El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




El Vampiro I






El Vampiro
Master Hellcat
1. Mi nacimiento.

Mi nombre es Esaú, y soy un vampiro. Durante más de novecientos años no he sentido necesidad alguna de contar mi historia. Sin embargo, es ahora, tras tanto tiempo en las sombras, cuando deseo dar a conocer mi existencia. No sé si el lector alcanzará a entender mis razones para ello, pero tampoco me importa demasiado. A lo largo de los años he sido testigo de cosas maravillosas, pero también de terribles atrocidades. ¿De qué sirve haber vivido tanto tiempo y haber acumulado tantos conocimientos si no puedo transmitírselos a nadie? Del mismo modo que no tendría ningún sentido componer la más hermosa melodía si no hay nadie que pueda escucharla, ¿qué sentido habrá tenido mi existencia si nadie llega a conocerla?.
No piense el lector que mi vida está llegando a su fin. No estoy cansado de vivir. Al menos no todavía. Pero supongo que el tiempo ha acabado haciendo mella en mí. Los tiempos cambiantes y el mundo, siempre en constante evolución, han conseguido mantener mi interés durante más de nueve siglos. Sin embargo, son los mortales los que siempre me han cautivado. Los mortales, a los que amo y envidio al mismo tiempo. Por su eterna esperanza de un mundo mejor, que les hace fuertes. Por su mortalidad, que les da el descanso eterno. Por sus sentimientos exacerbados, que les hacen sentir vivos cada instante de su vida.
Pero al fin, tras tanto tiempo viviendo entre ellos he comprendido que, a través de los siglos, sus esperanzas y temores siguen siendo los mismos. Sondeo sus mentes y no soy capaz de encontrar diferencias entre un mortal del siglo XI que viviera en Francia y otro del siglo XXI que viva en Japón. Poder, riqueza, amor… Los mortales son tan simples en su existencia y, al mismo tiempo, tan fascinantes, que me cuesta creer que una vez fui uno de ellos.

