El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




Alma VII - Voltaire, diccionario Filosófico




Alma -VII
Diccionario Filosófico - Voltaire

Debo confesar que siempre que examino al infatigable Aristóteles, al doctor Angélico y al divino Platón, tomo por motes estos epítetos que se les aplican. Me parecen todos los filósofos que se han ocupado del alma humana, ciegos, charlatanes y temerarios, que hacen esfuerzos para persuadirnos de que tienen vista de águila, y veo que hay otros amantes de la filosofía, curiosos y locos, que los creen bajo su palabra, imaginándose que de ese modo ven algo.

No vacilo en colocar en la categoría de maestros de errores a Descartes y a Malebranche. Descartes nos asegura que el alma del hombre es una substancia, cuya esencia es pensar que piensa siempre, y que se ocupa desde el vientre de la madre de ideas metafísicas y de acciones generales que olvida en seguida. Malebranche está convencido de que todo lo vemos en Dios. Si encontró partidarios, es porque las fábulas más atrevidas son las que mejor recibe la débil imaginación del hombre.

Muchos filósofos han escrito la novela del alma; pero un sabio es el único que ha escrito modestamente su historia. Compendiaré esa historia según yo la concibo. Comprendo que todo el mundo no estará acorde con las ideas de Locke: pudiera ser que Locke tenga razón contra Descartes y Malebranche, y que se equivoque para la Sorbona; pero yo hablo desde el punto de vista de la filosofía, no desde el punto de las revelaciones de la fe.

Sólo me corresponde pensar humanamente. Los teólogos que decidan respecto a lo divino: la razón y la fe son de naturaleza contraria. En una palabra, voy a insertar un extracto de Locke, a quien yo censuraría si fuese teólogo, pero a quien patrocino como una hipótesis, como conjetura filosófica humanamente hablando. Se trata de saber lo que es el alma.

1º La palabra alma es una de esas palabras que pronunciamos sin entenderlas, sólo entendemos las cosas cuando tenemos idea de ellas, no tenemos idea del alma, luego no la comprendemos.

2º Se nos ha ocurrido llamar alma a la facultad de sentir y de pensar, así como llamamos vida a la facultad de vivir y voluntad a la facultad de querer.

Algunos razonadores dijeron en seguida a esto: –El hombre es un compuesto de materia y de espíritu; la materia es extensa y divisible, el espíritu ni es una cosa ni otra, luego es de naturaleza distinta. Es una reunión de dos seres que no han sido creados el uno para el otro y que Dios unió a pesar de su naturaleza. Apenas vemos el cuerpo, y absolutamente no vemos el alma. Esta no tiene partes; luego es eterna: tiene ideas puras y espirituales, luego no las recibe de la materia: tampoco las recibe de sí misma; luego Dios se las da, luego ella aporta al nacer la idea de Dios y del infinito, y todas las ideas generales.

Humanamente hablando, contesto a dichos razonadores, diciéndoles que son muy sabios. Empiezan por concedernos que existe el alma, y luego nos explican lo que debe ser: pronuncian la palabra materia, y deciden de plano lo que la materia es. Pero yo les replico: No conocéis ni el espíritu ni la materia. En cuanto al espíritu, sólo le concedéis la facultad de pensar; y en cuanto a la materia, comprendéis que ésta no es más que una reunión de cualidades, de colores, de extensiones y de solideces; a esa reunión llamáis materia, y marcáis los límites de ésta y los del alma antes de estar seguros de la existencia de una y de otra.

Enseñáis gravemente que las propiedades de la materia son la extensión y la solidez; y yo os repito modestamente que la materia tiene otras mil propiedades, que ni vosotros ni yo conocemos. Aseguráis que el alma es indivisible y eterna, dando por seguro lo que es cuestionable. Obráis casi lo mismo que el director de un colegio que, no habiendo visto un reloj toda su vida, le pusieran en las manos de repente un reloj de repetición inglés. Ese director, como buen peripatético, queda sorprendido viendo la precisión con que las saetas dividen y marcan el tiempo, y se asombra de que el botón oprimido por el dedo, haga tocar la hora que la saeta marca. El filósofo no duda un momento de que dicha máquina tenga un alma que la dirige y que se manifiesta por medio de los resortes. Demuestra científicamente su opinión, y compara esa máquina con los ángeles, que imprimen movimiento a las esferas celestes, sosteniendo en clase una agradable tesis sobre el alma de los relojes, uno de sus discípulos abre el reloj, en el que no ve más que las ruedas y los muelles, y sin embargo, sigue sosteniendo siempre el sistema del alma de los relojes, creyéndole demostrado. Yo soy el estudiante que abre el reloj, que se llama hombre, y que en vez de definir con atrevimiento lo que no comprendemos, trata de examinar por grados lo que deseamos conocer.

