Más conocido con el nombre de “ave fénix”, el Phoenicoperus -tal como la bautizaron los helénicos- es un ave mitológica oriunda de leyendas popularizadas en Medio Oriente, norte de África e India. Su tamaño es semejante al de un águila -con quien también comparte la fortaleza de sus garras y de su pico- y su plumaje varía entre las gamas del rojo, el amarillo y el naranja.
Según esta mitología, el Fénix habitaba el Jardín del Paraíso; su hogar era un rosal. Cuando la pareja primigenia (Eva y Adán) fue desterrada de allí por un ángel, de la espada de este ser angélico brotó una chispa que desató el incendio de su nido.
Sin embargo, por ser el Fénix el único ser que evitó comer la fruta prohibida, recibió un regalo sin precedentes: el don de la inmortalidad. Desde entonces, es capaz de renacer de sus propias cenizas. También se le atribuye otra habilidad: la de curar enfermedades o dolencias al sólo contacto con sus lágrimas.
El ave conocía el momento en que moriría… La víspera de su muerte, preparaba un lecho de hierbas olorosas, ponía un huevo -al que empollaba durante algunos días- y después se auto-incendiaba. La mitología no precisa si el pájaro comenzaba a arder accidentalmente o por efecto de su voluntad.
Después de quemarse por completo y convertirse en cenizas, el cascarón del huevo empollado se rompía para dar nacimiento al mismo Fénix. Esta ceremonia se cumplía sistemáticamente cada quinientos años... Según la iconografía del Cristianismo, esta benéfica criatura es un símbolo de la resurrección: encarna a Cristo Jesús.
De acuerdo con la mitología de China, tenía cuerpo de pez, cuello de serpiente y patas de tortuga.
Otras alusiones célebres a este ser alado aparecen en el animé Saint Seiya, donde el caballero Ikki -del Fénix- es el más fuerte de los guerreros de bronce. Otra serie animada japonesa, Pokémon, presenta a “Ho-Oh”, un ave fénix que simboliza la felicidad.
También en el cómic X-Men se menciona a un alien llamado Fénix que entabla una rara relación telepática con Jean Grey, a quien le otorga enormes poderes que terminan corrompiéndola y conduciéndola a su ruina personal al convertirla en una malvada “Fénix Oscura”.
Además, en la serie novelada de J. K. Rowling, cuyo protagonista es el célebre mago Harry Potter, este pájaro adquiere relevancia: es la mascota de Dumbledore, el bondadoso director de la Escuela de Hechiceros, y también aparece como ícono emblemático de la orden caballeresca conocida con el mismo nombre.
Historias populares cuentan que los fénix, como representantes del fuego, eran alabados por los labradores, que le rogaban que hiciera salir el sol en temporadas de frío, para que pudieran prosperar sus cosechas.
En sentido amplio, esta criatura mitológica es un símbolo del resurgimiento espiritual y físico, de la pureza y la inmortalidad. La potencia interior de esta ave se hace evidente al renacer de sus escombros.
Por último, en el antiguo Egipto y en la Grecia clásica se lo consideraba una deidad.
Heródoto, Blythe y el Ave PúrpuraSe dice que el Ave Fénix habitaba en los desiertos arábigos y que su aspecto se parecía al de una gran garza, mientras dos plumas se asomaban sobre su cabeza a manera de cresta.
En Egipto se la consideraba una deidad protectora de los difuntos, además de representar la Inmortalidad y el renacer a la nueva vida. Construyeron en su honor un templo en la ciudad de Heliópolis, considerada sitio sagrado al que esta ave regresaba cada quinientos años a morir y resurgir de sus propias cenizas.
Durante la Edad Media se asoció este pájaro con el planeta Venus. En la iconografía medieval se lo representó como una garza que portaba una tiara blanca semejante al sol, además de las dos plumas mencionadas anteriormente.