Apenas recuerdo nada de los primeros años de mi vida mortal. De vez en cuando surgen de mi mente imágenes breves e inconexas de paseos a caballo con mi padre mientras me mostraba las tierras que algún día llegarían a ser mías, de mi aprendizaje en el manejo de las armas, del rostro de mi madre... Tan solo retazos de un pasado perdido en el tiempo.
Nací a la mortalidad en el año 1076, en los reinos cristianos del norte de España. Mi vida transcurría sin sobresaltos, en el castillo de mi padre, entre caballos, armas y fastuosos banquetes. Mi cabeza estaba llena de historias de héroes y villanos. De grandes batallas contra el moro invasor. De caballeros que alcanzaban fama y honor y eran admirados y temidos gracias a sus increíbles gestas en el campo de batalla. Y yo ansiaba con todas mis fuerzas ser como ellos. Esperando mi oportunidad, me entrenaba en el manejo de las armas con una pasión desenfrenada , casi sin descanso.
Un día, un ilustre viajero que llegó al castillo buscando refugio para pasar la noche, trajo hasta nosotros la noticia de que el Papa Urbano II había hecho una prédica para la toma de Los Santos Lugares: la Primera Cruzada. Era el año 1095.
Era mi gran oportunidad. Lleno de ilusión, pedí permiso a mi padre para unirme a la expedición. Pero él se negó en redondo. Era su hijo mayor y, por lo tanto, el heredero del título y las tierras. No podía poner mi vida en peligro. Y menos aún teniendo en cuenta la permanente amenaza que para nosotros significaba la presencia de los musulmanes al sur. Pero finalmente mis argumentos consiguieron convencerle. Por un lado, una familia como la nuestra, conocida en todo el reino, no podía permitirse el lujo de ausentarse de tan magno evento. Y, por otro lado, si me pasaba algo a mí, el apellido no se perdería, pues mi hermano podría darle continuidad.
Así, pues, mi padre lo arregló todo para que me uniera a las huestes de Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa, a quien unía una profunda y antigua amistad.
Partí del castillo de mi padre pertrechado con todo el bagaje necesario para emprender tan magna aventura. Pero no iba solo. Me acompañaban tres hombres de confianza de mi padre, con el encargo de ayudarme y velar por mí mientras estuviera lejos de mi hogar.
No entraré en detalles sobre las penalidades sufridas, los encarnizados combates librados, los amigos perdidos –entre ellos mis tres acompañanates- o los maravillosos lugares que vi durante nuestro periplo. Baste decir que el 7 de junio del año 1099 entramos en la Ciudad Santa de Jerusalén.
Poco imaginaba yo, entonces, cómo iba a cambiar mi existencia en unos pocos días. Todo comenzó –o terminó, dependiendo del punto de vista- cuando el conde de Tolosa me encomendó la misión de escoltar una caravana con provisiones desde Jerusalén hasta una de las guarniciones que habíamos dejado en nuestro camino hacia la Ciudad Santa. Partí al alba al mando de la caravana y de un grupo de veinte hombres armados. El viaje transcurrió sin novedad hasta el anochecer del día siguiente, cuando fuimos atacados por un numeroso grupo –de unos cuarenta o cincuenta jinetes- de sarracenos que, hambrientos y derrotados, lo único que buscaban era hacerse con las provisiones que transportábamos. Cogidos por sorpresa, luchamos como pudimos contra nuestros atacantes. Casi al principio del combate, el impacto de una flecha en un hombro me derribó del caballo. Recibí a nuestros atacantes a pie, con la espada desenvainada y furioso por el dolor en mi hombro. Conseguí derribar a dos de ellos y darles muerte. Durante un instante de respiro, pude atisbar a lo lejos una nube de polvo que revelaba la presencia de un nutrido grupo de jinetes al galope. Sin saber aún si eran amigos o enemigos, continué combatiendo con denuedo. Sin embargo, dolorido como estaba a causa de la flecha y sin montura, vi, impotente, cómo uno de nuestros atacantes lanzaba su enorme caballo de guerra contra mí para derribarme. Sin posibilidades de defenderme, el jinete me infligió un profundo corte con su cimitarra.
Tendido en el suelo, mientras mi sangre se mezclaba con el polvo del desierto, pude ver cómo el enemigo se retiraba. Aún pude conservar el conocimiento el tiempo suficiente como para ver que los jinetes que cabalgaban hacia nosotros portaban la cruz de cristo en sus vestiduras llenas de polvo. Creí reconocer a varios de ellos. Eran soldados de la guarnición a la que nos dirigíamos y que, sin duda, enterados de la existencia de la partida que nos había atacado, habían salido a nuestro encuentro para escoltarnos. Por desgracia, habían llegado demasiado tarde.
Herido y agotado, perdí el conocimiento.
A partir de ese momento, mi memoria se torna nubosa. Recuerdo haber recuperado el consciencia de forma intermitente mientras era transportado posiblemente en un carro. Afortunadamente, los periodos de lucidez no eran demasiado largos, por lo que el sufrimiento no era excesivo.
En otro momento creí yacer en una cama, junto a otros hombres enfermos o heridos, como yo, en una gran sala. Junto a mi lecho, una figura alta, posiblemente de mujer, me observaba.
No sé cuanto tiempo estuve inconsciente, pero cuando volví a recuperar el conocimiento, me encontraba totalmente descansado. De hecho, no recordaba haber estado nunca mejor.
