El sueño…
el sueño es el hermano de la muerte.
Así que túmbate bajo este esqueleto en la frialdad de la tumba.
Permite que el abrazo de sus muertos brazos
te mantenga totalmente a salvo y dormido.
Enterrado en un sueño…
silenciosamente….
Para siempre bajo tierra




El Vampiro III




El Vampiro
Master Hellcat



3. El Noviciado.

A partir de ese momento, Isabelle comenzó a ausentarse de vez en cuando del palacio. Cuando me despertaba y salía de la cámara donde estaban nuestros sarcófagos, ella ya no estaba. Volvía unas horas después, ya ahíta de sangre, y entonces ambos salíamos para que yo pudiera cazar.
Al principio no le di mayor importancia. Pero poco después comencé a darme cuenta de que, para mí, sí lo era, pues el hecho de cazar junto a mi creadora reforzaba nuestros lazos. Sin embargo, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, ahora Isabelle renunciaba a ello y salía a cazar en solitario.
Me sentía molesto por ello. ¿Era por lo que le había dicho cuando me preguntó si me arrepentía de ser un vampiro? Quizá ella consideraba que ya me había enseñado todo lo que debía aprender.
Pero yo la necesitaba. No se trataba de sus enseñanzas. La necesitaba a ella, a Isabelle. Mi Isabelle...
Decidí seguirla. Así, un día, cuando ella salió del palacio montada en su caballo, yo la seguí. Recorrimos las calles de Constantinopla mientras el último resplandor del sol desaparecía en el horizonte.
Después de cazar una presa en los barrios bajos de la ciudad, momento que yo aproveché para hacer lo propio, se dirigió cabalgando hacia la zona de los palacios y las grandes casa señoriales.
Al llegar ante una gran casa, desmontó y entró en el patio mientras el guarda, un mortal, se hacía cargo del caballo. Mis ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. ¿Isabelle se relacionaba con mortales?
Desmonté a mi vez y decidí esperar, escondido en una esquina, a que ella saliera, pues no podía arriesgarme a entrar por una ventana y ser descubierto.
Al cabo de unos segundos, escuché una voz a mi espalda.
“¿Y bien? ¿No piensas entrar? ¿O me has seguido sólo para quedarte aquí plantado?”.
Me giré rápidamente mientras sentí la vergüenza del chiquillo que ha sido pillado a punto de realizar una travesura. Balbucí unas palabras incoherentes.
Ella alzó la mano en señal de silencio.
“Nada de excusas. Sabía que tarde o temprano me seguirías. Lo que me extraña es que hayas tardado tanto”.
Me enfurecí. Pero no contra Isabelle, sino contra mí mismo, por ser tan previsible. Por ser como un libro abierto para ella.
“Vamos, entremos. Trae el caballo, lo dejaremos dentro.”, dijo mientras comenzaba a andar hacia la puerta.
Al llegar a la maciza puerta de entrada, Isabelle usó la pesada aldaba de bronce para llamar. Se abrió una pequeña portilla y, al otro lado, unos ojos nos escudriñaron durante breves instantes antes de que oyéramos el ruido de pasadores y cerrojos y la puerta se abriera dándonos paso a un gran patio. Junto a la puerta había un hombre de mediana edad. Nos sonrió e hizo una profunda reverencia antes de volver a cerrar la puerta.
Dejé el caballo a aquel hombre y seguimos andando hasta el edificio principal por un camino de tierra con árboles frutales a lado y lado del mismo. Esta vez, la puerta del edificio se abrió antes de que llegáramos a ella. En el umbral aparecieron un hombre y una mujer de gran belleza. Él era bastante corpulento, ancho de hombros, con el pelo corto e iba vestido con unos pantalones holgados hasta los tobillos. Ella era algo más baja, de facciones delicadamente trabajadas por la naturaleza, con miembros finos, pero bien formados. Sus pechos eran redondos y firmes y su cabello, negro y largo, estaba recogido en una cola que caía como una cascada por su espalda. Llevaba una falda por encima de la rodilla. Tanto el hombre como la mujer iban descalzos y desnudos de cintura para arriba.
