la tengo en mi entre piernas, no me queda ninguna duda, la mujer en ese lecho soy yo...

Ryan desconcertado completamente impugnó, como defendiéndose de una vil injuria arrojada sobre su intachable persona —¡imposible!, no puedes tener dos vidas simultáneas. Es una paradoja estúpida, es infantil. ¡Simplemente no se puede!

Caroline, sin reparar en los descontrolados comentarios del psiquiatra —ni en su presencia—, se llevó, sobre la falda, una de sus manos a su sexo exhalando un suspiro libidinoso, su respiración onda poco a poco fue in crescendo y se mojaba los labios constantemente asomando su lengua roja y jugosa por entre los inmaculados dientes simétricamente ordenados —me estoy montando sobre la mujer, encimando sobre mi misma..., estoy muy excitado. Tengo la mano en mi pene..., es inmenso ¡nunca he visto uno tan grande! Es áspero y muy grueso, rojo vivo, es distinto al de los hombres... Voy a penetrarla

Ryan calmó sus impetus, y atento, con la boca abierta, prestó oídos a su colaboradora.

Caroline, manoseándose fuertemente la ingle y su entre piernas continuó —trato de penetrarla, pero es muy difícil... A pesar de que su entrada está totalmente mojada, mi pene es demasiado grande, y no puede entrar.

El doctor estaba mudo, escuchando cada palabra con suma atención, concentrado como si se tratara de un asunto de importancia vital, su respiración se agitaba con cada palabra de la mujer. Ella olvidada ya completamente de su compañía, relataba lo que veía, como si su placer fuera más intenso al describir la situación en su virtual soledad; ella tenía estimulados a extremo los sentidos, incitada, acariciando con una de sus manos notoriamente entre sus piernas y con la otra, con sus dedos abiertos, sobre su pecho fuera de control, siguió hablando, su voz era sensual, levemente profunda —la penetré, con mucha dificultad, pero entré de golpe en su carne con un grito tremendo de ella..., hierve por dentro..., siento mucho placer. ¡Estoy tan caliente! Me muevo sobre su cuerpo, su piel es muy tibia, la siento caliente, como si su temperatura fuera mucho más alta que la mía. Soy brusco, siento que la cama se va a desarmar. ¡Qué placer más intenso! Ella también está gozando, mueve la cabeza para ambos lados, está como desesperada, gimiendo desquiciada, con su boca abierta a más no poder. El movimiento de su cabeza me muestra su precioso cuello. Soy yo, estoy frente a frente a mi propio rostro..., ¡haciéndole el amor a un espejo!

No cabían más pensamientos en la mente del doctor, estaba anodadado con el descubrimiento, y embobado con los jadeos sensuales de Caroline, y se repetía una y otra vez susurrando —asombroso..., asombroso..., asombroso—. Dejó que la mujer tuviera total libertad, y ella ajena al mundo, se entregó al deleite de su erótico y singular sueño, gimiendo y revolcando su cuerpo sobre el sillón como una serpiente herida, tocándose impúdicamente las partes más íntimas de su anatomía, jalando sus ropas y rasgando los ojales de sus botones, desordenando alocadamente su cabello. Ya no hablaba, sólo gemía escandalosamente; la expresión de su rostro era de lujuria, su rostro estaba desencajado por el placer; su alma estaba poseída por un ser hipersexual, un sátiro, una ninfa afiebrada o los dos... Fueron unos eternos minutos de un espectáculo sexual sobrecogedor, nunca en la vida imaginado por Ryan, un espectáculo que lo tenía al borde de la legalidad y la moral, al borde de la violación de su juramento hipocrático; la iba a tocar, a pesar de su conservadores principios, a pesar de su educación evangélica, a pesar de su matrimonio y de sus hijos, la iba a tocar... Extendió su mano temerosa, alargando trémulos sus blancos dedos, percibiendo el calor en sus yemas al acercar la mano al cuerpo animalado de esa deslumbrante hembra en celo, la iba a tocar, no le faltaba nada para experimentar el paraíso ahí inclinado desde su silla de cinco mil dólares, y todo terminó de golpe cuando ella chilló con su voz ronca y alterada por la euforia —¡¡siento mi orgasmo próximo!! ¡¡ya viene!!...

