El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




Vampiros - Voltaire


Vampiros
Voltaire (Diccionario Filosófico)




¿Es posible creer en la existencia de vampiros en pleno siglo XVIII, después del reinado de Locke, Saftesbury, Trenchard, Collins y sus sucesores Alembert, Diderot, Saint Labert y Duclos? Por increíble que parezca, el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con aprobación de la Sorbona.

Los vampiros eran muertos que salían del cementerio, por la noche, para chupar la sangre a los vivos, en la garganta o en el vientre, y que después volvían al camposanto y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre enflaquecían y se iban consumiendo, mientras que los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban la mar de rozagantes. Polonia, Hungría, Silesia, Moravia, Austria y Lorena, eran los países donde los muertos se entregaban a este festival de sangre. Nadie oía hablar de vampiros en Londres, ni en París. Confieso que en esas dos urbes hubo agiotistas, comerciantes y hombres de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo, pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupópteros no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.

¿Quién es capaz de creer que la superstición de los vampiros la heredamos de Grecia? No de la Grecia de Alejandro, Aristóteles, Platón, Epicuro y Demóstenes, sino de la Grecia cristiana y por desgracia cismática.

Hace mucho tiempo que los cristianos de la Iglesia griega creían que los cuerpos de los cristianos de la Iglesia latina, que se enterraban en Grecia, no se pudrían porque estaban excomulgados. Creían lo contrario que nosotros los católicos, que los cuerpos incorruptos son claro testimonio de la bienaventuranza eterna y en cuanto se pagan en Roma cien mil escudos por la canonización de un santo le tributamos la más piadosa adoración.

Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros y les dan el nombre de broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la cena de los progenitores, a beberse el vino y a romper los muebles. Sólo se les puede destruir quemándolos cuando se atrapan, pero teniendo la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.

Después de la calumnia, nada se propaga con tanta rapidez como la superstición, el fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos. Pronto hubo broucolacas en Valaquia, Moldavia y Polonia, pese a que esta nación pertenece al rito romano y no le faltaba más que esta superstición, que se transmitió a toda la parte oriental de Alemania. De 1730 a 1735 se ocuparon continuamente de los vampiros, los espiaron, les arrancaron el corazón y los quemaron, pero al igual que los antiguos mártires cuantos más quemaban más aparecían.

Como hemos dicho, Calmet fue su historiógrafo y se ocupó de los vampiros como antes se había ocupado del Antiguo y del Nuevo Testamento, refiriendo fielmente todo lo que sobre esta materia escribieron otros.

Encontramos historias de vampiros hasta en las Cartas judías de Argens, a quien los jesuitas acusaron de incrédulo y luego aceptaron gozosamente cuando refirió la historia del vampiro de Hungría dando gracias a Dios y a la Virgen por la conversión de Argens. He aquí lo que dijeron del citado autor: «El famoso incrédulo que dudó de la aparición del arcángel a la Virgen, de la estrella que vieron los Reyes Mayos, de que se curaran los poseídos, de que se ahogaran dos mil cerdos en un lago del eclipse de sol en luna llena y de los muertos que se paseaban por Jerusalén, tocado por la divina gracia se iluminó su espíritu y cree en la existencia de los vampiros».

La gran cuestión que se suscitó entonces fue averiguar si aquellos vampiros resucitaron por propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del diablo. Los grandes teólogos de Lorena, Moravia y Hungría hicieron públicas sus opiniones y su ciencia. Recordaron todo cuanto antes san Agustín, san Ambrosio y otros santos dijeron de más ininteligible respecto a los vivos y los muertos, adujeron todos los milagros de san Esteban incluidos en el séptimo libro de las obras de san Agustín y citaron las historias que refiere Sulpicio Severo en la vida de san Martín.

Discutieron también sobre si se comía el alma o el cuerpo del muerto y quedó decidido que comían la una y el otro. Los alimentos más delicados, como los merengues y la crema, se los comía el alma, y las chuletas y el rosbif se los comía el cuerpo.

Decían que los reyes de Prusia fueron los primeros que después de muertos se hacían servir alimentos y que los imitaban casi todos los monarcas de entonces, pero eran los frailes quienes se comían el almuerzo y la cena y bebían el vino; de manera que, hablando con propiedad, los reyes no eran vampiros, los verdaderos vampiros son los frailes que comen a expensas de los reyes y los pueblos.