Me hallaba en un lugar oscuro aunque, para mi sorpresa, podía ver perfectamente lo que me rodeaba. Estaba tendido en una cama con dosel en una habitación con paredes de mármol y ricamente adornada. Probablemente me habían llevado de vuelta a Jerusalén, donde, debido a mi rango, me habían alojado en un palacio o castillo y habían curado mis heridas.
Me sorprendí al no notar ningún dolor en mi cuerpo. Nunca había sido herido de esa forma, pero siempre había creído que el dolor sería atroz durante el periodo de recuperación. Y, sin embargo, no sentía nada fuera de lo normal. Quizá las heridas habían resultado no ser tan graves…
Aún dudando por lo que podría encontrar, levanté la sábana que cubría mi cuerpo desnudo. Mi sorpresa fue mayúscula. No sólo no había herida, sino que mi cuerpo no presentaba ninguna cicatriz. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Lo mismo podían haber pasado un par de días como semanas o meses. Eso explicaría que la herida hubiera cicatrizado. Sin embargo no había razón alguna para la ausencia de cicatriz.
Al cabo de unos segundos apenas pude ahogar un grito al darme cuenta de un detalle que había pasado por alto al principio: efectivamente, mi cuerpo no presentaba ninguna cicatriz. Pero no sólo echaba en falta la de la herida que había sufrido en la batalla, sino todas las cicatrices. Por alguna clase de magia que no alcanzaba a comprender, todas las señales de mi cuerpo habían desaparecido.
Fue entonces cuando la oí por primera vez. “Por fin has despertado”. Era la voz más hermosa que había escuchado jamás. Cálida y sensual, sus palabras me abrazaron con la suavidad de la seda.
Busqué el origen de la voz y la descubrí en un rincón de la habitación, aunque, curiosamente, al despertar y estudiar la estancia, su presencia me había pasado por alto.
Era una mujer alta, ricamente vestida y tan hermosa que su sola presencia era capaz de iluminar la habitación como si dentro de ella se concentraran mil soles.
Avanzó hacia mí lentamente. Cada uno de sus movimientos era pura poesía. Se movia como un felino, sin hacer ruido. Entonces pude apreciar mejor sus facciones. Eran muy delicadas. Tenía la tez blanca y sus cabellos ondulados, de color rubio ceniciento, recogidos en un elegante peinado. Sus ojos, de un color que no pude determinar, me miraban fijamente. Me enamoré al instante de ella.
Volvió a hablar. “Has tardado mucho. Por un momento pensé que había llegado demasiado tarde”. Con sorpresa, advertí que, si bien había escuchado sus palabras, ella no había despegado los labios en ningún momento.
-¿Quién sois? –pregunté.
“No uses la voz. No es necesario entre nosotros. Tan solo piensa lo que quieres decir y proyéctalo hacia mí”.
Probé a hacer lo que me decía. “¿Quién eres? ¿Por qué me has salvado?”.
“Mi nombre es Isabelle. Y no te he salvado. O, al menos, no como tú crees”.
“Pero estoy vivo”.
“No. Estás muerto”.
Me horroricé al escuchar sus palabras. ¿Cómo podía decir que estaba muerto? Estaba respirando, y pensando. Desde luego no estaba muerto. “No te creo”, le dije. Y, sin embargo, de alguna forma supe que me decía la verdad. No sé explicar cómo, pero sentí que no me mentía. Algo en su mente me lo decía. Y, sorprendentemente, no me costó aceptarlo. Simplemente, estaba muerto. Era un hecho y discutirlo no conducía a ninguna parte.
“¿Dónde estamos?”
“En Constantinopla”
“Dios mío. Entonces debe haber pasado mucho tiempo desde que fui herido”.
“Apenas cuatro días”.
“¡Mientes!”.
“Sabes que no”.
Sí, lo sabía. Pero no quería admitirlo. “Fui herido… y me llevaron a… ¿un hospital?”.
“Tus compañeros te llevaron de nuevo a Jerusalén”.
“¡Te recuerdo! Tu estabas junto a mí en aquel lugar”.
“Sí”.
Pero ¿qué hacías allí? Quiero decir…”.
“Ah, sé a lo que te refieres. Pero sigues pensando en términos mortales. Era una mujer en una zona de guerra, sí… pero también soy mucho más”.
“¿Qué eres?”
Ella sonrió, y su sonrisa me llenó de calor. “Soy un vampiro... como tú ahora”.
Me quedé aturdido al escuchar sus palabras. ¿Un vampiro? Había oído historias al respecto. Viejas leyendas que se contaban por las noches junto al fuego de los campamentos.
“Los vampiros son seres demoníacos. Servidores de Satanás”
“¿Acaso te parezco un ser demoníaco?”
Ciertamente no. Aquella criatura era lo más hermoso que había visto nunca. Y, por otro lado, no podía negar que algo había cambiado en mí. Podía comunicarme directamente a través de mis pensamientos. Mis cicatrices habían desaparecido. Podía ver en la oscuridad…
“Y eso no es todo. Aún debes aprender mucho. Yo seré tu maestra”.
Ella podía leerme la mente. ¿Podría leer yo la suya?
“Puedes. Pero no lo intentes aún. Es mejor así, de momento”
“No has respondido a mi pregunta de antes. ¿Qué hacías allí?”
“Te buscaba a ti”
“¿A mí? ¿Por qué yo?”
“Hace tiempo que busco un compañero. La soledad puede llegar a pesar más que el propio Don. Te he seguido. He sondeado tu mente. He estudiado tus acciones. Y supe que tú eras un buen candidato. Oh, había otros que me habrían servido igualmente. Llámalo una cuestión de azar. Por otro lado, no era mi intención actuar tan pronto. Pero cuando sentí que habías sido herido, acudí a tu lado, te traje aquí y te di de beber de mi sangre. Así es como te transmití el Don”.