Ryan de un brinco quedó clavado en su silla, con el corazón explotándole y retumbándole los latidos en sus oídos como un bombo gigante. No dijo nada, asustado, no dijo nada.

Retomando el relato dejado hace un rato, Caroline continuó hablando —su cuello me calienta, me llama, se lo estoy besando, le paso mi lengua fría, su piel es caliente, muy caliente, afiebrada a mi tacto, como si yo estuviera congelado, y me gusta mucho, me hace sentir vivo. Mis babas caen sobre su piel. Le mojo el cuello y las tetas..., ella gime como una puta, grita como una puta, y yo jadeo como una bestia asesina.

Ya despierto súbitamente de su potente y sensual pausa, el doctor reinició nervioso su interrogatorio —¿ella está consciente de lo que pasa?, ¿te ve?

—No..., ella está en un trance mmm..., abre los ojos pero no me ve..., ay..., para ella es... un sueño.

No hubo réplica de su interlocutor y prosiguió —siento que voy a explotar. Su cuello me calienta, no lo resisto, y se lo muerdo...

Todo quedó en un nuevo silencio en la ocre habitación, ella concentrada en su vivencia y él callado, sin ocurrencias qué preguntar, bloqueado, esperando infructuosamente alguna luz que iluminara su inteligencia. Se aproximó para mirarle el rostro más de cerca, para descubrir en sus gestos las sensaciones que describía, esperando a que hablara, y al no hacerlo, la recriminó —¡no te quedes callada!, sigue hablando..., cuéntame todo lo que ves—, pero la mujer no habló.

El silencio se hizo misterioso, no se escuchaba un solo ruido, y Ryan agachado, estaba paralizado esperando respuesta. La habitación estaba congelada, sólo las cortinas danzantes de un abierto ventanal corredizo por donde entraba un callado viento frío daban la sensación de una imagen en movimiento; de que esa imagen no era una fotografía en una revista. Después de un par de minutos de una quemante pausa, ella gritó fuera de sí —¡¡aarrrggghhhh!!

El doctor dio un imperceptible espasmo que lo desestabilizó, casi provocándole una caída, y cuando se hubo en un instante erguido, preguntó angustiado —¡¿qué pasó por Dios?!..., ¡contesta Caroline!

Los dientes de su paciente estaban apretados, forzando su mandíbula, cerrados sus ojos exageradamente, como mueca de un dolor agudo, y arqueando levemente su torso sobre el sillón, gritó —¡¡estoy eyaculando!!, siento que salen litros de semen de mi cuerpo. ¡Qué placer más delicioso!

Ryan se tranquilizó y, sentándose, preguntó sin ideas —¿y ella?, ¿qué hace ella?

—Ella también grita, me entierra sus uñas en la espalda. Tiene una mancha obscura en el cuello..., la mancha también está en la almohada. Es sangre, la siento en la boca, me gusta, me gusta el sabor de la sangre... Ahora estoy pegado a su cuello succionando y de mi pene sigue manando semen.

Con un gesto de asco y de incomprensión, el doctor la interrogó preocupado —¿la quieres matar?

La respuesta de Caroline fue tajante —no, no la quiero matar. Ella me gusta, ella sigue viva.

Ya satisfechas sus dudas sobre ese episodio en especial, Ryan la instó a contarle lo que sucedía inmediatamente después.

—Estoy saliendo de mi casa. Me siento satisfecho y con mucho sueño. La noche está linda, me agrada.

—¿A dónde vas?

—A descansar.