Todavía se discute la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro que murió excomulgado. No soy teólogo bastante profundo para decidirlo pero yo lo absolvería porque cuando debe decidirse entre dos partidos dudosos, debe uno inclinarse por el más benigno.

En resumen, una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros durante cinco o seis años y hoy ya no existen; hubo convulsionarios en Francia durante más de veinte años y ya no los hay; resucitaron muertos durante siglos y hoy ya no los resucitan; tuvimos jesuitas en España, Portugal, Francia y las Dos Sicilias y hoy ya no los tenemos.

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Voltaire - Diccionario Filosófico - Alquimistas


Voltaire - Diccionario Filosófico



Alquimista

Con este nombre se designa al hombre que antiguamente se dedicó a la descabellada tarea de hacer oro, pues hubo una época en que pareció factible. Todavía existen en Alemania espíritus tenaces que pasan la vida buscando la piedra filosofal, como se buscó en China el agua de la inmortalidad y en Europa la fuente de la juventud. En Francia hubo también hombres que se arruinaron por emprender búsquedas tan ilusorias.
Muchos fueron los que creyeron en semejantes transmutaciones, pero el número de pícaros estuvo en consonancia con el de los crédulos. Conocido fue en París un tal Dammi, marqués de Conventiglio, que sacó a varios ricachos centenares de luises con la promesa de fabricarles dos o tres escudos de oro.
El timo más notable por medio de la alquimia fue el que dio un bribón en el año 1620 al duque de Bouillon, de la casa de Turena y príncipe soberano de Sedán: «No disponéis de una soberanía proporcionada a vuestro valor porque vuestra soberanía es insignificante — le dijo el alquimista—, pero yo os haré más rico que el emperador. Sólo puedo permanecer dos días en vuestros estados porque tengo que asistir en Venecia al gran congreso de mis hermanos, y os suplico que guardéis el secreto. Que traigan protóxido de plomo fundido de la botica del mejor boticario de la ciudad, poned en él un solo grano de este polvo rojo que os doy, colocadlo todo en un crisol y en menos de un cuarto de hora lo veréis convertido en oro».
El príncipe hizo la operación repitiéndola tres veces delante del alquimista. Este había hecho comprar todo el protóxido de plomo fundido que tenían los boticarios de Sedán, y mezclando en él unas onzas de oro lo volvió a vender. Al salir de allí, el alquimista regaló al duque de Bouillon toda la cantidad de polvos mágicos que poseía.
El príncipe creyó que habiendo hecho con tres granos tres onzas de oro haría trescientas mil onzas con trescientos mil granos, y de esta manera en una semana podría fabricar treinta y siete mil quinientos marcos de oro e igual cantidad en las semanas siguientes. El alquimista, que ardía en deseos de partir, necesitaba dinero para asistir en Venecia al congreso que celebraban los filósofos, discípulos de Hermes. Era hombre de pocas necesidades y poco gasto y sólo le pidió al duque veinte mil escudos para el viaje. Cuando el duque agotó todo el protóxido de plomo que había en Sedán ya no pudo hacer oro, ni volvió a ver al filósofo alquimista, que escapó de sus dominios con veinte mil escudos.
Todas las supuestas transmutaciones de los alquimistas se hicieron siempre del mismo modo. Cambiar un producto de la naturaleza en otro es una operación harto difícil, como por ejemplo convertir el hierro en plata, porque esta operación exige dos cosas que no están en nuestro poder: reducir a la nada el hierro y crear la plata.
Pero hay filósofos que creen en las transmutaciones por haber visto que el agua se convierte en piedra, pero es porque no han reflexionado que cuando el agua se evapora deja el depósito de arena de que estaba cargada y esa arena, juntando sus partes, se convierte en piedra desmenuzable, formada precisamente por la arena que contenía el agua.
Debemos desconfiar hasta de la experiencia y recordar siempre la máxima española que dice: De las cosas más seguras, la más segura es dudar. No debemos, sin embargo, rechazar a los hombres que poseen algún secreto, ni despreciar los inventos nuevos. Sucede en esto como en las obras dramáticas: entre mil, se encuentra una buena.