Nos recibieron con grandes muestras de respeto, sobre todo a Isabelle. Cuando cerraron la puerta, ambos se arrodillaron ante ella adoptando una curiosa postura: las rodillas separadas y el dorso de las manos apoyado en las piernas. Ninguno de los dos nos miraba. Sondee sus mentes. No había miedo en ellas. Percibí un profundo respeto y devoción por Isabelle.
Ella hizo las presentaciones: él se llamaba Kirios y ella, Annel. Después les dijo que se retiraran. El hombre y la mujer se alzaron, hicieron un reverencia y se fueron por uno de los pasillos laterales, dejándonos solos.
Era un palacio de grandes dimensiones, frente a la puerta de entrada, dos grandes escalinatas de mármol blanco conducían al piso superior. A derecha e izquierda, un doble arco daba paso a pasillos profusamente ornados.
“¿Qué es todo esto?”, pregunté a Isabelle.
“Es el Noviciado”.
“¿Un noviciado?”.
“Un lugar donde aquellos mortales que desean el Don son educados y adiestrados mediante la sumisión y la servidumbre hacia nosotros. Tras un periodo de aprendizaje, si el Consejo que dirige el noviciado así lo considera, pasarán a ser de los nuestros. Pero el aprendizaje no es sencillo. Deben pasar duras pruebas y, aún así, eso no garantiza que algún día pertenezcan a nuestra especie. No podemos ir creando vampiros así como así, o llegaría un momento en que la población de mortales sería insuficiente para mantenernos. Eso nos conduciría a enfrentarnos entre nosotros. Sería terrible”.
“Entonces, ¿hay mortales que conocen nuestra existencia? ¡Pero eso es peligroso!”.
Isabelle sonrió, “no somos unos necios, querido. Nosotros tenemos algo que algunos mortales desean desesperadamente: la inmortalidad. Y estarán dispuestos a hacer lo que sea para conseguirla. Incluso pasar el durísimo periodo de adiestramiento a que los sometemos aquí. No nos delatarán, porque entonces perderían la oportunidad de acceder a esa inmortalidad que tanto desean”.
“¿Y yo?. ¿Por qué no me trajiste aquí? ¿Por qué me convertiste directamente?”
“Tu caso es distinto. Estabas muriéndote en aquel lugar infecto que algunos llaman hospital y tuve que intervenir. Además, tengo otras razones…”. Pareció sumirse en sus pensamientos, pero a mí aún me quedaba una pregunta por hacer”.
“¿Eres tú la que dirige este lugar?”
Ella pareció volver de un lugar lejano y respondió. “No… no soy yo. Pero pertenezco al Consejo. En realidad cualquier vampiro, aunque no pertenezca al Consejo, tiene el paso franco a este lugar. Sin embargo, cada uno debe traer a sus propios mortales. Ningún vampiro puede tocar a un mortal mientras éste pertenezca a otro, a menos que se le dé permiso expreso para ello”.
“Entonces, debo entender que tú has traído aquí algún mortal”.
“Hay dos mortales que me pertenecen y que están ingresados aquí: un hombre y una mujer”.
“¿Te refieres a Kirios y a Annel?”.
“Eso es”.
“Supongo que se habrán extrañado de verme contigo. ¿No suscitará eso envidias?”
“Les he educado para que tengan paciencia y no cuestionen mis métodos. Todo tiene una razón de ser y ellos lo saben. El hecho de que tú estés aquí y seas un vampiro no es un hecho casual. Ellos así lo entienden”.
“Pero…”
“No más preguntas. Ya tendremos tiempo de seguir hablando. Ahora vamos arriba. Quiero presentarte a alguien”.
“¿Otro vampiro?”
“Sí. Se encarga de la dirección del Noviciado, aunque debe rendir cuentas al Consejo”.
Me sentí excitado. ¡Por fin iba a conocer a otro inmortal!.
Subimos por la escalinata y avanzamos por un largo pasillo. A lado y lado del mismo se sucedían, a intervalos regulares un sinfín de puertas cerradas. Algunas de ellas eran dobles, dándome la sensación de que la estancia que guardaban debía tener unas dimensiones considerables.