No conforme con esa respuesta, el doctor trató de seguir escarbando más adelante —pasa esa noche. Ve al día siguiente.

La respuesta fue otra afirmación tajante de su paciente —no hay otro día. Nunca hay día.

Ryan tranquilo, ya sin asombrarse, acostumbrado en ese poco tiempo al inusual relato surrealista de Caroline, le solicitó —entonces, sigue hasta cuando despiertes de nuevo, ¿lo puedes hacer?

Caroline se quedó muda, reflejo de su intento por seguir las instrucciones, y habló —es de noche de nuevo, han pasado nueve noches desde que me dormí. Tengo mucha hambre, Ryan...

—Lo sé, ya comerás, ¿puedes ver dónde te encuentras?

Ella levantó sus manos, tratando de tocar con sumo cuidado algo inexistente sobre su cuerpo, después de aclarar su propia duda, le contestó —es increíble..., estoy en el aire, estoy volando sobre la ciudad.

Las respuestas se hacían cada vez más descabelladas, y el doctor empezó a dudar de sus palabras "quizás sea sólo un sueño demasiado real que su cerebro asimiló como una vivencia verídica". La certeza de que había cometido un error en la canalización de la fuerza mental de su paciente se iba haciendo latente, y le preguntó más por protocolo que por verdadera curiosidad científica mientras recogía la libreta de notas desde el piso —¿volando?..., ¿estás en un avión?

Ella, fascinada con su visión respondió —no, estoy volando como un pájaro. Tengo alas.

El doctor ojeaba sus anotaciones buscando el punto donde se desvirtuó el trance de Caroline, y sin darle mayor importancia a lo que decía ella, le preguntó —¿alas sintéticas o alas reales?..., acaso ¿eres un pájaro ahora?

—Son reales. No, no soy un pájaro, más bien soy algo parecido a un murciélago, un murciélago muy grande.

Una leve sonrisa se esbozó en la boca del doctor, casi seguro de que lo que decía su paciente era una ilusión. Ya no le importaba que su nueva teoría no fuese corroborada, menos aún con un relato tan tétrico y fantástico como el que estaba escuchando. Se sintió relajado, mucho más tranquilo, como habiéndose sacado de encima un problema complicado, y aliviado continuó preguntando, pero esta vez para saber como terminaría la historia la fértil imaginación de su paciente y no para escarbar traumas en vidas pasadas —¿tienes pensamientos?..., ¿piensas como un hombre o sólo tienes instinto animal?

—Como... ninguno de los dos— respondió ella insegura.

—Si no eres hombre ni animal, ¿qué eres entonces?

La voz de Caroline se hacía distinta a cada palabra, se hacía calmada y susurrante —no lo sé, no sé lo que soy..., no tengo pensamientos de vivo, no los encuentro... Estoy muerto.

Ryan interesándose de nuevo preguntó —¿y a dónde se supone que vuelas?

Se estaba parando con la intención de detener la grabadora, cuando la respuesta lo dejó congelado a medio camino —vengo hacia acá.

Nervioso, con otro de esos presentimientos acosándolo, le replicó —¿dónde a acá?

El halo que envolvía a Caroline se hizo tenebroso, de miedo; desgraciado en el corazón del doctor y le respondió con un tono de burla en sus palabras —vengo hacia acá..., a tu despacho.

—¡Quéeee!— los ojos casi se le salen de las órbitas, la pesadilla en un segundo devolvían todos sus miedos a su cuerpo —¿y a qué vienes a mi oficina?— preguntó.

La voz de Caroline cambiaba más a cada momento, como si el emisor de una señal de radio se viniera aproximando rápidamente, haciendo la comunicación más potente en el receptor, su voz se tornaba ronca y profunda —¿no te lo imaginas, doctor?, ¿no eres tan inteligente?