Alma VII - Voltaire, diccionario Filosófico




Alma -VII
Diccionario Filosófico - Voltaire

Debo confesar que siempre que examino al infatigable Aristóteles, al doctor Angélico y al divino Platón, tomo por motes estos epítetos que se les aplican. Me parecen todos los filósofos que se han ocupado del alma humana, ciegos, charlatanes y temerarios, que hacen esfuerzos para persuadirnos de que tienen vista de águila, y veo que hay otros amantes de la filosofía, curiosos y locos, que los creen bajo su palabra, imaginándose que de ese modo ven algo.

No vacilo en colocar en la categoría de maestros de errores a Descartes y a Malebranche. Descartes nos asegura que el alma del hombre es una substancia, cuya esencia es pensar que piensa siempre, y que se ocupa desde el vientre de la madre de ideas metafísicas y de acciones generales que olvida en seguida. Malebranche está convencido de que todo lo vemos en Dios. Si encontró partidarios, es porque las fábulas más atrevidas son las que mejor recibe la débil imaginación del hombre.

Muchos filósofos han escrito la novela del alma; pero un sabio es el único que ha escrito modestamente su historia. Compendiaré esa historia según yo la concibo. Comprendo que todo el mundo no estará acorde con las ideas de Locke: pudiera ser que Locke tenga razón contra Descartes y Malebranche, y que se equivoque para la Sorbona; pero yo hablo desde el punto de vista de la filosofía, no desde el punto de las revelaciones de la fe.

Sólo me corresponde pensar humanamente. Los teólogos que decidan respecto a lo divino: la razón y la fe son de naturaleza contraria. En una palabra, voy a insertar un extracto de Locke, a quien yo censuraría si fuese teólogo, pero a quien patrocino como una hipótesis, como conjetura filosófica humanamente hablando. Se trata de saber lo que es el alma.

1º La palabra alma es una de esas palabras que pronunciamos sin entenderlas, sólo entendemos las cosas cuando tenemos idea de ellas, no tenemos idea del alma, luego no la comprendemos.

2º Se nos ha ocurrido llamar alma a la facultad de sentir y de pensar, así como llamamos vida a la facultad de vivir y voluntad a la facultad de querer.

Algunos razonadores dijeron en seguida a esto: –El hombre es un compuesto de materia y de espíritu; la materia es extensa y divisible, el espíritu ni es una cosa ni otra, luego es de naturaleza distinta. Es una reunión de dos seres que no han sido creados el uno para el otro y que Dios unió a pesar de su naturaleza. Apenas vemos el cuerpo, y absolutamente no vemos el alma. Esta no tiene partes; luego es eterna: tiene ideas puras y espirituales, luego no las recibe de la materia: tampoco las recibe de sí misma; luego Dios se las da, luego ella aporta al nacer la idea de Dios y del infinito, y todas las ideas generales.

Humanamente hablando, contesto a dichos razonadores, diciéndoles que son muy sabios. Empiezan por concedernos que existe el alma, y luego nos explican lo que debe ser: pronuncian la palabra materia, y deciden de plano lo que la materia es. Pero yo les replico: No conocéis ni el espíritu ni la materia. En cuanto al espíritu, sólo le concedéis la facultad de pensar; y en cuanto a la materia, comprendéis que ésta no es más que una reunión de cualidades, de colores, de extensiones y de solideces; a esa reunión llamáis materia, y marcáis los límites de ésta y los del alma antes de estar seguros de la existencia de una y de otra.

Enseñáis gravemente que las propiedades de la materia son la extensión y la solidez; y yo os repito modestamente que la materia tiene otras mil propiedades, que ni vosotros ni yo conocemos. Aseguráis que el alma es indivisible y eterna, dando por seguro lo que es cuestionable. Obráis casi lo mismo que el director de un colegio que, no habiendo visto un reloj toda su vida, le pusieran en las manos de repente un reloj de repetición inglés. Ese director, como buen peripatético, queda sorprendido viendo la precisión con que las saetas dividen y marcan el tiempo, y se asombra de que el botón oprimido por el dedo, haga tocar la hora que la saeta marca. El filósofo no duda un momento de que dicha máquina tenga un alma que la dirige y que se manifiesta por medio de los resortes. Demuestra científicamente su opinión, y compara esa máquina con los ángeles, que imprimen movimiento a las esferas celestes, sosteniendo en clase una agradable tesis sobre el alma de los relojes, uno de sus discípulos abre el reloj, en el que no ve más que las ruedas y los muelles, y sin embargo, sigue sosteniendo siempre el sistema del alma de los relojes, creyéndole demostrado. Yo soy el estudiante que abre el reloj, que se llama hombre, y que en vez de definir con atrevimiento lo que no comprendemos, trata de examinar por grados lo que deseamos conocer.

