El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




El Vampiro II





El Vampiro
Master Hellcat


2. Isabelle.

La siguiente noche fui despertado por la Sed. Aparté la pesada tapa de piedra del sarcófago y subí hasta la primera planta. Mi instinto me llevó hasta la biblioteca, donde Isabelle leía sentada en un sillón.
“Has tardado en despertarte”, dijo mientras cerraba el libro, “llevo levantada desde el anochecer”.
Me asomé a una de las ventanas y comprobé que, efectivamente, ya era noche cerrada y las sombras protectoras cubrían la ciudad.
Isabelle me cogió de la mano y me llevó por la casa hasta una puerta que comunicaba ésta con las caballerizas. “Vamos”, me dijo con una sonrisa, “salgamos”. Al llegar junto a los caballos yo intenté besarla, pero ella detuvo mi ademán suavemente. “Cacemos primero”.
Me molestó un poco que hiciera eso. ¿Acaso no era ella mi creadora? ¿Acaso no era mi amante? ¿O no lo era? Realmente, ¿qué me hacía pensar que yo era el único a quien amaba?
Cuando ella se disponía a montar, la retuve. “¿Hay otros aparte de mí?”.
“Si te refieres a si somos los únicos vampiros, la respuesta es no. Hay muchos más”
“Sabes a qué me refiero”.
Ella volvió a sonreir. Su sonrisa era para mí como un elixir de vida. Cuando lo hacía, mostraba unos dientes blancos, perfectamente distribuidos y enmarcados por unos labios ahora pálidos a causa de la Sed, pero que pronto se tornarían rosados… cuando hubiera bebido.
“Sí, sé a lo que te refieres. No hay otros, aparte de ti”.
Aflojé mi presa y montó. Yo la imité y ambos salimos del edificio en dirección a los barrios bajos.
Aquella noche pude ver, por primera vez, como cazaba mi creadora. Cuando se abalanzó sobre su presa, no sólo vi, sino que también sentí, cómo Isabelle se transformaba en una especie de animal salvaje. No quiero decir con esto que su forma física cambiase, pues no fue así. Pero a mis ojos la transformación tuvo lugar. Había algo hermoso y primigenio en sus movimientos. Algo felino, tal y como pensé la primera vez que la vi.
Yo cacé un hombre. No me fue difícil, puesto que mi fuerza física era muy superior a la suya. Pero su sangre… no sé cómo explicarlo. Noté una cierta diferencia con respecto a la de la mujer que había cazado la noche anterior. La sangre de la mujer había tenido un sabor dulce, agradable. Un sabor que había colmado todos mis deseos y expectativas. Sin embargo, la sangre de aquel hombre, aunque había saciado mi Sed, no me había llegado tan profundamente como la de la mujer.
Quizá la diferencia estribara en algún remanente de mi heterosexualidad mortal, cuando rechazaba cualquier contacto carnal con hombres –al fin y al cabo, la caza de mortales tiene un fuerte componente carnal-. O quizá fuera que la primera vez que un vampiro caza, la sangre así conseguida sabe diferente. No lo sabía a ciencia cierta.
Hice partícipe a Isabelle de mis pensamientos.
“A mí me es indiferente cazar hombres o mujeres”, me explicó. “Sin embargo sí he oído que hay vampiros que prefieren una sangre determinada, aunque confieso que desconozco la causa. Me dices que el sabor es direrente. Que no experimentas las mismas sensaciones. Me parece tan buena explicación como cualquier otra. Nadie nos obliga a seguir unas determinadas reglas durante la caza. Puedes hacer lo que te plazca”.
Aún hoy, sigo sin conocer la razón de que prefiera la sangre de las mujeres a la de los hombres. Pero desde entonces hasta ahora, más de nueve siglos después, salvo en contadas excepciones, sólo he cazado mujeres.
Aquella fue la primera vez que constaté que Isabelle no conocía todas las respuestas a mis preguntas. Supuse que había muchas cosas que los vampiros desconocíamos de nosotros mismos.