Ryan Weill no respondió, no sabía qué hacer, quedó desconcertado con la respuesta, no tendía a creer lo que relataba Caroline, un mar de incertidumbre lo bañaba y él no tenía respuestas, al caso, no cabía duda de que si fuera o no cierto, él estaba aterrorizado, con la mente nublada, a punto de orinarse ahí mismo. La persona que hablaba no era su paciente, era otra, ¿sería eso posible?, ¿acaso estaba ante otro descubrimiento?, ¿podría ser Caroline un transmisor de radio que lo comunicaba con el más allá?, y si fuera así ¿ese espíritu le estaba gastando una macabra broma?

Sin pensarlo más, el médico buscó su saco y se lo estaba colocando, con la intención de despertar a Caroline y terminar la sesión cuanto antes, cuando escuchó el ronquido de nuevo —no puedes huir, Ryan. Ya no hay salida.

El sonido que producía la garganta de Caroline ya nada tenía que ver con ella, demasiado ronco para una mujer, demasiado ronco incluso para un hombre, tan ronco como una bestia. El psiquiatra asombrado y aterrorizado por las palabras, dejó salir un grito agudo donde apenas se entendía lo que decía —¡¿por qué?! ¡¿qué te he hecho yo?!

Caroline parecía muerta, no se percibía su respiración, y ya no habían movimientos oculares ni corporales, estaba totalmente apresada por el ente que hablaba a través de sus labios —me perturbaste, doctor. Te inmiscuiste en mis asuntos y ahora sabes quién soy.

Un sudor frío corría sobre la piel del psiquiatra mientras buscaba en su escritorio las llaves de la caja fuerte donde tenía guardado un revolver, se hablaba a sí mismo, produciendo unos sonidos ininteligibles producto del nerviosismo, estaba a un paso del llanto, a un paso de un ataque de histeria, y desde su escritorio le gritó a Caroline o lo que fuera que reposaba en el sillón —¡no sé quién eres!..., tú..., tú eres ¡Caroline!

—No soy Caroline. Yo hablo a través de ella, así como ella vio través de mí, y eso tu lo sabes, ella te contó lo que vio en mis ojos. Te relató siglos. ¿Te gustó jugar a ser Dios, Ryan?

El doctor, al no encontrar la llave, se dejó caer derrotado sobre la silla del escritorio, con la cabeza entre las manos, adolorido, arrepentido, angustiado, una lágrima se le asomaba por la mejilla izquierda, y con la voz temblorosa susurró con un sonido que sólo podría haber escuchado él mismo —la mataste maldito hijo de puta.

Resonando en todos los rincones de la habitación, el espíritu respondió —ella no está muerta, pero ahora ya no es de ustedes. Ella es mía; soy su mentor, ella desde hoy aprenderá de mí, y tú adelantaste su iniciación.

—¿Quién eres, desgraciado?— preguntó resignado el doctor Weill.

Se escuchó un ruido sordo en el ventanal, las cortinas se inflaron en un instante como si una violenta ráfaga de aire las hubieran movido, el doctor se espantó, levantó la vista y estuvo unos segundos mirando atento con el corazón ahogándose en su garganta, sin que nada más ocurriera en las ventanas. En el sillón, Caroline despertaba; se tomaba la cabeza con sus dos manos y carraspeaba insistentemente. Se escuchó una voz, y esta vez no la emitía ella, una voz muy ronca y flemática, una voz siniestra; venía de detrás de los cristales —noroc Ryan. ¿Quieres saber quién soy?, soy un maestro eterno, el maestro que estabas desde hace mucho buscando—, y el ser hizo su presencia en la habitación.

Ryan Weill llorando, cayó de rodillas, sin siquiera atreverse a mirar. Se persignó y rezó mientras pudo, con los ojos cerrados —padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu re...

Como un susurro casi imperceptible, se escuchó la dulce voz de Caroline, su timbre sensual era salpicado con un tono burlón —tengo hambre, Ryan, y Dios no tiene nada que ver con eso.

 
inicio