Tomemos un niño desde el momento en que nace, y sigamos paso a paso el progreso de su entendimiento. Me habéis enseñado que Dios se tomó el trabajo de crear un alma para que se alojara en el cuerpo de dicho niño cuando éste tuviera cerca de seis semanas, y que cuando se introduce en su cuerpo está provista de ideas metafísicas, conoce el espíritu, las ideas abstractas y el infinito; en una palabra, es sabia. Pero desgraciadamente sale del útero con una completa ignorancia; pasa dieciocho meses sin conocer más que la teta de la nodriza, y cuando llega a la edad de veinte años, y se pretende que esa alma recuerde las ideas científicas que tuvo cuando se unió a su cuerpo, es muchas veces tan obtusa, que ni siquiera puede concebir ninguna de aquellas ideas. El mismo día que la madre pare al citado niño con su alma, nacen en la casa un perro, un gato y un canario. Al cabo de dieciocho meses, el perro es excelente cazador, al año el canario canta muy bien, y el gato al cabo de seis semanas posee todos los atractivos que ha de poseer el niño, al cumplir cuatro años, no sabe nada. Supongo que yo sea un hombre grosero, que he presenciado tan prodigiosa diferencia y que no he visto nunca ningún niño; pues desde luego creo que el gato, el perro y el canario, son criaturas muy inteligentes, y que el niño es un autómata. Pero poco a poco voy apercibiéndome de que el niño tiene ideas, memoria y las mismas pasiones que esos animales, y entonces comprendo que es una criatura razonable como ellos. Me comunica diferentes ideas por medio de las palabras que aprendió, como el perro por sus distintos gritos me hace conocer sus diversas necesidades. Me apercibo de que a los siete u ocho años el niño combina en su cerebro casi tantas ideas como el perro de caza en el suyo, y que por fin, pasando los años consigue adquirir gran numero de conocimientos ¿Entonces qué debo pensar de él? Que es de una naturaleza completamente diferente. No puedo creerlo porque vosotros veis un imbécil al lado de Newton, y sostenéis que uno y otro son de la misma naturaleza, con la única diferencia del más al menos. Para asegurarme de la verosimilitud de mi opinión probable, estudio al perro y al niño cuando están despiertos y cuando duermen. Hago que los sangren a uno y a otro, y sus ideas parece que salgan de ellos con la sangre. Puestos en ese estado, los llamo y no me contestan, y si me esfuerzo en hablar con ellos, no lo consigo. Luego los examino durante su sueño me doy cuenta de que el perro, después de comer muy bien, sueña y grita como si estuviera cazando y el niño sueña que habla con su novia y la enamora. Si uno y otro comen frugalmente, ni uno ni otro sueña, en una palabra, veo en ellos que la facultad de sentir, de apercibirse, de expresar las ideas se desarrolla poco a poco y se debilita también por grados. Encuentro entre el niño y el perro muchos más puntos de contacto que encuentro entre el hombre de talento y el hombre absolutamente imbécil ¿Qué opinión tendré, pues, de esa naturaleza? La que todos los pueblos tuvieron antes que la ciencia egipcia ideara la espiritualidad, la inmortalidad del alma

Hasta sospecharé, con apariencias de verdad, que Arquimedes y un topo son de la misma especie, aunque de género diferente; que la encina y el grano de mostaza están formados por los mismos principios, aunque aquélla sea un árbol grande y ésta una planta pequeña. Creeré que Dios concedió porciones de inteligencia a las porciones de materia organizada para pensar, que la materia está dotada de sensaciones proporcionadas a la finura de sus sentidos, que éstos las proporcionan según la medida de nuestras ideas. Creeré que la ostra tiene menos sensaciones y menos sentido, porque teniendo el alma dentro de la concha, los cinco sentidos son inútiles para ella. Hay muchos animales que sólo están dotados de dos sentidos; nosotros tenemos cinco, y por cierto que son muy pocos. Es de creer que en otros mundos existan otros animales que estén dotados de veinte o de treinta sentidos y otras especies mucho más perfectas que tengan muchos más.