Las crónicas del historiador helénico Heródoto también mencionan al Ave Fénix, indicando que ésta elaboraba un nido de incienso que luego incendiaba. De allí brotaba un pequeño gusano que, al contacto con el fuego, se convertía en pájaro. Y así sucesivamente, cada medio milenio
En su libro “Bestias Fabulosas”, Blythe habla del proceso de reconstrucción de esta avecilla, de su origen geográfico y su aspecto exterior. Caracteriza al Ave Fénix de la siguiente manera: “Sólo hay un ave Fénix, gentil, bella y amable, a la que todas las aves la adoran. Son tantas las aves en el mundo que, si levantaran el vuelo a un mismo tiempo, el cielo se oscurecería. Pero existe solamente un ave Fénix. De ella se afirma que es como el sol, por vivir en el cielo llena de esplendor. También se dice que nace del fuego y muere en el fuego, como el sol que aparece con el brillo dorado de la aurora y muere en el horno rojo atardecer. Pensemos en el ave Fénix del tamaño de un águila, con su plumaje de púrpura y oro, de rojo y naranja, de verde, escarlata y rosa, más brillante que el arco iris, a quien las aves, sus congéneres, llaman “el dador de vida”.
Blythe también resume la famosa leyenda del Fénix: “Se cree que Fénix vive mil años, que renace cuando muere y que su juventud es perenne. Cuando al ave Fénix le llega la hora de su fin, construye un nido de sándalo y otras maderas y hierbas resinosas y perfumadas, en lo alto de una montaña de la lejana Arabia, donde vive. Echado sobre él, abriendo las esplendorosas alas, la luz del sol consume ave y nido, mientras el Fénix canta su más bella canción y todo queda convertido en perfumadas cenizas. Pero entre los restos del incendio aparece un huevo, que el calor del sol se encarga en empollar. De aquí nuevamente nace el ave Fénix, brillante como la luz del sol y alimentado por ella. Cuando ha crecido lo suficiente, el joven pájaro recoge las cenizas maternales. Volando hacia Egipto las esparce en el templo de Osiris, el dios-sol. Entonces, durante mil misteriosos años, el nuevo Fénix cuida del mundo y sus criaturas, hasta que le llega la hora de morir. ¡Qué admirable es!, cantan los pájaros al amanecer y se elevan hacia el Fénix para embriagarse de su luz. Pero ¡cuán triste debe estar!, suspira una paloma, al sentirse tan solo en este mundo.
Etimología del Ave FénixEn griego, “phoenix” significa “fabulosa ave fénix”, nombre que está emparentado con la voz -también helénica- “phoenix”, que quiere decir rojizo o escarlata. El origen de esta animal fantástico -sumamente aprovechado por la literatura universal- se remonta a los desiertos de Etiopía y Libia.
Los griegos lo bautizaron “phoenicoperus”, un apelativo que hace alusión a sus alas rojizas. Tal vocablo se popularizó a través de la Europa conquistada por Roma.
Los helénicos adoraban esta ave de alas perfumadas que se prendía fuego sola en el altar del sacerdote Heliópolis.
Pero además de ser un símbolo pagano, también se lo conoce en la religión cristiana: se piensa que es el único ser vivo del Edén que resistió la tentación, y que el premio por su fidelidad fue convertirse en una criatura eterna. Por ejemplo, en la cultura egipcia, representa al astro Sol que muere por la noche y renace al alba.
También se han estudiado vínculos entre el Fénix y los “pájaros de fuego” autóctonos de la mitología aborigen americana.
En el Judaísmo también hallamos referencias a las cualidades del Ave Fénix. Este culto afirma que el “chol” fue el único animal del Paraíso Terrenal que no vaciló en respetar la prohibición divina. Los egipcios retomaron estas referencias dándole al ave el nombre que hoy conocemos, vinculado a su etimología griega.
Los cristianos primigenios -aún durante la dominación del Imperio Romano- estuvieron influidos por las creencias helénicas y transformaron esta singular criatura en un signo vivo de la inmortalidad y la resurrección.
Pero además, el Ave Fénix es considerada una metáfora viviente de la “esperanza”, ya que simboliza la fe que jamás debe desaparecer en el hombre, a pesar de los obstáculos.
Creencias Egipcias sobre el FénixPara los antiguos egipcios constituía -tal vez- la más importante de las aves sagradas y simbolizaba la esperanza y la continuidad de la vida después de la muerte. Unas veces era representado como una especie de águila, revestida de plumas doradas y rojas, los colores del sol naciente.
Su voz era melodiosa, pero se hacía tan lastimera a la hora de su muerte que -consternadas las demás criaturas por su melancólica belleza- acababan expirando también.
Su nombre egipcio “fenu” puede ser traducido como “el brillante” (tal vez por el color de sus plumas), lo que explicaría por qué en Heliópolis pudo ser interpretado como símbolo de la luz. Estaba íntimamente relacionado con la divinidad solar, y ya en época tardía se le asoció también al planeta Venus.