Así que había sido elegido entre otros muchos. De momento me bastaba con sus explicaciones. Pero en algún momento me gustaría profundizar en ellas. “¿A qué Don te refieres?”
“A la inmortalidad”
“¿Eres inmortal?”
Isabelle frunció el ceño. “No hables como si fuéramos diferentes. Ahora tú también eres inmortal. Sí, ambos somos inmortales. Pero no somos totalmente invulnerables. Debes guardarte de la luz del sol y del fuego, pues ambas cosas podrían destruirte”.
“¿Cómo…?”
“Basta de preguntas por el momento. Debes alimentarte. ¿No sientes la Sed?”.
Hasta ese instante no me había dado cuenta. Pero nada más mencionarlo, efectivamente, sentí una sed muy intensa.
“Oh, si… siento la Sed en ti. Ven”, me dijo.
Sin sentir ningún pudor, me levanté de la cama, desnudo como estaba, y me acerqué a ella. Me cogió de la mano y me acercó hasta que nuestros cuerpos se juntaron. Nos besamos. Su boca me recorrió el cuello y sentí sus colmillos en mi cuello. Y después, el éxtasis. ¿Cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo describir el cúmulo de sensaciones y visiones que invadieron mi mente mientras ella saciaba su Sed conmigo?. Fui suyo. Me di por completo. Sentí cómo mi sangre fluía de mi cuerpo al suyo. Cómo ambos nos convertíamos en un solo ser…
Cuando me soltó caí de rodillas ante ella, extasiado y, al mismo tiempo, agotado. Ella se agachó y me levantó con facilidad, como si fuera una pluma, me abrazó y me llevó hasta un armario, lo abrió y seleccionó una serie de ropas. “Vístete”, me dijo.
Cuando lo hube hecho, y ya completamente recuperado, Isabelle me condujo fuera de la habitación y pude comprobar que nos encontrábamos en un palacio. Me enseñó todas las estancias y, cuando estábamos en el sótano, me llevó hasta una pared donde una gran piedra tallada tapaba lo que parecía la entrada a un túnel.
“Muévela”.
“Pesa demasiado para mí”.
“Ahora ya no”.
Era cierto. Moví la piedra con sorprendente facilidad. Asi que esa era otra de mis recién adquiridas habilidades…
Nos adentramos en el oscuro túnel y bajamos unas escaleras hasta llegar a una amplia cámara excavada en la roca. En el centro de la cámara había cinco sarcófagos de piedra, con aspecto de ser viejos como el tiempo.
“El del centro es el mío. Tú puedes usar el de la derecha”.
“¿Dormiremos aquí?”
“Sí. Es el lugar más seguro para nosotros. Ningún rayo de luz puede llegar hasta aquí abajo. Ahora debemos salir. Has de alimentarte”.
Salimos a la noche montados en sendos corceles que cogimos de las caballerizas del palacio. La capital del Imperio Romano de Occidente se abría ante nosotros, mostrándonos todos sus tesoros.
Casi en el instante en que salimos a la calle, mi mente se vio asaltada por un torbellino de pensamientos. A punto estuve de caer del caballo. Solté las riendas y me mesé la cabeza, intentando desesperadamente expulsarlos de mi interior. Apenas era capaz de formular mis propios pensamientos. “¿Qué es esto?”, pregunté a mi creadora.
“Los pensamientos de la gente que nos rodea. Aíslalos. Deja entrar en tu mente sólo los que tú quieras”.
Poco a poco, concentrándome, pude rechazarlos y, tal y como Isabelle decía, dejarlos entrar en mi mente de forma ordenada. Entonces, no sólo podía leer la mente de Isabelle, ¡sino también la de todos los mortales!.
Mientras avanzábamos por las calles de la ciudad hacia lo que parecía ser la periferia, me entretuve en ejercitar este nuevo poder. Escuché los pensamientos de la gente en sus casas, de aquellos que se cruzaban con nosotros en la calle. Y sentí que aquello era algo maravilloso.
Pero había algo más que sus pensamientos. Algo que me atravesaba como una espada: su olor. El olor a mortal me invadía por cada uno de los poros de mi pálida piel. Me llamaba. Me atraía hacía ellos. Apenas si podía resistir la tentación de lanzarme contra aquellos con los que nos cruzábamos en la calle.
Ella percibió mi inquietud. “Contén tus impulsos. No debemos revelar a los mortales nuestra naturaleza. Si supieran de nuestra existencia, nos exterminarían”.
“Nosotros somos más poderosos”.
“Pero ellos son más numerosos”.
Acepté sus explicaciones y continué cabalgando a su lado hasta que los palacios y grandes casas señoriales dieron paso a casas de piedra y, finalmente, estas dejaron su espacio a pequeñas casas de barro. Supuse que habíamos llegado a los barrios bajos de la ciudad. Donde todo podía comprarse y venderse -desde una gallina hasta una mujer- y donde la vida de una persona valía lo que se puediese pagar por ella.
“Hemos llegado” dijo, Isabelle.
Descabalgamos y seguimos a pie, llevando a nuestras monturas de las riendas.
“¿A qué hemos venido?”, pregunté.
“A cazar”.
“¿A cazar gente?”.
Ella captó mi tono de disgusto.
“Debemos cazar para sobrevivir”
“¿Y por qué no sobrevivir cazando animales?”
Ella se detuvo y me miró muy seria. “Si hicieras eso serías indigno del Don. Eres un vampiro. Compórtate como tal”. Continuó andando y yo la seguí. Isabelle siguió hablando. “No debes mezclar la caza con tus sentimientos. Si quieres amar a los mortales, hazlo. Nadie te lo impide. Pero recuerda siempre dónde están ellos y dónde estás tú”.