Tomemos un niño desde el momento en que nace, y sigamos paso a paso el progreso de su entendimiento. Me habéis enseñado que Dios se tomó el trabajo de crear un alma para que se alojara en el cuerpo de dicho niño cuando éste tuviera cerca de seis semanas, y que cuando se introduce en su cuerpo está provista de ideas metafísicas, conoce el espíritu, las ideas abstractas y el infinito; en una palabra, es sabia. Pero desgraciadamente sale del útero con una completa ignorancia; pasa dieciocho meses sin conocer más que la teta de la nodriza, y cuando llega a la edad de veinte años, y se pretende que esa alma recuerde las ideas científicas que tuvo cuando se unió a su cuerpo, es muchas veces tan obtusa, que ni siquiera puede concebir ninguna de aquellas ideas. El mismo día que la madre pare al citado niño con su alma, nacen en la casa un perro, un gato y un canario. Al cabo de dieciocho meses, el perro es excelente cazador, al año el canario canta muy bien, y el gato al cabo de seis semanas posee todos los atractivos que ha de poseer el niño, al cumplir cuatro años, no sabe nada. Supongo que yo sea un hombre grosero, que he presenciado tan prodigiosa diferencia y que no he visto nunca ningún niño; pues desde luego creo que el gato, el perro y el canario, son criaturas muy inteligentes, y que el niño es un autómata. Pero poco a poco voy apercibiéndome de que el niño tiene ideas, memoria y las mismas pasiones que esos animales, y entonces comprendo que es una criatura razonable como ellos. Me comunica diferentes ideas por medio de las palabras que aprendió, como el perro por sus distintos gritos me hace conocer sus diversas necesidades. Me apercibo de que a los siete u ocho años el niño combina en su cerebro casi tantas ideas como el perro de caza en el suyo, y que por fin, pasando los años consigue adquirir gran numero de conocimientos ¿Entonces qué debo pensar de él? Que es de una naturaleza completamente diferente. No puedo creerlo porque vosotros veis un imbécil al lado de Newton, y sostenéis que uno y otro son de la misma naturaleza, con la única diferencia del más al menos. Para asegurarme de la verosimilitud de mi opinión probable, estudio al perro y al niño cuando están despiertos y cuando duermen. Hago que los sangren a uno y a otro, y sus ideas parece que salgan de ellos con la sangre. Puestos en ese estado, los llamo y no me contestan, y si me esfuerzo en hablar con ellos, no lo consigo. Luego los examino durante su sueño me doy cuenta de que el perro, después de comer muy bien, sueña y grita como si estuviera cazando y el niño sueña que habla con su novia y la enamora. Si uno y otro comen frugalmente, ni uno ni otro sueña, en una palabra, veo en ellos que la facultad de sentir, de apercibirse, de expresar las ideas se desarrolla poco a poco y se debilita también por grados. Encuentro entre el niño y el perro muchos más puntos de contacto que encuentro entre el hombre de talento y el hombre absolutamente imbécil ¿Qué opinión tendré, pues, de esa naturaleza? La que todos los pueblos tuvieron antes que la ciencia egipcia ideara la espiritualidad, la inmortalidad del alma

Hasta sospecharé, con apariencias de verdad, que Arquimedes y un topo son de la misma especie, aunque de género diferente; que la encina y el grano de mostaza están formados por los mismos principios, aunque aquélla sea un árbol grande y ésta una planta pequeña. Creeré que Dios concedió porciones de inteligencia a las porciones de materia organizada para pensar, que la materia está dotada de sensaciones proporcionadas a la finura de sus sentidos, que éstos las proporcionan según la medida de nuestras ideas. Creeré que la ostra tiene menos sensaciones y menos sentido, porque teniendo el alma dentro de la concha, los cinco sentidos son inútiles para ella. Hay muchos animales que sólo están dotados de dos sentidos; nosotros tenemos cinco, y por cierto que son muy pocos. Es de creer que en otros mundos existan otros animales que estén dotados de veinte o de treinta sentidos y otras especies mucho más perfectas que tengan muchos más.