Durante las semanas siguientes, Isabelle me instruyó sobre la vida del vampiro y sobre mis nuevos poderes. Mejoré sensiblemente mis habilidades como manipulador de mentes, que no dudaba en poner a prueba con mis víctimas mortales.
En una ocasión elegí como presa a una mujer a la que tan solo unos minutos antes había visto robar, con manos hábiles, a un hombre con el que fingió un choque accidental en una calle estrecha.
Tras llevarla a un lugar tranquilo y seguro donde poder dar cuenta de ella, y cuando ya me disponía a tomar su sangre, Isabelle me habló.
“¿Por qué no la usas para probar tu control mental?”.
“¿Ahora?”.
“Es tan buen momento como cualquier otro”.
Miré a la mujer. Pese a mantenerla inmovilizada con mi mente, sus ojos expresaban todo el miedo que sentía. Sondeé sus pensamientos. Tenía miedo. La habíamos raptado, la habíamos llevado hasta un lugar solitario y, mediante algún tipo de “sortilegio”, impedíamos su fuga al mantener su cuerpo inmovilizado. Aquel hombre y aquella mujer de manifiesta hermosura que tenía ante ella, vestidos con lujosos ropajes, podían parecer dos excéntricos y acaudalados personajes, pero ella bien sabía lo que eran en realidad: demonios.
¿Y qué hacían los demonios con las mujeres mortales? Las poseían. Las violaban. Se contaban historias… terribles historias sobre mujeres que habían sufrido el ataque de demonios. Seres que no tenían otra cosa que hacer más que divertirse a costa de los mortales, usándolos para sus depravados juegos.
Me reí con ganas. Despues de todo, aquella mujer no iba muy desencaminada en sus pensamientos.
Y pensaba que iba a ser violada... Bien, ¿quién era yo para defraudar sus espectativas?.
Aflojé la presión mental sobre ella lo suficiente como para que recuperara el control de sus brazos, pero no escapar.
-Desnúdate, mujer- le ordené con voz firme.
Vi en su mirada la confirmación de sus temores. La mujer no se movió. Seguía de pie, frente a mí, haciendo visibles esfuerzos por salir corriendo. Por escapar de los demonios. Pero los demonios no iban a dejar que huyera.
Volví a aferrarme a su mente y desdoblé su conciencia. Ejercí en una parte el control suficiente como para obligarla a llevar sus propios brazos hasta la abotonadura de su vestido y que comenzase a desabrocharlo, mientras dejaba libre la otra parte. Sus ojos se desorbitaron de horror al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, pues la parte libre de su mente era consciente en todo momento del control que estaba ejerciendo sobre la otra parte. Ella sentía sus brazos como un elemento ajeno, aunque integrado en su cuerpo. Y no podía hacer nada por evitar ser desnudada con ellos, ya que ahora estaban bajo mi control.
“Eres terrible, querido”, dijo Isabelle regocijándose en el espectáculo.
Avancé hacia la mujer, ya desnuda ante mí y caminé alrededor de ella, observando su cuerpo, postergando el momento de tomarla. Ella lloraba. Isabelle reía.
Me situé junto a mi creadora y juntos observamos a la mujer.
“Eres uno de los seres más depravados que he conocido”.
“Entonces, ¿soy digno de ti?”, repliqué sonriendo.
“Sin duda”, respondió ella devolviéndome la sonrisa.
Me liberé de mis vestiduras y salté sobre la mujer. La miré a los ojos mientras entraba en ella, asegurándome en todo momento de que la parte de su mente que yo mantenía libre fuera consciente de todo lo que estaba ocurriendo.
Decidido a llevarla a un profundo clímax, me concentré en la tarea de darle placer y, cuando sentí que éste comenzaba, clavé mis colmillos en su cuello y comencé a succionar.
Mientras mi cuerpo se alimentaba con su sangre, mi mente lo hacía con las sensaciones que emanaban del cerebro de la mujer. Estaba seguro de que jamás había experimentado un placer físico y mental como el que estaba sintiendo en aquellos momentos… que estaban siendo los últimos de su vida.
Besé sus labios, ahora pálidos con toda la ternura de la que fui capaz y me levanté, dejándola tendida en el suelo.
“¿La amas?”, me preguntó Isabelle, mirándome, mientras me vestía.
“Me ha dado todo lo que era. No puedo dejar de amar a quién me lo ha dado todo”.
“No te entiendo”.
“Lo sé”.
“Creo que te implicas demasiado con los mortales. Deberías mantener las distancias. Es peligroso para nosotros acercarnos tanto a ellos. Algunos inmortales han amado tanto a los humanos que han llegado a la locura al darse cuenta de que, pese a sus poderes, no pueden retenerlos en este mundo”.
“Pero pueden darles el Don”.
“¿A todos?”, dijo Isabelle con un gesto de incredulidad.
“De acuerdo, no a todos, pero sí a aquéllos de cuya compañía no puedan o no sepan prescindir”.
“No es tan sencillo. Uno nunca sabe qué resultado va a obtener al conceder el Don. Es difícil controlar a un vampiro, incluso por parte de otro vampiro”.
“Entonces tú corriste un riesgo al concederme el Don a mí”.
“En cierto modo, sí. Pero fue un riesgo calculado. Antes de que te hirieran te había estudiado en profundidad”.
Me mantuve en silencio unos segundos, meditando sus palabras. “Condecer el Don…”. Quizá algún día yo también se lo concedería a algún mortal.
“Antes has hablado de “nosotros”. ¿Cuándo conoceré a a otros vampiros?”.
“Muy pronto, querido, muy pronto”.
Abandonamos el lugar cogidos de la mano.