“Pero son tan débiles, tan ignorantes de lo que les rodea… Como…”, me interrumpí.
“¿Cómo tú, antes de que yo te convirtiera?”.
“Sí”, respondí con un hilo de voz.
Ella se detuvo de nuevo y sonrió. Soltó una mano de las riendas de su caballo y cogiéndome de la nuca, me atrajo hacia ella para besarme.
“Ven”, dijo, “detrás de esa iglesia encontraremos lo que buscamos”.
Rodeamos el edificio y me llevó hasta una calle estrecha y maloliente donde nos detuvimos.
“¿Y ahora qué?”
“Mira allí”.
Isabelle me señalaba lo que parecía una taberna. Se oían risas y gritos que salían de su interior.
“Allí se reune lo peor de la ciudad: estafadores, ladrones, asesinos…”
Entonces fui yo el que sonrió. “Veo que seleccionas a tus víctimas entre lo más granado de la sociedad”.
Isabelle se encogió de hombros. “Ya que nos alimentamos de ellos, ¿por qué no hacerlo de los indeseables?”.
“Vaya”, contesté, “¿estoy descubriendo un atisbo de escrúpulos?”. Casi inmediantamente sentí una oleada de furor que emanaba de ella.
“No confundas los escrúpulos con la ética, muchacho. Incluso nosotros podemos tener una ética”.
“¿Ética? Somos monstruos. Servidores del Diablo. ¿Y tú me hablas de ética?”
“Dios, el Diablo… nunca he visto a ninguno de los dos. Sin embargo, nosotros somos reales. Llevo matando para alimentarme más años de los que puedas imaginar, y nunca ha venido nadie a decirme qué estaba bien o qué estaba mal”.
De pronto una figura surgió del local. Una mujer. Comenzó a andar hacia nosotros.
“Es para ti”, dijo Isabelle.
Incluso con la distancia que me separaba de ella, pude apreciar su olor. El olor a sangre.
Movido más por el instinto que por la razón, me abalancé hacia la infortunada mujer, la cogí por la cintura y subí hacia la azotea de uno de los edificios que bordeaban el callejón. No me di cuenta, hasta haber llegado arriba, de que no había emitido un solo grito. La dejé en el suelo y me separé de ella para contemplarla. No podía decir que fuera una gran belleza. O quizá sí lo fuera, pero inconscientemente no podía dejar de compararla con Isabelle. Y estaba claro que, para mí, nadie era comparable a Isabelle, mi creadora.
Era bastante joven. Rondaría los veinte o veintidós años. Me miraba con unos ojos grandes y aterrorizados. Sin embargo seguía sin emitir un solo sonido. Pensé que quizá fuera muda.
“No lo es”, oí la voz de Isabelle en mi cabeza. Me giré y la vi detrás de mí. “Es tu presencia lo que la paraliza. Tenemos ese poder sobre los humanos, si lo deseamos”.
Volví a mirar a la muchacha. Se cubría el cuerpo con los brazos, en un vano intento de protegerse de mí.
“Déjate llevar por la Sed, querido”
Avancé hacia la joven y la cogí de una muñeca mientras con la otra mano desgarraba su vestido de un tirón, dejando al descubierto unos pechos pequeños y blancos. Y entonces clavé mis colmillos en su cuello, justo en la arteria, y comencé a succionar su sangre. Sentí cómo mi cuerpo entraba en calor mientras le arrebataba la vida. Ella se mostró dócil en todo momento, incapaz de hacerme frente.
“Podemos proporcionar a los mortales una clase e intensidad de placer a la que jamás tendrían acceso de otra forma. Pero a cambio, les arrebatamos la vida”.
Yo casi no la escuchaba, extasiado como estaba con la experiencia que estaba viviendo. Sentía la vida de la muchacha escapándose de su cuerpo mientras yo la absorbía poco a poco.
Al final, usando toda mi fuerza de voluntad, me separé de ella, dejándola tendida en el suelo, agonizante.
“¿Alguna vez habías sentido algo como esto? ¿No es maravilloso?”
“Sí, lo es”, respondí. “Vámonos”.
Recorrimos la ciudad durante un par de horas más. Isabelle me enseñó varios rincones, explicándome mil y una historias sobre la ciudad. Después volvimos al palacio que ahora llamaba mi hogar. Aún faltaba más de una hora para el amanecer.
Después de dejar los caballos, Isabelle me condujo al piso de arriba. Intenté captar sus pensamientos, pero no pude. Entramos en una de las habitaciones, mejor adornada que en la que había despertado hacía tan solo unas horas, aunque a mí me parecían años. Isabelle cerró la puerta y cuando me giré hacia ella, se despojó de su vestido, quedando completamente desnuda. Se me hizo un nudo en la garganta mientras contemplaba su cuerpo desnudo. Sin duda las mismísimas diosas Venus y Afrodita palidecerían de envidia ante tamaña perfección de formas.
“Ven a mí”, dijo mientras me tendía los brazos.
Sentí cómo una irrefrenable oleada de lujuria se apoderaba de mí. Atravesé la estancia y la rodeé con mis brazos mientras la besaba con toda la pasión de que era capaz.
Entre los dos conseguimos despojarme de mis ropas. Sentí su piel contra la mía y sus pechos apretados contra mi torso. La levanté del suelo. Ella rodeó mi cintura con sus piernas mientras yo apoyaba su espalda contra la puerta de la habitación. Y allí mismo la poseí por primera vez, mientras no dejaba de besarla.
Después fuimos hasta la cama, donde seguimos acariciándonos, explorando nuestros cuerpos hasta que la luz del amanecer comenzó a filtrarse entre el espeso cortinaje de las altas ventanas.
Entonces descendimos hasta nuestro refugio, donde nos acostamos en nuestros respectivos sarcófagos para descansar.