Todos los amaneceres, y conforme a las creencias egipcias, este pájaro, garza o águila se “creaba a sí mismo” elevándose en ardiente llama sobre el sicomoro celestial, o como el “alma de Osiris” que descansa por la noche en este árbol sobre el sarcófago del dios.
Esto venía a confirmar la transición de los mitos egipcios a los fantasiosos relatos de los griegos de que el Fénix provenía de Arabia o Etiopía (la “región del amanecer”) donde se nutría de perlas de incienso, lo que le confería una larguísima existencia, volando desde allí al templo de Heliópolis, embalsamando a su padre Osiris en un huevo (¿el Sol?) y luego quemándose a sí mismo.
“La no comprensión griega de su aparición en Egipto sólo al fin de un largo período calendario parece demostrar -afirma Max Müller- que ninguna garza era mantenida en Heliópolis en los tiempos clásicos; pero no prueba nada de los períodos anteriores, en los que predominaban probablemente criterios más materialistas”.
Según la leyenda, sólo uno de estos Fénix podía tener cabida en el Universo. El poeta Hesíodo (entre los siglos VIII y VII AC.), autor de Teogonía, afirmó que su longevidad era nueve veces mayor que la del cuervo. No obstante, para otros autores podía llegar a vivir hasta los 97.200 años.
Cuando sentía la proximidad de la muerte se autoinmolaba en una pira que encendía con canela silvestre y, mientras el fuego se llevaba su espíritu, un nuevo y esplendoroso Fénix surgía de sus cenizas, que recogía con sumo cuidado los restos de su padre, guardándolos en un huevo de mirra. Ya en la ciudad de Heliópolis, los depositaba sobre el altar del Sol.
Se creía que su carne podía conferir la inmortalidad y sus cenizas eran capaces de resucitar a los difuntos. Así, el tiránico emperador Heliogábalo (204-222 d.C.), que introdujo cultos solares orientales en Roma y pasó a la historia por sus crueldades y desenfrenos, se obstinó en comerse un Fénix para conseguir la inmortalidad; en su lugar le fue servida un ave exótica… Poco después fue asesinado por la propia guardia pretoriana…
El Fénix Chino y el SimurgPara los chinos, el Fénix (llamado “Feng”) es un ave de resplandecientes colores, parecida al faisán y al pavo real. Los machos, que tenían tres patas, habitaban en el sol. En las regiones infernales chinas existe un edificio imaginario que se denomina la “Torre del Fénix”.
Para el Cristianismo, este mito se convirtió en el símbolo de la resurrección de Cristo, vencedor de la muerte.
Por otra parte, el Simurg -que, según Borges, es un pájaro inmortal que anida en las ramas del Árbol de la Ciencia- guarda numerosas similitudes con el Fénix.
A través de los siglos, los diversos autores lo han descrito de maneras diferentes: unos le confieren gran importancia, como los poetas persas Firdusi o Farid al-Din Attar (siglos X y XIII) hasta Gustave Flaubert (siglo XIX).

Sin embargo, el escritor francés Flaubert le resta gran parte de su relevancia en su obra de 1874, La tentación de San Antonio, describiéndolo como ave de plumaje metálico y anaranjado, cabeza humana, numerosas garras de ave rapaz, cuatro grandes alas y cola de pavo real.
Según una antiquísima leyenda, las aves -que vivían en la más absoluta anarquía-, no sin oposición, decidieron hacerlo su rey. Para ello enviaron una nutrida representación de las diferentes aves. Unos desertaron ante las dificultades del camino y la distancia, y otras sucumbieron de la empresa.
Finalmente, sólo treinta de éstas consiguieron llegar hasta su montaña y le ofrecieron el trono: “Simurg” puede traducirse como “Treinta Pájaros”.
Al-Qazwini afirma que el Simurg puede vivir hasta mil setecientos años, y cuando su hijo ha crecido, se autoinmola en una pira, lo que recuerda -según algunos mitógrafos- la leyenda del Fénix.
Esta ave, revestida de plumas doradas y rojizas -los colores del sol naciente- tenía un canto tan armónico como lastimero. Era una de las más hermosas criaturas fabulosas porque representaba la esperanza y la continuidad de la vida más allá de la muerte.