De repente, a unas cinco o seis puertas de distancia de donde nos encontrábamos, se abrió una puerta. Apareció un hombre, que nos miró con manifiesta curiosidad. Enseguida me di cuenta de que era uno de los nuestros: un vampiro. Era la primera vez que veía otro vampiro que no fuera Isabelle. Aparentaba tener unos pocos años más que yo, aunque no muchos más. Sin embargo, era imposible determinar su edad real. Podría haber sido convertido hacía tan sólo unos meses... o quizá arrastrara ya varios siglos de existencia inmortal.
Isabelle no aflojó el paso y yo lo mantuve para no quedar atrás. Me fijé en que el vampiro sujetaba con una mano una especie de correa. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al final de la correa, apareció una mujer, una mortal, completamente desnuda, excepto por el collar de cuero que rodeaba su cuello y al que estaba sujeto el otro extremo de la correa. Mientras cruzaba la puerta, puede ver que sus manos estaban atadas a la espalda.
Era una mujer joven y bonita, de piel muy morena. No pude apreciar sus facciones todo lo bien que hubiera querido, puesto que mantuvo la cabeza baja en todo momento.
La pareja se cruzó con nosotros en el pasillo. Nadie dijo nada.
“¿Quién es? ¿Lo conoces?”, pregunté a Isabelle.
“No, pero eso no es extraño. Aquí vienen vampiros de muchos lugares para dejar a sus mortales. No existen muchos noviciados en el mundo”.
Isabelle sonrió cuando vio mi expresión de sorpresa.
“Entonces, ¿hay más noviciados?”
“Oh, sí. Hay unos cuantos más, repartidos por las ciudades más importantes de Europa. Pero el de Constantinopla es uno de los más importantes por la cantidad de mortales en él ingresados”.
“Entonces, la mujer que acompañaba al vampiro es su… ¿cómo los llamáis?”
“Sumisa… esclava… depende de las circunstancias…”.
“¿Esclava…? Por cierto, antes has hablado de “pertenencia”…”, inquirí.
“No se trata de una esclavitud propiamente dicha, sino más bien de la entrega de la sumisa o sumiso al vampiro al que pertenecen, de su confianza y de su respeto. En el noviciado, el mortal sirve al inmortal a cambio de protección, alimento y educación”.
“Educación en su entrega al vampiro al que pertenecen”.
“Eso es. Sin embargo, la relación es mucho más profunda, puesto que, en cierto modo, el vampiro también se entrega al mortal, al aceptarle, pues se debe a él como maestro suyo”.
“Creo que lo entiendo. La recompensa ofrecida es la inmortalidad. Y mientras se preparan para ello, nos sirven y nos dan placer. Como una especie de simbiosis”.
“Exacto”.
“¿Y qué ocurre cuando el Consejo considera que un mortal no es apto para recibir el Don?”
“Por nuestra propia seguridad, no podemos permitir que haya mortales fuera de los noviciados que conozcan nuestra existencia y nuestros secretos”.
“Entiendo… ¿Conocen ellos esta norma del noviciado?”.
“La conocen… y la aceptan”.
Seguimos caminando por el pasillo hasta llegar a una puerta de una sola hoja. Isabelle llamó con los nudillos a la puerta. Yo la miré, sorprendido.
“De vez en cuando nos gusta usar las viejas fórmulas”, dijo. “Es…”
“¿Divertido?”, completé la frase.
“Por así decirlo”, dijo ella.
“Oí” la contestación que llegaba del otro lado de la puerta, e Isabelle la abrió. Entramos en una estancia amplia y lujosamente amueblada, con alfombras en el suelo y una pequeña en la que pude ver algunos libros manuscritos y papiros.
Un hombre, que aparentaba algo menos de cuarenta años cuando fue creado se levantó de la silla donde estaba, tras una maciza mesa de madera, para recibirnos.
“Mi querida Isabelle”, dijo, abrazándola, “te echábamos de menos”.
“He estado ocupada. Quiero presentarte a alguien”. Rodeó mi cintura con su brazo. “Esaú, te presento a Taiel. Somos amigos desde hace mucho tiempo”.