Esta parece la manera más lógica de razonar, quiero decir, de sospechar y de adivinar. Indudablemente pasó mucho tiempo antes que los hombres fueran bastante ingeniosos para inventar un ser desconocido que está en nosotros, que nos hace obrar, que no es completamente nosotros, y que vive después que nosotros morimos. De ese modo se llegó por grados a concebir idea tan atrevida. Al principio, la palabra alma significó vida, y era común para nosotros y para los demás animales; luego nuestro orgullo nos hizo sospechar que el alma sólo correspondía al hombre, y entonces inventamos una forma substancial para las demás criaturas: el orgullo humano pregunta en qué consiste la facultad de apercebirse y de sentir que se llama alma en el hombre e instinto en el bruto. Dilucidaré esa cuestión cuando los físicos me enseñen lo que es la luz, el sonido, el espacio, el cuerpo y el tiempo. Repetiré con el sabio Locke: La filosofía consiste en detenerse cuando la antorcha de la física no nos alumbra

Observo los efectos de la naturaleza; pero confieso que, como vosotros, tampoco conozco los primeros principios. Todo se reduce a que no debo atribuir a muchas causas, y mucho menos a causas desconocidas, lo que puedo atribuir a una causa conocida: puedo atribuir a mi cuerpo la facultad de pensar y de sentir, luego no debo buscar la facultad de sentir y de pensar en lo que se llama alma o espíritu, del que no tengo la menor idea. Os subleváis contra esta proposición, y creéis que es irreligiosidad atreverse a decir que el cuerpo pueda pensar ¿Pero qué contestaríais –respondería Locke,– si os dijera que vosotros sois también culpables de irreligión, porque os atrevéis a limitar el poder de Dios? ¿Quién, sin ser impío, puede asegurar que es imposible para Dios dotar a la materia de la facultad de sentir y de pensar? Sois al mismo tiempo débiles y atrevidos, aseguráis que la materia no piensa, únicamente porque no concebís que la materia pueda pensar.

Grandes filósofos, que decidís sobre el poder de Dios, y al mismo tiempo concedéis que puede Dios convertir una piedra en un ángel {(1) San Mateo, cap III, vers. 9.}, ¿no comprendéis que según vuestras mismas teorías y en el citado caso, Dios concedería a la piedra la facultad de pensar? Si la materia de la piedra desapareciera, no sería piedra ya, sería ángel. Por cualquier parte que cuestionéis, os veréis obligados a confesar dos cosas, vuestra ignorancia y el poder inmenso del Creador: vuestra ignorancia niega que la materia pueda pensar, y la omnipotencia del Creador nos demuestra que le es posible conseguir que la materia piense.

Conociendo que la materia no perece, no debéis negar a Dios el poder de conservar en esa misma materia la mejor de las cualidades de que la dotó. La extensión subsiste sin cuerpo por sí misma, ya que hay filósofos que creen en el vacío; los accidentes subsisten independientes de la substancia para los cristianos que creen en la substanciación. Decís que Dios no puede hacer nada que implique contradicción, pero para encontrar ésta se necesita saber muchísimo más de lo que sabemos; y en esta materia sólo sabemos que tenemos cuerpo y que pensamos. Algunos que aprendieron en la escuela a no dudar, y que toman por oráculos los silogismos que en ellas les enseñaron y las supersticiones que aprendieron por religión, tienen a Locke por impío peligroso. Debemos hacerles comprender el error en que incurren y enseñarles que las opiniones de los filósofos jamás perjudicaron a la religión. Está probado que la luz proviene del sol, y que los planetas giran alrededor de ese astro: por esto no se lee con menos fe en la Biblia que la luz se formó antes que el sol, y que el sol se paró ante la aldea de Gabaón. Está demostrado que el arco iris lo forma la lluvia y por eso no deja de respetarse el texto sagrado, que dice que Dios puso el arco iris en las nubes, después del diluvio, como signo de que ya no habría más inundaciones.