Fénix, Piasa y el Pájaro de TruenoLos indios de Norteamérica tienen profundamente arraigada la convicción de la existencia de unos pájaros de descomunales dimensiones, a los que denominan “pájaros de trueno” o Thunderbirds, que forman parte de sus tradiciones y que, incluso, algunos ancianos afirman haber visto en ocasiones.
A estos gigantescos seres voladores, que también llaman “pájaros de fuego”, los representan sucesivamente como un águila, un halcón, un cóndor o un reptil alado (ocasionalmente, y según los lugares, están asociados a las ballenas).
“Es el ave que remata los totems norteamericanos -escribe Peter Kolosimo-, la Serpiente Emplumada azteca, el cóndor sagrado de muchos pueblos amerindios, Abmuseumbak, monstruo alado de la India, el dragón volador de China, el halcón de Zimbabwe, el Ave Fénix que cada quinientos años se aparecía en Heliópolis, Egipto, renacida de sus propias cenizas tras haber sido quemada por el Sol de un nido que ella misma se preparaba.”
En los monumentos de este artista apellidado Kolosimo, oriundo de Zimbabwe (la antigua Rhodesia), aparecen representaciones de animales, entre ellas, de una extraña ave, muy parecida al conocido Pájaro de Trueno de los aborígenes de América del Norte, tan visto en postes y totems.
El Fénix y el Pájaro de Trueno guardan similitudes con otra ave conocida como “Piasa”. Se trata de un ave legendaria, de grandes proporciones, que según los indios de Illinois (pertenecientes a la etnia del mismo nombre y al grupo lingüístico “algonquino”) atacaba y devoraba a los mismos hombres.
Curiosamente, en Estados Unidos y Canadá se producen -al parecer- apariciones de grandes aves… Algunos creen que se trataría de “teratórnidos”, especie de gigantescos buitres depredadores, a los que se suponía extinguidos desde el Pleistoceno (principios de la Era Cuaternaria). No obstante, animales considerados extinguidos han sido vistos -con la consiguiente sorpresa de los estudiosos- repetidas veces por dicha zona.
A su vez, estas aves fabulosas se relacionan con el monstruo alado llamado “Yetso”, el más terrible de toda la mitología de los indios navajos, culpable de haber devorado a todos los habitantes de Dinetah (el Pueblo Sagrado). Fue abatido por las flechas-rayo del Hijo del Sol e Hijo del Agua (también conocidos como los Héroes Gemelos), tras memorable combate.
Desde aquel día, y de eso hace muchos siglos, la sangre de Yetso -que manó abundantemente- recubre de lava el valle situado entre el monte Taylor y la actual ciudad de Grants (entre Gallup y Alburquerque, Nueva México). En el viejo volcán de Shiprock (próximo al Río San Juan), considerado “Montaña Sagrada”, los indígenas afirman que yacen los restos del colosal ser alado.
El Ave Fénix, la Egiptología y el Eterno RetornoEl nombre egipcio del vocablo helénico Fénix es “Bennu” o “Belu”. Se lo considera heredero de Ra (deidad del Sol) y símbolo de Osiris. Su ciudad sagrada, donde se rendía culto de sus dones, era la egipcia Heliópolis.
La cualidad esencial de este ser era la de “crearse a sí mismo”, por ello representaba a Ra-Atum... La mitología egipcia indica que este gran pájaro viajaba de Arabia hasta su templo sagrado cada medio milenio, que es el promedio de años que cumplía desde su nacimiento hasta su deceso (otras versiones sostienen que perecía a los 7007 años). Su llegada y partida determinaba los ciclos del tiempo, por ello Heliópolis llegó a ser el centro de regulación y legislación del calendario.
Durante el período medieval se lo relacionó con el planeta Venus (de éste se decía que era “guía” del sol). La iconografía egipcia suele representar al Fénix con una corona llamada “atef”; su santuario fue bautizado con el nombre “Hut-Benben” (que significa “la casa del obelisco”).
El Fénix ha sido un símbolo recuperado por la astrología. Antiguos astrólogos lo han vinculado con la “revolución sideral” porque creían que la concepción de un nuevo Ave Fénix señalaba el inicio de una era novedosa para la humanidad. Durante el gobierno del emperador romano Claudio se capturó una de estas aves en Egipto, que fue llevada a Roma. Y se dio inicio a una nueva etapa en la Historia del Imperio.