Nos dimos la mano. Su apretón fue firme, pero cordial. Taiel era delgado y bastante más bajo que yo. Si fuera mortal, podría haberse dicho que no era en absoluto atractivo. Sin embargo, el aura que lo envolvía gracias al Don, unida a la gran vitalidad que se desprendía de él, lo compensaban de sobras.
“Vaya, en efecto veo que no has estado perdiendo el tiempo”, dijo Taiel separándose de mí para observarme mejor. “Es un joven muy atractivo. Lástima que no lo hubieras traído aquí antes de concederle el Don”.
“Las circunstancias me obligaron a actuar antes”.
“Sin duda, sin duda. No pongo en tela de juicio las razones que hayas tenido para ello. Ya sabes que confío en ti plenamente y que está permitido a los integrantes de los Consejos conceder el Don a quien deseen, siempre que lo comuniquen. Desgraciadamente”, dijo dirigiéndose a mí, “no todos los vampiros gozan del buen hacer de Isabelle. Por eso se crearon los noviciados”.
“Para eso he venido. En realidad esta visita es más oficial que otra cosa. Espero que me perdones por ello. Quería presentar a Esaú al Consejo.”.
“Oh, vamos, vamos. Conmigo no tienes que disculparte. Son muchos años ya…”.
Isabelle sonrió. “Más vale que aproveches el momento. Ya sabes que o soy muy dada a las disculpas…”.
“Muy cierto…”, Taiel se dirigió a mí, “recuerdo una vez, en Francia, cuando…”.
“Taiel, no creo que a nuestro invitado le interesen nuestras viejas historias. Sobre todo “esa” historia… En cuanto tienes la menor oportunidad, no dudas en explicarla. Y sabes que no me gusta que lo hagas…”
Taiel rió. “Oh, seguro que sí le interesaría… pero en fin…”, me guiñó un ojo, “me parece que no me va a dejar que la explique…”. Y añadió, “Me encanta sacarla de sus casillas”.
“Sin duda es algo que se te da muy bien”, dijo Isabelle también riendo.
Me uní a las risas, aunque hubiera dado casi cualquier cosa con tal de haber escuchado la historia.
“Ahora debemos dejarte. Nos veremos dentro de unas horas, en la reunión del Consejo”.
“Claro, claro. Nos veremos luego”. Taiel nos acompañó a la puerta.
Caminamos de nuevo por el pasillo hacia una puerta doble que pude ver al final de éste.
“Taiel es un personaje curioso”.
“En efecto, lo es. Pero no dejes que su aspecto o su jovialidad te engañen. Es uno de los vampiros más poderosos que conozco. Tal vez incluso más que yo”.
Casi me resultaba imposible imaginar que alguien fuera más poderoso que Isabelle, pues, desde que la conocía, la había visto hacer cosas increíbles. Por lo tanto, el poder de Taiel debía ser realmente sobrecogedor.
Mientras caminaba sumido en mis pensamientos, había podido sentir la presencia de mortales e inmortales detrás de las puertas a las que nos dirigíamos, pero nada me había preparado para la escena que pude contemplar cuando Isabelle las abrió y pude entrar en aquella estancia.
Era muy amplia. Probablemente ocupaba todo el extremo de aquella planta del edificio. Había dos vampiros en ella, que saludaron a Isabelle con un gesto de la cabeza. Ella hizo lo propio mientras caminaba delante de mí.
La habitación estaba equipada con toda clase de mobiliario –no sabría definirlo de otra forma- y artilugios con aspecto de haber sido sacados de una sala de tormentos: potros, cruces de San Andrés, mesas con argollas… y armarios repletos de material: látigos, paletas, pinzas de extrañas formas, cadenas, grilletes, muñequeras, pesas… También puede ver que había varios sofás y sillas repartidos por la sala.
Pero lo que más me llamó la atención fueron los mortales. Había tres: dos mujeres y un hombre completamente desnudos. Ninguno de ellos hizo el menor gesto al entrar nosotros. Su atención se centraba, única y exclusivamente, en los que, sin duda, eran sus Amos.
Uno de los vampiros, un hombre joven, mantenía a su esclava mortal atada con cadenas a una pared. Su cuerpo mostraba signos recientes de haber sido azotada. Ahora su dueño la miraba mientras le hablaba con palabras que enviaba directamente a su mente. Sorprendentemente, ella no mostraba miedo u odio tras haber sufrido aquel castigo. En su mirada solo vi devoción.