Los misterios de la Trinidad y de la Eucaristía, que contradicen las demostraciones de la razón, no por eso dejan de reverenciarlos los filósofos católicos, que saben que la razón y la fe son de diferente naturaleza. La idea de los antípodas fue condenada por los papas y los concilios; y luego otros papas reconocieron los antípodas, a donde llevaron la religión cristiana, cuya destrucción creyeron segura en el caso de poder encontrar un hombre, que, como se decía entonces, tuviera la cabeza abajo y los pies arriba, con relación a nosotros, y que, como dice San Agustín, hubiera caído del cielo.



Vampiros, Diccionario Filosófico - Voltaire




Vampiros - Diccionario Filosófico
Voltaire

¿Es posible que haya vampiros en el siglo XVIII, después del reinado de Locke, de Saftersbury, de Trenchard y de Collins? ¿Y en el reinado de d'Alembert, de Diderot, de Saint Lambert y de Duclós se cree en la existencia de los vampiros, y el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con la aprobación de la Sorbona?

Los vampiros eran muertos que salían por la noche del cementerio para chupar la sangre a los vivos, ya en la garganta, ya en el vientre, y que después de chuparla se volvían al cementerio y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre, se quedaban pálidos y se iban consumiendo; y los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban completamente apetitosos. En Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria y en Lorena, eran los países donde los muertos practicaban esa operación. Nadie oía hablar de vampiros en Londres ni en París. Confieso que en esas dos ciudades hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.

¿Quién es capaz de creer que la moda de los vampiros la adquirimos de Grecia? No de la Grecia de Alejandro, de Aristóteles, de Platón, de Epicuro y de Démostenes, sino de la Grecia cristiana y por desventura cismática.

Hace mucho tiempo que los cristianos del rito griego creían que los cuerpos de los cristianos del rito latino, que se enterraban en Grecia, no se pudrían, porque estaban excomulgados. Creían precisamente lo contrario que nosotros los cristianos del rito latino, que creemos que los cuerpos que no se corrompen son los que tienen impreso el sello de la bienaventuranza eterna, y en cuanto se pagan a Roma cien mil escudos por la canonización de cada santo, tributamos a éste la adoración de dulía.

Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros, y les dan el nombre de broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la cena de los padres y de las madres, a beberse el vino y a romper todos los muebles. Sólo puede hacérseles entrar en razón quemándolos cuando los atrapan; pero se necesita tener la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.

El célebre Tournefort, emisario que mandó a Levante Luis XIV, lo mismo que otros aficionados, fue testigo de algunas jugarretas atribuidas a uno de los broucolacas y de la citada ceremonia.

Después de la maledicencia nada se comunica tan rápidamente como la superstición, el fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos. Pronto hubo broucolacas en Valaquia, en Moldavia y en Polonia, aunque esta nación pertenece al rito romano y no le faltaba más que esta superstición, que se transmitió a toda la parte oriental de Alemania. Continuamente estuvieron ocupándose de los vampiros desde 1730 hasta 1735; los espiaron, les arrancaron el corazón y los quemaron; pero semejantes a los antiguos mártires, cuantos más quemaban más aparecían.

Calmet fue su historiógrafo, y se ocupó de los vampiros, como antes se había ocupado del Antiguo y del Nuevo Testamento, refiriendo fielmente todo lo que sobre esta materia habían dicho antes que él.

Debe ser una cosa curiosísima examinar los procesos verbales jurídicamente entablados a los muertos que salieron de sus fosas para chupar la sangre a los niños y a las niñas de la vecindad. Calmet refiere que en Hungría dos empleados que para este objeto nombró el emperador Carlos VI, con el bailío y el verdugo, fueron a formar causa a un vampiro, muerto seis semanas antes, que chupaba la sangre de los niños de la vecindad, y le encontraron cerrado en el ataúd, fresco, robusto, con los ojos abiertos y pidiendo de comer. El bailío dictó la sentencia; el verdugo arrancó el corazón al vampiro, y después de esta operación ya no chupó la sangre a nadie. Después de este caso nadie debe atreverse a dudar de los muertos resucitados que llenan las antiguas leyendas, ni de ninguno de los milagros que refieren Bollandus y el sincero y reverendo Ruinard.

