El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




La Transacción




La Transacción
Pablo José Tejero

"No me robes el alma",
dijo la doncella.
"No es el alma lo que quiero,
sino el cuerpo".

El Rolls-Royce giró por la quinta dispuesto a entrar en Wall Street. El color plateado del coche refulgía bajo los primeros rayos de la mañana. El lujo que desprendía aquel coche destacaba en una calle llena de tráfico. En el asiento de atrás un hombre mayor, elegantemente vestido estaba meneando la cabeza y farfullando cosas; el millonario Van Houten comenzaba a impacientarse. Siempre había sentido claustrofobia desde niño, y un atasco aunque fuese en una gran ciudad, era mortal para él. Golpeó sin piedad con la punta del bastón el cristal ahumado que lo separaba de Jeffry, mientras exclamaba: "¡¿Es que no puedes ir más deprisa?!". El chófer optaba ya por no responderle. En Nueva York, para ir más deprisa, o vas con los pies por delante dentro de una ambulancia, o vas andando, pero el millonario pensaba aguantar vivo mucho tiempo, y nunca había dado un solo paso en su vida. Parecía como si hubiera saltado de la cuna a la sillita, de la sillita al coche de papa, y de allí a su propio coche, sin haber pasado por el gateo natural de los niños.
Van Houten era dueño de la cadena de bancos más importante del país, y podía haber vivido toda su vida en una isla paradisíaca si hubiera querido, dedicándose tan solo a vivir de las rentas que el sudor de su padre y de sus antepasados le producían. Sin embargo además de ser un hombre ciertamente atractivo, a pesar de su cetrina nariz herencia de su pasado judío, era un tipo perverso. Se sabía un hombre poderoso y eso le gustaba. Le
encantaba experimentar el placer de entrar todos los días en la sede central y observar el sometimiento y la sumisión de todos sus empleados. Era eso y no otra cosa, lo que le movía a ir todos los días a trabajar. Disfrutaba con esos contactos prohibido con bellas secretarías, que nunca decían nada a cambio de un sustancioso aumento, con esos maricas encorbatados que bebían de sus manos, con esas miradas sumisas, esas sonrisas falsas de
adoración, con el sentimiento de sentirse casi como Dios. Casi, porque él tenía más dinero.
El dinero le permitía grandes lujos innecesarios, pero últimamente le había dado la oportunidad de descubrir una nueva afición enfermiza. Más bien era la falta de dinero la que le había dado la genial idea. No suya, obviamente, sino la de un triste vagabundo que se sentaba últimamente en los escalones de acceso al banco. En otras circunstancias no habría tardado ni un suspiro en hacer que los vigilantes mandaran de vacaciones a aquel pobre hombre, unas vacaciones no muy recomendables. Pero la fugaz idea que le cruzó la mente el día que se lo encontró por primera vez, le hizo desistir. Era una ocurrencia tan placentera y malvada, que se sintió orgulloso de privilegiado cerebro.
Aquel día se apeó del coche, miró al vagabundo a lo lejos con repugnancia y comenzó a andar hacía él. Conforme se acercaba empezó a escuchar aquellas palabras "Un dólar para comprar algo de comer hermano, por favor". El pobre le miró con esa cara llena de pústulas y de suciedad, y entonces Van Houten se echó mano al bolsillo. Sacó su cartera de piel de cocodrilo, extrajo un billete de un dólar, y se lo acercó. El pobre hizo ademán de cogerlo, con cara de feliz mientras gritaba "¡Gracias señor, Dios le bendiga!", yal instante cuando sus dedos ya acariciaban el tacto inconfundible del billete, el millonario lo retiró bruscamente con una enorme sonrisa en su rostro, que contrastaba con la mueca de decepción que se había formado en el rostro ajado del vagabundo, mientras se alejaba contento hacía las puertas de cristal del banco.
La experiencia le resultó tan gratificante a Van Houten, que la convirtió en un rito cotidiano. Desde entonces, todos los días repetía los mismos pasos, con idéntico resultado.
Un día probó a ofrecerle uno de cincuenta, pero el pobre ni le hizo caso. Estaba claro, que un billete de tan alto valor, no engañaba al pobre. Sin embargo con el de diez siempre picaba, así que optó por hacerlo siempre así. Cada mañana que pasaba se acercaba más al vagabundo. Al principio se lo ofrecía desde lejos, después cada vez más cerca, incluso se agachaba para dárselo, otras veces se lo depositaba en la agujerada gorra llena de centavos,
para retirárselo al instante.
Sin embargo hoy tenía planeado algo diferente. Algo más ambicioso. Hoy quería saber a que olía el fracaso, como era la mirada de un pobre, que ocultaban unos ojos muertos. Hoy pensaba agacharse, dejarle el billete en el bolsillo del chaquetón, y acercar su rostro al pobre para que este pudiese percibir el olor del poder, la mirada del dinero, algo que él jamás tendría en vida... La voz de Jeffry le despertó de sus ensoñaciones: "Ya hemos