El otro vampiro era una mujer. Estaba sentada en uno de los sofás, mientras contemplaba a sus mortales, el hombre y la otra mujer, que permanecían arrodillados ante ella en una curiosa posición: con las rodillas separadas, las nalgas apoyadas en los talones y el dorso de las manos apoyados en las piernas. No la miraban a ella, sino que mantenían la mirada fija en algún punto del suelo.
“Esta es una de las dos mazmorras o salas comunes de que dispone el noviciado. Aquí podemos disciplinar a los mortales, ya sea porque hayan cometido una falta o, simplemente, porque su Amo inmortal considere que debe hacerlo como parte de su educación”, explicó Isabelle. “La otra sala se encuentra en el lado opuesto de esta planta y es exactamente igual que ésta”.
Me sentí fascinado por aquel lugar. Todos aquellos instrumentos que seguramente habrían sido utilizados cientos de veces con los mortales. Me imaginé los látigos, unas veces tan sólo rozando, otras veces azotando los cuerpos desnudos de los mortales allí recluidos... los gemidos... las palabras de consuelo que les dirigirían sus dueños... Cerré los ojos por un instante. La excitación inducida por mis pensamientos me hacía perder la concentración.
Pero eso no era todo. Me aturdía la realidad de todo aquello: el hecho de que hubiera mortales capaces de soportar todo aquel dolor, toda aquella humillación, a cambio de la lejana posibilidad de que un día pudieran alcanzar la inmortalidad. ¿Tanta era su desesperación? Era un contrasentido. Intentaban ganar la inmortalidad… arriesgándose a morir en caso de que el Consejo decidiera que no eran aptos para ello. Dilapidaban sus efímeras vidas en su entrega a nosotros, jugándoselo todo a una carta: o la inmortalidad, o una corta vida de sumisión y sufrimiento.
Hice partícipe a Isabelle de mis pensamientos.
“Te haces demasiadas preguntas. Nosotros no les obligamos a servirnos. Lo hacen por propia iniciativa.”
“Pero, ¿cómo contactan con nosotros?”.
“Unas veces lo descubren por sí mismos, bien por un descuido de alguno de los nuestros, bien por simple casualidad. Pero la mayoría de las veces somos nosotros quienes los elegimos, tras estudiarlos detenidamente, tal y como yo hice contigo. Es mejor de esta forma, pues, como ya te dije, no todos los mortales son aptos para recibir el Don. Sin embargo, incluso cuando son ellos los que descubren nuestra existencia, les damos la oportunidad de demostrar que son dignos de convertirse en uno de los nuestros”.
“¿Y qué ocurre cuando se niegan a servirnos?”.
“Ya te dije que no podemos permitir que ningún mortal, fuera de los muros de los noviciados, conozca nuestra existencia”.
“Entonces sí les estamos obligando a servirnos. Les seleccionamos y les forzamos a elegir entre la servidumbre o la muerte”.
“Siguiendo tu línea de razonamiento, tu caso es peor. A ti ni siquiera te di ocasión de decidir. Simplemente te di el Don. ¿Acaso me odias por ello?”
“De sobra sabes que no es así. Pero mi caso era diferente. Mi muerte era inminente”.
“¿Inminente? Debes aprender a ver las cosas desde nuestro punto de vista, Esaú. ¿Qué es la corta vida de un mortal comparada con nuestra dilatada existencia? Morir a los veinte años o a los sesenta… la diferencia no es palpable para nosotros”.
Intenté un último argumento. “Entonces tratamos a los humanos sin ningún respeto. Más aún si tenemos en cuenta que, una vez, nosotros también fuimos mortales. Y, en cierto modo, al faltarles al respeto a ellos nos lo faltamos a nosotros mismos”.
Isabelle sonrió. “Hablas y hablas sobre respeto y amor hacia los mortales. Pero yo te he visto cazar. Te vi jugando con aquella pobre mujer… como entraste en su mente… como la manipulaste… Disfrutas cazando, Esaú. Gozas con el placer y el dolor que proporcionas a los mortales. Y, finalmente, acabas con sus vidas. Está en nuestra naturaleza, querido. No puedes luchar contra ello”.