En aquel tiempo mis preguntas eran constantes y cada explicación de Isabelle generaba otras nuevas que ella, con la paciencia de una maestra que instruye a un chiquillo, se esforzaba en contestar.
Una noche, mientras paseábamos por las calles de la ciudad, le pregunté quién la había creado. Hasta ese momento sus respuestas siempre habían sido rápidas y precisas. Pero cuando le hice esa pregunta, pareció perderse en viejos recuerdos. Sin duda, la transición entre la vida mortal e inmortal era siempre traumática.
“Hace mucho tiempo de eso. No deseo hablar de ello”
“Pero antes de mí estabas tú. Y antes de ti hubo otro. ¿Y qué hubo antes que él?”.
“Son preguntas cuya respuesta desconozco”, suspiró. “Pero si tanto te interesa te diré que fui creada hace más de novecientos años. Vivía con mi marido y mi hija en un pueblo de Germania. Los soldados romanos asaltaron el poblado en una de sus habituales operaciones de castigo para mantener sus fronteras libres de incursores. Estábamos en nuestra casa cuando oímos los primeros gritos y los cascos de los caballos romanos. Mi marido tomó su espada y salió de nuestro hogar indicándonos que no nos moviéramos de allí. Fue la última vez que lo vi. Al cabo de un rato, la puerta se abrió con violencia y entró un grupo de soldados romanos. Nos violaron a las dos… una y otra vez. Se turnaban para ello. Vi cómo mi propia hija moría mientras era violada por aquellos salvajes sin escrúpulos. Ojalá los tuviera ahora ante mí.”
Isabelle lloraba. Su cara se había se había transformado en un máscara donde se mezclaban el horror y la furia apenas contenida. Cuando pronunció la última frase sentí miedo. Percibí una fuerte oleada de odio emanando de ella. Aquellos romanos nunca sabrán la suerte que tienen de estar muertos y enterrados, pues a buen seguro que Isabelle les hubiera proporcionado una muerte mucho más cruel que la que sufrieron.
Su semblante pareció apaciguarse un poco y continuó con el relato.
“Cuando los soldados abandonaron la casa, hacía ya rato que el ruido de la batalla había dado paso a los sonidos propios del saqueo: gemidos, gritos, risas, el crepitar de las llamas que prendían en la madera de las casas… Yo yacía en el suelo, desnuda y ensangrentada. Del techo comenzaron a surgir volutas de humo. Estaba ardiendo. Como pude, me arrastré hasta el exterior. El panorama era desolador: cuerpos sin vida por todas partes, niños llorando junto a los cadáveres de sus madres, casas ardiendo… No sé el tiempo que pasé tendida allí, sin pensar en nada, en un estado de semiinconsciencia, pero sí recuerdo haber visto mi hogar convertido en un montón de pavesas humeantes antes de sentir cómo era elevada por los aires y llevada hasta algún lugar fresco. Mi salvador, como ya te puedes imaginar, era uno de nosotros. Su nombre era Nafir. Me dio a elegir: la muerte o el Don. Aún rota por el dolor del recuerdo de mi marido y mi hija, elegí la inmortalidad. Muchas cosas pasaron desde entonces entre ambos… Él me enseñó a desenvolverme con mi nueva identidad inmortal, tal y como yo estoy haciendo contigo. Sin embargo, hace ya varios siglos que no veo a Nafir. No sé si aún existe o, por el contrario, ya abandonó este mundo”.
“¿Decidisteis separaros?”.
Isabelle esbozó una amarga sonrisa. “Lo decidió él”.
Sentí una punzada en el corazón. “Entonces”, murmuré, “después de todo, sí hay otro”.
Ella se situó frente a mí, me rodeó la cintura con sus brazos y me besó en los labios. “Aquello sucedió hace mucho tiempo. Ahora estás tú”.
“¿Me abandonarás algún día?”
“No se me otorgó el poder de ver el futuro”.
“Esquivas mi pregunta”.
Isabelle suspiró. “De verdad que no lo sé. Es posible que algún día sea necesario. Por ti o por mí”.
Me sentí un poco abatido. No me imaginaba mi existencia inmortal sin tener a Isabelle a mi lado. Si ella me abandonaba algún día…
“¿Qué hace un vampiro cuando se cansa de vivir?”
“Lo mismo que cualquier mortal: quitarse la vida. Ya te conté que sólo hay dos formas de acabar con nosotros: mediante el fuego o mediante la luz del Sol. De todos modos, si alguna vez sientes tentaciones de quitarte la vida, te recomiendo el fuego. Es menos doloroso que el Sol... Pero deja que acabe el relato. Ahora que he comenzado a contártelo, me apetece hablar de ello. Cuando Nafir me dejó”, continuó Isabelle,” estuve muy mal durante un tiempo. Incluso pensé en acabar con mi existencia.“
“Te entiendo”.
Isabelle me miró y sentí como su mano apretaba ligeramente mi cintura.
“Viví durante años”, continuó ella, “sin ningún objetivo. Sin nada que hacer más que cazar. Me divertía seduciendo a los mortales, jugando con ellos… Organizaba fiestas, conciertos… No había noche en que no acabara en la cama con un hombre, o una mujer… o varios. Supongo que intentaba llenar de alguna forma el espacio dejado por Nafir al marcharse. Pero todo era inútil. Estaba al borde de la locura… Y, un día, mi locura me hizo sufrír un accidente. Estuve a punto de ser destruída. Y tuve miedo. Comprendí que no quería que mi existencia acabara. Entonces abandoné el lugar y a todos los que conocía y me dediqué a recorrer el mundo. No hay mucho más que contar”.
Permanecí unos segundos en silencio. “Siento que ya no estés con Nafir”, dije.
“Da igual. Ya no soy la Isabelle que él conoció y a la que otorgó el Don. Soy más… pero también soy menos”.
Empezaba a comprender a Isabelle. La mortalidad perdida siempre suscitaba en nosotros la angustia de lo que una vez fue y ya no podemos recuperar. Nuestra inmortalidad, nuestra belleza imperecedera, nuestros poderes… son lo único que los mortales perciben en nosotros. Pero ellos son incapaces de ver más allá. No acceden a nuestros pensamientos como nosotros accedemos a los suyos. No pueden percibir nuestra angustia ante la certeza de que no hay descanso para los de nuestra especie.
Mis pensamientos volvieron de nuevo al origen de Isabelle. Nafir… si viviera, ¿qué poderes tendría? ¿Qué saber habría cumulado a través de tantos siglos de existenicia? ¿Y quién habría creado a Nafir? Y antes de su creador, ¿qué?.
Decidí que, algún día, buscaría a Nafir. Que le preguntaría cuál era nuestro origen. Pensé que, con el tiempo, aprendería quiénes somos y cómo aparecimos sobre la faz de la tierra. Pero también en esto, como en muchas otras cosas, me equivoqué. En novecientos años no he encontrado respuestas a este misterio. Aparecimos y existimos, pero desconozco por qué. Quizá nuestra misión sea reinar sobre todas las criaturas. Pero, entonces, ¿por qué se nos hizo vulnerables a la luz del Sol? O quizá nuestra razón de existir sea controlar la siempre creciente población de mortales como un depredador de orden superior. Pero ellos siguen multiplicándose…
Seguimos paseando cogidos de la cintura.