De las culturas arcaicas, asentadas en las costas del Mar Mediterráneo, nos llegaron diversas versiones de la leyenda del Ave Fénix. Algunas variantes indican que resurge de sus cenizas cada milenio, otras señalan que lo hace cada quinientos años, pero todas coinciden en que se trata de un ave única en su especie, de belleza incomparable, que periódicamente muere envuelta en llamas. Es un símbolo de la “palingenesia” deseada por la Humanidad (la “palingenesia” alude a la doctrina del Eterno Retorno, defendida por los estoicos).
El tratadista alquímico Michael Maier describe esta criatura con cuello de cuello color púrpura, rodeado de un collar dorado, con su cabeza adornada con un penacho rutilante como el rubí, con alas blanquecinas en la parte delantera y rojizas por detrás.
Maier indica también que este animal migra a Tebas cada diez siglos para morir, feliz de terminar sus días con la esperanza segura de resucitar.
La mitología egipcia del siglo XIII a.C. manifiesta que, cuando el primer dios era Belu (la “garza púrpura”), su graznido dio inicio al Tiempo. El “Belu” (semejante al ave fénix) era considerado como la deidad responsable de rescatar al mundo del caos y la oscuridad.
Por otra parte, la mitología griega afirma que la hermosura del canto del Fénix fue capaz de hacer que Apolo, el dios Sol (Febo Apolo), detuviera su carroza para oírla... Pero al reiniciar su viaje, las chispas de las patas de sus caballos prendieron fuego al nido y el Fénix pereció en un incendio de perfume y apasionadas canciones. Después de tres días, un Fénix renovado resurgiría de sus escombros para retornar al Paraíso.
El Fénix y la Antigua AlquimiaLa naturaleza del Fénix también se refleja en el mundo vegetal: la palmera bautizada “Fénix” da frutos de color rojo que brotan solamente después de un incendio, sobre las hojas chamuscadas por el fuego… Tal como cuenta la leyenda del ave.
Se conoce como “alquimia” a una de las antiguas ciencias egipcias inspiradas en el Libro de los Muertos y en el culto al Fénix. Esta disciplina seudo-científica indagaba conocimientos que le permitieran transformar cualquier metal en oro. Además, los antiguos alquimistas buscaban convertir la imperfecta naturaleza del hombre a un grado elevado de perfección espiritual.
Los alquimistas solían evocar figuras ornitológicas -es decir, imágenes de aves- combinándolas con fórmulas químicas y cifras provenientes de la física mientras el alquimista meditaba sobre su evolución espiritual, esperando alcanzar el estado de clímax.
Símbolo de esta integridad espiritual era la “cola del pavo real”, dada la belleza de sus múltiples colores, extraídos de la piedra filosofal que representaba la “sabiduría secreta”. Los alquimistas solían incluso someterse a la muerte para experimentar una reencarnación parecida a la de Ave Fénix, pero en un estadio espiritual más elevado.
Una aclaración geográfica: existió una ciudad llamada Tebas en el antiguo Egipto pero también en Grecia. De la misma manera, el culto del Ave Fénix fue compartida por ambas culturas.
La Tebas egipcia se llamó Wasit o Niut y fue largos años capital de la nación. Se halla ubicada a ambos lados del río Nilo, distante unos setecientos kilómetros de El Cairo, mientras que la antigua Tebas griega se hallaba en la región de Beocia, al norte del monte Citerón y noreste de Atenas. Fue una de las ciudades helénicas más celebradas y mencionadas en la mitología y en la leyenda clásica.
En relación al Fénix, su nombre científico es “Phoenos inmortalis” y su hábitat frecuente son los terrenos arbolados y abiertos. Mide entre 2,5 y 3,5 metros aproximadamente. Con respecto a su distribución, la leyenda indica que nació en la India y más tarde adoptó la ruta migratoria de Egipto vía Oriente Medio.
Se trata de un ave única, que no puede reproducirse de manera convencional, como los demás animales. Cuando el Fénix intuye que se aproxima el final de su vida, acumula plantas aromáticas (incienso, cardamomo y resinas) y elabora un enorme nido expuesto a los rayos solares. El calor enciende las hierbas secas y el ave se incendia junto a las mismas. Minutos más tarde nacerá una oruga diminuta que, poco a poco, se irá desarrollando hasta volver a ser el Fénix original cuya primera tarea será depositar en un tronco hueco los restos de su padre.
Entre los paganos, este animal fabuloso simbolizó la castidad y la templanza.