Negar lo evidente no conducía a ninguna parte. Sí, disfruté profundamente con aquello. Morder a la víctima, poseerla física y mentalmente, saciar mi Sed con su sangre…
“Te conozco Esaú. Ahora eres de los nuestros. Te gustará el Noviciado”.
Mi intuición me decía que así sería. Por mucho que me esforzara en negárselo a ella y a mí mismo, mi naturaleza había cambiado. Era un vampiro… con todo lo que eso conllevaba. Pero aún así, una parte de mí se resistía a aceptarlo con todas sus fuerzas.
“Ven conmigo”, dijo Isabelle.
“¿Adónde?”.
“A mis habitaciones privadas, donde están Annel y Kirios. Tenemos tiempo de jugar con ellos antes de que se reúna el Consejo.”.
Salimos de la sala y cerramos las puertas cuidadosamente, procurando no hacer ruido. Andamos por el pasillo hasta llegar a una puerta lateral. Isabelle se comunicó mentalmente con sus esclavos y abrió la puerta, que no estaba cerrada.
Ambos se encontraban arrodillados tras la puerta, en la misma posición que mantenían los dos esclavos que había visto en la sala común. De nuevo me extasié ante la belleza de aquel hombre y aquella mujer. ¿Cómo era posible que, siendo mortales, fueran tan hermosos?. Se me ocurrió que quizá Isabelle les había dado unas gotas de su propia sangre. No en cantidad suficiente como para concederles el Don, pero sí como para que su aspecto fuera digno de servir a los propósitos de su dueña.
Entramos en la estancia, rodeando a Kirios y a Annel, que continuaron arrodillados sin mover un solo músculo. Mientras, Isabelle se dedicaba a mostrarme las dependencias que componían sus habitaciones. El recibidor, donde se encontraban arrodillados los mortales, era una pequeña estancia limitada por la puerta exterior que daba al pasillo que habíamos recorrido y otra puerta interior que se abria a una amplia estancia que hacía las veces de salón. Como el resto del edificio, estaba lujosamente adornado, con muebles construidos a base de maderas nobles con cristaleras del más fino material, alfombras y tapices, divanes y un largo etcétera que haría las delicias de cualquier persona, mortal o inmortal, por muy refinados que fueran sus gustos.
A un lado del salón de abrían otras dos puertas. Una de ellas daba paso al dormitorio de Kirios y Annel. Si bien la decoración no era tan lujosa como la del salón, la estancia estaba limpia y bien acondicionada.
La otra habitación era una reproducción de la sala común que acabábamos de visitar, aunque de menor tamaño y con menos mobiliario. Sin embargo, estaba perfectamente adaptada a su función.
“Todas las habitaciones privadas”, explicó Isabelle, “tienen esta misma disposición, aunque son sus inquilinos quienes la decoran según sus gustos y preferencias”.
Volvimos al salón. Con un ademán, Isabelle me invitó a tomar asiento en un amplio sofá. Me senté en un extremo y ella se sentó junto a mí. La puerta del recibidor estaba abierta y podía ver a Kirios y Annel de espaldas a nosotros, aún de rodillas. Isabelle sonrió.
“Sé que quieres jugar con ellos. Lo veo en tus ojos”. A continuación “oí” cómo los llamaba. “Kirios, Annel, venid aquí”.
Los mortales se levantaron y, sin decir nada, vinieron hasta el sofá y volvieron a arrodillarse, ahora ante nosotros.
“Míralos, Esaú. Dentro de unos minutos estarás jugando con ellos… y disfrutarás con su sufrimiento, con cada gemido… Antes me hablaste de amor y respeto… pero hay muchos caminos para llegar al amor y al respeto”.
“Me confundes con tus palabras. Juegas a atormentarme. ¿También disfrutas con mi sufrimiento?”.
“No te atormento, querido. La lucha tan sólo tiene lugar en tu interior. Yo sólo intento mostrarte un nuevo camino. Ama y respeta a los mortales… pero hazlo a nuestra manera. De hecho no tienes alternativa, pues tu naturaleza…”.
“Conozco mi naturaleza… y a lo que me condena”.