Esta parece la manera más lógica de razonar, quiero decir, de sospechar y de adivinar. Indudablemente pasó mucho tiempo antes que los hombres fueran bastante ingeniosos para inventar un ser desconocido que está en nosotros, que nos hace obrar, que no es completamente nosotros, y que vive después que nosotros morimos. De ese modo se llegó por grados a concebir idea tan atrevida. Al principio, la palabra alma significó vida, y era común para nosotros y para los demás animales; luego nuestro orgullo nos hizo sospechar que el alma sólo correspondía al hombre, y entonces inventamos una forma substancial para las demás criaturas: el orgullo humano pregunta en qué consiste la facultad de apercebirse y de sentir que se llama alma en el hombre e instinto en el bruto. Dilucidaré esa cuestión cuando los físicos me enseñen lo que es la luz, el sonido, el espacio, el cuerpo y el tiempo. Repetiré con el sabio Locke: La filosofía consiste en detenerse cuando la antorcha de la física no nos alumbra

Observo los efectos de la naturaleza; pero confieso que, como vosotros, tampoco conozco los primeros principios. Todo se reduce a que no debo atribuir a muchas causas, y mucho menos a causas desconocidas, lo que puedo atribuir a una causa conocida: puedo atribuir a mi cuerpo la facultad de pensar y de sentir, luego no debo buscar la facultad de sentir y de pensar en lo que se llama alma o espíritu, del que no tengo la menor idea. Os subleváis contra esta proposición, y creéis que es irreligiosidad atreverse a decir que el cuerpo pueda pensar ¿Pero qué contestaríais –respondería Locke,– si os dijera que vosotros sois también culpables de irreligión, porque os atrevéis a limitar el poder de Dios? ¿Quién, sin ser impío, puede asegurar que es imposible para Dios dotar a la materia de la facultad de sentir y de pensar? Sois al mismo tiempo débiles y atrevidos, aseguráis que la materia no piensa, únicamente porque no concebís que la materia pueda pensar.

Grandes filósofos, que decidís sobre el poder de Dios, y al mismo tiempo concedéis que puede Dios convertir una piedra en un ángel {(1) San Mateo, cap III, vers. 9.}, ¿no comprendéis que según vuestras mismas teorías y en el citado caso, Dios concedería a la piedra la facultad de pensar? Si la materia de la piedra desapareciera, no sería piedra ya, sería ángel. Por cualquier parte que cuestionéis, os veréis obligados a confesar dos cosas, vuestra ignorancia y el poder inmenso del Creador: vuestra ignorancia niega que la materia pueda pensar, y la omnipotencia del Creador nos demuestra que le es posible conseguir que la materia piense.

Conociendo que la materia no perece, no debéis negar a Dios el poder de conservar en esa misma materia la mejor de las cualidades de que la dotó. La extensión subsiste sin cuerpo por sí misma, ya que hay filósofos que creen en el vacío; los accidentes subsisten independientes de la substancia para los cristianos que creen en la substanciación. Decís que Dios no puede hacer nada que implique contradicción, pero para encontrar ésta se necesita saber muchísimo más de lo que sabemos; y en esta materia sólo sabemos que tenemos cuerpo y que pensamos. Algunos que aprendieron en la escuela a no dudar, y que toman por oráculos los silogismos que en ellas les enseñaron y las supersticiones que aprendieron por religión, tienen a Locke por impío peligroso. Debemos hacerles comprender el error en que incurren y enseñarles que las opiniones de los filósofos jamás perjudicaron a la religión. Está probado que la luz proviene del sol, y que los planetas giran alrededor de ese astro: por esto no se lee con menos fe en la Biblia que la luz se formó antes que el sol, y que el sol se paró ante la aldea de Gabaón. Está demostrado que el arco iris lo forma la lluvia y por eso no deja de respetarse el texto sagrado, que dice que Dios puso el arco iris en las nubes, después del diluvio, como signo de que ya no habría más inundaciones.

Los misterios de la Trinidad y de la Eucaristía, que contradicen las demostraciones de la razón, no por eso dejan de reverenciarlos los filósofos católicos, que saben que la razón y la fe son de diferente naturaleza. La idea de los antípodas fue condenada por los papas y los concilios; y luego otros papas reconocieron los antípodas, a donde llevaron la religión cristiana, cuya destrucción creyeron segura en el caso de poder encontrar un hombre, que, como se decía entonces, tuviera la cabeza abajo y los pies arriba, con relación a nosotros, y que, como dice San Agustín, hubiera caído del cielo.



2 Comentarios:

Gitana ...

no, no no no no.... tu quieres que me quede deshidratada de tanto leer... ha ha ha ha... Pero me encanta...

Luzdeluna ...

jajaja hay que leer con un buen cafecito a la mano!

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