Marisa E. Martinez Pérsico
El matemático, agotado por un día completo de estudio de las teorías de Pitágoras, se durmió finalmente en un sillón, donde un singular drama visitó sus dormidos pensamientos. Los números, en este drama, no eran las inermes categorías que él había considerado previamente, sino seres vivos, con aliento, dotados de todas las pasiones que estaba acostumbrado a comprobar en sus colegas, los matemáticos. En su sueño, se hallaba él en pie en el centro de una infinidad de círculos concéntricos. El primer círculo contenía los números del 1 al 10; el segundo, del 11 al 100; el tercero, del 101 al 1.000, y así sucesivamente, sin límite alguno, sobre la superficie infinita de una llanura sin confines. Los números impares eran varones, los pares hembras. Junto a él, en el centro, se hallaba Pi, el maestro de ceremonias. El rostro de Pi estaba enmascarado, pues era sabido que nadie podía mirarlo y sobrevivir; pero ojos penetrantes miraban a través del antifaz, inexorables, fríos y enigmáticos. Cada número tenía su nombre claramente señalado sobre su uniforme. Las diferentes clases de números tenían diferentes uniformes y diferentes formas: los cuadrados eran tejas, los cubos eran dados, los números redondos eran bolas, los primos indivisibles cilindros, y los números perfectos llevaban corona. Además de la diferencia de formas, los números eran también diferentes en cuanto a color. Los siete primeros círculos concéntricos poseían los siete colores del arco iris, excepto los formados por el 10, 100, 1.000, y así sucesivamente, que eran blancos, mientras el 13 y el 666 eran negros. Cuando un número pertenecía a dos de estas categorías —por ejemplo si, como el 1.000, era a la vez número redondo y cubo— llevaba un uniforme más honroso, y los más honorables eran los más escasos entre el primer millón de números.
Los números bailaban alrededor del profesor Squarepunt y de Pi un vasto y complicado ballet. Los cuadrados, los cubos, los primos, los números piramidales, los números perfectos y los redondos, se agitaban, entretejiendo cadenas, en una danza infinita y abrumadora; y mientras bailaban entonaban una oda a su propia grandeza:
Somos los números finitos.
Somos la materia del mundo.
Cualquier confusión que aflija a la Tierra
por nosotros es resuelta.
Reverenciamos a nuestro maestro Pitágoras
y profundamente despreciamos a las brujas y a los asnos.
Ni la bruja de Endor, ni al monte de Balaam
reconocemos como fuentes de sabiduría.
Mas, circularmente, en inacabable ballet
nos movemos, como cometas vistos por Halley.
Y honrados por el inmortal Platón
no creemos en la grandeza posterior de ningún mortal
Seguimos las leyes
sin una pausa,
pues somos los números finitos.
A una señal de Pi cesó el ballet, y, uno por uno, los números fueron presentados al profesor Squarepunt. Cada uno hizo un breve discurso, explicando sus méritos peculiares.
1: Soy el padre de todos, el padre de infinita progenie. Ninguno existiría sin mí.
2: No te estires tanto. Sabes que se necesitan dos para hacer más.
3: Soy el número de los triunviros, de los sabios orientales, de las estrellas del cinturón de Orión, de los Hados y de las Gracias.
4: Pero sin mí nada tendría cuatro esquinas; en el mundo no habría honestidad. Soy el guardián de la Ley Moral.
5: Soy el número de los dedos de una mano. Hago pentágonos y pentagramas. Sin mí, el dodecaedro no podría existir, y, como sabe todo el mundo, el universo es un dodecaedro. Así, sin mí, no habría universo.
6: Soy el número perfecto. Sé que tengo rivales advenedizos: el veintiocho y el cuatrocientos noventa y seis pretenden a veces ser iguales a mí. Pero están situados demasiado abajo en la escala jerárquica para contar contra mí.
7: Soy el número sagrado: el número de los días de la semana, el número de las Pléyades, el número de los candelabros de siete brazos, el número de las iglesias de Asia y el número de los planetas, pues no reconozco a ese blasfemo de Galileo.
8: Soy el primero de los cubos, exceptuado el pobre viejo Uno, que hoy día ya no se usa.
9: Soy el número de las musas. Todos los encantos y refinamientos de la vida dependen de mí.
10: Bien está, miserables unidades, que alardeéis; pero soy el dios-padre de las infinitas mesnadas que me siguen. Toda unidad me debe su nombre, y sin mí reinaría el desorden en vez de una estricta jerarquía.