Encontramos historias de vampiros hasta en las Cartas judías de Argens, a quien los jesuitas acusaron de incrédulo y que luego saborearon su triunfo, cuando el citado autor refirió la historia del vampiro de Hungría, y dieron gracias a Dios y a la Virgen por la conversión de Argena. He aquí lo que dijeron del referido autor: «El famoso incrédulo que dudó de la aparición del ángel a la Virgen, de la estrella que vieron los Reyes Magos, de que se curaran los poseídos, de que se ahogaran dos mil cerdos en un lago, del eclipse que hubo de sol en luna llena, de los muertos que se paseaban por Jerusalén; tocado por la divina gracia, se iluminó su espíritu, y cree en la existencia de los vampiros».

La gran cuestión que hubo entonces fue averiguar si aquellos muertos resucitaron por su propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del diablo. Los grandes teólogos de Lorena, de Moravia y de Hungría hicieron públicas sus opiniones y su ciencia. Recordaron todo cuanto antes San Agustín, San Ambrosio y otros santos dijeron más ininteligible respecto a los vivos y a los muertos. Trajeron a colación todos los milagros de San Esteban que están incluidos en el séptimo libro de las obras de San Agustín, y he aquí uno de los más curiosos. Quedó aplastado un joven en África en la ciudad de Aubzal bajo las ruinas de una muralla, y la viuda fue inmediatamente a invocar a San Esteban, de quien ella era devota, y San Esteban resucitó al aplastado, al que le preguntaron qué es lo que había visto en el otro mundo: «Señores, contestó a los que le preguntaban: cuando mi alma salió de mi cuerpo, encontró infinidad de almas que le hicieron la misma pregunta respecto al mundo. Yo iba no sé a donde cuando encontré a San Esteban, que me dijo: «Devolved lo que habéis recibido». Yo le repliqué: «¿Qué queréis que os devuelva si nunca me disteis nada?» Me repitió tres veces: «Devolved lo que habéis recibido». Entonces comprendí que quería hablar del Credo. Recé el Credo, y en seguida me resucitó.

Citaron además los referidos teólogos las historias que refiere Sulpicio Severo en la vida de San Martín, y probaron que entre los muertos que resucitó San Martín devolvió la vida a un condenado; pero todas esas historias, aunque sean verdaderas, no tenían nada que ver con los vampiros que chupaban la sangre de los niños y luego volvían a meterse en sus ataúdes. Buscaron también en el Antiguo Testamento y en la mitología algún vampiro que pudieran presentar como caso antiguo; no encontraron ninguno, pero probaron, sin embargo, que los muertos comían y bebían, fundándose en que algunos pueblos antiguos les metían alimentos en las fosas.

Cuestionaron también si comía el alma o el cuerpo del muerto, y quedó decidido que comían la una y el otro. Los platos más delicados y de poca substancia, como los merengues y la crema, se los comía el alma, y el rost-bif y el bifs-teak se los comía el cuerpo.

Decían que los reyes de Prusia fueron los primeros que después de muertos se hacían servir alimentos, y que los imitaban casi todos los reyes de entonces, pero fueron los frailes los que se les comían la comida y la cena y los que se les bebían el vino; de modo que, hablando con propiedad, los reyes no eran vampiros; los verdaderos vampiros son los frailes, que comen a expensas de los reyes y de los pueblos.

Verdad es que San Estanislao, que había comprado gran extensión de terreno a un gentilhombre polaco y no se lo había pagado, perseguido por los herederos ante el rey Boleslao, resucitó a dicho gentilhombre; pero fue únicamente para pagarle la deuda, y no se dice que diera ni un solo vaso de vino al vendedor, que se volvió al otro mundo sin comer ni beber.

Se agita con frecuencia la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro que murió excomulgado; no soy teólogo bastante profundo para decidirlo; pero por mi parte yo lo absolvería porque cuando hay que escoger entre dos partidos dudosos, debe elegirse el más benigno.

El resultado de todo es que una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros durante cinco o seis años, y que hoy ya no existen; que hubo convulsionarios en Francia durante más de veinte años, y que hoy ya no los hay; que resucitaron muertos durante algunos siglos, y que hoy ya no los resucitan; que tuvimos jesuitas en España, en Portugal, en Francia y en las Dos Sicilias, y que hoy ya no los tenemos.



 
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