Isabelle y yo siempre regresábamos antes del amanecer al palacio y hacíamos el amor cada noche, abrazándonos, tomando y dándonos nuestra sangre hasta que las luces del alba nos obligaban a desenlazar nuestros cuerpos y retirarnos a nuestros respectivos sarcófagos para descansar.
En una ocasión, después de que hubiéramos hecho el amor y rompiendo un silencio que duraba ya varios minutos, Isabelle me dijo: “¿Te arrepientes de ser lo que eres?”.
“¿Cómo puedo arrepentirme?”, le dije, sinceramente sorprendido. “Sin el Don estaría muerto”.
“Pero no te di a elegir. Yo puede elegir, pero tú no”.
Entonces la estreché entre mis brazos y la besé con toda la pasión de que fui capaz. “No me arrepiento”.
Ella correspondió a mi abrazo, e hicimos de nuevo el amor mientras yo murmuraba, esta vez con mi propia voz.
-Isabelle… mi Isabelle… mi reina… mi diosa…

Hellcat

Continuará...

2 Comentarios:

kaisser ...

Isabelle reina, diosa, dueña de la noche, grandiosa tu que vives la inmortalidad...

Magnífico relato vampírico, que no daría por que ella cruzase en mi camino y me diera el “Don”; LuzdeLuna con estas historias se saborea la noche.

LuzdeLuna ...

Kaisser realmente así es! es una pequeña trilogía, cada una más interesante y sugestiva que otra!
En la parte de nacimiento me hizo acordar mucho la forma de escribir de Rice.
Ya creo que mañana postearé la tercera parte.:)
Un abrazo

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