Hellcat


Continuará...

4 Comentarios:

Ayshane ...

Aisnn....... me has dado en el coranzocito.... con lo que me gustan los vampiros...

besitos grandotes.... bella....

Shamman ...

que tal. Tanay me recomendó este blog. y no me arrepiento de haberlo visitado. es precioso.

jofrexxx ...

jajaja no estoy mas endeudado que nadie, internet este año esta imposible para mi seguire la clandestinidad, y como aqui lo que no viene es joropo y no lo digo jugando porque aqui estan tan fritos que hicieron un presupuesto para la nacion en base a un barril de 60 dolares y ahorita apenas subio a 40 por la guerra de Israel y Palestina; disculpame chica tu sabes como soy yo con mi politica jejeje,tiene que vivirlo para que que de verdad me puedas entender:)

LuzdeLuna ...

Hola Ayshane!! verdad que es muy interesante el relato? hay otras 2 partes mas!!!
Un abrazo

Holaa Shamman! Bienvenida y le doy las gracias a Tanay por recomendarme :)
Un abrazo

:) aiss Jofrexx qué pena que deberás andar medido con internet!
Y si en algo tenés razón es que hay que vivir in situ las situaciones para comprenderlas! como te dije una vez toco de taquito ya que opino según lo que leo, pero tengo esperanza!!! :D
Un gran abrazo amigo!

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