llegado señor".
Mientras Jeffry le abría la puerta, Van Houten se apeó del coche y buscó con la mirada al pobre. La aterradora sensación de que ya no estaba allí hizo que se le paralizaran todos sus músculos. Se sintió como el niño que nunca fue, quedándose sin el juguete preferido que nunca tuvo. La marea humana le impedía ver la entrada al banco, sin embargo era tal su convencimiento de que el pobre ya no estaba ahí, que casi se pone a llorar de impotencia. Sin embargo, cuando una pareja se apartó de su campo de visión, lo distinguió sentado en el sitio de siempre, con la misma caja en el suelo, y el mismo abrigo roído alrededor de su cuerpo. Sus ojos se encontraron y Van Houten esbozó una sonrisa.
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El vagabundo encontró con la mirada a Van Houten y sus ojos brillaron con ilusión, pero con una ilusión diferente a la habitual. Era la alegría de ver al "asqueroso rico" al fin. Llevaba sin probar una gota de alcohol desde el día anterior, y no había dormido esperando este momento. Hoy sería un día glorioso. Hoy la historia iba a cambiar. Hoy al millonario cabrón no le iba a gustar el jueguecito del billete, "No señor". Hoy las reglas de la partida las pondría él. Mientras se acercaba Van Houten, el pobre suspiró, apretó contra su pecho el libro que había encontrado hacía dos días buceando entre las basuras (gracias a ese libro su vida iba a cambiar), y sacó del bolsillo una navaja mientras la desenfundaba.
"Mira como coge el puto billete, el muy mamón", pensó mientras el millonario se acercaba.
"Verás que sorpresa te llevas".
Sacó la afilada hoja, se puso la navaja bajo el cuello, y se secciono la yugular. De repente el dolor laceró su cerebro, mientras la inconsciencia le arrancaba de este mundo, el pobre sentía como fluía la sangre copiosamente sobre su sucio pecho mientras se agarraba la garganta con las manos. El dolor comenzaba a apoderarse de él, pero hizo un último esfuerzo, se concentró olvidándose de las agudas cuchillas que se estaban clavando en su
corazón fruto del shock,... empujó y logró salir.
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Van Houten no daba crédito a lo que veían sus ojos. Conforme se acercaba hacía aquel infeliz, iniciando su ritual diario observó como éste sacaba una navaja de su abrigo, y se sobresaltó. Retrocedió un paso temiéndose lo peor, pero su sorpresa aumentó cuando elpobre se rajó el cuello delante de él. Aún respiraba el infeliz, y parecía estar consciente a pesar de la herida, ya que una sonrisa adornaba su rostro a pesar del sufrimiento.
De repente lo sintió. La perplejidad que ocupaba su mente ante lo que veían sus ojos, se convirtió gradualmente en una sensación extraña. Un ligero dolor de cabeza comenzó a apoderarse de él, mientras se frotaba las sienes con las manos. Al segundo la sensación comenzó a hacerse más dolorosa, más patente. Era el miedo lo que se estaba apoderando de él. El miedo a lo desconocido, a la fuerza que estaba penetrando en su cerebro y que a la vez tiraba de él hacia fuera. Algo que quería arrancarlo, no comprendía nada, solo notaba que se perdía, y que la invasión era ya casi total.
Y por fin salió. Hubo un breve momento de ligereza, de total ingravidez. Estaba flotando mientras luces y conversaciones inundaban su espíritu aturdiéndole... y después otra vez la pesadez de siempre. La eterna sensación de sentir carne a su alrededor, las venas latiendo y el viento acariciando su piel. Pero esta vez Van Houten se sentía diferente.
Gradualmente el dolor comenzó a invadir sus centros nerviosos, mientras las infecciones comenzaban a ahogar su sangre. Entonces abrió pesadamente sus ojos y descubrió sus manos ennegrecidas, llenas de callos, sucias y manchadas de sangre, mientras el aliento se desprendía de su cuello por una enorme herida. Pero esa sangre no debía haber sido suya sino de aquel pobre infeliz. Aquel vagabundo...
Alzó la vista y se vio ahí enfrente sonriéndose, y entonces lo comprendió todo.
Pero quizás demasiado tarde, ya que al instante expiró y su corazón se paró.
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El pobre se ajustó su nueva corbata, acarició su nueva cara y se agachó hacía el cuerpo muerto que yacía en la acera, mientras arrancaba de su regazo inerte aquel libro. Un libro que le había enseñado a liberarse, a ser diferente, a cambiar su vida. Miró la portada por enésima vez y leyó: "Como ser rico, y no morir en el intento". Y sonrió a su nueva vida.



3 Comentarios:

Autumn Sonnet ...

que buen cuento , me gustó mucho el final ^^

Un Beso

Luzdeluna ...

jaja Sir mirá si se pudiera hacer no?

El Entrompe ...

"No me robes el alma",
dijo la doncella."No es el alma lo que quiero,sino el cuerpo"... ta dicho pues...

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