En este momento el matemático, aburrido, se volvió hacia Pi y le dijo:
—¿No cree usted que el resto de las presentaciones deberían darse como efectuadas?
Ante esto, se elevó un griterío general:
11: Sí, yo he sido el número de los apóstoles, después de la defección de Judas.
12, que exclamó:
—Fui el dios-padre de los números en tiempo de los babilonios, y fui un dios-padre superior a ese miserable Diez, que debe su posición a un accidente biológico antes que a excelencia aritmética.
13: Soy el señor de la adversidad. Si se muestra grosero conmigo, le pesará.
Se elevó tal alboroto que el matemático se tapó los oídos con las manos y dirigió una implorante mirada en dirección a Pi. Éste agitó su vara de mando y gritó con voz de trueno:
—¡Silencio!, u os trocaréis en números inconmensurables.
Todos se pusieron lívidos y se sometieron.
Mientras duró el ballet, el profesor había estado observando un número, entre los primos, el 137, que parecía indómito y remiso a aceptar su sitio dentro de la serie. Repetidamente, intentó colocarse delante del 1, del 2 y del 3, haciendo gala de una agresividad que amenazaba destruir la armonía del ballet. Lo que pasmó al profesor Squarepunt aún más que esta desordenada conducta fue la aparición del confuso espectro de un caballero de Arturo, el cual insistía murmurando al oído del 137:
—¡Vamos, ve! ¡Ponte a la cabeza!
Si bien los nebulosos rasgos del espectro hacían difícil la identificación, el profesor reconoció al fin la oscura figura de su amigo sir Arthur. Esto le hizo simpatizar con el 137, pese a la hostilidad de Pi, que trataba de reducir al rebelde número primo.
Por fin, el 137 exclamó:
—Es una maldición el exceso de burocracia que hay aquí. Lo que yo deseo es la libertad para el individuo.
La máscara de Pi contrajo el entrecejo, pero el profesor intercedió diciendo:
—No sea demasiado severo con él. ¿No ha observado que está regido por un Familiar? Conocí en vida a este Familiar y, por lo que veo, puedo garantizar que es él quien inspira los sentimientos antigubernamentales del Ciento Treinta y Siete. En cuanto a mí, me gustaría oír lo que el Ciento Treinta y Siete tenga que decir.
Un tanto recelosamente, Pi dio su consentimiento. El profesor Squarepunt dijo:
—Dime, Ciento Treinta y Siete: ¿cuál es el motivo de tu rebelión? ¿Es una protesta contra la desigualdad lo que te inspira o simplemente que tu ego se ha desbordado por las alabanzas de sir Arthur? ¿O se trata, como intuyo a medias, de una profunda repulsa ideológica de la metafísica que tus colegas han absorbido de Platón? No temas decirme la verdad. Haré de intermediario con Pi, acerca de quien sé tanto, por lo menos, como él de sí mismo.
Ante éstas, el 137 prorrumpió en vehemente discurso:
—¡Tiene usted razón! Es su metafísica lo que no puedo soportar. Pretenden aún ser eternos cuando su propia conducta muestra que no creen en tal cosa. Todos nosotros encontrábamos triste el cielo de Platón y decidimos que gobernar el mundo sensible sería mucho más interesante. Desde que bajamos del Empíreo hemos sentido emociones semejantes a las vuestras: Cada número impar ama a su correspondiente número par, y cada uno de éstos se comporta con afecto hacia los impares, pese a encontrarlos muy extraños.1
Nuestro imperio, ahora, es de este mundo, cuya suerte será también nuestra suerte.
El profesor se halló de completo acuerdo con el 137, pero todos los demás, incluyendo a Pi, le consideraron un blasfemo, y se abalanzaron sobre ambos, número y profesor. La infinita hueste, que se extendía en todas direcciones más allá de lo que la vista podía alcanzar, se precipitó también sobre el profesor, con un furioso zumbido. Por un momento se sintió aterrorizado, pero después se recobró, y reuniendo súbitamente su reanimada sabiduría, gritó con voces estentóreas:
—¡Atrás! ¡No sois más que convivencias simbólicas!
Con un lamento de premonición y muerte, el conjunto de la vasta hueste se disipó en la niebla. Al despertarse, el profesor se oyó a sí mismo las siguientes palabras:
—¡Y otro tanto digo de Platón!