“¿A qué, según tú, te condena?”.
“Me condena a matar a aquellos a los que amo. ¿No te das cuenta de la contradicción? Mi naturaleza inmortal me empuja a amar y envidiar a los mortales por lo que son… pero, al mismo tiempo, debo matarlos para sobrevivir”.
“Ciertamente, debes cazar para sobrevivir. Pero hay una parte de ti que sigue empeñada en verlo todo desde un punto de vista mortal. ¿Cuándo te darás cuenta de que ya no eres uno de ellos?”.
“¿Cómo lo haces? ¿Cómo lograste superarlo?”.
“Con tiempo. En realidad no planteas nada nuevo, Esaú. Todo vampiro ha hecho estas mismas preguntas a su creador desde que el Don existe. Pero más allá de ellas, el resultado siempre es el mismo. Tu naturaleza acabará imponiéndose y dejarás de cuestionarte a ti mismo”. Isabelle miró a Kirios y Annel. “¿Crees que yo no los amo? Yo los elegí, he saciado mi Sed con ellos, les he enseñado a servirme, soy su dueña... Sí, Esaú, les amo. Pero el amor que siento por ellos es diferente del que sentiría si fuera mortal, pues el amor entre mortales es vulnerable a la distancia y al paso del tiempo. En cambio, el amor que yo les ofrezco trasciende estos límites que, para nosotros, los inmortales, no significan nada. ¿Es esto reprobable? Kirios y Annel son afortunados por haber sido elegidos”.
“¿Y si el Consejo decide finalmente que no son dignos de recibir el Don? ¿No verán en tus palabras una cáscara vacía?”.
“Si eso sucediera, aún podrán decir que han tenido acceso a un mundo con el que jamás hubieran soñado. Han experimentado sentimientos y sensaciones vedadas para el resto de los mortales. Aunque su vida sea corta en comparación con otros mortales, la habrán vivido plenamente. Y si tanto te preocupa su bienestar, te invito a que entres en sus mentes y averigües por ti mismo las respuestas”.
Aceptando la invitación de Isabelle, miré a Annel, que, de los dos, era la que estaba arrodillada frente a mí y sondeé su mente. Tal y como Isabelle decía, no encontré ni rastro de miedo o resentimiento, sino un profundo amor por ella y un gran anhelo de servirla y complacerla.
“Esta bien”, dije, “no me queda más remedio que rendirme a la evidencia. Pero me costará acostumbrarme a ello. Dame tiempo”.
Isabelle se inclinó hacia mí y me besó en los labios. “Todo el que necesites, querido”. A continuación se levantó del sofá.
“Dadas tus preferencias, te dejo a la mujer. Puedes ir a la mazmorra, si te place. Yo me quedaré aquí con Kirios”.
No pude dejar de sentir una punzada en le corazón cuando me dijo aquello. Sabía que Kirios no era mi rival. Al menos no ahora, que aún era mortal. Sabía que los celos estaban fuera de lugar. Sin embargo era algo que podía evitar. ¿Tendría ella la misma sensación al saber que yo estaría con Annel?. Pensé que no sería así, ya que la idea había partido de ella. Me dije a mí mismo que debía desechar esos pensamientos, pues eran totalmente absurdos. Isabelle era mi creadora y mi pareja. Sin embargo, agradecí que me ofreciera entrar en la mazmorra pues no estaba preparado para verla jugar con Kirios.
Mientras me levantaba del sofá y comenzaba a andar hacia la mazmorra, Isabel, dirigiéndose a Annel, dijo “ve con Esaú”.
Ella se levantó y caminó detrás de mí. Abrí la puerta y esperé a que ella traspasara el umbral. Luego la cerré y ambos nos quedamos solos en la estancia. Sin que le dijera nada, ella puso sus manos a la espalda mientras separaba ligeramente las piernas. Sin duda Isabelle la había enseñado a observar un estricto protocolo en su presencia.
Tras dar una vuelta a su alrededor, alargué una mano para quitarle la falda. Ella no hizo ningún movimiento. Tan sólo se quedó allí, desnuda, esperando.
Era la primera vez que podía contemplarla así. Caminando de nuevo a su alrededor admiré sus nalgas redondas y firmes, cómo su cuerpo se estrechaba desde su pecho hasta llegar a la cintura, para volver a ensancharse en las caderas, sus largas piernas...
“Pon las manos en la nuca”.
Contemplé cómo sus pechos se erguían, desafiando la gravedad. Ahogué el impulso de saltar sobre ella y poseerla allí mismo, sobre el suelo de la mazmorra. Me limité a situarme detrás y rodear su cuerpo con mis brazos para acariciar sus senos. Apreté mi cuerpo contra el suyo y cerré los ojos, concentrándome en su suave tacto, mientras los acariciaba suavemente, en círculos.
Colmado de lujuria, le susurré al oído, por encima del hombro.
“No sé lo que Isabelle habrá hecho contigo durante estos años. Pero sí puedo asegurarte una cosa: recordarás el día de hoy”.
Comencé a besarle los hombros y el cuello. Cuando le mordisqueé el lóbulo de la oreja, empezó a respirar más pesadamente.
Entonces así sus pezones entre los dedos pulgar e índice y apreté, al principio ligeramente, pero aumentando la presión progresivamente. Deseaba llegar a su límite… deseaba oírla gritar. Noté cómo tensaba el cuerpo mientras intentaba no sucumbir al dolor. Pero yo seguí ejerciendo presión hasta que, al fin, Annel gritó. ¡Y qué dulce fue, a mis oídos, su queja! Aflojé los dedos al instante. Me situé frente a ella y, rodeándola con mis brazos, la besé apasionadamente.
No entraré en excesivos detalles sobre lo que hice con Annel. Baste decir que arranqué de ella gemidos de placer, pero también de dolor. Me suplicó muchas veces que cesara el tormento… pero también que continuara el placer, que éste no tuviera fin. Y yo me encargue de que placer y dolor se mezclaran de forma indistinguible. De que Annel no pudiera discernir dónde acababa uno y comenzara el otro.
Al acabar la sesión dejé que ella se acurrucara junto a mí, hundiendo su mejilla en mi pecho, mientras yo le acariciaba la espalda. Aspiré el perfume de su cabello y le dije lo feliz que me había hecho su entrega. Annel alzó la mirada y se separó ligeramente de mí para hablar.
-Si me permitís que os lo diga, mi Señor, con el beneplácito de mi Dueña he sido vuestra esclava y he disfrutado del encuentro. Tal y como me anunciasteis, lo recordaré con agrado durante mucho tiempo y, si mi Señora tiene a bien concederme de nuevo permiso para ello, estaré encantada de ponerme en vuestras manos cuando Vos gustéis.
Y volvió a refugiarse en mis brazos.
Tras unos minutos, ambos salimos y nos reunimos con Isabelle y Kirios. Isabelle estaba vestida y Kirios estaba de nuevo arrodillado a sus pies… o quizá es que nunca se levantó. No me atreví a preguntarle a Isabelle qué habían hecho, y ella tampoco me lo dijo.
Cuando nos vio salir, se limitó a decir. “Debemos irnos. El Consejo se reunirá dentro de un momento”.
Nos despedimos de Kirios y Annel. Isabelle impartió algunas instrucciones y salimos al pasillo.
Mientras caminábamos, pensé en la conversación que había sostenido con Isabelle hacía un rato. Ahora, la parte de mí que rechazaba mi naturaleza vampírica comprendía que ella tenía razón. No podía renunciar a mí mismo. Para bien o para mal, yo era un vampiro. Y había aprendido que era capaz de gozar plenamente… aunque tuviera que utilizar a los mortales para ello.

Hellcat

Continuará...

2 Comentarios:

kaisser ...

Me atrapa la historia de Isabelle y Esaú; saber que se tiene la inmortalidad y el Don para otorgarla a quien soporte la mezcla dolor-placer de un noviciado... ufff tendré que ser paciente para continuar con este exquisito relato vampírico.

LuzdeLuna que tengas un placentero finde, besos.

LuzdeLuna ...

:) Hola Kaisser, ya está el otro capítulo, no son 3 como dije antes :S eran 7 y ya me autorizaron para postearlos!!
Un abrazo

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tu opinión será publicada en breve!

 
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